Matrimonio depredador – Capítulo 5: Por favor, perdóneme, maestro

Traducido por Yonile

Editado por Meli


La mayor parte de su tiempo en el palacio, Leah escuchó todo tipo de palabras vulgares de su medio hermano, Blair. No obstante, ninguna de ellas la hizo estremecerse de la forma en que lo hizo mientras el hombre encima de ella hablaba de forma grosera.

¿Fue por su voz baja y profunda? Ella sintió que sus palabras eran más crudas y ofensivas. Bajo su escrutinio, trató de ocultar su malestar mientras su rostro ardía de vergüenza.

El hombre que miraba su cara enrojecida sonrió y pronto retiró sus grandes manos de su rostro. Las usó para arrancarle la ropa, haciendo que los rápidos sonidos de desgarro resonaran en la recámara. Teniendo una fuerza inmensa, sus manos ásperas no eran tan delicadas como para desabrocharle las prendas sin causarle daño, por lo que solo tiró, sucumbiendo a sus instintos primarios.

Leah tembló, como una oveja a merced de una bestia. Hace un tiempo, habló sin reservas, pero no pudo ocultar el miedo que había comenzado a invadirla. Miedo de hacerlo por primera vez, ¡y nada menos que con un extraño!

Sus ojos se abrieron de golpe cuando un escalofrío recorrió su cuerpo, mordiendo su piel. Se encontró usando solo su ropa interior. El hombre la observó con orgullo, asombrado por su propio trabajo.

En la habitación oscura, solo se emitía una luz tenue de la vela de la mesa y de la luz de la luna que se asomaba por las rendijas de las cortinas. Sin embargo, fue suficiente para iluminar su cuerpo, y sus ojos dorados lo recorrieron. Su mirada la hizo temblar.

Al ser una princesa, su cuerpo había sido mimado, sin dejar rastros ni siquiera de la cicatriz más pequeña. Su piel era blanca como la nieve, tan inmaculada como su cabello plateado claro.

Leah pensó que el hombre balbucearía de inmediato algún elogio. Pero su rostro se endureció cuando pronunció las palabras que ella menos esperaba.

—Estás demasiado delgada. —Agarró con cuidado la muñeca de Leah y la sostuvo con suavidad, como un higo que se rompería con facilidad por un fuerte golpe de viento. Murmuró—: ¿Comes bien?

¿Cómo se atreve…? 

Su honestidad, que era casi cómica, colmó los nervios frenéticos de Leah.

Ella respiró hondo con sigilo y luego, sin pensar, tiró del dobladillo de sus pantalones. ¡Sus manos, como si tuvieran vida propia, se movían con ímpetu!

Al instante, su mirada se movió de su muñeca a la mano audaz que tiraba de sus pantalones. Estaba sorprendido por sus acciones. Sus ojos encontraron el camino de regreso a su delicado rostro.

—Deja de parlotear y quítatelo —ordenó Leah, roja como una remolacha.

A diferencia de ella, el hombre solo se quitó la bata y todavía estaba vestido. Él sonrió ante su orden y se rió cuando ella le jaló los pantalones de nuevo y falló en bajarlos.

Leah no sabía qué le era divertido, pero el hombre parecía reír cada vez que ella hablaba, lo encontró agravante. Se cansó y abrió la boca.

—No me hables así.

—¿Así cómo?

—Como… «Abre las piernas» —expresó con una mueca.

Sus vívidos ojos dorados perforaron los de ella. No obstante, Leah lo miró sin miedo.

Con delicadeza, estiró el cuello hacia los lados, sus ojos estaban caídos.

—Soy un hombre de baja cuna sin educación. Por favor, perdóneme, maestra. —pidió una disculpa mezclada con burla.

Agarró los muslos de Leah y los separó. Los mantuvo así, encajando su cuerpo en el medio, incluso si ella se retorcía y doblaba las piernas, era demasiado tarde. Su cintura ya estaba alojada entre sus piernas. Sin saber qué hacer, agarró el dobladillo de su camisa.

Él lo tomó como una invitación a desnudarse.

—¿Debería quitarme estos uno por uno, maestra?.

Se quitó la vestimenta y dejó al descubierto su torso, Leah se quedó boquiabierta. Con la ropa puesta, parecía perfecto, apuesto y fuerte. Pero desnudo, la verdad era muy diferente…

Sus músculos tensos se ondulaban con cada uno de sus movimientos. Eran tan delicados y hermosos como una estatua griega bien esculpida. Pero su piel era horrible.

Había cicatrices de diferentes tamaños inscritas a lo largo de su torso, y la de su pecho parecía gruesa y dolorosa. No obstante, estas cicatrices lo hacían lucir más feroz.

El miedo se apoderó de su corazón mientras sus ojos recorrían los surcos de las cicatrices que blandían su cuerpo. El hombre le sonrió a Leah, que no se había dado cuenta de que la estaba mirando y sin darse cuenta estaba abrazando su cuerpo. Luego sintió que unas manos fuertes levantaban sus nalgas y la parte superior del cuerpo de la cama, sus piernas estaban enganchadas alrededor de su delgada cintura.

Asombrada por el repentino cambio de posición, tocó el muslo del hombre para apoyarse. Entonces, sintió algo caliente bajo la palma de su mano.

¡Ahh! 

De inmediato retiró su mano como si estuviera escaldada. Tembló cuando el hombre chasqueó la lengua y tiró de la muñeca de Leah, colocándola en su hombro.

Ella cerró los ojos y gritó en silencio. Aunque no conocía el cuerpo de un hombre, sabía que estaba lejos de ser normal. No podía creer en la piel caliente como el cuero que había sentido bajo su palma.

Sintió unas manos acunando la parte posterior de su cabeza.

Debido a su gran físico, sus miradas se nivelaron a pesar de que las piernas de Leah estaban envueltas alrededor de él tan apretadas como un koala cuelga de un árbol. El hombre la miró en silencio por un momento, presionó sus manos para acercar sus rostros y se detuvo cuando sus narices casi se tocaron.

Sus ojos dorados brillaron y Leah dejó de respirar. Su frente chocó con la de ella y le susurró:

—Hagámoslo en orden.

Antes de que pudiera decir algo, sobrepuso sus labios contra los de ella. El beso fue ligero y suave. Sin embargo, pronto se hizo voraz. Su lengua sondeó sus labios abiertos y surgió dentro de su boca.

Era caliente y salvaje. Su lengua aterciopelada vagó con brusquedad dentro de ella. Cuando la dejó, encontró su camino, una y otra vez, sin dejarle espacio para respirar. Le chupó los labios e hizo cosas que ella no sabía que eran posibles.

Durante el acto, ella no pudo ignorar la extraña sensación que poco a poco se apoderó de ella… sobre todo, cuando sintió los inconfundibles dientes caninos rozando su carne.

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