La Emperatriz se volvió a casar – Capítulo 22: Defensa de hierro

Traducido por Maru

Editado por Ayanami


Rashta estaba segura de que su hijo se había ido para siempre, pero la actitud segura del vizconde la sacudió con dudas.

—Además, Rashta, piensa cuidadosamente. ¿Qué pensaría la gente si desapareciera repentinamente después de decir que eras una esclava fugitiva? ¿No dirían que el emperador estaba tratando de ocultar algo?

Rashta estaba acostumbrada a escuchar hablar a Roteschu como si fuera a pisotearla, pero su voz, de repente, adquirió un tono agradable. Ella tragó saliva.

—Además, uno no puede vivir tan inocentemente en el Palacio Imperial. Tanto engaño que hacer, ¿cómo podrías dejarle ese tipo de trabajo a alguien que no conoce tu secreto?

—¿Qué quieres decir?

—Criatura tonta, estoy diciendo que debes dirigir esa mirada hostil hacia otra persona. Ya sé todo sobre ti. En otras palabras, puedo ser perfectamente tus manos y oídos.

—¡No necesito a alguien como tú!

El vizconde Roteschu se inclinó hacia ella.

—Jugar a disfrazarse no te convierte en una dama, Rashta. Tal vez, después de un tiempo podrás sacudirte del pasado y ser aceptada entre los nobles, pero para entonces, ¿seguirías siendo una concubina que el emperador ama?

Los ojos de Rashta temblaron.

—El emperador dice que solo ama a Rashta.

—Tal vez. Tal vez no. Bueno, ¿cómo debería decir esto? No te has olvidado de mi hijo, ¿verdad?

Rashta se mordió el labio. El hijo del vizconde, que le había susurrado sus votos de amor, comenzó a cambiar a medida que se acercaba el nacimiento del bebé de Rashta. Comenzó persistente y terco, pero gradualmente se agotó.

Después de que el bebé murió, Rashta le suplicó que huyeran juntos. Finalmente, él le dijo que la amaba, pero que no quería cambiar su vida por ella.

—Parecía que estabas atrapada en el lodo, y deseaba salvarte de él. Pero estaba equivocado. Eres el fango y no puedo salvarte de él. Incluso cualquier niño nacido entre el lodo será arrastrado a ese fango y atrapado en él.

Ese miserable día. No fue solo el bebé lo que Rashta perdió.

Rashta apretó los puños, y la sangre comenzó a filtrarse desde donde sus uñas mordieron su carne. En lugar de detenerse, el vizconde Roteschu continuó pasando su lengua en forma de espada por las heridas de Rashta.

—Cuanto más te ame el emperador, más mujeres pobres y hermosas mirarán tu situación y esperarán. Para escapar de su lodo, también querrán aferrarse al Emperador.

—Entonces…

—¿Entonces, qué? Nobles codiciosos, señores extranjeros y cualquier persona interesada en la colusión política le enviarán todo tipo de mujeres hermosas al emperador. Y muchas de esas mujeres tendrán educación y estatus. No eres una emperatriz, Rashta. Si pierdes el amor del emperador, vuelves a la esclavitud.

—Si ese es el caso…no sirve de nada si me ayudas o no.

—No. Depende de ti y de tu capacidad de permanecer en su favor, pero puedo asegurarme de que ninguna otra concubina vendrá ni durará.

—¿Cómo?

—Primero, tienes que dejarme entrar.

El vizconde Roteschu se inclinó ligeramente por la cintura y habló en voz baja.

—Si me ayudas a mí y a mi familia a llegar al centro del poder, desempeñaré el papel de tu padre. Tu hijo es mi nieto, y lo que es bueno para él es bueno para mí.

Las palabras habrían sonado tentadoras para Rashta si no fuera por el hablante. ¿Cómo podría un hombre como él aceptar a un esclavo como su nuera? Incluso un perro que pasara se reiría de ellos. Estaba claro que él solo quería mantenerla cerca de él para dejarla salir.

La expresión de Rashta no cambió, y el vizconde Roteschu se rió entre dientes.

—No me crees. Pero sabrás de un vistazo que tu hijo se parece a ti.

Rashta no podía hablar, estaba congelada, como si perdiera todas las funciones de su cuerpo. El vizconde Roteschu la miró y se levantó con una sonrisa de satisfacción.

—Piensa cuidadosamente. Seguiré fingiendo ser un idiota que no puede reconocer caras, como Su Majestad lo ordenó.

♦ ♦ ♦

Las celebraciones de tres días del Año Nuevo llegaron a su fin, y la mayoría de los invitados regresaron a sus respectivos hogares, salvo algunos que solicitaron quedarse más tiempo, incluido el príncipe Heinley. Revisé y completé el período de estadía para los invitados restantes, sus secretarios, sirvientes y caballeros. Cuando vi la fecha de salida del príncipe Heinley marcada como “indeterminada”, sonreí reflexivamente.

Recordé que insistió en que Reina no comía alimentos crudos. Anteriormente, había consultado con un ornitólogo y le pregunté si había un pájaro con esa dieta, y recordé lo que había dicho.

—¿Un pájaro que no come alimentos crudos? ¿Quieres decir que cocina su comida? Tal pájaro inclinaría al mundo académico, Su Majestad.

Quizás, el príncipe Heinley no estaba alimentando a Reina adecuadamente por error.

Pero Reina parecía odiar los insectos.

¿Quizás, la persona a cargo de alimentar a Reina cortaba las orugas? No era de extrañar que Reina se sorprendiera al ver una en vivo. La próxima vez se lo daría adecuadamente.

Me encontré con el príncipe Heinley en el camino de regreso del trabajo, así que salí a caminar con él y le conté sobre mi plan. Quería informarle en caso de que no entendieran que estaba tratando de darle a Reina algo de comida extraña.

—Ah…

Después de mi explicación, el príncipe hizo un extraño gemido.

—¿Príncipe? ¿Está bien?

—Por favor… ¿puedes darle agua?

—Un ornitólo…

—Las aves orientales y las aves occidentales tienen diferentes temperamentos. Las aves occidentales comen comida cocinada.

¿Se suponía que debía creer eso? Hice una expresión escéptica, y él me miró implorante.

—Solo puede acariciar su cabeza. Eso es suficiente.

¿Al príncipe Heinley no le gustaban otras personas que alimentaran a Reina? Una vez escuché sobre un perro que no comía nada más que lo que el dueño le daba. Podría ser lo mismo con el pájaro. Sonreí y asentí, preguntándome si estaba siendo grosera, aunque la tensión en el rostro del príncipe Heinley no se relajó.

—Lo siento.

—Está bien. Estoy segura de que alimentarlo es encantador, pero él también es encantador por sí mismo.

—No…pero lo siento de todos modos. —Suspiró y se pasó la mano por el pelo rubio. ——Sólo…hay muchas limitaciones.

—¿Eh?

—Pronto será el cumpleaños de la reina, ¿no?

—¿Es su cumpleaños?

El príncipe Heinley se echó a reír, luego se corrigió.

—Me refería a su cumpleaños, Su Majestad.

—¿Lo sabía?

Sonreí débilmente. Las celebraciones grandes, generalmente, se realizaban en los cumpleaños de los emperadores y emperatrices, pero el mío estaba demasiado cerca del Año Nuevo. Celebrar grandes eventos en sucesión, entre sí, podría dañar la opinión pública y poner una carga sobre los nobles. Desde mi infancia, mis cumpleaños habían sido un asunto más íntimo como cenar con familiares y conocidos. El príncipe Heinley no sabía esto, por supuesto.

Cuando sonreí torpemente, dejó de caminar y ofreció su propia sonrisa.

—Sé el día, pero todavía no sé qué le gustaría.

—¿Quiere decir como un regalo?

—Soy su mejor amigo. Quiero pasar ese día con usted, ¿no lo sabe?

Antes de que pudiera responder, escuché un crujido. En lugar de responder al príncipe Heinley, miré a mi alrededor y vi a alguien que no esperaba ver.

Era Soviesh. Aparte de un solo caballero, caminaba solo. La mirada de Soviesh cayó sobre mí y el príncipe Heinley.

—Emperatriz. —Soviesh me llamó con una voz severa y frunció el ceño. —¿Estás con él?

No quería responder, ya que mis sentimientos sobre Soviesh aún no se habían resuelto.

—Sí.

Le ofrecí la respuesta más contundente, y el pliegue en la frente de Soviesh se hizo más profundo.

—Príncipe Heinley. ¿Cuánto tiempo va a permanecer aquí?

El príncipe Heinley respondió con una amplia sonrisa, a pesar de que tuvo una discusión con el emperador hace solo unos días.

—Alrededor de dos o tres semanas, creo.

—¿No es demasiado tiempo? El rey occidental no goza de la mejor salud y no es bueno que el príncipe heredero se mantenga alejado.

Soviesh no era tímido al ocultar su disgusto por el príncipe Heinley, que se había acumulado desde el conflicto del príncipe Heinley con Rashta. Sin embargo, la observación de Soviesh no estaba mal.

—Gracias por su preocupación.

El príncipe Heinley respondió con una simple sonrisa y no dijo nada más. Un silencio tenso reinaba sobre el grupo.

—Me iré primero, Su Majestad.

Rápidamente, le dije adiós a Soviesh, ya que solo nos lastimaríamos mutuamente si me quedaba más tiempo. Sin embargo, Soviesh parecía ofendido y volvió a llamarme.

—Emperatriz.

Esa mirada… ¿solo quería insultarme frente al príncipe Heinley? Ese fue mi primer pensamiento por la experiencia pasada. Para mi desgracia, o tal vez fue una bendición, habló primero con el príncipe Heinley.

—Necesito hablar con la emperatriz, y espero que siga su propio camino.

—Ya estaba caminando con ella, Su Majestad.

—Tengo algo que decirle a la emperatriz, príncipe Heinley.

Soviesh se interpuso entre el príncipe Heinley y yo, y me tendió el brazo para que lo tomara.

Cuando miré al príncipe Heinley, vi que tenía los labios apretados, como si quisiera que no seguiera a mi marido. Tomé la mano de Soviesh, sintiendo pena por el príncipe Heinley, que parecía un triste perrito, mientras Soviesh lo fulminaba con la mirada.

—¿Por qué está mirando a la emperatriz con una expresión miserable? —Soviesh lo miró como si lo encontrara patético.

—La emperatriz me estaba mostrando los alrededores, y el emperador se ha llevado a mi guía.

—La emperatriz es mi esposa, no una guía turística para un príncipe.

Soviesh envolvió su brazo posesivamente alrededor de mi hombro. No podía negarlo, suspiré y caminé junto a sus pasos. No fue hasta que el príncipe Heinley se perdió de vista cuando dejó caer el brazo.

—¿Por qué estás mostrándole el lugar a ese mujeriego?

—Me encontré con él en el camino del trabajo.

—Deja que alguien más lo maneje de ahora en adelante. Hay muchas otras personas en el palacio, ¿pero quiere que la emperatriz lo guíe?

—El príncipe Heinley es el sucesor de una nación poderosa con gran riqueza y poder militar. No tenemos que estar en malos términos.

Soviesh miró hacia el caballero, quien hizo una reverencia y se alejó. Soviesh apoyó su brazo contra una columna y me lanzó una mirada de reproche. Sospeché que no quería que cultivara relaciones con el hombre que le degradaba a Rashta.

—Para ser honesto, no quiero que lo cuides.

Lo sabía. Era increíblemente obvio. Él sonrió sombríamente y enfatizó sus palabras.

—Tiene una cara bonita y actúa como un perro mascota frente a ti. Pero solo traerá escándalo si te asocias con él.

—¿Escándalo?

—Otras mujeres nobles y señoritas, se unen a este mujeriego creyendo que están en una relación. Sin embargo, la emperatriz es una de las personas más honorables en este país. Tú representas al imperio. ¿Dónde está el honor de la Casa Imperial si eres influenciada por un mujeriego occidental?

—Mi honor no se empaña al hablar con él. Si no ves esta amistad como una amistad con algún otro noble, Occidente no estaría contento contigo.

—No me escucharás.

—Si se trata de la señorita Rashta…

—¿Quién dice que se trata de Rashta? ¿Por qué se trae aquí el nombre Rashta?

Porque ella era la razón por la que odiaba al príncipe Heinley. Miré a Soviesh, a pesar fingir ignorancia, él dio un suspiro frustrado.

—Realmente, odias a Rashta.

—Solo dije el nombre porque ella es la razón por la que quieres excluir al príncipe Heinley.

—No. La odias, así que la estás usando como escudo en todo.

Estaba cansada. No quise responder.

—Me iré si continúas así.

—Sobre Rashta…

Di unos pasos y me detuve. Cuando me di vuelta, Soviesh se aclaró la garganta y su voz se suavizó.

—Antes. Te hablé con demasiada dureza.

—¿De qué estás hablando?

—Hace tres días.

Me quedé mirándolo, sin responder.

—No debería haberte culpado cuando llegó el vizconde Roteschu…estaba molesto. Lo siento.

—Sí…

Soviesh siguió mirando torpemente el suelo en lugar de a mí.

¿Pierde los estribos cuando se trata de Rashta, pero vuelve a sus cabales en unos tres días?

Debo recordarlo la próxima vez que suceda algo con Rashta nuevamente. Le di una sonrisa mecánica, asentí y me di la vuelta otra vez.

—Emperatriz. —Pero Soviesh me llamó una vez más. Me volví y él se me acercó vacilante.

—Pronto será tu cumpleaños. Nos hemos separado el uno del otro últimamente…tal vez, podamos ir a la villa para reconciliarnos. ¿Qué piensas?


Maru
Que no, bastardo.

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