La Emperatriz se volvió a casar – Capítulo 21: El favorito de Reina

Traducido por Maru

Editado por Ayanami


¿Qué estaba mal? El príncipe Heinley parecía sorprendido, sus ojos violeta recorrieron el pasillo.

—¿Príncipe Heinley?

—Reina está ocupado ahora mismo. No, quiero decir, Reina es bastante tímido. Es tímido cuando hay dos o más personas en la habitación con él.

—¿Qué?

¿Ese Reina, el que jugó con mis damas de honor? Lo miré dudosa, y el príncipe Heinley se sonrojó. Por alguna razón, no quería ver a Reina conmigo.

Ah…tal vez, era demasiado pronto si el príncipe Heinley entraba a mi habitación o yo a la suya, o si pasábamos tiempo juntos en el jardín por la noche.

—Me disculpo. Hice una solicitud irrazonable.

Habíamos decidido no ser amigables en público. El príncipe Heinley gimió y se puso una mano en la frente.

—No, no es eso…de todos modos, ¿qué quieres preguntar sobre Reina?

—Su favorit…

—La emperatriz.

—¿Qué?

—La favorita de Reina es la emperatriz.

¿Por qué tenía la cara tan roja? Parecía bastante avergonzado. ¿Era infantil decir que el pájaro se parecía a su humano? Sonreí por la encantadora imagen, pero eso no era lo que quise preguntar.

—Entonces, por favor, dele las gracias.

—Lo haré.

—Y quiero saber cuál es su comida favorita.

—Oh…comida.

—Normalmente, llevo agua a mi habitación, pero me gustaría darle algo de comer.

—A Reina le encantará todo lo que le dé.

Pensé que el príncipe Heinley estaba respondiendo demasiado desde su propia perspectiva.

—Aun así, debe haber algo que le guste.

—No, es un buen pájaro, así que comerá cualquier cosa.

De repente, apretó los labios y giró la cabeza hacia un lado. Tenía la mandíbula apretada como si intentara reprimir la risa.

¿Reina era un gran comedor? ¿O estaba diciendo eso como una broma?

Antes de que pudiera preguntarle algo más, el príncipe Heinley se dio la vuelta para irse, diciendo que enviaría a Reina.

♦ ♦ ♦

Cuando regresé a mi habitación, abrí la ventana para que Reina pudiera entrar cuando llegara.

Cuando el príncipe Heinley envió a Reina por primera vez, solo quería abrazar al pájaro cálido, pero a medida que hablábamos más, decidí que también quería darle a Reina una comida deliciosa. Consulté a Sir Artina sobre el tema.

—¿Qué tipo de comida suele gustarle a los pájaros, Sir Artina?

El guardia imperial tenía sus propias aves mensajeras, y supuse que Sir Artina tenía más conocimiento de las aves que yo. Como era de esperar, respondió sin dudarlo.

—A los pájaros les gustan los insectos.

—¿Insectos?

—Orugas, mosquitos, polillas…

Al ver que me quedé sin respuesta, el hombre me miró extrañado.

—¿Ocurre algo?

Esto sería más difícil de lo que pensaba…

—Pensé que le daría a Reina algo que le gustaría comer.

Como mi guardia, Sir Artina, a menudo, estaba conmigo y sabía sobre Reina.

—Ah. Como es un pájaro grande, puede que le gusten los insectos grandes.

Cuando no respondí, Sir Artina se rió suavemente.

—Tenemos orugas destinadas a las aves mensajeras. Le conseguiré un poco.

—¿Estás seguro?

—Reina podría o no comer si se sirven en un plato. Si tiene dudas, puede alimentarlo con pinzas.

Me sentí mal imaginando levantar una oruga con pinzas, pero asentí por ahora. Le había prometido al príncipe Heinley que me encargaría de Reina, y no podía dar marcha atrás, simplemente, porque era aprensiva.

Finalmente, Sir Artina regresó con un plato de madera y lo dejó sobre la mesa. Estaba lleno de larvas regordetas y retorcidas.

—¿Está bien?

Asentí automáticamente, pero, en cuanto Sir Artina se fue, inmediatamente, me alejé de la mesa. Tenía miedo de que salieran del plato en cualquier momento.

—Reina va a comer eso…

Me senté encorvada en la cama y miré la mesa unas cinco o seis veces para comprobar si las orugas se habían salido del plato.

Por fin, llegó Reina. En lugar de aterrizar en el alféizar de la ventana, voló con gracia por la ventana abierta y rodeó la habitación en un barrido glorioso, sus ojos en mí, como para confirmar que estaba viendo a su majestad en exhibición. Después de un breve circuito, aterrizó sobre mi rodilla. Le acaricié el cuello y la espalda, él lanzó un fuerte grito y movió la cola.

—Eres increíble, Reina.

El pájaro levantó un ala ante el cumplido, pensé que ahora era un buen momento para preparar las orugas, nerviosa como estaba. Una vez más, le rocé la espalda y lo abracé.

—Quería darle a Reina algo de comer.

El pájaro gorjeó.

—Tu maestro dice que comerás cualquier cosa…creo que está equivocado. Así que preparé algo que a los pájaros grandes y agradables les gusta más.

Reina asintió con entusiasmo. Lo recogí y lo traje a mi escritorio.

—Aquí hay algunas orugas, Reina.

Afortunadamente, las larvas todavía estaban en el plato, y lo puse justo delante de él.

Reina se apartó, sus ojos parpadeando salvajemente. Sir Artina había dicho que Reina podría dudar si lo alimentaba así, de modo que acaricié la espalda del pájaro nuevamente y tomé una oruga regordeta con un par de pinzas. Podía sentir el fino vello de mi cuerpo alzarse al acercarme al plato, pero me armé de valor por el bien de Reina.

—Vamos, reina. Comamos.

Sin embargo, el pájaro retrocedió aún más y se negó a comer.

—Pruébalo, Reina. Está bien.

Sacudí mi mano y puse la oruga justo en frente de la cara de Reina. La oruga se retorció de repente, luego, se deslizó de las pinzas y aterrizó en la cabeza de Reina.

El pájaro saltó con un grito.

—¿Reina?

Sorprendida, traté de atraparlo, pero estaba saltando por todas partes como loco. Reina saltó por la ventana, la oruga aún atada a su cabeza, voló y, finalmente, desapareció.

♦ ♦ ♦

¿Era el tipo de oruga equivocado? Los pájaros de Sir Artina se los comieron y estaban bien. ¿Era porque Reina era una especie diferente de ave?

Me preocupé por Reina toda la noche y dormí con inquietud. Fue él quien alivió el dolor causado por Soviesh. Estaba desconsolada por la desconfianza en los ojos de Soviesh, pero tan pronto como recordé a Reina, la imagen de Soviesh fue rechazada.

Al día siguiente, salí de mi habitación tan pronto como terminé el desayuno para ver al príncipe Heinley. No podía visitar su habitación, pero, probablemente, me encontraría con él alrededor del palacio del sur.

Necesito preguntar si Reina regresó a salvo.

Sin embargo, tan pronto como salí del palacio, descubrí al príncipe Heinley apoyado contra un pilar mirando el edificio.

—Príncipe Heinley.

Se volvió hacia mí, omitiendo el saludo de cortesía y hablando inmediatamente.

—Ayer respondí mal. No come alimentos crudos.

—Bueno, entonces, puedo darle larvas cocidas…

—Él no come eso. No come insectos en absoluto.

Maru
F por el príncipe Heinley. Vaya escena, jajajajaja.

♦ ♦ ♦

Rashta estaba enredada en una red de emociones complicadas. Estaba agradecida de que Soviesh la protegiera. El emperador sabía, desde el principio, que ella era una esclava fugitiva, por supuesto, pero su deseo de protegerla lo había obligado a encubrirlo incluso después de que se revelara el asunto. ¿Cuántos otros hombres le habían susurrado dulcemente su devoción antes de abandonarla, usando sus identidades como escudo? Irónicamente, fue Soviesh, el hombre más poderoso del imperio, quien no lo hizo.

Pero el miedo al pasado aún le pisaba los talones. Justo cuando apenas se había sacudido los grilletes, justo cuando la gente comenzaba a mirarla como “Rashta” en lugar de “esclava”, fue cuando su identidad volvió a agarrarle los tobillos. Si no fuera por el amor de Soviesh por ella, su sueño habría muerto a causa de Roteschu.

Pero, ¿qué pasa con las personas que alguna vez se aferraron a ella con cada palabra y sonrisa? ¿Qué harían ahora? Rashta estaba preocupada. Aún no se había reunido con los otros nobles desde que se supo la verdad, y temía que esas caras sonrientes se convirtieran en rechazo.

Rashta acarició el brazalete de ámbar en su mano, pero su corazón no se calmó.

No, incluso si Rashta es un esclavo, Rashta ahora es la concubina del emperador. No será lo mismo que antes…

Rashta abrazó una muñeca que Soviesh había diseñado para ella, una cosa suave hecha de tela y algodón. Entonces, la puerta se abrió y la vizcondesa Verdi entró en la habitación con una expresión incómoda en su rostro.

—Señorita Rashta, el vizconde Roteschu vino a verla… ¿Qué debo decirle?

—¿El señor?

En la confusión del momento, Rashta usó el mismo título que había usado en el pasado. La vizcondesa Verdi parecía sorprendida, pero no dijo una palabra.

La expresión de la vizcondesa fue reemplazada por una amable sonrisa, pero Rashta estaba segura de que la otra mujer debía reírse de ella. Si la vizcondesa supiera sobre la relación de Roteschu con Rashta, no debería haberlo mencionado. ¿No era el trabajo del subordinado mantener a los demás fuera del camino? Rashta estaba segura de que, si la vizcondesa todavía estuviera trabajando para la emperatriz, habría sido más responsable.

Rashta se mordió el labio. Si hubiera sabido esto, se habría acostado en la habitación del emperador y fingiría enfermedad. Fue un error regresar aquí para organizar sus pensamientos sola.

No, no, el problema era que el emperador permitió que el vizconde se moviera libremente en primer lugar. ¿Por qué el emperador no lo expulsó? ¿Por qué no mató, él mismo, al vizconde o lo encarceló? ¿Soviesh no era capaz de nada?

Rashta contuvo las lágrimas calientes en sus ojos, mientras daba una orden a la vizcondesa Verdi.

—Dile que regrese.

Sin embargo, la vizcondesa Verdi vaciló.

—¡Dile que regrese!

Rashta gritó esta vez, pero la vizcondesa Verdi todavía no se movió. ¿Me estás ignorando ahora también? Rashta quería decir con rabia. La vizcondesa continuó con voz temblorosa.

—Bueno…dijo que, si no lo deja entrar, se arrepentiría…

—¿Él dijo eso?

—Sí.

La ira le dio coraje a Rashta, y apretó los dientes.

—Entonces, dile que entre. Déjame ver su cara desvergonzada.

Estaba decidida a darle un tazón frío de abuso.

Sin embargo, cuando él entró, con una sonrisa siniestra en su rostro, sus insultos murieron en sus labios.

—Señorita Rashta. Felicidades. Eres la concubina del emperador.

La vizcondesa Verdi, que miraba alternativamente entre Rashta y el vizconde Roteschu, salió corriendo de la habitación cuando Rashta la miró ferozmente.

Rashta se volvió para mirar al vizconde Roteschu, que se ayudó a sí mismo en una silla vacía.

—Muy bien, me gusta —dijo con satisfacción.

—¿Por qué estás aquí?

Rashta imitó el tono severo de la emperatriz. La propia voz de Rashta era perfecta en personas encantadoras, pero carecía de autoridad. El vizconde soltó una risita.

—Te has convertido en una gran dama ahora, Rashta.

—No digas mi nombre sin pensar. Ya no te dirigirás a mí simplemente como Rashta.

—Estoy seguro de que es cierto…por un período definido.

—¿Período definido?

—¿Sabes cuántos años permanece una mujer como concubina de un emperador?

Rashta se mordió el labio ante el comentario agudo del vizconde. Golpeaba los dedos contra la mesa y balanceaba el cuello al mismo tiempo, cuando notó el brazalete en la muñeca de Rashta.

—Oh, qué hermoso. ¿Está hecho de ámbar? Déjame ver.

Rashta arrojó su mano detrás de ella. El vizconde Roteschu frunció el ceño por un segundo, luego sonrió.

—El Emperador me ordenó corregir mi afirmación errónea de que eras una esclava fugitiva. Ahora estoy siendo tratado como un tonto que ni siquiera puede reconocer la cara de una persona. Si tu secreto será revelado o no, depende de mí. Estoy agradecido por el oro y la plata, pero no es suficiente, ¿eh?

Rashta se volvió hacia él salvajemente.

—¡Entonces, no deberías haber dicho eso desde el principio! ¡Eres desvergonzado! Solo estás escondiendo que soy una esclava fugitiva porque el emperador te lo ordenó. No estás haciendo esto por mí.

Una sonrisa insidiosa se extendió por la cara del vizconde Roteschu.

—Bueno, entonces, ¿por qué no dije nada sobre el bebé que abandonaste?

Rashta palideció.

—Bebé…

La sangre corrió a su rostro nuevamente, y ella apretó los puños. El blanco de sus ojos estaba rojo sangre.

—¡Cómo te atreves a mentir! ¡Mataste a mi bebé!

La ira inundó cada poro de su cuerpo. La forma en que él dijo tan despreocupadamente que ella abandonó a su bebé resonó con odio en su oído, pero ella cerró la boca por miedo a que la vizcondesa Verdi los escuchara.

—¿Y bien? —dijo el vizconde Roteschu y abrió mucho los ojos en un círculo exagerado.

Finalmente, Rashta se puso de pie.

—No puedes amenazarme con un bebé que ya no está.

El vizconde Roteschu se rió entre dientes.

—Que no está… ¿Qué quieres decir, Rashta?

Era una risa ordinaria, pero Rashta sintió que se le enfriaba la columna. La expresión de Roteschu se endureció de repente y su tono se volvió burlón.

—No mataría a mi propio nieto, mi propia sangre.

—¡Estás…estás mintiendo! ¡Vi el cuerpo con mis propios ojos…!

—Si no me crees, ¿quieres que te lo traiga?

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