Traducido por Dea
Editado por Damian y Herijo
Ya habían pasado dos meses desde la fiesta de cumpleaños de Kaitel. Si alguien me preguntara si hubo algún cambio en ese tiempo, todo lo que podría decir es que, en lugar de arrastrarme sobre mi estómago, ahora podía ponerme de pie sosteniéndome de algo con mayor facilidad. Era un cambio bastante pequeño, pero debido a ello, los sirvientes del Palacio Soleil tuvieron que acondicionar cada rincón para mi seguridad. Pensé que era una genio por poder gatear un poco más rápido que otros, pero de acuerdo a Serira estaba creciendo a un ritmo normal.
Bah, como sea. Soy una tonta.
Ya se acercaba el invierno. Mientras tanto, a mí me atormentaba profundamente el hecho de que mi papá no se apartaba de mi lado ni de día ni de noche.
Papá, eres muy molesto. Aunque quería decirle que me soltara de una vez, todavía apreciaba mucho mi vida y mi bienestar, así que me quedé tranquilamente en sus brazos. Ah, qué sueño.
—Entonces, Su Majestad, creo que es prioritario resolver el problema con el sur de Praezia en lugar de con Langres.
No sé si era porque se acercaba el invierno o porque la fiesta de cumpleaños de Kaitel había terminado, pero había habido un pequeño cambio en el despacho imperial, siendo este que las visitas de Perdel eran más frecuentes.
—¿Por qué?
Llevaba casi diez meses viviendo en este palacio. Sin embargo, sentía que era la primera vez que le veía el rostro, y era extraño. Sí, bastante extraño. Conocía su nombre, pero no su rostro.
Sus ojos también son azules, ¿eh?
Sabía que su pelo lo era, pero no había tenido la oportunidad de verlo de cerca, así que no sabía que sus ojos fueran del mismo color. Sin embargo, eran de un azul mucho más claro, como el cielo. Daba una impresión fresca y serena; era alguien que destacaba por ser risueño y sonreír mucho, más que por lo guapo que era. Aun así, era bien parecido.
Maldición, qué guapo es.
Contrario a la primera impresión de intelectual que me había dado, sus rasgos eran un poco más afilados de lo que recordaba. Pero lo más importante era que no se parecía en nada al tipo de persona que se juntaría con Kaitel.
Entonces, ¿por qué demonios son amigos?
—Primero, me inquieta un poco lo silencioso que está el Emperador de Praezia. Además, actualmente estamos investigando pruebas que sugieren que se están transportando grandes cantidades de armas desde sus países vecinos. El momento no podría ser peor. Deberíamos decidir, al menos, después de investigar a fondo las pruebas.
Atrapada en los brazos de Kaitel, sostenía una taza sin asa en mis manos. Era un delicioso jugo de frutas, algo que tomaba a menudo. ¡Qué rico! Estaba echándole miradas furtivas a Perdel y relamiéndome los labios cuando, de repente, Perdel me miró. ¿Hmm?
—Praezia también es una molestia.
¿Me lo estaba imaginando?
Kaitel apartó la taza al ver que había terminado mi jugo. Se la entregué sin oponer resistencia.
¡Ah, qué delicia! Chasqueé los labios para disfrutar el último rastro de sabor.
—¿Algún movimiento del Emperador Pellephon?
—Desafortunadamente, no.
Kaitel dejó mi taza a un lado y se dirigió hacia mi cuna. ¿Va a acostarme?
Lo miré con ojos brillantes. Nuestras miradas se encontraron. Antes, me habría mirado de forma inexpresiva, pero últimamente, desde que se había vuelto un poco más humano, Kaitel me sonreía cuando hacíamos contacto visual. Aunque fuera una sonrisa débil y seca.
Uf. Preferiría ir a practicar cómo caminar con Serira.
Caminar agarrada de la barandilla era factible, pero caminar de la mano de Serira era lo mejor. Saber que había alguien ahí para atraparme de inmediato si me caía era muy reconfortante. No tenía reparos en estirar más las piernas a cada paso cuando caminaba con ella. ¡Sí, sí, sí!
Pero parecía que a mi papá le dieron celos al verme hacer todo eso con ella. Intentó ayudarme a practicar también, pero… este padre novato tiraba de mí con demasiada fuerza, pensando que podría seguirle el ritmo. Al final, la que sufría era yo.
¡Ugh! ¡Olvídalo! Viendo que me dejaba caer al suelo después de unos pocos pasos, Kaitel se vio obligado a abandonar sus grandes ambiciones de enseñarme a caminar. Así es, papá. Te falta mucho para ser un experto en crianza. ¡No quiero practicar contigo! ¡Hmph!
—¿Qué hay de Asisi?
—Oh, ha terminado de ocuparse de las fuerzas restantes y está de camino al palacio. Debería llegar en unos dos meses.— La respuesta despreocupada de Perdel hizo que sintiera pena por ese tal Asisi.
Él está ahí fuera, luchando duro bajo las órdenes de su señor, mientras estos dos están sentados en el palacio, bien abrigados y con la barriga llena. El tono con el que hablan de él es deplorable. No se puede confiar en nada ni en nadie en este mundo. Este es un excelente ejemplo de ello. Pero, ¿por qué este tipo sigue mirándome?
Después de que Kaitel me dejara en la cuna, me levanté usando la barandilla. Fue entonces cuando noté la expresión vacilante de Perdel al mirarme.
¿Qué? ¿Te has enamorado de mí? Ya tengo diez meses. ¡Ni se te ocurra, asaltacunas!
—Me doy cuenta de que es la primera vez que veo a la princesa de cerca.
—No te acerques más.
Parece que mi padre también sintió la mirada insolente de Perdel. Kaitel se puso muy a la defensiva cuando dio un solo paso. Con ese único paso, Perdel fue tratado como un canalla. Los tres nos quedamos en silencio.
Cuando Perdel levantó el pie para dar otro paso, la mano de Kaitel fue instintivamente hacia su espada. Ante la repentina tensión que llenó el ambiente, me agarré en silencio a la barandilla e hice un puchero.
¿Qué está pasando aquí? Creía que eran los mejores amigos. ¿Fue todo una farsa? Moví solo los ojos para observarlos a cada uno.
Entonces Perdel abrió la boca, con aspecto algo desconcertado. —¿Disculpe, Su Majestad?
—No. —Kaitel le había dado la espalda por completo. Pero no solo se había girado; se había puesto de manera que me ocultaba de la vista de Perdel.
¿Eh? ¿Eeeh? En serio, ¿qué pasa? ¡¿Qué está pasando, papá?!
No era la única confundida. La voz de Perdel, que oí por encima de los hombros de Kaitel, sonaba igual de perpleja.
—¡Oye, Kaitel!
—Tú no —advirtió Kaitel mientras me levantaba de nuevo y se giraba ligeramente. Vi la mandíbula de Perdel caer con incredulidad cuando me asomé por encima del hombro de Kaitel.
—¿Acaso soy una especie de criminal para ti? ¡Vaya! ¿Crees que eres el único que tiene una hija? ¡No puedo creerlo! ¡Me ofendes!
—Pero tú no tienes una. —El tono de Kaitel era plano y práctico, pero se notaba que lo decía en serio.
Perdel frunció el ceño. Estaba claramente molesto. —¡Pues sí que la tengo! —gritó con fervor—. ¡Bueno, tendré una! ¡Pienso tener una en aproximadamente un año!
—Pero no tienes una ahora.
—¡La tendré cuando me case! ¡Tendré más hijos que tú!
—Entonces vuelve a decírmelo cuando lo hagas.
¿Cómo es que no puedes ganar ni una sola vez? Me siento fatal solo de verte. Me sentí tan mal que ni siquiera pude celebrar la victoria de mi padre. Lo único que pude hacer fue taparme la boca con mi pequeña mano. Pobre hombre. ¿Cómo es que todos los tipos con los que se junta mi padre son tan patéticos? ¿Es algún tipo de moda?
—Vaya, qué imbécil.
No pude evitar asentir, de acuerdo con el sentimiento.
Sí, en eso tiene razón. Mi papá es definitivamente un poco imbécil. Ah, probablemente no debería sentirme orgullosa de esto, pero por alguna razón, saber que nadie puede ser “más imbécil” que mi papá es extrañamente satisfactorio.
Era irracional y absurdo. ¡Qué mundo tan podrido!
—¡Dijiste que me la enseñarías en tu cumpleaños!
Aparentemente, había habido algún tipo de acuerdo del que no estaba enterada.
Kaitel frunció el ceño ligeramente, como si recordara que, en efecto, había hecho esa promesa. La seriedad con la que me miró me demostró cuánto deseaba no enseñarme a Perdel.
Pero una promesa era una promesa. Kaitel se dio la vuelta. Luego, a regañadientes, me mostró a Perdel mientras me sostenía en sus brazos.
—Entonces, mira.
—¿De verdad?
—Mira.
El rostro de Perdel se iluminó al instante. Verlo sonreír tan radiante me asustó un poco.
¿Qué le pasa?
Pero en el momento en que Perdel extendió su mano hacia mí, Kaitel lo bloqueó rápidamente y le dio una advertencia firme.
—Solo mirar.
Perdel frunció el ceño con incredulidad. Incluso yo estaba confundida. ¿Hmm? ¿Qué haces, papi?
Ambos nos quedamos mirando a Kaitel, quien miraba a Perdel con una expresión inquebrantable. Perdel frunció el ceño ante la mirada que recibía. Como era de esperar, las palabras de mi padre fueron dignas de verse.
—Te permití verla, no tocarla.
¿Tienes cinco años? Pero sin importar mi opinión, Perdel prácticamente estalló, gritando y señalando a Kaitel. Estaba consternado, por decir lo menos. Vaya revuelta. Estás realmente furioso, ¿eh? Tsk, tsk.
Antes de que pudiera ofrecerle mis condolencias, Perdel gritó:
—¡Eres un fraude!
Sin importar cuánto protestara, Kaitel se apartó con frialdad. Perdel parecía una mujer rechazada y abandonada.
Me sentí muy mal por él. La impecable impresión de canciller que me había dado cuando lo conocí se había desmoronado por completo. Observé con tristeza esta versión de Perdel, tan diferente de la que me había imaginado.
Realmente no conoces a alguien hasta que lo tratas. Fue un poco impactante. Un susto, sinceramente.
—¡Me han estafado! —El canciller que había defendido su caso con audacia frente a Kaitel ya había desaparecido.
Creía que lo llamaban el Canciller de Hierro. ¿Dónde está el hierro exactamente? No lo veo por ninguna parte.
—¿Eso es todo lo que tienes que informar? —exigió Kaitel.
—Sí. Ah, quiero decir, sí, Su Majestad. —Perdel inclinó la cabeza, confundido por su propia respuesta—. ¿S-sí? No. Ah, sí, Su Majestad. —Parecía dudar entre hablarle de manera formal o informal.
¿Qué le pasa? Supongo que son amigos en lo personal, pero oficialmente, son emperador y canciller. Supongo que no debería dirigirse informalmente a su monarca
Fue un momento extraño para que brillara la deferencia de Perdel por el orden y el decoro. Mientras pensaba para mí, Kaitel recogió mi juguete del suelo.
¡Oh, mi juguete! Mi cara se iluminó de inmediato mientras extendía la mano hacia él, y Kaitel sonrió. Era como si se estuviera burlando de mí, decidiendo si dármelo o no. Estiré los brazos aún más, desesperada. Este sádico que tengo por padre solo me entregó el juguete después de hacerme rogar por él.
Bastardo. ¡Dámelo, papá! ¡Rápido! ¡Oye! ¡Suéltalo ya, idiota!
