La gota de esperanza – Capítulo 14

Escrito por Grainne

Asesorado por Maru

Editado por Sharon


La joven se encontraba de copiloto en la camioneta, con su cabellera pelirroja alborotada por el viento que pasaba por la ventanilla abierta. Su mirada expresaba seriedad junto un gran pesar, y sus ojos negros vacíos por su pérdida carecían de brillo.

David no le había dirigido ni una palabra durante el viaje. Sin embargo, cuando Larry tomaba su lugar frente al volante, intentaba animarla. Ella no parecía con ganas de seguir pero lo hacía por su sentido del deber.

El día anterior, Guillermo les había avisado sobre la localización de una mujer híbrido. Gina supuso que sería otro caso donde su objetivo no sobreviviría, pero aceptó la tarea de todas maneras.

Su búsqueda de “Carina” los llevó rumbo a Córdoba. El jefe había enviado algo de información por mensaje a Larry, quien lo imprimió para tener la identidad y datos a mano. Trataba de contarle a Gina sobre la informacion que habia leido, pero ella le respondía cortante en un tono monótono.

—Bien, la chica se llama Carina y vive en medio de la ciudad de Río Cuarto. Tardaremos unas cinco horas de viaje —dijo el joven español hacia la pelirroja. Al parar la camioneta en semáforo rojo, aprovechó para observarla con detenimiento, y se dio cuenta que su cabello estaba un poco más largo y destacaba los rasgos femeninos y delicados de su rostro. La mirada del muchacho brilló al contemplar su belleza.

—¿Larry? ¡Larry! —exclamó Gina, provocando que reaccionara de una vez por todas.

—¿Eh? Perdón… —vio que el semáforo estaba en verde y arrancó para avanzar. Gina negó con la cabeza pensando en la poca concentración de su compañero. Él esperaba que se riera por su actitud distraída pero no vio ni una pequeña sonrisa en ella. Era como si hubiera perdido las ganas de seguir adelante, como si un gran pesar sobre sus espaldas no dejará de juzgar sus acciones pasadas.

Ella no podía sacar ese cosquilleo nervioso que la pena le provocaba, como si una ansiedad la carcomiera al punto de provocar un temblor incontrolable de sus manos. Sin embargo, intentaba mantener una mirada firme, sin dejarse llevar por sus negativos pensamientos.

Gina observaba el paisaje que recorrían durante el viaje con pocas ganas. Aceptaba el hecho de que mostraba cierta belleza la naturaleza del lugar pero no le producía nada en su interior. Ni una expresión ni una sensación de satisfacción, solo quería librarse de sus pensamientos.

Estaba desmotivada y con desgano de volver a intentarlo, porque una parte dentro suyo le repetía que no tenía caso; que ya no tenía arreglo. Sus pensamientos reproducian el momento en el que Eduardo se cortó el cuello con sus garras, diciendo sus últimas palabras. Una imagen que le costaría borrar de su memoria, como también de su consciencia.

Mientras tanto David, sentado en la parte trasera de la camioneta, se sentía devastado y una escoria como padre, incluso un cobarde al no dirigirle ni una palabra. Pero a la vez, sus sentimientos estaban mezclados con la desesperanza que ella sentía.

Sentía el completo disgusto y desmotivación del alma de su hija. Sus instintos percibían cada sentimiento que ella tenía en su interior debido a la gran conexión que construyeron con los años. Era un poder que le desagrada pero a la vez, era la única manera de poder entenderla a veces. Sin embargo, en este momento los pensamientos de su hija eran tan negativos que lo dejaban con las ganas de terminar con todo el trabajo para abrazarla y nunca más soltarla.

Por otro lado, no quería hacerlo, por miedo a provocar su enojo innecesario

Prefería no arriesgar su relación con su hija en ese momento tan delicado.

En el trayecto, buscando detenerse la menor cantidad de veces posible, sólo pararon en dos estaciones para cargar combustible y poder almorzar. Sin embargo, debieron parar en otra que anunciaba que faltaban ciento veinte kilómetros para llegar a su destino porque Gina tuvo que correr al baño, sintiéndose mal.

Después de un rato en el que la joven no regresó, el español se acercó a la puerta del cuarto de aseo, y golpeó suavemente sobre esta.

—¿Estás bien? —preguntó con preocupación.

—Si, pero, ¿podrías ir a la tienda y comprar algo… ? —suspiró con desgano.

¿Comprar algo?, se preguntó Larry, confundido. Hay veces que no entiendo a Gina. ¿Planea que lea su mente y sepa qué debo comprar?

—Claro, no hay problema. ¿Qué te consigo? —le preguntó en su lugar. Escuchó un suspiro frustrado del otro lado de la puerta.

—Ya sabes… Eso

—Ah, ¿eso?

—Sí, eso.

Pues, la diferencia cultural es mayor de la que pensaba. ¿Será un código?

Comprendiendo por el silencio que Larry no había entendido nada, Gina pateó el suelo con enojo.

—Por el amor de-, ¡estoy con “andrés”! ¡Cielos! —gritó con frustración.

Él levantó una ceja confundido. Esperó un poco para dejarle tiempo a la muchacha para que se explicara, pero cuando no lo hizo, se aclaró la garganta y preguntó:

—¿Quién es Andrés? ¿Y qué hace un desconocido en el baño contigo? —David logró escucharlo a lo lejos y se acercó rápidamente, pensando en darle una cachetada por idiota pero intentó mantener su paciencia.

—Quiero pensar que lo que dijiste fue una broma, ¿verdad? —le dijo alzando una ceja para mirarlo incrédulo.

—¡David, esto es serio! ¡Gina está con alguien extraño dentro del baño! ¿Dónde está tu instinto de padre sobreprotector cuando lo necesitamos? —preguntó con preocupación y sin atisbo de que estaba jugando. David lo miró fijamente, esperando el momento en que Larry admitiera la verdad, pero eso no pasó, así que se golpeó la frente con la palma de su mano.

Es suficiente. Hija mía, ¿por qué me haces esto? ¿Quién dijo que los universitarios eran inteligentes?

Sintiendo dolor de cabeza, David acarició sus sienes, pensando que su hija prefería un idiota en vez de alguien con dos dedos de frente.

—Cariño, ¿de verdad lo quieres a este tonto? Te aseguro que hay hombres, incluso mujeres, mejores que este tipo —respondió, mientras Larry lo miraba ofendido.

—¿Me podría alguno comprar las malditas compresas? ¡O los traspasaré con mis estúpidas y afiladas garras! —gritó con gran enojo Gina, y pateó la puerta, dejando una grieta fina en medio. Pudiendo ver un poco como Gina estaba sentada sobre el váter y con los shorts abajo.

—Oh, ya entiendo. Te compraré ibuprofeno también —dijo con amabilidad.

—¡E-Espera! —gritó Gina, recordando algo—. Pide las grandes con alas, por favor.

Larry solo asintió. Rebuscó en su billetera y se adentró a la tienda para elegir lo adecuado para la joven pelirroja. Cuando regresó y se dispuso a tocar la puerta, David lo detuvo.

—Oh, está bien. Elegiste bien la marca, aunque esas son un poco caras —dijo al ver el paquete de compresas femeninas.

—Tranquilo, tengo conocimientos sobre estos temas…

—Lo dudo —le respondió David mientras se cruzaba de brazos.

Larry se encogió de hombros y golpeó con suavidad la puerta, la cual se abrió levemente para dejar pasar el paquete y las pastillas. A pesar de los intentos de Gina para que no pudiera observar, el joven logró ver un poco de la escena; Su ropa interior estaba manchada de sangre negra.

¿Qué…?

Por un segundo, el mundo pareció detenerse para Larry. No comprendía del todo lo que estaba viendo, y su cerebro no lo procesaba. Si por él fuera, se hubiera quedado congelado ante esa breve abertura, pero entonces Gina cerró la puerta de un portazo, y su mente parecía reiniciarse.

Qué curioso, suelta sangre negra…  pensó Larry sintiendo curiosidad. Quería saber más pero, queriendo respetar su privacidad, decidió no preguntar.

—Veo que te creció el cabello un poco. Te queda muy bonito así —dijo cuando ella salió del baño y le sonrió.

—Aja, gracias —le respondió fríamente. Sin decir nada más, se subió al auto. Ella prefirió no volver a tema, ni siquiera para gastar su energía en un enojo tan tonto como por unas compresas.

El español suspiró al ver que su comentario de halago no funcionó. David le explicó que ahora no sería buen momento para que busque una manera de hacerla sonreír, reír o enfadarla, ya que seguramente estaba concentrada en su misión.

Sin embargo, David se equivocaba. Los pensamientos de Gina estaban enfrentados, entre la duda y la tristeza. No sabía ni ella misma si lo que hacía tenía sentido, pero de algo estaba segura, nada sucedió como lo pensó. Ella no esperaba la pérdida de un joven híbrido, mucho menos, por las equivocadas medidas que tomó. Aunque se lo negara, internamente quería sentirse una heroína y una figura a seguir para alguien, pero… terminó decepcionada, sintiéndose culpable y avergonzada; aterrada por lo que el aumento de las emociones podían provocarle a un híbrido. Una esquina oscura de su corazón le decía “no te mereces nada, porque no lograste nada, solo lo dejaste morir”.

Se mantuvo sentada durante todo el viaje con esos dolorosas palabras en su mente. Y sus acompañantes siguieron avanzando sin siquiera sospecharlo.

Finalmente llegaron a una casa de aspecto hogareña en el que se encontraba una mujer en el patio delantero, bebiendo mate con un hombre a su lado. Cuando los vio, ella se acercó con curiosidad, y les preguntó a qué se debía su visita. Gina le habló con seriedad preguntando sobre Carina, la joven híbrido que buscaban. Esto provocó una expresión de tristeza en la mujer, quien le explicó que era su hija adoptiva. Lamentablemente, también le informó que fue asesinada por un demonio hace poco.

De repente, la mujer de cabellos castaños y ojos verdes, parecía recordar algo sobre lo que estuvo pensando por unos segundos. Finalmente, jadeó al entender y retrocedió sin desviar la vista de Gina, apretando los dientes con rabia. Luego empezó a gritar, provocando que su cabello medio rizado y castaño se moviera que cambiaban entre la furia, la impotencia y la incredulidad.

—¡Guillermo nos avisó de ustedes pero no llegaron a tiempo! ¡Mi hija murió! ¡Ustedes tendrían que haberla salvado! ¡Maldita sea! —exclamaba a los gritos. Su marido, de gran estatura y de gran masa muscular, la agarraba por los hombros para calmarla.

—Intentamos hacer lo posible… —dijo Gina con un tono casi inaudible y compasión en su suave voz, sintiendo el peso por la pérdida de la chica.

—¡Serás hija de puta, ojalá no le pase algo así a tus hijos! —contestó la señora.

Gina quedó sin palabras al escucharla. El dolor la inundó mientras sentía el hueco de su corazón al recordar al pequeño Eduardo. Al verla en silencio, Larry puso una mano en su hombro y dio un paso adelante para tomar su lugar en la conversación.

—¿Podemos ir a la tumba de la chica? Le llevaremos flores…

La señora se adentró a la casa con molestia, cerrando la puerta con tal fuerza que se escuchó desde la camioneta. A diferencia de su mujer, su marido les pasó la dirección con una mirada triste, y les recomendó una floristería con amabilidad.

Gina se lo agradeció mientras les indicaba a Larry y David hacia dónde ir. Éste último sentía el dolor del corazón de su hija ante la noticia de la joven fallecida. Entendió que ya no era la niña con pensamientos risueños, llenos de esperanza y entusiasmo. Buscaba en alguna parte esa pìzca de niñez, pero ella solo pensaba:

Terminaremos con todo esto, y al volver a casa, estoy dispuesta a dejarlo. No vas a detenerme, padre.

Cuando llegaron a la tumba de la desconocida, colocaron flores. La acción de la pelirroja, que logró sorprender por completo a ambos hombres, fue cuando empezó a rezar. Se encontraba de rodillas frente a la tumba con ambas manos juntas mientras mantenía los ojos cerrados. Su collar mantenía un brillo intenso al acercarse a la lápida, detalle que Larry notó. Sin embargo, en lugar de decir algo, decidió anotarlo en su teléfono para recordarlo y así no interrumpir el rezo de su compañera.

—Espero descanses en un lugar mejor, Carina —dijo Gina mientras se levantaba, llamando la atención de Larry. David solo los observo y encendió un cigarro pensando en la pobre chica. Se le cruzó por la mente si eso sucediera con su hija, con gran temor negó y empezó a rezar.

Te deseo un gran descanso, Carina. Y espero que nunca le suceda algo así a mi niña…  

Mientras tanto, Larry se dirigió hacia la pelirroja y justo a tiempo, pues el teléfono de ella sonó. Iba a contestar pero el joven se lo arrebató de las manos para después contestar la llamada.

—Hola jefe… Sí, ahora mismo pensamos volver a Buenos Aires. ¿Qué? ¿Está seguro? Está bien, pero la tercera es la vencida. Adiós —cortó rápidamente, en el mismo momento en que Gina le arrebató su teléfono de la mano.

—No vuelvas a hacer eso —le advirtió con un suave golpe en el hombro, aunque él frotó la zona algo adolorido. Iba a decirle algo, pero ella añadió—: Ahora, vámonos, tenemos que ir a la próxima y posible víctima.

Larry no lo soportaba más, estaba cansado de ver como ella se forzaba a madurar tan rápido. Al punto, que ni siquiera estaba convencido de ver una chica joven, sino una mujer.

Sin embargo, por la frustración y el cansancio, explotó.

—Estoy harto de tu actitud. Deja de trabajar a la fuerza y desahógate —dijo Larry con seriedad hacia la joven pelirroja, agarrándola de la muñeca. Ella lo miró con una ceja levantada mientras se soltaba con facilidad de su agarre, provocando que el chico perdiera el equilibrio debido a su fuerza.

A pesar de ello, el joven no se rindió. Viendo que estaba por subirse a la camioneta, aumentó la velocidad hasta llegar a su lado.

—Gina, no me ignores, por favor. Dime qué te pasa, quiero qu… —intentó, pero fue interrumpido por los gritos de enfado de ella.

—¡No sé cómo esperas que me sienta recordando que se suicidó alguien delante de nuestros propios ojos! ¡¿Cómo puedes estar tan calmado luego de esa escena?! —exclamó con un doloroso nudo en la garganta, haciendo que su voz sonara casi entre el llanto y el estrés.

Larry la analizó con la mirada por unos segundos, pensando qué decir con cuidado, y descubrió que los negros ojos de la pelirroja estaban al punto del llanto.

—Tú tuviste un mejor acercamiento con ese chico, yo solo vi… lo que en España sucede cada día que encuentran a un maldito híbrido. Entonces, dime, Gina, ¿qué sentiste al ver que la persona en la que más fe le tuviste se haya suicidado? Dímelo —dijo Larry agarrando las manos de la joven con fuerza, mostrando consuelo. Él sólo quería comprender sus emociones, no buscaba burlarse o regañarla por sentirlas. Los ojos negros de la pelirroja se agrandaron con sorpresa ante tal pregunta que tanto le dolía contestar.

David los observaba, dudando que esas fueran las palabras adecuadas. Se acercó con intención de intervenir, pero para su sorpresa, su hija abrió la boca para explicarse.

—La sangre de ese inocente niño quedará impregnada en mis horribles manos. No, mejor dicho, garras. Los híbridos somos un error, ¿y sabés por qué? Porque nacemos por el asqueroso deseo e instinto de un demonio. Y como tú perfectamente dijiste, sucede cada día, algo tan normal que no te importa ¿cierto? —lo miró fijamente intentando evitar las lágrimas. Él abrió sus brazos para poder abrazarla, pero ella se alejó con velocidad, negando con la cabeza—. Sólo vámonos al próximo destino —susurró, para finalmente subirse a la camioneta, cerrándole la puerta delante de su cara, y sin volver a hablar, mirando hacia la nada.

♦ ♦ ♦

El grupo intentó continuar el viaje pero ante el anochecer, tuvieron que tomar la decisión de buscar un lugar para cenar; como también para descansar. Sin embargo, David prefirió detenerse frente a una cafetería, así que se dirigieron a la más cercana para pedir algo para comer. Sin embargo, la mujer que les tomó su pedido les advirtió que no era buena idea quedarse hasta la noche.

—¿Se refiere a los demonios? —le preguntó Larry.

—Es lo más seguro, pero no creo que pasen por aquí. Como otra opción, podemos irnos a un hotel barato —intervino David mientras le pedía un menú simple, sin creerse la historia por completo.

—Mucha gente se va hoy. Esta noche, los demonios saldrán con mucho entusiasmo, así que no se queden mucho por aquí —siguió la camarera, anotando los pedidos y retirándose para avisarle al cocinero.

Gina simplemente ignoró lo que aquella mujer dijo mientras miraba por la ventana cómo la gente se iba con rapidez al ver el sol esconderse. Soltó un largo suspiro y observó las sombras de los postes de luz fundirse con la oscuridad.

Luego de que cenaron, pagaron y, sin entretenerse demasiado, aceleraron el paso para dirigirse al próximo destino. En el camino, encontraron varios demonios de bajo nivel que directamente atropellaron para seguir hacia adelante sin ningún obstáculo o molestia.

David estaba al volante mientras dejaba que su hija descansara en la parte de atrás. Larry intentaba prepararle café para que siguiera despierto y pudiera manejar durante la noche.

—¿Crees que ella esté bien? —sirvió en una taza un poco de café puro y se lo acercó.

—Parece estar evitando la situación… —comentó David con seriedad.

—Tienes que hablar mejor con ella, eres su padre.

—Sé que no hará algo como dejarnos todo el trabajo, tengo fe en ello…

—¿Cómo es que estás seguro? David, tienes que hacer algo. Al menos por ella.

—Si tanto sabes que hacer, hazlo tú —exclamó con enojo mientras bebía el café e ignoraba al español.

Sinceramente, David estaba con una angustia. Sabía (y le asqueaba) reconocer los pensamientos deprimentes de su hija. No quería tomar riendas por miedo a que todo se derrumbe frente a sus ojos. Pero, no dijo nada al respecto, y en su lugar, se ahogó en sus pensamientos.

Lamentablemente, cuando llegaron sucedió lo mismo: el híbrido había fallecido. Se enteraron gracias a la ayuda de algunos vecinos que les fueron informando. Para su suerte, la joven pelirroja aún descansaba, así que decidieron volver a Buenos Aires mientras pensaban cómo explicarle a Gina sobre la tercera parada sin éxito.

Ella ya lo suponía. Cuando abrió los ojos en medio del viaje, y observó en las ventanas los carteles que decían “Para llegar a Capital Federal 250 kilómetros”, supo inmediatamente que aquel híbrido ni siquiera seguía vivo.

Ya no tenía ganas de seguir un camino sin sentido. Sabía que era mejor dejar atrás la investigación.

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