Embrujo de Demonio II – Capítulo 2: Un espíritu maligno

Escrito por Aurora Blue

Asesorado por Maru

Editado por Michi


Fueron necesarias unas cuantas palmadas en la cara y unas pocas sacudidas, para que Miguel recobrara el conocimiento. Javier lo miraba preocupado y algo nervioso; al muchacho no le gustaban los lugares oscuros y poco frecuentados. A su lado, aunque con el ceño fruncido, Cristian, su chico, se veía igual de preocupado.

Javier se había sorprendido cuando a la distancia divisó una figura conocida tendida en el suelo de un callejón estrecho, a poca distancia del lugar donde se reuniría con sus amigos esa noche; por lo que, no lo pensó dos veces y corrió a verificar si se trataba de quién pensaba. Ahora, sin embargo, no se sentía tan valiente. Aquel lugar no le daba buena espina.

—¿Estás bien? ¿Qué pasó? —preguntó cuando los ojos del chico moreno se centraron en él.

—Añ… Añ… Añchimallen —balbuceó Miguel, aun confuso. La pronunciación fue extraña debido a su aturdimiento y a la fonética especial de su lengua materna; por tanto, Javier lo miró sin comprender.

Estudió nervioso el callejón en busca de peligro, era instintivo en él hacer eso cuando se sentía inquieto. Le urgía levantar a su amigo y caminar hacia un lugar más concurrido, pero cómo no sabía si este se había golpeado la cabeza o tenía alguna otra lesión, no lo apuró. En cambio, lo ayudó a enderezarse con delicadeza cuando este lo pidió.

Cristian afirmó el hombro del accidentado con uno de sus brazos.

—Miguel, ¿estás bien? —volvió a interrogar Javier, al ver la mirada perdida y asustada de este.

—Añ… Añ… Añchimallen —intentó de nuevo.

—Achimalen. ¿Qué significa eso? —interrogó Cristian, interpretando a su manera la palabra que el otro joven repetía.

Su ceño arrugado se profundizaba con cada segundo que pasaba en aquel callejón impregnado del olor de la orina. No le apetecía permanecer más tiempo ahí, pero sabía que no se moverían pronto: Javier no le permitiría levantar a Miguel a menos que se asegurara que su amigo no corría peligro.

Cristian había reconocido al muchacho tirado en el suelo de inmediato, por eso había seguido a su chico sin siquiera chistar. Aquellas piernas vestidas con unos pantalones de un amarillo chillón, casi fluorescente, no podían pertenecer a nadie más que al indígena ese, amigo de su novio. Su gusto en ropa dejaba mucho que desear, lo hacía ver como un indigente con mal gusto, más que un joven universitario de clase media. Por tanto, debía ser paciente y tolerante. No estaba dispuesto a tener otra pelea con su pareja, menos por alguien como él.

—¿Qué pasó? ¿Cómo llegaste aquí? ¿Y el resto de los chicos? —Javier se sentía cada vez más ansioso, en su cabeza aparecían miles de posibilidades funestas.

—Teléfono, llamada —articuló Miguel, un poco más compuesto.

—¿Tú teléfono? ¡Te asaltaron para robarte el teléfono!

El chico miró en todas direcciones, esta vez, con preocupación y miedo. Los delincuentes podían aún estar en el área.

—No. No me asaltaron —Miguel quiso pararse. Su amigo y la pareja de este lo ayudaron a ponerse en pie—. Lo tenía en la mano cuando salí a llamarte.

—¿Se te cayó? —Sin esperar confirmación, Javier recorrió con la mirada el piso, no encontrando señas del aparato.

—Sí… No —respondió Miguel, en un tono vago y nervioso. Se sacudió la ropa y estudió el suelo en busca de su teléfono celular. Sentía un ligero dolor en el muslo derecho y en la cabeza, pero no dijo nada. No quiso preocupar a Javier, quien, de por sí, se veía al borde de la histeria—. Lo dejé caer, supongo.

—¿Supones? ¡Maldición, Miguel! ¡Dime que pasó! —La expresión de Javier había cambiado de preocupada a molesta. Temía que su amigo hubiera sido víctima de bullying y que no quisiera contarle para no preocuparlo. Revisó su cuerpo con la mirada; lo palpó donde pudo; mas, no se apreciaban heridas visibles ni señas de un enfrentamiento—. ¡Cuando veníamos llegando te vimos tirado en el piso! ¡Pensé que estabas muerto!

Apartándose del lado de ambos jóvenes, Cristian recorrió el área circundante en busca del celular perdido. Mientras más luego apareciera; más pronto se moverían de ahí. El olor a excremento en el lugar se hacía cada vez más insoportable.

—No seas exagerado. No me asaltaron, no me golpearon para quitarme nada, ni me acorralaron para secuestrarme y vender mis órganos —Parecía una exageración decir eso último, pero había que cubrir todas las bases con Javier para que este no dejara volar su imaginación y empezara con suposiciones e ideas descabelladas del por qué se encontraba en esa situación—. Primero cálmate. Estoy bien, ¿ok? Solo… me golpeé la cabeza cuando me caí.

—¿Y por qué estabas en este lugar? ¿Cómo te caíste?

Javier se cruzó de brazos, miró a Miguel inquisitivo y esperó su respuesta.

—Bueno, salí a llamarte, me alejé sin darme cuenta de la discoteca y cuando me devolví vi… —el tono de voz de Miguel bajó varias octavas antes de continuar con su narración—: vi… un Añchimallen y me asusté.

Debido a que el relato adoptó un tono susurrado y ambiguo, Javier consiguió escuchar a penas la mitad.

—Un, ¿qué?

—Añchimallen —volvió a repetir Miguel, esta vez en un tono un poco más alto para que el otro joven pudiera oírle. Su rostro enrojeció. Sin embargo, se sentía más asustado que avergonzado—. Un añchimallen

—¿Y qué es eso? —Cristian había vuelto con un artefacto pequeño y delgado—. ¿Es este tu teléfono?

Miguel le agradeció y lo tomó de su mano, luego se aclaró la garganta y explicó a los dos jóvenes que le miraban inquisitivos:

—Un duendecillo brillante que se deja ver solo de noche y provoca males —Bajó la mirada para revisar su celular, al comprobar que no tenía ningún daño, suspiró aliviado.

—¿Un… qué? ¡¿Qué?!

El rostro de Javier ahora estaba en pánico. De inmediato se apegó al cuerpo de su chico, y envolvió sus dos manos alrededor de su musculoso brazo. Había escuchado un relato parecido de boca de la abuela de Miguel y, aunque no recordaba de qué iba la historia, sabía que se trataba de algo malo.

—¿Un goblin? —preguntó Cristian, incrédulo y divertido.

—Un añchimallen —corrigió Miguel

—¿Cómo Goblin Slayer? —indagó Javier, intentando aliviar su nerviosismo.

—¡No! Un añ-chi-ma… ¡Ah! No importa. Mejor volvamos a la disco. Los chicos deben estar aburridos de esperarte.

Miguel se alejó de los muchachos y se adelantó para salir de la callejuela maloliente y poco iluminada. Los otros dos, lo siguieron de inmediato. El muchacho se había sentido tonto al compartir con ellos lo que había presenciado aun cuando sabía que, Javier al menos, no lo juzgaría ni lo llamaría estúpido como lo hicieran en el pasado sus compañeros de básica. Aunque, si alguna vez lo miraba un poco raro, no le guardaría rencor.

En su corta vida, había presenciado manifestaciones de todo tipo. Habiendo nacido en una comunidad Mapuche, empapado de su cultura y tradiciones, su visión de las cosas era diferente a la del resto. Según su pueblo y su cosmovisión de la vida, el hombre participaba en una inmensa red de fuerzas que daban vida a todas las cosas y seres existentes, al tiempo que los conectaba entre sí. En virtud de tales lazos, que incluían a todos los fenómenos energéticos, el humano podía ser afectado por fuerzas cósmicas y, a su vez, afectarlas: pudiendo influir sobre otros seres así como ellos podían influir sobre él. Aquellas energías cósmicas negativas que se caracterizaban por su tendencia a perturbar y/o destruir el equilibrio de los entes biológicos como los humanos (a la cual se les llama energías wekufü), podían ser irradiadas por el pensamiento o las emociones de los hombres (odio, ira, envidia), o condensarse de forma sutil o grosera dentro de un ser vivo o una cosa.

En la cultura de los ancestros de Miguel, no había muchos entes malignos con cualidades wekufü, pero los había. Por lo que, cuando se enfrentaban a manifestaciones como la que él había presenciado, lo único que debían hacer era alejarse de ellos y dejarlos seguir su camino. Mientras su alma no estuviera embargada de sentimientos negativos, no podrían influir en él.

—En serio viste un achimallen —inquirió Javier, una vez alcanzó a Miguel.

Se había soltado de su chico (de mala gana) en cuanto salieron a una calle transitada y con bastante iluminación, debido a que a este no le gustaban las demostraciones de afecto en público. Decía que no quería ser objeto de discriminación o abuso. Javier no lo entendía del todo (menos, si se consideraba como estaba construido su novio: todo músculos y mirada intimidante), pero intentaba ser comprensivo y paciente. Se agarró del brazo de Miguel y lo miró expectante. Aún se sentía temeroso, por lo que robaba miradas ocasionales al callejón a medida que se alejaban; sin embargo, su curiosidad era mucha. La idea de que otra persona además de él tuviera visiones extrañas lo hacía sentir, en cierta medida, tranquilo y empático.

—¿Qué? Olvida lo que dije.

—Pero… Lo viste, ¿no? —inquirió el chico.

—No. No hablemos más del tema. —Miguel aceleró el paso para ingresar luego a la discoteca.

—Entonces, ¿por qué dijiste que viste aquello?

—¡No vi nada, ¿ok?! ¡Ya, párale con tu interrogatorio! —Se detuvo y se enfrentó a Javier. Estaban a pocos metros de la entrada, su mirada ceñuda fulminó al otro muchacho—. Dije que no vi nada, y no lo vi. No quiero tocar el tema de nuevo, ¿vale?

Javier se sintió molesto y enfurruñado, pero no insistió más. Llegando a la entrada del local nocturno, soltó a Miguel y se acercó a Cristian quien estaba en la boletería. Este rechazó el dinero que le extendía y pagó las dos entradas él mismo.

Miguel los esperó. Después de soltar un suspiro, se sobo la nuca y miró en dirección al callejón. Por supuesto, no vislumbró nada. Fue un alivio; sin embargo, una sensación de fatalidad se instaló en su pecho y no se fue en toda la noche.

En cuanto entraron, fueron recibidos por el grupo entusiasta que eran sus amigos. Javier le entregó su presente a Erick y le dio un abrazo corto y un beso en la mejilla. Cristian también le entregó un paquete. Este era pequeño, pero todos sabían que no debían dejarse engañar por el tamaño. Asumieron que era de alguna marca extranjera o que le había costado un dineral, debido a que este lucía demasiado orgulloso observando el regalo en las manos del muchacho pequeño. Al chico le gustaba hacer alarde de su dinero.

El festejado le agradeció con una sonrisa sincera, luego, todos se sentaron y compartieron unos cuantos tragos. Le cantaron un desafinado “Cumpleaños feliz” a Erick y esperaron a que pidiera un deseo antes de repartir el pastel que Andrés había comprado (junto con los platos y cubiertos desechables) antes de que el primer grupo se reuniera.

Después de una hora de charla animada, Julio y Miguel, quienes no soportaban pasar demasiado tiempo sentados y quietos, se pararon para dirigirse a la pista de baile. Javier y su pareja los siguieron, entusiastas (Javier, más que Cristian), dispuestos a bailar lo que quedaba de noche.

Erick por otro lado observó la concurrencia, aun indeciso de si integrarse o no. Andrés permaneció a su lado, sin apresurarlo, dispuesto a esperar el tiempo que fuera necesario para que su primo se soltara y decidiera salir a mezclarse con la gente.

♦️ ♦️ ♦️

Fuera de la discoteca, el perro del infierno, Garmr, todavía permanecía escondido en la oscuridad absoluta en la cual se había replegado cuando el par de humanos habían recogido al muchacho que lo había sorprendido infraganti. Su objetivo inicial había sido llevárselo a la madriguera como alimento junto con el humano que había asesinado hace unos momentos, pero, ni bien se había acercado, un extraño e intoxicante olor lo había paralizado por varios minutos. Minutos, que habían servido para que los dos individuos que caminaban por la calle de enfrente notaran al humano y vinieran en su auxilio.

Maldijo, pero no se molestó, la presa que había capturado era lo bastante grande para cubrir su cuota de alimentos de varias semanas.

Apresando el brazo de su víctima con su potente mandíbula, lo arrastró unos pocos metros y se dejó envolver por una nueva oscuridad; una ya conocida y manipulable. En cuanto apareció en la madriguera, sus vástagos corrieron furiosos y hambrientos a su encuentro y se lanzaron sobre el humano. Garmr les gruñó y se detuvieron en el acto; tenían que respetar las reglas y esperar su turno.

Como aún eran demasiado débiles para salir a cazar por su cuenta, su supervivencia dependía de él. Las hembras que los habían parido se habían desecho de ellos nada más consiguieron ponerse en pie y, estos, de forma natural se habían apegado a su lado; debido a su desarrollado olfato lo habían reconocido al instante como su progenitor. Garmr podría haberlos ignorado. Era lo normal entre los de su especie, sobrevivían solo los más fuertes (inclusive las hembras priorizaban su propia supervivencia), pero su sentido de compromiso para con la manada se lo impedía; su simiente había sido la responsable de dar vida a muchos de los que la conformaban.

Una vez rasgó las vestimentas del humano, comió de su carne masticando grandes trozos, hasta sentirse satisfecho. Luego, les permitió a los cachorros engullir a su antojo.

Varios de sus pares, al igual que él, habían regresado con su pillaje de la noche. Se amontonaban en grupos pequeños esparcidos por la ruinosa y espaciosa sala de la mansión destartalada, que era ahora su hogar, devorando su festín. Los gruñidos amenazantes, junto con las peleas encarnizadas, habían dejado a los más débiles rezagados y con heridas sangrantes a la espera de conseguir las sobras. Por el rabillo del ojo noto a Bilu, agazapado en una esquina intentando hacerse invisible a la espera de que él desapareciera del lugar para pelear su captura con los cachorros.

El perro del infierno ya no era una cría, pero seguía comportándose como una. Garmr le gruñó para obligarlo a salir. Este se adelantó arrastrándose sobre su estómago en actitud sumisa y espero a que los cachorros comieran para atacar los restos. Su pellejo se veía bastante maltratado: cubierto de mordidas y rasguños por todas partes; su cuerpo casi esquelético, apenas mostraba pelaje sano. Seguro se había metido en alguna pelea por comida, o había sido utilizado como hembra por los machos que no habían conseguido aparearse con las pocas que había en la madriguera.

A Garmr le intrigaba cómo había sobrevivido estos cientos de años. Había periodos en los que ni siquiera se le veía por la madriguera, muchas veces lo habían dejado atrás cuando se mudaban; en varias ocasiones habían dado por sentado que había sido asesinado por algún humano o un demonio mayor, pero el perro enclenque siempre se reincorporaba a la manada. Unas veces maltrecho e inconsciente de sí mismo; otras, saludable y rebosante de energía.

Lo último, lo convertía en el saco de boxeo de los perros más fuertes. Quienes envidiosos de su buena condición, le exigían con amenazas y mordiscos viciosos, que revelara en dónde estaba consiguiendo su alimento. Para ellos, su falta de lealtad para con el grupo al acaparar las presas para sí mismo era una ofensa, aun cuando ninguno de ellos se preocupaba de compartir su caza con él.

Pero eso era algo que a Garmr no debía importarle, el perro del infierno ya había crecido lo suficiente para valerse por sí mismo. Volvió a recordar al humano del callejón y su olor particular. Era raro que este hubiera conseguido verlo cuando se encontraba tan bien camuflado en las sombras. Más sorprendente aún, que él no hubiera sentido su presencia hasta que lo tuvo demasiado cerca.

Concentró su energía y adoptó su apariencia bimorfa. Con sus manos similares a la de los humanos, hurgó en los restos de la ropa de su joven víctima para conseguir sus artículos personales. Encontró la billetera con sus documentos de identidad y los estudió.

—Ricardo Villablanca, era así cómo te llamabas.

Su voz, un gruñido bajo y gutural, resonó en la estancia. Algunos levantaron su cabeza, curiosos, pero de inmediato volvieron a lo suyo. Transformado en su apariencia semi-humana, causaba temor entre los más débiles. Solo un grupo reducido continuó observándolo; entre ellos, Bilu.

—Termina de engullir tu comida y lárgate —ordenó.

Los cachorros ya habían comido y huido con unas cuantas sobras para enterrar. Bilu apuró lo que tenía en su hocico y corrió en dirección a los socavones subterráneos, con el peroné y la tibia de la presa entre sus mandíbulas.

Garmr continuó revisando las pertenencias del varón humano. Era bastante joven: veintisiete años, sin profesión ni antecedentes militares. Había una licencia de conducir, dinero en efectivo, llaves de una vivienda y un aparato de comunicación inalámbrico. Con la cantidad de décadas que el perro del infierno llevaba morando sobre la tierra, había sido testigo de cómo los humanos evolucionaban e inventaban artefactos cada vez más extraños, para hacer más cómodo sus estilos de vida. Ni él ni su gente lo necesitaba, pero eso no significaba que no los conociera o pudiera manipularlos. De los demonios menores de esta madriguera, era el que más contacto con los humanos había tenido debido a su interés por esta especie.

Tras revisar el aparato, halló unas cuantas fotos que le sirvieron como referencia para lo que había planeado hacer. Volvió a concentrar su energía y modificó su apariencia, una vez más. Esta vez, el cambio fue significativo: cuerpo esbelto con músculos compactos, extremidades gruesas bien tonificadas, tez morena dorada, cabello castaño claro liso, ojos marrones, rostro cincelado y atractivo. Luego, recolectó los restos de su botín de comida, que aún eran considerables, y se dirigió a la habitación que utilizaba como madriguera personal para esconderlos. Seguido, rebuscó entre los desvencijados muebles algunas piezas de ropa que le calzaran y que pudiera utilizar para mezclarse mejor con los humanos. Volvería una vez más a la ciudad; conservaba todavía el olor del varón humano que lo había intrigado y pretendía cazarlo por diversión.

Una vez vestido, avanzó hacia la esquina más sombría del cuarto y se dejó envolver por la oscuridad reinante allí. De a poco, fue absorbido por esta y su inconsistencia; reapareciendo segundos después, en el mismo callejón poco transitado.

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