Embrujo de Demonio II – Capítulo 4: Presa (2)

Escrito por Aurora Blue

Asesorado por Maru

Editado por Michi


Las piernas de Sebastián se enrollaban sobre la cintura de Garmr manteniendo un estrecho control sobre este, su vaivén salvaje lo hacían elevarse cuanto podía para encontrarse con la longitud del demonio y profundizar cada embiste. Su piel brillaba de lo húmeda que se encontraba, su rostro estaba rojo, su respiración entrecortada, pero su cuerpo le seguía pidiendo más.

Hacía mucho que no disfrutaba de tan buen sexo; mas nunca hubiera imaginado que sería su sobrino quien se lo proporcionaría, y con tanta maestría. Había enseñado al muchacho desde muy joven a cómo complacer tanto a hombres como a mujeres, pero el mocoso había sido siempre un egoísta y un perezoso. Lo había tenido todo tan a la mano, que jamás gastó ningún esfuerzo por conseguir nada.

Pero había cambiado. Había una madurez en sus expresiones y un aire de control y poder en sus gestos, los cuales se alejaban tanto del chiquillo indiferente y maleable que tenía en sus memorias que, si no conociera su cuerpo tan bien como lo hacía y hubiera comprobado que todos los lunares y marcas de nacimiento estuvieran donde debían estar, hubiera jurado que se trataba de otra persona. Se había vuelto taciturno también, hablando solo lo justo. Aquello, en vez de molestar al hombre, lo había hecho sentir aliviado; ya no tenía que escuchar las conversaciones charlatanas de su sobrino. Ahora, se parecía más a su madre. No sólo en sus facciones se asemejaba, sus ojos fríos y distantes eran una copia exacta de los de ella.

Pensar en Sofía lo hizo alcanzar más rápido la cima. Se concentró en los rasgos suaves del muchacho dejando de lado los que lo asemejaban al padre: en sus mejillas prominentes, sus labios finos de color rosa brillante, sus ojos duros e indiferentes y alcanzó el clímax. Se derramó sobre su vientre con una sacudida violenta que provocó que apretara con fuerza los músculos de su canal, ordeñando en el proceso toda la simiente del demonio.

Saciado, sus músculos laxos se repatingaron sobre el sillón. Se lamió los labios resecos y sintió la necesidad de besar al muchacho; sin embargo, este no se lo permitió. Aquello encendió la libido de Sebastián, pero se sentía demasiado cansado como para exigir otra ronda.

Saliéndose del cuerpo del hombre, Garmr se deshizo del condón que había utilizado, luego acomodó su ropa. Miró su reflejo en la vitrina de vidrio empotrada en una de las paredes de la estrecha oficina ubicada en el segundo piso de la discoteca que era propiedad del varón, y contempló su apariencia. Su piel lucía brillante y tersa, mucho más parecida a la de un humano que en un principio. Gran parte de ello, gracias a las detalladas memorias que tenía Sebastián sobre el joven que suplantaba.

—No vas a regresar a tu casa, ¿cierto? —La mano delgada de Sebastián agarró su pantorrilla. Sus dedos largos y finos envolvieron el contorno de su pierna y acariciaron de forma sutil—. ¿Por qué no te quedas a beber? No tienes nada que hacer, de todos modos. Contraté a un par de bailarines para las jaulas, tanto la chica como el muchacho, están muy comestibles…

El cuerpo del demonio se tensó. La palabra “comestible” le recordó que llevaba un tiempo sin probar carne fresca. Por suerte, su cuerpo se había adaptado a la comida humana. Su fisiología aceptaba los cambios con bastante facilidad; no ocurría lo mismo con sus hermanos. A lo único que no se acostumbraba era a la ingesta de carne de animales. Los humanos sacrificaban a esas inocentes criaturas solo para saciar su gula sin detenerse a pensar en lo incorrecto de sus acciones; sus costumbres y valores habían cambiado desde que aquellos dos fueran arrojados del paraíso. Las virtudes que ya no poseían los estaban convirtiendo en hijos de Satán, en vez de Yavhé.

—¿Qué dices, Ricardo? Podríamos disfrutar de un poco de diversión en el entremedio —propuso, Sebastián, en tono lánguido.

Se acomodó de costado y levantó la vista para contemplar el trasero prieto de su sobrino. Su lengua repasó su labio superior al recordar el sabor de aquellos montículos redondos y firmes.

—¿No tienes que trabajar? —preguntó, Garmr, en vez de responder.

El perro del infierno terminó de abotonar su camisa y la colocó dentro de los pantalones de tela. De nuevo, se contempló en la vitrina.

De los cientos de años que llevaba viviendo sobre la superficie y, en ocasiones, conviviendo con los humanos, había aprendido que el estatus de una persona lo dictaminaba la ropa y accesorios que portaba encima. Había sido así en el pasado, lo seguía siendo en el presente. La vanidad de los hijos de Adán no mermaba aún con el paso de los siglos; y este humano en particular, tenía una fijación excesiva por la ropa de marca, los zapatos y las joyas.

Por insistencia de Sebastián, había escogido una tenida un poco más elegante y pulcra para esta noche. Se había vestido con un pantalón de casimir “Col Catlen” color negro, una camisa de algodón y poliéster “Xintonwn”, también de color negro con líneas verticales muy delgadas en color acero y un par de botines “Represent” de cuero envejecido color marrón de su línea western. Se había puesto también varios accesorios: un reloj análogo “Omega Speedmaster” con correa metálica color plata; un anillo de oro de veinticuatro quilates con una banda de ónix en la superficie, el cual lucía en el dedo índice de la mano derecha; una pulsera de oro con igual diseño que abrazaba la muñeca del brazo derecho; y un collar de cuero trenzado, del cual colgaba una esclava de platino con grabados celtas.

—Por eso estaba diciendo que en el receso… —Sebastián puso los ojos en blanco. A veces, encontraba a su sobrino muy poco divertido—. ¿Qué dices?

Se había enderezado y pegado a la espalda de Garmr. Sus manos ágiles desabrocharon todos los botones de la camisa y expusieron el pecho del demonio, sus dedos hicieron a un lado la tela y pellizcaron las tetillas. Se contoneó a su espalda. Su longitud no estaba erecta, pero igual aguijoneaba el trasero del perro del infierno sobre el pantalón de vestir.

El demonio apartó las manos del varón ejerciendo un poco de fuerza sobre ellas y se abotonó una vez más.

—¡Mierda! ¡Qué bruto! —Sebastián se sobó las muñecas, pero no desistió. Se dio la vuelta y encaró al muchacho; su longitud se apreciaba más llena. Seguido, enganchó sus brazos alrededor de su cuello y se restregó contra él—. ¿Qué dices? ¿Te quedas? —Sus ojos ya turbios le miraron interrogantes, su lengua inició un ataque sobre el tramo de piel que dejaba expuesta los dos últimos botones de la camisa que aún permanecían sin abotonar—. Lo vas a pasar bien, tú sabes que lo vas a pasar bien.

A Garmr a veces se le hacía difícil ignorar el celo del varón. Su lascivia parecía ser infinita, sus feromonas eran espesas e intensas; mucho más elevadas que las que secretaban las hembras de su especie en época de apareamiento. Complacerse con el hombre de vez en cuando no le acarreaba problemas, pero permitir que la criatura salvaje y peligrosa que vivía en su interior se dejase llevar por sus instintos, dejaría como consecuencia un humano destrozado con la mayor parte de su cuerpo cercenado y esparcido por el piso.

Se lo sacó de encima e hizo el esfuerzo de controlarse.

—Me quedaré un tiempo —convino.

Se pasó las manos por el pelo y lo revolvió para verse más a la moda, como vio hacer a muchos jóvenes todas las veces que estuvo en la discoteca; su apariencia se vio más fresca. Sebastián se plantó delante de él de nuevo, no lo atacó con su seducción, tan solo acomodó el cuello de su camisa. El saber que se iba a quedar lo había calmado.

—Te ves tan guapo —elogió, engrosando la voz en un pequeño ronroneo. Se acercó y besó al demonio metiendo tan solo la punta de la lengua entre sus labios. Este no respondió, pero tampoco lo hizo a un lado.

A los ojos de Garmr, ya había dejado de verse atractivo. El velo que cubría sus pecados se había raído, la máscara de belleza que escondía su falsedad había desaparecido dejando sobre la superficie la descomposición de su rostro; misma, que reflejaba el alma podrida que tenía.

Cuando fue liberado, Garmr salió de la habitación.

Sebastián lo siguió con la mirada, vigilante de cada uno de sus pasos, cerciorándose tras la privacidad de las dos paredes de cristal de doble cara, que cumpliera su promesa. Lo vio dirigirse a la zona de descanso situada al lado derecho de la oficina (donde compartían espacio una hilera de sillones y unas pocas mesas) y detenerse al llegar a la barandilla que protegía ese apartado y proporcionaba una vista periférica de la planta baja.

Solo entonces, recogió su ropa y se la colocó sin prisa. Ordenó también los papeles que quedaron esparcidos por el suelo cuando desató su deseo la primera vez y demandó ser follado sobre el escritorio, y los volvió a colocar en su sitio. El muchacho había devuelto el interés que tenía por él cuando era un chico tierno e inocente; cuando su cuerpo delgado y larguirucho no conocía de la lujuria ni de las caricias carnales; cuando sus rasgos delicados se parecían tanto a los de su hermana que había trasladado a él la obsesión que sentía por ella. Reconocía que el tiempo que estuvieron separados lo había hecho madurar. El seguir la pasión que surgió en él por el motocross le había proporcionado cierto control sobre su carácter explosivo y disciplina; algo, que nunca había tenido. Estaba agradecido también del hecho de que, al relacionarse con un grupo tan diverso de gente, había adquirido experiencias en otro tipo de áreas; las cuales, pretendía aprovechar al máximo.

Se acomodó en la silla y la giró para mirar fuera del ventanal. Desde su posición, se divisaba la barra de licores y una pequeña parte de la plataforma de los bailarines. Las jaulas habían sido instaladas y la pareja nueva se contoneaba cada uno en la suya.

Los contempló y se lamió los labios.

—De verdad, se ven muy comestibles —murmuró.

♦ ♦ ♦

Había pasado más de una hora y Garmr continuaba parado en el mismo sitio apoyado con ambas manos sobre la baranda, contemplando el panorama que se apreciaba en la planta baja. Llevaba viniendo al antro varias noches y no se apreciaban señas de su presa. Había peinado la ciudad también, pero su olor se había desaparecido tanto de las calles como de sus recuerdos, como si nunca hubiera existido, que comenzó a pensar que quizás lo había imaginado. Tenía que regresar a la madriguera y permanecer en ella unos cuantos días. Los cachorros debían estar impacientándose, las sobras que acumularon debían de habérseles acabado y creía poco probable que alguno de los perros más antiguos los hubiera sacado con ellos de cacería. A la velocidad con la que crecían, su imprudencia los haría alejarse de los terrenos que protegía la influencia del Maestro e incursionar en otros más poblados de gente, poniendo en peligro su seguridad.

El demonio no quería ver disminuida la jauría por culpa de la exaltación de su sangre salvaje, así que seleccionaría una presa del gran número de humanos que se congregaban en el local y desaparecería de la ciudad por una temporada. La caza del varón pequeño estaba resultando infructífera y no tenía suficiente paciencia para esperar un día más.

Observó desde el segundo piso el gentío que se divertía ajenos al peligro que corrían, y evaluó cuál de todos aquellos herejes se apreciaba más apetecible. Revisó con detenimiento la concurrencia, centrándose en cada uno de los asistentes; fue entonces, cuando lo notó. Su aguda visión dio con el humano que lo había obsesionado de manera insólita y a quién había estado anhelando sin entender el porqué.

El muchacho lucía un tinte color lavanda con reflejos verdes en su corto cabello. Vestía unos jeans ajustados llenos de agujeros y una camisa con estampados coloridos con la mitad de los botones abiertos, que dejaba al descubierto su estómago y ombligo. Estaba rodeado por un grupo de chicos; entre ellos, los dos que lo rescataron la vez anterior, y sacudía su silueta menuda con entusiasmo. Sus mejillas encendidas producto de su agitación, rebosaban felicidad. No podía percibir su aroma a esta distancia (demasiada gente, demasiadas esencias mezclándose entre sí), pero imaginaba a qué olía su transpiración y cómo sabría su carne: una ambrosía salada, llena de vitalidad.

Lo contempló un poco más y cuando lo vio alejarse del grupo, descendió.

Abajo, el bullicio era aún más ensordecedor. De inmediato, sus delicados oídos se sintieron heridos. Se sacudió la molestia y ordenó a su cerebro que ignorara todo cuanto lo rodeaba y se centrara nada más que en su presa: en su respiración agitada, en el olor de su sudor, en la cadencia de los pasos de su delgada figura; y se hizo camino entre el mar de gente que danzaba frenética, a la caza de su objetivo. El ánimo del demonio se había elevado, por fin podría abandonar la ciudad y la compañía de toda esta gente tan llena de vicios y malas intenciones.

Cuando localizó al chico, este se encontraba apoyado en una esquina de la barra de licores acompañado de una hembra. Por el olor, supo que no se trataba de ningún súcubo en busca de comida, o de otro demonio femenino habituado a mezclarse entre los hijos de Adán en busca de aparearse y multiplicar su especie.

La hembra humana era pequeña, de cuerpo ancho, lleno de curvas bien proporcionadas; rostro sonrosado, poblado de pecas claras en el puente de la nariz y mejillas, cabello anaranjado y ojos color avellana. Miraba a la presa de Garmr como si también quisiera comérsela; sin embargo, su anhelo se debía a la lujuria que sentía por él. El muchacho respondía a sus coqueteos con brillantes sonrisas y participaba del cortejo haciéndola reír con comentarios agudos.

Aquello molestó al demonio, quién avanzó con pasos largos los metros que le impedían conseguir su premio.

—Entonces le dije: “si no vas a comértelo, deja de manosearlo…” —relató, Miguel.

«Tú estás muy comestible.»

Los pensamientos de la hembra viajaron al cerebro de Garmr; quien, de nuevo, se sintió molesto.

—Y el maricón, va y lo tira al suelo. Te juro que me emputecí… Era el último sándwich de espinaca y ricota que quedaba en el bife de la cafetería de la esquina —Miguel se había encontrado por casualidad con una compañera de carrera y para él fue un alivio, pues no se sentía con ánimos de ligar con nadie esa noche. Daniela lo escuchó con atención—. Lo agarré de la camisa y casi le planto un puñetazo. Si no fuera porque el profesor Delgado interviene, le habría emparejado la nariz al mismo nivel de esa cara presuntuosa que tiene… Estos comedores de carne, se creen en la cima de la cadena alimenticia —resopló.

—Juan es un asqueroso —coincidió Daniela—, no ha parado de molestar a las chicas desde que se matriculó en el curso. Digo…, es atractivo, tiene plata, ¿y qué? Hay chicos mejores en el Instituto de donde escoger. Más sencillos, más simpáticos que, puede que no tengan tanto dinero, pero que no necesitan de hacer alarde para mostrar su valía.

—¡Así habla una mujer inteligente! —la elogió Miguel. Daniela sonrió coqueta—. Si anduviera de ánimos, te invitaría a algún otro lugar para un after hours.

Los ojos de la muchacha brillaron. Iba a comentar que ella podía sin problemas levantarle el ánimo, pero fue interrumpida por una presencia imponente.

—¿También puedo unirme a ese after hours?

Garmr les sonrió a los dos jóvenes utilizando su sonrisa más encantadora. Su atención se desvió de inmediato, al chico pequeño.

Daniela miró al alto y atractivo hombre frente suyo con la boca abierta. Miguel, en cambio, le contempló ceñudo. Le bastó un segundo de apreciación para decidir que no le gustaba: pantalones elegantes, camisa de tela fina y costosa, joyas caras y ostentosas; el tipo de chicos que él rehuía. Se dio la vuelta y lo ignoró. Había sentido al camarero a su espalda atendiendo a los muchachos ubicados a su izquierda y se empinó para hacerse más notorio al vociferar su pedido.

—Una cerveza Corona y… —Se giró para consultar que tipo de tragos le apetecía a su compañera—. ¿Qué vas a beber? —La muchacha aún se encontraba medio embobada por el metrosexual frente a ella y eso lo irritó un poco. Volvió a repetir—. Daniela, ¿qué vas a beber?

La joven ladeó el rostro para responder, su cara estaba roja como un tomate.

—¿Ah? Um… Un mojito —Sus palabras salieron torpes, su rostro enrojeció más debido a la vergüenza.

Miguel de nuevo se empinó sobre la barra para llamar la atención del camarero, pero alguien se le adelantó.

—Dos cervezas Corona y un mojito, Mike.

—En seguida, señor Ricardo.

La figura alta y fornida de Garmr se impuso sobre la más pequeña del muchacho moreno. Sus manos sobre la barra, una cada lado del cuerpo del chico, lo apretujaron contra esta encerrándolo en una jaula de músculos. Teniéndolo tan cerca, la esencia del humano llenó sus fosas nasales. Su olor era fresco, lleno de matices desconocidos. En ese momento, decidió que aquella presa era suya; solo suya y que no la compartiría con nadie, ni siquiera con los cachorros.

Miguel se sintió molesto ante la invasión de su espacio personal. Se dio la vuelta para quejarse, pero al levantar el rostro, la mirada oscura e ilegible en los orbes dorados del hombre lo confundieron y paralizaron.

Por varios segundos, ninguno de los dos dijo nada. El muchacho se sintió preso de aquellos ojos hipnóticos, sintió también como si ya los hubiera visto antes; sin embargo, las palabras pidiendo respuestas no acudieron a su boca. Así como tampoco consiguió modular que se apartara y le permitiera respirar otra esencia que no fuera la de su perfume caro, el cual estaba comenzando a marearlo. Se sintió acalorado y aturdido, también. Garmr, por su parte, se inclinó otro poco y contempló el rostro ovalado y moreno y lo analizó con detenimiento: sus ojos color chocolate eran claros, limpios y brillaban de varias tonalidades por culpa de las luces multicolores del local nocturno; sus mejillas lucían unas pocas pecas, también de color chocolate, su nariz redonda y respingada hacía que su rostro se viera joven e infantil; y sus labios llenos de color rojo cereza, exhalaban un aliento cálido y perfumado.

El demonio se sintió exultante. Su presa; su tan codiciada presa estaba atrapada entre sus garras y pronto estaría saciando su apetito. Sus ansias de probarlo ahí mismo provocaron que sus ojos destellaran de un color ámbar luminiscente. Aquello, consiguió que Miguel se sorprendiera y recuperará los sentidos.

—¿Puedes hacerte a un lado, por favor? —exigió, arrugando el entrecejo—. No puedo moverme y eso me molesta

Se sentía enfadado; no obstante, su cerebro era un borrón confuso. Podía jurar que había visto brillar de un dorado intenso los ojos del hombre que había usado una táctica tan agresiva para coquetear con él, pero ahora que lo estaba mirando con detenimiento, sus iris se habían oscurecido hasta volverse de un color verde musgo.

—¿Tus ojos…? —inquirió, un tanto confundido.

—¿Qué pasa con mis ojos? —indagó el demonio. Se había enderezado y retrocedido dos pasos, pero aún seguía plantado frente a Miguel bloqueándole el paso.

—Tienes unos ojos muy bonitos —intervino Daniela.

Miguel había olvidado por completo que se encontraba junto a él. De nuevo, se sintió confundido. Garmr apenas la tomó en cuenta, le dedicó solo una mirada y volvió a posar su atención en el muchacho. Pero ella, no desistió. No quería ser dejada de lado en el rollo que se estaba montando su compañero de clases y el chico sexy que había aparecido para interrumpir su coqueteo. No importaba si no la invitaban, con solo verlos besarse se sentiría satisfecha… Los había encontrado tan sexys hace un momento.

—Son pardos, ¿cierto? Así es como los llaman. Yo tengo un primo que tiene el mismo tipo de ojos. A veces se ven verde claro; otras, café, otras de un dorado pálido; y en el verano, una combinación de oro y verde… ¡Adoro ese tipo de ojos!

Cuando el camarero entregó el pedido de los tres enfatizando el “señor Ricardo”, la muchacha no aguantó su curiosidad. Repartió las botellas de cerveza, cogió su vaso y continuó con su charla:

—Te llamas Ricardo, ¿verdad? ¿Eres el dueño del local? Te ves muy joven para ser el dueño.

Miguel sacó su billetera para pagar al barman, pero este ya se había marchado.

—Va por la casa —anunció Garmr, dedicándole una sonrisa seductora; luego, ladeó la cabeza y respondió a la joven—. No soy el dueño; mi tío es el dueño. Yo lo ayudo de vez en cuando… —No le quedó más remedio que alentar la charla de Daniela con tal de permanecer más tiempo cerca de su presa; el muchacho pequeño se concentraba en su botella, sin intenciones de levantar la vista hacia él—. Justo ahora, está buscando bailarines para las jaulas —Se agachó una vez más y acercó su rostro al del chico—. Te he visto bailar un par de veces, ¿no te interesaría trabajar algunas noches? Mi tío paga muy bien.

El joven lo miró ceñudo, pero también perturbado e interrogante. El demonio no podía leer las emociones del varón y eso lo hizo sentirse confuso. Tampoco pudo leer sus pensamientos y, en eso, se dio cuenta de que en ningún momento había podido leerlos. Se sintió intrigado por el humano.

«¿Qué clase de criatura es está?» Se acercó otro poco y aspiró de forma sutil la esencia del joven: «Huele a humano… ¿Qué está ocurriendo aquí? ¡Cuán maravillosa puede ser mi presa!»

—¡Sí! ¡Miguel! —animó Daniela—. Tú bailas genial, deberías aceptar.

El perro del infierno esperó por la respuesta. El joven se pegó bastante a la barra e inclinó el cuerpo hacia atrás para conseguir un poco de espacio.

—No lo creo —aseveró—. ¿Te puedes mover?

Garmr sonrió. Le gustó la resistencia del humano; eso haría que el momento en que lo destrozara y devorara fuera más satisfactorio.

—¿Te llamas Miguel? —Daniela agitó la cabeza afirmando. La expresión enfadada del chico no parecía dar pie a ningún intercambio de palabras—. Migueeel… —repitió el demonio, alargando la última sílaba y agregando una nota sensual a la palabra—. Bonito nombre.

—Y yo soy Daniela, mucho gusto.

La muchacha estiró la mano para saludar. En cuanto el perro del infierno la estrechó, su cara enrojeció.

Miguel la contempló con rostro amargo. Desde un principio no tenía intenciones de ligar con ella, pero no hacía ni cinco minutos había estado coqueteando con él y le fastidiaba ver cómo se derretía por el musculoso con plata que había venido a interrumpir su conversación amena.

—Mujeres —farfulló.

Dio sorbos largos a su cerveza, ignoró al par que conversaba animado y contempló su entorno: Andrés y Erick no se veían por ningún lado, seguro ya se habían retirado; Julio se encontraba acaramelado con su nuevo chico y Javier y Cristian continuaban bailando.

A Javier se le veía molesto y Miguel entendió de inmediato el porqué. Había una chica bailando con ellos y en vez de permanecer en el medio y animar a ambos jóvenes, se mantenía muy pegada a Cristian ignorando a su amigo.

—¡Ese hijo de puta! —Depositando la botella sobre el mesón, rodeó a Garmr y tomó la mano de Daniela—. Vamos a bailar —anunció, antes de arrastrarla con él.

El demonio permaneció estático y confundido al ver como su presa lo ignoraba y huía de él. Había visto cómo sus ojos se dilataban debido a la lujuria y sentido como la temperatura de su cuerpo aumentaba; lo creía listo para seguirlo a dónde fuera. Pero, en cosa de segundos, había recuperado la compostura volviendo a su actitud fría y desinteresada. Sus siguientes intentos de recuperar su atención habían sido en vano.

«¿Por qué no ha sucumbido a mi influjo?», se preguntó: «Pero la noche es larga; no me iré de este antro hasta que consiga a mi presa.»

| Índice |

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *