Dama a Reina – Capitulo 46: Por favor, ayudame

Traducido por Kiara Adsgar

Editado por Yusuke


—¿Hmmm? ¿No leíste mi mensaje? Nadie más aparte de mí sabe lo que sucedió hace ocho años. Ah, además de ti, por supuesto —agregó Rosemond con una sonrisa.

—Esto… ¿por qué me muestras esto? —cuestionó el duque Ephreney, obligando a su voz a mantenerse lo más estable posible.

—Bueno, ¿quién hubiera pensado que alguien te llamaría duque?

—¿Qué?

—El duque Oswin anteriormente ocupó el cargo de canciller, pero ahora se ha retirado. ¿No eres el canciller hoy?

—¿Qué estás diciendo?

—La historia detrás de esto es divertida. Quiero contarle al emperador ahora mismo.

Rosemond se rió, mientras que la cara del duque palideció. Ella golpe aún más la estaca que clavó en el.

—Oh, ¿crees que será el final? Entonces hablemos de esto. Um… por ejemplo, ¿qué tal si nos reunimos con tu esposa ahora mismo?

—¡Tú! —El duque levantó la voz, pero Rosemond permaneció imperturbable. No había razón para que ella le tuviera miedo. Por el contrario, él debería temerle a ella. No ocultó su expresión orgullosa y proclamó libremente sus ambiciones al duque.

—Quiero ser reina.

El duque Ephreney estaba estupefacto. ¿Esa chica, la hija de un simple barón, deseaba el trono? Ni siquiera estaba calificada para ser candidata a reina. Como si pudiera leer su mente, Rosemond se rió en voz alta una vez más.

—Oh Dios mío, duque. ¿Estás pensando en mí como una candidata? Oh no, solo quiero ser reina.

—Pero sin pasar por las pruebas.

—Contéstame. ¿Cuánto has logrado con esa cabeza tuya?

El duque Ephreney se sonrojó rápidamente, no por vergüenza o confusión, sino por ira. Rosemond, sin embargo, sonrió como si no le importara el mundo.

—¿No sería más divertido quitarle la posición a la reina, mi señor?

—Jovencita, esto es serio. ¿Cómo te atreves a codiciar…?

—Oh, pero tú no deberías decir eso. Has hecho muchas cosas extraordinarias para llegar a donde estás, ¿no crees?

No podía negarlo. Todo el material secreto que Rosemond poseía lo demostraba. ¿Cómo no podía ser engañado por ella en esta situación? ¿Cómo podía escapar de ser desacreditado por ella? Ambos sabían que él estaba en un camino sin salida.

Por el momento, Rosemond sintió más alegría que nadie, mientras que el duque Ephreney sintió más enojo que nadie. La diferencia entre los dos era tan marcada como una comedia y una tragedia lado a lado.

—Entonces… ¿qué es lo que quieres? —dijo con cuidado.

—Por favor, ayúdame, duque —respondió ella, no tenía que dudar. Por ahora, el duque Elgy sabía qué tipo de persona era.

Rosemond sonrió encantadoramente y dijo:

—Ayúdame a llevarme la corona de la reina. Luego te devolveré el favor.

Lo absurdo de la solicitud hizo que la boca del duque se abriera de par en par. ¿Esperaba que él traicionara a las mujeres nobles de clase alta que se convertirían en candidatas a reina y la apoyaran a ella, una mujer noble de clase baja? No tenía sentido Sin embargo, sus hábiles maniobras aseguraron que él no tuviera otra opción. No podía permitir que confesara la verdad, o lo que sucedió en el pasado, a nadie.

—¿Y si no lo hago? —El duque Ephreney la desafió, pero Rosemond dejó escapar una risa alegre.

Su futuro ya estaba escrito en piedra. No tenía más remedio que rebelarse contra la futura reina y ayudar a Rosemond, le gustara o no. Rosemond se preguntó si todos los nobles hacían preguntas inútiles, o si el duque Ephreney era peor de lo que esperaba.

Ella volvió a hablar, poniendo más énfasis en sus palabras.

—Es aburrido tener que explicar algo que ya sabes. ¿Entiendes lo que sucederá? Tu vida política será completamente destruida. Estoy segura de que ese será el caso con la Familia Imperial. Incluso si todos te perdonan, el emperador nunca lo hará. Tu familia también te abandonará. Y tu esposa será la primera en hacerlo. —Rosemond se detuvo observando las expresiones de su rostro—. ¿Debería decir más? Puedo continuar.

—No, está bien.

El rostro del duque Ephreney había perdido todo su color. El camino ya estaba determinado para él, y no podía buscar ninguna alternativa. Tenía que elegir a Rosemond. Era una mejor opción que terminar su carrera política.

El asintió.

—Muy bien, lady Rosemond. Uniré mis manos con usted.

Su relación no era una asociación en esencia, era chantaje, simple y llanamente. Él le respondió porque era lo que ella quería, y la siguió porque era lo que ella ordenaba.

La expresión del duque Ephreney permaneció sombría. Suspiró con resignación, pensando que este era su karma, su destino. Sin embargo, no lamentaría nada de lo que había hecho en el pasado.

♦ ♦ ♦

Patrizia se ocupó de su trabajo, sin arrepentirse de las consecuencias del pasado. Ella centró toda su energía en prepararse para las celebraciones del Día Nacional de la Fundación, para el que faltaban menos de dos meses. Esta era la primera vez que ella estaba a cargo del asunto como la reina, y la experiencia le hizo temblar los nervios.

—Su Majestad. La duquesa Ephreney ha enviado un mensaje diciendo que no podrá ayudar a preparar el Día Nacional de la Fundación.

—¿Qué? —dijo Patrizia sorprendida.

La duquesa Ephreney tenía una gran experiencia y poder en los asuntos del palacio interior. Aparte de algunas otras damas, ninguna estaba tan bien informada en los preparativos como la duquesa.

—¿Cuál es la razón? —Patrizia preguntó rápidamente.

—Su hijo estudia en el extranjero y actualmente padece una enfermedad endémica. No puede viajar y pregunta por su madre.

—¿Entonces la duquesa Ephreney dejará el país? ¿Eso significa que su puesto estará vacante?

—Sí, Su Majestad. Aparentemente es una situación de vida o muerte, por lo que no le importa su trabajo.

—Entonces es un asunto serio.

—Sí, Su Majestad. Mientras tanto, la concubina del duque Ephreney se hará cargo.

—Oh, por la palabra de los dioses —murmuró Patrizia. Pensó por un momento, luego se volvió hacia Petronilla.

—Nilla, ¿puedes escribir una carta de apoyo a los Ephreneys y decirles que si necesitan algo, pueden preguntar?

—Puedo, pero… ¿Ephreney? —Petronilla frunció el ceño. Sabía que el duque tenía una pelea con su hermana. La respuesta de Patrizia fue incomprensible para ella—. No tienes que pasar por tantos problemas. No me agradan ni un poco.

—No hay necesidad de ser mezquinos. No es difícil. Por favor —declaró Patrizia.

—Bueno… si eso es lo que quieres —respondió Petronilla, aunque con una mirada de incertidumbre, y sacó un trozo de papel de un cajón.

Patrizia volvió a centrarse en su trabajo y se volvió hacia Mirya.

—¿A quién deberíamos buscar para reemplazar a la duquesa Ephreney? Esto es frustrante.

—Buscaré gente, Su Majestad. Saltemos esa parte y comencemos con las cosas más pequeñas.

—Muy bien, entonces —dijo Patrizia con un movimiento de cabeza, sus hombros cayeron ligeramente en derrota. En ese momento, la voz de Raphaella se escuchó a través de la puerta.

—Su Majestad, soy Raphaella. ¿Puedo pasar?

—Sí.

Raphaella entró en la habitación y Patrizia vio gotas de sudor en su frente.

Ella debe haber estado trabajando duro pensó Patrizia.

—¿Quieres un vaso de agua? Te ves sedienta.

—Está bien, Su Majestad. Más bien… —dijo Raphaella, todavía jadeando ligeramente—. Vi algo poco inusual.

—¿Inusual?

—El duque Ephreney salió del palacio de Bain. ¿Quizás ha estado planeando algo extraño?

Patrizia suspiró por dentro. Rosemond era una mujer agresivamente ambiciosa. A pesar de no tener responsabilidades reales, la concubina trabaja ferozmente para obtener lo que quería. Patrizia pensó que si se cambiaban sus posiciones, ella misma no sería tan diligente.

—Dama Raphaella, por favor agudice sus sentidos la próxima vez. Mira lo que están haciendo…

Ante el tono preocupado de Patrizia, Raphaella levantó los hombros y habló con voz más fuerte.

—No se preocupe, Su Majestad. Vigilaré el palacio de Bain.

—Gracias. —Patrizia asintió con gratitud y Petronilla, que acababa de terminar de escribir la carta, levantó la vista.

—Ya terminé, Rizi. Iré con la duquesa y me aseguraré de que llegue a ella.

—¿Necesitas ir tan lejos? Puedes hacer que alguien lo envíe… —dijo Patrizia con perplejidad.

Petronilla sonrió en respuesta.

—No he estado en casa por un tiempo de todos modos. No tomará mucho tiempo. ¿Puedo ir?

—Por supuesto. Que tengas un buen viaje.

Después de que las dos hermanas intercambiaron abrazos, Petronilla salió del Palacio Imperial. Se apoyó contra el reposacabezas del carruaje y se aferró a la preciosa carta que se le entregaría a la duquesa Ephreney. Su cuerpo se sentía exhausto. No se había sentido bien por la falta de sueño. Estaba a punto de quedarse dormida cuando…

—¡¡Ahhhh!! —Petronilla gritó cuando el carruaje dio un violento tirón. Calmó su sobresaltado corazón y abrió la ventana para comprobar la situación.

—¿Qué pasó?

—Oh, lo siento, mi señora. Estaba a punto de toparme con otro carruaje… —El conductor volvió la cabeza para gritarle a otro jinete—. ¡Ten cuidado! ¿Sabes quién está montando aquí ahora?

—¡Oh vamos, dije que lo sentía!

—¿Quién está equivocado y por qué gritas fuerte?

Las cosas no estaban bien. Petronilla abrió la puerta del carruaje y salió con un suspiro. El conductor la miró con expresión avergonzada, preguntándose por qué había dejado su asiento.

—Oh, mi señora. Por favor, quédate adentro, es solo que…

—Está bien. No hay razón para pelear. ¿Está bien la persona que está dentro?

La mirada de Petronilla se volvió hacia el carruaje opuesto, y alguien salió.

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