Traducido por Lily
Editado por Sakuya y Herijo
—Lo aborrezco, Emperador. Mi cuerpo y mi sangre jamás lo perdonarán. Si he de morir, la niña que lleva mi sangre lo maldecirá en mi lugar.
Los ojos de la mujer eran intensos mientras escupía sus maldiciones. Había pasado tanto tiempo desde que se había encontrado con una ira tan ardiente que la aceptó, como un viajero que se calienta junto a una fogata.
Solo habían estado juntos una noche. Ese era su único recuerdo de ella.
Para ser sincero, no le importaba de dónde venía ni cuál era su historia. Había muchas mujeres como ella en su harén, pero fueron sus emociones lo que lo intrigaron. Eso era todo lo que Kaitel sentía.
Recordaba el aroma de la mujer que había temblado en sus brazos. Era vago, pero lo recordaba de todos modos. Le resultaba curioso que, aunque había sido ella quien lo provocó y sedujo, una vez que él accedió, también fue ella quien retrocedió. Ese era todo el alcance de su sentir hacia ella, pero era sorprendente que unos sentimientos tan intrascendentes persistieran hasta el día de hoy. Normalmente, ya habrían sido olvidados.
—Una niña.
Quizás por eso aún recordaba su reacción, la mirada en sus ojos mientras se mantenía firme, incluso mientras temblaba. Sus ojos verdes eran como un bosque profundo, muy distintos a los de una princesa del norte.
Pero lo que llenaba esos profundos bosques verdes en sus ojos era odio. Un odio profundo, ardiente, abrasador. Pensó brevemente para sí mismo lo poco que se parecía a ella. Así que, naturalmente, no pudo evitar sentirse intrigado por una niña que pudiera asemejarse a tal mujer.
Y, sin embargo, la niña se parecía más a él que a ella. A él. A Kaitel. Tanto que lo odiaba. Sus rasgos eran tan idénticos a los suyos que, naturalmente, provocaban un profundo asco en su interior. Por eso, cuando finalmente la vio con sus propios ojos, no pudo evitar extender la mano.
Iba a matarla. Había extendido la mano con la clara intención de matar. Era su deber obvio hacerlo. Por qué era obvio, no lo sabía, pero no había malicia en sus actos. Era simplemente algo que debía hacerse. En su corazón vacío, con su razonamiento vacío, no había lugar para nada más.
Pero Kaitel no pudo aplicar fuerza en su mano.
Nunca había considerado tener un hijo propio. Había matado a todos los miembros de la Familia Imperial, excepto a sí mismo, simplemente porque compartían la misma sangre. No tenía ni una pizca de calidez para perdonar una vida solo por lazos de sangre.
Pero en el breve instante en que sus ojos se encontraron con los del bebé mientras sostenía su palpitante garganta, detuvo su mano despiadada. Ciertamente, no fue la sangre ni el parentesco lo que lo detuvo. Fue apenas una mirada de un momento, tan breve que fue fugaz.
—¡Su Majestad! —Fue entonces cuando oyó que alguien lo llamaba.
Su mirada no vaciló a pesar de la voz llena de pánico. El bebé lo miraba desde abajo, completamente ajeno al hecho de que su padre estaba a punto de matarlo. Seguramente, la niña ni siquiera sabía que él era su padre.
¿Qué era ese sentimiento? ¿Cómo podría ponerlo en palabras? No lo sabía. Quizás por eso le soltó la garganta. No fue capaz de apretar más fuerte. No, no quiso hacerlo. Sí, fue un capricho lo que salvó a la niña. Un capricho fugaz que podría haber cambiado en cualquier momento. ¿La habría matado si hubiera sabido el impacto, las consecuencias que traería? Lo meditó después del hecho, pero no supo la respuesta.
—¡Ada!
Un bebé era una cosa frágil y vulnerable. Débil y delicado. Podía perder el aliento fácilmente con un poco de presión. Era un milagro que estuviera vivo. ¿Cómo podía algo tan pequeño seguir sobreviviendo?
Y la mujer que cuidaba de esa frágil vida también era una maravilla. Todo el proceso de criar a un niño era bastante peculiar. El proceso de ese pequeño cuerpo creciendo… observarlo crecer y protegerlo. La mera observación de tal proceso era infinitamente fascinante.
Y eso fue lo que hizo. Observó. Después de todo, era solo una niña. Si se volvía demasiado problemática más adelante, simplemente podría venderla. A veces sentía lástima por la niña por ser el blanco de tal crueldad por su parte. Cuando esos ojos inocentes lo miraban fijamente, una emoción desconocida se agitaba en su interior.
Claro. Tú no elegiste nacer en una vida así.
—Que hayas nacido no significa más que este ciclo continuo de la vida. Es ridículo que tu madre estuviera tan desesperada por traerte a este mundo. —Pero eso solo lo hacía mucho más intenso.
Solo cuando se dio cuenta de que podía oír el sonido de su corazón palpitante sin tener que abrirla y que incluso ese pequeño cuerpo era una criatura viva que respiraba, reconoció la verdad. Había salvado a la niña, no porque se pareciera a su madre, sino porque no se parecía a ella en absoluto. Sí, esa tenía que haber sido la razón.
Se parecía a él hasta un grado sofocante. Desde su cabello rojo plateado hasta sus ojos carmesí. Todo. Y en el momento en que se dio cuenta de eso, Kaitel no tuvo más remedio que admitir que esta niña era suya.
—Esta es mi hija.
La temperatura corporal de la niña era más alta que la de una persona promedio. Parecía una tontita cada vez que le sonreía cuando sus miradas se cruzaban, pero antes de darse cuenta, esa sonrisa lo impulsaba a extenderle los brazos. Siempre había encontrado desagradable la calidez o el rastro de otros, pero parecía que su hija era una excepción.
En el momento en que se dio cuenta de que su hija, a quien no había visto en un tiempo, estaba llorando, la rabia que surgió en su interior expresó todos los cambios que habían tenido lugar dentro de él. ¿Cómo se atrevía alguien a provocar a su niña, una niña que ni siquiera había llorado ante su intento de asesinarla?
Por supuesto, incluso él sabía que tales sentimientos no definían exactamente a la niña como suya. Pero una vez que había clasificado algo como propio, cualquier otro estándar se volvía irrelevante.
—Su Majestad llegará a amar a la princesa algún día.
La intromisión de la niñera en este asunto con tales cumplidos era, en el mejor de los casos, ridícula. Siempre había sido una presencia tranquila, así que nunca le había prestado mucha atención.
La evaluación de Perdel también era aburrida.
—Se ha vuelto más humano últimamente, eso es seguro. Aunque no puedo decir que la niña fuera el punto de inflexión exacto. Pero, ¿no puedo al menos echarle un vistazo a su hija?
Observar a la niña crecer había sido tan fascinante que últimamente no se había interesado en mucho más. Ese tipo de evaluación parecía bastante justa. Sin embargo…
—Te arrepentirás.
Todo cambió en el momento en que apareció Dranste. En el instante en que ese zorro astuto esbozó su sonrisa satisfecha, Kaitel se dio cuenta de que estaba siendo arrastrado a un abismo.
¿Era ya demasiado tarde? Buscó una salida desesperadamente, como lo hace quien ha perdido el rumbo. No podía precisar cuándo había comenzado esto, pero lo que sí sabía era que estaba confundido. Antes de darse cuenta, se había acostumbrado a la niña. Se había sumergido sin querer en esa vida.
—Dapá. —La niña sonrió con una sonrisa irresistiblemente adorable, como si anunciara al mundo que había nacido para ser amada. Hacía sonreír a todos a su alrededor. De hecho, incluso había ablandado a alguien como él, alguien con un pozo de emociones agotado.
Te arrepentirás.
Una voz en su cabeza le advirtió que no debía ir más allá. Pero lo que realmente lamentaba era…
—¿Dapá?
Sostuvo a la niña en sus brazos. Su cuerpo se sentía extremadamente caliente. Dado que su propio cuerpo era más frío que el de los demás, sostener a un bebé que estaba más caliente que el promedio era como abrazar un horno. Pero ya estaba acostumbrado, casi como si fuera lo correcto sentirse así.
Sí, así es. Miró a la niña con una mirada oscura y hundida. La niña sonrió brillantemente, ajena a todo.
Sí, lo que realmente lamento… —murmuró una voz grave en voz baja—, es el hecho de que ya no era capaz de decidirme a matarla.
