Embrujo de Demonio II – Capítulo 1: Primer encuentro

Escrito por Aurora Blue

Asesorado por Maru

Editado por Michi


Las luces caleidoscópicas cegaron de forma momentánea los ojos del grupo de muchachos que acababan de ingresar a la discoteca, les mostraron un lugar atestado de gente; vibrante, bullicioso, cargado de energía juvenil. Miguel, el más joven, avanzó primero. Había detectado una mesa vacía, por lo que se apresuró a reservarla para él y sus amigos. El resto le siguió, sin siquiera cuestionar. Ya conocían su carácter hiperactivo, también sabían que su actitud acelerada no representaba riesgo para ninguno; aun cuando a veces, no se midiera con sus reacciones.

—¡Wooo! ¡Este lugar es la raja! —De pie, parado junto a la silla que había reservado como suya, habló en un tono alto para hacerse oír sobre el bullicio. Su cuerpo se mecía al ritmo de la música, la energía del ambiente se filtraba en todo su ser, su sonrisa era ancha—. Y está lleno de chicos calientes. No sé por qué no habíamos venido antes.

—Miguel tiene razón —coincidió Julio, el más alto del grupo.

El chico de tez blanca, cabello negro rizado, ojos grandes de color verde esmeralda y figura atlética, despertó el interés de muchos de los presentes. Sus ojos ávidos ya habían detectado las miradas lascivas en su dirección y seleccionado a sus posibles ligues para esta noche. Les sonrió con suficiencia y se sentó en su puesto, junto al resto de los muchachos.

—¡Hey, Julio! Sin coqueteos todavía. Vinimos a celebrar el cumpleaños de Erick —lo reprendió Andrés, el más sensato del grupo de veinteañeros señalando con su cabeza al muchacho de apariencia andrógina que se acomodaba en la silla junto a él—. Si te ensartas con algún chico, no te veremos en toda la noche.

—Solo estoy mirando la concurrencia y evaluando a unos pocos “material de ligue”, no hay para qué ser tan exagerado —se defendió—. Yo no huiría dejando atrás a los amigos.

—No lo regañes —medió Erick—, venimos a pasarlo bien. Qué importa si se pierde con algún chico lindo, acaso no esperamos hacer todos lo mismo.

Julio sonrió de forma brillante ante la respuesta de su amigo.

—Por eso te amo, mi chiquitín hermoso —Hizo ademán de abrazar a Erick, pero fue bloqueado en el acto por el brazo de Andrés. Arrugó los labios en un mohín ofendido y sacó la lengua al otro muchacho—. Ya está el perro guardián defendiendo a su amo. No porque se vea pequeñito y frágil, significa que no pueda coquetear ni siquiera con sus amigos. Deja de ser tan sobreprotector.

—¡No soy sobreprotector! —Un ceño molesto se acentuó en la frente de Andrés.

Julio no quiso entrar en polémicas, ya habían tenido esta discusión muchas veces; alrededor de Erick, Andrés era demasiado cuidadoso. Volvió su atención a la concurrencia y estudió a un rubio de cabello liso que no había apartado sus ojos de él desde que entró a la discoteca. Su camiseta de algodón Hugo Boss se apretaba a su torso, sus pantalones SJ-Maurie azules de la línea senderismo con estampado militar, le hacían ver sus muslos más fornido de lo que era y calzaba botines de cuero con cierre metálico a los costados. Era una combinación rara y una elección arriesgada en ropa, pero le hacían lucir bastante bien. Debía medir alrededor del metro noventa, no podía calcularlo con precisión ya que estaba sentado en un banquillo junto a la barra de licores; su apariencia era pulcra y su mirada (obviando el brillo descarado de deseo), era limpia, libre de cualquier clase de estupefacientes.

Había más chicos en la discoteca que se comían a Julio con los ojos, pero él ya había hecho su elección. Ahora debía de probar los límites de su paciencia, pues no pensaba abandonar a sus amigos tan temprano.

Una mano cálida tocó el brazo de Andrés, Erick lo miraba apesadumbrado.

—No pelees —rogó—. No soy tan frágil, no me voy a romper por un abrazo.

—Pero…

—Ya conoces a Julio, no lo hace con mala intención. Además, estoy mejorando, no tienes que ocuparte de mí esta noche. Viniste a pasarlo bien, tienes que conseguir un ligue también, ¿de acuerdo?

Andrés no respondió, en cambio, soltó un profundo suspiro y sonrió para tranquilizar al muchacho.

Aun cuando la diferencia en su altura y musculatura era significativa, el rostro de ambos jóvenes era bastante parecido. Sus apellidos eran diferentes, sin embargo, eran primos que habían crecido juntos y conocían bien las circunstancias del otro. Andrés sabía que desde hace unos años el chico había desarrollado una severa fobia social: el prolongado contacto íntimo lo ponía nervioso, al igual que los lugares demasiado concurridos. Por ello, exageraba en sus cuidados.

No es que desconfiara de su amigo. La insistencia de Julio de abrazar a Erick se debía a la inexplicable sensación de tranquilidad y bienestar que sentía siempre que estaba a su lado; no a un intento de incluirlo en su larga lista de conquistas, aun cuando había quedado impresionado por la belleza del muchacho más pequeño cuando recién se conocieron. Andrés casi lo entendía, su primo era especial, pero eso no quitaba lo incómodo que aquella muestra de afecto hacía sentir al otro joven. Por suerte, Erick había mostrado una mejora, las consultas con su actual psicóloga (la que había incluido en su tratamiento flores de Bach para estabilizar sus emociones) lo habían ayudado de forma significativa con su problema. Solo, debido a ello, habían conseguido que pisara esta discoteca tan famosa y concurrida.

—¿Javier dijo sí iba a venir? —preguntó Erick, buscando un tema de conversación para alivianar el ambiente y calmar su ansiedad.

—Sí, viene —afirmó, Miguel. Llevaba bastante tiempo sentado en su silla, por lo que su cuerpo seguía rezumando energía: el talón del pie derecho se mantenía golpeteando el piso haciendo que toda su pierna se sacudiera, sus ojos miraban encantados la pista de baile—. Seguro se retrasó esperando a Cristián.

—¡Tsk! —chasqueó Julio—. Ese Cristian es un acaparador. Apenas le da espacio para salir con nosotros.

—Por eso va a venir con él —aclaró Miguel—. Llevamos bastante tiempo sin juntarnos; así que, no se le permite faltar.

—Voy a la barra a pedir unos tragos mientras esperamos.

Julio se levantó de su asiento, luego de anunciar aquello; Andrés hizo lo mismo. Miró a Erick y preguntó:

—¿Te traigo algo?

El muchacho respondió después de pensarlo un poco:

—Una cerveza, nada más.

—A mi tráeme una Coca Cola. Aún es muy temprano para emborracharse —pidió Miguel, luego de entregar un billete a Andrés.

Este asintió y se dirigió a la barra de licores, siguiendo a Julio.

Miguel tampoco aguantó más tiempo sentado y se levantó. La energía que se acumulaba en el ambiente lo tenía un tanto frenético. Deseaba sumergirse en el mar de cuerpos danzantes, pero sabía que era demasiado temprano. Si se acaloraba, bebería cerveza tras cerveza y, muy pronto, su raciocinio se perdería y haría cualquier estupidez: como ponerse meloso con alguna chica, o acosar a algún chico lindo, o comenzar a desnudarse. Quién sabía lo que su ánimo jocoso lo instaría a hacer en esta ocasión. Mejor era controlarse para no arriesgarse a que lo corrieran del lugar y estropear la celebración de cumpleaños de su amigo.

Miró la hora en su celular y arrugó el ceño. Eran pasado las diez y Javier no se presentaba aún; le preocupaba que le hubiera ocurrido alguna desgracia, con la mala suerte que se gastaba.

—Voy a salir afuera para llamar a Javier —anunció, pero no consiguió avanzar. Erick lo sujetó de la camiseta; su mirada aterrada le hizo sentarse de nuevo—. Está bien, esperaré a que los demás vuelvan. En una de esas, puede que Javier esté haciendo fila para entrar.

Quince minutos después, los muchachos volvieron con los tragos, pero no había señas de Javier.

—¡Arg! ¡Javier aún no está aquí! Me preocupa que le haya pasado algo. —volvió a quejarse, Miguel.

—Tranquilo, seguro Cristian le ha hecho una escena y por eso no han llegado —aventuró Julio—. Capaz, ni venga

—No me gusta Cristian —declaró Miguel.

—A mí tampoco —estuvo de acuerdo Julio—. Ese cabeza de músculos se preocupa más de asistir al gimnasio que de ir a clases. Está reprobando en dos materias y le está yendo mal en otra, si sigue así, perderá el año. Esta es la segunda carrera a la que se matricula. Su padre le advirtió que, si falla en esta, tendrá que hacerse cargo del negocio familiar.

—No está mal —declaró Erick—. A esa cadena de supermercado les va bastante bien.

—Sí, pero no creo que quiera eso; si no, no se habría inscrito en la carrera de medicina.

—Es un celópata, un engreído y un clasista —se quejó Miguel, alzando la voz para expresar toda su molestia en lo referente a la pareja de su amigo—. Nos mira como si estuviéramos muy por debajo de él, pero, aun así, controla a Javier llamándolo cada segundo que se reúne con el grupo… ¿Pensará que tiene algo con uno de nosotros? Sería ridículo; aunque conociéndolo, quién sabe.

—Y Javier lo justifica todo el tiempo —agregó Julio—. Qué porque está muy enamorado de él, que tiene la necesidad de comprobar dónde está a cada momento; qué porque es su primer chico y todo esto del romance gay es nuevo para él. Asegura que el tipo era hétero antes de conocerlo… Me arrepiento de haberlos presentado.

—¿Y, lo era? Hetero, quiero decir —preguntó Erick, curioso. Su percepción de la pareja de su amigo era muy superficial.

—¡No! ¡Qué, va! Bueno, no lo sé —se corrigió Julio—. En clases es bastante reservado. Aparte de su obsesión con sus músculos y con Javier, no le he pillado en ninguna falta. Pero, aun así, Javier se merece algo mejor.

Andrés permaneció en silencio, sin agregar combustible al fuego. Tampoco aprobaba a la pareja de su amigo, sentía que este se presionaba mucho para agradarle. Sin embargo, no era tan entrometido como para interferir en sus asuntos. El chico se veía feliz, y eso era lo que a él le importaba. En su momento le había señalado las cosas que no le gustaban de este, pero habían sido solo consejos, no críticas.

—Voy a salir a llamarlo para averiguar si va a venir —informó Miguel, quien ya no aguantaba ni un minuto más sentado en su puesto ni aguantaba la incertidumbre por el paradero del chico.

El tema de la pareja de Javier lo amargaba un poco. Él había tenido su cuota de chicos obsesivos y dominantes, también de chicas. Por ello mismo, estaba tan en contra de esa relación. Además, Javier era un dulce, no merecía que lo intimidaran o menospreciaran. No obstante, no podía entrometerse ni separarlos. A lo mucho, quejarse de ello con sus amigos.

♦ ♦ ♦

La brisa helada de finales de mayo golpeó la cara de Miguel, en cuanto salió al exterior. Sus mejillas morenas se tornaron pálidas, su nariz se humedeció y se volvió roja y sus dientes comenzaron a castañear. Se había dejado la chaqueta en el respaldo de la silla y, como la urgencia de mover las piernas le hizo salir con prisa, ahora se abrazaba a sí mismo dando pequeños saltitos para entrar en calor.

Por suerte había tenido la precaución de mantener el celular en la mano en el momento en que tuvo la intención de llamar a Javier por primera vez; de no ser así, habría tenido que devolverse aguantándose la vergüenza por olvidar el motivo por el que había salido. Ocurría que la mayor parte del tiempo su cerebro iba a la carrera; por lo que su tendencia a distraerse con facilidad le hacía olvidar (más de las veces que le gustaría) sus objetivos iniciales.

Se alejó de la entrada para conectar la llamada debido a que el bullicio de la gente que aún no había conseguido entrar, no le permitía escuchar con claridad el tono de discado. Avanzó con pasos largos, como era su costumbre, y se detuvo solo cuando escuchó la voz de su amigo al otro lado de la línea.

—¡¿Dónde mierda estás?! —preguntó, exaltado

—Voy en camino — se escuchó por respuesta.

La voz de Javier era suave, como si estuviera susurrando.

—¿Qué pasó? ¿Se pelearon de nuevo?

—¡No! No fue una pelea —se apresuró a aclarar el otro muchacho—. Nos retrasamos porque Cristian no se decidía qué ponerse —Una risa sarcástica se oyó desde el otro lado de la línea—. No te imaginas la cantidad de camisas, camisetas y polerones que tiene en su armario. Quedé en Shock, sabía que tenía una obsesión con las marcas, pero esto es demasiado. Yo no sabría qué hacer con toda esa ropa.

¿Su amigo siendo crítico? Aquello le pareció extraño.

—Vienes solo, ¿verdad?

—Bueno, sí. Me sacó un poco de mis casillas y lo dejé solo en su departamento. Pero no tienes que preocuparte; una vez que se le pase el enojo, me seguirá a la discoteca, te lo aseguro.

Miguel tuvo la intención de cruzar los dedos para que eso no ocurriera, pero no podía ser tan egoísta.

—Es que, de verdad, es un desperdicio de dinero acumular tanta ropa que no va a ponerse…. —murmuró Javier, en un tono bajo. Miguel podía imaginarlo haciendo un puchero—. Tiene una obsesión absurda con la ropa. Parece una chica

—Que no te escuche Julio.

—Pero Julio es moderado para vestirse, no es tan enfermo por la ropa.

—Eso es porque tú no te fijas en nada, te la pasas en tu mundo de “Bils y Pap”

—¡Oye! —replicó Javier—. De todas formas, que tiene de malo la ropa que me pongo. ¿Es fea, me queda mal?

—No, por supuesto que…

—Insistió en que me pusiera una camiseta Roone Roman dos tallas más grande, porque la mía se veía demasiado corriente. Era linda, pero, con lo delgado que soy, hubiera parecido mendigo. Luego comenzó a criticar mis jeans rotos. ¡Como si no fueran moda los jeans llenos de hoyos! Yo soy artesa, tu sabes. Qué tiene de malo que le hiciera tajos a mis jeans para verme más cool. En serio, a veces se pone tan esnob. Cuando insistió en que pasáramos por alguno de los Mall para comprarme una tenida nueva, explote. Le solté que no era su puta y que no necesitaba comprarme ropa para satisfacer su ego.

—¡Bien dicho!

—También le dije que, si no estaba conforme con lo que tenía enfrente, mejor se buscara algún chico con poco cerebro que quisiera ser su mantenido. Después de eso, agarré mi chaqueta y me fui —Javier soltó un hondo suspiro, luego su voz bajó casi a un susurro—. Fui muy impulsivo, quizá ya no quiera saber nada de mí.

 —¡No! ¡Claro, que no! —aseguró Miguel—. Cristián se estaba comportando como un idiota, no tiene nada de malo que se lo señalaras.

Al igual que él, el otro muchacho tampoco era de los que se guardaban sus opiniones; aunque este tenía mejor tacto para decir las cosas. Debía de haber estado demasiado molesto para explotar de esa forma.

«Ojalá no se reconcilien, Javier puede encontrar un chico mucho mejor».

Miguel cruzó los dedos, luego se arrepintió de sus pensamientos. Estaba seguro de que su amigo, pese a que su voz no se había quebrado, se sentía muy triste y preocupado. Había caído tan enamorado del otro musculito.

El joven suspiró. No debía meterse en la relación de ambos muchachos, sabía que no era su asunto y que, por más que lo quisiera, no podía influenciar en los sentimientos de Javier. Soltó un nuevo suspiro. Guardó para sí mismo lo que en realidad le gustaría decir y, en cambio, consoló a su amigo:

—Las cosas van a arreglarse, no te preocupes; si le importas, te va a pedir perdón. Llega luego, ¿ok? Faltas solo tú.

—Voy en autobús, así que estaré en unos veinte minutos por ahí. Dile a los chicos que no canten el “Cumpleaños feliz” antes de que yo llegue. ¡Le compré a Erick un regalo que le va a fascinar!

—¡Vale, vale! Yo les digo.

Cuando cortó la llamada, Miguel se dio cuenta de que se había alejado bastante de la discoteca. El callejón en el que se hallaba era sombrío y no transitaba nada de gente; un ruido extraño se escuchó proveniente del lugar más oscuro: quejidos y gruñidos.

¿Tal vez hay un animal herido?, aventuró.

No era común que bajaran animales silvestres desde el cerro, pero podía pasar. Aquello le hizo preocuparse por la pobre criatura. Encendió su celular para iluminar el lugar, pero no vio nada. Eso lo tranquilizó, solo de momento. Una extraña sensación recorrió su espina dorsal e hizo que todos los músculos de su cuerpo se pusieran rígidos.  En base a ello, decidió que era mejor regresar con sus amigos, no quería pasar más tiempo parado en un lugar que lo ponía tan nervioso.

De inmediato vinieron a su mente narraciones escuchadas sentado a los pies de su abuela cuando era pequeño: Historias de cómo el calcu (la maldad) adoptaba varias formas para esparcir sus calamidades, de cómo los wekufü (espíritus malignos) se convertían en animales pequeños e indefensos para hacerles bajar la guardia a sus víctimas antes de impregnarlos con su energía maligna.

Escalofríos recorrieron el cuerpo de Miguel; por lo que apuró el paso.

Al mirar a su alrededor, reconoció el edificio de oficinas ubicado detrás de la discoteca. Solo debía caminar hasta la esquina, dar la vuelta a la derecha, seguir recto y se reuniría con los demás. Sin embargo, otro sonido lo hizo detenerse. Aguzó el oído. Esta vez sonaba como el gruñido de un animal grande: un perro, quizá; aunque la profundidad de aquellos gruñidos era diferente. Con su cuerpo cada vez más inquieto, apuró el paso para alcanzar la calle iluminada. Pero, entonces, lo vio: una figura extraña, una masa sombría y sin forma, escondida en el rincón más oscuro del callejón.

En realidad, no es que no tuviera forma, pero el movimiento constante de su cuerpo le hizo difícil precisar a Miguel de qué tipo de criatura se trataba.

Retrocedió con sigilo, haciendo todo lo posible por no alertar al ente maligno. Sus instintos le decían que se trataba de una presencia sobrenatural, aun cuando no quisiera creerlo. El aire se había vuelto opresivo, el olor fétido de la carne en descomposición impregnaba el ambiente inundando sus fosas nasales; por cual, no podía ser otra cosa. No obstante, no consiguió huir: tropezó con el borde de la vereda cayendo de espaldas al piso. Al llegar al suelo, se golpeó la cabeza con el poste de la farola. De inmediato, su visión se volvió borrosa.

Antes de que perdiera la consciencia, una cabeza pequeña con un par de protuberancias parecidas a cuernos, apareció en la línea de visión de Miguel; unos ojos dorados luminiscentes le observaron con curiosidad.

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