Embrujo de Demonio II – Capítulo 5: El monstruo de ojos verdes, ataca (I)

Escrito por Aurora Blue

Asesorado por Maru

Editado por Michi


Miguel agarró el hombro de Javier y comenzó a bailar a su costado de manera sexy, siguiendo el ritmo del reggaeton que se oía a través de los amplificadores. Tiró de la mano de Daniela y esta imitó sus movimientos, volviendo la escena un tanto erótica. Javier sonrió mostrando su blanca dentadura al par de chicos que invadían su espacio personal y competían por su atención; seguido, se unió a la coreografía haciendo que la temperatura en la pista de baile subiera un par de grados. Cuando la música cambió a un tema ochentero, los tres jóvenes soltaron un grito emocionado y su baile se volvió frenético. Al unísono, sus agitadas voces corearon el estribillo del tema: Persiana americana, del grupo de rock argentino “Soda Stereo”.

Tus ropas caen lentamente, soy un espía, un espectador.

Y el ventilador, desgarrándote…

Sé que te excita pensar, hasta donde llegaré.

Es difícil de creer… Creo que nunca lo podré saber…

Solo así…, yo te veré…, a través de mi persiana americana…

El espíritu de Javier volvió a la vida, su risa se hizo eco con la de sus amigos y de la concurrencia; transformando el ambiente en más animoso.

—¡Qué buen tema! —exclamó Miguel en voz alta, al tiempo que agitaba su cuerpo, los brazos y daba pequeños saltitos.

—¡Sí! ¡El mejor! —estuvo de acuerdo Javier.

—¡El mejor! —secundó Daniela.

La muchacha se veía pequeña entre los dos jóvenes. Aunque ninguno de ellos era muy alto, su metro cincuenta y tres alcanzaba apenas la altura de media cabeza de Miguel, con su metro sesenta y dos y un poquito menos del metro sesenta y cinco de Javier… Bailaron, se sacudieron y cantaron lo que duró el tema y el que les siguió. Ya un tanto cansados, Miguel les propuso hacer un alto:

—¿Vamos por unos tragos? Me muero de sed.

—¡Buena idea! —convino la chica.

—Pero…

Javier fue arrastrado por Miguel hacia la mesa que habían reservado al llegar. Daniela lo siguió sujeta de su otro brazo, sin percatarse de lo complicado que se veía el rostro del chico. La joven quería aprovechar la oportunidad para pasar más tiempo con su compañero de clases, indagar sobre él y ver si tenía alguna oportunidad. El muchacho moreno era simpático, espontáneo, de rostro agraciado y tierno. No era una belleza como los muchachos con los que había llegado a la discoteca, pero tenía un encanto particular que hacía que las personas que pasaban algún tiempo con él, se sintieran a gusto y no quisieran separarse de su lado.

Al llegar a la sección de las mesas, Javier miró la pista de baile y con el rostro amargo, se sentó en uno de los puestos vacíos. Su pareja bailaba a gusto con la morena que los había abordado, sin siquiera notar que él no se encontraba a su lado.

Daniela permaneció parada, sintiéndose tímida. Esperó a que Miguel la introdujera en el pequeño grupo, antes de pensar en sentarse. El chico le presentó a los dos jóvenes que ya se encontraban allí, bebiendo y charlando. Julio, el más delgado con rostro en forma de trapecio, medía un metro ochenta; su cabello negro lucía unos rizos brillantes poco definidos a la altura de la nuca, sus ojos de un verde esmeralda eran risueños, su sonrisa era amistosa y encantadora. Vestía unos jeans desteñidos y una camisa de color rosa, con líneas horizontales en color gris acero, que se ajustaba a su torso y moldeaba su definido pecho.

El otro joven, Mauricio, era más fornido; su tez era blanca, su cabello rubio muy corto y sus ojos de color ámbar. Lucía un estilo de vestir militar: pantalones holgados color marengo con bolsillos tanto en el frente como en los costados de las piernas y botines negros de cuero que le llegaban a media pantorrilla, y amarraba con cordones; vestía también una camiseta sin mangas color verde musgo, no demasiado ajustada, la cual permitía apreciar bien su torso corpulento y sus brazos gruesos y musculosos. Pertenecía a alguna de las ramas de la Armada de Chile; su manera correcta de sentarse y los movimientos controlados de su cuerpo, lo delataban.

Daniela de forma inconsciente se lamió los labios, lo que provocó que una sonrisa pícara iluminara el rostro rectangular del muchacho. Sus ojos suspicaces la evaluaron, pero no hizo ningún movimiento hacia ella ni la delató con el resto, tan solo se llevó su bebida a los labios y se concentró en la conversación que había iniciado su compañero.

Con el rostro encendido, la joven se acomodó con torpeza en la silla desocupada al lado de Javier.

—¿Un ron cola?

Miguel se había quedado parado y se encontraba preparando una bebida. Daniela creyó que la pregunta iba dirigida a ella, pero cuando alzó la mirada para responder, el joven tenía su atención puesta en Javier. Le acercó el vaso con el trago a este.

—No quiero nada. —Javier se encontraba enfurruñado, miró de nuevo hacia la pista de baile y al no ver ningún cambio en la escena que ya había presenciado, devolvió su atención al celular que tenía en las manos.

Miguel suspiró, luego tomó otro vaso y se volvió hacia Daniela.

—¿Te sirvo uno a ti?

—Sí, gracias, pero bien suave.

La muchacha le sonrió, pero Miguel se dedicó a preparar su bebida y poca atención le prestó. Eso la desilusionó. El chico vertió una cantidad moderada de ron, llenó el resto del vaso con Coca Cola y se lo entregó; para luego, sentarse en la silla frente a ella. Mientras bebía, Daniela se preguntó para qué la había invitado a unirse a su grupo. El muchacho parecía disperso y algo disgustado. Su atención se dirigió a la pista de baile, al mismo lugar donde había estado mirando Javier, y un ceño molesto apareció en su rostro.

—¿Bailemos, rubio? —Miguel se inclinó hacia adelante y se acercó al rostro de Javier—. Están tocando el tema que te gusta… —se volvió hacia Daniela—. ¿Quieres bailar?

Está vez, la muchacha entendió de que iba la cosa. Iba a hacer el papel de una tercera rueda conveniente. Era común que los chicos gays bailaran con una chica en el medio para no ganar el odio de algunos homofóbicos. En esta era, ya no existían tantos prejuicios hacia las personas con diferentes inclinaciones sexuales, pero la discoteca en la que se encontraban no era exclusiva para la gente de la comunidad LGBTI; así que siempre podían encontrarse con gente poco tolerante que quisiera iniciar una pelea y, los incidentes en los baños o a la salida de las discotecas, no eran poco frecuentes.

—¡Claro, que, sí!  —respondió con entusiasmo—. A mí también me gusta ese tema.

Estaba casi segura de haber visto a Miguel en una cita con una chica algún tiempo atrás, lo que significaba que era bi, lo que también significaba que tenía una posibilidad con él. Después de todo, el muchacho a su lado parecía tener pareja y los otros dos estaban emparejados. Él era el único soltero y disponible en el grupo.

—No, bailen ustedes. No estoy de ánimos.

El rostro de Javier continuaba apagado. Miguel se levantó, lo sujetó del brazo y lo jaló hacia arriba.

—¡Vas a estar amargado y enfurruñado por culpa de ese weon! —reclamó.

—No te metas, Miguel —advirtió Javier.

—Vamos a bailar, no estropees el ánimo de todos con tu cara de natre*

—¡Sí! ¡Bailemos, chicos! —intervino Daniela, tratando de aligerar el ánimo—. Están poniendo más temas ochenteros.

Se había levantado de su asiento para enganchar uno de los brazos de Javier como lo había hecho antes, pero una nueva presencia imponente se plantó frente a ella. El rostro de este joven era muy atractivo: su pelo rubio se apreciaba corto y se mantenía peinado hacia atrás con algún tipo de gel para el cabello; sus ojos azules eran agudos e intensos; sus labios eran finos y los ángulos de su rostro rectangular, más duros que los de Mauricio y su tez lucía dorada, como si se hubiera bronceado hace muy poco. Vestía unos jeans oscuros que abrazaban sus gruesas piernas y, su camiseta ajustada en cuyo costado izquierdo se podía leer de forma vertical, el logo: “Champion”, apretaba de forma pecaminosa su torso musculoso.

¡Cómo mierda hace Miguel para tener amigos tan calientes!, se preguntó Daniela.

Pero el joven no se veía contento. Sus brazos de bíceps protuberantes, cubiertos de tatuajes, estaban cruzados sobre su pecho y miraba al par de jóvenes frente a él con cara de pocos amigos.

—¿Por qué te fuiste y me dejaste solo en la pista de baile? —preguntó, parándose frente a Javier.

—¡Ah! ¡Te diste cuenta de que Javier se había marchado! —acotó con ironía Miguel.

—Miguel —le llamó la atención Javier.

—Te veías demasiado entusiasmado bailando con la morena que se sobaba encima tuyo —continuó el muchacho, ignorando a su amigo.

Se interpuso entre Javier y Cristian, dejando al chico delgado escondido tras su espalda, fuera de la vista de su novio.

—¡Miguel! —lo reprendió una vez más Javier.

—No te metas, enano —le advirtió Cristian, de forma amenazadora.

—O, ¿qué?  —increpó Miguel.

Al muchacho le molestaba…, ¡le emputecía! la pareja de su amigo. A veces era tan controlador con él; otras, lo ignoraba como si no existiera. Sobre todo, cuando se encontraban en lugares concurridos.

Cristian se movió a la derecha y tomó el brazo de Javier para sacarlo de detrás de Miguel. Una vez lo tuvo enfrente, se agachó y acercó su rostro al del joven.

—Me dejaste tirado. ¿Te enojaste conmigo?

—¡Y como no va a estarlo, pedazo de mier…!

—¡Miguel, no te metas! —Esta vez, tanto el tono como la mirada que le dedicó Javier, no dieron pie a réplicas.

Cristian también le advirtió con su mirada ceñuda que no se metiera en los asuntos de ambos. El chico había sido una peste desde que comenzó su relación con Javier y, aunque su novio aseguraba que el cariño que sentían el uno por el otro era de hermanos, él no era estúpido y podía distinguir un interés romántico donde lo veía. No estaba seguro de si Javier no lo notaba, o no quería verlo, pero no había duda de que el enano se moría por su chico.

Miguel se sentó de nuevo en su silla, Daniela lo imitó. El muchacho moreno se cruzó de brazos y estuvo al pendiente de la interacción de ambos jóvenes. Su pierna izquierda comenzó su habitual sacudida nerviosa, debido a que él hacía presión con el talón de su pie sobre el piso, al tiempo que se mantenía a la expectativa de intervenir si el cabeza de músculos se ponía agresivo. Pero, para su decepción, nada violento ocurrió.

Javier continuó enfurruñado y se negó a responder a Cristian. Metió las manos en los bolsillos de sus jeans, cruzó su pie izquierdo delante del derecho y comenzó a barrer el piso con la punta de su zapatilla; su atención puesta en cualquier parte menos en el rostro de su chico. Se sentía celoso, frustrado y demasiado molesto. Quería gritarle a todas las golfas que se comían con los ojos a su novio, que el hombre era suyo. También, colgarse de él como un koala y darle un beso apasionado, tan profundo que con su lengua consiguiera saborearle hasta las amígdalas, solo para reafirmar sus palabras, pero sabía que el otro joven no le permitiría hacer ni lo uno ni lo otro. No aquí, al menos.

Resopló, cuando percibió por el rabillo del ojo como dos rubias teñidas miraban con cara de hambre a Cristian.

Se una perra digna…, se una perra digna, se repitió, para calmar su enojo.

El otro joven soltó un suspiro cansado y lo sujetó de la barbilla. La acarició por unos cuantos segundos; luego, lo obligó a levantar el rostro.

—Bebé, ¿de verdad estás enojado? —Los ojos de Javier se apreciaban heridos y molestos. Sus dientes apresaban el borde de su labio inferior en un puchero infantil. Aquello, hizo reír a Cristian—. Bebé… —Volvió a acariciarle la barbilla—. Ya te dije que no me gustan las de su tipo.

Miguel chasqueó la lengua ante el tono meloso del joven que, a él, le sonaba demasiado cínico. Julio estiró el pie y le pateó el costado de la pantorrilla con fuerza. El chico soltó un ruidoso: “¡Auch!” y le dedicó una mirada asesina.

—¡Ya, párale! —musitó Julio, con una mirada de advertencia.

Miguel volvió a chasquear la lengua.

El muchacho alto había estado observando su intercambio de palabras ácidas y no había intervenido porque sabía que no llegaría a mayores.  Cristian, con toda su musculatura y pese a sus defectos, no era un tipo violento; al contrario, era muy correcto y atento. Con el único que perdía los estribos era con Miguel; pero, aun así, se controlaba. Por lo que a su amigo no le quedaba otra que aplacar su irritación él solo; el otro chico no atendería a sus provocaciones.

—Me voy a mi casa —informó Javier a sus amigos—. No estoy de humor para seguir de farra.

Javier no se sintió satisfecho con la explicación de su novio. Con el rostro aún enfurruñado, cogió su chaqueta del respaldo de la silla y se dispuso a ponérsela, pero no pudo. Miguel sujetó uno de los extremos de esta y se lo impidió.

—¡¿Qué?! ¡Tan pronto! —La mirada acusatoria de Miguel de inmediato se dirigió hacia Cristian; para luego, mirar a Javier un tanto abatido—. Pero aún es temprano.

—¡No estoy de humor, dije! ¡Me quiero ir a mi casa! —Jaló su chaqueta consiguiendo liberarla y en seguida se la puso.

Miguel estalló. Se levantó de su asiento y apuntó con uno de sus dedos a Cristian.

—¡Te vas a ir a casa por culpa de este maricón!

El rostro del aludido se puso rojo al ser nombrado con tal desprecio. Se plantó delante de Miguel para advertirle que no aguantaría más de sus majaderías, pero este lo esquivó y, como de costumbre, toda su atención se centró solo en Javier.

—No seas infantil, rubio. No puedes irte solo porque tu “novio” —El muchacho levantó ambas manos e imitó con los dedos un par de comillas—, se estaba dejando manosear por aquella morena caliente en la pista de baile.

—Miguel, ya es suficiente —lo reprendió Julio.

Por increíble que pareciera, era el único capaz de controlar el temperamento volátil del muchacho moreno. Su tono de advertencia hizo que el genio de Miguel se apaciguara un poco; solo un poco.

—¿Qué? No he dicho más que la verdad. Siempre que salimos con ellos, Javier se amurra por culpa de Cristian. A ti también te molesta.

—¡Y, eso, sigue sin ser asunto tuyo! —advirtió Cristian.

—¡Claro que sí, cabeza de músculos! ¡Javier es mi amigo!

—¡Ja! ¿Solo por eso? —inquirió con ironía, el otro chico.

—¡¿Qué?! ¡¿Tienes algo que decir?! ¡Dímelo a la cara, cuico [2] de mierda…!

Julio agarró a Miguel del brazo y lo obligó a sentarse. Si no intervenía, este haría una estupidez de la cual se arrepentiría más tarde. Le gustase, o no, Javier no iba a terminar con el otro muchacho porque a él le parecía desagradable; por el contrario, el muchacho rubio estaba demasiado enamorado de este como para atender razonamientos. Él lo conocía de sobra, podía dar fe de ello.

Miguel forcejeó; sin embargo, no consiguió liberarse.

—Suéltame, Julio. No te metai‘, no es problema tuyo.

—Tampoco tuyo —le recordó este.

—¡Suéltame kutri ñuke! ¡Qué me solti’, longko pinín…!

Al tiempo que aumentaba su cólera, más garabatos en mapudungun [3] salían de la boca de Miguel. El chico podía olvidarse de cómo se pronunciaban algunas palabras, pero no de cómo decir groserías. Su padre, profesor de sociología de la Universidad de Temuco y maestro de mapudungun de su comunidad, lo había reprendido de pequeño tantas veces por lo torpe, despistado y poco inteligente que era, que aquellas palabras se habían grabado a fuego en su subconsciente.

Daniela observaba la escena un poco cohibida y asustada; le preocupaba que Miguel y Julio se agarraran a golpes, considerando lo molesto que se veía su compañero de carrera. Mauricio, en cambio, quién era consciente de la fuerza de su pareja, temía que terminara lastimando al muchacho moreno debido a la presión que ejercía sobre la muñeca de este. Julio, por otro lado, hacía todo lo posible por no matarse de la risa al ver la cara arrugada de Miguel producto de su enojo y al escuchar sus insultos en su lengua materna.

—¡Füta kozo! ¡tuf tipaye! ¡Pirulonko…!

—¡¡Para la wea, Miguel!! —Javier soltó un grito que hizo que Miguel terminará de forcejear y que, tanto este como el resto de los muchachos, centraran su mirada en él. Era tan raro verlo así de molesto—. ¡Me voy porque me quiero ir! ¡No es asunto tuyo!

Se acomodó la chaqueta, le dio un beso en la mejilla a Daniela, asegurándole que había sido un gusto conocerla y se giró para encaminarse a la salida. Cristian también cogió su chaqueta y partió tras él.

—¡Bien! ¡Váyanse, longkos pinín! —les gritó Miguel, levantando el dedo medio.

Cuando Julio por fin lo soltó, se levantó de su asiento, lanzó un puñetazo al rostro del chico (el cual, este esquivó); para luego, frustrado, agarrar el vaso de licor que no se había servido Javier y tomárselo de un trago. Después, le mostró el dedo medio al muchacho delgado e invitó a Daniela a bailar. La chica aceptó de inmediato, aunque aún se le veía algo nerviosa.

—Tu amigo es bien polvorita —acotó Mauricio, cuando el par de jóvenes se alejó.

—Sí —estuvo de acuerdo Julio—, pero eso solo lo hace más encantador. —De repente, estalló en carcajadas—. ¡Ja, ja, ja! ¡Füta kozo! ¡Ja, ja, ja!

—¿Qué es lo gracioso? —preguntó Mauricio, con una sonrisa en sus labios. La risa chispeante de Julio había hecho aflorar la suya.

—Me dijo Füta kozo. ¡Ja, ja, ja! —El otro chico lo miró sin comprender—. Vagina grande —explicó.

—¡Ohh! ¡Ja, ja, ja!

Mauricio también estalló en carcajadas. Luego de unos momentos, se secó el par de lágrimas que se agruparon en las esquinas de sus ojos y preguntó en tono sugestivo:

—Y, ¿puedo verificar?

Julio lo miró de forma maliciosa unos segundos, luego habló:

—¡Por supuesto! —afirmó con voz lasciva y el deseo centelleando en sus iris claros—. ¿Me acompañas al baño?

Se levantó de su puesto y se encaminó a los sanitarios; Mauricio lo siguió sin demora.


Esta expresión se hizo popular gracias a Shakespeare en su obra trágica “Otelo”, escrita hacia el año mil seiscientos. En ella, hace alusión a la mezquindad insidiosa que provoca la furia ciega de Otelo, quien asesina a Desdémona en el lecho conyugal trastornado por el “monstruo de ojos verdes”: los celos.

[1] El natre es un arbusto de flores violetas o azulinas que aparecen a finales del verano, principalmente en la zona norte de Chile. Su uso es medicinal y sirve a muchos propósitos. De él se utilizan las hojas, los tallos y sus delgados pelados. Su infusión es muy amarga, al estreno que es imposible para una persona no arrugar el rostro cuando la bebe; de allí, la expresión. El fruto es considerado venenoso.

Fuente: https://resumen.cl/articulos/el-natre

[2] La palabra “cuico” proviene del quechua y significa lombriz en ese lenguaje. El uso de este término despectivo era ocupado para referirse a los bolivianos, en su condición de forasteros en Chile. Este término cambió su significado a inicios del mil ochocientos, en el tiempo en que Bolivia comenzó a adquirir riquezas debido a sus minas en Potosí. De ahí, que se atribuye el término “cuico” a la gente con un estrato social alto.

Fuente: http://etimologias.dechile.net/?cuico

[3] El mapuche, también conocido como mapudungun (del autoglotónimo mapudungun, ‘lengua de la tierra’) o araucano,​ es el idioma de los mapuches, un pueblo amerindio que habita los actuales países de Chile y Argentina.

Fuente: http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-3594.html#presentacion

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