Marietta – Extra 3: Los celos de Adlan (1)

Traducido por Amaterasu 

 Editado por Sharon

Corregido por Aurora Blue


—Adlan.

—¿Qué pasa?

—N-No. Es algo trivial, pero…

El hombre que dudó en decir lo que tenía en mente era reconocido en Oltaire como “la deidad guardiana”, el General Belvant Fargus. Junto a él se hallaba el Teniente General, Adlan Carlkus, la mano derecha de Belvant y encargado de las conexiones sociales debido a las escasas, por no decir nulas, habilidades de comunicación que tenía su superior.

Adlan siempre mostraba una cara sonriente y sociable, sin mencionar, que también era una persona bastante amigable que emitía una vibra de hermano mayor. Su popularidad entre las mujeres también era muy alta, a diferencia de Belvant. Si este hombre peinara con pulcritud su suave y brillante cabello castaño, asistiera a las fiesta nocturnas vestido con su traje ceremonial, y mostrara su encantadora sonrisa, la cual hacía brillar sus pupilas verdes, a las damas de la nobleza que lo anhelaban no les importaría que tuviera pareja. En un pestañeo, se reunirían a su alrededor y le pedirían que les concediera aunque fuera un baile.

Este apuesto y popular joven noble, está comprometido con Sierra, una joven que vino acompañando a la princesa Marietta desde Stellaus. Se supone que deberían estar pasando sus días llenos de felicidad, pero…

—Adlan.

—Como dije, ¿qué pasa?

—Tu actitud es mala.

—¿Q-Qué-? ¡Estoy condenado! ¡Nunca pensé que llegaría el día en que me advirtieran sobre mi actitud! —Su rostro se distorsionó debido al enfado.

Con su cara sombría y su ceño fruncido parecía un demonio, pero Adlan lo conocía lo suficiente para saber que se hallaba preocupado. El hombre era tan poco sociable que no tenía idea de como mostrar sus emociones; al intentar ser amistoso, la gente tendía a pensar que su actitud era presagio de que algo terrible iba a suceder.

—No era mi intención criticar —se disculpó Belvant—. Sentí que estabas diferente de lo usual, así que me preguntaba si algo te estaba molestando. Si no quieres hablar de ello, entonces no importa.

Después de decir aquello, ignoró a Adlan y continuó con su trabajo de revisar el estado actual de cada fortaleza para organizar los planes futuros con respecto a ellas y, luego de aquello, emitir las órdenes basadas en esa información.Como ha pasado la mayor parte de su vida en torno al trabajo, el General, “hombre entre los hombres”, siempre había mostrado poco interés en los asuntos de otros. Esperar que mostrara consideración por los problemas de alguien más era, sin duda, igual a pedirle a un dragón que se convierta en una botella de agua caliente[1].

Sin embargo, cunado de su amada esposa Marietta se trataba, el asunto era diferente.

—Gracias, Belvant —murmuró Adlan—. Es solo una mera debilidad mía… Simplemente, me siento un poco deprimido debido a asuntos triviales… En realidad, es solo algo aburrido.

—Cuanto más digas que es algo insignificante, más se convertirán en pequeñas espinas puntiagudas que atraviesan tu corazón.

—Esa frase… ¿Dónde la aprendiste?

—Bueno… —Belvant guardó silencio. Por nada del mundo confesaría que la aprendió del libro favorito de Marietta.

Con una cara que causaba terror a quien lo viera y un cuerpo que exudaba vigor masculino, explicar que su nuevo pasatiempo era leer la novela romántica que su esposa le había recomendado, al tiempo que sostenía con su tosca mano y con delicadeza una taza de porcelana mientras bebía el té que ella misma había seleccionado para él, sería un shock demasiado grande para cualquiera. De ese libro, memorizó las dulces palabras que una pareja de casados ​​solía recitar entre sí. Definitivamente, era algo que no se podía confesar así, como así.

¡Haaa!, suspiró Belvant. ¿Hasta qué punto me llevará mi amor por mi dulce Marietta?

—Si tuviera que decirlo en una breve frase: me siento infeliz porque mi Sierra adora demasiado a tu esposa. —explicó Adlan—. ¡Al punto que no se preocupa por mí! ¡Eso es!

Ante aquellas palabras que se dijeron sin ninguna vacilación, Belvant frunció el ceño y su rostro se volvió aún más aterrador.

—Es decir… —El hombre no pudo refutar. Después de todo, era verdad.

Era consciente de cuánto ellos, la pareja casada, confiaban en las capacidades de la diligente Sierra. Era cierto que la mayor parte del tiempo la doncella se dedicaba por entero a Marietta… Si se miraba desde un punto de vista objetivo, se diría que había llegado al punto de ignorar a Adlan, su prometido.

—Está bien! Es solo mi queja ociosa —se justificó Adlan restándole importancia—. No hay forma de que pueda negar la razón de ser de esa chica; así que, esta conversación termina con esto… —afirmó tajante—. Ahora, ¿podemos continuar nuestro trabajo?

♦ ♦ ♦

—¡Sir Belvant!!

Varios días después, Marietta visitó en el campo de entrenamiento para contemplar la galante figura de su marido en su lugar de entrenamiento, bajo el pretexto de observar a la Orden de Caballeros de Oltaire. Cuanto lo tuvo a la vista, corrió hacia él y se lazó a sus brazos. Junto a ella, Sierra, con los músculos dorsales tensos, observó como la pequeña dama era levantada del suelo por Belvant con tan solo uno de sus brazos. Su joven señora tenía una sonrisa encantada en su cara, como si le estuvieran haciendo cosquillas bajo la barbilla.

—Estoy ansiosa por ver la figura galante de mi marido hoy también. —Sus ojos destellaron al imaginar cómo aquellos maravillosos músculos serían utilizados.

—¡Ja, ja, ja! Hoy tengo que trabajar aún más duro. Cuando tú vienes, parece que los Caballeros se sienten más inspirados por alguna razón, y sus habilidades parecen mejorar mucho.

Ante la adorable princesa que se ruborizaba al observarlos entrenar, los miembros de la Orden se volvían entusiastas y decididos.

—¡Oh, querido! Como la esposa del General Fargus, seré feliz si puedo ser servicial. No importa lo pequeño que sea —aseguró un tanto avergonzada.

—Sin embargo, mantén tu mirada solo en mí. Eres mi esposa, después de todo.

—¡Por su puesto que lo haré! ¡Soy la esposa de Sir Belvant…! ¡Je, je, je! —declaró Marietta con una expresión dulce y tímida.

Belvant no fue capaz de contener sus ansias de besarla, y dejó su deseo de monopolizarla al descubierto. Ya se había convertido en una rutina el ver a esta pareja de esposos acaramelados. Los ayudantes de ambos, Sierra y Adlan, no se asombraron. Solo los miraron con ojos poco entusiastas y pasaron a ignorarlos.

Sierra, observó como  Adlan reorganizaba los documentos que tenía en las manos y en tono burlón elogiaba el General:

—La eficiencia de tu trabajo mejora cuando llega la princesa, ¿eh?

—¿Por qué no mimas más a Adlan?

La doncella recordó el consejo que le había dado Belvant hace unos cuantos días.

Me pregunto si lo que dijo el General de rostro frio y espeluznante que no entiende para nada el corazón de una mujer, es verdad. ¿A Adlan le gustará que vaya a verlo y lo adule como hace la señorita Marietta con su esposo?

Ella estaba haciendo una evaluación completa. Sin embargo, sabía que el enérgico General cerebro de músculo no era tonto, sino un hombre de mentalidad sencilla.

—¿Q-Qué pasa, querida Sierra? —preguntó Adlan, al ver a su prometida observándolo ensimismada.

También se ve lindo hoy, pensó ella. Los ojos verdes claros de su gentil prometido se estrecharon y le regaló una sonrisa. Se mordió el labio y giró el cuerpo hacia él.

—Sir Adlan. ¡A-Aquí voy! —exclamó, antes de tomar impulso.

—¿Eh? ¡¿Ehhh?! —No le dio ninguna oportunidad. Con gran agilidad, se impulsó y le saltó encima—. ¡Uwaa!

A pesar de sorprenderse por el acto impulsivo de su prometida, gracias a la fuerza de sus músculos bien entrenado atrapó con firmeza su delgada figura y los estabilizó a ambos impidiendo que cayeran sobre el piso. Abrazó el cuerpo cálido y suave de la doncella y enterró el rostro en su cuello para inhalar su aroma dulce y fragante.

¡Vaya! Esto fue repentino, pensó.

—Sierra, ¿sucedió algo para que actúes de esta manera de repente?

Mientras reprimía el impulso de devorar ahí mismo a Sierra levantó el rostro y se enfrentó a sus hermosas pupilas azules.

Ahora, ahora, Sierra trabajó muy duro, divagó.

Sierra era una doncella de gran belleza y carácter firme, quien no tenía ninguna experiencia en comportarse de forma mimada. Sin embargo y, en aras de seguir el consejo del General Belvant, estuvo de acuerdo en que era necesario mimar a Adlan…

No. Para ser justos, Sierra quería hacerlo. No era solo por un sentido de obligación. Siendo devota a la princesa Marietta desde muy joven, siempre pensó que no le importaría permanecer soltera durante toda su vida. Sin embargo, el destino le había regalado a un hombre maravilloso, el cual, sin darse cuenta, se había colado en su corazón. Al principio, no había sido consciente de ello. Incluso antes de que se comprometieran, se había enamorado del caballero suave y confiable de ojos del color de las esmeraldas, que siempre la vigilaba de cerca.

A pesar de que el compromiso había sido decidido de manera precipitada y unilateral, estaba contenta. Y, pese a que su primera noche juntos había sido abrumadora debido a su falta de experiencia y al enorme apetito del hombre, la calidez de haber estado en su brazos y haber sido atendida con tanto cariño, la había hecho apreciarlo más. Cuando pensaba en él, un sentimiento cálido y dulce que nacía en lo profundo de su corazón terminaba atorando su lengua, impidiéndole expresarse con palabras. A diferencia de Marietta, a ella le costaba demostrar con sus expresiones lo mucho que le importaba. Sin embargo, amaba mucho, mucho a Adlan. Por eso, deseaba poder complacerlo.

¡Oh, cielos! ¡Sir Adlan no tuvo ninguna reacción! Me pregunto si lo hice mal. 

Se sintió un tanto abatida por la falta de reacción de su prometido, quien no parecía estar contento con su asalto. Intentó imitar las expresiones de Marietta y tomarla como su modelo a seguir.

¿Uhm…? ¿Qué haría la princesa en esta situación?

Se puso de puntillas, le rodeó el cuello con lo brazos y frotó su mejilla conta la de él, tomando por sorpresa a Adlan.

¡Ah…! Resulta que frotar nuestras mejillas puede producir este tipo de felicidad.

Mientras se regodeaba en la sensación desconocida, rió emocionada.

¡Sir Adlan…! ¡Sir Adlan…! Te quiero…!

La palabras no vocalizadas eran un eco de lo que sentía su corazón.

Después de acurrucarse unos cuantos minutos, se enderezó y al ver la expresión en blanco de su prometido, su ánimo se vino abajo.

¡Ahhh…! ¿Cómo pudo pasar esto? ¡El señor Adlan no está complacido en absoluto…! De seguro piensa que no es un comportamiento que me conviene, en absoluto. ¡Qué tonta de mí! Pensar que podría atraerlo  imitando a la adorable princesa, ¡Qué presuntuoso de mí parte!

Lágrimas comenzaron a formarse en sus ojos. Incapaz de soportar la vergüenza, agachó la cabeza con el rostro enrojecido.

—S-Sir Adlan… D-Disculpe… mi atrevido comportamiento. —Su voz a penas consiguió salir.

Intentó apartarse de él y huir muy lejos. Se sentía miserable y ridícula, y sus ansias de llorar aumentaban con cada segundo, pero Adlan no le permitió escapar. En un tono agudo, gritó a su General:

—¡Belvant, tendrás que ocuparte de las necesidades de la princesa; Sierra y yo vamos a tomarnos un día libre! En cuanto al trabajo, no podré atenderlo hasta mañana por la mañana. —Seguido, cargó el cuerpo de Sierra en sus brazos.

—¡Kyaaa! —Sierra gritó al verse elevada del suelo.

—No importa. Puedes tomarte, incluso, dos días s de descanso si lo deseas —estuvo de acuerdo Belvant mientras sonreía—. Nuestro trabajo ha llegado a un punto en el que podemos pausarlo sin afectar la seguridad del palacio —le aseguró—. No te preocupes, ve tranquilo.. Usa el carruaje.

—¡Oh! ¡Estoy salvado, gracias! Entonces, nos disculpamos.

—¿Eh? ¿Eh? General Fargus, yo… ¡¿Ehhh?!

Incapaz de comprender cómo las cosas había dado aquel giro, Sierra fue transportada hacia el carruaje, propiedad de la Orden de Caballeros. En un parpadeo, llegaron a la casa Carluks, propiedad del Teniente General, Adlan.

En cuanto el carruaje se detuvo, él bajó con ella en sus brazos y se dirigió con prisa hacía puerta principal.

—No tengas miedo, Sierra, solo vamos a tomar el té juntos.

Ella sospechaba que aquello era una gran mentira.

♦ ♦ ♦

Nota del autor:

Dado que el extra de Adlan y Sierra se volvió demasiado largo, lo he dividido en partes

En el siguiente capítulo, Adlan y Sierra, tomarán el té juntos… Están tomando el té juntos, pero podría ser un té absurdamente dulce.


[1] En la antigüedad se utilizaban botellas de barro como guateros, los cuales se llenaban con agua, y cuya función, era aliviar los dolores reumáticos o como calienta pies.

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