La Alegoría del Alma – Capítulo 8: Principios de aprendizaje

Escrito por Maru

Asesorado por Grainne

Editado por Sharon


Con cierta frustración, tensé el arco y disparé la flecha, consiguiendo esta vez que volase con más eficacia que las veces anteriores, aunque sin llegar a la diana ni de lejos.

Hacía ya cuatro semanas que había comenzado mi entrenamiento integral para formar a la Eileen del futuro: matemáticas, historia, geografía, literatura, ciencias, medicina, finanzas, etiqueta… Un montón de trabajo había sido añadido a mi vida diaria, tanto por las aspiraciones de mis padres como por mis propios deseos para mis planes ocultos. En mi vida anterior nunca estuve tan ocupada. Cada noche volvía cansada a mi habitación, ávida por reunirme con la almohada. Aún arrastrando el agotamiento, estaba satisfecha. Mi educación era la más completa posible, y aunque era duro, sabía que en un futuro estaría muy preparada para afrontar todo tipo de situaciones.

Lo que mejor llevaba eran las lecciones de etiqueta y los estudios que correspondían a mi edad supuesta, ya que eso ya lo había aprendido en mi vida anterior. Pero no tardaron en darse cuenta de ello, por lo que mi trabajo se incrementó en pocos días al considerar que era muy rápida a la hora de interiorizar las cosas. En definitiva, en lo único que no tendría que preocuparme sería en todo lo relacionado con la etiqueta, donde decidí fingir un poco para que no fuese tan evidente que ya poseía esos conocimientos.

Y luego, estaba el entrenamiento con el arco. Esa había sido el arma asignada para mí.

Y era lo más frustrante de todo mi trabajo.

En pocos días, había acabado con las manos doloridas debido a la fuerza de tensión que tenía que aplicar para poder disparar correctamente al apuntar; y ni siquiera lo conseguía bien del todo. Como consecuencia, había ido acumulando cierta frustración a medida que las heridas en mis manos se iban haciendo más presentes. En estas últimas semanas habían tenido que vendarme las manos un par de veces cuando conseguí que me sangrasen en exceso, lo que molestó enormemente a mi madre, hermano y doncellas, que no veían correcto que tuviera que pasar por algo como eso.

Por su parte, mi padre se veía dividido entre el carácter protector hacia su hija y el hombre que sabía que eso era común en cualquier entrenamiento. Hubo alguna discusión entre mis padres por dicho entrenamiento, pero hasta la fecha, había conseguido mantener a flote mis deseos de continuar el entrenamiento. Se suponía que con el tiempo las manos se volverían más fuertes y no sufrirían tanto como ahora, pero para eso tenía que seguir entrenando, aunque eso me hiciera perder parte de la suavidad y delicadeza que caracterizan las manos de una dama. Era un mal menor para mí si conseguía con ello saber defenderme.

Sin embargo, eso no quitaba el hecho de que me sentía frustrada cada vez que las flechas se desviaban de su trayectoria o las manos comenzaban a escocerme.

Mi tutor, el señor Frederick Lurenberg, poseía una paciencia infinita, aunque me parecía que se divertía ante mis reacciones. Supongo que ver a una niña poner una cara tan seria mientras intentaba tensar el arco infructuosamente tenía su entretenimiento; o el ver mi palpable frustración y cambios de humor. En pocos días había desarrollado una relación amor-odio con mi arco, más inclinado hacia el odio que otra cosa. Pero ello no me hacía flaquear. Tenía solo dos años para demostrar a mi padre que era capaz de dominar el arco con la suficiente destreza para que me permitiese ascender en el aprendizaje de defensa. Y no iba a darle la satisfacción de darme por vencida.

—Ese último ha estado mejor, señorita —dijo Frederick con la cara seria que ya veía habitual en él—. Sin embargo…

Oh, ahí va de nuevo.

—Sigues fallando en la postura. Debes mejorar la posición de la espalda, y los brazos no están donde deben…

Escuché sus críticas con resignación. Me decía a mí misma que era normal al principio, pero el aceptar que algo me saliera mal nunca fue mi fuerte, ni antes ni ahora. Debía admitir que aunque en mi vida anterior era muy odiosa y egocéntrica, un buen punto a mi favor era la terquedad y perseverancia a la hora de lograr mis metas, lo que me llevaba a veces a frustrarme bastante cuando algo no salía como yo quería. Pero eso no hacía que me rindiese, solo motivaba mi terquedad. Admitía que gracias a ello mis estudios siempre fueron brillantes y que mi etiqueta y danza sobresalían, aunque esa cualidad ayudó a que me precipitase a mi mal final.

Todo tenía su doble filo.

Así que en ese momento, mientras prestaba atención a cada palabra de mi instructor, me decía a mí misma que la próxima vez lo haría mejor. Tras un largo suspiro, y viendo la diana del fondo como un enemigo, volví a enderezar la postura y tensar el arco recordando cada palabra, cada crítica. Fruncí el ceño y apunté, con la vista clavada en la diana.

Esto también es un ejercicio mental, ya lo sabes, me recordé, intentando despejar la mente de mi irritabilidad.

Esta vez, cuando solté la flecha, voló hasta la diana, clavándose en su parte más periférica. No podía considerarse un buen tiro de ningún modo, pero era algo mejor.

—Eso está mejor —sonrió satisfecho—. Ahora continúa con cincuenta disparos más. ¡Vamos!

Este hombre pretende que me sangren las manos de nuevo, bufé para mis adentros. Sin embargo, recogí las flechas desperdigadas en el campo de tiro y obedecí.

Ya había aprendido que Frederick era un maestro muy duro, lo cual era normal siendo que ocupaba el puesto de jefe de nuestra guardia personal. Tendría ahora unos treinta y ocho años; y su cuerpo era fornido y musculoso tras años de entrenamiento. Su piel era de color aceitunada, combinando con su cabello oscuro que llevaba muy corto. Sus facciones eran algo toscas y sus ojos, de un poderoso verde. Cuando se molestaba por mi ineptitud, su voz se volvía realmente atemorizante, aunque sus ojos solían ser más calmados que otra cosa.

Provenía de la prestigiosa familia de los marqueses de Lurenberg, pero debido a que era el menor de cinco hermanos, decidió optar por otro futuro, siendo la milicia su destino final. Pronto mostró dotes de un gran guerrero, escalando poco a poco en el mundillo y añadiendo títulos a su nombre por sus grandes hazañas. Sin embargo, llegado el momento, decidió retirarse. En realidad no sabía bien qué ocurrió, y él no parecía dispuesto a soltar prenda. Fue en ese tiempo, hace unos cinco años, que comenzó a trabajar para nosotros. No sabía mucho acerca de los motivos, solo que mi padre y él se conocían de antes porque sus familias eran amigas. De hecho, era palpable el respeto y compañerismo mutuo que se profesaban; nunca los había visto usar lenguaje formal entre ellos.

Y ese tipo de persona era ahora el que se encargaba de enseñarnos a Eirian y a mí sobre el arte de la lucha. Debía sentirme agradecida por tener la oportunidad de aprender de alguien tan ducho.

Pensando en ello, tensé el arco de nuevo y, tras concentrarme, lancé la primera de las flechas de esa tanda, con resultado parecido al anterior. Exhalé un largo suspiro y procedí con el siguiente. Sabía que me llevaría un tiempo hacer todos los disparos, más aún si me lo tomaba en serio.

Me vendrá bien… Para despejar la mente, pensé al soltar la cuerda.

Aún recordaba con precisión el último sueño.

Había soñado con un baile de mi vida pasada. Más que un sueño… parecía que lo estaba viviendo por segunda vez. Todo parecía tan real… Una fiel representación de cómo era en mi vida anterior. Tan arrogante, creída y estúpida… Esa forma en la que me gustaba ser el centro de atención, la creencia de que todos estaban por debajo de mí, el odio hacia Eirian por cosas que ni siquiera eran su culpa… Ah… Qué persona tan decepcionante era. Distaba bastante del cómo me comportaba ahora y las relaciones que tenía.

No pude evitar recordar a la Alice de mis recuerdos. Era una dama digna, elegante y respetuosa… Alguien de quien incluso mi yo del pasado deseó hacerse amiga. Ahora entendía el porqué de su rechazo en aquel entonces. Pero claro, eso era algo que mi yo anterior no hubiera pensado jamás.

Por otra parte, mis amigas de aquel entonces…

Ah… Descubrí demasiado tarde por qué estaban a mi lado.

Justo como cuando el recuerdo se tornó en pesadilla, los verdaderos pensamientos de esas chicas me fueron devueltos. En mi vida pasada, cuando lo perdí todo, pude ver cómo me abandonaban y sus rostros llenos de sonrisas se volvieron caras de desprecio.

No, desde luego no supe crearme un círculo de amistades verdaderas. Aunque, siendo como era, ¿qué podía esperar? Nunca cultivé una amistad real, sólo daba por hecho que me adorarían y querrían estar a mi lado por quien era y que les agradaba por ello. Pero solo querían mi influencia, y cuando ésta desapareció no hubo motivos para aguantar a alguien como yo.

Ahora lo entendía.

Ojalá lo hubiera comprendido antes.

Aún recordaba la incomprensión, confusión y frustración que sentí cuando todos mis soportes sociales me fueron abandonando poco a poco, sin quedar ni uno solo en pie.

Uno recoge lo que siembra, o eso suelen decir, pensé mientras disparaba otra flecha.

Sabía que a la gente le gustaba el poder. A mí misma me gustó en el pasado, y tenerlo me hacía sentir tan inalcanzable y virtuosa que no pensé que eso podría acabar algún día; o que me cegaría a tal extremo de no saber diferenciar entre la amistad verdadera de lo que solo eran meras apariencias.

Debí hacer caso a los consejos de Caroline…

Al pensar en ello, el rostro serio y reflexivo de una joven apareció en mi memoria. Ciertamente, no todos mis contactos se apartaron de mi lado para pasar a verme como alguien sin importancia. Hubo una persona que intentó ser cordial y comprensiva.

Caroline Lurenberg, la hija menor de los marqueses de Lurenberg, y una de mis compañeras desde la infancia.

De todas, siempre fue la más tranquila, observadora y elegante. Y también, la única que me amonestaba cuando pensaba que no hacía algo correcto. Recordaba esas escenas con fastidio en su día, pero luego de todo lo que pasó, solo podía ver que de verdad quería que hiciera las cosas bien.

En cierto sentido, me recordaba a su tío Frederick. Ambos podían parecer duros y directos, pero siempre buscaban lo mejor para ti.

Para mi desgracia, el nuevo cambio de mi posición social, el odio y abandono no fueron muy propicios para que Caroline pudiera mantenerse a mi lado… Ya fuera porque a su familia no le interesaba o porque yo misma desaparecí para todos… Fue una lástima.

De hecho, si no recuerdo mal, esa noche también me amonestó por mi trato hacia Hannah, suspiré para mis adentros.

Y luego estaba esa chica, Hannah. La bonita, pura y noble Hannah Brisure. Hija de un barón, apartada de la sociedad un tiempo debido a una enfermedad que afortunadamente se resolvió, pero que hizo que perdiera la oportunidad de entablar relaciones sociales tempranas. Sin embargo, su personalidad amistosa, sumado a su bonito rostro y su misticismo por la prolongada ausencia, la hizo destacar poco a poco entre la aristocracia, algo que no me gustó nada en el pasado.

Me gustaría decir que las cosas se quedaron ahí, en un simple malestar, pero no fue el caso. Nunca la dejé en paz y el acoso fue constante… Diría que tenía ciertos motivos para ello, algunos de más peso que otros, pero eso no es más que una excusa.

No estuvo bien.

Aún recordaba su rostro asustado en multitud de ocasiones y… las caras de otras personas que tuvieron el valor de apoyarla.

Ah… Sin duda cometí muchos errores, y este fue uno de los más grandes.

Nunca debí hacer algo tan cruel. Eso lo sabía ahora… Pero eso no quita que Hannah sufrió mucho por mi culpa.

Simplemente debí darme cuenta de lo que pasaba. Dejar las cosas fluir… saber mi lugar. Ser hija de un duque nunca significó que pudiera hacer cosas tan horribles.

Un poco entristecida y con la culpabilidad llamando a mi puerta, disparé otra flecha. En multitud de ocasiones me había aprovechado de mi alta posición en la nobleza para subyugar a los demás y conseguir lo que anhelaba. Pero eso solo fue un acto ruin por mi parte que, si lo miraba desde una nueva perspectiva, solo hacía que cavara mi tumba poco a poco.

Estrictamente hablando, sí era cierto que dentro de la clase aristocrática del imperio había una jerarquía conocida y asentada, y que dependiendo de tu posición debías comportarte de una forma u otra, algo que podía ser un tanto complicado cuando eras un niño.

Aunque no necesariamente es igual en todos los lugares… No como en este imperio.

El Imperio de Kharien al que pertenecía podía considerarse uno de los más rigurosos en cuanto a jerarquía social, sumisión de los magos y entrenamiento de soldados. Se componía de una vasta extensión de territorio que se subdividía en provincias, que antiguamente componían los antiguos reinos conquistados.

Cada provincia estaba regida por distintos gobernadores designados por la familia imperial, quien soportaba el máximo poder de todo el imperio y regía sobre todos. En su comienzo, dichas provincias estuvieron gobernadas por las personas de mayor confianza del regente, e iban cambiando según se movían las aguas del poder. Sin embargo, llegó un momento en que dichas provincias comenzaron a ser administradas por la alta aristocracia, personas que ascendieron en riqueza y poder y se mantuvieron al lado de la corona. Algunas de esas tierras les fueron entregadas como botines de guerra y otras como premio a la lealtad.

Esa alta aristocracia la componían los ducados y marquesados, siendo el ducado el que ostentaba el mayor poder justo por debajo de la familia real. En el Imperio de Kharien había cuatro familias que tenían el título de marqués: los Arahardt,  Varaxan, Eerlont y Lurenberg. Si me paraba a pensarlo un momento, varias de mis falsas amistades pertenecieron a este grupo… Mi actual entrenador pertenecía a la prestigiosa familia de los marqueses de Lurenberg, además de ser el tío más joven de la que fue mi amiga Caroline.

Sumado a que era mi maestro y superior, era por ello que se podía permitir el hablarme de una forma más informal que como haría cualquier otra persona… Sin mencionar que no quería tener ese tipo de trato con alguien a quien respetaba; y yo solo era una niña a fin de cuentas. No necesitaba tanta pomposidad.

Por otro lado, solo dos familias existían en el imperio con el rango de duques: los Galaham y los Deerfort. Ambas familias procedían de mucho tiempo atrás, cuando el imperio aún estaba formándose y en auge. Ambas familias destacaron por su belicosidad, lealtad e inteligencia, de manera que ahora ostentaban el poder político más alto después de la casa imperial y tenían los mayores territorios después de la provincia principal donde se encontraba la capital, Mereth.

Sin embargo, desde hace un par de generaciones, los Deerfort habían destacado sobre los Galaham al ostentar el título de Primer Ministro del imperio por lo que al final, mi familia se consideraba la segunda en poder de todo el imperio, algo que respetar, adular y temer a partes iguales.

Por otro lado, teníamos el resto de casas nobiliarias que componían la mediana y baja nobleza. Estos títulos eran más numerosos, y las tierras que tenían en su poder eran mucho más modestas, con sus excepciones.

Los condes componían la nobleza media, mientras que los vizcondes y barones componían la baja nobleza. Hannah Brisure era hija de un barón, por lo que estaba en el escalafón más bajo de la aristocracia. Siendo rigurosos, sería una falta de respeto acercarse a la hija de un duque de manera informal a menos que la otra persona diera permiso. De igual forma, nadie se atrevía de buenas a primeras a acercarse a alguien con tanta influencia sin motivo de peso. El temor hacia estas casas era real, algo que aproveché demasiado.

Con ese tipo de jerarquía, prácticamente nadie se atrevería a llevarme la contraria por miedo a represalias hacia sí misma o familia.

Realmente… es aterrador si lo piensas.

Que una chica tan malcriada y egoísta tuviera tanto poder hacia el resto de la sociedad… Fue un error y un total desperdicio.

No me extraña nada de lo que pasó después. Solo espero poder evitar todo eso de nuevo.

Pensando en ello, disparé la última de las flechas, sintiendo ya mis manos resentidas. A pesar de las heridas sufridas, parecía que ya se estaban haciendo el reiterado ejercicio: ya no eran tan suaves y débiles como al principio; imaginaba que poco a poco irían apareciéndome callos en las manos que me ayudarían a no sentir dolor. Aunque eso seguro que molestaría más a mi madre y doncellas…

Exhalando un largo suspiro, pasé mi cabeza por el arco para que éste quedase colgado a mi espalda y comencé a recoger las flechas para meterlas en los carcajes que había en el área de tiro. Frederick se había ausentado hacía ya veinte tiros debido a que tenía que encontrarse con mi hermano, que tendría su clase particular a continuación. Supongo que no debería dejar una niña sola practicando, pero había aprendido que era tan terca y orgullosa que no me iría sin haber cumplido todas mis tareas. Y no era como si algo malo fuese a ocurrirme… no era tan torpe.

Tras recoger las cosas, me dirigí hacia la zona de entrenamiento del jardín trasero, donde Eirian solía tomar sus clases cada día. Podía oír los sonoros graznidos de la lucha antes de llegar, por lo que pude imaginar qué estaba sucediéndose un duro entrenamiento.

Cuando llegué, pude vislumbrar a mi hermano empapado en sudor mientras intentaba parar y fintar los ataques de Frederick. Su camisa blanca, pantalones ajustados oscuros y botas a juego me parecían mucho más cómodos y útiles para ese tipo de entrenamiento que mi vestido corto hasta las rodillas.

Tal vez debería hacerme con uno de sus juegos de ropa sin que se dé cuenta… pensé al imaginarme con ellas.

Un pensamiento como aquel hubiera sido inverosímil para la yo de mi vida pasada. Antes me gustaba llevar vestidos caros, bonitos adornos para el pelo, joyas que resaltasen mi belleza… Todo aquello mientras presumía. Cómo cambiaron las cosas cuando mi vida se vino abajo… Lo último que quería en esos momentos era destacar. Y ese cambio se había mantenido desde entonces.  Prefería llevar ropa lo más sencilla posible dentro de lo que me permitía; ya no usaba ningún tipo de complemento a menos que mi madre o las doncellas se empeñasen en ello. Quería destacar lo menos posible en mi nueva vida, ya que sabía que eso podía ser un tipo de mecanismo de defensa. Sin embargo, dicho pensamiento iba en contra  de las aspiraciones de mis padres, al menos hasta cierto punto. Supongo que no tendría más remedio que destacar, en el buen sentido, en todos los eventos en los que tuviera que participar. Quitando eso, seguiría con mi vestir simple.

En ese momento, vi cómo mi hermano era lanzado por los aires y caía al suelo sobre su espalda. Instintivamente quise correr a ayudarlo, pero sabiendo que era Frederick quien lo había provocado, dudaba que no tuviera más que simples rasguños.

Me pregunto si será igual de duro conmigo llegado el momento, pensé al imaginarme a mí cayendo de la misma forma. Supongo que no se contendrá por ser una niña, concluí, analizando lo que sabía de Frederick.

Cuando Eirian se levantó, se le iluminó la cara de alegría al percatarse de mi presencia, para luego tornarse de un intenso color rojo por lo que acababa de presenciar. Le sonreí e hice un gesto de ánimo previo a acercarme.

—Parece complicado —dije mientras le tendía un poco de agua.

—Debería hacerlo mucho mejor —bufó él en respuesta tras aceptar la cantimplora de agua—. Debería ser capaz…

—Si fueras capaz de hacerme frente a estas alturas, sería mejor que me despidan, muchacho —intervino Frederick mientras reía—. Entrena duro durante años y entonces, podrás pensar en vencerme —dijo antes de irse un momento a por otro tipo de armas.

Noté la determinación de Eirian en su mirada, y no pude más que sonreír ante la escena. Parecía ser que no era la única terca y competitiva en esta familia.

—Sin duda lograrás a ser un gran luchador y mago —aseguré mientras me ponía de puntillas para acariciarle el pelo dorado.

—Eso no puedes saberlo —dijo poniendo los ojos en blanco.

—Lo sé. Sé que serás un mago muy poderoso y que nadie podrá batirse contra ti en un duelo.

—¿Acaso ves el futuro como para decirlo con esa seguridad?

—Mmmmmmm… Quién sabe… Solo confío en tus habilidades —sonreí.

Supongo que no podía decir que en mi anterior vida realmente era alguien muy poderoso y peligroso… Alguien a quien tener en cuenta y temer.

—Ah…

—No te presiones de más. Esto lleva su tiempo y…

—Oh, pero yo te veo igual de impaciente con tu arco —me interrumpió mientras observaba mis manos, que sujetaban la cuerda del arco en mi pecho—. ¿Tus manos se hirieron de nuevo?

—No más de lo normal… Y cada vez menos. Y bueno… ¡Lo mío es diferente! Tengo tiempo límite —me defendí.

—Me pregunto si de verdad es buena idea todo esto… No es necesario que…

—Creo que ser una dama y una chica que sepa defenderse no son cosas opuestas la una de la otra —resoplé—. Padre ya es un caballero y un gran luchador. Tú también lo serás. Entonces, dejadme hacer lo mismo.

—Sí, sí… Lo entiendo —suspiró.

—¡Eh! Eirian, se acabó el descanso —exclamó nuestro maestro, que ya volvía con otro tipo distinto de espadas.

—Tengo que volver. Nos vemos más tarde en…

—La clase de danza —completé con una pequeña sonrisa. Sabía que no le gustaba nada ese tipo de enseñanzas, pero para mí era adorable verlo ser torpe.

—Sí… eso.

Entre risitas, me despedí de Eirian y me alejé de la zona de entrenamiento deseándole suerte. Pronto, los sonidos de la lucha comenzaron a llegar a mis oídos. Solo esperaba que siguiera dando lo mejor de sí mismo.

Es genial verlo tan motivado. Parece que todo va a mejor.

No había pasado demasiado tiempo, pero era evidente el cambio en mi hermano. Volvía a ser el chico alegre, valiente y decidido de antes, aunque un deje de seriedad se había impuesto en su mirada. Había retomado sus clases con avidez, y cada nueva tarea se la tomó como un reto a batir, por lo que en cada actividad daba lo mejor de sí una y otra vez. Estaba claro que si continuaba de esa forma, llegaría a ser el mejor heredero posible para esta casa. Él no lo sabía, pero yo ya me sentía muy orgullosa. Aceptar con esa fortaleza su destino y luchar por su futuro junto a mis padres… no creía que cualquier niño pudiese hacerlo. Yo no pude en su momento.

Y tampoco podría llegar a ser del todo una hija perfecta. Mis objetivos y el conocimiento de mi vida anterior no me dejaban hacerlo.

Supongo que tendré que poneros más trabas de las que querríais… Lo siento, me disculpé con ellos internamente.

Pero había cosas que no podían ocurrir como antes, aun sabiendo que a nivel familiar eran lo mejor. No podía dejar que eso pasase. Había cosas que aunque entraban dentro de lo que se esperaba de mí, no podía aceptar. Porque no quería sufrir de nuevo y… deseaba mantenerme a salvo de esa angustia, miedo y dolor.

Por eso también quise aprender defensa personal, por eso me encargaría de sabotear cada posible relación con ciertos hijos de familias y cada propuesta de matrimonio que pasase el filtro de mis padres. Dependiendo de quién fuese, mi integridad física podría peligrar en el futuro.

Y eso era algo… a lo que seguía teniendo en la incertidumbre: mi futuro.

Después de todo lo acontecido en los últimos tiempos inicialmente creí que mi futuro podría ser medianamente seguro por un tiempo, pero tras descubrir los planes de mis padres puede que estuviera equivocada. Si con sus planes nuestro poder familiar no haría sino crecer más, entonces tanto Eirian como yo nos convertiríamos en dianas apetecibles para cualquier casa noble, buscando un buen matrimonio político. Desde mucho tiempo atrás, no era extraño que las casas nobles utilizasen a sus hijos para mejorar las relaciones entre las casas o aumentar su poder al unirse las familias. En nuestro caso, al ser los descendientes del Primer Ministro, quien era la cabeza de la casa ducal más importante del país, la sola idea de desposar a sus hijos con uno de sus descendientes era algo muy conveniente.

Ah…Tengo mucho trabajo que hacer… He de encontrar eso.

De alguna forma, me sentí más cansada ahora que con el entrenamiento.

Salvar a mi familia, estabilizar la situación política interna, asegurar mi tranquilidad y supervivencia… Evitar que el mundo colapsase.

Solo había descubierto la punta del iceberg.

| Índice |

2 thoughts on “La Alegoría del Alma – Capítulo 8: Principios de aprendizaje

  1. Helen says:

    Maru-sama!!! Necesito más de esta gran historia T.T aunque se agradece que los capítulos sean largos, pero aun así necesito más u.u pero sin presiones~

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *