Comenzaba a sentirse como un topo.
Descendieron del campanario a la catedral. La grandiosidad del lugar no importaba; con la luz del día nunca entrando, su atmósfera lúgubre, y la imposibilidad de ver lo que podría acechar más allá del resplandor de las velas, se sintió invadida por una sensación de miedo. Seguí leyendo “Por mi culpa mi esposo tiene cabeza de bestia – Volumen 2 – Capítulo 5: El orador sin voz (1)”
