Mi prometido ama a mi hermana – Arco 6 – Capítulo 15

Traducido por Kavaalin

Editado por Sharon


Recibí con resignación el dolor que recorrió mi mejilla. Mis pensamientos estaban en una bruma, no podía pensar en una sola cosa coherente. Cuando levanté el rostro con asombro, mi padre estaba parado allí con una expresión sombría. Comprendía que me habían abofeteado, pero aun así, ni siquiera me sentía sorprendida. Frente a esta realidad, mis emociones no podían emparejarse.

♦ ♦ ♦

Todavía abrazando el cuerpo de mi madre que había dejado de respirar, seguí llamando sin parar y el primero en precipitarse en la habitación fue el mayordomo. Entonces, después de haberse quedado atónito por un segundo cuando se enfrentó al desastre dentro de la habitación, llamó a más personas. Su voz ruidosa hizo vibrar el aire dentro de la sepulcralmente silenciosa habitación. Era la primera vez que veía al viejo mayordomo que siempre estaba tranquilo y sereno, cuyos pensamientos nunca podría adivinar, así de alterado. Por el contrario, yo, en tal situación, estaba viendo cómo se desarrollaba todo como si fuera una completa extraña. Estaba presionando fuertemente para detener la sangre que aún fluía. Las palmas de mis manos estaban sobre el delgado cuello de mi madre, pero la sangre no se detenía. De estas manos, poco a poco su vida se iba derramando y yo no podía contenerla.

No había forma de detenerlo. La respiración de mi madre ya se había detenido, seguramente nunca volverá a abrir los ojos. Entonces, ¿por qué era necesario que perdiera aún más sangre?

Dios, dios, dios, ¿por qué? ¿Por qué?

Cuando miré hacia abajo porque una sensación desagradable me había invadido, como si algo me estuviera subiendo hasta las rodillas, noté que estaba sentada en medio de un charco de sangre. Desde la punta de las manos, desde la punta de los pies, desde el borde de la falda, desde las mangas, todo parecía haberse empapado y teñido lentamente por el rojo. Pronto, mi cuerpo comenzó a temblar y sacudirse y mis brazos perdieron su fuerza. Tenía la sensación de haber dicho algo, pero también sentía que no podía pronunciar la más mínima palabra. Sentía como si hubiera estado llorando ruidosamente, casi como si desgarrara mi garganta. Pero creo que tal vez, en realidad, podría haber sido completamente incapaz de emitir siquiera un sonido. Aunque mis brazos y ropas teñidas de rojo deberían ser prueba de lo ocurrido, todo estaba confuso. Mi visión desenfocada no volvía a la normalidad, era la misma sensación de cuando tenía una pesadilla.

Sin embargo, recordaba que alguien había agarrado mis brazos que se aferraban al cuerpo completamente inmóvil de mi madre.

—Ella ya se ha ido —dijo una voz suave para persuadirme—. Ya es suficiente, está bien.

Incapaz de entender el significado de estas palabras, sacudí la cabeza y mi grito resonó en la habitación.

—Todavía no está muerta.

No, no era así. Quien había dicho eso, puede que no fuera yo.

Me quitaron a la fuerza del lado de mi madre o posiblemente, me había dejado quitar y caí sobre la alfombra. Comprendía que la persona que me había tomado no lo había hecho a propósito. Simplemente no podía pararme. Se podría decir que no era el momento de adoptar una postura pasiva. Cuando regañé a mis piernas temblorosas y me puse de pie, vi al mayordomo de pie junto al cuerpo acostado de mi madre. Era como la figura de un caballero santo que protegía a la santa madre dormida. Esta escena casi parecía como si estuviera protegiendo a mi madre de mí.

Entonces, fui sacada de la habitación.

Frente al cuartode mi madre, de pie con una postura imponente, el mayordomo estaba cumpliendo con su deber como guardián, evitando que nadie entrara. No, tal vez, estaba custodiándola de mí, que permanecía inmóvil en el pasillo. Me habían dicho que no debía moverme de este lugar, no tenía la energía y la fuerza de voluntad para moverme y tambaleé hasta que mi espalda quedó apoyada en la pared. Porque si no hacía eso, me habría derrumbado de inmediato. Podría haber sido mejor si tan sólo me desmayaba.

Mis piernas y manos seguían temblando, mis dientes chocaban entre sí y sonaban, me atormentaba la ansiedad y soledad, como si hubiera sido arrojada a la calle durante una tormenta de nieve. Cada vez que parpadeaba, lo que veía en la oscuridad que me envolvía era el rostro de mi madre que había dejado de respirar pero que me miraba intensamente. Entonces, dentro de mis oídos, escuchaba el sonido de su respiración, como una gran inspiración tomada antes de gritar algo. Inconscientemente, había agudizado mis oídos para escuchar con atención, preguntándome si estaba a punto de decirme algo. Pero eso había sido todo. Permaneciendo así, guardándoselo todo, había dejado de vivir.

—¿Por qué, cómo es que…? ¿Por qué, esto, por qué…?

Me preguntaba cuánto tiempo había pasado. Mi padre, que aparentemente había terminado su trabajo y regresado, pasó frente a mí sin detenerse. Entonces, entró en la habitación de mi madre y salió a los pocos minutos. Cuando entró, un digno sirviente le abrió la puerta, pero cuando salió, abrió la puerta con fuerza. Seguidamente, tan pronto como me vio, levantó su mano derecha. Ni siquiera pidió una explicación. Sólo me golpeó. Desde el principio, mi postura no era particularmente firme, por lo que mi cuerpo inclinado fue arrojado fácilmente al duro suelo. Pero no sentí ningún dolor o emoción en absoluto. Traté de levantarme empujando mi cuerpo con mis manos, pero la parte superior de mi cuerpo no podía ser levantada. Como si se hubieran coagulado, mis articulaciones sólo emitieron un sonido lastimero e inestable. Mi visión estaba borrosa, no porque las lágrimas se desbordaran, sino porque la sangre de mi madre estaba pegada a mis párpados. Traté de tocar y sentir mi rostro, pero la sensación era diferente a la habitual. Esta extraña sensación debía ser prueba de que la sangre de mi madre se había secado. Instintivamente, cerré fuertemente mis manos y froté mis mejillas.

No se desprende, no se desprende, no puedo quitarlo. 

La sangre de mi madre se aferraba a mi rostro.

—Tú. ¿Qué le hiciste, qué le hiciste a tu madre?

Creía no haber escuchado esta voz desde hace bastante tiempo. Ni siquiera podía recordar cuándo había sido la última vez. Esa voz era acompañada por un nostálgico tono quejoso, un extraño tono que escuchaba por primera vez. A pesar de que mi padre había golpeado a su hija con fuerza, no parecía enfurecido. O tal vez, estaba ocultando su ira, pero al menos en su rostro, no había el menor indicio de emociones; no podías suponer lo que estaba sintiendo actualmente. Comencé a sentir una sensación incómoda en mi mejilla, pero sabía que esta persona se había contenido. Aunque se había retirado debido a una lesión, había demostrado ampliamente su capacidad para trabajar como caballero imperial. Si me hubiera golpeado con toda su fuerza, seguramente no habría terminado sólo con esto.

¿Se contuvo porque yo era su hija o simplemente porque era miembro del sexo opuesto? Sabía que probablemente era lo último. No era del tipo de persona que me daría un trato preferencial sólo porque era su hija. Lo había entendido hace mucho, mucho tiempo.

—Nada, no hice… nada…

Apenas había logrado extraer estas palabras, pero ni siquiera yo podía recordar claramente lo que había hecho hasta ahora. Ni siquiera sabía si realmente no había hecho nada. De la única cosa de la que estaba segura, era que había interrogado a mi madre. Le había preguntado qué demonios había mezclado con el té de Silvia. Al final, ni siquiera había recibido su respuesta.

Al oír mi pregunta, ¿qué había pensado mi madre? Sólo había pronunciado unas pocas palabras carentes de significado. Aunque había escuchado una excusa, también la sentía como la confesión de su crimen. Entonces, la conclusión de todo, había sido esto.

Con los ojos entrecerrados, mi padre me miró como si tratara de detectar qué emociones había dentro de mí. Esos ojos eran… Es verdad. Eran similares a los ojos de Soleil cuando me condenó, cuando mataron a mi hermana pequeña. Traté de abrir la boca para explicarme, pero las palabras no salieron. Para empezar, no sabía por dónde debería comenzar. Estaba confundida y alterada, me parecía imposible volver a fingir estar tranquila.

Aunque a este ritmo, no podría demostrar mi inocencia. Aunque entendía que estaba en una posición peligrosa. Las palabras no me venían a la mente. El presente se superponía con el momento en que Soleil me había dado la espalda. Cuando mis ojos cayeron inconscientemente en las palmas de mis manos, vi que las puntas de mis dedos, que deberían haber perdido toda sensación, todavía temblaban, al igual que esa vez. La única diferencia era que estos dedos, estas palmas, estas muñecas, estaban teñidas de rojo. El líquido que había comenzado a secarse estaba enmarañado, pegando mis dedos. Como si fuera el testimonio de un pecador. Por eso recordaba el día que mis brazos habían sido encadenados y me habían arrojado a una prisión.

—Mis manos, por favor, déjenme lavarlas.

Cuando estas palabras se deslizaron de mis labios, la dureza en los ojos de mi padre aumentó, mientras me miraba sentada en el suelo. Una vez más, no pude hacer nada más que mirar mientras su mano caía. Permanecía inmóvil, probablemente porque en algún punto hasta ahora ya me había rendido.

—¡¡Por favor, espere, amo!!

Aunque alguien había hablado, la voz estaba mezclada con un tono de pánico y miedo. Sabía que esa voz me había salvado. Cuando levanté la vista, Merge estaba allí con un rostro completamente pálido. Me preguntaba cuándo habría llegado. ¿O había llegado junto al mayordomo? Su figura se paró frente a mí como si se hubiera adelantado para interponerse entre mi padre y yo.

Para una simple sirvienta, hablar sin haber recibido el permiso, era un acto de insolencia. Además, en una situación tan descomunal, debería controlar sus palabras y conducta. Si hubiera sido el mayordomo, quien tenía tal grado de autoridad, no sería considerado responsable de tal falta. Pero, este simplemente se encontraba esperando en silencio en la esquina del corredor. Precisamente porque tenía el derecho para hablar, no decía nada. Porque lo más importante era respetar la voluntad de su amo.

—¿Qué?

Mi padre bajó la mano alzada y miró a Merge. Estaba segura de que se enfurecería y empujaría a Merge a un lado, pero sólo la coaccionó con sus gélidos ojos. Si hubiera sido una sirvienta novata, sólo con esto habría comenzado a temblar, pero su oponente era una sirvienta mayor. Incluso si su rostro perdía un poco de color, se acomodó y su expresión se aclaró. Podía lidiar con situaciones inesperadas gracias a su abundante experiencia. Por eso había estado a cargo de mi educación. Incluso si ahora, estaba anexada a Silvia.

—La señorita no tiene nada que ver en esto.

Habló con un tono grave, como si hubiera sido extraído de las profundidades de su garganta, tal vez para suprimir el temblor en su voz.

—¿Nada que ver, dices? —respondió mi padre, con un tono gélido aún más grave. ¿Estaba reprimiendo su enojo? Pero su voz estaba acompañada de un tono de inestabilidad, como si estuviera a punto de descargar toda su ira.

Cuando mi padre dio un paso adelante, Merge naturalmente se encogió. Sólo con eso era fácil ver cuánta desventaja teníamos Merge y yo. Cualquiera que fuera la verdad, si mi padre, el conde, decidía aquí y ahora que yo era culpable, se convertiría en la verdad. Pero, Merge una vez más, dio un paso adelante. Se enfrentaron entre sí, cara a cara.

—¿Qué viste?

Cuando la voz baja de mi padre la interrogó, Merge respondió con franqueza,

—No, no vi nada.

Habiendo recibido esa respuesta, mi padre, probablemente con ganas de repreguntar, tomó un hondo respiro que resonó con fuerza. Quizás estaba a punto de gritar enojado. Sin embargo, sin darle la oportunidad de hacerlo, la sirvienta veterana reclamó en voz alta con brío.

—¡La señorita no es alguien que lastimaría a otros!

Ante estas inesperadas palabras, mis ojos se abrieron desmesuradamente. Me sorprendía que hubiera una persona que intentara protegerme, pero también era difícil creer que fuera ella. En las muchas vidas que había repetido hasta ahora, Merge no era una persona que pudiera decirse que estuvo profundamente involucrada conmigo. Era cierto que había estado a mi lado en mi infancia como mi educadora, pero no habíamos tenido una relación íntima. Incluso en esta vida, era igual. Ya no era mi sirvienta, estaba sirviendo a Silvia. No era un miembro de la familia, ni siquiera era una amiga, incluso dudaría en llamarla una conocida, eso es todo lo que significaba nuestra relación. Y por eso, no importaba cuánto tratara de protegerme, no podía sentirme aliviada. Incluso si le creyera, fácilmente podría imaginar un futuro en el que sería traicionada. Y sin embargo… El temblor de mis dedos disminuyó ligeramente.

—Amo, si se me permitiera hacer un comentario impertinente…

—¿Qué?

Quien siguió hablando después de escuchar las palabras de Merge fue el mayordomo que hasta ahora había estado observado en silencio cómo se desarrollaba la situación. Mi padre parecía estar dispuesto a escuchar lo que tenía que decir.

—Creo que podría ser necesario examinar esta situación de una manera más variada… o debería decir con una visión más multifacética.

En otras palabras, estaba diciendo que era prematuro llegar a una conclusión ahora. Sin embargo, el mayordomo ciertamente no estaba tratando de protegerme. Si hubiera querido hacerlo, habría hablado antes. Entendía que decía esas palabras por el bien de Merge. En cierto sentido, se podría decir que estaba ansioso por ella, que se oponía a su amo. Si el mayordomo estaba de su lado, no debería pasarle nada malo.

—La señorita parece estar muy conmocionada, ¿qué tal si le damos algo de tiempo?

Al escuchar las palabras del mayordomo, mi padre se sumió en el silencio. Seguidamente, cerró los ojos y frunció el ceño. Mirando de cerca, las mangas del abrigo de mi padre estaba negra y sucia. Probablemente era sangre de mi madre.

Me pregunto si también abrazó a mi madre, pensé de repente. ¿Se entristeció por la partida de su amada esposa o lloró, agudizando sus oídos para tratar de escuchar el corazón que había dejado de latir?

Traté de imaginar la reacción de mi padre mientras miraba su rostro, el cual parecía más joven de lo que realmente era, pero fallé. Aparte del hecho de que me había abofeteado, para una persona que acababa de perder a su esposa, incluso ahora parecía demasiado sereno. Pensaba eso porque recordaba bien la reacción de Soleil cuando se había enterado de la muerte de Silvia en mi primera vida. En ese momento, hizo una expresión que decía que había sido separado de cualquier posible toque de deleite o alegría. Como si hubiera sucedido ayer, todavía recordaba con claridad cómo justo ante mis ojos, su mirada parecía hundirse en el fondo del abismo y se teñía de odio.

Por eso veía la diferencia entre mi padre y Soleil. Mi padre aún no había caído en la desesperación.

En ese momento, en el corredor que se había vuelto silencioso, resonaron los pasos de varias personas y sonidos metálicos. Cuando volteé, el escolta de mi padre y Al corrían hacia nosotros con rostros que habían cambiado de color. Mientras observaba a mi escolta cuyo rostro había palidecido, naturalmente chocamos miradas. Aún tenía que comprender la situación y con los ojos abiertos por la sorpresa, parecía querer decir algo. Pero en un segundo, sus labios se cerraron. Comprendía que se había tragado sus palabras. No podía preguntarme tontamente qué había pasado en este lugar donde también estaba mi padre.

—Amo…

El escolta de mi padre lo llamó en voz baja. Observé atentamente mientras le susurraba algo al oído. Probablemente fuera un asunto urgente. La tez de mi padre cambió.

—Ya veo, entiendo, —asintió, luego le dijo algo al mayordomo. No sabía exactamente qué, pero parecía que había sucedido algo relacionado con el trabajo que estaba por terminar. Mi escolta probablemente también había estado ayudando con el trabajo de mi padre estas últimas horas. No era un evento especial, más bien debería haber sido una situación no diferente de lo habitual.

En estas últimas horas, absolutamente todo había cambiado. Ya no podía volver a mi lugar original.

—Regresarás a tu habitación —anunció finalmente mi padre, teniendo que regresar al trabajo. A continuación se dio la vuelta y se alejó. Mientras observaba su silueta distante, incapaz de responder, mi padre miró por encima de su hombro y llamó a mi escolta, que todavía estaba perdiendo el tiempo en el pasillo, mirándome.

—¡Al! —Impaciente, mi padre llamó a mi escolta con un tono firme. Ya estaba muy lejos.

—Ve, Al

—Mi señorita…

—Tienes que ir.

—Pero…

—¡Estoy bien, así que vete! —Después de levantar el tono, mi voz tembló—. Por favor —agregué.

Mordí mis labios temblorosos. No tenía ninguna solemnidad. Pero, quedarse aquí en este lugar así no le daría un buen resultado. No sabía si Al había entendido la situación, pero aún no debería saber lo de mi madre. Incluso si había escuchado que algo había sucedido en la mansión, no creía que le dijeran que la señora de la casa había acabado con su propia vida. Sólo sabía que estaba aquí, manchada de sangre. Sin embargo, debido a que no habían llamado al médico para examinarme, debería haber notado que no estaba herida. Incluso si hubiera sólo unas pocas personas, no sólo Al, todos entenderían que era imposible que dejaran sola a la hija del conde si fuera el caso. Y por eso, debería de haber entendido que algo extraño había ocurrido.

Al me estaba mirando al rostro, dudando por un momento. Intentó decir algo varias veces. Entonces, en respuesta a esto, sacudí mi cabeza repetidamente. Lo que él quería decir, no sabía cómo lo interpretarían los demás. Probablemente no sería algo bueno para nosotros. Por la experiencia que había acumulado hasta ahora, estaba segura de que lo empeoraría todo. Cuando una le dije que se fuera vez más, no sabía si por fin había tomado en cuenta mi intención, pero se dio la vuelta, luciendo como si estuviera tratando de sacudirse algo.

Apreté las manos con fuerza, rezando para que esta no fuera la última vez que lo viera. Aunque sabía que mi deseo nunca se haría realidad, no podía evitar rezar.

♦ ♦ ♦

—Señorita, prepararemos un baño caliente.

Tener que esperar en mi habitación hasta que obtuviera permiso para salir era, de hecho, lo mismo que estar bajo arresto domiciliario. Quien me apoyó en su hombro y me acompañó de regreso fue Merge. Todavía con el vestido empapado en sangre, me quedé mirando mis dedos cuyo temblor había disminuido. La sangre de mi madre se había metido incluso debajo de mis uñas. Ante mí, que permanecía petrificada frente a la puerta cerrada, estaba la sirvienta veterana. Por alguna razón, habían dado instrucciones de que sólo ella podía quedarse conmigo dentro de la habitación.

—Merge, te estoy agradecida, de verdad…

Con la mirada aún en mis dedos, al llamarla con un tono medio de asombro, vi como sus manos entraban en mi campo de visión. Levanté la cabeza cuando agarró repentinamente mis manos entre las suyas y exclamó:

—Señorita.

Me habló con una expresión atormentada. Desde el día en que nos conocimos, me preguntaba cuántos meses y años habían pasado. Antes de que me diera cuenta, había envejecido y finas arrugas se habían asentado en su rostro. Pero eso no reducía su encanto. Las arrugas de la risa en la esquinas de sus ojos y boca dejaban en claro lo agradables que habían sido estos años para ella.

—No hice nada digno de tales elogios. Sólo dije la verdad.

Me dolían los dedos por su agarre con tanta fuerza y firmeza. Las sensaciones volvían a estas manos que casi habían quedado paralizadas. Mi piel fría sentía su confortable calor.

—Además…

Cuando levanté la cabeza para mirarla, ya que era un poco más alta que yo, la sombra de sus pestañas que caía en sus mejillas tembló.

—Tengo un mensaje, de la señora.

Merge se detuvo para inhalar profundamente y tragar saliva. Su exhalación hizo que mi flequillo se moviera.

—¿Un mensaje?

La razón por la que nuestras dos voces sonaban tan reservadas era porque entendíamos por instinto que nadie debía escuchar esta historia. Su semblante inusualmente serio también lo alentaba. La sirvienta de mi hermana pequeña me agarró de las manos manchadas de sangre sin dudarlo. A pesar de nuestras manos conectadas, nosotras dos no teníamos una relación tan cercana. En esta habitación donde nada era diferente de lo habitual, nuestras existencias diferían.

—Sí, pero primero, tenemos que lavar la sangre…

Perseguí esos dedos que abruptamente separaron nuestras manos y agarré sus muñecas. Porque sentía que de no hacerlo, todo quedaría sin resolver. Además, si dejaba pasar este momento, puede que no hubiera otra ocasión para que estuviéramos a solas. Estaba segura de que afuera de la puerta hay alguien haciendo guardia. Habíamos llegado hasta este punto, pero si ella fuera a salir de la habitación una vez, no sabía si podría volver a entrar.

—¿Qué te dijo? Mi madre, ¿qué te dijo?

Mi vestido manchado de sangre parecía adherirse a mi cuerpo. Si alguien más hubiera estado aquí, seguramente encontrarían insólito mi extraño aspecto. Pero no tenía tiempo para mantener las apariencias. Merge apartó su mirada de mi rostro.

—Lo siento, no pude ayudarla —susurró sin fuerza. Aunque el leve sonido de ropa resonaba en la silenciosa habitación, su ronca voz sonaba como si fuera a desaparecer. No entendía por qué se disculpaba y, en primer lugar, no había respondido mi pregunta.

—Si algo le llegara a suceder a la señora, se me pidió que entregara esto—. De repente, aflojó el cuello de su blusa y deslizó sus dedos dentro—. La señora me dio instrucciones de no dejar que nadie más lo supiera y de ocultar siempre el hecho de que lo llevaba. También dijo que llegado el momento, seguramente sabría a quién debería dárselo…

Me preguntaba cuánto tiempo había estado cargando con esto, pero de su pecho sacó un sobre. Seguramente no lo había tratado con rudeza, pero estaba un poco arrugado.

—Ahora, entiendo que se suponía que debía entregársela a usted, señorita.

Merge declaró esto y puso el sobre en mis manos. El papel blanco resaltaba terriblemente contra mis manos manchadas de rojo. No entendía las intenciones de mi madre al confiar esta carta a Merge. Pero parecía haber previsto que tal día llegaría. No, más bien, podría haberse preparado completamente, esperando el día en que acabaría con su propia vida.

—Pero no sé su contenido. Naturalmente, no vi lo que tiene escrito.

No creía que las palabras que había declarado fueran mentira. No le creía, pero sabía que no era ese tipo de persona. Era la capaz sirvienta que mi madre había elegido y por esta razón Merge no la traicionaría.

—¿Es esto su testamento?

Cuando lo apreté entre mis manos, sentí un poco de calor. Sabía que era la temperatura corporal de Merge que se le había transferido. Pero también traté de encontrar la existencia de mi madre. Eso trataba…

—No lo sé, —dijo Merge mientras sacudía un poco la cabeza—. Me encargaron esta carta hace mucho tiempo… así que no sé cuáles fueron las intenciones.

Pero esta carta que había recibido hace tanto tiempo, siempre la había llevado consigo, cargándola con sumo cuidado.

—Haré los preparativos para el baño, —declaró mientras me daba la espalda y sus hombros temblaban ligeramente.

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