¡Cuidado con esos hermanos! – Capítulo 21: Amor no correspondido

Traducido por Herijo

Editado por Shiro


—Bueno, me voy, Hubert.

—Que tenga un buen viaje, señorita Hari.

Le anuncié mi partida a Hubert, el mayordomo, y salí. Quizás por mis cada vez más frecuentes excursiones, me despidió con una naturalidad ya habitual.

Mi destino de hoy era el Palacio Imperial.

Aún quedaba mucho tiempo para la hora convenida, pero subí al carruaje antes de lo necesario. Ethan, que me seguía, me ofreció su mano para ayudarme a subir.

—Gracias.

Le ofrecí mi agradecimiento por su compañía incondicional, que me brindaba sin el menor atisbo de molestia, y él asintió en silencio.

Uf, algunas cosas nunca cambian, ni tras un año, ni ahora. Pero… ¿acaso no somos mucho más unidos que antes? Puede que no se note por fuera, pero siento, sin lugar a dudas, que la distancia emocional entre nosotros se ha reducido, ¿verdad? No puede ser solo mi imaginación. Tiene que ser verdad.

Tragué las lágrimas que se asomaban y me acomodé en el carruaje.

El camino al Palacio Imperial ya me era familiar. Al principio, cada visita me ponía un poco nerviosa, por supuesto, pero después de una o dos, aprendí a mantener la compostura.

Tras un tiempo, el carruaje se detuvo. Parecía que habíamos llegado a la entrada principal. La espera no fue larga. El guardia de la puerta, al ver el escudo en el carruaje, nos dejó pasar de inmediato. Después de más de un año acudiendo a invitación del príncipe Dice, aquello era lo esperado.

Aparté la cortina de la ventana y asentí a la persona que aguardaba fuera. El caballero que se encontró con mi mirada se sobresaltó, y su postura se volvió aún más rígida.

El carruaje avanzó un poco más antes de detenerse por completo. Una vez más, acepté la ayuda de Ethan para bajar.

Habíamos llegado al palacio exterior. A partir de este punto, los carruajes estaban prohibidos: el resto del trayecto debía hacerse a pie.

Paremos a ver a Eugene de camino.

Mi destino final del día era el palacio interior, donde residía el príncipe Dice, pero aún tenía tiempo antes de nuestra cita. Así que avancé con Ethan por un sendero lleno de vegetación exuberante.

Mientras caminábamos, nos encontramos con varios sirvientes del palacio. Todos me saludaron con familiaridad.

—¿Por qué no los saluda usted también? —pregunté con un impulso travieso, al notar las miradas que las doncellas lanzaban a Ethan—. Todos lo miran con tanta expectación.

Con su porte atractivo, captaba la atención de las mujeres dondequiera que iba. Por supuesto, Ethan nunca les prestaba la más mínima atención.

¿Cómo puede mostrarse tan indiferente cuando estas damas, tan encantadoras, ni siquiera intentan ocultar la admiración en sus ojos?

Una vez más, ni se inmutó. Respondió a mi broma con su rostro imperturbable:

—Mientras estoy de servicio…

—Sí, sí. Nada de conversaciones personales ni de mirar a los lados.

¡Como si no lo supiera! No es porque podamos leernos la mente… ¡es que lo he escuchado tantas veces en este último año que me lo sé de memoria! En fin, sus reacciones son tan aburridas. Mmm… ¿seguirá tan indiferente incluso con esto?

—¿No será que sus estándares se han vuelto demasiado altos después de escoltar a una joven tan bonita?

Me dejé llevar por un impulso juguetón y lo provoqué con suavidad. Siempre me divertía ver cómo, pese a su estoica fachada, un ligero estremecimiento lo traicionaba.

Además, mi belleza comenzaba a florecer. Bastaba una sonrisa apenas insinuada, un brillo en mis ojos, y muchos hombres enrojecían al instante.

Ethan, en cambio, al cruzar mi mirada, se quedó petrificado.

—No tengo deseo de vivir una larga vida, pero eso no significa que desee morir en este instante.

Vaya…

Su respuesta, tan seria, me incomodó un poco.

Eh… ¿Será porque ha visto cómo el segundo buscaproblemas aparta sin piedad a cualquiera que se me acerque demasiado?

Uf… Kabel ha sido una verdadera molestia en ese sentido.

—Ejem, era broma.

Me aclaré la garganta y retomé el camino, dándole la espalda. No intentaba coquetear en serio; sabía bien que él nunca cedería. Y aun así, que se lo tomara con tanta seriedad me dejaba algo avergonzada.

¿Oh?

A lo lejos, mis ojos distinguieron una figura conocida.

Es mi hermano.

Era Eugene.

Debía de haber salido de una reunión. Se hallaba en el primer piso de un edificio, junto a un pilar, conversando con lo que parecían ser otros oficiales. Por supuesto, no alcanzaba a oír sus voces desde donde estaba.

El sol de la tarde dibujaba un resplandor dorado a lo largo de su silueta, y la luz, intensa, hundía su rostro frío en sombras aún más profundas.

No sé de qué hablaban, pero Eugene parecía dirigir la conversación. Era, por mucho, el más joven de todos; sin embargo, parecía que los demás se movían con cautela a su alrededor.

Lo observé en silencio unos instantes, con el corazón desbordado por una emoción indescifrable, sin saber si debía alegrarme o entristecerme por su crecimiento.

Pronto, aparté la vista de su figura lejana y volví a caminar.

No debería molestarlo.

—¿No va a ir a verlo? —preguntó Ethan, por una vez, tomando la iniciativa.

Respondí con una leve sonrisa:

—Con verlo de lejos es suficiente.

Cada vez que visitaba a Dice,  solía pasar por el lugar de trabajo de Eugene, siempre que el tiempo me lo permitía. Pero hoy no parecía adecuado. No debía interrumpirlo mientras hablaba con los oficiales.

Levanté la vista hacia la torre del reloj que se erguía más allá del edificio, visible desde cualquier rincón del palacio.

Todavía falta para la cita.

Aunque el príncipe y yo nos habíamos hecho mucho más cercanos, sería descortés presentarme antes de la hora señalada.

Es principios de verano, así que no hace demasiado calor. ¿Quizás debería dar un pequeño paseo antes de ir?

Decidida, giré a la derecha en una bifurcación del camino, bajo un dosel de ramas entrelazadas. Las hojas sobre mi cabeza murmuraban, rozándose unas a otras como si conversaran en voz baja. Los jardines del palacio estaban abiertos para los invitados con permiso, pero aquel día los caballeros bloqueaban el acceso con rostros que me eran ya familiares.

¿Eh?

Ah, esos son los caballeros de Dice. ¿Estará paseando por el jardín ahora mismo?

—Señorita Ernst, no puede entrar en el jardín en este… —dijo un caballero al reconocerme en cuanto me vio.

—¡La… la próxima vez, vayamos a verlo juntos! —Lo interrumpió una voz desde el interior del jardín.

—Parece que Su Alteza el príncipe Dice está con un invitado —comenté.

El gesto del caballero se ensombreció ligeramente y miró hacia la entrada con inquietud.

¿Con quién podría estar para provocar tal reacción?

Pero si Dice estaba tartamudeando como un tonto, solo podía ser una persona…

—¿A Su Alteza también le gusta la ópera?

Al oír la voz que siguió, supe al instante de quién se trataba: Rosabella.

—Sí, me gusta… —balbuceó Dice.

—Ya veo. No lo sabía.

Sentí un leve dolor de cabeza asomarme en la sien; aquel hombre siempre se convertía en un idiota delante de ella. Observé las expresiones de los caballeros: delatadas, avergonzadas. Claramente les había confiado sus sentimientos.

Con razón parecían tan preocupados cuando intentaron detenerme antes.

Supongo que es natural que la gente que siempre está al lado de Dice se dé cuenta.

—¡Señorita Velontia! —la llamó Dice un poco más alto.

—Sí, Su Alteza. Hable, por favor.

Las voces llegaban claras hasta la entrada del jardín, debían encontrarse cerca.

—Entonces… lo que me gusta es…

¡Ah, no puede ser…!

Me tensé, y una premonición ominosa me invadió. Pero, ¿acaso un hombre de su posición, un príncipe, diría algo tan imprudente aquí?

Además, el Dice que yo conocía sin duda diría algo extraño en este momento…

—En realidad, lo que me gusta es, quiero decir…

La voz que siguió me hizo callar, consternada.

—¡Me gusta la pluma de pavo real del sombrero de la dama! ¡Su curva perfecta es la máxima expresión de la belleza, y su brillante tono azul es verdaderamente magnífico!

Oh, por el amor de Dios.

No pude evitar negar con la cabeza.

No es que lo esté animando ni nada, pero… uf, ¡esto es patético!

—Gracias. Debe gustarle el color azul, Su Alteza.

Rosabella permaneció serena, incluso mientras lidiaba con el comportamiento tonto de Dice.

—Me retiro ahora. Debo ir a encontrarme con mi prometido.

—Ah… claro. Le he quitado demasiado tiempo.

La voz de Dice se volvió notablemente abatida ante las palabras de Rosabella.

—En absoluto. He pasado un rato agradable.

Pero, sorprendentemente, las siguientes palabras de Rosabella trajeron consigo un eco de risa. Tiré de Ethan conmigo y me deslicé a un lado, ocultándome a la vista.

Un instante después, Rosabella emergió del jardín, marchándose con su caballero. Dice apareció poco después, su mirada clavada en la espalda de ella en retirada antes de llevarse las manos a la cabeza con un gemido.

—¡Uuuugh…!

Parecía que el recuerdo de su propia patética actuación había caído sobre él con todo su peso. Al verlo, chasqueé la lengua en secreto, para luego salir lentamente de mi escondite detrás del árbol.

Al percatarse de mi presencia, Dice levantó la vista sobresaltado.

—¡Tú! ¡¿Qué haces aquí?!

Pero al ver mi expresión, pareció darse cuenta de algo, y un rubor lento tiñó su rostro.

—No he oído nada. —Le ofrecí a Dice una mentira piadosa, pero él no pareció creerme.

¿Acaso mi mirada le transmite una piedad inconsciente?

Parece que tenía razón. El rostro de Dice se contrajo de ira mientras me gritaba.

—¡Lo sé! ¡Tú también piensas que soy un tonto, ¿verdad?!

Aunque lo digas… Bueno, sí, te considero un poco tonto, pero… ¿cómo podría decírtelo a la cara?

—¡Bien, sé que soy un tonto, así que si quieres reírte, adelante, ríete a carcajadas!

Dice se despojó de la digna compostura principesca que solía mostrar a los demás y se enfurruñó como un niño. De la misma forma en que yo me había sentido a gusto en compañía, él también había comenzado a tratarme con una familiaridad evidente.

—No, Su Alteza. No fue tan tonto como para que quisiera reírme a carcajadas.

—Así que, aun así, me llamas tonto… —murmuró él, con una desesperanza que calaba hondo, llevándose una mano al rostro enjuto—. Ah, ¿por qué me convierto en un idiota cada vez que me hallo frente a ella?

Nada tuve que responder; tan solo le ofrecí una sonrisa tenue. El príncipe Dice… estaba atrapado en la maraña de un amor imposible por Rosabella Velontia, la prometida de Eugene.

—¿Qué? ¿Sientes curiosidad por saber cómo logró cautivar mi corazón?

En la alta sociedad corrían rumores —unos maliciosos, otros inocentes— acerca de sus sentimientos hacia mí, aunque la verdad era muy distinta.

—De acuerdo, como eres mi amiga, haré una excepción especial y te lo contaré.

La persona que realmente le gustaba no era otra que Rosabella.

—Lo cierto es que temo a los carruajes. Es un síntoma que surgió tras aquel accidente en el coto de caza, que conoces bien. Pero dada mi posición, hay momentos en los que me veo obligado a subir a uno, ¿sabes?

Me percaté de ello poco después de comenzar a frecuentar el palacio como su compañera.

—Ese día, también forcé una sonrisa y me obligué a subir.

No hubo un desencadenante concreto; solo tuve una revelación repentina cuando vi a Dice, inusualmente tartamudo y actuando de forma tonta delante de Rosabella, igual que ahora.

—Durante todo el trayecto sudaba sin tregua, apenas podía respirar… realmente pensé que iba a morir. Pero, ¿qué podía hacer? Fingí, saludé a la gente, terminé mis palabras de Año Nuevo, y luego me derrumbé en un lugar donde nadie pudiera verme.

Incluso ahora, Dice evocaba aquel día con expresión aturdida, como si lo estuviera reviviendo, los ojos fijos en un punto invisible.

—Pero entonces, la señorita Velontia se acercó y me tendió un pañuelo con dulzura.

Guardé silencio, ejerciendo el papel de confidente, aunque dentro de mí se agitaba cierta inquietud.

—Incluso me dio unas palmaditas en la espalda, mientras yo apenas podía contener las arcadas. De toda esa gente, fue la única que se dio cuenta que no estaba bien. ¿No es muy considerada y amable?

Ah, sí… muy considerada y amable. Entiendo por qué te enamoraste de Rosabella. Pero no has olvidado que es la prometida de mi hermano, ¿verdad?

Si él me preguntara por qué parecía tan preocupada, después de que me rogara casi con los ojos que le preguntara, me sentiría ofendida.  ¡Hace apenas un instante, Dice me miraba con expresión suplicante, ansiando aferrarse incluso a mí para aliviar su carga!

—¿Cuándo fue eso?

—En el festival de Año Nuevo de hace tres años.

Su respuesta brotó sin titubeo, como si hubiera revivido ese instante una y otra vez.

¡Un momento! ¿Eso significa que Rosabella ya le gustaba antes de prometerse con Eugene?

Conflictuada, volví la mirada hacia Dice.

—No te preocupes, soy consciente de que ella pertenece al duque Ernst. Además, lo considero mi hermano —dijo, alzando la taza de té con amarga resignación—. Hoy mismo crucé palabras con la señorita Velontia porque me la encontré al salir de la biblioteca del palacio…

—Pero estaba a punto de confesarse.

Ante mi observación, un gesto de alarma surcó su rostro.

—E-Eso fue, yo no…

Era un desliz que fácilmente podía convertirse en deshonra: un príncipe codiciando a la prometida de su vasallo. Y él lo sabía, hundido en vergüenza, su nerviosismo desbordado tras aquella imprudencia. Yo no pude evitar soltar un suspiro.

—No es mi intención reprenderle, Su Alteza. ¿Acaso tengo yo ese derecho?

Porque el corazón, lo sé demasiado bien, nunca obedece a la razón.

—¿Y por qué no? Eres hermana de Eugene, y también mi amiga. Tienes más derecho que nadie.

Con total naturalidad, Dice me llamó amiga. Yo le respondí con una leve sonrisa.

—Son palabras muy amables.

Pero ¿será que Rosabella ignora sus sentimientos? Resultaba difícil creerlo: sus reacciones, sus gestos, todo hablaba por él. Y aun así, si los conociera, ¿qué podría hacer? Si él no se atrevía a confesar, lo correcto era fingir ignorancia. Y si lo hiciera… la situación se volvería insoportable.

Así llegué a la certeza de que Dice jamás confesaría su amor. Aunque, de tanto en tanto, sus actos al filo del desvarío lo arrastraran a situaciones peligrosas, siempre encontraba un modo de retroceder.

—Ánimo, Su Alteza.

Le regalé unas palabras huecas, sabiendo que no eran consuelo. Porque ni siquiera yo, su única confidente, podía aliviar su pena. Yo estaba, inevitablemente, del lado de Eugene.

♦ ♦ ♦

Aquella noche, abandoné el palacio de Dice con el corazón apesadumbrado.

Desde que conocí la verdad sobre sus sentimientos, la incomodidad se había instalado entre nosotros. A decir verdad, Nada podía hacer: no me correspondía instarlo a olvidar a la prometida de mi hermano. Además, sin duda él ya lo había intentado en vano miles de veces.

Si un amor pudiera desvanecerse tan fácilmente, ya lo habría arrancado de raíz.

Me pregunto si, en aquel otro mundo, donde yo tenía veintisiete años, también amaba a Rosabella. Pero eso, por supuesto, es un misterio imposible de desvelar.

—Mi señora.

Ethan, que me seguía en silencio, habló de pronto. Al levantar la mirada, extrañada, me encontré con una figura al frente.

Ah… Eugene.

—¡Hermano!

Corrí hacia él con apresurada alegría. De pie junto al carruaje, al oírme se volvió hacia mí. Su ceño se frunció apenas abrir la boca.

—No corras de esa manera…

Mas antes de terminar, me torcí el tobillo. Ahora, ya mayor, solía llevar tacones, pero lo olvidé y me lancé a correr.

Ah, ¿me voy a caer aquí? ¡Frente a tantos ojos curiosos!

—¡Uf!

Mi cuerpo se inclinó peligrosamente hacia adelante.

Pero, en un parpadeo, Eugene me sujetó, evitando la caída. Sus brazos me rodearon, y yo, instintivamente, me aferré a él.

Vaya, eso sí que me asustó.

El sobresalto me hizo latir el corazón con fuerza. De haber caído, la humillación me habría marcado para siempre.

Un suspiro cálido agitó mis cabellos. Eugene seguía sosteniéndome.

Ah, está demasiado cerca.

Quise incorporarme enseguida, le agradecí con torpeza:

—Gracias por sujetarme. Casi me caigo…

Entonces, su mano en mi brazo se apretó con suavidad, para luego apartarme, como sacudiéndose un roce incómodo.

—¿Está bien, mi señora?

Me quedé perpleja.

—Eh… estoy bien —respondí a Ethan, y levanté la vista al rostro frente a mí.

—Deberías haber tenido cuidado. Podrías haberte lastimado.

Y lo dijo con tal naturalidad que nadie alrededor notó nada extraño. Su semblante, tan sereno como siempre, no dejaba huella de lo ocurrido. Al punto, empecé a preguntarme: ¿Había sido solo mi imaginación?

—Señorita Hari, yo también estoy aquí.

—Señor Rowengreen, hola.

Rowengreen, a quien no había visto hasta entonces, me saludó con sigilo desde detrás de Eugene.

—He oído que hoy visitaba el palacio y lamentaba no haber podido verla.

—Ah, hoy no he tenido tiempo, así que fui directamente a ver a Su Alteza.

—Ya veo. Pero ahora es un buen momento; pueden irse a casa juntos.

Intercambié breves saludos con Rowengreen, que parecía estar de buen humor por haber salido temprano del trabajo. Antes me había dado la vuelta al ver a Eugene conversando con los oficiales, pero preferí callar ese detalle: temía inquietarlo si lo mencionaba, así que solo dije que había ido de inmediato al palacio de Dice.

—Volvamos.

Finalmente, tomé la mano de Eugene y subí al carruaje. Al mirarlo de reojo, noté que la sensación de zozobra que me había rondado antes ya se había desvanecido.

—Parece que hoy has acabado pronto. Te veo marcharte más temprano de lo habitual.

—Vino una visita y, como no había asuntos urgentes, aproveché para terminar antes.

Esa visita probablemente fue Rosabella. Recordé que, en su charla con Dice, había mencionado ir a ver a su prometido.

—Ya veo.

Dudé en preguntarle algo más sobre ella, pero al final solo respondí con evasiva y desvié la mirada hacia la ventana. Entonces Eugene, que había estado observando mi rostro, formuló de pronto una pregunta que me hizo estremecer.

—¿Pasó algo?

—¿Qué quieres decir con que si pasó algo? —me obligué a contestar con calma.

Como si no hubiera visto a Rosabella aquel día, como si no me hubieran forzado a escuchar a medias la confesión del amor no correspondido de Dice… Los ojos de Eugene me pasaron de largo.

—Es solo que hoy su conversación pareció alargarse más de lo normal.

Comprendí: le había extrañado que saliera del palacio de Dice más tarde de lo habitual.

—Ah, es que… no hablábamos de nada especial, pero el tiempo pasó volando hoy.

—¿De verdad?

—Sí.

Por fortuna, Eugene no insistió más. No parecía sospechar, y yo, aliviada en secreto, le sonreí.

♦ ♦ ♦

—¿De verdad? Debes haberlo pasado mal.

Esa noche hablaba con Johannes a través de la piedra de comunicación. Me reí al escuchar cómo había regresado a Bastier el fin de semana pasado y sufrido por la inagotable energía de Louise.

—Es mi madre quien lo pasa peor —repuso—. Se queja todos los días de que todo era mejor cuando estabas aquí. Louise, al menos, te obedecía.

—Yo también los echo de menos.

—Ven a visitarnos la próxima vez. Siempre eres bienvenida.

Como era entre semana, Johannes estaba en la academia. Trás él se adivinaba la escena de su dormitorio: pulcro y ordenado, reflejo fiel de su carácter. Nada que ver con la guarida caótica de Kabel, que tantas veces había visto también a través de la piedra.

—¡Eh, te atrapé! ¿Quién te ha dado permiso para hablar con mi hermana?

Una voz atronadora me sacudió el tímpano. Kabel apareció de pronto en la piedra de comunicación.

Vaya… hablando del rey de Roma.

Con una toalla aún en la cabeza y con el cabello chorreando, parecía recién salido de la ducha.

¿Eh? ¿Y por qué ha entrado ese en la habitación de Johannes? Si normalmente rechina los dientes con solo oír su nombre…

Johannes, con el ceño fruncido por la misma duda, preguntó.

—¿Qué… qué haces en mi habitación?

—¡Hmph! ¡Mi gran intuición me dijo que hoy estabas tramando algo sospechoso!

—Nunca te di permiso para entrar en mi habitación.

—¡No necesito tu permiso!

El sonido de su riña fue todo lo que se escuchó por un momento. Chasqueé la lengua y, como si estuviera dolida, le dije al segundo problemático del otro lado:

—Kabel, ¿ni siquiera vas a saludarme?

Ante eso, Kabel apartó a Johannes y se acercó tanto que su rostro ocupó la superficie mágica.

—¡Llámame a mí en lugar de a este! ¡Estoy libre, completamente libre! ¡Tengo tanto, tanto tiempo!

Pero, segunda molestia, estás poniendo demasiado. ¡Puedo ver tus poros!

Sintiendo una sutil presión por el rostro de Kabel que más que llenaba la piedra de comunicación, me eché sutilmente hacia atrás.

—Ya casi es la hora de pasar lista. Te llamaré mañana.

—¡No importa, yo puedo ganarle al jefe del dormitorio!

¿Ganarle en qué, idiota? ¡Preocúpate de tus faltas!

Tras nuevos forcejeos y voces, la imagen volvió a mostrar el rostro sereno de Johannes, como si al fin se hubiera librado de Kabel.

—Lo siento, Hari. La estática se prolongó demasiado.

—¡¿Qué?!  ¡Estoy aquí mismo hablando…!

—Ya es bastante tarde. Deberías descansar.

—Sí, tengo que salir mañana, así que ya me voy a dormir.

—¡Ah, apártate! ¿Vas a salir? ¡Yo también quiero ir!

—Ven si puedes.

No te metas donde no te llaman ¡Y tú tienes que ir a clase en la academia!

Dejando atrás al quejumbroso Kabel, me despedí de Johannes y terminé la llamada de la piedra de comunicación.

—Ah, estoy cansada…

Me dejé caer en la cama y la fatiga pronto me arrulló con somnolencia. Hablar con Johannes siempre me serenaba, hasta el punto de hacerme olvidar, aunque fuera por un instante, las preocupaciones y ansiedades que me corroían.

Permanecí tendida, mirando el techo. Mis párpados pesaban, a medio cerrar, pero mi mente, extrañamente lúcida, no cedía al sueño.

De pronto,  volvió a mí el recuerdo de Eugene. Su gesto de apartarme, como si quisiera mantenerme a raya… aunque después, nada en su actitud había cambiado.

¿Sería solo mi imaginación…?

Aun así, la escena se grabó con fuerza en mi memoria, y la repasé una y otra vez, hasta que finalmente el sueño me venció.

♦ ♦ ♦

—¡Hari, bienvenida!

El viernes por la tarde asistí a una fiesta de té a la que me habían invitado con anterioridad. Era una reunión de damas para charlar, pero apenas crucé el umbral, Lavender Cordis corrió hacia mí con un entusiasmo casi artificioso.

—Hola, señorita Cordis.

—Oh, vamos, le dije que me llamara Lavender, ¿no?

No había desistido en su empeño de mostrarse íntima conmigo. Hacía tiempo que había renunciado a tratar de descifrar sus verdaderas intenciones. Se me había acercado con una cortesía excesiva, imposible de rechazar sin parecer descortés. Pero, en lo profundo, aún me resultaba difícil tratar sin reservas a quien, en otra vida, me había mostrado una hostilidad tan flagrante.

Por supuesto, eso era solo un eco de mi vida pasada, y la ella de ahora no me había causado daño alguno. Sin embargo, aquella sombra de incomodidad no desaparecía. Y lo sabía: Lavender no buscaba mi amistad por afecto genuino, sino que lo disfrazaba bajo gestos forzados, intercalados con miradas fugaces de disgusto. A mis ojos, curtidos en reconocer ese tipo de doblez, su máscara era transparente.

—Bienvenida, señorita Ernst.

—Gracias por invitarme hoy, señorita Pomerian.

Eché un vistazo al salón y no tardé en fruncir el ceño de manera imperceptible. Mi presentimiento era correcto: Rosabella Velontia brillaba por su ausencia.

En toda la capital era sabido que Lavender Cordis veneraba al duque Ernst y detestaba con uñas y dientes a su prometida. Rosabella, sin embargo, jamás se rebajaba a tomar en cuenta sus desplantes: noble y digna, la ignoraba con la serenidad de quien no se ve alcanzada por nimiedades. Esa indiferencia solo alimentaba más el resentimiento de Lavender.

Así, cada vez que tenía la oportunidad, la excluía de estas reuniones. Y Rosabella, desde su altura, apenas respondía con un resoplido, imperturbable. La verdad era que, si Rosabella se tomara en serio aquella hostilidad, Lavender no tendría más remedio que retroceder.

Pero hoy, privada de su némesis, Lavender parecía de mejor humor.

—Señorita Hari, ¿cuándo se va a comprometer con el joven Bastier? Hacen una pareja tan cariñosa y encantadora.

Fruncí levemente el ceño. Desde el año pasado había observado con atención cada uno de nuestros encuentros, como si esperara confirmar con sus propios ojos un compromiso que jamás había sido mencionado.

En nuestra vida pasada, sí: estuvimos a punto de casarnos. Un matrimonio político, carente de interacción real. Ahora, en cambio, no había conversaciones de ese tipo entre Bastier y Ernst.

—¿De qué habla? La señorita Ernst ya tiene a Su Alteza Dice.

—Así es, ¿acaso cree que Su Alteza permitiría que se comprometa con otro?

Antes de que pudiera responder, las jóvenes damas intervinieron.

¡Oh, cielos! ¿Por qué traer a colación a Dice? Ese rumor es falso. El corazón de Su Alteza no se inclina hacia mí, sino hacia Rosabella.

—Su Alteza Dice no me ve de esa manera. Me preocupa que un malentendido precipitado empañe su nombre. Lo mismo ocurre con el joven Bastier.

No podía rebajarme a discutir detalles tan triviales. Mi respuesta firme bastó para silenciar nuevos comentarios.

—Señorita Hari, ¿le gustaría ir a navegar en barca la próxima vez? Hemos limpiado la villa y el paisaje es magnífico. —De nuevo, Lavender insistía, buscaba mi cercanía con descaro calculado. Y añadió, con fingida naturalidad—: No sería divertido ir solas… ¿qué tal si invitamos también a sus hermanos?

Uf, tus intenciones son demasiado obvias.

Rechacé cortésmente su sugerencia:

—No sé si tendrán tiempo, están muy ocupados.

—Si usted se lo pide, seguro que irán.

No cedía fácilmente.

—Así es, dicen que el duque Ernst y los jóvenes señores la adoran sin medida.

¿De dónde demonios ha salido ese rumor?

Era cierto que mis hermanos me cuidaban y me trataban bien, pero… ¿«adorarme sin medida»?

—Sí, se dice que harían cualquier cosa por usted. Especialmente el segundo joven señor; actúa como si estuviera dispuesto a entregar hasta sus entrañas.

—A mí me sorprendió más el duque. La recogió en persona en el último baile, ¿no? Cuando Su Alteza el príncipe Dice no quería dejarla ir, fue tan frío al apartarla.

—¿Y el tercer joven señor? He oído que detesta el contacto físico, pero con usted no duda en tenderle la mano.

—Además, los tres tienen un aire inaccesible, casi intimidante…

Cuanto más las escuchaba, más extraña me parecía su imagen de mi familia.

Siento como si hubieran tejido fantasías alrededor de los rumores, ¿o es solo mi imaginación? Puede que mi familia, en su complejidad, no muestre su lado más amable, pero me rehúso a creer que sean tan difíciles de tratar.

—Pero la señorita Ernst recibe un trato especial, eso es indudable.

—Viéndolos a ellos, cuesta creerlo.

—Bueno, es porque es su hermana pequeña, supongo.

—Aunque… no sea su hermana de sangre.

Sus voces se apagaron poco a poco, teñidas de una envidia velada. Ya no me rechazaban como antes, pero la sombra de esos celos seguía ahí.

Sonreí como si nada notara y respondí con ligereza:

—Es que no los conocen bien. Mis hermanos suelen ser malinterpretados porque son muy tímidos y reservados, pero en realidad, tienen los corazones más amables y gentiles. Simplemente son más tímidos que los demás.

Reí suavemente y devolví la mentira, la misma que Eugene había pronunciado una vez para cubrirme ante Dice.

—¡Pfft!

—¡Cof, Cof!

Como si mis palabras fueran inverosímiles incluso para ser imaginadas, escuché el sonido de jóvenes damas escupiendo té en todas direcciones. Algunas, entre toses, parecían haberse atragantado.

Era comprensible su desconcierto: yo había declarado sin reparo alguno que aquellos hombres adultos eran «muy tímidos» y «muy reservados».

—¿M-Muy tímidos…?

—¿Ha dicho que son muy reservados?

—¿Tímidos? ¿Quién en el mundo…?

Cada voz repitió la incredulidad con un temblor en el tono como si la realidad misma se resquebrajara.

Con un suspiro profundo, que sonó más a lamento que a aire, respondí:

—A mis hermanos se les malinterpreta mucho. Es una verdadera pena… No tienen idea de lo tímidos que son.

—¿T-Tímidos…?

Su horror ante mi elección de palabras era evidente.

Pero sabía bien que en cualquier salón, fingir inocencia con una sonrisa era un escudo universal. Esa había sido, después de todo, mi destreza cultivada incluso desde mi vida pasada.

Ellas, incapaces de replicar, solo tartamudearon, mientras yo mantenía la expresión de alguien genuinamente afligida por la injusta mala fama de mis hermanos.

♦ ♦ ♦

—Me he divertido mucho hoy, señorita Pomerian.

—Yo le agradezco que haya venido.

El tiempo transcurrió ligero, y la despedida puso fin a la reunión. Saludé con calma a la anfitriona y me encaminé a la salida.

—Señorita Hari, por favor, considérelo otra vez. Quiero de verdad acompañarla, ¿sí?

—Gracias, señorita Cordis. Lo pensaré cuando llegue a casa.

Uf, lo entiendo, así que por favor, para y vete ya.

Por supuesto, no tenía la menor intención de aceptar un viaje con Lavender. Sin embargo, era demasiado cruel rechazarla en seco, así que debía responder con evasivas.

Con una sonrisa cortés para Cordis, que no se despegaba de mi lado, apresuré mis pasos hacia el carruaje.

—¡Oh, cielos! ¡Esas personas de allí son…!

De pronto, una de las jóvenes al frente exclamó sorprendida.

¿Eh? ¿Qué pasa? ¿A quién ha visto? ¿Un invitado inesperado?

Giré la cabeza, desconcertada, pero su figura me bloqueaba la vista. Avancé un par de pasos y, entonces, un rostro demasiado familiar irrumpió en mi campo de visión.

—¡Ah, te encontré!

Sonriendo con desbordante júbilo, agitaba ambas manos. Su voz, estrepitosa, me sacudió los oídos.

—¡Woooah, Hari, tu hermano está aquíííí!

No era otro que la segunda molestia.

Al ver a Kabel, mis ojos se abrieron de par en par.

¡¿Qué?! ¡¿Qué hace aquí?!

La fiesta de té es una reunión exclusivamente femenina. Además, ¡hoy es viernes! ¡Es un día entre semana! ¿Qué pasó con la academia?

Entonces recordé la conversación de anoche a través de la piedra de comunicación.

«¿Vas a salir? ¡Yo también quiero ir!»

«Ven si puedes».

En ese mismo momento, mis pupilas temblaron como hojas al viento.

¡Uf, ese idiota! ¿De verdad vino solo porque le dije que viniera si podía?

—¿Qué haces aquí? —le solté en voz baja, caminando a su encuentro con paso rápido.

Él respondió con naturalidad desarmante:

—¡Tú me dijiste que viniera!

—¡¿Cuándo te lo dije, idiota?!

Su rostro se crispó, como si jamás hubiera esperado una reprimenda mía.

Idiota, ¿creíste que te iba a felicitar? ¡Te has presentado sin invitación en la mansión de otra persona!

Y viendo la cara atónita de la señorita Pomerian, era obvio que había irrumpido sin previo aviso.

—Te dije que te quedaras en casa, tranquilo.

Por suerte o desgracia, Kabel no vino solo. Detrás de él, Erich, chasqueaba la lengua con fastidio, mientras Johannes me miraba con expresión apurada.

—Lo siento, Hari. Traté de detenerlo, pero Kabel se llevó el carruaje por la fuerza.

Uf, no pasa nada. La culpa es de Kabel, que actúa sin pensar… y mía por soltarle palabras que sabía que tomaría en serio.

—No, si Kabel insistió, es natural que nadie pudiera detenerlo.

Un dolor punzante amenazaba en mis sienes mientras lo fulminaba con la mirada. Él, cabizbajo, parecía ver desplomarse el cielo entero.

—Señorita Pomerian, lamento la sorpresa por nuestra intempestiva llegada. Me disculparé formalmente en otra ocasión.

—¡Oh, no, no pasa nada! ¡Los jóvenes señores son siempre bienvenidos!

Como siempre, Johannes era el más considerado. Su cortesía arrancó sonrojos a la anfitriona, que agitó las manos en señal de negación.

Los tres muchachos eran populares entre las jóvenes damas, aunque rara vez asistían a bailes o banquetes. Su ausencia, por tanto, siempre dejaba un rastro de decepción. Extraño, de hecho, que me rogaran que organizara un encuentro con mis tres hermanos y Johannes, tal como lo hacían antes. Así, aunque este encuentro fue tan inesperado, las jóvenes parecían radiantes al verlos.

—Vamos, Hari.

El encuentro no duró. Al no tener nada que hacer allí, su propósito se cumplió apenas me encontraron.

—Señorita Pomerian, la invitaré a Ernst la próxima vez. Muchas gracias por hoy.

Ante mis palabras, que ofrecían una disculpa velada, el rostro de la señorita Pomerian se iluminó.

Atrapé del brazo a Kabel, que aún estaba allí, aturdido, y con una sonrisa de circunstancias me giré.

—¿E-Estás enfadada? ¿Lo estás porque vine sin avisar?

De pronto reaccionó, quejumbroso como un cachorro empapado, siguiéndome con ojos suplicantes.

Oh, ¿qué voy a hacer con este idiota? De verdad…

Y sin embargo, al verlo así, la ira se disipaba poco a poco.

«Especialmente el segundo joven señor; actúa como si estuviera dispuesto a entregar hasta sus entrañas».

Entonces, de pronto, acudieron a mi mente las palabras que una joven dama me había dicho no hace mucho. Mi rostro, en aquel instante, debió de llevar una expresión ambigua, suspendida entre una sonrisa y un ceño apenas insinuado.

—Hermano, si te lo pidiera, ¿me darías tus entrañas?

Kabel se estremeció al escucharme, como si mis palabras, lanzadas al azar, lo hubieran atravesado de lleno. Lo que brotó de sus labios a continuación fue tan inesperado que casi resultó cómico.

—¡T-Tú! ¡¿Quieres algo así?! ¡¿E-Ese es tu gusto?! ¡¿Estás diciendo que me perdonarás si te los entrego?!

Temblaba, desbordando un patetismo risible. Su expresión era la de quien acaba de descubrir un secreto inconfesable de su hermana menor, y se hallaba escandalizado hasta el fondo del alma. Tan divertido era su aspecto que estuve a punto de soltar la risa.

—M-Mis entrañas son muy valiosas…

—Claro que es una broma, ¿cómo puedes tomarlo tan en serio? No los aceptaría aunque me los dieras, así que no te preocupes.

Le di una palmada a mi segunda molestia, que se sujetaba el estómago mientras tartamudeaba con torpeza impropia de su tamaño. Aun así, era mi tonto hermano, al que no podía odiar.

—Dense prisa, ¿a qué viene tanto parloteo?

Erich, ya instalado frente al carruaje, nos dedicó una mirada cargada de fastidio.

Pero si Johannes está esperando en silencio, ¿a qué viene tanto alboroto?

—¡Ya vamos!

Tomé del brazo a Kabel y apresuré el paso hacia el carruaje, donde los otros dos nos aguardaban.

♦ ♦ ♦

Aquella noche, cenamos juntos en la mansión Ernst: mis dos hermanos, Johannes y yo. Eugene había avisado que llegaría tarde, de modo que la mesa quedó incompleta sin su presencia.

Resultó que en la academia celebraban un evento, y las clases habían terminado tras la sesión matinal. Así, la segunda molestia, con su inagotable energía de cachorro revoltoso, pudo de cachorro revoltoso, pudo lanzarse directo a la fiesta de té a la que lo habían invitado.

—¿Cuánto tiempo seguirá ese guardia pegado a tu espalda como un estorbo?

Durante la cena, Erich alzó la voz, mirando hacia la puerta del comedor. Sabía bien que Ethan estaría apostado fuera. Para mi tercera molestia, Ethan siempre le había sido motivo de desagrado.

Defendí a Ethan, que siempre sufría por ser mi guardia, y dije:

—¿Y por qué? A mí me gusta. ¿Sabes cómo me miran todos con ojos de envidia cuando voy con él?

—¿Envidia? ¿De qué?

—Es guapo.

Mitad broma, mitad verdad. Sin embargo, Erich soltó una carcajada incrédula.

—¿Guapo? ¿Qué tiene de guapo? Si parece una niña.

—Que tú lo digas es un poco…

—¿Qué pasa conmigo?

¡Conócete a ti mismo!

Él tampoco se quedaba atrás en cuanto a hermosura, pero, en cierto modo, era también un maestro en el arte de deshonrarse a sí mismo…

—¡Así es, yo soy más guapo que ese caballero!

¡Segunda molestia, tú también deberías conocerte! ¡Si bien tu cara no está mal, en sinceridad, no eres tan guapo como Ethan!

Me aparté de ambos con amargo fastidio.

—Sus habilidades son de fiar; no está mal tenerlo a tu lado.

Como era de esperar, solo Johannes habló con sensatez, sin traicionar mi confianza.

—Johan, ven a visitarnos más a menudo.

¡Siento que puedo respirar gracias a ti!

Uf… como era de esperar de aquel que casi fue mi hombre.

—Vale, vendré a visitar a menudo.

Su sonrisa clara y sin doblez calentó mi corazón. La cena concluyó envuelta en una agradable serenidad.

♦ ♦ ♦

Al final, Johannes decidió pasar la noche en Ernst. La habitación de invitados, siempre lista, lo recibió sin dificultad.

Tras la cena, compartimos un rato más, hasta que tarde en la noche nos retiramos a descansar. Era la hora de dar por terminado el día, y Ethan también se había marchado.

Yo, algo cansada, no me fui a la cama de inmediato. Me senté en el sofá, abriendo un libro. El tiempo se deslizó sin que lo notara; al levantar la vista, el reloj ya marcaba más de medianoche.

Eugene se retrasaba. Nunca antes había llegado tan tarde, y una leve inquietud se apoderó de mí.

Poco después, el crujido de la verja de hierro rompiendo el silencio de la noche llegó hasta mis oídos. Me levanté con presteza y me acerqué a la ventana. Allí vi el carruaje cruzando la entrada de Ernst. Entonces me giré y salí de la habitación.

El pasillo me recibió con un resplandor tenue; todo estaba en calma, como si el mundo entero durmiera. Al dirigirme hacia la entrada, escuché abrirse la puerta principal. Aceleré el paso.

—Hermano, ¿por qué llegas tan tarde?

En la penumbra de la escalera apareció Eugene.

—¿Había tanto trabajo?

Al oírme, giró el rostro. Sus ojos se encontraron con los míos, sorprendido quizás de que aún estuviera despierta. Sus labios se abrieron apenas, pero no brotó palabra.

¿Será solo mi imaginación?

El aire a su alrededor parecía distinto, cargado de un matiz extraño.

Al fin, su voz baja rompió la quietud.

—¿Por qué no estás durmiendo?

—¿Cómo puedo dormir si tú no estás aquí?

Me acerqué, examinando sus facciones.

—Pareces cansado.

—Un poco.

Un silencio denso se cernió entre nosotros. Temí que simplemente se alejara así, sin más, y dije lo primero que se me ocurrió:

—Johan vino hoy. Se quedará en la habitación de invitados.

—¿De verdad?

El rostro de Eugene, bajo la tenue luz, se vio cubierto de sombras.

—Vamos a Bastier alguna vez. Quiero ver a los condes.

—Está bien, iremos si así lo deseas.

Cada respuesta llegaba seca, casi sin inflexiones, como si mis intentos de conversación se estrellaran en un muro. Pronto, los temas se agotaron.

—Es muy tarde. Entra y descansa.

Y con aquella frase breve, Eugene intentó apartarse de mí.

En ese instante, sin pensarlo, extendí la mano hacia Eugene. Una tibieza casi helada rozó mis dedos. Su andar se detuvo de golpe al verse atrapado por mi gesto, y su mirada se deslizó, silenciosa, hasta mí.

Contuve el aliento y alcé el rostro hacia él, como si con ello pudiera asomarme al secreto latente de su corazón. En sus ojos oscuros no brillaba emoción alguna; sin embargo, ¿debería decir que aquello me reconfortó? No apartó la mano que yo sostenía.

Tras un breve silencio, su voz tranquila se derramó como un murmullo.

—¿Qué pasa?

Ese susurro, más suave que antes, parecía teñido de una dulzura imposible, como si hubiera adivinado mi ansiedad.

—No… es solo que…

No podía confesar que lo había sujetado porque temía que estuviera intentando huir de mí. Así que sonreí torpemente, fingiendo ligereza, mientras Eugene me contemplaba en un silencio denso.

Al poco, su mano se posó en mi cabeza, despeinando ligeramente mi cabello.

—Date prisa y ve a dormir. Debes de estar cansada.

El roce leve en mi coronilla, la voz grave que se derramó junto a mi oído, me llegaron como un intento de calmarme.

—Sí, tú también. Buenas noches.

Me despedí con una sonrisa, y tras verlo marchar me quedé quieta un instante, hasta que una voz me sorprendió a mi lado.

—¿Acaba de entrar Eugene?

Era Johannes, que había salido de su habitación sin que lo notara.

—¿No estabas durmiendo? —pregunté, un tanto sorprendida.

Él me miró con una débil sonrisa, y en seguida, acercándose, depositó sobre mis hombros el cárdigan que llevaba puesto. Solo entonces me di cuenta de que había salido al pasillo en pijama. Como si adivinara la súbita vergüenza reflejada en mi rostro, Johannes habló con calma:

—Parecías tener frío.

—Es solo un corto paseo hasta mi habitación.

—Aun así.

Acepté su amabilidad, acomodándome la tela sobre los hombros. Johannes me regaló otra sonrisa serena.

—Entonces, buenas noches, Hari.

—Buenas noches a ti también, Johan.

Le di la espalda y avancé hacia mi cuarto, mientras la noche profundizaba su hondura.

♦ ♦ ♦

Por alguna razón, después de aquello, se volvió difícil ver el rostro de Eugene.

A mi tímida pregunta de si no estaba volviendo demasiado tarde últimamente, respondió que era inevitable por el trabajo… pero algo en mí desconfiaba. Y cuando ese estado se prolongó por un mes entero, la sospecha no hizo más que crecer.

—¡Señorita Ernst!

Así, en un día en que debía visitar el palacio para ver a Dice, me desvié hacia el palacio exterior donde Eugene trabajaba. En cuanto me vieron, las personas allí presentes me saludaron con calidez.

Había pasado por ese lugar algunas veces en el último año, así que todos me reconocían.

—Hola.

—¡Ha llegado en un momento perfecto!

Oh, pero por alguna razón, la intensidad de su recibimiento hoy parece mayor que otros días.

Y las palabras que siguieron sembraron aún más duda.

—¿No podría hacer algo para detener al duque?

—¡Si esto sigue así, todos vamos a morir!

¿Eh? ¿Qué significa esto?

—¿Detener a mi hermano? —pregunté de nuevo, perpleja.

De inmediato, todos comenzaron a lamentarse.

—El duque acapara tareas como si en su vida pasada hubiera muerto por falta de trabajo. No sé cuántos días llevamos haciendo horas extras.

—Si seguimos así hoy, de verdad moriremos. Ni siquiera recuerdo la última vez que salí del trabajo a tiempo.

Eh, esto… ¿Es posible? Es lamentable, pero…

Miré  en torno, incómoda: ni Eugene, ni Rowengreen —que siempre me ayudaba—, ni su secretario Alte se encontraban allí.

¿Acaso desde hace un mes, desde que Eugene comenzó a llegar tarde cada noche, toda esta gente ha estado atrapada en interminables horas extras?

Pero, ¿qué podía decir yo, que solo era su hermana, respecto a sus asuntos de trabajo?

—Bueno, no sé mucho de lo que hace mi hermano.

Me limité a sonreír débilmente y extendí lo que llevaba conmigo para distraerlos.

—Si no les importa, tomen esto durante su descanso.

Eran apenas unos aperitivos, pequeños dulces que había traído para acompañar sus pausas. Solía llevar algo así cada vez que visitaba el lugar. Y, sin embargo, sus rostros casi se humedecieron al recibir la caja con trozos de tarta, como si aquel gesto fuera un bálsamo en su sombría realidad.

—¡Oh, vaya, señorita Hari, está aquí!

En ese momento, alguien salió tambaleándose de una habitación apartada. Era Rowengreen, cuyo rostro se veía mucho más demacrado que la última vez lo vi.

—Hola, señor Rowengreen.

—El duque ha salido un momento. Volverá pronto, sin embargo… Oh, ¿ha traído esto, señorita Hari?

—Sí, ¿quiere uno?

No rehusó.

—Gracias. Justo hoy me salté el almuerzo.

¿Trabajando sin siquiera comer?

Parecía que Eugene los tenía sometidos a un ritmo agotador.

—Ah, ese era para mi hermano… —dije, observando a Rowengreen que rebuscaba en la caja con ojeras bajo los ojos. Ante mis palabras, él y los demás intercambiaron miradas de comprensión.

—Sí, claro. No pretendía comérmela.

Era la tarta que siempre traía para Eugene, adornada con una delicada fresa. Sin embargo, todos estaban bajo un gran malentendido.

Pensaban que, en realidad, a Eugene no le gustaba aquella tarta empalagosamente dulce, y que solo la aceptaba a regañadientes para no desairar a su hermana.

Pero no conocían la verdad: ¡a Eugene le encantaba esa tarta! Un hecho comprobado desde los tiempos del difunto duque Ernst. Yo misma podría sellarlo con juramento.

Y, sin embargo, comprendí que si se corría la voz de que el Duque de Hierro se deleitaba con un pastel tan delicado, su imponente imagen podría resquebrajarse. Por eso callé, y dejé que el malentendido siguiera su curso.

En cualquier caso, desde mi punto de vista, bastaba con contemplar a Eugene saboreando su postre favorito para sentirme colmada; aquello, por sí solo, era placer suficiente.

—Por cierto, ahora que la señorita Ernst está aquí, el ambiente sombrío se ha despejado de pronto.

Uno de los oficiales, con el rostro igualmente demacrado, lo dijo al pasar. Era un recién llegado, apenas veinteañero, el más joven de todos.

—¿De verdad?

Le sonreí, curvando ligeramente las comisuras de los ojos.  Su cara se tiñó al instante de un rubor encendido.

Justo entonces, Rowengreen, con la boca ocupada en un pastel de nueces, chasqueó la lengua antes de sentenciar:

—Señorita Hari, esa sonrisa suya es peligrosa. Él aún es un cachorro, podría malinterpretarlo y arder con un fuego insensato, como una pobre polilla que se lanza a las llamas…

—¿Quién es la lamentable polilla que se lanza a las llamas?

Rowengreen no alcanzó a terminar. Tras él, Eugene empujó la puerta entreabierta y entró.

—Hermano.

Gracias a eso, el pastel que Rowengreen estaba comiendo se le atascó en la garganta, y tuvo que golpearse el pecho.

—Parece que todos tienen tiempo libre.

Ojos oscuros recorrieron lentamente a quienes me rodeaban. El ambiente, ya tenso por su sola presencia, se crispó aún más cuando pronunció con calma helada:

—¿Era todo una farsa hasta ahora? Entonces supongo que puedo aumentar la carga de trabajo.

—¡No, señor! ¡Absolutamente no, señor!

Sentí una punzada de lástima por aquellos que, despavoridos, se apresuraban a sus asientos.

Eugene me miró entonces.

—Salgamos.

El tono de su voz no era el mismo que había empleado con los demás. A mis espaldas, quienes fingían trabajar duro me lanzaban miradas suplicantes: parecía que lo que habían dicho antes era sincero.

Ja… Pero ¿cómo puedo cambiar yo si esta noche harán horas extras o no?

Dejé atrás sus ojos lastimeros y seguí a Eugene afuera. La luz del sol se derramaba sobre su espalda, bañándola con un resplandor cegador. Algo en él se sentía distinto. Tampoco me dejó entrar en su despacho; me condujo directamente afuera…

Respiré hondo y decidí ser franca.

—Hermano, ¿te he hecho algo malo?

Eugene se estremeció, sorprendido por mi pregunta directa. Luego se volvió hacia mí. Ethan, como presintiendo una conversación íntima, dio un paso atrás.

—¿Por qué piensas eso? —preguntó Eugene.

—No, es que… —titubeé antes de añadir—: Últimamente, siento que me estás evitando.

Esperaba que solo fuera mi imaginación, pero no lo parecía. Sonreí con torpeza e incliné la cabeza.

—¿Solo estoy imaginando cosas…?

En silencio, supe que esperaba oírle decir «sí».

El viento agitó las ramas, deshaciendo la luz y la sombra sobre nosotros. Eugene me miraba con una gravedad insondable.

Al fin, habló despacio:

—¿Qué podrías haberme hecho? No.

Una sonrisa sombría se dibujó en sus labios, y yo me quedé sin palabras. Jamás había visto a Eugene sonreír de aquel modo.

—Parece que no soy un buen hermano —susurró con voz baja arrastrada por el viento—, haciéndote pensar esas cosas.

Parpadeó lentamente y, sin titubeo alguno, agregó:

—No te preocupes. No es lo que imaginas.

El eco de su susurro trajo consigo las palabras que yo había estado esperando.

—Últimamente he estado ocupado con el trabajo y sin la calma necesaria, por eso no he sabido atender a tus sentimientos.

Sabía que era mentira, pero aun así…

—No hay forma de que te evite.

El alivio me inundó, aunque, al mismo tiempo, una punzada de tristeza me atravesó.

En realidad, había planeado vivir en la ignorancia. No sabía por qué, pero desde el instante en que me percaté de que intentaba distanciarse de mí, con cada día que pasaba… el peso se hacía insoportable. Y no tuve más remedio que venir a buscarlo así.

Sabía que si lo confrontaba, lo negaría, tal como lo hizo ahora. Dijo no creer ser un buen hermano, pero yo sabía que aquello no era cierto. Mientras siguiera siendo su hermana pequeña, él continuaría intentando ser la mejor persona posible.

Un momento después, lo vi alejarse. El sol sobre su espalda era cegador.

Qué alivio… Es un verdadero alivio. Es un alivio que ya no me evite.

—Vamos, Bishop —dije con una sonrisa a Ethan, que estaba a poca distancia. Y caminé en dirección opuesta a la de Eugene.

Cuando pienso en él, una mezcla de pena y dulzura insoportable me inunda. Pero no pondré nombre a este sentimiento. Si lo hiciera, temo que ya no habría retorno.

♦ ♦ ♦

—¿Y si nos casamos?

Hoy me crucé con Dice en el invernadero de cristal del palacio. Flores espléndidas, floreciendo fuera de estación, derramaban su fragancia en el aire.

Como de costumbre, había despedido a la servidumbre, de modo que solo estábamos él y yo.

Reclinado sin decoro alguno sobre la mesa, con gesto de hastío, jugaba con un terrón de azúcar. Entonces, con voz perezosa, soltó esas palabras.

¿Qué le pasa a este tipo?

Respondí con indiferencia, sin mostrar agitación:

—No es una broma muy divertida.

—¿Por qué? ¿No soy un gran partido?

—No para mí.

Aunque no era una propuesta seria, se defendió con orgullo herido ante mi rechazo.

Por supuesto, la propuesta de un príncipe era motivo de gratitud, pero no lo veía como un compañero de matrimonio adecuado. Casarme con él significaría vivir confinada en el palacio y representar para siempre el papel de madre del imperio… ¿Y cómo podría soportar algo así? Yo no estaba hecha para ese destino.

—No seas así, piénsalo en serio. Creo que tú y yo podríamos llevarnos bastante bien. Eres inteligente; harás un buen trabajo como madre de la nación. La unión de Ernst con la familia imperial, eso también sería beneficioso.

Dice, que había iniciado a hablar en un tono mitad juguetón, de pronto adoptó una expresión grave, como si hubiera llegado a una conclusión profunda. Sus ojos se abrieron de par en par y se posaron en mí.

—Ahora que lo pienso, no hay mejor novia que tú.

—¿De verdad lo cree? Para empezar, mi origen será siempre un obstáculo.

—¿Qué importa eso? Ahora eres una Ernst.

Su respuesta, dicha con naturalidad desarmante, me sorprendió.

—¿Quién se atrevería a decirte algo, siendo tú la protegida del duque de Ernst? Además, soy un príncipe amado por el pueblo del imperio, ¿sabes? No me dejaré frenar por asuntos tan triviales.

No sabía si se trataba de la importancia de mi apellido adoptivo o de la inquebrantable confianza de Dice en sí mismo, pero, de cualquier modo, sus palabras no me resultaron desagradables.

—Le agradezco su gentileza, pero no estoy hecha para ese papel.

Mi respuesta no varió. Ante eso, Dice entrecerró los ojos, como si mi negativa le resultara irritante.

—Tienes la costumbre de subestimarte, ¿no?

—No me subestimo, soy realista.

—Realista, mis narices.

Me valoraba más de lo que yo misma creía. Agradecí el sentimiento, aunque me resultaba incomprensible.

Al fin y al cabo, Dice parecía sentirse muy cómodo a mi lado. Lo demostraba al sacar a colación un asunto así con tanta soltura. Otro en su lugar podría haber considerado mi rechazo una ofensa, incluso si su propuesta carecía de seriedad; sin embargo, él no levantó la voz ni una sola vez.

—Aun así… no tomes mis palabras demasiado a la ligera. Me gustas bastante, y creo que serías una gran compañera de matrimonio. De todos modos, tendrás que casarte con alguien tarde o temprano, ¿no? ¿Acaso tienes a alguien más en tu corazón?

Ante la pregunta de Dice, bajé la mirada y permanecí en silencio unos instantes.

Alguien en mi corazón…

Pero también esta vez, mi respuesta estaba clara.

—Desafortunadamente, todavía no.

—Entonces conmigo…

—Me niego.

—¡Al menos piénsalo antes de responder!

Ignoré sus quejas y llevé la taza a los labios. Había endulzado el té con abundante azúcar, pero, por alguna razón, en mi boca solo quedó un regusto amargo.

6

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Contenido protegido