Traducido por Tsunai
Editado por Yukiro
Los recuerdos del día en que abandonó aquel lugar resurgieron en su mente. El día en que Riftan la llevó de la mano y la introdujo en un carruaje le pareció un pasado lejano, se marchó por capricho, sin conocer mundo, inocente. Incluso en sus sueños habría pensado que habría vuelto allí por voluntad propia. Apoyó la cabeza contra la pared del carruaje, empapada de una extraña sensación de abatimiento. Su padre, que estaba sentado tranquilamente frente a ella, la miró y puso una expresión desagradable, luego golpeó el suelo con un bastón. Max se estremeció y se incorporó.
Viajar en carruaje con su padre era como una tortura, no podía relajarse ni un momento. Cerró la boca con fuerza como una almeja, intentando en la medida de lo posible no ponerle de los nervios. Afortunadamente, Elliot estaba con ellos. Los caballeros argumentaron que no podían desobedecer las órdenes de Riftan, así que insistieron en que al menos uno de ellos tenía que acompañarla. Se llegó entonces a la conclusión de que Elliot iba a ser quien la escoltara hasta el castillo de Croix.
El duque no pudo desatar su ira contra ella porque les seguía de cerca a caballo, justo al lado del carruaje. El duque no pudo hacer otra cosa que fulminarla ferozmente con la mirada y agarrar con fuerza su bastón.
—Cuando llegues al castillo, vive como si fueras un ratón muerto.
Le decía repetidamente, clavándoselo en los oídos durante todo el viaje.
—Rosetta se casará al llegar la primavera del año que viene. Deberías esconderte tranquilamente en el castillo hasta entonces. Tengo la intención de rechazar a todos los visitantes que vendrán, haciendo de tu recuperación una excusa. Aunque les dije que le dijeran a Calypse que viniera si deseaba llevarte, no tengo planes de dejar que te encuentre. Cuando venga, te pedirá formalmente el divorcio. Eso tendrá que retrasarse hasta la próxima primavera.
El duque de Croix la miró con ojos grises descoloridos.
—Incluso la iglesia ve justificado divorciarse de una mujer que ha abortado un hijo. Ni que decir tiene que el rey Rubén concederá ese divorcio con los brazos abiertos. No deberías ser la causa de arruinar lo que he planeado durante décadas.
Max se sintió abrumada por la vergüenza y bajó la cabeza. La ambición de su padre desde entonces era conseguir una sucesora destacada a través de Rosetta, lo planeaba hasta la obsesión: estaba tan incrustado en él, comparable a un guiso dejado hervir durante mucho tiempo que se hubiera pegado al fondo de la olla. Seguía hablando de sus planes, ansioso por manifestarlo.
—Rosetta necesita tener al menos dos hijos. Un niño sano, un varón, que heredará el linaje real y otro niño, un niño perfecto que será el sucesor de Croix. Seguramente les convenceré de que Rosetta es la mujer más sana y perfecta, mejor que nadie, a diferencia de ti.
Sabiendo que no esperaba una respuesta por su parte, Max se limitó a sujetarse las manos con fuerza y a rezar fervientemente para que un ogro saliera de la nada y volcara el carruaje de inmediato. Pero, como siempre, sus expectativas se hicieron añicos. El carruaje entró sin problemas en los lujosos y magníficos jardines del castillo Croix. Cientos de sirvientes bajaron las escaleras para saludar al duque, que regresó antes de lo esperado, mientras ella permanecía de pie frente al carruaje y agarraba ansiosamente la falda de su vestido.
Elliott saltó de su caballo y se acercó a ella.
—¿Se encuentra bien? Tu cutis no tiene buen aspecto.
—Debe de estar cansada por el largo viaje.
Antes de que ella pudiera responder, el duque de Croix intervino rápidamente.
—Ahora que está en casa, se recuperará pronto.
La rodeó por los hombros y se dio la vuelta. Luego, miró a Elliot por encima del hombro y habló.
—¿Estás satisfecho ahora que has visto con tus propios ojos que ha llegado sana y salva? Has cumplido con tu deber. Te permitiré quedarte en mi castillo esta noche, pero mañana debes partir de inmediato.
El rostro de Elliot se endureció ante las groseras palabras del duque. Max no sabía qué hacer, le miró y subió las escaleras porque no podía vencer la fuerza de atracción del duque. En cuanto el duque entró en el Gran Salón, la apartó como si fuera algo despreciable. Luego entró orgulloso en el magnífico salón, era tan grande, y su techo era tan alto que hasta los ogros podrían caber dentro y celebrar un banquete. Entonces, gritó al mayordomo que la llevara inmediatamente a la habitación.
Max agachó la cabeza para evitar la mirada de los criados que la miraban con sorpresa. El mayordomo, que había servido al duque de Croix toda su vida, obedeció sus órdenes sin preguntar qué ocurría.
—Sígame…, por favor, señorita.
Mientras inclinaba la cabeza, Max le siguió como un fantasma. De repente, se detuvo al notar que algo plateado brillaba sobre su cabeza. Rosetta estaba de pie frente al segundo piso, mirándola desde la barandilla. Max respiró hondo. ¿Cómo podía ser? En poco más de un año, Rosetta se había vuelto mucho más hermosa. Su frondoso cabello color lino brillaba como la plata bajo la luz del sol y su cuerpo esbelto y perfectamente moldeado presumía de su seductor encanto. Max se mordió el labio. La perfecta figura de su hermana menor le destrozaba el pecho con más crueldad que nunca. Sumida en la miseria, se apresuró a seguir al mayordomo. Inmediatamente la condujo a una tranquila habitación al final del anexo.
—Bueno entonces, por favor descanse bien. Llamaré a Joanna.
Cuando el mayordomo cumplió con su deber y se marchó, ella se quedó quieta en medio de la habitación y miró alrededor del espacio que una vez habitó. Era una habitación oscura, donde la sombra de la naturaleza se proyectaba incluso durante el día y había polvo por todas partes. Cuando se acercó a la ventana y contempló el paisaje, se sintió débil, impotente y se desplomó sobre la cama. Momentos después, una mujer corpulenta de unos cincuenta años abrió la puerta y entró.
—Señorita…
Max miró con extrañeza a su niñera, cuyo pelo canoso había crecido considerablemente en comparación con la última vez que la había visto. La niñera, incapaz de continuar sus palabras durante un largo rato, se acercó lentamente a ella y tomó su mano entre sus arrugadas palmas.
—¿Cómo ha llegado a esto, mi pobre señorita? La señora Arian también sufrió la misma desgracia y murió… y ahora, ¿cómo pudo ocurrirle también a la señorita… cómo Dios no tuvo piedad?.
Los lamentos de la mujer sacó sus nervios que ya estaban tensos hasta el punto de entumecimiento. El rostro de Max se contorsionó mientras apartaba las manos de la mujer. Por alguna razón, ver sus ojos llenos de compasión le resultaba más insoportable que los rostros indiferentes de los demás sirvientes.
—Yo…, yo…
Max le dio la espalda y cerró con fuerza los ojos doloridos por el llanto.
—Yo… me siento cansada. Quiero descansar.
—De acuerdo. Por favor, espera un poco, traeré agua para el baño y comida enseguida.
Joanna se limpió los párpados mojados con el pañuelo y salió. Max cogió la jarra que había en la mesilla de noche y vomitó el tazón de gachas que se había tomado a la fuerza aquella mañana. Al vomitar el agrio líquido, las emociones que reprimía se rompieron como un dique. El remordimiento y la vergüenza hervían en su estómago y la sensación de pérdida le pesaba en el pecho. Cada vez que se acordaba de lo imprudente que había actuado y había puesto a prueba su cuerpo, la culpa golpeaba su cabeza como un hacha.
Max tembló al dejar la jarra en el suelo. Como otros señores, Riftan querría tener un sucesor para transmitirle su castillo, sus tierras y sus riquezas. Pero, ¿podría tener otro hijo en el futuro? Su aborto espontáneo no podía ser el resultado de un sobreesfuerzo de su cuerpo, probablemente era inherente a su sangre. Recordando a las mujeres que han muerto en la familia Croix, se abrazó los hombros fríos. ¿Sería capaz de soportarlo cuando la crueldad creciera?
Max se tocó la garganta ardiente con manos temblorosas. No tenía cara para ver a Riftan y se sintió asustada y frustrada al imaginar cómo la trataría. Levantó la vista y vio el espejo apoyado en la pared. Cuando su rostro pálido y claro la atrapó con la mirada, su columna pareció congelarse. El rostro de su madre, que ella recordaba vagamente, revivía claramente en el espejo. Estaba mirando a su hija, que correría la misma suerte que ella. Max cerró los ojos y apoyó la cabeza mareada en la almohada.
Ya no quería pensar en nada. Sería mejor vivir atrapada en aquel pequeño mundo, fingiendo ser lo más insensible posible al dolor y la tristeza de siempre. De ser así, no tendría que preocuparse por perder el afecto de alguien y no tendría que esforzarse tanto por ser alguien distinto de sí misma. Max enterró la cara en la almohada. Sería más fácil fingir que algo como la felicidad no existía en primer lugar que tenerla arruinada, incluso cuando sus manos apenas la sostenían. Si no tenía nada, entonces no tenía nada, no perdería nada de manera dolorosa.
♦♦♦
Max se adaptó rápidamente a la vida que tenía antes de conocer a Riftan. La impotencia que estaba enterrada en lo más profundo de sus huesos se la tragó como si hubiera estado allí todo el tiempo, esperándola. Mientras permanecía en su cuarto oscuro, su confianza disminuyó tanto como antes y su voz se volvió un poco arrastrada, porque la única persona con la que podía hablar era la niñera. Poco a poco, sintió que las cosas que había construido en sí misma durante el último año se desmoronaban y no tenía fuerzas para contenerse. El miedo, la frustración y la resignación la devoraban por completo.
Max se sentó junto a la ventana y miró las ramas desnudas mecidas por el viento. Sentía como si hubiera vuelto a aquel día en que temblaba de miedo al divorcio. No, el dolor que sentía ahora la hacía sufrir más que antes. Antes de irse a Drakium, él ni siquiera la abrazó ni la miró a los ojos para consolarla. Ni siquiera le dio la oportunidad de explicarle por qué lo había hecho. Por favor, vete, fue lo que dijo. Tal vez quería que desapareciera ante sus ojos.
Max miró hacia el frío cielo y luego se volvió hacia el dormitorio. Miró la cama donde una vez estuvo su madre y donde estaba su madrastra y luego, se acurrucó encima de ella. En el fondo de su corazón, sabía que ese momento le llegaría algún día. Luchaba mucho por no separarse de él. Cada vez que estaba lejos de él, luchaba contra la aterradora idea de que su felicidad, que llegó como un milagro, desaparecería como un espejismo. Sin embargo, sus propias acciones se volvieron contra ella como un bumerán, apuñalándola, decepcionando a Riftan e incluso haciéndole perder a su hijo. Y ahora, la trajo de vuelta a este lugar.
Max se quedó con la mirada perdida en el techo y luego cerró los ojos lentamente. A la hora de comer, Joanna solía entrar en la habitación sin falta, llevando una bandeja con cuencos llenos de gachas. Por mucho que vomitara, la niñera siempre intentaba darle de comer. Considerando la sinceridad de la niñera, se metió la cuchara en la boca. No había consumido ni la mitad cuando su cara se puso amarilla y lo vomitó todo.
Los ojos de Joanna, mirándola, se hundieron en la melancolía.
—Madame Arian también era demasiado delicada y sensible, debe de ser una enfermedad.
Sacudió suavemente la cabeza.
—En el peor momento, incluso un sorbo de agua era demasiado difícil de tragar. Cómo podías ser tan parecida a tu madre…
—L-Lo siento… Me lo comeré más tarde…
Joanna suspiró profundamente mientras limpiaba suavemente el cuenco de gachas.
—Traeré una manta nueva. Túmbate, por favor.
Cuando Joanna salió de la habitación con la manta sucia, Max se levantó, se lavó la cara en una palangana y se puso ropa limpia. Y mientras volvía a tumbarse débilmente en la cama, oyó que llamaban a la puerta. Se preguntó si sería ya Joanna. Sin embargo, cuando levantó la cabeza, vio a Rosetta con un vestido púrpura que entraba elegantemente en la habitación. Max la miró sin comprender. Rosetta se saltó los saludos formales y arrastró una silla hasta un lado de la cama y se sentó.
—No tienes buen aspecto.
Max se incorporó y la miró inquieta.
—¿Por-Por qué has venido…?
—He venido porque esa mujer caprichosa está hablando de que mi hermana se está muriendo.
Los ojos avellana de Rosetta, mezcla de color esmeralda y zafiro, recorrieron su figura con frialdad.
—Veo que sus palabras no son meras exageraciones.
—Si no tiene nada más que de-decir… vete.
—¿Tienes intención de morir?
Rosetta escupió sus palabras con franqueza, sin siquiera prestar atención a lo que Max decía. La miró con aprensión y su hermanastra le devolvió la mirada, los ojos de Rosetta estaban nublados por la melancolía, un verdadero contraste con su vivaz belleza mientras le hablaba a Max.
—No podrás durar ni un año en este castillo con tu cuerpo en esas condiciones. Padre ni siquiera pestañearía si mueres.
—Lo que m-me pase… no es asunto tuyo.
El rostro de Rosetta se endureció con frialdad ante la áspera respuesta de Max.
—Eres tan patética que no puedo soportarlo. Te ahogas en la autocompasión y arruinas tu propio cuerpo. Estoy cansada de ver las tonterías de mi hermana.
—No hay razón para que escuche esas palabras… de t-ti.
—¡Entonces no deberías haber vuelto aquí en esas condiciones!
Rosetta contraatacó de forma feroz.
—Cada vez que te miro, la ira hierve en mi interior. Como una completa idiota, fuiste al medio del campo de batalla y abortaste a tu hijo, volviste en estado vegetativo, ¿y ahora te suicidas negándote a comer? ¿Crees que a tu marido le importará si haces eso? ¡Ja! Puede que incluso se alegre de no tener que pasar por el engorroso proceso de divorciarse de ti cuando mueras. Y luego, cuando la última palada de tierra se deposite sobre tu tumba, probablemente se casará con la princesa Agnes, ¡porque los hombres son así de crueles!
Max se estremeció como si hubiera sido apuñalada por las afiladas palabras de Rosetta. Miró a su brutal hermana, conteniendo las lágrimas que se acumulaban en sus ojos.
—No hables así de e-él. Ha sido… b-bueno conmigo. Se pre-preocupaba de verdad por mí. Por eso yo…
—Y te enamoraste de él solo porque te dio algo de afecto.
Rosetta era cínica y sarcástica. Intentó refutarla apresuradamente, pero al ver la amarga sonrisa que flotaba en sus labios, enmudeció de repente. Rosetta continuó entonces hablando con sequedad.
—Entra en razón. Solo te enamoraste de él porque era amable contigo, pero eso no es verdadero afecto. Los sentimientos de los hombres son tan cambiantes como las dos caras de una moneda, cuando las probabilidades no están a su favor, se da la vuelta en un instante. ¿No te has dado cuenta ya de eso por nuestro padre? Los hombres serán generosos y te darán todo lo que pidas siempre que cumplas sus expectativas, igual que me trata a mí padre. Y cuando un hombre ya no puede obtener de ti lo que desea… eres muy consciente de lo crueles que pueden llegar a ser.
—Ri-riftan… no es como pa-padre. Él es…
—Si ese hombre no es como padre, ¿entonces por qué estás aquí?
Los labios de Max se crisparon; no podía encontrar las palabras para discutir. Rosetta se burló descaradamente de ella.
—No me digas palabras en las que ni tú misma tienes fe. Ese hombre no es diferente de nuestro padre, lo sabes. Esa es la razón por la que has vuelto aquí. Aunque no lo veas, eres tan cínica como yo, no, eres más cínica que yo, hermana.
—P-para… vete. No quiero… volver a ha-hablar contigo.
Max cubrió sus ardientes lágrimas con las palmas de las manos y habló con voz apagada. Rosetta se quedó quieta y callada durante un largo rato y luego se levantó lentamente de su asiento.
—Cuando te fuiste, deseé que no volvieras nunca más a este castillo.
Max la miró, el dolor era evidente en sus ojos. Rosetta se dio la vuelta y mientras se dirigía hacia la puerta, murmuró.
—Me decepcionas hermana. Siempre lo haces…
La conversación que tuvo con su hermanastra desordenó su ya caótica mente. Max comenzó a cuestionar sus pensamientos. Mirando hacia atrás, todo le parecía incierto. Se preguntaba por qué estaba tan absorta con Riftan, qué era lo que la cegaba tanto. En poco más de un año, Riftan dio un vuelco a su vida y le dio ganas de vivirla con determinación. En un instante, él se convirtió en la razón de su vida. Sin embargo, se preguntó si eso era normal. Pensó que tal vez le perseguía ciegamente, como un patito recién nacido que persigue de cerca a su madre.
En el momento en que esas dudas entraron en su mente, las cosas que Max creía claras para ella, se volvieron borrosas. Ya no era capaz de descifrar la verdad en su caótica mente. Ahora que estaba de vuelta en este castillo, mirar atrás a todo le parecía dudoso: su vida en Anatol, seguir a la expedición e incluso sufriendo en medio del campo de batalla parecían recuerdos distorsionados. El cinismo que se grababa en lo más profundo de su estómago crecía más y más a medida que pasaban los días, era como si le fuera a llegar hasta la garganta.
—Señorita, ¿qué le parece si damos un pequeño paseo al aire libre? Hoy el viento no sopla con fuerza y el sol calienta en el jardín.
Max, que estaba sumida en sus pensamientos, levantó la cabeza ante la sugerencia de Joanna y la niñera descorrió entonces las gruesas cortinas, dejando que la plateada luz del sol se colara por las ventanas. Era esa hora de la mañana, el único momento del día en que el sol se filtraba en su habitación. Miró fijamente la fría luz del sol otoñal durante un momento y luego apartó la cabeza débilmente.
—En realidad… no quiero salir.
—Señorita, ¿ha visto lo pálida que tiene la cara? Si no le diera el sol, su tez parecería la de un cadáver. Por favor, respire aire fresco a gusto en un día soleado como hoy. Si su salud sigue deteriorándose aquí, aunque venga el marido de la señorita, cuando vea a la señora con este aspecto, puede que desvíe la mirada, sacuda la cabeza y se marche.
La última frase de su niñera apenas la hizo levantarse de la cama. Aunque dudaba de todo, seguía siendo él quien le daba una pizca de ganas de vivir. Max se puso una bata sobre el vestido holgado que le había quedado grande a causa del enorme peso que había perdido en pocas semanas. Joanna la acompañó al salir de su habitación. El anexo estaba tan silencioso como un ratón muerto. No había rastro de nadie más viviendo en el enorme y majestuoso anexo, excepto las cinco o seis criadas y unos pocos guardias asignados por el duque de Croix para supervisar el lugar: Max era consciente de que los criados se referían a él en secreto como un lugar de exilio. Durante generaciones, el duque de Croix desterró allí a las mansas mujeres de la familia Croix, ocultándolas a los ojos de todos los demás.
Bajaron la fría escalera y entraron en un patio lleno de hojas caídas. La hiedra roja que había crecido en la pared brillaba blanca a la luz y los arbustos que aún no habían perdido su color verde ondeaban contra la suave brisa. Max caminó a lo largo del parterre y observó las flores secas. Unos cuantos pájaros revoloteaban a su alrededor, se zambullían un rato en el suelo, recogían las semillas de las flores y las picoteaban. Mientras contemplaba la escena sin pensar, sus ojos captaron a los guardias que iban y venían muy ocupados por el camino que llevaba al castillo principal.
Max sintió curiosidad. En días normales, nadie se acercaría a esas horas al anexo. Mientras miraba y se preguntaba qué estaría pasando, uno de los guardias la vio en el jardín y se acercó corriendo.
—La señorita no puede estar fuera. El duque ordenó que la señorita no debe salir del anexo.
El rostro de Max enrojeció ante el guardia, que la trataba como a una prisionera que saliera de su celda. Sabía que tenía prohibido ir al castillo principal sin permiso, pero cuando vivía aquí, al menos podía dar un paseo por el jardín exterior del anexo o incluso visitar la biblioteca. Mientras permanecía inmóvil con una expresión de desconcierto en el rostro, el guardia habló con voz desalentadora.
—Por favor, vuelva a su habitación inmediatamente.
Y entonces Joanna, que se agitaba detrás de ella, la agarró apresuradamente por el codo.
—Me encargaré de que vuelva.
Max se sintió impotente al verse obligada a volver a su habitación, apoyada en los brazos de su niñera como un polluelo. Joanna alegó que había sido ella quien le había sugerido que diera un paseo y que desconocía las órdenes del duque.
—Qué extraño. No he oído ninguna orden de que a la señorita se le prohíba siquiera pasear por los jardines…
La niñera cerró la puerta de su habitación y la miró a los ojos.
—Aunque, Su Excelencia sigue enviando sanadores a la señorita de vez en cuando. No es que Su Excelencia no aprecie a la señorita. Por favor, no se altere demasiado.
Max ni siquiera pudo sonreír amargamente ante las ridículas palabras de consuelo de la niñera. La única razón por la que su padre enviaba curanderos con regularidad era que si moría antes del matrimonio de Rosetta, sus planes se irían al traste. La madre de Rosetta también murió en el hospital, incapaz de tener un hijo. Si Max moría por el deterioro de su salud, se señalaría como causa de ello su aborto espontáneo y se concluiría que Rosetta podría correr la misma suerte. Por mucha que fuera la dote de su hermana, su compromiso con la familia real cesaría en un instante.
Max no expresó sus pensamientos en voz alta y se limitó a asentir para reconocer las palabras de la niñera. Luego se quitó la túnica y se la entregó a la niñera, que la dobló y se la colocó sobre el antebrazo. En ese momento, algo cayó al suelo e hizo un ruido metálico.
—Dios mío, qué susto. ¿Qué es esto…?
Joanna se agachó y lo recogió. Max, que sin darse cuenta volvió la cabeza, abrió mucho los ojos al ver el siclo abollado y ennegrecido. Lo había guardado en un bolsillo del interior de su túnica para no volver a perderlo. Max le tendió rápidamente la mano.
—D-Dámelo.
La niñera parpadeó sorprendida, mirando a un lado y a otro entre la moneda del tamaño de una uña y la cara de Max. Luego, acabó entregándosela con un chasquido de lengua, como si le pareciera extraño.
—Cuando la señorita era pequeña, solía recoger guijarros y cosas así para hacer coronas de flores. Pero ahora es una mujer adulta. No es propio de una mujer de su edad seguir recogiendo semejantes trastos.
—Esto n-no es… un t-trasto.
—Ya veo, si tú lo dices.
Joanna se limitó a sacudir ligeramente la cabeza mientras salía de la habitación. Max miró el siclo que tenía en la mano. Era como si le dijera que conocer a Riftan y todo lo que ocurrió después era una realidad innegable. Acarició su rugosa superficie y se mordió los labios en silencio. Su corazón se aceleró al recordar lo que él le dijo cuando le entregó el siclo.
Espero que no te ocurra nada malo, que todo lo que caiga sobre ti sea bueno.
Max le puso el siclo en los labios y se le torció la cara mientras se le saltaban las lágrimas. Sus hombros temblaban incontrolablemente. Se dio cuenta de lo distorsionados que estaban sus sentimientos, de lo irremediablemente débil que era su conciencia. Las palabras de Rosetta eran ciertas. No creía en nadie. Ni siquiera creía en sí misma. Todo en lo que creía era en un futuro sin esperanza.
—¡Señorita!
Al oír la voz urgente de Joanna, Max se apresuró a secarse las lágrimas de los ojos. La niñera entró corriendo en su habitación exclamando con tanta urgencia mientras señalaba con el dedo hacia la ventana.
—¡Ha ocurrido algo! He ido a averiguar por qué los guardias se comportaban así hace un rato. Los caballeros Remdragon han venido al castillo!
Max no fue capaz de comprender inmediatamente las palabras de la niñera y parpadeó sin comprender. Joanna corrió apresuradamente las cortinas de las ventanas y la llevó a sentarse en la cama.
—El marido de la señorita pidió a su merced poder ver a la señorita. Normalmente, no es tan difícil para los guardias expulsar a los caballeros del castillo.
—¿Di-Difícil echarlos…?
Max repitió las palabras de Joanna en forma de interrogación.
—¿Quieres decir que… Ri-Riftan está aquí ahora mismo para ve-verme… pero pa-padre lo echó?
—No hay otra opción. Si ve a la señorita ahora, podría pedir el divorcio en este momento…
Joanna lanzó un profundo suspiro mientras miraba con preocupación el rostro desencajado de Max.
—A ningún hombre le gustaría una mujer cuando aparece en este estado. Su Excelencia no tiene más remedio que echarlos.
Los ojos de Max se desviaron inquietos, preguntándose si Riftan realmente había llegado allí para exigir el divorcio. Al menos la niñera parecía creerlo. No. Todos en el castillo pensaban lo mismo. La niñera miró hacia la puerta como si temiera que Riftan irrumpiera en cualquier momento y luego estrechó las manos de Max.
—Afortunadamente, se acerca la estación del descanso. A medida que los días se vuelvan más fríos, el marido de la señorita no tendrá más remedio que regresar a su hacienda. Y entonces, no podrá regresar hasta que cambie la estación. Si conseguimos retrasarlo hasta entonces, la segunda señorita podrá casarse y su gracia probablemente se mostrará menos inflexible.
La niñera dio unas suaves palmaditas en el brazo de Max, como para tranquilizar a un niño y volvió a salir de la habitación. Abrió el puño y miró el siclo empapado en sudor frío. El corazón le temblaba al pensar que Riftan estaba allí. Se mordió el labio con ansiedad. No tenía valor para enfrentarse a él, por eso había huido y regresado al castillo tal y como le había ordenado su padre. Pero aun así, no pudo evitar su deseo de verle. Metió la moneda entre sus ropas y miró a través de las cortinas. No podía verle desde allí. Tal vez, si subía a algún lugar alto, podría verle desde lejos.
Dudó un momento, luego apretó la boca con fuerza y volvió a ponerse la túnica. Tenía muchas ganas de ver con sus propios ojos que Riftan había vuelto sano y salvo. Miró un rato a su alrededor a través de la pequeña abertura de la puerta y, tras asegurarse de que no había nadie, salió con cuidado de su habitación. Estaba segura de que nadie pensaría que se atrevía a salir a hurtadillas. Afortunadamente para ella, la puerta trasera del anexo no estaba vigilada. Entonces se apresuró a salir.
El anexo tenía una pequeña puerta trasera que utilizaban los sirvientes y que conducía a un bosque que ahora se teñía de marrón rojizo en la estación otoñal. Se escondió entre los árboles mientras rodeaba el anexo y se dirigía al castillo principal. Habiendo estado confinada en su cama todo este tiempo, se sentía mareada con sólo correr un rato por el bosque y le temblaban las piernas. Max tomó aire detrás del arbusto y se deslizó hacia el castillo. Afortunadamente, había pasado desapercibida. Sus ojos se movían inquietos de un lado a otro mientras subía los estrechos escalones de dos en dos.
Cuando por fin llegó a la quinta planta del castillo, se sintió mareada hasta el punto de desmayarse. Jadeó como una mula agotada y se obligó a subir un piso más. Y entonces, una amplia terraza arqueada se descubrió ante sus ojos, con la vista completa del ducado para que ella la contemplara. Max se tambaleó mientras avanzaba hacia la terraza. Una bandera incrustada con la insignia de la Croix ondeaba ferozmente en lo alto de la torre del castillo. Más allá de los gruesos muros del castillo que rodeaban toda la mansión, vio a los caballeros Remdragón acampados frente a las puertas.
Aunque estaba tan lejos que era difícil reconocerlo, Max encontró a Riftan inmediatamente. Estaba sentado encima de Talón mientras el viento seco soplaba ferozmente. El corazón le latía con fuerza al ver cómo su cabello oscuro se mecía contra el viento y las emociones caóticas que se arremolinaban en su interior se hicieron evidentes. Todo lo que Max quería en ese momento era verle de cerca. Aunque él ya no la quisiera, si pudiera estar en sus brazos sólo una vez más, podría soportarlo todo.
Max se vio arrastrado por un fuerte impulso y se dio la vuelta. Justo cuando iba a bajar corriendo las escaleras, alguien la agarró del brazo y ella soltó un grito: era uno de los caballeros que servían a su padre, la miraba con expresión severa.
—¿No ha dicho el duque que la señorita no puede salir de su habitación?
—S-Suéltame.
Ignoró su petición y la llevó escaleras abajo.
—El duque se enfadó de pies a cabeza cuando se enteró de que la señorita había desaparecido de su habitación.
Dijo en tono molesto mientras la arrastraba. Cuando el caballero se volvió hacia una sala situada en el cuarto piso, suspiró. Max empezó a temblar de miedo.
—¡S-Sólo estaba… intentando ver la c-cara de mi marido desde la distancia! ¡V-Volveré a mi ha-habitación! Por favor… deja pasar esto por una vez.
—Su Excelencia ordenó que la señorita sea llevada directamente a él una vez que sea encontrada. Debo obedecer sus órdenes.
El caballero respondió sin rodeos y continuó avanzando a grandes zancadas. Max luchó por zafarse de su agarre. Sin embargo, como era más débil, no había forma de que pudiera romper la firmeza del brazo de un caballero entrenado. Inmediatamente, él la arrastró a la habitación de la esquina al final del pasillo. Max miró a su alrededor con una expresión de terror en el rostro. Espejos y sillas se alineaban a un lado de la pared, así como varios tipos de látigos de caballo que colgaban del expositor llamaron su atención. Sentía que se le hacía un nudo en el estómago. Se agarró desesperadamente al brazo del caballero que estaba a punto de salir de la habitación.
—¡De verdad que no… saldré a partir de ahora! Lo ju-juro. Por favor, déjame sa-salir.
El caballero suspiró y le retiró suavemente la mano.
—La señorita debería haber obedecido antes las órdenes de su padre. La señorita sabe muy bien lo estricto que es el duque, ¿por qué demonios ha actuado así?
El caballero se dio la vuelta y salió de la habitación. Max gimió al oír el sonido de la cerradura de la puerta al girar y se apresuró a tirar y girar del pomo. Sin embargo, por mucho que tiró y giró, la puerta se cerró firmemente sin resultado. Sus piernas empezaron a temblar. Se desplomó indefensa en el suelo, mirando entre los espejos y el látigo con expresión aterrorizada. Su reflejo en el espejo parecía burlarse de ella, diciéndole que sabía qué clase de castigo le esperaba.
¿De qué demonios tenía tanto miedo que vino a este infierno con sus propios pies? ¿Tenía tanto miedo de que él la abandonara? ¿De verdad creía que Riftan la trataría peor que su propio padre? Max se abrazó las rodillas. Aunque así fuera, habría sido mejor para ella huir a algún lugar lejano que volver a este lugar. No era diferente de un cordero al que llevan con una correa al matadero. Sollozaba incontrolablemente, abrumada por la vergüenza.
El tiempo pasaba y el cielo empezaba a oscurecerse hasta adquirir un color lavanda cuando el duque por fin abrió la puerta y entró. Max se sobresaltó y se levantó del suelo. Su padre cruzó la habitación y levantó la barbilla con arrogancia.
—He sido paciente contigo durante mucho tiempo.
Era una voz tan fría que le tembló la columna vertebral.
—Solo te he pedido una cosa. Qué te comportaras como un ratón muerto. ¿Es una petición tan difícil de cumplir?
—Yo s-sólo… quería ver su cara d-de lejos. No estaba desobedeciendo las órdenes de padre…
—¿Te permití abrir la boca?
El duque golpeó violentamente el suelo con su bastón. Max cerró inmediatamente la boca mientras la miraba con ojos enfurecidos y hablaba sarcásticamente.
—Ese bastardo ha arruinado por completo 20 años de mi educación en ti.
El duque gruñó mientras apretaba el bastón con ambas manos.
—Pues no me extraña. Has estado viviendo con un idiota inculto que no tiene en cuenta las clases sociales, es natural que se te peguen algunos modales groseros.
Max, que tenía los ojos pegados al suelo, no pudo evitar levantar su pálido rostro. ¿Cómo podía su padre decir semejante burla contra Riftan?
—Riftan… fue a la gue-guerra en nombre de pa-padre y sufrió todo tipo de penurias. Lo menos que padre podía hacer… es no hablar de él de e-esa manera…
Antes de que Max pudiera terminar sus palabras, su bastón se estrelló contra ella con un violento golpe. Se desplomó en el suelo, con la luz parpadeando en sus ojos cuando la golpeó. Ningún grito pudo salir del inminente dolor que parecía atravesarle los huesos. Se le nubló la vista y sintió que le ardía la sien. Se envolvió la cabeza asustada y miró al duque de Croix con ojos de horror. El duque respiró con furia y escupió su frase palabra por palabra.
—¿Cómo te atreves, de quién te burlas con esa boca?
Como si su ira aún no se hubiera liberado, levantó una vez más su bastón y se la clavó en el hombro. Todo el cuerpo de Max se retorció mientras el dolor le llegaba a los huesos. Con solo dos golpes, el duque de Croix pisoteó toda su rebeldía. Las frías y temblorosas manos de Max volaron hasta tocar el suelo mientras todo su cuerpo se desplomaba y temblaba. El duque la agarró entonces por el pelo y tiró de él con fuerza.
—Si quieres decir algo, habla con propiedad. No tartamudees como un jodido bicho raro para que pueda entender lo que dices.
A Max le temblaron los labios. El duque la agarró por la barbilla mientras le insultaba duramente en la cara.
—Esta vez puedes abrir la boca. Si tienes algo más que quieras decir, dilo. Y por Dios, ¡diga al menos una palabra con claridad!
—Lo si-si-siento…
Los dientes de Max traqueteaban sin control mientras intentaba desesperadamente mover su lengua rígida. En su esfuerzo por hablar, se mordió la lengua y la sangre salió a borbotones de sus labios. Una clara mirada de desprecio brilló en los ojos de su padre mientras la miraba. Entonces la apartó con dureza y se dirigió tembloroso hacia donde estaban los látigos y cogió uno de ellos. Max sólo pudo mirarle con impotencia. Aunque no estaba atada, parecía no poder dar un solo paso para escapar. Entonces, su padre le ordenó con voz fría.
—Date la vuelta y quítate la ropa.
Se produjo el silencio.
—Si no me obedeces en este momento y causas algún retraso, tu castigo aumentará por segundos.
Max se dio la vuelta. Con sus manos rígidas y temblorosas, se quitó la tunica y se bajó el vestido. Al descubrir su piel desnuda, el duque se acercó por detrás. Ella pudo ver claramente como levantaba el brazo que sujetaba el látigo. Max mordió con fuerza el dobladillo del vestido que sujetaba contra su pecho. Poco después comenzaron los violentos golpes. Sentía como si su piel estuviera siendo cortada finamente por un afilado cuchillo. Cada vez que el golpe impactaba en su espalda, un dolor espantoso parecía desgarrar su cuerpo, se sentía como el ser vivo más insignificante de todo el mundo. Con cada golpe que recibía, estaba a punto de arrojar lo que le quedaba de orgullo y suplicar perdón.
Max se arrodilló, con el cuerpo agachado, acurrucado contra el frío suelo de piedra, soportando a duras penas el dolor. Y cuando instintivamente se arrastró por el suelo para evitar los golpes, el sonido de las furiosas maldiciones de su padre resonó con fuerza en la habitación. Sin embargo, no comprendió ni una sola de las palabras que entraron en sus oídos. Se envolvió la cabeza y lloró. En ese momento, los latigazos cesaron de repente. Max ni siquiera pudo levantar la cabeza mientras gemía de dolor y jadeaba como un animal. En ese momento, una voz escalofriante resonó en sus oídos.
—Ahora… ¿qué estás haciendo?
Max sintió que se le hacía un nudo en la garganta; levantó lentamente la cabeza. Riftan agarró la mano del duque y la miró como si no pudiera comprender lo que estaba viendo desarrollarse ante él.
