Embrujo de Demonio II – Capítulo 3: Presa (1)

Escrito por Aurora Blue

Asesorado por Maru

Editado por Michi


La primera vez que Garmr cruzó el vacío, arrastró a varios de sus hermanos con él; juntos, atravesaron a un mundo en los albores de la civilización. Amedrentados por todo aquel nuevo entorno: un paisaje vasto, claro y luminoso; montañas altas con picos lechosos, los cuales apuntaban siempre al cielo; prados cubiertos de frondosa vegetación, habitados por criaturas muy diferentes a ellos que emanaban un aura demasiado brillante y cálida, y aquella luz cegadora proveniente del disco dorado en el cielo que les quemaba la piel, habían huido aterrorizados a esconderse en la cueva más cercana… Esa, se convertiría después, en su primera madriguera.

Apilados en una estrecha caverna que les recordaba su hogar, aún confusos y sin entender del todo cómo habían llegado hasta allí, había sido Garmr quién los había dirigido en aquel entonces. Bajo su guía, habían esperado hasta el anochecer para explorar este nuevo entorno lleno de posibilidades y, fue gracias a su comando, que habían sobrevivido a los humanos que les dieron caza. Lo irónico fue, que esos mismos humanos se convertirían en su alimento a partir de ese día.

Su astucia e inteligencia los había hecho prosperar en ese entonces y, en el presente, lo tenían preparando el escenario perfecto para atraer a su nueva presa.

Cuando dejó que la oscuridad lo llevara de regreso al callejón donde cruzó miradas con el varón humano con solo el recuerdo del olor de la sangre de su víctima como guía, no se preocupó del flujo del tiempo que circulaba de manera caprichosa e inconstante dentro del vacío; por lo cual, apareció en el lugar varios días después.

Aquel error estúpido tan impropio de él provocado por la ansiedad de regresar y probar cuanto antes la carne del muchacho pequeño, le había dado la posibilidad de estudiar mejor este nuevo entorno y al individuo que ahora suplantaba. No fue difícil averiguar donde residía: todos los datos se encontraban en su teléfono celular; por lo cual, volvió a hacer uso del vacío y se trasladó a la periferia de la villa en la que se ubicaba la vivienda.

Dicha villa era bastante amplia y lujosa: abarcaba varias hectáreas de áreas verdes y tenía además un parque de juegos, una cancha de fútbol, una de tenis, una piscina techada y un gimnasio. La casa del varón humano era la más sencilla del conjunto: fabricada en hormigón, piedra y madera, con un estilo rectangular y minimalista, donde las aristas de concreto sobresalían en los bordes del frontis haciéndola ver más grande de lo que en realidad era, constaba solo de dos plantas. Un portón de hierro templado de color negro restringía la entrada al piso inferior, en donde se almacenaban varios vehículos (tres automóviles y cinco motos); una puerta de pino oregón ubicada a la derecha del portón daba acceso a una escalera que ascendía a la planta superior, en la cual se hallaba el área de residencia, la que constaba de cinco habitaciones: dos habilitadas como dormitorios, una equipada como gimnasio y otra más amplia que servía de salón de descanso y comedor. Constaba también de una cocina pequeña equipada con todo tipo de electrodomésticos modernos y dos baños; uno de ellos, provisto de una espaciosa tina de hidromasaje.

Todos los muebles que componían el entorno de la planta superior estaban diseñados para brindar al ocupante un espacio de relajación y descanso, algo que a Garmr le pareció demasiado suntuoso y poco necesario. Los de su especie no necesitaban de tantos lujos para su día a día, les bastaba con una caverna espaciosa o una vivienda abandonada para residir. Mientras existiera un techo firme sobre sus cabezas para guarecerse de la lluvia y dormitar, estaban más que satisfechos. De cualquier forma, la intención del perro del infierno era permanecer el menor tiempo posible en esta zona urbana. El motivo por el cual se había aventurado a la civilización era claro e inamovible: rastrear a su presa, cazarla, disfrutar de torturarla un poco, luego comerla… Porque, aunque no era su hábito el atormentar a sus capturas, el pensamiento de acabar de inmediato con la vida del varón humano no le parecía tan atractiva como la idea de devorarlo bocado a bocado.

Luego de revisar a conciencia la madriguera del humano, Garmr se acomodó en el amplio sofá y estudió toda la información que había reunido del joven llamado Ricardo mientras dejaba que su cuerpo se adaptara a esta nueva apariencia.

Haciendo uso del computador portátil y otros objetos tecnológicos equipados sobre el escritorio a un costado de la sala, averiguó que el joven no tenía profesión ni familia que lo controlara, y que disponía de una cuenta bancaria provista de varios miles de dólares. Había postergado varias carreras, pues su vida giraba en torno a los excesos y los deportes extremos. El más reciente: el motocross. Un vistazo a uno de los estantes del salón plagado de trofeos y fotos de él en varios circuitos dentro del país y en el extranjero, le demostró que el joven era bastante bueno en este, su último hobby, y que había ganado varios premios gracias a ello. No tenía amigos cercanos, su lista de contactos estaba prácticamente vacía; constaba de unos pocos números, entre ellos: el de su abogado, su médico, un corredor de propiedades, el de una hembra que figuraba como su contador, el de su agente (designado por el patrocinador de su nuevo equipo de carreras) de quién tenía un número significativo de llamadas sin contestar en las últimas cuarenta y ocho horas.

De inmediato se contactó con él para informarle que su lesión requería de más tiempo de recuperación y que no estaría disponible los siguientes meses. Había sido aquel poco fortuito accidente lo que obligó a Ricardo a volver a su ciudad natal, y había sido su mala fortuna la que quiso que se cruzara con el perro del infierno cuando este anduvo de cacería.

El teléfono también registraba varias llamadas hechas a unos cuantos compañeros del circuito y a otro varón llamado Sebastián, de quien tenía una cantidad significativa de llamadas sin contestar. Estas, sin embargo, databan de dos semanas a la fecha. Según su deducción, debía de tratarse de alguien muy cercano a Ricardo. Esto podría entorpecer sus planes, pero el perro del infierno no pretendía permanecer demasiados días entre los humanos, por lo que le restó importancia. Su enfoque principal estaba en familiarizarse con la identidad de su última víctima, para poder disponer de todos sus recursos en beneficio de capturar a su presa.

◆ ◆ ◆

Gemidos roncos resonaban fuerte en la habitación, el olor a sudor se mezclaba con el de los fluidos sexuales. El varón humano que jadeaba sobre la cama con su trasero al aire y sus manos apretando firme las sábanas bajo suyo, presentaba oscuros moretones en las caderas debido a la fuerza con la que el perro del infierno las sujetaba cada vez que introducía su hombría dentro de su estrecho canal.

―M-más… Más duro, Ricardo ―Suspiros y jadeos salieron de los labios del hombre mientras se contoneaba para recibir más profundo los embates y acelerar aquel fuego que se construía dentro de él―. N-no te contengas, ¡maldición!

La espalda del humano mostraba marcas de mordiscos en cada tramo de piel blanca, sudorosa y brillante, de lo poco que Garmr se había contenido, pero este seguía pidiendo más violencia.

―¡Dios! ¡Tan… bueno!

Garmr apretó la cara del varón contra la sábana color granate para detener sus balbuceos y gemidos exagerados y poder concentrarse en su asunto. Estaba estaba muy cerca y no necesitaba su distracciones.

Resultó que el humano llamado Sebastián era el hermano menor de la madre de Ricardo. La razón por la que este nunca se había referido al varón con el apelativo “tío”, es porque el hombre era tan solo seis años mayor que Ricardo. Había crecido viéndolo como un hermano mayor más que una figura de autoridad, y había compartido con él secretos y travesuras que solo compartían los hermanos. Además, había sido Sebastián quien lo había iniciado en la actividad sexual.

Sebastián había aparecido en casa de Ricardo sin previo aviso, el tercer día desde que Garmr la habitara. Las llamadas al teléfono celular del muchacho no habían cesado; sin embargo, el demonio las había ignorado todas. Era consciente de que tarde o temprano alguien aparecería para asegurarse de que el humano se encontraba bien, de su bienestar dependían unos pocos, aunque no espero que fuera tan pronto.

La sala estaba en penumbra cuando el varón humano se presentó. Aun cuando era mediodía, las cortinas de todas las habitaciones se encontraban cerradas y en el lugar se respiraba un aire a encierro y humedad. La presencia de un extraño cruzando el umbral había alertado a Garmr, quien en esos momentos dormitaba una siesta corta. Con sus ojos abiertos, apenas unas rendijas, había observado cómo el visitante inspeccionaba el lugar en busca del dueño de casa mientras farfullaba en voz baja.

—¡Demonios, Ricardo, dónde mierda te has metido! ¡No has tenido la decencia de contestar ninguna de mis llamadas! —Una a una había ido encendiendo las luces (comenzando con el dormitorio principal), para descorrer luego las cortinas y abrir las ventanas mientras continuaba despotricando en voz baja—: ¡Esta casa parece un chiquero! ¿Por qué tuvo que dar mi número a su representante? ¡Como si alguna vez me hubiese puesto al tanto de su paradero, o me hubiese hecho caso en algo! —Luego de un resoplido, había agregado—: Mocoso estúpido, ni creas que puedes huir para siempre de mí.

Al volver a la sala, había pegado un respingo; en ese momento, recién había notado la presencia de Garmr. El aura oscura que emanaba el perro del infierno, quien lo observaba desde el sillón, había hecho al humano retroceder unos pasos y apretar con fuerza el manojo de llaves que tenía en la mano.

Una olfateada a la esencia del varón le había indicado al demonio que este se encontraba asustado y confuso.

—¡Cresta, Ricardo! No me asustes así. Si estabas aquí, debiste haberme hablado.

Todavía nervioso, Sebastián había increpado a su sobrino, acercándose después a una de las ventanas del salón con la intención de correr las cortinas, pero Garmr lo había detenido.

—No lo hagas.

El perro del infierno no deseaba exponerse a la luz del sol, no es que este lo dañara. En un principio sí: su piel era frágil y su fisiología endeble. Les había tomado un tiempo a los de su especie acostumbrarse a este nuevo entorno tan luminoso y cálido, pero, al cabo de un tiempo, él y sus hermanos lo habían hecho suyo. Su problema con el sol era que, al ser criaturas que deambulaban en su mayoría de noche, la claridad del día los debilitaba y los volvía perezosos. Y era un fastidio para Garmr soportar tanta brillantez.

El humano había dudado, pero obedeció al fin. Había permanecido inmóvil después, inseguro de cómo proceder. Era entendible, el perro del infierno era un ser demoniaco, una criatura nacida en la periferia del Abismo encendido cuya mirada podía arrastrar a cualquier criatura débil a experimentar las tempestades ardientes de aquel lugar, y cuya influencia podía hacerles probar una pequeña porción del mal que ahí residía y vivir en carne viva un tercio de los pecados que allí se juzgaban.

Garmr se había levantado del sofá y de forma calculada había avanzado hacia el visitante, quien aún continuaba parado en el mismo sitio: impaciente, con la incertidumbre a flor de piel.

El varón tenía una apariencia bastante agradable según los estándares humanos: sus rasgos mostraban cierta similitud con Ricardo, aunque el rostro de este era más delgado y angular. Su cabello liso se veía enmarañado, cubría sus orejas y se apreciaban en él unas cuantas hebras plateadas que se  mezclaban con el castaño claro, dándole un aire maduro a sus facciones pese a haber cumplido hace poco los treinta y tres años; los bordes externos de sus ojos color miel se inclinaban hacia abajo, lo que le confería a su mirada un aire somnoliento y un encanto vulnerable a su rostro atractivo; su tez dorada se veía saludable, pese a que se olía en su sangre el uso constante de algún tipo de estupefaciente; su cuerpo era delgado y atlético, su altura casi la misma que la de su sobrino.

Garmr había estado observando al hombre todo el tiempo, aprendiendo de sus gestos, y de los pensamientos que fluían hacia él como un libro abierto, que clase de ser humano era. Una vez frente a él, sujetó su barbilla para poder leer a través de sus ojos todos los secretos que este escondía: sus vicios, sus pecados, sus anhelos… En cuanto se había adueñado de su consciencia, la lujuria poco reprimida del humano hacia su pariente había emanado de su cuerpo a mares.

El varón se había frotado contra Garmr con un ímpetu anhelante y desinhibido, y había exigido que este respondiera. Desde muy joven había tenido una actitud dominante hacia su sobrino, subyugando muchas veces su voluntad. Pero el perro del infierno no era aquella criatura débil que él conocía, así que lo había rechazado. Sin embargo, este no se había rendido. Había postergado su anhelo para después, debido a que la necesidad de deshacerse del olor fétido del cuerpo humano que el demonio ahora poseía, había podido más que su libido. Lo había arrastrado a la bañera e introducido todo tipo de aceites perfumados en el agua, antes de obligarlo a meterse en ella.

Garmr había obedecido, solo porque había descubierto que el humano le sería de mucha utilidad.

Una vez seco, Sebastián lo había instruido para que se aplicara loción corporal y perfume. El hombre tenía costumbres muy meticulosas que había enseñado a su sobrino desde joven; consecuencia de ello, Ricardo había gozado de un sin fin de conquistas de parte de ambos sexos.

Ya limpio y oliendo como a él le gustaba, había vuelto a atacar esparciendo besos por todo el cuerpo del demonio. Garmr lo había rechazado de nuevo, pero el varón no era de los que aceptaban un no por respuesta; había increpado al que pensaba era su sobrino con reproches, apelando a deudas pasadas (como hacía siempre) estimulando con sus manos los puntos sensibles del cuerpo humano del perro del infierno, consiguiendo que este reaccionara. Y había cedido. Ya que el varón tenía tantas ganas de convertirse en su hembra, bien podría aprovecharse de ello para desfogar sus necesidades.

Había doblado al hombre sobre el mueble del lavabo y atravesado con su erección su fruncida entrada sin previa preparación o miramientos. Sebastián había gritado de la sorpresa y del dolor, pero nada más el demonio había comenzado sus embistes y el presemen de este había impregnado su canal, su lujuria se había encendido calentando su cuerpo con una fiebre abrasadora.

◆ ◆ ◆

Los gemidos siguieron inundando el amplio espacio del dormitorio por bastante tiempo, los contoneos lascivos de Sebastián exhortaron a Garmr a desfogarse en el cuerpo del varón toda la tarde y gran parte de la noche, hasta que este cayó desmayado. Terminado el acto, se salió de él y se deshizo del condón que había utilizado arrojándolo en la papelera junto al resto. Era una suerte para el demonio que los humanos utilizaran este tipo de artilugio para evitar la sobre población y algunos tipos de enfermedades; si no fuera por ello, la cópula de hace unos momentos no hubiese sido posible. Vaciarse en el cuerpo del hombre una sola vez era más que suficiente para asegurar su lealtad y devoción; más veces, lo convertiría en un engendro irracional sediento de sangre. Un esbirro con una mente tan frágil e inestable, y con tan poco control de sus emociones, igual a los que en el pasado habían sesgado a gran parte de la población aborigen que residía en un área cercana a esta.

El Lucero del Alba había exterminado a todos aquellos demonios que habían amenazado el equilibrio de todas las razas bestiales, y a quienes los habían creado. Por tanto, su maestro les había prohibido replicar aquel comportamiento insensato. Para bien o para mal, la supervivencia de todos ellos dependía del número de humanos que existían sobre el planeta.

Garmr se dirigió a la cocina, abrió el refrigerador, tomó la jarra con agua y bebió de ella hasta que su garganta se sintió refrescada. Su estómago rugió en ese momento; la actividad realizada hizo que su apetito despertara y eso lo complicó un poco. Residía en una zona urbanizada, le sería muy difícil conseguir una presa por los alrededores. El asesinato de Ricardo había sido solo un asunto de suerte; casi nunca se acercaba a las inmediaciones de las ciudades, pero ese día lo había hecho, con el resultado que ya se conocía. Tampoco podía alimentarse del humano que dormía en su cama, aún tenía uso para él.

El perro del infierno bebió más agua mientras pensaba en una solución.

Una de las desventajas de esta transformación, era la débil fisiología de los humanos. Para poder replicarlos con exactitud, el cuerpo del demonio debía modificar su estructura incluyendo los órganos internos; todo debía encontrarse donde debería estar. Aquello los volvía vulnerables; por consiguiente, la mayoría de los que podían realizar el cambio se negaban a hacerlo. Con un cuerpo tan similar al de ellos, los humanos sabrían con exactitud dónde atacar para poder liquidarlos. Aun cuando contaban con la ventaja de una fuerza superior y de la habilidad de manipular sus mentes, aquel cuerpo que dependía bastante de satisfacer todas sus necesidades no le gustaba demasiado a ninguno de ellos.

El estómago de Garmr rugió de nuevo y, está vez, más fuerte; las ansias de ingerir carne fresca amenazaron con arrebatarle un poco de su racionalidad. Se agarró fuerte a la puerta del refrigerador y soltó un gruñido, sus colmillos descendieron, el resto de su dentadura también cambió. La casa estaba a oscuras, por lo que no le fue difícil encontrar el lugar más oscuro de todos y cruzar a través de él hacia su madriguera. Cuando llegó, dejó que la transformación fluyera sin prisa hasta que volvió a su verdadero ser.

Una vez sobre sus cuatro patas, volvió a hacer uso del vacío para dirigirse a una zona rural. El instinto lo guió; mostrándole donde se encontraba su nueva presa. Había varias de ellas; cuatro varones contaminados por vicios y pecados insalvables reunidos alrededor de una fogata, consumiendo alcohol y estupefacientes. Había una hembra también; joven, casi una niña. Acostada junto al fuego, su cuerpo magullado temblaba por la escasez de ropa. Los humanos que la habían abusado reían felices y de vez en cuando lanzaban insultos hacia ella, lo que la hacía temblar con más fuerza. Sus rostros distorsionados reflejaban la fealdad de su alma; una fealdad que no tenía nada que ver con su apariencia real y que solo un perro del infierno podía dilucidar con claridad.

Aquellas almas estaban más allá de la redención, Lucifer no tendría nada que objetar si el demonio menor decidía convertirlos en su cena.

Los acechó otro poco y gruñó para hacer notar su presencia. En lugar de huir, los varones permanecieron congelados del miedo. Eran valientes a la hora de infringir daño a alguien inferior, pero aquella valentía exaltada por el consumo de todo tipo de narcóticos no les servía cuando se enfrentaban con un oponente sanguinario como Garmr. Eso le gustaba al demonio; saborear el miedo de los que pecaban, deleitarse del olor de su esencia rancia antes de degustar su carne.

Volvió a gruñir y saltó sobre el más robusto desgarrando con su afilada dentadura gran parte de su garganta, los otros tres no tuvieron tiempo de escapar. De entre las sombras, tres perros del infierno sesgaron sus vidas igual de rápido y eficaz. Los había convocado en cuanto vio el gran número de humanos; sus pares solo habían tenido que concentrarse en su presencia para que el vacío los transportara directo hacia a él.

Con sus capturas aseguradas entre sus dientes, los cuatro demonios retrocedieron  arrastrando con ellas de vuelta a la oscuridad ante la mirada aterrorizada de la joven que lloraba y gritaba pidiendo auxilio. Una vez se marcharon, la muchacha aun temblando se levantó del suelo y corrió con todas sus fuerzas hacia el lugar poblado más cercano, sin importarle no llevar ninguna prenda encima.

| Índice |

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *