La gota de esperanza – Capítulo 19

Escrito por Grainne

Asesorado por Maru

Editado por Sharon


Guillermo decidió reunir a todos en la gran mesa del comedor para empezar a hablar del plan que ideó  con la ayuda de Larry. Durante el almuerzo, nadie se dirigió ninguna palabra, a excepción de Gina y David que hablaban a través de sus mentes.

Un poco silenciosa la comida…, pensó observando a su padre mientras masticaba unos pocos bocados.

¿Tú crees? No me di cuenta, le respondió David, provocando que ella extendiera sus labios en una pequeña sonrisa.

Larry los observaba con curiosidad, y a pesar de ello, solo los miró sintiéndose excluidos. Bianca, solo los miraba sin entender qué sucedía pero esperaba que no se desatará una enorme discusión.

Cuando terminaron de almorzar, Guillermo le hizo una seña con las manos hacia su ayudante, la albina, para que levantará la mesa. Luego se aclaró la garganta para llamar la atención del resto.

—Sé que debo contarles sobre el plan pero primero —aclaró su garganta—, quiero hablarles de algo con total sinceridad y sin escrúpulos, espero llamar su atención —exclamó con autoridad. Todos siguieron en silencio esperando que él contara lo que debía—. Bien. No quiero que se sientan apenados por mi historia, solo que comprendan que lo hago por varios híbridos. Y así, terminar con la miseria y el caos que cada vez llega a los humanos y los híbridos —hizo una pausa cuando Bianca regresó de llevar todo al lavabo y Guillermo le pidió que se siente inmediatamente—. Les seré sinceros, mi madre nunca me aceptó como su hijo. Me dio a luz con desagrado, incluso intentó asesinarme. Solo por mi horrible apariencia —dijo dejando ver su verdadera forma híbrida frente a los suyos.

Guillermo era un híbrido peculiar, sus escamas eran un verde militar y sus cuernos simplemente en punta, rectos hacia arriba, sobresalían desde su frente. A pesar de ser un hombre mayor y con sobrepeso, mantenía un cuerpo fornido con garras y patas alargadas.

En cambio, su cola terminaba en una bola con pinchos, y su barba oscura se hacía notar sobre ese cuerpo lleno de escamas.

—¿C-Cómo logró mantenerse en forma para que sus instintos no salieran? —le preguntó David, quien lo miró completamente desconcertado junto a su hija.

—La respuesta es sencilla. Me medico con unas pastillas para calmar el instinto demoníaco dentro de nosotros. Básicamente, cumple la función como un anticonceptivo que evita el proceso hormonal desde nuestro instinto híbrido. Pero como acabo de demostrar, hoy no ingerí ninguna. Por lo que pueden ver con detenimiento mi verdadera forma, la cual me desagrada por mi estúpida madre —dijo con un gran suspiro mientras todos lo observaban atónitos.

—Pero… ¿de dónde ha sacado esas pastillas? ¿Por qué no se comercializan? ¿Cómo logró conseguirlas? —se levantó Gina de sus sitio, esperando una respuesta razonable.

—Son pastillas importadas desde… —agachó su cabeza en un suspiro y volvió a mirarla—, desde España. Puedo comprarlas con el dinero que gano de las importaciones de armas. Lastimosamente, en Argentina, aún no llegan —contestó con sinceridad.

—¿Y no era más fácil comercializar estas pastillas, señor Fitszgerald? —Lo miró con rencor, que luego giró su mirada hacia el español—. ¿Eh? ¿No va a responder ninguno de los dos? —Se cruzó de brazos.

—El gobierno no deja que se comercialice con tanta facilidad, Gina. Ya sabes cómo funciona la corrupción de nuestro país, deberías relajarte. —La miró desafiante. Ella se volvió a sentar, sintiendo cierta desconfianza.

—En fin, si su madre no lo apreciaba, ¿quién lo crió? —preguntó en su lugar la pelirroja.

Guillermo colocó sus manos detrás de su espalda y entonces empezó a contar sobre su triste historia de vida.

♦ ♦ ♦

Nació de una bella mujer de cabello castaño claro y ojos verdad de un familia de clase baja, una mujer joven de tan solo dieciocho años. Sin embargo, la nueva madre nunca aceptó al bebé por su origen, y su abuela fue la única mujer que le dio protección y amor. Su madre estaba asustada y arrepentida de dar a luz un niño que nunca deseó. Ese sentimiento negativo, la llevó al suicidio cuando su hijo apenas tenía unos cuatro años.

Guillermo nunca sintió aprecio ni cariño hacia ella, sino a su abuela Muriel. Una mujer de cabello oscuro y rostro amable con preciosos ojos verdes que resaltaban su pálida piel. Se caracterizaba por ser siempre la vecina que ayudaba al otro. Una simple mujer de unos cuarenta años con afán de ver a las personas felices por sus actos de buenas intenciones.

Pero se dio un cambio en la vida de Muriel cuando en la villa Luzuriaga, un barrio de zona oeste en Buenos Aires, llegó un hombre de cincuenta años y sin familia. Ella intentó darle la bienvenida pero él simplemente la ignoraba o la echaba y como era algo terca, no se rindió. Le llevaba postres y muchísimos bizcochos, todo tipo de comida dulce para que él realmente se rinda.

Finalmente, el hombre harto de tanta comida, decidió dejar que entre a su casa. Guillermo los había espiado y él parecía no querer su compañía hasta que ella elogió sus trofeos y fotos viejas. Para el joven Guillermo, le parecía extraña la presencia de aquel hombre cada vez que venía a la casa. Muriel salió con él de vez en cuando, hasta terminar en una amorío. Parecían el uno por el otro, él la ayudaba y apoyaba siempre que podía, y ella no paraba de sonreír a su lado. Estuvieron largo tiempo juntos, hasta el cumpleaños dieciséis de Guillermo.

Ese día, su abuela tardaba en volver de la cita con su pareja, y decidió ir a buscarla. Pasó horas en la larga búsqueda, lo único que sabía era que ella estaba en el parque más cercano.

Recorrió todas los finos pasillos entre las casas mal hechas de la zona. Logró salir con sofocamiento, imaginando lo peor que podía sucederle a su abuela. Intento volver a recuperar su aliento pero su miedo se incrementó al ver unas pequeñas manchas de sangre negra.

Alzó la mirada hacia un mástil con cartel metálico, donde indicaba con flechas la dirección hacia el parque público más cercano, y como las manchas se dirigían hacia allí, corrió con todas sus fuerzas. Hasta que finalmente, llegó al lugar y se encontró con la escena que le rompería el corazón en mil pedazos.

Un demonio lloraba devorando el frágil cuerpo de la pobre Muriel. Guillermo se detuvo con cierta distancia, sabiendo que por su aura tan negra y con habilidades de deformación, se trataba de un demonio de alto nivel.

Aún así, observó con detenimiento, el demonio completamente negro de cuerpo amorfo y enormes garras, tenía pedazos de ropa rota. Esta era idéntica al del señor que acompañaba a su abuela de forma romántica.

La furia se apoderó de su ser, que su instinto despertó al instante, y se preparó para atacarlo. Intentó con todas su fuerzas asesinarlo con sus garras y cola con puntas, pero parecía imposible cuando este demonio esquivaba sus golpes.

Batalló toda la noche contra aquella bestia que solo lloraba pidiendo perdón, hasta que cayó al suelo con agotamiento, y le pidió a Guillermo que se detuviera mientras empezaba a hablar con tristeza en sus ojos negros.

Había perdido a la única mujer y madre que tenía para que lo apoyara y lo ayudara en lo que necesite. Fue demasiado rápido. Seguía en el suelo, tan cansado, con tanta rabia y furia dentro, pero sus fuerzas ya estaban agotadas por la gran cantidad de lastimaduras en todo su cuerpo escamoso.

—Muriel era una mujer encantadora y me dejé llevar por mis instintos. Ella logró sacar mi lado más humano. Me parecías un estorbo cuando estabas pero…  ahora sé que cometí el error más grande. Asesiné a la mujer que más amaba —se arrodilló ante Guillermo y agarró sus garras para que lo degollara.

—Entonces, ¿por qué? —preguntó el joven Guillermo con tal odio hacia la bestia.

—No aguanté, retuve mis instintos cerca de ella. Juro que nunca le hice algo hasta… —se detuvo al ver el rostro del joven que empezaba a soltar lágrimas—. Solo mátame de una vez, chico. No iré a donde ella, pero sé que si llego a verla allá arriba, lloraré suplicando perdón y aceptaré sin reproches su odio y resentimiento hacia mis actos… —dijo bajando la cabeza y acercando las garras del joven hacia su corazón. Guillermo perforó su pecho sin dudarlo. Luego, lo tiró al suelo, dejando que se desangrara y muriera en el suelo, al lado de su abuela.

Una escena de dos amantes en el suelo, con diferentes destinos. Guillermo no sabía de la existencia de las almas pero sintió el frío reconfortante de un abrazo familiar cuando se alejó de aquellos cuerpos sin vida.

Las lágrimas caían sin cesar sobre su rostro, incluso en el día del funeral de su abuela, no paró de sentir ese dolor tan profundo de su ausencia.

Nunca se olvidaría de ella.

  ♦ ♦ ♦

—¡¿Realmente ese demonio sintió amor?! —preguntó Gina totalmente desconcertada, golpeando la mesa y dejando escuchar un eco en toda la habitación.

Guillermo al ver que la pelirroja cayó en su historia, la miró de nuevo y le explicó.

—No lo sé con exactitud, pero no dudo que algo sintió por mi abuela. Además de que se dejó asesinar con mis propias garras. Desde ese día, intenté estudiarlos pero sólo descubrí que las balas de plomo son excelentes para dispararles en el corazón, ya que los quema por dentro. —Se miró sus propias garras con algo de asco pero siguió hablando—. Sin embargo, ahí fue cuando me adentré más a la fabricación de armas. Conocí mucha gente que me ayudó en la investigación, aunque muchos de ellos murieron en el proceso. Hasta que conseguí a Bianca…  —contó mientras miraba a sus compañeros.

Gina lo miró con pena y se acercó a él. Su instinto dejó salir su forma híbrida frente a Guillermo mientras acariciaba su espalda con compasión.

—Me tiene sorprendida, pero… —lo analizó con la mirada. —Agradezco que haya compartido su pasado con nosotros. Aunque no entiendo del todo cómo ese demonio logró llorar y amar —contestó con sinceridad mientras lo miraba agachando la cabeza, debido a que Guillermo era un poco más pequeño de estatura debido a la edad.

—Estoy seguro que ella lo sabía pero estaba tan estúpidamente enamorada como para dejarse devorar —suspiró desviando la mirada—. Sé que ahora descansa en paz —respondió mientras le pedía que vuelva a su asiento. La pelirroja solo obedeció.

David no pudo evitar abrazarla por los hombros con su brazo derecho mientras le daba un beso en la frente. Ella se acurrucó provocando que el instinto híbrido de su padre saliera a la luz.

Tanto Bianca como Larry se sentían algo intimidados frente a unos híbridos de gran estatura, pero sabían perfectamente que eran sus fieles compañeros de trabajo. Guillermo prosiguió con su explicación de los hechos.

—Por esas cosas que he pasado, decidí estudiar a los híbridos y demonios. A pesar de que no sé mucho sobre ellos, pude conseguir la información suficiente. Larry y Gina, ¿podrían buscarlos en mi oficina, por favor? —dijo Guillermo con firmeza, y el dúo obedeció.

Ambos se dirigieron hacia las escaleras en busca de la puerta color café. Se adentraron a la oficina juntos hasta que Gina se percató por primera vez que la oficina era un completo desastre entre papeles y estantes llenos de libros. Antes no lo había observado con detenimiento. Se acercó al escritorio y se encontró con una foto de una mujer de mayor edad y una gran sonrisa. Acarició la foto apenada, a punto de sentir las lágrimas por sus mejillas.

—Piensa que ella aceptó ser devorada por su amado —respondió Larry acariciando su mejilla con ternura.

Gina se acurrucó contra el hombro de su pareja.

—Espero que no terminemos mal y podamos conocernos más…

—Y lo haremos —le contestó agarrando su mano y entrelazando sus dedos. Gina lo miró a los ojos al sentir el apoyo emocional que le daba, sintiendo una gran calidez en sus mejillas.

—Bueno, vamos a llevar estos papeles —respondió Gina desviando sus sentimientos, mientras agarraba una carpeta que tenía escrito en fibra “último viaje de trabajo e investigaciones”.

Salieron de la oficina cerrando la puerta. Mientras bajaban por las escaleras, escucharon las voces de Guillermo y David discutiendo sobre algo que, debido a la distancia, no pudieron entender. Sin embargo, en cuanto se acercaron, los escucharon con claridad.

—¡¿Cómo conseguiste el contacto de esa vieja?! ¿Cómo le explicaré a Gina sobre aquella mujer que me crió? Te metiste en mi vida privada, Guillermo. Ugh, maldita sea… —exclamó David con frustración. Parecía tan enfadado, que cuando el sonido de un puño golpeando la mesa se escuchó con claridad, nadie se sorprendió.

La pelirroja no entendía lo que escuchaba, por lo que frunció el ceño y entró. Su atención en otra parte, tiró la carpeta con los papeles sin interés sobre la mesa y se giró hacia su padre, observándolo con seriedad.

—Quiero explicaciones con lujo de detalles, por favor. Y no me vengas que es tu maldita vida privada. Soy tu hija y tengo derecho a saber qué es lo que te abruma de tu estúpido pasado —dijo mientras su cola se movía con enfado. Sus ojos completamente negros dejaban a la vista unas pupilas rojas e intimidantes.

David suspiró acariciando sus sienes con gran cansancio y frustración. Aprovechando su silencio, Guillermo se interpuso en la conversación de padre e hija para explicar.

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