Reina Villana – Capítulo 58: Tarde

Traducido por Dimah

Editado por Ayanami


—Ya veo, —dijo Eugene finalmente. —Perdóname, debo sonar muy tonta. —Ella sonrió levemente, tratando de quitarse de encima la creciente preocupación que estaba teniendo el rey.

Kasser asintió, antes de mirar hacia otro lado, su mirada recorrió la parte inferior de la barandilla, tratando de ocultar el alivio que estaba sintiendo. Pensó que era bueno que ella soportara todo en silencio y que no se sintiera rechazada. Decidió cambiar de tema mientras evaluaba la altura.

—No he medido exactamente qué tan alto puedo saltar. —Comenzó a inclinarse sobre la barandilla mientras observaba el piso inferior. —Pero creo que… —Él se apartó y se volvió hacia ella una vez más. —Podría saltar desde esta altura, incluso contigo en mis brazos. Declaró.

Eugene arqueó una ceja.

—¿En verdad? —Estaba sorprendida, así como reacia a creerle. Pero cuando se echó a reír, ella entrecerró los ojos y lo miró seriamente. —¿Crees que me asustaré por un poco de altura?

Nunca le tuvo miedo a las alturas, y no iba a comenzar ahora. En su mundo, había montado los juegos más extremos en los parques de diversiones, como montañas rusas y muchos más, sin sentirse estresada por ello. Cuando Kasser permaneció escéptico sobre su valentía, ella se paró a su lado, mirando hacia abajo y luego de vuelta a él.

—¡Está bien, hagámoslo! —Ella declaró.

Kasser la miró alzando una ceja.

—No subestimes lo alto que estamos. —Señaló.

Eugene asintió.

—Soy consciente de la altura, —dijo ella. —Parece divertido. ¿Podemos hacerlo?

Kaser frunció el ceño. —Estás fanfarroneando. —Él acusó.

—¡Para nada! —Eugene respondió con confianza. —No tengo miedo. —Dijo, antes de recordar que se suponía que no debía saber nada sobre su pasado. —Al menos, parece que no son muchos los temores que tengo.

Kasser confundió su corrección con una señal de miedo y empezó a sentirse travieso. Le dedicó una sonrisa maliciosa. Inmediatamente, la agarró por los hombros y levantó sus piernas debajo de las rodillas, acercándola a su pecho.

Ella dejó escapar un grito ahogado por la sorpresa y lo observó con sus ojos muy abiertos. La levantó como si fuera una muñeca de papel que no pesaba nada. Sus brazos se apretaron alrededor de su cuello mientras él avanzaba por el borde de los rieles, equilibrándose con experta facilidad.

—No llores cuando esto termine. —Bromeó.

 La Reina le lanzó una mirada severa.

—No lo haré.

—¿Estás segura? ¿No quieres parar?

—Estoy lista. Salta cuando estés preparado. —Ella lo incitó, sus ojos brillaban por la anticipación.

Incluso parecía un poco más traviesa de lo habitual, lo que hizo que el corazón de Kasser se agitara. Para mantener esa expresión en su rostro, Kasser sintió que podía saltar mil veces desde cualquier altura.

Había rogado durante mucho tiempo por algo similar. Sin embargo, se lo tomó en serio en este momento, porque sabía que una pequeña desviación podría ser grave y tendría grandes consecuencias.

Kasser no quería decepcionarla, así que no retrocedería.

Eugene respiró hondo y contuvo el aliento cuando Kasser dio un paso adelante y, finalmente saltó por encima de la barandilla.

Eugene sintió que su estómago se desplomaba en la dirección opuesta, cautivada por la forma en que el Praz se movía alrededor de sus cuerpos. La llama azul los cubrió, rodeándolos a él y a ella… Devorándola.

Todo parecía progresar en cámara lenta. Estaba tan cautivada que olvidó por completo la sensación de caída.

Kasser aterrizó con gracia en el suelo en posición vertical, con ella asegurada en sus brazos. Cuando sus pies tocaron la tierra, no hubo ruido, casi como si la gravedad no tuviera control sobre ellos.

Con lentitud, Eugene finalmente aflojó su apretada sujeción alrededor de su cuello, parpadeó lentamente mientras la adrenalina se disipaba, y su corazón acelerado por fin se estabilizó una vez más.

—¿Te encuentras bien? —Preguntó Kasser preocupado.

Eugene le brindó su sonrisa más brillante en respuesta.

—¡Más que bien! —Ella jadeó felizmente. —¡Es lo mejor que he sentido! —Dijo efusivamente, soltó una risa entrecortada cuando fue interrumpida por una suave sensación contra sus labios.

Eugene jadeó al sentirlo y se dio cuenta de que Kasser la estaba besando.

La sensación alegre cambió gradualmente cuando sus labios se movieron contra los de ella, cerró los ojos rindiéndose.

Así, el estado de ánimo inocente cambió a uno de pasión.

Kasser se apartó. Se quedaron allí, en silencio, mirándose el uno al otro, hasta que el hombre se adelantó una vez más, capturando sus labios con otro beso apasionado. Su corazón latía con fuerza una vez más, temía que se le saldría del pecho.

Desde que la emboscada de los Lark terminó y Kasser regresó a salvo, había estado ansiosa de que él le enviara un sirviente, convocándola. Para ser honesta, lo anhelaba bastante y había estado pensando que tal vez hoy sería el día, especialmente porque se estaba preparando desde la noche anterior.

Los labios de Eugene se separaron, permitiendo que su lengua se abalanzara dentro de su boca, saboreándola, degustando cada rincón en su interior. Sus lenguas se enredaron, uniéndose, luchando por el dominio. Los ojos de Eugene se cerraron fuertemente mientras sus rodillas se volvían gelatinosas, se aferró a él como si su vida dependiera de ello. A pesar de su posición de pie, tuvo suerte de que él la mantuviera erguida, con una mano suave pero firme, presionando ligeramente la parte inferior de su espalda.

Era afortunada de que él todavía la estuviera cargando.

Inicialmente, un pequeño gemido se filtró desde lo más profundo de la garganta de Eugene, para darle paso a un estruendo poco después. Era casi como si estuviera ronroneando de placer.

La satisfacción que sentía después de tanto tiempo era real y abrumadora. Las yemas de sus dedos, que estaban profundamente enterradas en su cabello, se entumecieron cuando él chupaba con avidez su lengua.

Él inclinó ligeramente la cabeza y cubrió sus labios con los suyos, entrelazándolos profundamente. Cayeron en trance después de deleitarse, sus salivas se mezclaron.

Con la forma en la que la estaba besando, sintió que él le robaba el aliento, bebiéndolo. Ella respiraba con dificultad por la nariz mientras él seguía besándola. Estaba tan absorto que parecía como si estuviera decidido a saborear cada parte de sus labios y boca en detalle. Él lamió y mordió sus labios y frotó la tierna carne dentro de ellos con la punta de su lengua.

Dentro de la mente de Eugene, se sentía como si estuviera fuera de control. Parecía que iba a tener mareos por el movimiento. Retiró sus brazos del cuello de Kasser y torció su cuerpo como para alejarlo.

Sus labios, que se habían aferrado tenazmente a los de ella, finalmente se soltaron. Kasser se apartó y la miró con vacilación en los ojos.

Respiraba con dificultad, tratando de recuperar el aliento. Sus labios se sentían hinchados por el beso, incluso su lengua le dolía ligeramente porque Kasser había estado tirando de ella. Eugene evitó su mirada, con las orejas rojas por la vergüenza.

Kasser se acercó, pidiendo permiso en silencio. Eugene asintió sútilmente en respuesta. Y así, se acercó, salpicando besos por toda su cara, en sus párpados, en su frente, mejillas, y lo terminó con un ligero y suave beso en su boca.

El roce en sus labios se sintió un poco cosquilloso, no pudo evitar soltar una risita.

Los besos de Kasser continuaron, arrastrándose desde su barbilla, bajando por su cuello, antes de mordisquearla ligeramente. Eugene dejó escapar un grito ahogado y lo miró sorprendida.

Sus ojos se encontraron, sus orbes estaban oscurecidos por el deseo, pero no estaba segura si se debía a la poca luz o si su Praz cambió una vez más.

—Eugene… —Susurró con una voz ronca, enviando una ola de escalofríos por su espalda. Sonaba tan tentador, pidiendo permiso implícito.

Dejó escapar un suave suspiro, cerrando los ojos momentáneamente, antes de abrirlos una vez más. Podía sentir a su corazón latir esporádicamente en su pecho, vibrando en su oído.

—Vamos a… —Tragó saliva. —El cuarto. —Su voz ronca le sonaba extraña.

Kasser asintió y comenzó a moverse. Pronto aceleró hacia arriba, incluso cuando ella se estaba aclarando la garganta, por lo que se aferró a él para salvar su vida. Pasaron por su entorno tan rápido que apenas se arriesgó a mirar.

—¡Ah! —Eugene gritó.

De repente, su cuerpo se sintió como si estuviera flotando. Sus ojos se abrieron cuando vio que el suelo se alejaba más y más de ellos. Se dió cuenta de que Kasser no solo podía saltar desde grandes distancias, sino que también podía saltar muy alto.

—¡Wow, increíble! —Ella no pudo evitar maravillarse con su destreza física. Finalmente, pudo ver por qué la gente de Mahar trataría a su rey como si fuera un dios. Realmente parecía un ser superior, en comparación con los simples y mortales humanos.

Eugene, quien en su mundo original había visto las muchas maravillas de la tecnología y la ciencia modernas, estaba aún más asombrada debido a él.

Kasser dio un último salto, aterrizó perfectamente en la barandilla del balcón, antes de saltar, abrir las puertas y entrar en la habitación. Pero estaba cerrado. La bajó, agarró una piedra pequeña y rompió el vidrio de la ventana.

Metió la mano, abrió la cerradura y la puerta se desplegó de par en par, dejando a Eugene impresionada por su destreza. Aunque estaba un poco indignada por el daño a la propiedad…

—¡Rompiste una ventana! —Exclamó en voz baja.

Kasser la miró y se encogió de hombros. —Lo sé.

Entró en la habitación. Eugene lo siguió de mala gana, mirando cautelosamente en el interior.

—¿Dónde estamos? —Le preguntó.

—No estoy seguro.

—¡Alguien podría estar aquí! —Ella susurró.

Kasser se rió entre dientes. —Tonterías, esta es una habitación de invitados, —dijo, —y estoy seguro de que nadie la está ocupando.

Eugene estaba demasiado ocupada recordando la estructura del palacio cuando se dio cuenta de dónde estaba. Algo la golpeó en la parte de atrás de sus rodillas, dejándola tirada sobre la cama boca arriba, mientras Kasser gateaba encima de ella, acomodándola ligeramente.

Luego, no perdió el tiempo en presionar un beso imperioso en sus labios una vez más, antes de que su lengua se lanzara de regreso al interior de su boca, enroscándose alrededor de la de ella, luchando por el dominio una vez más.

—Ah… —Jadeó en voz alta cuando Kasser se apartó un poco.

Una sensación de adormecimiento se extendió desde la punta de sus dedos hasta sus codos. Eugene, cuyos dedos estaban presionando su piel, envolvió sus brazos alrededor del cuello de Kasser sin apretarlo. Su mano se movió para agarrar su barbilla suavemente, moviéndola hacia abajo en una dulce caricia, antes de capturar sus labios en otro beso, luego otro, y luego otro más…

El beso fue tan maravilloso que Eugene sintió como si del mismo acto sexual se tratara. Era tan suave al principio, antes de pasar a algo más apasionado… más duro.

Prácticamente podía sentir la impaciencia en cada beso, y sentía, además, que se estaba volviendo más impaciente cuanto más continuaban con los juegos previos, el deseo crecía, superando su lógica y razonamiento.

¿Puede la emoción ser contagiosa? Eugene se preguntó mientras dejaba escapar un ligero jadeo y su cuerpo se calentaba y sonrojaba.

Ella gimió cuando su mano ahuecó un seno, sus labios se alejaron de los suyos para mordisquear los lóbulos de sus orejas, mordiendo y lamiendo los costados sensualmente.

Kasser subió a la cama, llevando a Eugene con él, antes de acostarla. Ella pensó que, si no fuera por la mano de él que la sostenía por detrás, habría sido incómodo, ya que solo colgaba flojamente de su cuello.

Se imaginó que habría terminado vergonzosamente.

Vino otro beso, aparentemente como si él estuviera tratando de beber de su boca, asfixiándola con su calor y deseo. Sus manos se alejaron de sus pechos, agarrando el botón superior, deshaciéndolo mientras se abría paso, lentamente, a través de todo su vestido.

Cada vez más, sentía que su ropa se aflojaba, hundiéndose a su alrededor.

En Mahar ya se usaban botones gracias a su avanzada industria textil, por lo que, para cambiarse, no había mucha necesidad de desatar o atar cordones como se hacía en la edad media.

Lo único diferente era que, para los aristócratas, la ubicación de los botones se encontraba en una posición diferente. Mientras que, para la gente común, estos se colocan delante de sus prendas; para las personas con estatus como ellos, los botones en sus trajes se ubican detrás.

Pronto, todos los botones se habían desabrochado. El enfoque de Eugene volvió a Kasser, ya que su mano hizo contacto con su piel desnuda. Se estremeció ante la sensación, era extraño que no le molestara tanto el toque que iba a lugares a los que nadie más tendría acceso.

Él agarró su pecho momentáneamente, antes de tirar de su vestido hacia abajo. Cuando le quitó la ropa restante, fue recibido por la vista de una piel flexible y unas protuberancias tensas y endurecidas por la anticipación.

Kasser sintió que se le hacía agua la boca al recordar lo suave y maleable que se sentía todo bajo sus manos encallecidas.

—Ngh… —Eugene se retorció debajo de él. Kasser bajó la cabeza y chupó una de las protuberancias ansiosamente, como lo haría un bebé hambriento. Retorció su lengua alrededor, raspándolo con sus dientes, tirando de él ligeramente.

—¡A-ah! —Ella gimió.

Podía sentir sus pechos siendo amasados ​​y apretados, sus pezones se endurecieron mientras la estimulación continuaba. El calor que se acumulaba en su estómago se volvió cada vez más familiar, junto con la sensación palpitante en lo profundo de su interior.

Otra mano subió, su falda se enrollaba junto con ella, hasta que el calor se detuvo dentro de sus muslos, estrujando ligera e Instintivamente, los presionó juntos.

—Ah… —Ella jadeó en la oscuridad de la noche, apretando los ojos por la anticipación. Lo sintió jugando con el borde de su ropa interior, sus dedos rozaron su entrada.

Cuando sus dedos empezaron a frotar en círculos contra su protuberancia, arrastrándose hacia abajo, podía sentir como sus mejillas se sonrojaban. Dejó escapar otro gemido entrecortado al sentir que se mojaba, humedeciendo sus entrañas mientras su ropa interior comenzaba a adherirse a ella…

—Uh, hngh… —Se mordió el labio inferior.

Kasser dejó escapar una risa baja y entrecortada. Sus músculos se tensaron, conteniendo el deseo de embestirla y hundirse profundamente en ella. Sus dedos resbalaron, gimiendo por el calor, apretando alrededor de su dedo.

Todavía no, pensó, todavía no está lista.

Movió su dedo con estocadas lentas y deliberadas. Su boca se desplazó hacia el otro seno, repitiendo sus atenciones mientras empujaba sus dedos dentro de ella.

Eugene se retorcía y gemía debido a sus estímulos, la mordía y la acariciaba por todas partes. Podía sentir que su mente se convertía en papilla, sus sentidos estaban abrumados por la avalancha de sensaciones…

Sintió cómo su cordura se desvanecía, para ser reemplazada solo por una necesidad lujuriosa.

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