La Emperatriz se volvió a casar – Capítulo 23: Una persona inmutable

Traducido por Maru

Editado por Ayanami


Para ser sincera, era escéptica sobre si la tensión entre nosotros podría aliviarse tan rápidamente, pero un rechazo solo empeoraría nuestra relación.

Sabía que la respuesta racional era sí. Una relación inarmónica entre el emperador y la emperatriz le revelaría debilidad a nuestros enemigos, e incluso si Soviesh amaba a otra mujer, era mi deber mostrarle a todos que estaba en buenos términos con él.

—¿Emperatriz?

Sin embargo, la respuesta se alojó en mi garganta. Mi orgullo estaba magullado. Era difícil no verse afectada por emociones fuertes, cuando mi esposo amaba a otra mujer y la tomaba como su concubina. Cada vez que Soviesh y yo teníamos problemas antes, podíamos ignorarlo, pero ese ya no era el caso. Cualquiera con una pizca de perspicacia sabía que cada vez que peleábamos, se trataba de Rashta.

—Sí. —Forcé una sonrisa y asentí—. Estoy deseando que llegue.

Cuando escuchó mi respuesta, Soviesh sonrió y volvió a levantar el brazo.

—¿Caminamos juntos?

—Por supuesto.

Paseamos juntos por los terrenos sin decir nada. Nuestros zapatos hacían eco en el camino de piedra, y la brisa soplaba agradablemente en nuestras caras. En el pasado, había dado muchos paseos agradables con Soviesh y había compartido silencios cómodos con él. Esos días ya habían pasado…

Me detuve de suspirar y Soviesh rompió el silencio.

—¿Sabías que el gran duque Kapmen todavía está aquí en el palacio?

—Sí.

Había revisado los documentos relevantes, por supuesto, pero ¿por qué, de repente, sacó al gran duque Kapmen? Alcé la vista y Soviesh me explicó.

—Kapmen quiere abrir relaciones diplomáticas entre Rwibt y el continente Wol.

Oh… ¿para eso estaba aquí?

—Los funcionarios tienen diferentes opiniones sobre si es beneficioso o no. El continente Hwa, donde se encuentra Rwibt, es ciertamente exótico y atractivo, pero es muy diferente del continente Wol. Además, estamos demasiado lejos para influir significativamente entre nosotros.

—Los esfuerzos para establecer el comercio serían una carga para las arcas estatales.

—Exactamente. Hay tantas cosas para discutir. ¿Cuál es la opinión de la emperatriz?

—El gran duque Kapmen se graduó de la academia mágica en Wirwol. Autónomo o no, está claramente en territorio del Imperio Oriental. Rwibt puede ser muy diferente en cultura, pero el gran duque ha pasado muchos años en este imperio y debe haberlo pensado más que nadie. El Imperio del Este está en una posición relativamente buena para abrir relaciones diplomáticas, por lo que, no hay razón para perder esta oportunidad.

Soviesh me consultaba con frecuencia sobre varios temas y, naturalmente, le respondí. Él asintió de acuerdo. Sin embargo, en lugar de comentar mi respuesta, cambió ligeramente de tema.

—¿Alguna vez has tenido una conversación privada con el gran duque Kapmen?

El gran duque Kapmen. Me criticó por no tratar con Rashta correctamente. ¿Debería eso llamarse una conversación?

—Solo brevemente…

De acuerdo, lo podía llamar una conversación. Sovieshu habló de nuevo.

—Kapmen dijo que si abriéramos relaciones diplomáticas con Rwibt, le gustaría que la emperatriz se involucrara.

—¿El gran duque Kapmen?

Soviesh parecía preguntarse qué tipo de palabras compartimos Kapmen y yo, pero también lo hice. ¿Por qué me criticó Kapmen?

—Dijo que te quiere en la próxima reunión.

♦ ♦ ♦

Después de una conversación que comenzó con mi cumpleaños y terminó con Kapmen, Soviesh regresó al palacio oriental, mientras yo paseé sola, un poco más. Sin embargo, los pensamientos sobre Kapmen y mi cumpleaños parecían distantes.

Francamente…era escéptica. ¿Rashta, la que quería asistir a un banquete especial para solo veinte personas, nos dejaría a mí y a Soviesh, pasivamente, irnos solos a la villa? Bueno…había una alta probabilidad de que habría tres de nosotros allí en lugar de dos, y estaría completamente estresada.

Suspiré al acercarme a una fuente, cuando vi al príncipe Heinley. Me detuve sorprendida. Estaba exactamente en el lugar donde lo dejé. Pensé que habría salido a caminar o que habría regresado a sus habitaciones, entonces, ¿qué estaba haciendo allí?

—Reina.

¿El príncipe Heinley había sentido mis sentimientos? Giró la cabeza y sonrió.

—¿Por qué no se ha ido todavía?

Me acerqué a donde estaba sentado, junto a la fuente y salpicando el agua con una mano.

—Mmmmmm… ¿Puedo decirle la verdad? —Sacó la mano del agua y sonrió suavemente. —Estaba esperando que regresara.

Me quedé mirándolo, sorprendida.

—Cuando uno se pierde, uno debe permanecer donde está.

—¿No sabe el camino?

—No intuitivamente.

Saqué un pañuelo y se lo ofrecí con una sonrisa. Lo tomó y se secó la mano, luego guardó el pañuelo.

—Mi pañuelo.

Él se rió entre dientes cuando extendí mi mano avergonzada.

—No se preocupe. Se lo devolveré después de lavarlo.

—Está bien.

—Pero, de esta manera, podemos vernos de nuevo, ¿verdad?

Me dio una sonrisa gentil, y asentí ante su tono juguetón. Al mismo tiempo, recordé lo que dijo hace unas horas.

El príncipe Heinley. Sobre mi cumpleaños.

Dijo que estaba aquí para mi cumpleaños, aunque no pensé que fuera del todo cierto. Parecía querer pasar tiempo conmigo, por lo que sentí pena y quería su comprensión.

—No creo que podamos pasar tiempo y comer juntos.

—¿No podemos?

—El emperador quiere ir a la villa real. Solo él y yo.

—Ah…

Sus labios se separaron y parpadeó aturdido, hasta que murmuró:

—Sí, ya veo.

—Lo siento.

—No, es su cumpleaños y no necesita sentir lástima por mí. Por favor, no lo lamente. No quiero presionarla.

♦ ♦ ♦

—Debe estar sintiendo mucha presión…

Sir McKenna miró torpemente la escena que tenía delante. Esparcidos ante él, había varios anillos de joyas, posesiones preciadas asociadas con varias leyendas. El príncipe Heinley, generalmente, las llevaba en una bolsa encantada, pero ahora los había sacado todos para examinar cada uno. Iba a regalar uno de estos preciosos anillos a la emperatriz de otro país. McKenna no pudo evitar estar perplejo.

—¿Por qué le está dando un anillo de repente?

—Cumpleaños.

 —¿De la emperatriz Navier?

—Mmmmmm…

—¿Cómo sabe eso? ¿Y no es el regalo demasiado? El Imperio del Este puede ser prestigioso, pero también lo es el Reino Occidental. No existe una brecha lo suficientemente amplia entre los países para que pueda ofrecer tal homenaje.

El príncipe Heinley volvió a colocar las joyas en su bolsa.

—Elegiré cuando no estés cerca. Eres un fastidio.

En su lugar, sacó un pañuelo.

—¿Qué es eso?

—¿No puedes ver? Es un pañuelo precioso.

Luego, el príncipe se transformó en un pájaro, sosteniendo el pañuelo en su pico y volando frente a McKenna. El príncipe apuntó una garra a su cuello.

—¿Quieres que lo ate allí?

McKenna sujetó el pañuelo al cuello del pájaro, y fue recompensado con un golpe de cola. El príncipe Heinley voló por la ventana y McKenna frunció el ceño mientras lo veía desaparecer.

El pañuelo parecía haber sido bordado con la letra “N”…

—La letra en el pañuelo del príncipe Heinley me parece conocida, es como la de la emperatriz Navier…

♦ ♦ ♦

Después de separarme del príncipe Heinley, pasé por la biblioteca e investigué todo lo que pude sobre el país de Rwibt y el continente Hwa. Aunque el gran duque Kapmen había descrito “El cuaderno de viaje” como un relato delirante, seguía siendo el libro más conocido del país. No sabía por qué el gran duque solicitó mi presencia en la próxima reunión, pero quería ampliar mi conocimiento sobre la cultura Rwibt tanto como fuera posible.

Desearía tener un libro con más detalles…

Estaba sentada en un banco, haciendo referencia cruzada al “Cuaderno de viaje” con otros libros, cuando se escuchó un golpeteo desde la ventana.

Era Reina. Abrí la ventana y él saltó al alféizar, mostrando sus alas. Me di cuenta de que llevaba un pañuelo alrededor del cuello.

—¿El príncipe Heinley te ató esto?

El pañuelo era mío. Sonreí y Reina inclinó la cabeza. Sostuve a Reina en un brazo y acaricié su pico con la otra mano, y busqué una nota en sus piernas. No había ninguna esta vez.

—¿Estás aquí para presumir?

¿O tal vez, vino aquí para devolver el pañuelo? No podía responderme, por supuesto, y simplemente me parpadeó con sus hermosos ojos violeta. No podía resistirme a ellos, y sofoqué su cabeza con besos, uno tras otro.

—Reina es muy bonito, especialmente con el pañuelo alrededor del cuello.

Parecía gustarle tanto, que no podía quitárselo. Mientras acariciaba su espalda, pensé que Reina olía bien. ¿Qué tipo de pensamiento era ese? Puse mi nariz en su hombro e inhalé.

El aroma me recordó sutilmente al príncipe Heinley. ¿Lavó el pañuelo y roció su perfume sobre él? Encontré tan encantador que un pájaro oliera así que me incliné para susurrarle al oído.

—Hueles como el príncipe Heinley, Reina.

Reina desplegó sus alas en estado de shock. Luego, se cubrió el pico con las alas y abrió mucho los ojos.

—¿Reina?

Lo llamé juguetonamente, pero Reina tembló y saltó hacia la ventana.

—¿Ya te vas?

Se veía tan lindo, y le abrí los brazos antes de que se fuera volando. Sin embargo, se puso rígido como el hielo y sacudió la cabeza.

♦ ♦ ♦

—A veces, ella dice las cosas más sugerentes…

De vuelta en su habitación, el príncipe Heinley se desabrochó el pañuelo del cuello. Su cara todavía estaba ardiendo.

—Mi aroma…

Heinley olisqueó el pañuelo. Lo había rociado con su perfume favorito después de haberlo lavado. ¿Reconoció su esencia favorita de inmediato?

Heinley se agachó en el suelo, sus mejillas estaban enrojecidas. Las palabras susurradas de la emperatriz eran para Reina, pero él todavía sentía que su corazón latía con fuerza al recordar la forma en que su aliento le hacía cosquillas en la oreja.

Maru
¡Qué lindo! Tu si que eres sugerente, Heinley.

Desafortunadamente, fue McKenna quien arruinó esa sensación embarazosa y emocionante.

—¿Por qué está desnudo? Lo siento.

Heinley fulminó con la mirada a McKenna: su secretario, su caballero, su primo e incluso su amigo.

—Se enfermará. Cúbrase.

McKenna fue al armario y sacó un atuendo cómodo, mientras que Heinley se levantó, chasqueó la lengua y extendió la mano. Sin embargo, en lugar de entregar la ropa, McKenna tenía algunas preguntas que hacer primero.

—Su Alteza. La persona que fue a ver con el pañuelo… ¿Era la emperatriz del Imperio del Este?

—Dame la ropa.

McKenna entregó los artículos, y Heinley los aceptó con una mirada que decía: “¿Por qué me preguntas eso?” Sin embargo, McKenna siguió mirándolo inquisitivamente, pero Heinley sólo ofreció una respuesta vaga.

—Bien.

Se vistió, luego salió del palacio. Tomó un camino que permitiría que la brisa de la tarde refrescara su rostro acalorado. Sin embargo, McKenna era persistente, y se quedó a su lado.

—Su Alteza, debe ser honesto. ¿Conocía la letra de la emperatriz Navier?

McKenna ignoró el desafío inicial del príncipe Heinley.

—¿Importa? Solo mantén la boca cerrada. Estoy disfrutando un buen recuerdo y sigues interrumpiendo.

—¿Es importante la memoria cuando la realidad está frente a ti? ¿Cómo no me importa, príncipe? ¿Es ella alguien a quien puedas amar?

Heinley no respondió.

—Estoy a favor de usted en una relación romántica seria. Sin embargo, si su pareja es la emperatriz de un país poderoso, es una historia diferente…nunca debe involucrarse con las emperatrices de otros países, poderosos o no. ¿Quiere enredarse políticamente con el Imperio del Este?

Los ojos de McKenna estaban húmedos de genuina preocupación. El príncipe Heinley y la emperatriz Navier tenían una relación sin salida. Incluso si el emperador Soviesh tuviera su corazón puesto en Rashta, ningún país, jamás, eliminaría a la emperatriz coronada y colocaría a una esclava fugitiva convertida en concubina en su posición. La emperatriz tampoco podía iniciar un divorcio con su marido. E incluso si el emperador Soviesh destituyera a la emperatriz Navier, no había forma de que se volviera a casar con un príncipe de otro país.

—No es así. Y estás exagerando.

—¿De verdad? ¿Puedo confiar en usted? —Pero Heinley no respondió—. ¿Por qué no responde, eh?

McKenna hizo una pausa, luego preguntó con más cuidado.

—Todavía no he preguntado lo más importante. ¿Ustedes dos tienen sentimientos mutuos el uno por el otro?

Heinley vaciló, luego levantó la mano y miró a otro lado. Su expresión era la misma, pero el estado de ánimo había cambiado. McKenna detuvo su interrogatorio y miró en la misma dirección que el príncipe Heinley.

Una mujer con una sombrilla de color púrpura claro, caminaba hacia ellos por el camino de piedra blanca. Era Rashta, la concubina del emperador Soviesh.

McKenna calmó su boca. La amante del emperador y la estrella emergente de la sociedad se había hundido por completo en cuestión de días. McKenna no estaba seguro de las otras residencias, pero muchos de los invitados en el palacio del sur se burlaban de Rashta por encubrir el hecho de que era una esclava fugitiva. Después de que se extendió el reclamo del vizconde Roteschu, Rashta intentó corregir los chismes, pero nadie le creyó. Quizás, por eso Rashta, que alguna vez fue brillante, ahora estaba deprimida.

McKenna miró al príncipe Heinley. El príncipe ya había causado problemas con Rashta, y fue bastante franco una vez que comenzó a hablar. Sin embargo, ya fuera una bendición o una desgracia, el príncipe Heinley pasó junto a Rashta como si no la notara, y McKenna se sintió aliviado. Sin embargo, fue Rashta quien llamó.

—Su Alteza.

McKenna resopló y empujó la parte baja de la espalda del príncipe Heinley. Sin embargo, el príncipe Heinley se volvió con el ceño fruncido, y Rashta se acercó a ellos.

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