—¡Kaldia!
En Kaldia, frente a la residencia del señor del territorio, una voz me llamó. Finalmente, había regresado de la frontera junto con las tropas del ejército real y, al levantar la vista, pude ver a Eric saludándome con efusividad desde una ventana en el tercer piso. Seguí leyendo “Villana en un otome, ¿cómo acabaron las cosas así? – Capítulo 202: Fin de la batalla”
No conseguía ver ni oír nada. No podía ni siquiera discernir qué dirección era arriba y cuál abajo. Tampoco tenía idea de si aún flotaba en el cielo o yacía en tierra firme. No obstante, mis sentidos volvieron a mí gradualmente y tomé conciencia de que me encontraba desplomada en el suelo.
Yacía boca abajo, en contacto con la tierra. Por no hablar de que estaba ingiriendo una gran cantidad de arena y tierra, apenas podía abrir la boca débilmente, al igual que una oruga avanzando, mientras aspiraba el polvo del suelo. La respiración se me dificultaba a tal punto que sentía como si me estuviera ahogando, a pesar de no estar sumergida en agua. Seguí leyendo “Villana en un otome, ¿cómo acabaron las cosas así? – Capítulo 201: Fruta Sin Flores”
Cuando el rayo blanco golpeó a Rashiok, este emitió un grito intenso de dolor, como si hubiera sido herido de gravedad. Me quedé atónita, incapaz de articular sonido alguno, como si el impacto me hubiera afectado directamente.
Estaba paralizada por el shock, como si el mundo a mi alrededor se hubiera congelado, como si la descarga hubiera caído sobre mi propia cabeza. Aunque nunca me propuse creer en las enseñanzas de la Iglesia Xia, ¿estaba acaso este suceso demostrando que inconscientemente las había aceptado? En este mundo, se suponía que el trueno era una fuerza controlada únicamente por los “dioses”. Que un enemigo, un gigantesco pájaro, pudiera manipularlo era una idea que me costaba asimilar. Mi mente parecía entumecerse. Seguí leyendo “Villana en un otome, ¿cómo acabaron las cosas así? – Capítulo 200: Ave divina”