Villana en un otome, ¿cómo acabaron las cosas así? – Capítulo 64: El mismo nombre (8)

Traducido por Herijo

Editado por Raon Miru


Ratoka finalmente estaba dominando lo básico del estoque. Como todo típico chico proveniente de una aldea, le gustaba demasiado las artes marciales. Aún más, estaba orgulloso por ser capaz de aprender, algo que un plebeyo común nunca tendría la oportunidad de hacer.

Eran finales del verano, así que el calor y la humedad estaban parando. Fue entonces cuando escuchó algo que lo hizo preguntarse “¿por qué?”.

—En primer lugar, ¿por qué se decidieron las cosas así?

La persona sentada frente a él, Bellway, le acababa de decir algo sin siquiera darle una explicación como siempre lo había hecho.

—Tu entrenamiento con el estoque terminará pronto y en su lugar comenzarás a aprender a usar la lanza. Tu maestra será Claudia, estarás aprendiendo en los campos de entrenamiento y tu nombre cuando estés con ella será Ratoka en lugar de Elise. Además, siempre que hables con alguno de los soldados personales del conde asegúrate de nombrarte como Ratoka. Ya que soy responsable de tus acciones, por favor no causes problemas innecesarios.

Bellway terminó de decir todo lo que quería y rápidamente se puso de pie, retirándose sin dar ninguna respuesta.

A pesar de que le permitieron usar su nombre real con esas personas, aún tenía ciertos sentimientos incómodos.

¿Por qué tenía que aprender a usar la lanza, después de todos los problemas que había pasado para aprender lo básico del estoque? No podía hacer otra cosa que pensar sobre eso una y otra vez con un sentimiento pesado en su corazón, y aún así no pudo llegar a ninguna respuesta.

En primer lugar, ¿por qué estaba aprendiendo cosas que solo los nobles hacían? Recordando la vez en la que le arrojó la piedra a Eliza, cada vez entendía menos lo que esperaba de él.

La oyó ordenar que lo ejecutaran, pero en su lugar, en el día en que tomaría lugar, simplemente lo encarcelaron y tomaron un mechón de su pelo

Le proveyeron una amplia variedad de comida, e incluso se le permitió salir regularmente. A diario, una toalla para limpiar su cuerpo y un baño caliente eran preparados. Gracias a todo eso, comparado a cuando estuvo en Cyril, el delgado y maltratado cuerpo que tenía había desaparecido completamente, con su cabello luciendo más limpio y sano, su complexión siendo mejor, dando una apariencia limpia.

Si los aldeanos lo vieran actualmente, no habría manera de que alguno de ellos lo reconociera. Todos creían que había sido ejecutado durante ese acto, y para empezar casi no tenían contacto con él.

Lo más que podrían recordar es el color de su cabello y ojos. Después de todo, era por su parecido con el Señor del territorio anterior que todos lo evitaban después de su muerte.

Sin embargo, a pesar de que cambió demasiado su apariencia, no podía decir con seguridad que fue algo bueno. No podía abandonar algunas partes de su apariencia ni el nombre que su madre le había dado. Incluso si ella se había vuelto loca y lo había lastimado en múltiples ocasiones.

El nombre femenino “Ratoka”, el cabello largo que le había hecho conservar como si fuera una niña, ambas eran pruebas del amor de su madre.

Incluso si su cabellera solía estar sucia y descuidada, que alguien la cambiara sin su permiso y que lo forzaran a usar un nombre diferente por su propia conveniencia, robándole el original, por supuesto guardaría resentimiento en su interior.

Sin embargo, comenzaba a entender un poco que todo esto fue para mantenerlo con vida.

Los nobles son los que ejecutaban la ley. El antiguo señor del territorio que torturó a sus ciudadanos era una excepción, si hubiera sido un noble real, serían los que rompieran las leyes los que serían castigados.

Proteger y hacer valer la ley no significaba usarla para su propia ventaja, esta debía aplicarse por igual, desde los plebeyos hasta los nobles e incluso la realeza.

Eliza debió saber eso e incluso haciéndolo, le permitió vivir. Debió ser ejecutado de acuerdo con la ley, pero aún así, la joven la había roto permitiéndole conservar su vida, siendo un asunto realmente serio.

Sobre todo, fue atrapado lanzándole una piedra e incluso le había dicho que muriera. Romper las leyes para mantenerlo con vida no representaba ningún beneficio para ella sino todo lo contrario, era algo que podría perjudicarla en un futuro.

Las personas parecidas a él que tenían resentimiento hacia la única superviviente de la familia del antiguo señor del territorio no eran pocos. Se preguntaba qué pasaría si alguien más le lanzara una piedra tal como él hizo, ¿también le perdonaría la vida?

Cuando se puso a pensar en eso, incluso con el odio que sentía hacia ella, notó la carga realmente pesada que está sobre sus pequeños hombros.

 ♦ ♦ ♦

Bellway lo llevó a Ratoka a los campos de entrenamiento que no había visitado en un largo tiempo y donde vió a varios soldados que no conocía. No estaban vistiendo armaduras desgastadas de cuero como la armada del territorio, sino que vestían armaduras hechas de metal.

 —Señor Bellway, ¿quién es este niño?

—Es un huérfano que estará entrenando para convertirse en soldado para la armada de Kaldia empezando esta primavera. Comenzará a aprender el uso de la lanza en este lugar y como estaba preocupado de que fuera a perderse, decidí guiarlo hasta aquí.

—Ya veo, pero seguramente no era necesario que se molestara en traerlo hasta aquí usted…

—Todos los demás dentro de la mansión se encuentran ocupados, por lo que no hubo otra opción.

Los soldados a los que no conocía vinieron a conversar con Bellway. No conocía a ninguno de ellos y encima de eso aquel hombre se encontraba mintiéndoles justo enfrente suyo. Sintió que algo turbio estaba pasando.

—Ya que su instructor estará llegando pronto, por favor dejen una sección de los campos de entrenamiento para su uso.

Antes de que pudiera notarlo, él ya había terminado de hablar con los soldados y le había tocado en el hombro, lo que causó que temblara volteando a la dirección que le indicó.

Había visto a Gunther y a otros cuantos soldados usar lanzas de madera para entrenar antes, así que amarró algunas telas alrededor de la lanza para pasar el tiempo hasta que oyó la voz de una genial y madura chica llamándolo.

—¿Eres Ratorika?

Cuando alzó la mirada, vio a una hermosa joven de pelo rubio a la cual había visto varias veces antes. Claudia.

—Um… Es Rakota —respondió el joven,

—Con que Ratoka, lamento mi error. Soy Claudia, un placer —dijo mientras asentía.

—Estaré a su cuidado.

—Bien, entonces comencemos de inmediato. Empezaremos con veinte vueltas alrededor de los campos de entrenamiento.

Ante esas palabras que dijo instantáneamente  sin ninguna gota de duda, la lanza de madera que estaba sosteniendo se soltó de su rostro cayendo al suelo.

Veinte vueltas era un número que incluso los experimentados tendrían problemas en darlas. Por cierto, lo más que había hecho hasta ahora eran ocho vueltas, y ella quería veinte.

—Bien, comencemos —declaró Claudia.

Sin poner atención a su reacción, ella le dijo que se apurara y comenzara a correr. Incluso si tomaba un ritmo tranquilo. ¿No eran veinte vueltas demasiado irrazonables?

Pero incluso así, siguió las órdenes y terminó sin energías después de sólo quince, provocando que le fuera imposible seguir por el resto del día. Así, su entrenamiento terminó más temprano de lo esperado.

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