Creo que mi prometido se ha rendido – Epílogo: La novia del Príncipe Heredero ~ A veces hermano y hermana ~ (11)

Traducido por Shiro

Editado por Nemoné


El Príncipe del Reino vecino, Tobías, adelantó el cronograma al llegar; Alberto escuchó tal reporte cuando estaba cumpliendo con su deber con el proyecto de control de inundaciones, en el cual estaba trabajando junto con el Primer Ministro.

Miró alternativamente entre el nervioso asistente quien reportó la llegada de Tobías a la Torre Central, y la criada que estaba de pie para ayudarle a cambiar de atuendo, ante lo cual él se negó. Consideró que era mejor recibir al invitado primero.

Al ver lo inquieto que se encontraba el sirviente, sintió que algo no estaba bien.

Vestido con la chaqueta que la criada había preparado en pánico, Alberto abrochó el seguro él mismo mientras se dirigía a la Torre Central, para encontrar al visitante en un lugar que nunca habría esperado.

La visita que debía estar esperando en la sala principal de la Torre Central, por alguna razón se había desplazado hasta el corredor exterior que conecta el Palacio Fénix con ésta última.

Incluso como invitados de honor, Alberto no les había dado aún permiso para deambular por el Castillo Real.

El deber de entretener a los huéspedes recaería en esta ocasión sobre él, ordenado así por el Rey. Debido a esto, desde el encuentro de los invitados con el Rey hasta su despedida, quedó de todo encargado él.

Mientras Alberto miraba sospechosamente al grupo de visitantes, el criado de pie junto a él lo miró y palideció. Incapaz de ocultar su temblor, volvió la mirada hacia el jardín. Alberto miró hacia el jardín, y chasqueó su lengua en su mente.

Allí estaban Christina y Anna. Y justo en ese momento, el hombre pelirrojo que dirigía al grupo les estaba diciendo algo. Christina sonrió.

Los ojos de Alberto se enfriaron al ver el comportamiento descortés del invitado.

Además de vagar por el Palacio Real sin permiso, se atreve también a hablar con la princesa y la prometida del Príncipe Heredero sin solicitarlo como corresponde.

El asistente que vino junto con Alberto eliminó su presencia y le susurró:

—El que está al frente es Su Alteza Tobías. Nos disculpamos profundamente… Le hemos pedido que espere hasta que consiga un permiso, pero…

Alberto estaba familiarizado con la cara del Príncipe del reino vecino. A pesar de ya saberlo sin que se lo dijeran, asintió a modo de entendimiento.

La noche anterior, Christina le había hecho saber sus intenciones de venir al Palacio Real. Anna incluso había ido exclusivamente a su habitación a presumir.

 — ¡Mañana tomaré el té con Christina! Hermano está ocupado trabajando, así que no podrás verla, ¡qué pena! —Ver a su hermana hablar tan alegremente desde el fondo de su corazón, hacía que sintiera hacia ella amor y rencor en partes iguales.

Debido al adelanto en el cronograma gracias Tobías, el trabajo que Alberto había hecho en secreto para poder encontrarse a su prometida había sido arruinado, y actualmente no quedaba espacio alguno.

Los visitantes que venían al Palacio Real, al llegar, podían caminar libremente sólo tras recibir el permiso de la realeza a través de un oficial o de la persona que estuviera a cargo de ellos.  En el caso de los invitados de honor, de haber enviado una notificación de antemano, los procedimientos pertinentes se simplifican para no hacerlos esperar, pero Tobías no había hecho tal cosa. En consecuencia, se vieron obligados a permanecer en un solo lugar, sin embargo, este concepto parece no existir en la mente de ese hombre.

Por eso las personas de sangre real son un fastidio.

A pesar de que él pertenece también a ese grupo, le lanzó una mirada fulminante llena de desagradado a Tobías.

Cuando Alberto fue al reino vecino en una ocasión pasada, le sorprendió la diferencia que había entre ambos territorios.

En el Reino de Sechs, la realeza es adorada como si fuesen descendientes de Dios [1]. Quizás por esa razón, su actitud hacia su pueblo y sirvientes era la de un Monarca absoluto. Aunque este título debería otorgársele al Rey, Tobías, quien era sólo un Príncipe en ese reino, se comportaba como el Monarca mismo.

Como Alberto estaba viajando de incógnito, no hubo ningún intercambio directo entre ambos. Sin embargo, lo había visto durante el Festival de Acción de Gracias, y éste parecía alguien que pensaba que la gente siempre debía estar de acuerdo con lo que sea que dijera, como si fuera la cosa más natural del mundo.

Sentado en una silla preparada especialmente para la realeza, Tobías miraba el festival con desdén, interrumpiendo indolentemente a las personas en medio de la presentación para que abandonaran lo que estaban haciendo y le sirvieran vino. Sin mencionar que, de no gustarle una obra, movería su mano a un lado para que terminara inmediatamente. Su comportamiento demostraba que no tenía la más mínima pizca de consideración hacia las personas que habían venido a ver el espectáculo además de él. Se sentó allí aparentemente pensando que todo aquello se estaba celebrando en su honor; aunque cerca de él también estaba presente otro Príncipe, aunque éste, manteniendo una expresión similar, comulgaba con su misma forma de pensar.

Según Marx, a pesar de que el Rey era del tipo que escuchaba las palabras de sus sirvientes, como era alguien que no podía disciplinar a su propio hijo, no le agradaba.

En ese reino, la única razón por la que Marx pudo proteger a Irene fue porque tenía el apoyo del Reino de Noin.

Cuando su papá se mudó al reino vecino, para que el Reino de Sechs usara las leyes del Reino de Noin como referencia, se hizo un pacto entre ambos reinos. Incluso después de mudarse, la Casa del Marqués Klüger, quien asistiría en la revisión de la ley, seguiría considerando al Rey Noin como su único rey, y se conduciría como las personas de ese reino; por lo tanto, no reverenciarían al Rey Sechs. Tal era el acuerdo que habían fijado de antemano.

Sé mi concubina —le dijo Tobías a Irene quien ya tenía planes de compromiso con Marx, y debido a esto, a la otra persona no le quedó otra opción salvo abandonar el plan de interferir. Incluso dentro del Reino de Sechs, la Casa del Marqués Klüger tenía una posición considerablemente especial. Esa fue la razón por la que Irene fue capaz de rechazar al Príncipe.

Alberto vio que Anna fulminaba con la mirada a Tobías, y en secreto dejó escapar palabras de asombro en su mente.

Venir hasta acá, qué hombre tan persistente.

Después de escuchar la historia en la fiesta de té, él y Marx tuvieron una charla en privado antes de éste regresar a su casa, y de acuerdo a lo que él le dijo, la razón por la que Tobías vino al Reino de Noin era probablemente para comprobar el compromiso de Irene con Marx. Y de él descubrir que era una mentira, se la llevaría de vuelta.

Ser deseada hasta tal punto, en cierto sentido, ¿no es una bendición para una mujer? —murmuró Alberto, mientras Marx le contestaba con un rostro lleno de disgusto.

—Ese hombre considera a todas las mujeres como objetos, yo lo odiaría.

Desde que nació, las únicas personas a su alrededor eran las que escuchaban lo que decía. Para ese tipo de hombre, la primera mujer que no se comportó como él deseaba fue Irene.

No era amor. Parecía ser sólo un acto impulsado por su tenacidad.

En cualquier caso, antes de que su hermana menor, la princesa del Reino Noin, definiera y resumiera al príncipe del reino vecino como un hombre insolente, debería intervenir…

Alberto suavizó su fría mirada y destelló una refrescante sonrisa.

—Pido disculpas por no haber podido recibirlos antes.

Tobías se volvió hacia Alberto. El que parecía ser su asistente le susurró algo, luego se volvió hacia Anna y Christina mientras transformaba su sarcástica sonrisa en una amistosa.

—Su Alteza Alberto. Me disculpo por venir antes de la fecha prevista. Es un honor conocerlo.

—Siento lo mismo, es un honor conocerlo, su Alteza Tobías. De habernos notificado de antemano, hubiésemos podido preparar bebidas de bienvenida para usted.

Cuando Alberto señaló indirectamente la descortesía de Tobías, éste lo estocó con una queja acerca del clima del reino.

Qué joven maestro tan egoísta.

No ser capaz de soportar este nivel de presión, hace que uno se pregunte cuán cómodo fue el ambiente en el que ha vivido durante toda su vida.

De haber una guerra, será fácil asesinarlo.

Estos terribles pensamientos pasaron por la mente de Alberto mientras solicitaba hábilmente que se preparara una bebida fría.

Los territorios de ambos reinos estaban a la par. Aunque tratándose del sistema legal, así como del ambiente en el que las personas viven, uno podía presumir que el Reino de Noin era el más civilizado de los dos; pero ambos reinos tenían una relación diplomática amistosa. Como Alberto quería evitar cualquier problema por el bien del futuro, decidió ignorar cierto grado de descortesía, dándole la bienvenida cortésmente y esperando que se regresara a su casa de inmediato.

En cualquier caso, para Alberto, las cosas importantes en las que tenía que pensar eran el reino y la gente, así como Christina, y este intercambio insignificante con el príncipe del reino vecino no merecía de su atención en absoluto.

Después de mirar el cielo ligeramente nublado, Alberto dirigió su vista hacia Anna y Christina.

Incluso sabiendo que la otra parte era el príncipe del reino vecino, la expresión de Anna no cambió.

Dentro del Palacio Real del Reino de Noin, era impropio que los huéspedes sin ningún permiso pasearan por los alrededores grandiosamente.  En el caso de haber alguien de la realeza entre los invitados, lo común era que un sirviente notificara a la realeza vernácula de antemano, y como la visita de Tobías no caía en este categoría, para Anna no era más que un rufián.

Como princesa del Reino de Noin, Anna tenía la autoridad de expulsar a cualquiera que perturbara el orden.

Tobías, quien no se daba cuenta de su mala conducta, pidió irrespetuosamente que le fueran presentadas la hermana y la prometida de Alberto.

Al oír su manera de hablar, la ceja de Alberto se crispó.

Que un hombre exija la introducción de una mujer, a pesar de que exista la posibilidad de que sea sólo para un saludo, esto también puede interpretarse como una oportunidad para tratar de conquistar a la dama que está conociendo. Especialmente si la otra parte es una mujer soltera.

Sin importar cómo se mirara, tanto Anna como Christina se veían demasiado jóvenes como para estar casadas, y lo más probable era que no lo estuvieran aún.

Si trata de cortejar a Christina, asesinémoslo. Y si por casualidad su objetivo es Anna, definitivamente no lo aprobaré.

Sintiéndose afligido en extremo, una obstinación similar a la del padre de su prometida comenzó a brotar en su interior.

Sin embargo, Alberto sonrió.

La realeza nunca podía demostrar sus verdaderas emociones sin importar qué, esto fue algo que el Rey le enseñó y quedó profundamente grabado en su mente.

—La de atrás es mi hermana menor, Anna.

—Ah, la Princesa. Los rumores son ciertos, una dama encantadora.

Tobías se acercó hasta ella, se arrodilló y la saludó. Sus gestos iban de acuerdo a la etiqueta y todo parecía normal. Sin embargo, cuando se levantó, la expresión de Anna era de furia. Aunque Alberto fingió no notarlo, debe haberle dicho cosas innecesarias, lo cual no era ninguna sorpresa. La orgullosa princesa y el joven maestro de cuna, eran como el agua y el aceite.

—Entonces, ¿es esta dama amiga de Su Alteza la Princesa?

Durante el breve momento en el que Alberto observaba a su hermana, Tobías se dirigió a Christina, quien aún no había sido presentada.

Albertó caminó hasta ella.

Por la expresión en el rostro de este príncipe rufián, se veía con claridad que pensaba que como era amiga de Anna, estaba bien si la cortejaba.

Para hacer evidente que le pertenecía, Alberto envolvió su esbelta cintura con sus brazos y sonrió amistosamente.

—Es mi prometida. Su nombre es Christina. Espero le complazca el conocerla.

Si está entre tus planes el conquistarla, prepárate.

Aparentemente captando la advertencia implícita que Alberto le dio mientras sonreía, Tobías rió.

—Ya veo. Como se esperaría del Príncipe Heredero. El encanto de su prometida parece estar en la cima del Reino, ¿no es así?

En ese momento, el rostro lleno de desagrado de Marx pasó por su mente.

 —Aunque tu cara no es lo suficientemente bella como para ser mi esposa legal, pero estoy satisfecho con tu cabello… —fue lo que le dijo a Irene.

Ese hombre considera a todas las mujeres como objetos, yo lo odiaría. —resonaron nuevamente las palabras de Marx en su mente.

La belleza de Christina era sin duda algo que nadie se atrevería a cuestionar, sin embargo, eso no significa que Alberto la ame sólo por eso.

Pero explicárselo a ese hombre era sin duda algo inútil.

Si le dijera lo sabia, tierna y trabajadora que era, así como lo perfecta que es para ser la próxima reina, seguro se interesaría en ella.

Cuando de Christina se trataba, cuán cerrado podía él volverse era algo de lo que él mismo era consciente. Él no toleraría que ningún hombre la tocara, ni siquiera un amigo. Por lo tanto, si Tobías fuera a hacerle algo a Christina, Alberto estaba seguro de que él mismo iniciaría un problema.

De haber un inconveniente, mi matrimonio con Christina podría retrasarse.

Alberto, quien quería casarse con ella a la brevedad posible, rió amigablemente e instó a Tobías:

—Seguro está cansado, permítanos guiarle a su habitación primero.

Sin decir una sola palabra con respecto al último comentario de Tobías, Alberto se separó de ella y se dirigió hacia el pasillo exterior.

Siguiéndolo, Tobías quien pasó frente a Christina, dijo:

—Qué pena que ya tiene dueño…

Alberto escuchó a Christina tomar una bocanada de aire, sin embargo, no miró hacia atrás.

No muestres tus sentimientos.

Sin importar qué, ya que eres el Príncipe Heredero del Reino Noin.

Alberto ocultó la cólera que burbujeaba en su interior, y le sonrió al Príncipe insolente.

—Debe haber sido un largo viaje. ¿Qué piensa de la capital de nuestro Reino?

—Ah, es muy interesante. En este país, parece que incluso la gente vive lujosamente. La ropa también es diferente, fue interesante.

Como la fuerza económica es diferente, por supuesto que la forma de vestir también es distinta.

Alberto lo pensó, pero luego recordó la ley en el reino vecino.

En el Reino de Sechs, incluso había una ley con respecto al atuendo de la gente. Aunque el padre de Marx puede ya haberla modificado, anteriormente, la ley determinaba hasta la variedad de las telas. Había una gran disparidad entre los nobles y la gente común.

Alberto miró a Tobías.

El hombre ocultó su sonrisa al dirigir su mirada ligeramente hacia abajo, y de nuevo, murmuró suavemente:

—Una dificultad inesperada, de verdad… Una cosa tan agradable…

Por favor, apresúrate y vete.

Desde el fondo de su corazón, Alberto no podía dejar de desear que este hombre regresara a su reino.


[1] En la antigüedad, el héroe estaba destinado a ser rey, y… una de sus características es ser un híbrido entre lo humano y lo divino, por lo cual está destinado a ser un pontifex (el que construye puentes)… y debe ganarse el derecho de ser héroe y rey, y un recipiente adecuado para el dios que lo apadrina. [Fragmentos del libro de Los Luminares de Howard Sasportas y Liz Greene]. De aquí viene la relación entre lo divino o dios y el rey, así como las monarquías, a pesar de que la condición de héroe y rey no la herede su descendencia, lo que lleva a la tergiversación de esta relación.

Shiro
¿Este príncipe no les recuerda al Príncipe Raj de Akagami no Shirayuki-hime en sus inicios? No puedo evitar imaginármelo así. XD

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5 thoughts on “Creo que mi prometido se ha rendido – Epílogo: La novia del Príncipe Heredero ~ A veces hermano y hermana ~ (11)

  1. shiro says:

    si me caia mal del anterior cap ahora me cae peor es un tipo molesto enserio que tipo de mujer se fijaría en ese tipo de hombre, por favor que el que sea nos conceda la dicha de saber que el tipo esta muerto o al menos castrado, no mejor paraplejico e infertil, si eso se adecua a ese idiota

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