La Legión del Unicornio – Capítulo 3: Los dos ataúdes

Traducido por Kavaalin

Editado por Nemoné


Cargando un gran saco sobre su hombro, el mercenario tocó a la puerta posterior del Burdel La Sirena. Seguidamente alguien echó un vistazo hacia afuera.

—Estoy aquí para ver a esa persona.

—Iré a verificar.

El Tiburón de la Dentadura Dorada se recargó contra la pared, su mente estaba llena con imágenes de monedas de oro. Varios minutos pasaron así. Después de un rato, alguien apareció para guiarlo. 

♦ ♦ ♦

Después de caminar hasta el final de un largo y sinuoso corredor, finalmente habían llegado a una puerta.

—Por fin estás aquí —En la habitación, el hombre vistiendo una máscara bajó su taza de té y dijo—. ¿Sólo tú?

El Tiburón de la Dentadura Dorada maldijo en su mente, pero permaneció respetuoso en la superficie, incluso reveló una pizca de tristeza.

—Lo siento mucho. El elfo fue más difícil de derrotar de lo imaginado. Su resistencia fue feroz, mis compañeros… no fueron tan afortunados.

El hombre emitió un sonido desinteresado, señalando el suelo.

—Ponlo en el piso.

El Tiburón de la Dentadura Dorada bajó cuidadosamente el saco de su hombro, como si estuviera despachando alguna antigüedad invaluable.

Al mismo tiempo, su mirada se había dirigido varias veces hacia la caja de madera ubicada en una esquina de la pared.

—Está en la caja.

—Emm, además del monto acordado, necesitaré darle una pensión a sus familias…

—Un total de cuatrocientas monedas de oro. Tómalas y vete.

Sin esperar a que el hombre terminara de hablar, el mercenario ya estaba junto a la caja, demostrando por completo su agilidad como bandido.

Después de abrirla, se arrodilló en una posición casi piadosa, hundiendo ambas manos en las monedas de oro. Luego sacó un puñado y las besó repetidamente para, seguidamente, caer al suelo en esa posición de deleite. El hombre comenzó a retorcerse, sus ojos rodaron hacia adentro y sus labios se tornaron de un tono negro innatural.

El enmascarado vio esta escena en silencio y después de un rato, tocó la campanilla de servicio.

Una hora después, la puerta posterior del Burdel La Sirena se abría una vez más. Del lugar, dos ataúdes eran sacados, uno después del otro. Cuatro de los empleados del burdel caminaban silenciosamente lado a lado, ya que este tipo de trabajo pagaba bien. Nadie se quejaba de que su sueño hubiese sido interrumpido.

El lugar de destino estaba a tres cuadras de distancia. Era uno de los lugares en la ciudad donde se dejaban cuerpos para incinerar. Con respecto a quién moría, no sabían, ni les interesaba saber.

La morgue no era muy grande, y no había nadie adentro, tan sólo unas cuantas lámparas de aceite proyectaban una tenue luz. Los empleados bajaron los ataúdes, en sus mentes ya se encontraban en la calidez de sus camas.

Se fueron a la misma velocidad con la que llegaron.

No mucho después, una figura ensombrecida apareció silenciosamente. Se trataba de un hombre joven rondando los veinte, el cual portaba una espada. Después de investigar el área, se acercó a uno de los ataúdes. Levantó la tapa de este y una pestilencia le llegó hasta el rostro.

En el ataúd, el cadáver del Tiburón de la Dentadura Dorada ya estaba cambiando de color. El joven hizo una mueca, lo cerró y se volteó hacia el otro.

En el momento en que abrió la otra tapa, una mano salió y agarró su muñeca,  doblandola hacia un lado extremadamente rápido. Con el fin de prevenir el dislocársela, el joven sólo pudo dejarse llevar y caer. No obstante, el dueño del ataúd no planeaba dejarlo ir, saliendo inmediatamente para sentarse a ahorcajadas sobre él, éste sujetó la garganta del joven.

—De verdad, Ellen, este tipo de recibimiento, ¿no es un poco demasiado efusiva? [1]

Dijo el joven impotente, mirando a la expresión enojada del elfo. El elfo se quedó en blanco por un momento.

 — ¿Quién eres?

Nunca antes había visto a esta persona, pero su voz se escuchaba extrañamente familiar. A menos que…

— ¡¿Caín?!

—A su servicio, señor —Caín respondió felizmente—. Ahora, ¿podría salirse de encima de mí?

— ¿Cómo fuiste capaz de encontrar este lugar?

Dudó Ellen por un momento, mientras ayudaba a Caín a pararse.

—Bueno… —Caín se curó la muñeca—. Cuando regresé al Hogar de los Mercenarios, vi al Tiburón de la Dentadura Dorada preguntando por tu ubicación.

— ¿Este hombre?

Ellen apuntó al ataúd. Caín asintió.

—En cualquier caso, no pensé que fueras a perder contra tan poca cosa, así que no interferí. Al final, cuando no vi a ninguno de ustedes al caer la noche, me di cuenta de lo extraño que era y vine a dar un vistazo. Su grupo se ocupa mayormente de la trata de blancas, así que incluso un idiota sabría hacia dónde llevarían la mercancía. Lo siento si te ofendí. ¿Cuánto bebiste?

—Bastante —admitió el elfo—. Pero no fue por el alcohol.

— ¿Por una mujer? ¿No? ¿Un hombre?

—Usaron Lágrimas de sirena.

Caín levantó sus cejas.

— ¿Cuándo fue que el Tiburón de la Dentadura Dorada se volvió tan generoso? Para que decidiera gastar cien monedas de oro, la recompensa debe haber sido de al menos doscientos. Felicidades, incluso el criminal más buscado del reino sólo vale cincuenta y cinco monedas a lo mucho.

Era difícil aceptar que el Caín sin armadura, era el mismo que el guerrero blindado. Era como remover la piel de un lobo misterioso y solitario, sólo para que un gran perro emergiera a la superficie.

Ahora, dicho perro estaba parado a un lado, mirando alrededor con una expresión despreocupada. Cambiando el ambiente oscuro y aterrador de la morgue, en uno más parecido a un día de campo.

El elfo abrió por un momento el ataúd del Tiburón de la Dentadura Dorada para recuperar su daga y documentos. Seguidamente, usó dos dedos para sacar su capa de debajo del cadáver.

Una persona muerta perdía el control de sus facultades, así que la capa estaba manchada de cosas innombrables. Al ver esto, incluso si no se trataba de un maniático de la limpieza, nadie querría volver a vestirla nunca.

El elfo suspiró, bajó la capa y cerró el ataúd. Al darse vuelta, encontró a Caín mirando a la pared como en un trance.

— ¿Qué…?

—Shh —El caballero volteó su cabeza, no había sonrisa en su rostro—. ¿Escuchaste eso?

El elfo se dio cuenta inmediatamente de qué hablaba. Desde el otro lado del muro se podía escuchar acercarse a un par de fuertes pisadas.

Los dos se escondieron inmediatamente a cada lado de la habitación.

En la pared, un área de los ladrillos se hundió de repente, revelando un oscuro agujero. Seguidamente, el dueño de las pisadas entró en la sala. Era un hombre alrededor de los treinta años vistiendo una larga chaqueta de sirviente con la insignia de un cierto aristócrata.

El primero en hacer un movimiento fue Caín, su espada ya descansaba contra la nuca del hombre. Este dejó salir un grito de terror involuntario, pero su boca fue cubierta inmediatamente, por lo que emergió un ruido ahogado.

— ¿Tu nombre?

Preguntó Caín al hombre con una mirada aterradora, dando a entender que no debía gritar por ayuda. Seguidamente alejó un poco su mano.

—Ed… Edward… Locke.

— ¿Fuiste enviado por el Duque Elmond?

—Nu-Nunca he visto al Duque. Fue el ma-mayordomo.

— ¿Para hacer qué?

—Dijo-Dijo que, un grupo de mercenarios que robaron-robaron el dinero del Duque, fueron castigados. Me pi-pidió que viniera a verificar si quedaba alguno vivo y que lo lle-llevara para interrogarlo.

El hombre sintió el filo de la espada moviéndose contra su nuca, casi se desmayó del miedo.

Caín le hizo un par más de preguntas, confirmando que el hombre no sabía absolutamente nada y lo noqueó rápidamente. Luego le quitó el uniforme y lo metió en el ataúd del elfo.

Al ver a Caín ponerse la chaqueta del sirviente mientras devolvía la espada a su vaina sin poner ninguna expresión, Ellen sintió que el caballero detrás del yelmo estaba de vuelta. Pero, luego el caballero levantó la cabeza y le preguntó en un tono que sugería vamos de compras.

—Este camino debería llevar a la residencia del Duque. ¿Quieres echar un vistazo?

El elfo asintió, trastocado. Entonces el caballero hizo algo impredecible. Se acercó para inclinarse, y luego levantó al elfo por encima de su hombro. Después empezó a caminar hacia el pasadizo secreto.

— ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Me voy a caer!

El conmocionado elfo se removió en su hombro.

—Si no te molesta, bien puedo llevarte como a una princesa.

Caín siguió caminando sin preocuparse.

— ¡Puedo caminar por mí mismo!

—Por favor, pretende ser un sincero elfo inconsciente, quién sabe cuán largo sea el pasadizo, ¿qué haremos si alguien nos descubre?

— ¡Nadie nos encontrará en esta oscuridad! ¡Al menos espera hasta que lleguemos allí!

El pasadizo secreto era ciertamente más largo de lo imaginado. Oscuro y estrecho, las paredes de piedra estaban húmedas por la condensación. Además, el suelo debajo de sus pies era desigual.

Caín siguió caminando mientras cargaba la lámpara del sirviente, sus pisadas hacían eco en el pasadizo. Aunque el camino era extenso, no había bifurcaciones [2], por lo que llegaron rápidamente al final.

—Bien, comenzando desde ahora, puedes pretender estar muerto.

Declaró sombríamente el caballero en la oscuridad.


Aclaración:

[1] Efusivo es un adjetivo que expresa alegría, cordialidad o afecto.

[2] Puede decirse que una bifurcación implica que la vía, o camino en cuestión, se divide en dos.

[Ilustraciones>Puppy Caín.jpg]

Una imagen del perro Caín del Facebook de las autoras.

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