Dinero de consolación – Capítulo 103: Por supuesto reuniré pruebas

Traducido por Herijo

Editado por YukiroSaori


Mientras Richard y Bärg seguían a sus objetivos, los niños, que al principio parecían disgustados como si les hubieran quitado su nuevo juguete, poco a poco comenzaron a asumir su papel con un sentido de responsabilidad, como si ahora estuvieran a cargo de la tienda recién renovada.

Puede que yo los haya estado tratando como a unos niños, pero ya tenían quince años —solo tres menos que yo—, así que no tenía duda de que pronto se convertirían en empleados capaces.

El único asunto pendiente era si convenía dejar que los miembros de la guardia local siguieran creyendo que Richard y Bärg eran mujeres… Y no es que me hiciera la más mínima gracia, ni nada parecido.

Ni siquiera los estaba utilizando con fines promocionales.

Simplemente le pedí al encargado de “Ariad” que trajera lo antes posible ropa que les quedara bien.

Tampoco es que planeara usarlos como modelos publicitarios para los productos de la sucursal de “Ariad” que instalé en un rincón del hotel, solo porque la ropa que llevaban últimamente empezara a venderse realmente bien.

Por favor, créanme.

Bueno, Su Alteza me lanzó una mirada de total exasperación, pero estoy segura de que confía en mí.

Volviendo al tema, cuando sugerí que Richard y Bärg se encargaran del seguimiento, los miembros de la guardia local se opusieron con vehemencia.

Insistieron en que era demasiado peligroso para unas damas tan delicadas, pero Richard se limitó a sonreírles.

—¿Eh? ¿Buscas pelea?

Al parecer, Richard se enfadó, porque acabó lanzando por los aires a varios de los que lo llamaron “dama delicada”.

Bärg, por su parte, fulminaba con la mirada a un apuesto miembro de la guardia que le había traído un ramo de flores.

—Julia, ¿no deberías recordarles que van vestidos de mujer?

Ignorando la expresión preocupada de Su Alteza, Bärg comenzó a arrancar los pétalos del ramo en silencio. La escena era, un poco…, caótica.

—Bärg, las flores deben tratarse con cuidado.

—Mis disculpas.

Justo cuando pensaba que había reflexionado sobre sus actos, estampó lo que quedaba del ramo en la cara del apuesto miembro de la guardia. Decidí pretender que no lo había visto.

—No tienen de qué preocuparse, caballeros. Ellos dos son guardias de mi entera confianza.

Ante mis palabras, los dos guardias parecieron profundamente conmovidos. A Bärg incluso se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¡Puede estar tranquila, señorita Julia! ¡Atraparemos a ese hombre encapuchado sin falta!

—Vaya, qué fiables. Cuento con ustedes.

Cuando sonreí y les encomendé la misión, partieron con una determinación renovada.

—Julia, no tendrás algún tipo de poder para hechizar, ¿verdad?

—¿Poder para hechizar?

Si tuviera algo tan rentable, lo estaría usando a todas horas.

—Ni siquiera eres consciente de ello…

Su Alteza me dedicó su habitual mirada de exasperación.

Qué grosero.

—Si tuviera un poder así, lo usaría para asegurarme de que Su Alteza estuviera tan loco por mí que jamás volvería a sentirme insegura.

Murmuré aquellas palabras con despecho, y Su Alteza debió de oírme, porque se cubrió el rostro con ambas manos.

Parecía que algo le molestaba.

—¿Se encuentra bien, Su Alteza?

—¡Hechicera!

Por alguna razón, lo dijo en un tono molesto.

Aquí estaba yo, preocupada por él, y sin embargo no podía entender su reacción. Para colmo, los miembros de la guardia me miraban ahora con una extraña calidez.

♦♦♦

Medio día después, Richard y Bärg regresaron. Cargado al hombro de Bärg venía el hombre encapuchado.

—Una dama hermosa cargando a un hombre con tanta facilidad…

—Incluso así, es encantadora.

Aunque se oían murmullos de ese tipo, Bärg se limitó a lanzarles una mirada cortante.

—Lo atrapamos sin problemas, señorita Julia.

Richard informó alegremente que habían seguido a tres matones que se dirigieron de inmediato a un bar anexo al gremio de aventureros y se pusieron a beber.

Tras observarlos un rato, los matones invitaron a Richard y a Bärg a unirse a ellos.

Pensando que sería más fácil atrapar al encapuchado si les seguían el juego, ambos aceptaron, diciendo que beberían si ellos pagaban.

Poco después, llegó el hombre que ahora traían a cuestas.

—¿Qué tal el hotel?

Ante la pregunta del encapuchado, los matones dudaron.

—¿No sería mejor dejar en paz ese hotel?

—Además, ahí está esa dama que parece un gorila.

—Yo estoy fuera. Ya me han visto la cara, así que la guardia me detendrá de inmediato.

Parecía que los matones se habían replanteado sus acciones.

—No me fastidien. ¿Saben cuánto les pagué? Trabajarán hasta que consigan resultados.

La lógica del encapuchado era digna de una empresa explotadora. Había prometido un pago por el éxito, pero no había aclarado los términos en caso de fracaso.

—¡Aceptaron el dinero! ¿Creen que pueden irse sin más sin cumplir su parte?

Los matones dejaron escapar un largo suspiro.

—Hicimos lo que pediste: causar problemas para perjudicar al hotel.

—Pero la dueña lo manejó tan bien que no sirvió de nada. Hicimos lo que nos dijiste.

—Si te quejas cuando hicimos lo que mandaste, el problema es tuyo.

Los matones tenían razón.

—Parece que el que ideó el plan era un incompetente…

La burla de Richard provocó al hombre encapuchado.

—¡No te pases de lista solo por ser mujer!

Cuando se abalanzó sobre Richard, Bärg lo sujetó por la espalda.

—No te pases de listo solo por ser hombre.

Con esas palabras, Richard le dio varios puñetazos en el estómago al encapuchado hasta que perdió el conocimiento, tras lo cual Bärg lo trajo de vuelta.

El hombre parecía rondar los cuarenta. ¿De verdad estaba bien golpearlo tanto?

—Mientras no muera, no hay problema, ¿verdad?

Preguntó Richard, con su adorable atuendo y una expresión preocupada.

La atmósfera cambió al instante a una en la que todos parecían pensar: “Bueno, si alguien tan adorable como Richard lo dice, ¡seguro que no pasa nada!”

—Dejarlo al borde de la muerte sigue siendo pasarse.

Su Alteza murmuró algo en voz baja, pero no pude oírlo.

—Pero será difícil sacarle una declaración a alguien inconsciente, ¿no?

Ante mis palabras, Bärg sonrió deslumbrantemente, ató al hombre inconsciente a una silla y comenzó a asegurarlo firmemente con una cuerda.

—No se preocupe, señorita Julia. Si se inmoviliza a alguien y se le echa agua, la mayoría de los inconscientes se despiertan.

Los miembros de la guardia local palidecieron al ver la hermosa pero aterradora eficacia de Bärg.

—¿Quiere que le extraiga alguna declaración en específico?

Su aura intimidante me hizo querer retroceder, pero forcé una sonrisa.

—No necesito ninguna declaración «específica». Solo quiero la verdad.

—¿Es así? Iré por agua.

Bärg parecía casi decepcionado mientras iba a llenar una cubeta de agua.

Yo me había imaginado un vaso o algo así, por lo que el tamaño fue una sorpresa.

—Señorita Julia, por favor, retroceda para no mojarse.

A instancias de Bärg, salí de la habitación justo cuando el sonido de un chapoteo resonó en el interior. La habitación estaba ahora empapada, pero el hombre encapuchado se había despertado.

—¿Dónde… estoy?

—En la oficina de la guardia local.

La alegre respuesta de Richard hizo que el hombre se retorciera violentamente en su silla.

—¡Yo no he hecho nada! ¡Si acaso, esa mujer me atacó de repente!

Su afirmación no era del todo falsa.

—Le pido disculpas por las acciones de mi guardia. Pero de verdad queríamos conocerlo.

—¿Eh? ¿Y tú quién demonios eres?

En un instante, Bärg agarró al hombre del pelo.

—¿A quién crees que le estás hablando?

Su voz baja y amenazante provocó escalofríos incluso a los miembros de la guardia.

—Bärg, está bien.

—Pero señorita Julia, es mi diosa eterna. ¿Cómo se atreve a dirigirse a usted con tanta grosería…?

El agarre de Bärg se intensificó, amenazando con arrancarle el pelo al hombre.

—¡Un poco más y lo dejas calvo! Vamos, cálmate, suéltalo y respira hondo.

Bärg soltó el pelo del hombre y exhaló lentamente.

—Perdí la compostura. Mis disculpas.

Mientras Bärg se serenaba, Richard le pinchó la mejilla al encapuchado.

—¡Nos encantaría saber el nombre de tu jefe! ¿Te importaría compartirlo?

El hombre resopló.

—Ni loco se los digo.

Richard sonrió y le pinchó la mejilla con fuerza suficiente para dejarle una marca.

—¿Eh? ¿No quieres? Bueno, a mí me da igual, ¡pero ese de ahí no se andará con rodeos! Es del tipo que no se conforma con menos que resultados que complazcan a la diosa. Personalmente, yo no aguantaría… lo diría todo de inmediato.

Richard acarició suavemente la mejilla que acababa de maltratar.

—Si hablas ahora, la guardia podría ayudarte, pero después… Bueno, me da demasiado miedo decir nada. Ah, ¿alguna vez has ido a nadar con pesas atadas a las piernas?

Los miembros de la guardia se acurrucaron en un rincón, temblando.

—Entonces, ¿vas a hablar ahora? ¿O después de que te entregue a los devotos de la diosa? ¿Qué eliges?

El hombre encapuchado palideció y gritó.

—¡Hablaré ahora! ¡Fueron órdenes del conde Aino! ¡Así que, por favor, no me maten! ¡Tengo esposa e hijos!

Richard hizo un puchero ante el hombre aterrorizado.

—¿Eh? ¡Yo nunca he hablado de matarte! ¿Verdad?

La boca del hombre se abrió y cerró sin emitir sonido antes de desplomarse, vencido.

—Tienes ciertas tendencias sádicas…

—¡Señorita Julia, eso no es verdad! ¡Lo aprendí de él!

Richard señaló a Su Alteza.

Sorprendida por la inesperada acusación, me giré hacia Su Alteza, que dejó escapar un profundo suspiro.

—Julia, no te dejes engañar. Y Richard, deja de tomarle el pelo.

¿Eh? ¿Me están engañando?

Cuando volví a mirar a Richard, sonreía con picardía, cubriéndose la boca con ambas manos. Ese gesto era tan adorable que me hizo sentir que había perdido como mujer.

Sacudiendo la cabeza, le di una palmada en el hombro al hombre encapuchado.

—Dijo que el conde Aino te dio órdenes, pero ¿fueron verbales o por escrito?

El hombre levantó la cabeza débilmente.

—¿Y eso qué importa?

Suavicé la voz, fingiendo preocupación.

—Porque quiero ayudar. Si el conde Aino se entera de que te han capturado, podría intentar silenciarte para destruir las pruebas. Incluso si cooperas con nosotros, sin pruebas, tu testimonio por sí solo podría no ser suficiente. Pero si hay pruebas escritas, podemos protegerte. No tiene por qué ser un documento, ¿tienes algo que pueda servir como prueba?

Asumiendo el papel de su protectora, observé cómo sacaba un documento de su bolsillo.

—El trabajo estaba por escrito. Una vez completado, los inspectores del conde Aino lo verificarían y le pondrían un sello. Me pagarían una vez entregado el documento sellado al conde.

Me miró con ansiedad.

—¿Esto me salvará?

—No te preocupes. Con esto… je, je… ¡JA, JA, JA, JA!

No pude evitar estallar en carcajadas. El hombre palideció, al borde de las lágrimas.

—Julia, tu faceta de villana está saliendo a relucir.

Su Alteza me lanzó una mirada de decepción.

—Mis disculpas. No pude contener la risa. Pero con esto, podemos acorralar a quien me engañó, me obligó a quedarme con un hotel embrujado y luego intentó sabotear su reapertura.

Sonreí con dulzura.

—¡Se metieron conmigo! ¡Por supuesto, exigiré una compensación!

Su Alteza exhaló.

—Lo sabía.

Ojalá dejara de leerme la mente.

—Ah, y tú.

Me giré hacia el hombre encapuchado.

—Ya que tienes esposa e hijos, ¿no sería mejor encontrar un trabajo más seguro? ¿Qué tal si te unes a mi hotel? Nos falta personal de más edad, y tener a alguien como tú tranquilizaría a nuestros huéspedes. Sin compromiso, pero ¿qué te parece?

Las lágrimas corrieron por el rostro del hombre.

—Julia, ¡¿qué has hecho para que llore?!

—¿He dicho algo malo?

El hombre inclinó la cabeza, sollozando.

—Gracias… Muchas gracias. Trabajaré con todo mi corazón.

Parecía que había encontrado un nuevo y valioso empleado.

♦♦♦

Más tarde, de vuelta en el hotel, Maurice se acercó corriendo, presa del pánico.

Gracias al boca a boca de los huéspedes que habían probado las aguas termales, las reservas se habían disparado.

Cuando presenté a Jean, el antiguo hombre encapuchado, como nuevo empleado, Maurice se alegró enormemente.

—Trabajemos bien juntos.

Mientras Maurice estrechaba cálidamente la mano de Jean, este rompió a llorar de nuevo.

—Estamos cortos de personal, así que tenerte aquí es una gran ayuda. Cuento contigo.

Gracias a la amabilidad de Maurice, Jean pareció adaptarse rápidamente.

—Dueña, con el auge de las reservas, pronto necesitaremos más personal.

—Estoy de acuerdo. Deberíamos contratar a más gente, pero no a tantos que no podamos pagarles.

Jean intervino con timidez.

—Sé que tengo suerte de que me hayan contratado, pero… tengo algunos amigos que buscan trabajo. ¿Sería posible traerlos?

Se rascó la cabeza y añadió:

—Si no se puede, no pasa nada.

—Eso no estaría bien.

—C-Claro.

Le di una suave palmada en la espalda a Jean.

—Recibir un trato especial no es justo. Pero si tus amigos están dispuestos, diles que vengan para una entrevista.

—¡S-Sí! ¡Gracias por la oportunidad!

Jean, el eterno llorón, rompió a llorar una vez más.

Pero con esto, nuestras preocupaciones de personal parecían resueltas.

Al día siguiente, agotada por los acontecimientos del día anterior, dormí profundamente sin pensar ni una sola vez en fantasmas.

De camino al desayuno con Hannah, noté un alboroto en la entrada del hotel.

Su Alteza estaba allí, con cara de fastidio.

—Dicen que necesitan hablar conmigo. ¿Debería echarlos sin más?

Sonreí ante su expresión exasperada.

—Por favor, espere un momento, Su Alteza. Esto podría ser una buena práctica para tratar con los huéspedes.

Su Alteza suspiró y me atrajo hacia él en un fuerte abrazo.

—Llámame si se pone peligroso. Y si no puedo soportarlo más, intervendré.

Cuando Banach estaba causando problemas, él me había pedido ayuda a mí. Ahora, estaba preocupado por mí.

Solo eso me llenó de fuerza.

Armándome de valor, me dirigí a la entrada, donde el conde Aino y su hija, Micaela, gritaban al joven personal.

—¡Llamen al príncipe de una vez!

—Como ya le he dicho, sin una cita previa, no podemos molestar a nuestros huéspedes.

Su formación en atención al cliente era impecable. No pude evitar sentirme orgullosa.

—¡Mocosos inútiles! ¡Traigan a alguien a cargo!

El conde Aino empujó a un lado al empleado.

—¿Hay algún problema? Soy Julia, hija mayor del conde Knocker y dueña del Hotel Charoite.

El conde murmuró.

—Ahora aparece una niña.

Si va a murmurar, al menos que lo haga en voz baja. Apenas contuve un sonoro chasquido de lengua.

—Dueña, soy el conde Aino. Exijo una audiencia con el príncipe de inmediato.

—¿Tiene una cita?

—Otra vez con lo mismo.

El conde se acercó, exasperado.

—¡Niña, esto no es un juego! ¡Trae al príncipe ahora!

Dejando a un lado la falta de respeto hacia la prometida del príncipe, ¿quién se creía que era para darle órdenes al príncipe?

El conde Aino tenía el aspecto de un hombre maduro y apuesto, pero su arrogancia arruinaba el efecto.

—El príncipe es un valioso huésped que disfruta de su tiempo privado aquí. No podemos simplemente molestarlo.

Mantuve mi tono profesional, pero el ceño del conde se frunció aún más.

—¿No te tomas en serio tu papel de dueña?

—¡Exacto! ¡A la señorita Knocker le falta dedicación como propietaria!

¿No deberían reflexionar ustedes sobre su falta de dedicación como nobles?, apenas contuve la respuesta.

—¡El príncipe es un tesoro nacional! ¡Cómo te atreves a tenerlo en este hotelucho mohoso y embrujado!

—¡Alojarse en un hotel embrujado es demasiado cruel para el príncipe!

El que me vendió este “hotel embrujado” y ahora lo insulta es el que tiene un problema.

La guardia local llegó, liderada por Maurice y su capitán, pero dudaron en intervenir.

—¡Debemos rescatar al príncipe de inmediato! ¡Solo porque sea un matrimonio concertado no significa que puedas descuidarlo!

Micaela se echó a llorar de forma dramática.

—¡El príncipe está siendo manipulado por la señorita Knocker! ¡Usar el poder sagrado del dragón para un hotel embrujado es una blasfemia!

Su Alteza, que finalmente había aparecido, suspiró.

—El Dragón favorece a este hotel. Eso es todo.

El conde Aino, sin inmutarse, insistió.

—¡Príncipe! ¡Debe romper este compromiso y casarse con mi hija!

La expresión de Su Alteza se volvió gélida.

—Conde Aino, sepa cuál es su lugar. Julia es mi amada prometida, elegida por el rey, la reina y por mí. Oponerse a ella significa oponerse a toda la familia real.

—Pero… el príncipe ama a mi hija, ¿no es así? Ella siempre lo ha dicho.

Su Alteza parecía asqueado.

—Los delirios de su hija no son asunto mío. Mi corazón le pertenece únicamente a Julia.

El conde finalmente guardó silencio.

—¿Ya terminaron?

La señorita Vanette se asomó desde el segundo piso.

—¿Quieren que arroje estas molestias al mar?

Captando el humor de Su Alteza, sonrió.

—Por favor.

Con una carcajada, Vanette se transformó parcialmente, le crecieron alas de dragón y se fue volando con el conde y su hija.

La gente del pueblo lo vio, pero todos decidimos hacer como si no hubiéramos visto nada.

Aun así, fue amable de su parte dejarlos cerca de la orilla en lugar de en mar abierto.

—¡Eres increíble, manejando a gente tan problemática con tanta educación! Yo los habría arrojado a la cima de una montaña de inmediato.

Vanette se rio de esto, pero rogaba que, si algún día le tocaba a él, ella lo perdonara, porque de seguro moriría congelado en la cima de la montaña.

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