Dama a Reina – Capítulo 101: La verdad dentro de una verdad

Traducido por Kiara Adsgar

Editado por Yusuke


—¿Qué?

Lucio saltó de su asiento, su rostro estaba completamente pálido.

—Su Majestad, por favor cálmese —dijo preocupada la jefa de servicio.

—¿Es eso cierto? —preguntó.

—Sí —respondió ella con voz tranquila—. El doctor del palacio dijo que no había nada grave.

Toda la fuerza en las piernas de Lucio cedió y se desplomó en su asiento. La jefa de servicio lo miró atentamente antes de inclinarse y salir de la habitación. Lucio se llevó una mano temblorosa a la cabeza.

—Maldición.

Esto es lo peor.

 ♦ ♦ ♦

Esto es lo peor.

—Ugh… —gimió Patrizia mientras agarraba las mantas. En verdad, esto era lo peor.

—Probablemente estaré mejor para mañana…

De lo contrario, me retrasare en el trabajo y eso sería un problema. Ahh estoy sedienta.

Patrizia se abrió paso a través de la cama. Trató de levantarse, pero su cuerpo estaba demasiado débil y seguía cayendo con un gemido cada vez que intentaba levantarse.

—¡Ah…!

Esto es demasiado frustrante.

Arañó la cama, pero no había nada para agarrar. Ella solo estaba desperdiciando su energía.

—Necesito llamar a Mirya…

El problema era que su voz era tan débil que ni siquiera podía hablar. El médico vino a revisarla antes e incluso le dio un medicamento, por lo que no podía entender por qué estaba tan mal. Gruñendo con esfuerzo, Patrizia intentó una vez más ponerse de pie.

—Aah…

Justo cuando estaba empezando a delirar, alguien entró por la puerta.

—¿Quién es…?

Pero antes de que pudiera terminar su oración, Patrizia había perdido el conocimiento.

 ♦ ♦ ♦

Hace frío.

Patrizia abrió lentamente los ojos. Alguien estaba a su lado. Se abrió paso hacia la figura y agarró su manga.

—¿Mirya?

No hubo una respuesta. Patrizia parpadeó. Cuando su visión comenzó a aclararse, la persona que apareció fue…

—Oh cielos… Lu…

—¿Estás despierta? —Parecía demacrado. Patrizia parpadeó de nuevo.

—¿Por qué estás…?

—Escuché que estabas enferma —dijo Lucio.

Patrizia quería decir que eso no era de su incumbencia, pero desafortunadamente no tenía la fuerza para hacerlo. En cambio, soltó un pequeño gruñido antes de decir.

—Por favor, retirate.

—Sabía que dirías eso.

Ella no podía refutarlo, realmente deseaba que él se mantuviera alejado de ella. Patrizia hizo una pausa y lo miró. Aunque estaba demasiado oscuro para ver muy bien, ella se dio cuenta de que parecía bastante demacrado. ¿Siempre fue tan delgado?

—Gracias a Dios pude verte, me alegro que estés despierta… estaba preocupado —continuó.

—¿Por qué?

—¿Porque pensé que te enfermaste por mi culpa?

No hay ninguna posibilidad de que sea tu culpa. Patrizia se mordió el labio. No sé si es tonto o simplemente se hace.

—Tonterías —susurró.

—Es posible.

—Gracias a Dios que usted está bien, Su Majestad.

—Son… —Lucio comenzó, sus labios temblaban—. ¿Estás preocupada por mí en este momento?

Patrizia cerró los ojos en silencio y Lucio parecía conmovido.

—Gracias —dijo.

Innecesario, nada de esto es necesario, pensó Patrizia, chasqueando internamente la lengua, antes de que su cuerpo se sacudiera por la tos.

—¡Ah…!

Ante eso, Lucio se sobresaltó de manera inusual, sus manos se movían de un lado a otro como si no estuviera seguro de qué hacer.

Patrizia logró calmar el ataque de tos y frunció el ceño.

—Estoy bien —lo tranquilizó.

—¿Debería llamar al médico?

—Dije que estoy bien —expresó en el tono más firme que pudo—. Estoy realmente bien. Incluso tome algunos medicamentos antes.

Ante esas palabras, Lucio miró a Patrizia con una expresión bastante sombría. Patrizia simplemente lo miró.

—¿Por qué viniste? —dijo ella después de una larga pausa.

 —Estoy seguro de que ya te lo he dicho antes —murmuró, empujando hacia atrás su cabello que había caído frente a su cara—. Cuando escuché que estabas enferma, corrí hacia aquí. Estaba preocupado.

—¿Tienes otras intenciones con esta visita?

—Tal vez. Por lo que sé, podría haber estado tratando de ganar tu favor. Soy… un poco oportunista —murmuró Lucio amargamente, y Patrizia continuó mirándolo—. Si quieres culparme u odiarme más por querer aprovecharme de esta situación… eres bienvenida a hacerlo. Y si hay algo que quieras decirme, dilo. Es una solicitud mía.

—Estoy bien —dijo Patrizia con una tos leve. Se sentaron en silencio antes de que una expresión incómoda cruzó la cara de Patrizia, y ella repitió—: Estoy bien.

—Deja de mentir. No estás nada bien —soltó un breve suspiro—. Parece que no puedes descansar bien si estoy a tu lado. Si te sientes incomoda, me iré y si no quieres volver a verme hasta que te recuperes, no volveré. Entonces… solo descansa.

Patrizia continuó callada, y Lucio, ya acostumbrado a su falta de respuestas, se levantó de su asiento y salió. La puerta se cerró y fue entonces cuando Patrizia, que ahora estaba sola, soltó un grito como si recordara algo.

—Ah…

Necesitaba devolverle la chaqueta. Patrizia intentó levantarse, pero su cuerpo se sentía tan pesado como el plomo. Ella solo logró levantarse un poco antes de dejarse caer en la cama con una exhalación aguda.

—Aah… maldita sea.

Con una expresión preocupada, comenzó a tirar del edredón cuando alguien entró en la habitación. Era Mirya. Cuando vio que Patrizia luchaba, una expresión de asombro se apoderó de la cara de Mirya mientras se apresuraba a su lado.

—¡Dios mío, majestad!

—Ah…

Mirya ayudó a Patrizia a levantarse, su voz notablemente molesta.

—¿Por qué no me llamaste? Pido disculpas, Su Majestad. Debí haber arreglado que algunas sirvientas permanecieran dentro, pero pensé que eso sería incómodo y no deseaba perturbar su sueño.

—Está bien. ¿Podrías traerme un vaso de agua?

—Sí, su Majestad.

Pronto, una criada le entregó a Patrizia un vaso de agua tibia. Patrizia se bebió la mitad del vaso y luego se volvió hacia Mirya.

—Su Majestad estuvo aquí hace un tiempo. ¿Lo sabías? —preguntó Patrizia.

—Ah… —Mirya parecía un poco sorprendida—. Me disculpo, Su Majestad. Si eso te hizo sentir incómoda, pero Su Majestad decidió esperar a que despertaras.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Patrizia.

—Alrededor de tres horas.

Su paciencia es la de un santo. Una sonrisa cínica arqueó los labios de Patrizia. Sin embargo, Mirya notó que su sonrisa no era muy fría en la naturaleza.

—Te cuidó diligentemente.

—¿Por qué me dices esto?

—Es simplemente para informarle de la sinceridad de Su Majestad. Nada más y nada menos —dijo Mirya en un tono apacible, pero Patrizia sabía que estaba tratando de lograr que ella y Lucio mejoraran su relación.

Patrizia suspiró.

—Debe haber sido problemático para él quedarse tanto tiempo al lado de un paciente inconsciente.

—Pero parecía bastante ansioso. Aunque tanto el médico como yo le informamos que su condición no era grave —respondió Mirya.

Probablemente sea por su trauma, pensó Patrizia. Ya que solo es débil ante cosas como esta. Ella dio otro suspiro.

—¿Ha regresado Su Majestad?

—Me dijeron que acababa de llegar al Palacio Central.

—Comprendo —respondió Patrizia, y Mirya cambió cuidadosamente el tema.

—Aparte de eso, ¿cómo está tu salud?

—No estoy segura —dijo Patrizia con sinceridad—. No creo que me sienta mejor. Dudo que esté mejor para mañana.

—Por favor, no te apresures. Las enfermedades tienden a durar más tiempo,  cuando se intenta superar rápidamente.

—Probablemente tengas razón —admitió Patrizia, su cabeza palpitaba aún peor—. Me gustaría descansar un poco más. Intenta no despertarme antes de la cena.

 ♦ ♦ ♦

Había pasado varias horas desde que Patrizia se durmió ahora, son las nueves y ella abrió los ojos lentamente. Dormí mucho, pensó. ¿Hace cuanto había podido dormir durante tanto tiempo sin interrupciones? Llamó a Mirya. Aunque Patrizia no había alzado la voz, Mirya pudo escucharla y se apresuró a entrar en la habitación.

—Su Majestad, ¿todavía está tosiendo?

Después de pedir otro vaso de agua a Mirya, Patrizia trató de levantarse de la cama. Su fuerza parecía haber regresado mucho más que ayer.

—¿Se siente mejor? —preguntó Myria.

—Mucho mejor que antes.

Ante la respuesta positiva, la expresión de Mirya se iluminó.

—Hace aproximadamente dos horas, recibimos contacto del Palacio Central. Su Majestad le preguntó si estaba bien.

—Que diligente de su parte.

—¿Debo enviar una respuesta?

—Quizás —dijo Patrizia a medias antes de mover su cuerpo. Ante eso, Mirya la miró extrañamente.

—¿A dónde vas, Su Majestad? Aún no estás completamente curada.

—Lo sé, pero he estado demasiado tiempo en cama. Descansar demasiado tiempo también es perjudicial.

A pesar de sus palabras, su voz aún era débil. Mirya parecía preocupada, pero sabía que ella había tomado una decisión. Patrizia se puso un chal sobre el hombro.

—Volveré en diez minutos. No planeo estar mucho tiempo fuera.

—Sí, Su Majestad. Si es solo por unos minutos… no creo que este mal una pequeña caminata. —Cuando Mirya buscó su propio chal, Patrizia la detuvo.

—Puedo ir sola —insistió Patrizia.

—Claro que no. Si te dejo salir sola, seré reprendida por Su Majestad —respondió Mirya con firmeza—. Después de lo que sucedió, Su Majestad se ha preocupado por la seguridad de Su Majestad. Tener a tus guardias y tus damas de compañía contigo es imprescindibles.

—Qué problemático —, se lamentó Patrizia mientras sacudía la cabeza, pero Mirya se mantuvo firme.

—No puedo permitirlo, Su Majestad. Si no le agrada la idea, quizás es mejor que no salga.

—Sin embargo, ya no hay nadie en el palacio que desee hacerme daño. —Patrizia se rió burlonamente.

Mirya no se unió a ella.

—Debemos pensar en situaciones hipotéticas. Además… es una orden imperial, Su Majestad.

—Bien. Si vas a llegar tan lejos, entonces no hay nada más que pueda hacer.

Patrizia suspiró y asintió con la cabeza. Animándose con sus palabras, Mirya colocó otro chal sobre los hombros de Patrizia.

—La más afectada sería usted, sino tiene cuidado, Su Majestad.

—Lo sé.

 ♦ ♦ ♦

Patrizia obedeció las palabras de Mirya, asegurándose de traer muchos guardias y unas seis sirvientas antes de abandonar el Palacio de la Reina. El aire de la tarde era más frío de lo que esperaba, pero afortunadamente, no sentía frío debido a las muchas capas de ropa que llevaba puesta.

—Vamos al Palacio Central —dijo.

—¿De verdad, Su Majestad? —preguntó Myria, sorprendida por conocer el destino.

—Hablas como si no tuviera permitido ir allí.

—Eso no es lo que quise decir, pero… pensé que no te agradaba el emperador.

—Cuida lo que dices —advirtió Patrizia.

Aunque Mirya no estaba equivocada, no debería decir cosas tan indignas.

Debe haberse sorprendido bastante, pensó Patrizia para sí misma.

Patrizia tomó un objeto en sus brazos.

—Debo devolver el abrigo de Su Majestad. Tenía la intención de entregárselo hace tiempo, pero no he podido hacerlo hasta ahora.

Mirya no pudo ocultar la expresión de sorpresa de su rostro. ¿Es algo que debas hacer ahora, cuando estás en tan mal estado? ¿No sería mejor llamar una criada? Sin embargo, mantuvo esas pregunta para sí misma y en su lugar le respondió:

—Entonces guiaré el camino.

Patrizia estaba confundida en este momento, por la promesa del pasado y la sinceridad que él demostraba ahora.

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