Embrujo de Demonio – Capítulo 4: Esta gente no parece de este mundo

Escrito por Aurora Blue

Asesorado por Maru

Editado por Michi


—Menudo fiestón que ha organizado Ricardo —manifestó Julio, observando con interés toda la concurrencia.

—Sí. ¡Guau! —coincidí—. No sabía que se movía en estos círculos.

Bebí un poco de mi cerveza mientras observaba el variopinto de invitados, todos con sus disfraces bastante producidos.

—Yo me sorprendí igual cuando recién llegué, pero no te preocupes, son todos gente buena onda… ¡Viste la fachada de la mansión! ¡Se ve tan sombría y escalofriante, como si no hubiera sido habitada en décadas! —Asentí con la cabeza. No quise reparar en que me parecía un gasto excesivo de dinero para no estropear el ánimo de mi amigo ni ofender al anfitrión, quién quiera que fuera—. Ciam, un negro estupendo quien… me pareció escuchar era de nacionalidad somalí, el cual trabaja en un estudio de televisión y es experto en FX, junto con varios amigos del dueño de casa, lograron que se viera así —Sus ojos se iluminaron—. Ricardo me lo presentó, y es la mar de simpático.

—Mm, parece que alguien ya sintió un flechazo. —Al verlo enrojecer no fue necesario que me respondiera.

—Espero tener suerte esta noche.

—Todo saldrá bien.

Julio sí era lo que el común de la gente llamaba atractivo. Varios centímetros más alto que yo: con sus ojos verdes, sus pestañas largas y crespas, su cabello negro con rizos poco definidos, sumado a su apariencia de jugador de fútbol, tenía suspirando a varios muchachos de su Facultad de Medicina y nunca le habían faltado ligues. Por lo general era bastante seguro de sí mismo, lo que me daba a entender que aquel sujeto lo había impresionado más que cualquier otro amante que hubiera tenido en el pasado. Aunque, al ver la apariencia de la mayoría de la concurrencia, todos, ¡táaan hermosos! y, ¡táaan producidos! Entendí que se sintiera intimidado y falto de confianza.

—Esta gente no parece de este mundo —murmuré, aun sintiéndome fuera de lugar.

—Sí —coincidió, Julio, soltando un hondo suspiro.

—Te va a ir bien, estoy seguro de ello. —Choqué mi hombro con el de él, en un intento de confortarlo. Julio me sonrió y bebió del vaso que tenía en la mano.

De repente una figura amarilla salió de no sé dónde, colándose en medio de ambos, sobresaltándome.

—¿Han visto a Ricardo? —preguntó, Miguel, otro de mis amigos revisando de forma frenética la concurrencia.

El chico vestía un entero de color amarillo que personificaba a Pikachu, de la serie animada y videojuegos: Pokemon.

—Nop —respondió, Julio.

—Venía conmigo, pero ahora no sé a dónde se fue…

En ese momento recién me percaté que no había notado cuándo nos habíamos separado ni dónde se había dirigido después. Lo busqué entre el gentío.

—Javier, ¿viniste? ¡Buena onda! —exclamó, Miguel, cuando tomó conciencia de que era yo quien estaba parado a su lado. Nos estrechamos de la mano al tiempo que él evaluaba mi apariencia—. Bonito disfraz.

Saqué pecho, presuntuoso, di una vuelta para que me apreciara por completo y opiné lo mismo de su atuendo:

—El tuyo tampoco está mal.

—Sí, seguro —reconoció, algo tenso—. Entonces, ¿no han visto a Ricardo?

 —Yo no lo he visto, desde hace un rato —aseguré.

—¡Bien! Porque no quiero verlo.

Miguel tomó una botella de cerveza de encima del mesón, la llevó a sus labios, la empinó hasta beberse el contenido por completo, para luego depositarla junto a los envases vacíos que se agrupaban en una esquina del mueble.

—No bebas tan rápido —le sermoneó, Julio—. Aún queda noche. Seguro no querrás perderte toda la diversión.

—Voy a conversar con esas rubias teñidas de allí —indicó, Miguel, sin prestar atención al consejo de Julio­—. Espero ligarme a alguna de esas mujeronas en esta fiestoca de mierda.

Agarró una nueva botella y partió como un rayo en dirección a un grupo de hembras que vestían de diablesas, las que le sonrieron de forma coqueta en cuanto se arrimó a ellas. Las féminas comenzaron a juguetear con las orejas de su traje. Miguel se giró para mirarnos y nos dedicó una sonrisa de suficiencia que decía: “ya las tengo en el saco”, aunque su rostro se puso tenso al segundo siguiente cuando divisó en el otro extremo del salón a Ricardo.

Me di la vuelta para encarar a Julio, confundido.

—¿Qué pasó entre esos dos?

Yo estaba acostumbrado a la manera despreocupada de mi amigo y a su rostro sonriente, y verlo tan tenso, al extremo de no medirse con el consumo de alcohol, hizo que me sintiera preocupado.

—No lo entiendo muy bien… En cuanto llegamos, Ricardo le echó la bronca. Primero, le reclamó que había dicho que no iba a venir pues había dicho que viajaba al Sur este fin de semana…

—Yo creí que ellos no…

—Y no lo están —aseguró, Julio—. Luego, le recriminó por su absurdo disfraz, y que era mejor que se fuera a su casa para que no se avergonzara a sí mismo.

—¡¿En serio, le dijo eso?!

—Sí —afirmó, mi amigo, soltando un suspiro—. Opinó que su disfraz era absurdo y le “sugirió” que no se pusiera en ridículo. Yo le reclamé de inmediato. Al menos tuvo la decencia de mostrarse avergonzado, pero… ya la había cagado.

—Sí…, metió la pata hasta el fondo ­­—Había ofendido a mi amigo en todo su orgullo friki—. ¿Desde cuándo a Ricardo le preocupa la atención que reciba Miguel, sea buena o mala? ―indagué, algo confuso.

—No debería habernos invitado a todos si no quería coincidir con él en la misma fiesta ―declaró, Julio, ofendido―. Ese “tóoodos”, incluía a Miguel también… O a lo mejor no le ha sentado bien saber que se pondrá a ligar frente suyo. ¡Qué, sé yo!

Mi amigo se encogió de hombros.

En la cara de Julio se revelaba una expresión preocupada y amarga. La relación entre Miguel y Ricardo siempre había sido rara, por decirlo de alguna manera. Ambos eran bisexuales, pero no tenían ningún tipo de relación romántica ni entre ellos ni con nadie. Sin embargo, Miguel no hacía nada por detener el coqueteo de Ricardo ni los toqueteos de este hacia su persona cada vez que salíamos de farra y se pasaban de copas. Incluso una vez los habíamos sorprendido comiéndose a besos en el baño de un Club Nocturno, aunque ambos habían asegurado que no había llegado más allá de eso.

Había sido Miguel quien nos había presentado a Ricardo y, este, se había ganado en poco tiempo la simpatía y confianza de los que formábamos nuestro reducido grupo de amigos: entre los que se hallaban Julio, Miguel, Erick y Andrés (Estos últimos no habían venido, pues estaban celebrando Halloween con sus respectivas parejas.) y quien les habla. Todos excepto, Ricardo, nos conocíamos desde nuestra época del Liceo y cada uno de nosotros había encarado a Miguel para que confesara sí estaba interesado en el estudiante de Derecho. Pero él seguía insistiendo que no tenía nada con él, y que nunca existiría nada entre ellos.

Aunque, quizás, Julio tenía razón. Tal vez era Ricardo quien estaba locamente enamorado de mi amigo.

—Ricardo se está comportando igual que el perro de Hortelano —murmuró, Julio, un tanto preocupado—. Yo los sentaría y les daría unos buenos coscorrones a amb… ¡Creó que vi a Ciam cerca de la pista de baile! —Sus ojos se iluminaron y en su rostro desapareció cualquier rastro de preocupación—. Voy a ir a conversar con él. Deséame suerte.

—Te regalo un poco de la mía —lo animé, pero Julio ya se había encaminado hacia un grupo de muchachos altos y muy guapos que conversaban a un costado de la pista de baile.

En cuanto los alcanzó, su rostro embobado permaneció atento a los gestos del muchacho alto y fornido de piel olivácea situado frente a él. Vestía también de demonio y era un auténtico dios griego. Al incorporarse en la conversación, el chico le dedicó una sonrisa radiante.

—Al parecer no vas a necesitar de mi suerte —murmuré, contento de ver cómo de bien le estaban resultando las cosas a mi amigo.

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