Embrujo de Demonio II – Capítulo 6: El monstruo de ojos verdes, ataca (2)

Escrito por Aurora Blue

Asesorado por Maru

Editado por Michi


Javier avanzó a tranco largo en dirección al estacionamiento. Tanto era su enojo, que no se fijó en el camino y se dobló el pie por culpa del desnivel del pavimento. Cristian lo atrapó en el acto, impidiendo que cayera. El muchacho se soltó de su agarre y continuó su camino sin voltearse a dar las gracias, siquiera. El contoneo discordante de su cuerpo a causa del traspié que sufrió eclipsó su actitud de diva enfurruñada, pero no le importó; aquello no desinfló su enojo.

Recordaba dónde Cristian había estacionado el vehículo; así que llegó junto a él en cosa de minutos. Al detenerse frente a la puerta del copiloto, una vez más, su admiración por el enorme Jeep le hizo pegarse a este y acariciar la carrocería con ternura.

Temprano, cuando el muchacho lo había pasado a recoger, casi se cae de culo al ver el monstruoso coche que manejaba. El Jeep Wrangler JK Unlimited Rubicon, era más grande y de ruedas más altas que el Sport 3.6 AT de Julio. Él siempre había mirado con envidia el coche de su amigo de la infancia y soñaba con comprarse uno parecido algún día; sin embargo, este modelo superior consiguió que se le cayera la baba.

Con un motor de 3,6 litros, transmisión automática de cuatro velocidades, neumáticos de tracción de 35 pulgadas; tubos del eje más resistentes, sistema 4×4; el cual incluía también un comando por voz integrado con sistema Bluetooth, puerto remoto USB, controles de audio montados al volante de dirección, conectividad Google, Android, Apple CarPlay [1] y un ahorro de combustible combinado de 100 litros por kilómetro, era el sueño húmedo de todo chico.

No era un modelo Off Road de competición como el TJ; no obstante, su diseño que combinaba líneas clásicas y toscas; con su parachoques de fierro, el cual sobresalía en el frente y su tubo de escape exterior que salía desde la cubierta metálica del neumático del copiloto y se erguía hasta llegar al techo, lo convertía en un diseño versátil, apto tanto para el campo como la ciudad.

Javier se pegó más al jeep; la fricción de su cuerpo contra la carrocería cromada en color rojo vino, por poco consiguen que experimente un orgasmo.

—Te gustó mi jeep, ¿eh?

Cristian había alcanzado al muchacho. El aliento cálido de este cerca de su oído, hizo que el cuerpo del otro se estremeciera, su voz ronca provocó que soltara un gemido.

—Dicen que los hombres que compran coches grandes, lo hacen para compensar alguna deficiencia —comentó Javier, en tono despectivo.

—Tú sabes que no es así —se defendió Cristian, con aire de suficiencia.

—Yo no sé nada… —negó el muchacho, no queriendo satisfacer el ego de su novio—. Quizás, la deficiencia está en la falta de neuronas.

—No seas perra, Javier.

—¡Soy perra! Y, ¿qué?

Cristian lo sujetó de los hombros, le dio la vuelta y lo obligó a enfrentarlo.

—Javi…

—Quiero irme a mi casa —demandó, sin levantar la mirada.

Había pedido a propósito que lo recogieran en casa, para aprovechar y pasar la noche en el departamento de Cristian. Si todo resultaba como esperaba, hubiese extendido la estadía todo el fin de semana… Dos días enteros de sexo y más sexo habían sido sus intenciones, pero por culpa de la morena, esa, tanto su humor como su oportunidad se habían esfumado.

—Mierda, Javier. Habíamos hecho planes para esta noche.

—¡No me interesa! —Levantó el rostro y mostró a Cristian tanto su enojo como su desilusión—. ¡Te dije muchas veces que no quería hacer un trío! —Se sacudió las manos de su chico y se cruzó de brazos—. Lo dejé claro cuando lo propusiste el otro día, cuando volviste a sacar el tema ayer y cuando lo insinuaste mientras estábamos esperando nuestros tragos en la barra. —Soltó un resoplido—. ¡Soy gay, Cristian! ¡¡Gay!! ¡Nunca me he acostado con una mujer y no me interesa hacerlo…! —Se pasó las manos por el cabello, su expresión se veía muy irritada—. ¡¡Mierda!! —rechistó, luego se alejó en dirección a la discoteca—. Voy a pedirle a Julio que me vaya a dejar.

—¡Espera! —Cristian lo sujetó del brazo y no lo dejó avanzar—. Lo siento, ¿ok? —Javier se negó a mirarlo, pero a él no le importó. Continuó hablando—: Me comporté como un cretino. Lo siento, de veras.

—Como un cerdo —agregó Javier—, un califa, como un cabeza de músculos.

El tono de voz del muchacho había cambiado de furioso a solo molesto, con un dejo infantil en sus profundidades. La facilidad con la que su furia se apagaba, lo cual lo predisponía al diálogo, era una de las cosas que más le gustaban de él a Cristian; quien era reacio a los pleitos. Lo rodeó del cuello con uno de sus brazos y lo apegó a su pecho, repartió varios besos sobre el costado de su rostro buscando aplacar su furia (apenas rozando la comisura de sus labios) con la intención de incitarlo a pedir más. Luego, lo estrechó más cerca rodeando con el otro brazo su cintura; seguido, suspiró contra su sien. El hecho de que Javier no lo hubiese alejado dándole un codazo, era una buena señal.

—Perdóname, bebé. Nunca más lo volveré a mencionar. —Javier chasqueó la lengua—. Es en serio, lo prometo. Además, no es que me muriera por hacer un trío. Solo era… curiosidad.

—La curiosidad mató al gato —señaló en tono de reproche, el muchacho.

—Lo sé, lo sé. Nunca más… ¡Promesa de scout!

—Nunca has estado en los scouts —se burló, Javier.

—Y tú, ¿sí?

—¡Claro que sí! Julio me arrastraba a toda la mierda que sus papás lo inscribían… También soy mudansha, quinto kyu.

—¡Oh! ¡Un cinturón azul!

Cristian mordisqueó la oreja de Javier, este de inmediato se estremeció.

—S-Sí… Por lo que debes tener cuidado de enojarme, de ahora en adelante… ¡Ngh!

La amenaza, que pretendía ser feroz, se desinfló cuando Cristian metió la lengua dentro de su oído.

—Con razón, eres tan flexible —comentó.

El rostro de Javier se tiñó de un intenso rojo. Pese a su experiencia y a ser bastante desinhibido, recordar sus proezas en la cama siempre lo hacían sentir avergonzado.

—¡Estoy hablando en serio, Cristian! —Su voz, en un tono bastante infantil, no provocó nada del miedo que quería hacer sentir.

—Lo sé…

El chico continuó lamiendo la oreja del muchacho, ignorando las advertencias que se le hacían. Rodeó con más fuerza su cintura, apretando su trasero contra la erección que ya comenzaba a levantarse. Luego, bajó la mano que envolvía su cuello y la metió dentro de la camiseta. Ascendió despacio con ella, rozando solo con la punta de sus dedos la fina piel, hasta alcanzar uno de los pequeños pezones. De inmediato, se apoderó de la argolla que lo atravesaba y jugó con ella. Su pareja jadeó y se retorció. A Cristian le parecía increíble que, en un impulso, Javier se hubiera perforado ambos pezones. Eso hacía ver su lampiño pecho muy atractivo: el oro resplandecía sobre la pálida piel dándole un toque sensual a su delgada figura, lo que encendía su libido como jamás hubiera imaginado. Además, de que los había vuelto ultra sensibles y eso le gustaba mucho.

Soltó la cintura del muchacho y palpó su entrepierna; el bulto ahí ya era prominente. Volvió a morder su oreja, disfrutando de los ruidos ahogados que profería. Cuando quiso hurgar dentro del pantalón, Javier se lo impidió. El chico manoteó ambas manos intrusas, se apartó y se acomodó la ropa. Si seguía sumergiéndose en aquel placer, perdería el foco y el necesitaba dejar las cosas claras.

—¡No estoy bromeando, Cristian! ¡No habrá otra oportunidad! —enfatizó.

—Lo sé, precioso. No lo volveré a hacer —aseguró en un tono sincero. Sujetó a Javier de los hombros y le dio la vuelta para poder mirarlo a la cara—. Bebé, escucha… Sí, me hubiese gustado hacer un trío con la tipa esa… ¡Con cualquier tipa! —corrigió, al ver la ira arder en los pequeños ojos de su chico—. No lo voy a negar, pero no te voy a obligar a ello. Yo solo pensé que la idea era caliente, pero no importa, no lo haremos. ¡Nunca! —aseguró, con la mano puesta en el corazón.

Javier aceptó la promesa y sonrió. La tensión en su cuerpo se fue de inmediato. Se puso de puntillas para demandar un beso; a lo que Cristian, accedió de inmediato.

—A todo esto, te veías demasiado caliente bailando pegado al enano…

—¡Se llama Miguel! —lo reprendió Javier. No permitiría que la animosidad entre ellos se extendiera a su relación. No iba a tomar parte por ninguno de los dos.

—Miguel, ¡ok! —estuvo de acuerdo Cristian, arrugando la nariz—. Pero, en serio. Te veías muy caliente… —Su voz se volvió más lánguida y ronca—. Tú bailando en medio de Miguel y la otra chica… —Un pequeño gemido escapó de sus labios—. Demasiado caliente.

El susurro ronco estremeció todo el cuerpo de Javier. Cerró los ojos, metió la lengua en la boca de su chico y profundizó el beso. Cristian lo agarró de las caderas y lo hizo retroceder hasta acorralarlo contra el jeep.

—¿Tan caliente…? —preguntó Javier, cuando se liberó para tomar un poco de aire.

—Ver cómo te toqueteaban ambos, me puso muy duro.

Lo apretó contra la puerta del vehículo y presionó su erección contra el estómago del muchacho para demostrar la veracidad de sus palabras; seguido, se restregó contra su delgado cuerpo.

Javier, gimió.

—¿T-Tan duro…? ¡Ngh!

El miembro erecto de Cristian se frotó con rudeza contra el vientre de su chico, al tiempo que su boca descendía para mordisquear su oreja y su cuello. Javier soltó un gemido estrangulado. Se agarró de la cintura de su compañero y comenzó un vaivén excitado sobre el muslo de este e inició otro beso, atacando sus labios con renovada pasión. La intensidad de aquel contacto hizo sentir al muchacho pequeño aquel mareo conocido que antecedía a la sobre excitación; el cual le nublaba por completo el juicio. Saboreó con su lengua el paladar, las encías y los dientes de su pareja.

A Javier le encantaba besar. ¡Le gustaba mucho besar! Según él, un beso no era solo un intercambio de saliva: era degustarse, tantear el terreno, confiar, entregarse…; para él, la afinidad de una pareja dependía de la maestría con la que sus bocas y cuerpos se complementaban a través de un beso.

Cristian agarró los glúteos de su chico con ambas manos y lo elevó del suelo, este de inmediato enrolló las piernas en sus caderas. La fricción de ambos miembros siendo restregados juntos hicieron que Javier soltara más gemidos; los cuales, él absorbió dentro de su boca.

La agitación en sus cuerpos aumentó sobremanera.

—Bebé… te deseo —declaró Cristian. Los ojos de este se hallaban nublados producto de la lujuria; su rostro rojo, debido a la excitación.

Volvió a besar al muchacho pequeño e intensificó la oscilación de sus caderas. Javier lo volvía loco, el hambre que despertaba en él era algo que no había sentido nunca antes. Se apartó de su boca y lo devolvió al piso. Buscó las llaves del coche en el bolsillo interno de su chaqueta y abrió la puerta trasera con prisa.

—Entra al Jeep —ordenó.

—¿Aquí?

Javier se sintió confundido. Miró en todas direcciones. A pesar de que era casi de madrugada y que no se apreciaba gente en los alrededores, siempre cabía la posibilidad de que alguien los viera y su chico no era muy dado a las demostraciones públicas.

—Sube al auto, de una vez —lo urgió Cristian.

—Pero… nos pueden ver.

—El jeep tiene vidrios polarizados, ¿recuerdas?

Le palmeó el trasero y lo apuró. El muchacho hizo caso: se subió al vehículo y se acomodó al final del asiento. Cuando Cristian se montó y puso seguro a la puerta, trepó al regazo del joven y se abalanzó sobre su boca. Sus caderas de forma automática comenzaron un vaivén excitado sobre la dura longitud de su pareja. Pronto, los gemidos fueron subiendo en intensidad dentro del espacio reducido del jeep. Javier mantuvo el contoneo sobre la pelvis de Cristian, avivando la lascivia de este, disfrutando de cómo su erección aguijoneaba contra su trasero; eso, lo excitó aún más. Las manos del otro muchacho vagaron por la espalda de su chico, por sus caderas, su pecho. Levantó la camiseta del muchacho delgado hasta sacarla por su cabeza; con el lampiño pecho al descubierto, se agachó y mordió los pezones tirando de las argollas como a este tanto le gustaba.

Javier jadeó y se restregó sobre la erección de Cristian con más fuerza, provocando que aquella deliciosa fricción lo llevara casi al borde.

—¡Ngh…! Creo que voy a acabar… ¡Hah! —anunció, con voz entrecortada.

—¡Aun no! —lo previno Cristian.

Maniobró con él y lo recostó sobre el asiento; luego, desabrochó los jeans del muchacho y le ayudó a quitárselos, junto con la ropa interior. Acto seguido, se estiró para sacar de la guantera del vehículo un tubo de lubricantes y un paquete de condones.

—¿Vamos a llegar hasta el final? —preguntó Javier, cada vez más confundido por el comportamiento del chico.

—No creo aguantar a llegar a mi departamento —explicó, al tiempo que abría el tapón del envase y vertía sobre sus dedos una generosa cantidad.

Tomó una de las piernas de Javier y la colocó sobre su hombro. De esa forma, tuvo un mejor acceso a la fruncida roseta del chico. Introdujo dos de sus dedos; los cuales, apenas obtuvieron resistencia.

Javier gimió y se montó sobre ellos.

—¿Qué ideas traías en tu cabeza, pequeño caliente? —indagó Cristian, al ver como el anillo de músculos cedía con tanta facilidad.

—Me preparé. ¡Ngh…! En casa… —jadeó su respuesta— No quería… perder tiempo al llegar a tu departamento… ¡Hah! Ya estoy listo… Por favor, entra en mí.

Cristian obedeció. Sacó los dedos del trasero de su pareja, bajó sus pantalones y su ropa interior hasta las rodillas, se enfundó con el condón y acomodó el trasero del muchacho más cerca de su pelvis para poder penetrarlo. El espacio era reducido y no tan cómodo como le hubiera gustado; no obstante, su excitación era mucha y se las arregló para maniobrar la figura menuda, instruyendo a Javier para que enrollara una de sus piernas sobre su cadera. Con la otra aún sobre su hombro, pudo zambullirse en el estrecho canal con mayor facilidad.

—¡Nghh…! ¡Dios…, bebé! ¡Tú interior se siente tan bien…!

—¡Por favor, muévete…! —demandó Javier— ¡Nghh! ¡No me hagas esperar!

El muchacho musculoso se enterró hasta la mitad, luego se salió casi por completo. Repitió está acción varias veces: primero lento; luego, cuando el interior de Javier se sintió menos tenso, aumentó el ritmo de las estocadas entrando tan profundo como podía.

—¡Sí! ¡Así…! ¡Así me gusta…! ¡Hah! ¡Más duro, Cristian! ¡Fóllame más duro…! ¡Nghh! ¡Tan… bueno!

Javier no paraba de balbucear. Su rostro estaba rojo, su pecho perlado a causa de la transpiración; aquella era una visión muy erótica, imposible de resistir para Cristian. Se agachó y lo besó, el chico se agarró de su cuello y profundizó el beso. Luego, se separó para aumentar la velocidad de sus embestidas. Su orgasmo estaba construyéndose muy a prisa, su liberación estaba demasiado cerca.

—Oh, precioso… Tu interior me aprieta con tantas ganas… ¡Hah! ¡Ya estoy… muy cerca!

—Yo… Yo… también.

La cabeza de Javier comenzó a golpear contra la puerta del asiento trasero debido a la ferocidad con la que el otro muchacho se empujaba en su interior, pero el chico no se quejó; al contrario, se sujetó al respaldo del asiento delantero y se impulsó para encontrarse con las embestidas de su pareja. Pronto su ritmo se hizo inestable, su cuerpo se sumió en el intenso placer.

—¡Hah…! ¡Ya casi estoy ahí…! ¡Ngh!

El muchacho fornido cogió la erección de Javier y la recorrió de arriba abajo con su mano lubricada. El chico comenzó a contonearse de manera desenfrenada, atrapando tanta fricción como le era posible. El fuego en su vientre se construía con prisa, haciéndose camino hacia el exterior.

—¡¡Nghhh!!

Con un largo gemido, chorros y chorros de líquido espeso y nacarado fueron expulsados sobre su pecho. Cristian lo siguió casi al instante. Con unos cuantos empujes más, vacío todo el contenido de su lujuria dentro del condón. Ambos permanecieron entrelazados, respirando con dificultad por varios minutos; las reminiscencias del orgasmo no los abandonaron de inmediato.

—Eso… estuvo genial —declaró Javier, una vez consiguió respirar con normalidad.

—Sí… Demasiado bien.

Cristian se salió del cuerpo del chico, lo ayudó a acomodarse en el asiento y le alcanzó su ropa, luego se estiró y sacó de la guantera un paquete de pañuelos desechables, se deshizo del condón y se limpió con ellos; seguido, arregló su ropa y bajó del vehículo para acomodarse tras el volante. Una vez vio que Javier se encontraba del todo listo, arrancó el motor.

—Entonces…, ¿te llevo a tu casa? —preguntó.

—¡¿Me estás vacilando?! —exclamó Javier, en tono ofendido.

—¡Ja, ja, ja! —Cristian se rio del puchero infantil del muchacho—. Ponte el cinturón —exigió.

Pero este no obedeció de inmediato. Se pasó al asiento delantero contorsionando su cuerpo por entremedio del espacio que quedaba entre ambos asientos. Una vez acomodado, se colocó el cinturón de seguridad.

—¡Estoy listo! —anunció.

—A tu casa, ¿entonces? —repitió Cristian, solo para molestar al chico.

—¡Cristian! —gritó Javier.

—¡Ja, ja, ja! ¡Ok! No me burlo más.

Maniobró para salir del estacionamiento. Ya en la calle principal, apretó el acelerador y condujo con dirección a su apartamento; lo que le llevó apenas unos minutos.

♦ ♦ ♦

Miguel se había pasado de copas: su vista estaba borrosa, sus movimientos poco coordinados y su estómago comenzaba a revolverse. Se disculpó con Daniela antes de dirigirse al baño. Era momento de refrescarse y conseguir algo de lucidez, porque no podía regresar a su casa en esas condiciones. La chica ofreció acompañarlo hasta que se sintiera mejor; sin embargo, se negó. En vez de eso, le aconsejó que regresara con su grupo de amigos, pues él no sería buena compañía para nadie. Ella accedió, aunque en su rostro fue visible la desilusión que sintió al ser rechazada.

El muchacho moreno se sintió mal por su compañera de carrera; no obstante, no había nada que pudiera hacer. No tenía intenciones de iniciar una nueva relación con nadie, la última no había resultado nada bien. La chica con la que salía antes había sido todo comprensión y dulzura al comienzo, para convertirse en una celópata nada más llevar nueve semanas de relación. Miguel no entendía por qué todas sus relaciones acababan de la misma forma: sus parejas exigiendo más y más cuidados, quejándose de la poca atención que les daba (cosa que no era cierta), controlando las salidas con sus amigos, cuestionando su fidelidad a cada momento; él, sintiéndose cada vez más asfixiado.

Se mojó la cara con abundante agua, mojó también su cabello y nuca. Al levantar la vista, notó a través del espejo en la pared que alguien lo observaba… El tipo que lo había abordado en la barra del bar se acercaba a él con pasos lentos y medidos. Se dio la vuelta y lo encaró; su cuerpo de inmediato se tensó.

—No te ves bien —inquirió el muchacho—. ¿Necesitas que te consiga algo de medicina?

Miguel no respondió. No sabía por qué, pero había algo en el otro chico que le causaba cierta sensación de peligro. De igual forma, tampoco fue capaz de moverse ni de caminar hacia alguno de los retretes como una manera de ignorarlo y demostrar lo poco que le interesaba su compañía; permaneció en el lugar sintiendo como si sus pies estuvieran enraizados al piso, pudiendo solo observar como cada vez lo tenía más cerca.

Cuando el muchacho que se había presentado con el nombre de Ricardo se detuvo frente a él, tuvo que levantar la cabeza para poder mirarlo a la cara.

—En serio, estás muy pálido. —La mano del perro del infierno se posó en la cara de Miguel; este se erizó, pero no hizo nada por apartarla—. ¿Te sientes enfermo? —Acarició su mejilla y aprovechó la poca resistencia del joven para rodear con uno de sus brazos su cintura—. ¿Quieres que te lleve a descansar a otro lugar? —consultó, usando un tono de voz bajo y sugestivo.

El muchacho continuó sin responder, pero Garmr no tenía prisa porque lo hiciera. El velo de su seducción había sido levantado en cuanto lo siguió al baño, no había forma de que escapara esta vez. El demonio lo había estado vigilando desde su primer encuentro fallido: lo había visto bailar con la hembra humana, reír y coquetear con uno de los varones que lo acompañaban desde el inicio, comenzar una riña con otro de los jóvenes, para luego, volver a la pista de baile y dejarse llevar por el descontrol. Había resultado ser un humano bastante interesante: lleno de matices en su carácter, de complejas y explosivas emociones; las cuales lo hacían una presa bastante fácil.

Se agachó y acercó su rostro al de Miguel, este continuaba mirándolo con desconfianza; pero también, un leve rubor se había extendido por sus mejillas. El chico lo encontraba atractivo, sus pupilas se habían dilatado también, lo que indicaba que su seducción había hecho efecto y que pronto lo tendría bajo su control.

—¿Qué me dices? ¿Quieres ir a algún otro lado? —Levantó la barbilla del muchacho y la rozó con sus labios—. Un lugar más cómodo.

—Yo…

Miguel se sacudió la pesadez en su cerebro y negó con la cabeza; su boca se sentía pastosa, como si los efectos de los tragos que había bebido se hubieran triplicado. Trató de apartar al otro muchacho, pero este apretó el agarre de su cintura y no le permitió moverse. Volvió a mirarlo a los ojos. De pronto, no entendía contra qué había estado luchando. El tipo era caliente, tenía buen cuerpo, un rostro atractivo y unos ojos dorados que parecían querer devorarlo. Los contempló ensimismado y, cuando el muchacho alto se acercó e inició un beso, él no se resistió.

Fue suave y tentativo al comienzo, luego creció en intensidad y se volvió demandante y agresivo. El cerebro de Miguel era un borrón, su corazón latía de forma descontrolada y su cuerpo ardía con una fiebre que parecía le quemaría la piel. Aquella sensación era extraña y vertiginosa. Comenzó a sentirse mareado, también asustado. Todas aquellas emociones eran nuevas para él, diferentes a todo lo que conocía; demasiado asfixiantes. Intentó resistirse, escapar del beso; sin embargo, el otro joven afirmó su agarre. Lo sujetó de las caderas y lo elevó hasta sentarlo en el lavabo. Una vez sobre él, le agarró los glúteos con ambas manos y lo acercó al borde del mueble, donde su pelvis quedó pegada contra la suya. Miguel gimió y sintió la necesidad de sobarse sobre el cuerpo musculoso.  Se contoneo restregando ambas erecciones; su resistencia, una vez más se vino abajo.

Garmr intensificó el beso e hizo uso de todo su influjo para someter al chico a su control. El varón humano se pegó a él, sus piernas se enrollaron en sus muslos, la cadencia de sus caderas se volvió frenética. Los suspiros y gemidos que escapaban de los labios de Miguel incitaron al demonio, quien introdujo la lengua en su boca y saboreo todo su interior. Este lo apretó todavía más, su dureza rozando la del muchacho humano, consiguiendo que la fricción de ambas erecciones aumentara su libido. Se separó de su boca, mordió sus labios, repasó con su lengua su rostro y cuello. El sabor de su sudor sabía tal cual lo imaginaba: salado, fresco, lleno de vitalidad. El calor de su cuerpo era tranquilizador, también estimulante e incitante. Lo quería envuelto sobre él, quería saborear cada tramo de su piel brillante, beber su sangre, morder su carne, introducirse muy profundo dentro de él mientras lo hacía.

Garmr se sintió invadido por emociones que no había experimentado antes. No se había sentido de tal forma por ninguna de las hembras de su jauría, tampoco por otro humano que hubiera subyugado para tenerlo bajo su control. Esa sensación era nueva, desconocida y, a la vez, excitante. No quería parar, quería devorarlo ahí mismo, saborear más de aquella salada ambrosía. Mordió el cuello del chico, este gimió e inclinó la cabeza hacia atrás para darle mayor acceso; su pelvis rozándose contra la suya de forma descarada, intensificando su lascivia. La magnitud de aquel deseo provocó que todas las sombras de los alrededores comenzaran a aglomerarse alrededor del demonio, el aire se volvió opresor, las bombillas de la luz estallaron a causa de eso. La habitación quedó por completo a oscuras.

El perro del infierno sintió como el vacío comenzaba a envolverlo, apretó con fuerza el cuerpo del varón pequeño y devolvió su boca a los labios de este. Lo besó con intensidad… ¡Por fin tenía a su presa en su poder! Se la llevaría con él y, ¡jamás, nadie! Volvería a poner sus manos sobre esta.

—¡Ahh! ¡Duele! ¿Qué está pasando? —Miguel se separó de la boca de Garmr y comenzó a quejarse, sus manos se apretaron a su camisa, su cuerpo se encogió—. ¿Qué me pasa? ¡Duele! ¡Duele mucho!

—Tranquilo, hermoso. Pronto estaremos en casa —lo calmó Garmr.

Le sujetó el rostro e inició otro beso; sin embargo, el chico se resistió. Comenzó a sacudirse del agarre del demonio, como si el contacto con este le provocara un gran dolor.

—¡No! ¡Duele! ¡Déjame ir! ¡Duele! ¡¡Duele mucho!!

Sus puños golpearon el pecho del perro del infierno sin causar daño ni conseguir que este lo soltara. Se sentía débil, su cuerpo quemaba y le costaba respirar. Necesitaba salir de ahí, aspirar oxígeno; sentía que moriría si no conseguía un poco de aire fresco. Lo empujó y bajó del lavado e intentó apartarse. Estaba muy oscuro, pero no importaba, él encontraría la salida.

—¡Tengo… que… salir! ¡Suéltame…! —exigió con apenas voz. Garmr continuaba sujetándolo de la cintura sin permitirle moverse—. ¡Déjame… ir!

Cada vez le costaba más respirar, se sentía muy mareado también. Se sacudió las manos del otro chico, pero este volvió a sujetarlo; esta vez, con más fuerza.

—¡Mantente quieto! —ordenó este—. ¡Vas a venir conmigo a la madriguera!

—¿De qué… hablas…? ¡Por favor…, déjame salir! ¡No puedo… respirar, necesito… salir de aquí! —El cuerpo de Miguel ardía; lo sentía como si fuera a explotar o consumirse en las llamas. La sensación era asfixiante e incrementaba con cada segundo—. ¡Necesito… aire! ¡No puedo…! ¡No puedo… respirar! ¡Por… favor…, sácame de aquí! —Continuó sacudiéndose y rogando.

—¡Maldición, humano! ¡Mantente quieto!

Garmr lo sujetó de los brazos con brusquedad. Sentía el vacío casi encima de ellos, la sensación de ser absorbidos por un agujero de gusano hormigueaba en su piel; pronto se marcharía con su presa y no volvería nunca más a esta ciudad. Sin embargo, sus manos de repente ardieron. De forma automática, soltó al muchacho.

El cuerpo de Miguel se sintió sobrepasado por el ardor, el dolor se intensificó; se abrazó, gimió y varios sollozos escaparon de su boca. El demonio quiso sujetarlo de nuevo, el vacío ya se había manifestado; solo tenía que arrastrarlo y estaría de vuelta en su madriguera, donde nunca nadie pondría las manos en él. Sería suyo, por siempre, el tiempo que demorarse en devorarlo. Pero no pudo acercarse; una extraña energía emanó del cuerpo del chico: incandescente, cálida y atemorizante. Retrocedió varios pasos, tuvo la intención de huir, pero no quería abandonar a su presa. Se acercó una vez más; está vez, decidido a llevarse al humano con él. No obstante, no consiguió siquiera tocarlo.

—¡¡Ahhh!! ¡¡Duele!! ¡¡Duele!!

El muchacho sintió como si todo su cuerpo fuera lamido por abrasadoras llamas, su piel ardió, el contacto con su ropa quemó. De pronto, algo dentro de él explotó y todo el calor que lo consumía salió liberado hacia el exterior, seguido de un desgarrador grito. El cuarto se sacudió y, por unos cuantos segundos, lo bañó una luz cegadora. Garmr fue expelido por aquella luz, su cuerpo chocó contra la pared, cayó al piso y no volvió a levantarse; Miguel también perdió la consciencia.

Cuando la pareja que había ido al baño a tontear un rato entró al cuarto, se encontró a dos jóvenes tendidos sobre el piso: sus cuerpos presentaban moretones y quemaduras. Los asistieron de inmediato; sin embargo, ninguno de ellos despertó.


[1] CarPlay es un nuevo estándar que Apple Inc. ha introducido para que sus dispositivos iOS sean capaces de trabajar con sistemas incorporados por los fabricantes de coches. Se dio a conocer durante el discurso de apertura de la Conferencia Mundial de Desarrolladores Apple, el 10 de junio de 2013.

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