Embrujo de Demonio II – Capítulo 7: El monstruo de ojos verdes, ataca (3)

 Escrito por Aurora Blue

Asesorado por Maru

Editado por Michi


—Miguel despierta… —Julio sacudió al chico moreno con suavidad—. ¡¿Negro…?! —Habían transcurrido varios segundos desde que lo habían encontrado, a él y otro sujeto, tirados en el piso del baño. Había revisado sus signos vitales, examinado sus ojos, revisado en busca de lesiones y, aparte de un chichón en su cabeza y unas extrañas quemaduras en su rostro y cuello, no se apreciaba nada de gravedad—. ¡¿Qué mierda pasó?! —quiso saber—. ¡Vamos, negro, no me asustes…! —Le volvió a examinar el rostro con mucho cuidado y se giró para mirar a Mauricio—. ¿Cómo está el otro tipo?

—Tampoco despierta. —Mauricio, al pertenecer al Ejército, conocía los procedimientos básicos de auscultación en situaciones de emergencia, los cuales realizó en el muchacho trigueño—. Debemos llamar una ambulancia y al personal de la discoteca para informar de lo ocurrido.

Julio asintió. Su rostro se veía en extremo preocupado, sus manos sujetaban la cara de su amigo y repasaban las heridas de este con extrema delicadeza. Aquello hizo sentir incómodo a Mauricio, pero no se preocupó de eso, la salud de los jóvenes era lo primero.  Sacó su celular del bolsillo. En cuanto se dispuso a marcar, el muchacho a sus pies comenzó a moverse. Lo sujetó del pecho y le impidió levantarse.

—No te muevas todavía —Volvió a revisar su visión. Sus pupilas se veían dilatadas y su mirada confundida, pero no había signos de haber estado consumiendo estupefacientes—. ¿Qué ocurrió? —pregunto. El chico lo miró sin comprender, luego un brillo desconfiado y peligroso iluminó sus ojos. Su cuerpo de inmediato se tensó—. No te voy a hacer nada. Tranquilo…

La mirada de Garmr recorrió el lugar hasta centrarse en el muchacho moreno; el cual, también se hallaba tendido en el piso. De inmediato se enderezó y se encaminó hacia él.

—¡Oye! ¡No deberías levantarte aun! —lo increpó Mauricio, quien también se enderezó—. Estoy llamando a una ambulancia. Debes permanecer quieto hasta que lleguen los paramédicos.

Lo tomó del brazo para intentar devolverlo al suelo, pero el joven le dedicó una mirada peligrosa que le puso la piel de gallina y lo hizo congelarse en su sitio.

—No es necesario, me siento bien —aseguró Garmr.

Se acercó a su presa y se agachó para tomarlo. Ahora que estaba inconsciente, sería más fácil llevarlo, pero el chico junto a él se interpuso en su línea de visión. Su cuerpo cubrió casi por completo el de Miguel.

—¿Nos conocemos? —preguntó Julio en tono inquisitivo. Su cuerpo era alto, atlético y poseía músculos definidos. Había practicado disciplinas marciales desde muy joven; de ninguna manera, se dejaría intimidar por el muchacho musculoso que se apreciaba molesto por no permitirle acercarse a su amigo—. ¿Qué pasó aquí? ¿Me puedes explicar? —Quizá estaba actuando de manera sobreprotectora. Siempre había sido un tipo social que le entraba a todo y hacía amistades con todo el mundo, pero no podía no sentir desconfianza por el sujeto frente a él—. ¿Llamaste a la ambulancia? —Su mirada se alzó para increpar a Mauricio.

—Estoy en ello —informó este—.  Estaba pensando en ir a buscar a algún guardia para informar lo que ocurrió.

Tanto Mauricio como Julio centraron su atención en Garmr. El perro del infierno continuaba tenso. El que le exigieran explicaciones le molestaba; el que un simple humano no le permitiera acercarse a su presa, le molestaba. Pero, por alguna razón, sentía su cuerpo muy debilitado; por lo que accedió a responder sus preguntas.

—No estoy seguro… Estábamos “conversando” con Miguel cuando de pronto se cortó la luz… —Aquel: conversando sonó en un tono significativo. Como ya había estudiado al grupo de muchachos que tenían relación con su presa, sabía que entenderían las implicancias de aquella palabra—. Alguien me golpeó en la cabeza y… creo que también me patearon las costillas, porque me duelen bastante. —Se enderezó y hurgó entre sus ropas—. Mi celular y mi billetera están aquí; así que, no fue para robar… Voy a avisar a mi tío; él es el dueño del local. —Volvió a agacharse con el celular en una de sus manos y marcó el número. Estiró la otra e intentó alcanzar el rostro de Miguel. Este se apreciaba con quemaduras; sobre todo, en las partes que él había tocado. Sin embargo, el otro chico la apartó de un golpe—. ¿Cómo se encuentra Miguel? —preguntó. Le molestaba muchísimo esta situación; pero, también, le estaba siendo imposible controlar al par de humanos que continuaban mirándolo con desconfianza. Se enderezó una vez más y marcó otro número. El teléfono de Sebastián lo pasaba a buzón de voz; así que, imaginaba debía estar ocupado en “sus asuntos”—. No sé qué están pensando —Miró ceñudo al par de chicos—, pero yo no le hice nada… Como les dije antes, sosteníamos una amena conversación cuando la luz se cortó y alguien nos golpeó.

En ese instante, dos hombres fornidos que vestían camisetas con el logo de la discoteca entraron.

—Señor Ricardo, ¿nos mandó a llamar?

—Alguien nos atacó a mí y a mi amigo hace poco. No puedo comunicarme con mi tío, así que me gustaría que revisaran las cámaras de seguridad.

Los guardias se mostraron complicados y preocupados. El más alto de ellos informó:

—Lamentablemente, señor Ricardo, no hay cámaras en el baño. El señor Sebastián dijo que había que respetar la privacidad de los clientes… ¡Pero si hay en el pasillo! ¡Revisaremos de inmediato!

Garmr asintió y se volvió hacia los otros dos varones.

—Llevémoslo a la oficina de mi tío —sugirió.

—No es recomendable —dijo Julio—. ¿Llamaste a la ambulancia? —preguntó de nuevo a su pareja.

—Lo estoy intentando, pero no contestan. —El chico continuó marcando, con iguales resultados.

—¡Mierda! —exclamó irritado Julio—. ¡Por eso la gente muere con tanta facilidad; las ambulancias nunca llegan a tiempo! —Se agachó de nuevo para revisar el pulso de Miguel—. ¿Qué mierda pasó? ¿Cómo se hizo estas heridas? —Su rostro se volvió sombrío cuando su mirada interrogante se posó en Garmr.

—¡Ya dije que no tengo idea! —Y, era cierto. Él también se preguntaba qué había pasado cuando intentó llevárselo; que había sido ese resplandor. Levantó las manos en defensa—. De verdad, no sé lo que le ocurrió.

El ánimo del perro del infierno se volvía cada vez más oscuro. Su debilidad no le permitía controlarlos, pero seguía siendo una criatura superior con una fuerza mucho mayor a la del par. Podría con facilidad agarrar del cuello a ambos, destrozarlos y largarse de aquí con su presa, pero algo le decía que no era el momento correcto y él siempre hacía caso a su instinto. Iba a sugerir una vez más llevarlo a una de las oficinas del segundo piso, cuando notó cómo el muchacho pequeño abría los ojos.

—¡Miguel! —exclamó aliviado Julio. De inmediato acercó su rostro al del muchacho y tomó su cara entre sus manos—. ¿Qué pasó, negro?

Miguel miró a Julio con los ojos nublados y la expresión en blanco. Su mirada recorrió el rostro del muchacho que lo sostenía como si intentara reconocerlo; de pronto, soltó un suspiro y volvió a cerrar los ojos. Cuando los abrió de nuevo, su vista se apreciaba más clara.

—Hm… No lo sé —respondió. Ladeó la cabeza y recorrió con la vista el lugar. Recordaba haber entrado al baño, pero nada después de eso—. Vine al baño y… —Sus ojos se posaron en Garmr. Una extraña sensación invadió su pecho y le hizo sentir inquieto—. Yo…

—¡Hola, pequeño! ¿Te sientes bien? —Garmr se acercó y se agachó junto al chico. Esta vez, Julio no se lo impidió—.  ¿Te duele en alguna parte? —Su rostro mostró genuina preocupación. Le intrigaba la naturaleza del humano; ya se había escapado de su influjo dos veces esta noche. Solo por ello, decidió conservarlo vivo por un tiempo.

—Tú eres… —Miguel lo miró confundido, luego el reconocimiento apareció en sus ojos—. ¿El chico del bar…? Nos invitaste un trago a mí y a Daniela.

—¿Solo eso recuerdas…?

Por alguna razón, Garmr se sintió ofendido. Debería sentirse aliviado de que el muchacho no recordara el incidente de antes; había perdido el control y había dicho cosas que podían delatarlo y estropear sus planes. Pero pensar que se olvidaría de su seducción tan rápido, no le sentó bien.

—¿Qué pasó? —preguntó Miguel dirigiendo su mirada a Julio y su pareja.

—¡Eso es lo que nosotros queremos saber! —increpó el muchacho delgado—. Te encontramos tirado en el piso del baño, inconsciente, y con varias quemaduras en el rostro y cuello.

—¿En mi cara…?

Miguel levantó las manos para tocarse el rostro. En eso, Julio notó que también presentaba quemaduras en ellas.

—¡Tus manos! —exclamó. Las apartó del rostro del chico para observarlas—. ¡Qué mierda te hicieron! —Las quemaduras no se veían graves, sanarían pronto; pero, aun así, eran algo para preocuparse—. Esto es grave. Hay que llamar a Carabineros.

—¿A los pacos…? ¡No! No me duele nada, para que meter a los pacos.

—¡Esto parece un acto de discriminación racial, u homofobia! —expuso Julio—. ¡Hay que denunciar el ataque…! —Soltó un hondo suspiro—. Esta es la segunda vez que te encontramos tirado en el suelo. Ya te estás pareciendo a Javier.

Miguel hubiera puesto los ojos en blanco con la comparación, si no se sintiera mareado y un poco confundido. El amigo de ambos vivía accidentándose y echándole la culpa de su torpeza a su “mala suerte”. Intentó pararse. El chico guapo que le invitó una copa en el bar: Ricardo, recordaba se había presentado, lo cogió del brazo. Cosa que enfureció a Julio.

—¡No puedes simplemente mover a alguien accidentado! ¡No sabes qué otras complicaciones podría tener! —Lo sujetó de los hombros e intentó devolverlo al piso—. Es mejor esperar a que lleguen los paramédicos.

Miguel se sacó las manos de su amigo de encima y se sentó. El aire alrededor de ambos muchachos se sentía un poco pesado, cosa que no entendía. Julio nunca se mostraba molesto con nadie.

—Me siento bien, ¡¿ves?! No me pasó nada grave.

Cuando quiso pararse, pese a sus protestas, Julio lo ayudó. Mauricio lo cogió del otro brazo y lo afirmó. De nuevo, no permitiendo que Garmr se acercara o lo tocara. El aura del perro del infierno se volvía cada vez más negra.

—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó el chico, mirándolo desconfiado e interrogante.

—Bueno… —Soltó un hondo suspiro. Esto lo estaba cansando—. Estábamos “conversando”, animados, cuando se cortó la luz. Al parecer, alguien nos golpeó.

No fue la manera de pronunciar la palabra, sino la mirada significativa que el sujeto moreno le dedicó cuando lo dijo, lo que le indicó a Miguel que habían estado haciendo algo más que conversar en esos momentos.

—¿”Conversando”? ¿Nosotros…? —Su rostro se puso rojo. No es que no hubiera ligado con ningún chico guapo desde que reconociera su orientación sexual, pero él sujeto frente a él se veía de muy alto calibre—. ¿Nos asaltaron? —Se tanteó los bolsillos, pero sus pertenencias seguían allí. Eso lo hizo sentir más confundido.

—Al parecer, no —aclaró Garmr—. Pero no te preocupes, encontraremos a los responsables —aseguró—. Y le sugeriré a mi tío que ponga cámaras en el baño… —El rostro de Miguel, de nuevo, se puso rojo. Los otros dos jóvenes se miraron con complicidad—. Solo para que cosas como estas no vuelvan a ocurrir. No creo que a mi tío le importen las “conversaciones” privadas que puedan ocurrir aquí.

Le dedicó una mirada significativa a Miguel. Se dio cuenta de que este entendió, pero su rostro continuaba viéndose confundido. Como si hubiera algo que no encajara.

—Me siento cansado. Quiero irme a casa.

—¡Te llevo! —Se ofreció Garmr.

—Tienes que esperar a que llegue la ambulancia —intervino Julio, dedicándole una mirada desconfiada al demonio. Volteó a ver a su acompañante. El chico se encogió de hombros.

—No me han contestado.

—Ya les dije que me siento bien —alegó Miguel—. Me revisaste, ¿no? —Julio asintió—. No me duele nada, no tengo ninguna herida… Estoy bien.

—¿Y tus quemaduras?

—Bueno… Eso… —Miguel pareció pensar en algo; de repente su rostro se iluminó—. ¡Sí! Aún queda crema para quemaduras en casa. Mi madre vive quemándose, ¿tú sabes? Ella es pésima cocinera. —Intentó aligerar el ambiente. Su amigo se veía muy serio y ultra preocupado—. Solo me iré a casa. Si ocurre cualquier cosa, tengo quien me cuide. Mi mamá no tenía guardia hoy.

Julio soltó un hondo suspiro.

—Está bien. Vamos, te llevo.

—¡No! Puedo pedir un Uber, no voy arruinarles la noche.

—¡No seas estúpido! ¡No voy a dejar que te vayas solo!

Agarró firme la cintura de Miguel, este pasó su brazo por el hombro de su amigo y se dejó guiar. Sus piernas se sentían como gelatina y a su cerebro habían vuelto los efectos del alcohol; hoy se había pasado con los tragos.

A paso lento, con Mauricio al otro costado, al pendiente de su estado en caso de que hubiera que cargarlo, el grupo de tres abandonó los sanitarios.

♦️ ♦️ ♦️

Garmr se encontraba afirmado en la barra de licores, su vista mirando la concurrencia, su mente en la escena de los tres muchachos yéndose de los sanitarios olvidándose por completo de él. Todavía se sentía humillado. Una criatura tan superior, con un carisma capaz de seducir hasta el más renuente, había sido ignorado y rechazado por este par de humanos insignificantes. No solo eso; se habían marchado llevándose a su presa.

Sujetó con fuerza el vaso de licor que le había servido uno de los camareros. Sabía que el líquido marrón que había resbalado por su garganta directo a su estómago no causaría en sus sentidos el efecto deseado, pero solo podía conformarse con ello. Había subido al segundo piso para desquitar su frustración follando a Sebastián; no obstante, el humano se encontraba absorto en su fiesta privada. Su miembro erecto entraba y salía con entusiasmo de la vagina de la bailarina de una de las jaulas mientras el orificio de su trasero era aguijoneado por el otro bailarín; los gemidos exagerados del trío inundaban el espacio de la habitación. Sobre el escritorio se apreciaban unas cuantas rayas de cocaína aún sin consumir, lo que le indicó a Garmr que pensaba continuar la orgía por un buen rato.

Se marchó de ahí, aun cuando la muchacha lo había mirado suplicante para que se les uniera y el joven, quien lo había notado en cuanto entró, le ofrecía su trasero para que se divirtiera en él. Sin embargo, él no estaba de humor para lidiar con más esbirros. La podredumbre que despedía el varón que era tío del humano que suplantaba, era más que suficiente para mantenerlo saciado.

Había resuelto escoger alguna presa y volver a la madriguera; sus ansias de carne habían aumentado al estar en contacto con el humano pequeño. Pero continuaba allí, con su mente demasiado dispersa, sin decidirse por ninguna.

—Hola, ¿te acuerdas de mí? —Daniela se plantó delante de Garmr sacándolo de sus pensamientos. La rellenita muchacha le dedicó una sonrisa brillante cuando este la notó—. Te veo hace rato parado aquí. ¿Estás esperando a Miguel? —Se dio la vuelta para mirar la concurrencia. Cuando no vio a nadie conocido, volvió su atención al chico atractivo—. Yo también lo estuve buscando, pero no lo encuentro. Se excusó para ir al baño hace un rato, dijo que se sentía mal… ¿Lo viste en los sanitarios? ¿Sabes si se siente mejor? —el demonio la miró sin responder—. Supongo que tú no sabes nada de él —concluyó—. Es una pena, nos encontramos tan pocas veces en lugares así… En clases apenas hablamos. —La cara de la muchacha se arrugó de decepción—. Siempre se va en cuanto estas acaban. Comparte con todos, pero no mucho… Se la pasa todo el tiempo con sus amigos…

El perro del infierno la oyó despotricar y despotricar sobre su presa y eso aumentó su irritación. Lo había tenido al alcance de la mano. Había utilizado su seducción en él y había funcionado y disfrutado de la intimidad compartida, aun cuando fue poca… y había escapado. Y la humana frente a él, no le permitía olvidar aquella vergüenza; encima de todo, ¡codiciaba a su presa cuando este le había demostrado que no tenía interés!

La sujetó de la barbilla con fuerza. La chica se asustó por lo repentino del toque y dejó de hablar. El demonio se inclinó hasta quedar bastante cerca de su rostro y la miró a los ojos. Hizo uso de su seducción e influyó en ella para que dejara de anhelar a Miguel. Con voz gruesa y sensual preguntó:

—¿Conmigo no basta…? ¿No te conformarías conmigo?

Daniela se sorprendió, sus ojos se ampliaron y su rostro se volvió escarlata.

—Yo… Yo… —la confusión y el nerviosismo trabaron sus palabras—.  ¿Con…? ¡¿Conmigo?!

—Digo… —Las palabras de Garmr se volvieron más acarameladas—. Estás interesada en Miguel, estoy interesado en Miguel, pero a ninguno de los dos nos hizo caso. Por qué no pasamos un buen rato juntos, entonces. —Las pupilas de Daniela se dilataron, las aletas de su nariz se ampliaron cuando la atrajo hacia él y depositó un beso húmedo en su barbilla—. ¿Qué dices? ¿Quieres ir a otro sitio?

—¿Yo…? ¡Sí!

Su respuesta salió en un tono risueño. Se cubrió las mejillas con ambas manos, para que la frescura de estas, disminuyeran el ardor de su rostro. Miró de nuevo al hombre estupendo que tenía enfrente y su cuerpo se estremeció. Avergonzada, escondió su rostro en su pecho musculoso. Ni en sus sueños más locos se hubiera imaginado que atraería a alguien tan atractivo. Cuando este le levantó la barbilla y la besó con delicadeza, ella respondió al beso con torpeza; se sentía demasiado nerviosa.

El demonio sonrió con satisfacción y, al mismo tiempo, se sintió molesto. La temperatura del cuerpo de la muchacha aumentó. Podía oír el golpeteo de su sangre correr furioso por todo su cuerpo y percibir el olor dulce de su esencia de hembra, siendo disparada con cada una de sus respiraciones con la intención de cautivarlo. Pensar que, si no hubiese sido la discoteca de Sebastián el lugar que los jóvenes habían escogido para divertirse, jamás se habría encontrado con su presa y la humana hubiese tenido total libertad de seducirlo, le hizo apretar con fuerza la cintura pequeña de la chica

—¡Auch! —se quejó Daniela.

Garmr la besó y silenció su réplica.

—Salgamos de aquí.

La tomó de la mano y la sacó del local nocturno, ella lo siguió sin protestar, ajena a sus verdaderas intenciones. Afuera, la guió hacia el callejón que servía de estacionamiento y la arrinconó contra la pared en el lugar más oscuro. La tomó de la barbilla con brusquedad. Un brillo peligroso afloró en sus pupilas aguamarina, lo que sorprendió a Daniela. Sin embargo, cuando Garmr se agachó para besarla se relajó en sus brazos y participó del beso de forma activa.

—Sabes muy dulce —la elogió. La chica rió avergonzada—. Muy dulce… —repitió—. Me gustaría saber cómo sabe tu carne.

Ella lo miró confundida, él sonrió de forma seductora y de nuevo la tuvo bajo su hechizo.

De repente, la pared de concreto que sostenía el cuerpo pequeño de la muchacha comenzó a perder consistencia. Daniela no lo notó pues estaba demasiado absorta besando a su acompañante. La dulzura de sus labios la tenía intoxicada, su razonamiento se desvanecía con cada incursión de su lengua en su boca. Cuando un viento frío la envolvió, seguido de una oscuridad cegadora, su cuerpo se tensó y, recién en ese instante, las alertas de peligro afloraron en su cerebro.

Rompió el beso y se agarró con fuerza a la camisa de Garmr. No solo el aire se sentía distinto, su cuerpo se percibía más ligero e inestable. Era como si una corriente de viento girara en espiral a su alrededor haciéndole imposible mantener el equilibrio. Cuando recuperó la visión, ya no se encontraba en el estacionamiento de la discoteca, sino en un bosque oscuro, helado y tenebroso y el hombre que la sujetaba de la cintura de manera dolorosa, ya no mostraba la mirada dulce y seductora de antes; una expresión oscura ennegrecía su bello rostro.

Se sintió aterrada. Quiso escapar, pero este no se lo permitió. La sujetó del rostro con ambas manos. La presión de estas sobre su frágil mandíbula fue bastante dolorosa. La muchacha gimió y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Qué…? ¿Qué pasa? ¿Cómo llegamos aquí? —preguntó de forma lastimera dejando escapar un sollozo.

Garmr inclinó la cabeza. Su rostro quedó a escasos centímetros del de la muchacha, sus miradas a la misma altura. Su boca se torció en una mueca de desprecio. A medida que su aura oscura aumentaba, su cuerpo iba perdiendo su apariencia agraciada. Su masa muscular aumentó, al igual que su altura. Las manos que sujetaban el rostro de la chica se convirtieron en garras afiladas que se clavaron en su carne y le hicieron brotar sangre.

Los ojos de Daniela se ampliaron. El aliento fétido del demonio le bañó el rostro cuando este habló con una voz gruesa y antinatural:

—Tú, humana, ¡¿te atreves a codiciar a mi presa?!

—Yo… Yo… no sé de lo que hablas… Por… favor, no me hagas daño. —El cuerpo de la muchacha temblaba como las ramas de un árbol siendo azotadas por el viento, su vista empañada por las lágrimas se negaba a creer lo que sus ojos le mostraban, su cerebro no entendía qué estaba ocurriendo—. Por favor… —rogó de nuevo—. ¡Snif! ¿Qué hice? ¿Quién… eres tú?

—¡Mi presa! ¡Estás llena de pensamientos lujuriosos sobre él! —Garmr la contempló con desprecio. Hundió con fuerzas sus garras en el rostro de la joven. Esta gimió y suplicó una vez más, pero la ignoró—. ¡¡Mi presa!! —repitió. Esta vez, con más furia. Sus ojos se oscurecieron, el negro cubrió por completo sus orbes. La visión que presentaba ahora era la de una criatura bimorfa, con características tanto de perro demoníaco como humano—. ¡Codicias a mi presa! ¡Añoras a mi presa! —Se enderezó y la miró desde su altura. La muchacha se veía asustada e indefensa. El demonio podía sentir como la energía maligna que emanaba de su cuerpo de manera natural la estaba asfixiando. Sus pupilas aterradas comenzaban a opacarse con cada segundo que permanecía en su presencia, pero no la dejaría morir de manera tan pacífica—. ¡¡Humano insignificante…!! —rugió—. ¡Mi presa es mía! ¡Nadie puede quedarse con ella, nadie va arrebatarla de mí! —Concentró su energía y, al instante, cuatro perros del infierno flacuchos del tamaño de un Doberman, aunque de apariencia más esquelética, se hicieron visibles de entre las sombras—. Les traje comida —anunció. Los cachorros gimieron, pero no se adelantaron. Solo cuando él liberó a la presa que tenía en sus manos y retrocedió unos pasos, ellos avanzaron acechantes—. Disfruten del banquete —masculló.

Después, se internó en las sombras y permitió que el vacío lo llevara de vuelta a la discoteca; él aún no había cenado.

♦️ ♦️ ♦️

Daniela corrió en medio del oscuro bosque atravesando arbustos espinosos y suelo fangoso. Su corazón golpeteaba con fuerza, de sus ojos asustados no paraban de brotar las lágrimas, sus sollozos y gemidos se mezclaban con los jadeos acelerados de su respiración.

¡Todo esto es un sueño!, se dijo, luego de tropezar por cuarta vez. Se enderezó de inmediato y apuró el paso. El miedo y la ansiedad habían llenado de adrenalina su grueso cuerpo: ¡Sí! ¡Tengo que estar soñando!, trató de convencerse: ¡No hay manera de que algo así me esté sucediendo!

A su espalda escuchaba el jadeo de las criaturas esqueléticas que le pisaban los talones. Perseguirla se había vuelto un juego para ellas. La habían alcanzado dos veces y luego de mordisquear alguna de sus piernas o brazos, la habían soltado como si hubiesen perdido el interés, para volver acecharla cuando pensaba que ya los había perdido.

El terreno que pisaba con cada milla que avanzaba parecía ser el mismo: los árboles eran altos y frondosos, su sombra proporcionaba a penas vetas de luz sobre el suelo, lo que le impedía ver en qué dirección se dirigía. El bosque era interminable y sus fuerzas comenzaban a agotarse.

Volvió a caer. Dos de los demonios la alcanzaron. Se aferraron a sus extremidades y rasgaron más de su piel; la sangre brotó de inmediato.

Daniela gritó. Intentó sacárselos de encima. Golpeó sus cabezas nada más se vio libre de sus brazos y repartió también unas cuantas patadas.

¡Sobrevivir…! ¡Tengo que sobrevivir!

—¡Déjenme ir, malditos hijos de puta! —gritó mientras les lanzaba piedras.

Los engendros tan solo la miraron. Se adelantaron y volvieron a atacar. Daniela rodó para esquivarlos; por lo que solo pudieron capturar una de sus piernas. Mientras la mordían, se peleaban por la supremacía. Había sido así todas las veces. Estaban tan magullados como ella. Aún no establecían quién era el líder, quien tenía derecho a comer primero; solo por eso, aún continuaba con vida.

Mientras tanteaba en busca de más piedras se topó con una rama gruesa, la agarró con fuerza y arremetió con ella contra sus cabezas. Ambos gimotearon y la liberaron. Se levantó y soltó más golpes, consiguiendo noquearlos. De inmediato, huyó, arrastrando una de sus piernas pues había terminado muy lastimada. Tenía que esforzarse por encontrar un camino que la condujera a la salida del bosque. El otro par de perros demonio no se oían demasiado lejos y, los que estaban inconsciente, no demorarían en ponerse en pie.

Avanzó a una velocidad menor que la de antes, pero todavía lo bastante rápido para ganar terreno entre ella y los canes esqueléticos. Seguía sin saber hacia dónde se dirigía, pero a estas alturas lo que más le importaba era que aquellas criaturas no la atraparan.

Al salir de la vereda de tierra, la oscuridad reinante y la prisa la hicieron tropezar con algo. Rodó cuesta abajo a causa de la inclinación del terreno y cayó sobre un arbusto de rosa mosqueta. Sus espinas se clavaron en su cara y cuello, pero aguantó el dolor y pataleo para salir de sus afiladas ramas. Gateó de vuelta al camino.

Cuando alcanzó la cima, su cuerpo se congeló.

Frente a ella había una criatura más aterradora que las que la perseguían. Su cuerpo era alargado y con apenas forma, su silueta negra se perdía en la oscuridad. Sus dos brazos, cuya piel estaba casi pegada al hueso, eran desproporcionados y tenían unos dedos delgados que terminaban en garras tres veces el tamaño de unas normales. Su cabeza era similar al cráneo de un ciervo; tenía tres orificios en su rostro, los que semejaban ojos, pero que eran solo orbes huecos y profundos. Estaba en cuclillas, su cuerpo encorvado se inclinaba sobre lo que parecía ser los restos despedazados de un hombre. Cuando la notó, sus cuencas vacías la contemplaron sin expresión alguna.

Daniela se sintió aterrada. Sintió en su pecho una opresión mucho mayor que la que sintió cuando estuvo frente al demonio que la abandonó en el bosque.

—¡¡No…!! ¡¡Por favor…!! ¡¡No me mates!! —La represa se rompió en su interior. Esta vez, no pudo contener ni el llanto ni los alaridos desesperados—. ¡¡Buaaa!! ¡¡¿Por qué?!! ¡¡Snif! ¡¡Snif!! ¡¡¿Por qué a mí?!! —La nueva criatura dejó abandonada a su presa y se arrastró para acercarse a ella. La chica también retrocedió—. ¡¡No…!! ¡¡No te acerques!! ¡¡Buaaa!! ¡¡No te acerques!! ¡¡No te acerques!! —Mientras más gimoteaba, más desesperada se sentía. Sus heridas le dolían a morir, su cuerpo estaba agotado, sus nervios rotos—. ¡¡Por favor, no me mates…!!  ¡¡Por favor…!!

La figura del ente demoniaco, al ser tan larga, se movía de forma discordante, viéndose aún más aterradora. Continuó avanzando hacia la muchacha. Mientras más lo hacía, más grande y desproporcionado se veía su cuerpo. El murmullo seco que se escuchaba al tiempo que se arrastraba, solo incrementó su ansiedad. Este continuó observándola con aquella expresión vacía.

El trote de los perros se escuchó muy cerca. Daniela soltó un grito aterrado y su llanto aumentó.

—¡¡No!! ¡¡No quiero morir!! ¡¡Buaaa!! —La habían alcanzado. Esta vez la desgarrarían, la degollarían. Terminaría igual que la persona, cuyas partes cercenadas, yacían dispersas unos metros más allá—. ¡¡No…!!

No fue capaz de volver a gritar. Antes de que los perros demonio llegaran donde ella se encontraba, la sombra de la criatura demoniaca la cubrió por completo.


 

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