Prometida peligrosa – Capítulo 87

Traducido por Dalia

Editado por YukiroSaori


Marianne abrió la boca solo después de morderse los labios.

—¿Puedo quedarme aquí un poco más? — preguntó.

Kloud se volvió hacia ella. Marianne se apresuró a dar una breve excusa.

—No le despertaré. Déjeme vigilarlo aquí— explicó en voz baja para no perturbar su sueño recién conciliado.

Kloud tomó unos vasos de plata vacíos que habían sido dejados en la mesa y se levantó. Aunque ella no lo notó debido a la oscuridad de la habitación, él esbozó una sonrisa tranquila.

—Solo el emperador puede rechazar tu petición

—Gracias… —Sonrió Marianne con suavidad.

Kloud comprendió perfectamente el significado de esa sonrisa.

Ella era la mujer a la que el emperador se arriesgaba por proteger, y la mujer que arriesgaría su vida para proteger al emperador. Al mismo tiempo, era la única hija del duque Kling, que se había retirado de la capital por su familia, así como la flor del territorio enemigo que mantenía un romance con Ober, rival político del emperador.

A pesar de que no sentía hostilidad hacia el emperador, sus hombres tenían, con razón, sospechas y recelos hacia ella. Kloud también hizo que su esposa, la señora Charlotte, la vigilara constantemente. Quizás Marianne tampoco lo sabía.

No era estúpida ni inmadura como algunos habían criticado mezquinamente.

Aunque Kloud le dijo que solo el emperador podía rechazar su petición, era diferente en lo referente a su seguridad. No solo él, sino también Curtis, que estaba allí de pie, podían ejercer su derecho para proteger al emperador mientras dormía. Esperar estúpidamente a las consecuencias sería imperdonable y peligroso.

Así pues, expresó su gratitud no por la confirmación de su elevado estatus, sino por la confianza en ella.

Confianza tan grande, que llevó a que no la registraran, ni advirtieron que se mantuviera alejada del emperador indefenso. En cambio, la dejaron quedarse todo el tiempo que quisiera.

—Les avisaré en cuanto tengamos noticias de la residencia local donde se hospeda el gran duque Christopher— dijo Kloud antes de salir de la habitación.

Marianne miró la estancia y se acercó sigilosamente a la silla plegable bajo la ventana. Cuando se acercó para levantarla, Curtis, de pie en un rincón, se adelantó y movió la silla por ella.

Ella se sujetó el dobladillo del vestido y le dio las gracias antes de sentarse. Él volvió a su asiento en silencio. Obviamente, Curtis no era un caballero corriente. Cuando fue a recoger la silla y regresó a su puesto, no hizo ningún ruido que ella pudiera percibir.

Da miedo, pero es bueno para el emperador. No sé qué tan terrible será la amenaza de la fuerza de Ober en el futuro…

Marianne miró rápidamente hacia atrás. De repente, recordó algo que vio ayer en la cueva.

Parece que no me traicionarás, ya que lloraste mucho.

Tras llegar a esa conclusión razonable, volvió a mirar la cama.

El afilado puente de su nariz, su frente y su mandíbula eran visibles entre las sombras. Aunque estaba en cama por efecto de la medicina, dormía profundamente. Lanzó un largo y delgado suspiro, observándolo tranquila, como si se sintiera aliviada.

♦ ♦ ♦

La residencia de Roshan era caótica incluso antes del desayuno porque el mensajero del templo llegó temprano esa mañana.

El gran duque Christopher ordenó hacer las maletas en cuanto confirmó las buenas noticias sobre el emperador. Siguiendo sus órdenes, toda la residencia estaba lista para partir, no solo la cocina, también los establos, ocupados preparando la partida.

—Ahora veo por qué dicen que los miembros de la familia real son bendecidos por Dios. Cuando pregunté al mayordomo, me dijo que era la primera vez que oía de una supervivencia tras caer por las Cataratas de Benoit. Lleva más de 40 años en la residencia y es la primera vez en su vida que alguien sobrevive a esas cataratas.

Barton estaba ocupado asegurando una silla de repuesto a un carro mientras escuchaba su parloteo. Enderezó la espalda solo después de sujetarla bien.

Un jinete como Barton, acostumbrado a conducir carretas, no haría esto normalmente. Pero tras el reciente accidente, tuvo que dejar de encargarse del transporte y reparaciones.

Así que Barton se ocupó de limpiar el establo, tarea que se daba habitualmente a criados. Tenía que limpiar el desorden y posiblemente también los establos. Pero a Barton no le importaba. Consideraba su nueva asignación como una gracia inmerecida.

—¡Qué suerte! Aparte del emperador, la señorita Marianne también esta a salvo. Sin su ayuda, yo ya habría caído al inframundo— dijo Barton.

—¿Sabes, Jason? Me da pena ese jinete que conducía la carreta del emperador—Mencionó otro sirviente, Eddie, mientras se encogía de hombros

—Ya lo creo. Realmente desearía que hubiera vuelto con vida…

Barton frotó sus manos con una expresión amarga.

Aunque Jason y él no eran muy amigos, solían saludarse y a menudo compartían comidas. Brindaron juntos hasta ayer, pero uno de ellos ya no estaba.

—Eddie, ve y asegúrate de que los carros de comida estén bien sujetos. Déjame limpiar aquí.

—Eres muy amable. He visto a algunos malos entrenadores que me obligaban a limpiar hasta sus restos de alcohol. Déjame revisar rápido la comida y te ayudaré —respondió Eddie con una brillante sonrisa en su pecosa cara antes de correr alegremente hacia el carro de comida.

Barton empezó a ordenar los comederos vacíos de los establos.

De hecho, no importaba si dejaba los establos desordenados porque los criados de la mansión los limpiarían de todos modos. No obstante, revisaba y limpiaba cada rincón de los establos.

Muchos de los caballos que cuidaba habían resultado heridos o muertos en el accidente de ayer. Todos los días les daba agua, les empaquetaba arroz y los acariciaba. A veces los trataba como si fueran de su familia y otras como sus amigos. Aunque no podían hablar, en algún momento pensó que le entendían mejor que los humanos.

—No eran salvajes. ¿Cómo es que de repente empezaron a correr por todas partes?

Dejando escapar un suspiro, agarró uno de los comederos. Sus ojos de por sí caídos miraron hacia abajo.

—Si lo hubiera sabido de antemano, creo que les habría dado más manzanas y más paja.

Mientras se lamentaba, Barton entrecerró los ojos. Miraba fijamente los comederos vacíos y entonces rascó algo entre los comederos con las uñas. Era algo muy pequeño y blanco. Se tocó la nariz con las yemas de los dedos, lo olfateó y luego sacó la lengua para probarlo. Luego escupió y de repente se estremeció.

—¡Arg! —Siguió escupiendo.

Barton se limpió la boca con una impresión más amarga que antes. Empezó a buscar frenéticamente en los cubos que había amontonado hasta entonces.

—Lo veo aquí. Aquí no. Otra vez aquí…

Examinó cada uno de los comederos con expresión seria. Como no estaba satisfecho, empezó a buscar dentro y fuera de los establos que albergaban a los caballos. Como estaban más o menos limpios, no pudo encontrarlo en ningún otro comedero, pero evidentemente quedaban algunos objetos blancos no identificados en algunos de los comederos. Como solo quedaba una pequeña cantidad, era difícil de ver a menos que se examinara de cerca.

—Las correas estaban bien sujetas… eh, ¿qué haces?

Preguntó Eddie, que acababa de volver tras revisar los carros de comida.

Barton se apresuró a meterse en el bolsillo del chaleco algo que había raspado de los comederos, que era como la mitad de su uña.

—No es nada. Solo estaba pensando en los caballos muertos…

—Oh… Eres tan bondadoso— Eddie fingió madurez.

Barton le devolvió la mirada con una sonrisa forzada.

—Date prisa. Tenemos que llegar al templo para el almuerzo.

♦ ♦ ♦

Sus pesados párpados se abrieron lentamente como una puerta de hierro. Sus ojos con el color del mar ajustaron las pupilas a la luminosidad de la oscura habitación. La habitación estaba tan silenciosa que el sonido de su susurro en la cama le pareció un ruido estrepitoso.

Eckart parpadeó conscientemente con los ojos entumecidos. En cuanto sus ojos enfocaron al frente, en un santiamén entrecerró las cejas.

Lo primero que vio fueron caras conocidas. Cejas tan suaves como la cola de una golondrina, y las voluminosas pestañas bajo sus párpados cerrados. Nariz afilada y labios suaves. Y un par de arañazos en las mejillas… La dueña de esta cara era Marianne.

Estaba dormida en la cama, con la cara hacia abajo. Con los brazos cruzados, apoyaba la cara en ellos y dejaba escapar respiraciones suaves pero constantes. Él percibió el aroma del soleado comienzo del verano en los tallos de las rosas de su cabeza. Eckart contuvo un suspiro preocupado que un sonido así pudiera perturbar el sueño de la joven a su lado.

Parece …que ella ya sabe lo que pasó al amanecer.

Pensó para sí mismo, poniendo una cara de perplejidad.

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