La Legión del Unicornio – Tomo II – Capítulo 14: Fin del recuerdo, comienzo del viaje

Traducido por Kavaalin

Editado por Meli


Después de aniquilar a su grupo de avanzada, el archiduque Crane se dio cuenta de que no se debía subestimar a la guarnición de la Capital de Oro y decidió suspender el asedio hasta que reuniera a todas sus fuerzas. Como resultado, olvidó cuidar su propia espalda y un ataque sorpresa de la iglesia acabó con una cuarta parte de sus fuerzas. Más que eso, el ataque envió un mensaje al archiduque; el Papa había decidido aliarse con la nueva reina.

Enfrentándose a las fuerzas duplicadas de sus oponentes, el ejército del archiduque se retiró. Luego, unos diez días después, el archiduque Crane fue asesinado por sus subordinados como prueba de su rendición. Desde la muerte del rey y el posterior golpe de estado de Crane, habían pasado tres meses. La paz había regresado a Sistar.

Al terminar la batalla, el régimen de Amelian Grecia se estabilizó.

Aunque solo tenía dieciséis años, toda una vida de entrenamiento para seguir los pasos de su padre le valió la confianza de la gente.

En cuanto a los mercenarios, aunque habían perdido la oportunidad de ganar dinero, conservaron sus vidas y no se quejaron. Sin mencionar que el caos después de la guerra todavía les ofrecería muchas oportunidades.

La iglesia estaba demasiado ocupada para perseguir a un fugitivo, por lo que Caín se permitió relajarse un poco. Cuando Ellen lo invitó a participar en otra misión, aceptó.

♦ ♦ ♦

Un día, Ellen no llegó a desayunar al Hogar de los Mercenarios.

—Se está reuniendo con la reina —murmuraban los mercenarios.

La mitad envidiosos y el resto alegres, los mercenarios reunidos apodaron a Ellen como el «joven amo». Después de todo, si le otorgaban un título, tendrían que llamarlo así.

El elfo solo iba a dormir al Hogar de los Mercenarios. No tomaba ninguna misión y pasaba la mayor parte de su tiempo en la ciudad. El joven amo se mantenía ocupado y los mercenarios tenían muchas, muchísimas teorías sobre el por qué.

Algunos afirmaban haber escuchado que varios nobles querían que se casara con sus hijas y otros que asistía a la mitad de las fiestas de té y bailes a los que era invitado.

Aquellos que estaban ansiosos por acercarse al favorito de la reina enviaban a sus sirvientes al Hogar de los Mercenarios con invitaciones. Cuando no podían encontrar al destinatario, arrojaban cartas perfumadas al viejo Jake con una sonrisa burlona. Siempre se apresuraban en irse, como si temieran que los rufianes los contaminasen.

Caín escuchaba en silencio la conversación de los mercenarios y de repente se dio cuenta de que este era el sexto día consecutivo que no había visto a Ellen.

En la mañana del séptimo día, seguía sin escuchar su gentil saludo; en cambio, el viejo Jake lo llamó.

—Aquí. Tu pago. —Le pasó un saco.

Dentro había una pila de cerca de cien monedas de oro, mucho más de lo que esperaba. Sin decir una palabra, el caballero sacó veinte monedas del saco y devolvió el resto al posadero.

—¿Cuál es el problema?

—Es demasiado.

—Por supuesto —Parecía sorprendido—. El elfo dijo que lo hiciste bien, así que obtuviste más.

¿Cómo puede ser? ¡Ni siquiera pude curarlo!

—No lo necesito —respondió fríamente Caín.

Sabía que rechazar el oro no cambiaría nada, pero aceptarlo le dejaba un sabor amargo en la boca.

—¿Estás seguro? —Lo miró—. Dijo que si no lo querías, podría usarlo para la posada.

Eso suena a algo que él diría.

Caín no había conocido al elfo por mucho tiempo, pero podía adivinar que su naturaleza amable había salido a relucir nuevamente.

—Adelante —asintió el caballero—. Deberías usarlo pronto o puede que tus clientes mueran por la peste.

—Estás loco. —El viejo Jake sacudió la cabeza—. Todos estos años he estado manejando mercenarios y esta es la primera vez que veo a alguien decirle que no a una monedas de oro.

—Tal vez lo estoy. —Se alejó.

Ya estaba atardeciendo cuando Caín abrió de nuevo las puertas de la posada y se detuvo sorprendido cuando vio una figura familiar en una esquina. Ellen estaba sentado solo, con el arco y las flechas ausentes, la mesa vacía. Llevaba ropa aristocrática que enfatizaba su elegancia, lo suficiente como para avergonzar a aquellos que se hacían llamar nobles. Era hermoso, pero ni siquiera parecía darse cuenta, lucía distante y alicaído.

Caín quería llamarlo, pero ignoró el impulso. De repente, el elfo levantó la vista y Caín siguió su mirada hasta una mujer que sostenía a un bebé mientras deambulaba por la concurrida posada.

A pesar de su rostro manchado, sus manos eran blancas y delicadas, como si nunca hubiera realizado ningún trabajo físico. Llevaba al niño de una manera extraña; no lo abrazaba, sino que lo mantenía alejado de ella, como para exhibir su rostro afiebrado. La ropa del infante estaba marcada con una pequeña cruz, la marca de la iglesia.

Aunque Ellen poseía la increíble visión de un elfo, sus poderes de observación eran mucho más débiles y Caín estaba seguro de que pasaría por alto estos detalles. Pudo ver como el elfo sacaba una moneda de plata y miraba a la mujer mientras esta se acercaba a su mesa.

No seas tan ingenuo. Este mundo no es tan luminoso como el que recuerdas. Puedes creer en el bien de la naturaleza humana, pero no estés tan desprevenido. La amabilidad no será tu escudo.

El caballero suspiró y se abrió paso entre la multitud para sentarse al lado del elfo, arrebatándole la moneda de entre los dedos.

—Dos jarras de vino de la Finca del Amanecer —dijo.

La amabilidad no será tu escudo, así que déjame protegerte.

♦ ♦ ♦

La presión sobre su pecho obligó a Caín a despertarse y abrió los ojos de mala gana. Grandes ojos con pupilas delgadas llenaron su visión. Una gata se agazapaba sobre su pecho, golpeándolo con su cola. El caballero sonrió.

—Buenos días, Mewlice.

La gata lo golpeó con impaciencia con su cola y se acercó a la puerta cerrada. Caín se levantó para abrirle y la gata salió disparada hacia el pasillo. El aire fuera de la habitación era frío y alejó la somnolencia residual de Caín. Este permaneció en silencio por un momento, luego se volteó y cerró la puerta. Abrió las cortinas y juzgó que eran alrededor de las siete de la mañana. Dudó cuando miró al elfo que aún dormía.

¿Debería despertarlo?

Como si hubiera sentido la mirada del caballero, Ellen abrió los ojos.

—Buenos días, Ellen —le habló en voz baja—. La señora Cavendish mencionó que vendría a las siete y media.

Inesperadamente, el elfo no respondió a su saludo, sino que lo miró directo a la cara e hizo una declaración no relacionada.

—Caín… tienes barba.

El caballero se tocó la barbilla; de hecho, una buena cantidad de rastrojo había crecido de la noche a la mañana.

—Sí, todavía no me he afeitado.

—Entonces, mientras te afeitas —Ellen se dio la vuelta y colocó la colcha sobre su cabeza—, déjame dormir un poco más.

Caín no pudo evitar reírse. Ver el lado egoísta del elfo podría considerarse un privilegio.

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