¡¿La Bruja devoradora de desgracia en realidad es un vampiro?! – Capítulo 2: La carta de amor y la trampa del gabinete

Traducido por Sharon

Editado por Yusuke


Yuuri se despertó de una pesadilla de repente con la garganta seca y el cuarto inundado en sombras.

Desde la ventana en su habitación en el segundo piso, ella podía ver el cielo a través de los espacios entre las casas. Mientras retiraba la cortina negra, notó que el cielo en el este comenzaba a iluminarse. Todavía era temprano para que se levantara, pero dudaba de que pudiera volver a dormir.

Lord… Ernest… —Intentó pronunciar el nombre que no podía decir frente a él. El joven noble rubio era un personaje recurrente en sus sueños últimamente. Era la fuente tanto de sus pesadillas como de su sed. Y el único que podía calmar ambos.

—Si pudiera soportar la sed por mi cuenta… —murmuró suavemente. No había nadie alrededor para escucharla, pero quería, no, deseaba que esas palabras cobraran forma.

¡Qué hombre más cruel! ¿Por qué es tan amable conmigo? ¡Qué irresponsable!

Yuuri era diferente de los demás. Había recibido demasiadas de las cualidades vampíricas de su abuela, y ahora que había alcanzado la madurez, necesitaba beber la sangre de los demás, al igual que su abuela había bebido de su abuelo. Pero ese deseo no había aparecido inmediatamente. Para el momento en que lo hizo, sus abuelos ya no estaban, así que no sabía cómo manejarla.

Incapaz de soportarlo por más tiempo, pidió sangre por compensación a la peculiar petición por el conocimiento de su familia.

Si sólo él hubiera regresado su pregunta con risa o desdén como cualquier persona normal, su deseo no habría crecido tan fuerte. Podría haberle resentido en el momento, pero ambos habrían estado mejor al largo plazo.

Sin embargo, Ernest no era el tipo de persona que hacía lo que los demás esperaban. Tenía una costumbre molesta por hacer justo lo opuesto.

Los recuerdos de Yuuri del evento eran confusos después de que Ernest le ofreció su dedo índice. La esencia dulce e intoxicante bajo la piel se quemó en su mente. Ni un segundo después de que su sangre tocó sus labios, ella se volvió un animal, y aunque intentó detenerse, no pudo. Ese cambio la aterró y estalló en lágrimas. Sabía, que ahora que lo había probado, no podía vivir sin la sangre de Ernest.

Repentinamente Yuuri extrañó a su abuela.

—Oh, abuelos, ¿qué debería hacer? He cometido un error terrible…

El sol del amanecer se movía detrás de las nubes, persiguiendo cualquier trazo de la noche que quedaba con sus rayos gentiles. La luz era lo suficientemente débil que no abrumaba sus ojos.

—Muy bien.

Si los rayos fueran demasiado brillantes, Yuuri se sentiría somnolienta y querría hundirse en las sombras. El momento en que más energía tenía era temprano en la mañana.

Se cambió de sus piyamas, lavó su rostro y mordió una tostada. Cuando salió del santuario de su casa, escogió una chaqueta de estilo Hylantiano por sobre la comodidad de su haori usual. Incluso con sus mejores esfuerzos para mezclarse con la multitud, con sus rasgos distintivos ya sobresalía demasiado.

Sólo había un visitante a quien podría importarle la señal, y él era alguien extraño que se preocupaba poco por feriados o hora de cierre de cualquier forma. Aun así, oró que ese visitante pudiera encontrar su camino hacia ella cuando cerró y trabó la puerta.

Yuuri empujó el sombrero para que tapara su rostro, y abrió el parasol para protección extra, a pesar de que el cielo estaba abierto. Se acercó hacia la gran avenida donde los carruajes iban y venían.

Tenía con ella un ramo de flores para darle a sus abuelos antes de acercarse al área de embarque de la diligencia.

De repente, un carruaje pasando se detuvo y Ernest sacó su cabeza.

—¡Señorita Yuuri!

Bajó de un salto y caminó hacia ella. El joven noble usaba un traje a medida, con su cabello rubio cubierto por un sombrero y un bastón con un diseño intrincado, todo junto pintaba la imagen de un noble elegante. Ernest le dio una sonrisa sencilla y sus ojos azules se iluminaron con un brillo travieso en el horario temprano.

Era amigo cercano del rey. Algunos veían su apariencia y comportamiento como dignos de un caballero despreocupado, mientras otros le veían como poco sincero y desconectado.

Yuuri nunca podría obligarse a pedirle al noble apuesto y brillante por qué elegía pasar sus días con una bruja triste como ella. Aunque le había dicho que podía venir a visitarla, temía que pronto se agotara de ella.

—Buenos días, mi señor.

—Me sorprendió verte fuera durante el día.

—Qué grosero. Puedo manejar las compras por lo menos. ¿Y a dónde ibas?

Ernest le dio una sonrisa afilada, como si estuviera implicando que debería saberlo. Su actitud ligera la molestaba a veces.

—Tengo el día libre. Y ya que el clima es tan agradable… Pensé que podría invitarte a pasar tiempo conmigo.

Yuuri le dijo que odiaba los días soleados y los lluviosos, así que los días nublados parecían ser la única conclusión lógica de días que disfrutaba. Ella odiaba mucho esa confianza misteriosa y actitud sabelotoda que tenía.

—Lo lamento, pero tengo que realizar un recado por mi cuenta.

—¿Así que estás esperando un cochero? ¿Por qué no me dejas llevarte? ¡Vamos, insisto! —Ernest le quitó el parasol y tomó su mano antes de que tuviera el tiempo de rehusarse.

—Huh, ¡e-espera! —Ni sus objeciones ni su mirada glacial le afectaron. Era tan hábil, que Yuuri estaba en el carruaje antes de haberse dado cuenta.

—Bien, ¿a dónde vamos?

—La tumba de mi abuela. Está en la cima de la colina, pasando el puerto.

—¿Tan lejos?

Ernest pasó la dirección rápidamente al conductor y comenzaron a avanzar. La colina más lejos del puerto era donde estaba ubicada tanto la iglesia como el cementerio. Daba hacia un paisaje asombroso y era un lugar de descanso popular para la nobleza y aquellos con buena posición.

—Tu abuela no estaba involucrada con negocios internacionales como el resto de tu familia, ¿verdad?

—No. Escuché que mi bisabuelo trajo a su familia aquí desde Hinomoto, pero navegar regularmente era difícil por un hombre, ni hablar de una mujer, así que el negocio de la familia la saltó a ella y terminó con mi padre.

Navegar entre países era gran parte del trabajo de un comerciante. No sólo eso, pero tener una vida en el mar, rodeado de hombres tan duros como el mar que navegaban, era difícil para una mujer. Era sencillo ver por qué la abuela de Yuuri no había heredado el negocio familiar.

—Ya veo. ¿No le pidió la familia que tomara un esposo que pudiera heredar el negocio entonces?

Ernest tenía razón. La mayoría de las familias comerciantes elegirían a un empleado habilidoso con perspicacia estelar para los negocios para que se casara con su hija y liderará la compañía. Pero los vampiros no eran los más versados en estándares sociales modernos.

—Mi abuelo era un jardinero que trabajaba para la familia Watoh, pero él no tenía sentido para los negocios.

El abuelo de Yuuri era jardinero, pero su inhabilidad para hablar un lenguaje extranjero o manejar cálculos complicados le convirtió en una elección pobre para suceder los negocios familiares. Permaneció como jardinero hasta el momento de su muerte.

Ya que él no pudo heredar, su padre fue entrenado como sucesor desde una edad temprana. Navegando junto a su bisabuelo, aprendió sus habilidades para el intercambio.

—Así que tu abuela se casó por amor. ¿Tus padres estuvieron de acuerdo con eso?

—Mis abuelos no eran parte de la nobleza, así que además de pedirles un heredero para tomar el negocio, no creo que les haya importado demasiado.

El corazón de Yuuri latía con fuerza en su pecho. Si la conversación continuaba, ella tendría que explicarle otras costumbres vampíricas a Ernest.

—Ahh. Si vas a pagar tus respetos, ¿podría unirme?

—Muy bien…

Honestamente, no quería contarle sobre sus abuelos. Pero, incapaz de encontrar una buena razón para rechazarlo, accedió.

♦ ♦ ♦

Ellos se balancearon en el carruaje durante la siguiente hora hasta que finalmente alcanzaron el camino marítimo. El clima deprimente y las nubes espesas hacían difícil el poder ver adelante, pero la falta de luz solar no le molestaba a Yuuri.

—¿Te importaría si abro la ventana?

Luego de una hora de viaje, el aire fuera de las ventanas había cambiado considerablemente. El aroma salado del mar bailaba por el carruaje.

—¿Ese es el puerto? Mira los grandes botes atracados allí.

Ernest estaba señalando dos naves que estaban flanqueadas por varios botes más pequeños. Productos para intercambios estaban guardados en los almacenes construidos a lo largo de la costa. Varios de ellos pertenecían a la Compañía Watoh.

El camino costero eventualmente daba lugar a una colina inclinada. El carruaje se detuvo frente a una iglesia impresionante, dejando a los pasajeros hacer el resto del camino a pie. Ernest bajó de un salto primero y le ofreció a Yuuri su mano.

¿Cuántas mujeres ayudó a bajar de este carruaje…?

Yuuri no estaba segura qué hacer con las excentricidades de Ernest, su comportamiento y modales eran muy refinados. Era especialmente gentil cuando trataba a las mujeres, lo que hacía que Yuuri sospechara que no le faltaba experiencia con ellas.

Mientras tanto, Yuuri era inocente, una mujer que vivía encerrada y le incomodaban las situaciones sociales. Dejando el vampirismo a un lado, ella siempre luchó contra las costumbres sociales. Su pecho se apretó al darse cuenta de la diferencia entre ellos y comenzó a resentirse por ello.

Ernest extendió su mano para ayudarla a bajar. A pesar de sus sentimientos, ella tomó su mano. Su mente le gritaba desesperada que se alejara, pero otra parte de ella, la parte humana, estaba completamente hechizada por él.

Así que sostuvo su mano mientras subían la colina hacia la tumba de sus abuelos.

No importaba cuán malhumorada se pusiera, Ernest continuaba ofreciéndole una sonrisa gentil. Esa paciencia sólo la irritó más.

La cima tenía una vista del océano y un pequeño cementerio descansando bajo un sauce llorón. Yuuri se dirigió directamente hacia el lugar donde su familia descansaba.

—Junio, H. E. 751… ¿y Julio del mismo año? Pasaste por una gran pérdida en tan poco tiempo —murmuró Ernest sorprendido al leer las fechas grabadas en las tumbas.

—Sí, pero ambos vivieron hasta la vejez, así que creo que, siempre y cuando estén juntos en el Cielo, los dos fueron felices —dijo Yuuri, incapaz de pensar en algo más que decir.

Su abuelo murió de una enfermedad, pero su abuela, que murió poco después, no había sucumbido a la vejez o enfermedades. Había muerto por el hambre después de perder su fuente de alimento. Sin embargo, Yuuri no veía esta situación como algo triste. Como un vampiro, quizás fuera el mejor final que podía desear.

—Ya veo…

—¿Sucede algo malo?

—No.

Ernest cerró los ojos y ofreció una oración al par. Yuuri bajó las flores que trajo y se unió a Ernest, cerrando sus ojos también.

Abuela, abuelo, soy una idiota. Ernest es muy bueno y amable, pero algún día, él también me dejará. Así que… no puedo permitirme enamorarme de él.

Nunca podría decirle esto a Ernest. Era una buena persona.

Si se dejaba llevar y bebía su sangre, y llegaba el día en que él ya no pudiera mantenerla, moriría.

Ella fue la irresponsable por beber su sangre sin decirle la verdad. Deseando que él se quedara a su lado sólo porque moriría de otra forma era simplemente deplorable.

Lo lamento tanto, abuela. Después de todas esas veces que me advertiste…

Los vampiros en verdad eran criaturas torpes. Molestos pero devotos.

Ella estaba segura que su bisabuelo había querido un cuñado con un fuerte sentido para los negocios. Aun así, su hija fue y se enamoró de un jardinero. La tradición vampira dictaba que una vez que un vampiro elegía a su compañero, estaban unidos por vida. Su bisabuelo no tuvo más opción que aceptar esta decisión, a pesar de las consecuencias.

De esa manera, su abuela siempre le instó a encontrar alguien a quien amar. Alguien que la aceptara por quien era, con todo lo que conllevaba.

Pero cada vez que Yuuri le preguntaba cómo encontrar a la persona correcta de la que enamorarse, su abuela le decía que no podía responder. Aun así, quería desesperadamente que Yuuri aprendiera de sus errores.

Lo lamento, abuela. Parece ser que también soy una causa perdida.

Yuuri continuó su conversación de un solo lado con su abuela en sus pensamientos.

Habiendo dicho todo lo que necesitaba, Yuuri abrió sus ojos lentamente y miró a Ernest, que seguía orando profundamente con sus manos juntas frente a su pecho.

—¿Conde Selden…?

—¿Hm? Oh, ¿ya terminaste?

—Sí, sólo quería hacerles saber todo lo que estuvo sucediendo.

—¿Ese “todo” me incluye? —la molestó—. Me incluyó, ¿verdad?

Todo lo que Yuuri compartió le involucraba. El caso que le asignó, la forma en que trataba su tienda como una cafetería… y cómo le había ofrecido su sangre.

Estaba completamente en lo cierto, pero su actitud arrogante, sus palabras con ese tono de sabelotodo la irritaban.

—Sí… Les conté cómo entré en contacto con un noble extraño.

—¿Extraño…? Ah, bueno.

Ernest era demasiado tolerante para sus idiosincrasias y aun así ella luchaba por ser más abierta. Le empujaba instintivamente, temiendo lo que sucedería si le decía la verdad. Que pensara lo débil que era si supiera cuánto dependía ahora de él.

Los dos hicieron su camino de regreso al pie de la colina donde el carruaje les esperaba. Cuando alcanzaron la escalinata, él volvió a ofrecerle la mano. Caminaron así hasta que Ernest se detuvo de repente.

Yuuri siguió su mirada hasta encontrarse con un joven vestido de negro, de rodillas en una oración silenciosa.

Cenizas estaban dispersas a sus pies, como si acabara de quemar papel. Lo más probable es que acabara de entregar sus pensamientos hacia los fallecidos al escribirlos en un anotador y quemarlo, de esa forma enviándolos con el humo al más allá.

Sin querer perturbar su ritual, Yuuri retrocedió un paso para intentar buscar otro camino hacia el carruaje.

—¿Joel? ¿Joel Weller? —llamó Ernest. El joven, cuyos ojos eran de un verde musgoso y su cabello era de un marrón cenizo, se puso de pie y miró lentamente hacia el par. Su boca se abrió en una sonrisa gentil al reconocer al conde.

—Ah, Ernest. Qué sorpresivo verte por aquí. ¿Y quién es esta encantadora señorita a tu lado…?

—Te dije sobre mi amada brujita antes, ¿verdad?

—¿Tuya? ¡No pertenezco a nadie! —Yuuri le empujó con el rostro escarlata.

—Señorita Yuuri, este es el barón Joel Weller. —Ernest ignoró su estallido a propósito y continuó la conversación.

—Encantado de conocerle. Soy Yuuri Watoh —le saludó a pesar de estar enojada.

—Así que tú eres la famosa hija de la Compañía Watoh. Escuché todo de ti de Ernest. —Joel parecía un hombre decente. A diferencia de muchos otros, no la miró lascivamente por sus raros ojos obsidianos y cabello negro.

—¿Son amigos? —preguntó ella.

—Vinimos todo el camino desde el internado. ¿Recuerdas cuando te pedí prestado esos libros medicinales? Él era quien iba a traducirlos. Es un diplomático prometedor que conoce bastante de xingkaes. O eso se suponía…

—¿Suponía? ¡No fue mi culpa! La medicina no es mi especialidad, ¿sabías?

Ahora tenía sentido que la apariencia de Yuuri no le haya sorprendido. Como un diplomático experto en xingkaes, él debía de lidiar con personas del este cotidianamente.

—Es buena fortuna poder encontrarme con la Bruja del Este de esta forma. Tengo algo con lo que me gustaría pedirle ayuda.

—¿Quiere mi ayuda? —dijo Yuuri, sorprendida.

—Sí. En realidad, es sobre mi difunto padre…

—¡Espera! ¡Todas las peticiones por la ayuda de la bruja deben pasar por mí! No vengas a tirarle tus problemas —le dijo Ernest, interrumpiéndolo.

—Hey, no puedes- ¡Ah!

—Lo lamento, por favor danos un segundo. —Ernest arrastró a Yuuri lejos, sin soltar su agarre hasta que estuvieron bajo la sombra de un gran árbol—. Señorita Yuuri, le falta conocimiento sobre cómo funcionan las cosas y cautela fundamental hacia el mundo. Para empezar, deje de asumir que otros hombres tienen buenas intenciones. No necesita dar su ayuda de inmediato.

Si no debía asumir que los hombres tenían buenas intenciones, ¿entonces qué debería hacer sobre el hombre extraño que tenía la costumbre de autoinvitarse a su tienda?

Inclinó la cabeza y le dio una mirada confundida.

—Uh, exceptuándome, por supuesto. Y de cualquier forma siempre eres cautelosa conmigo. En esta situación, deberías hacer lo opuesto.

—¿Hacer lo opuesto?

—Por ahora, deberías pensar que soy el único hombre seguro en el mundo. ¡Todos los demás son sospechosos!

Yuuri no tenía idea de dónde obtenía la confianza para declarar algo como eso.

Ciertamente había olvidado cómo, la segunda vez que se vieron, él le dijo que era peligroso también. Pero, a pesar de que no se conocían bien, ella estaba confiada en que, si le señalaba esto, Ernest replicaría con una respuesta elocuente. Que era la razón por la que Yuuri intentó cambiar el tema en lugar de comenzar una discusión inútil.

—¿Entonces estás diciendo que no debería hablar con otros hombres por trabajo? ¿A pesar de que quiero convertirme en una bruja de renombre que ayuda a las personas de esta ciudad como mi abuela?

—Bueno, estaré contigo cuando hables con este hombre, así que está bien. Y si aceptas su petición, me aseguraré de que obtengas la compensación adecuada.

—¿Compensación…? —Yuuri observó los ojos azules de Ernest, ahora firmes con determinación. Era claro que se refería a su propia sangre.

—¿No quieres? ¿Prefieres la de él? Sabes, probablemente no es una buena idea contarle tu secreto a muchas personas, ¿verdad?

No, lo único que deseaba era la sangre de Ernest. La deseaba tanto que sólo la sugerencia había hecho agua su boca.

—P-Pero, ¿qué ganas de todo esto?

—Cielos, eres una mujer muy difícil… ¿No habías escuchado nunca del deber de la nobleza? Además, es natural que un amigo ayude a otro. Pero si vas a hacerlo, debo insistir en acompañarte. ¿Bien?

Con la negociación terminada, el par regresó a escuchar la petición de Joel.

Sharon
Jajaja, Ernest estableciendo su territorio y Yuuri sin darse por enterada XD

♦ ♦ ♦

El trío regresó a la ciudad para poder escuchar a Joel en privado. Y como Ernest se había auto-asignado como el intermediario, insistió en llevarlos a su mansión.

La estancia era un lugar elegante, con un resplandeciente jardín de rosas propio.

Yuuri podría estar viviendo una vida simple en la ciudad, pero seguía siendo la hija de uno de los cinco comerciantes más grandes de Hylant. No estaba desacostumbrada a las grandes mansiones como uno esperaría.

—Y yo aquí esperando que la señorita Yuuri y yo pudiéramos pasar el día comiendo dulces finos en un café local. Joel, me debes mucho por mi benevolencia sin límites —mintió Ernest, de tal forma que sonaba como si hubieran estado en una cita.

—Ruego me perdonen por molestar su cita…

—Sólo está molestando, no teníamos tales planes. Por favor, no se preocupe por ello.

Joel miró a la pareja nervioso. Yuuri le respondió con frialdad mientras Ernes sacudió su cabeza, completamente en negación.

Era la hora del almuerzo cuando llegaron a la mansión. Una vez comieron, se sentaron para tomar el té y Joel finalmente trajo el tema del que quería preguntar.

—Mi padre adoptivo falleció hace un año.

—¿Padre adoptivo? —le preguntó Yuuri.

—Sí. El anterior barón Weller y su baronesa no fueron bendecidos con niños propios, así que me adoptaron. Sucedió poco después de la muerte de mi madre, así que fui muy afortunado, pero luego de ser arrojado en la nobleza y enviado a un internado lejos, la situación fue abrumadora para mí.

—Pensando en ello, eras un pequeño mocoso descarado cuando nos conocimos.

Si Joel y Ernest en verdad fueron compañeros, entonces el barón también debía tener veintisiete. Parecía un caballero amigable por lo que Yuuri había visto hasta ahora, a pesar de que no nació como noble.

—Creo que volverse un hombre y aprender sobre el mundo cambia a una persona… Aunque es un poco aterrador cómo te rehúsas con firmeza a cambiar, Ernest. Estabas tan fascinado conmigo a pesar de no haber nacido noble… O quizás por ello.

Yuuri podía imaginar con facilidad al conde como un niño. Debió ser un pequeño curioso, si la intensa fascinación con que la observó a ella y a su ropa la primera vez que se encontraron era un indicio. También tenía un encanto misterioso con el que uno se sentía atraído fácilmente.

—Me disculpo por salir del tema.

—Para nada. Tómese su tiempo.

—¿Alguna vez ha escuchado del “funadansu”?

—No que pueda decir —saltó Ernest antes de que Yuuri pudiera responder. Ella suspiró, deseando que pudiera mantener su boca cerrada si no lo sabía. Molesta, intentó explicarle.

—Es un objeto parecido a una caja fuerte en el Este. Se usa en los botes para guardar los objetos de valor y está construido con madera para que, aunque la nave se hunda, el funadansu pueda flotar y mantenerlos a salvo.

—Mi padre adoptivo era un diplomático. Recibió uno cuando estuvo asignado en un puesto en el continente oriental.

De acuerdo con Joel, la mayoría de las generaciones de la baronía Weller fueron diplomáticos.

La mayoría de los muebles del Este que se utilizaban para guardar las pertenencias cotidianas eran codiciadas piezas de arte en el Oeste. El funadansu era sólido, hermético incluso y sus decoraciones de metal hermosas. Aquellos realizados por artistas en Hinomoto tenían una gran demanda y la Compañía Watoh estaba más que feliz de proveerlos. Incluso el funadansu que el barón Weller recibió de un oficial de gran rango en Xingka fue hecho por un artesano de Hinomoto.

—Cuando cayó enfermo, mi padre adoptivo me rogó destruir la carta que guardó en el funadansu. Pero por más que lo intenté, no pude abrirlo. Como su habla declinó, no pude hacer que me lo explicara, y tampoco quería arriesgarme a destruirlo.

—Pero la mayoría de los funadansu…

—¿Oh? ¿Has notado algo, señorita Yuuri?

Yuuri miró mal a Ernest, irritada porque volvió a hablar innecesariamente.

—Conde Selden, por favor manténgase en silencio por un rato. Barón Weller, el funadansu puede tener un mecanismo que desbloquea el compartimiento secreto.

—Heh, mi madre adoptiva también sugirió que podría existir un cajón oculto. Intenté varias formas para encontrarlo, pero no pasó nada. Esperé que, siendo que conoces la cultura oriental, pudieras saber de una forma…

Joel estaba consciente que podría haber un compartimiento oculto, pero no tenía forma de encontrarlo. Y la situación era igual para Yuuri.

—Realmente lo siento, pero está fuera de mi área de experiencia…

—Ya veo —dijo Joel, hundiendo sus hombros.

—Aunque puede que conozca a alguien que pueda ayudarte —le ofreció, decepcionada porque el conocimiento de su abuela no podría ayudar esta vez. Por lo menos sabía de alguien con experiencia en las artesanías orientales.

—Oh, ¿quién? —preguntó Ernest con un brillo en sus ojos. Estaba más interesado que Joel, que hizo la petición.

—Mi hermano mayor, Simón Watoh.

—Hermano mayor, ¿eh? Bueno, definitivamente me gustaría conocerle.

La sonrisa de Ernest se volvió traviesa. Un escalofrío bajó por la espalda de Yuuri, estaba segura que nada bueno saldría de ese encuentro.

Dando un gran suspiro, Yuuri desistió y los llevó a ambos a los cuarteles principales de la Compañía Watoh.

♦ ♦ ♦

La sede de la Compañía Watoh estaba en la parte más rica de la ciudad, justo a un lado del camino principal. Yuuri normalmente nunca iba cerca de la mansión familiar donde su madre residía, pero cada tanto visitaba la oficina principal. Los productos mejores vendidos por la compañía eran los tés que Yuuri mezclaba, vendidos bajo el lema de ser hechos por una persona oriental con ingredientes occidentales. Era el mismo que ella vendía en su propia tienda, pero sin tener más clientes que Ernest, que siempre bebía té de jazmín, el número de ventas no podía compararse.

El portero frente al edificio reconoció a Yuuri y abrió las puertas de inmediato. La gran entrada estaba ordenada con un gran candelabro. Vasijas de estilo oriental decoraban el cuarto y pergaminos decoraban las paredes. Los acompañantes de Yuuri quedaron estupefactos por la vista.

—Bienvenida de regreso, señorita. Y saludos cordiales a sus amigos. —El anciano que servía como ayudante de Simón apareció. Saludar a Yuuri como si esta siguiera siendo su casa era una pequeña amabilidad que él siempre le ofrecía.

—Me disculpo por molestar su trabajo. ¿Dónde está mi hermano? —le preguntó Yuuri con un pequeño asentimiento.

—El señor Simón está en su oficina.

—¿Está ocupado hoy? —Después de todo, se habían mostrado sin anunciarse. Si tenía clientes programados, estarían forzados a esperar o volver en otro momento.

—Necesito confirmarlo con él. Por favor, esperen aquí por el momento —dijo el anciano, guiándolos a un cuarto anexo usado normalmente para negocios y luego desapareció en busca de Simón. Momentos más tarde, regresó con una bandeja con té y confites. Tanto Ernest, que aprendió de la gran cantidad de té que bebió en la tienda de Yuuri, y Joel, que trabajaba como diplomático, manejaron sin problemas las tazas sin asas.

—¡Yuuri! —exclamó un hombre delgado al entrar al cuarto. Con cabello castaño y ojos gris azulado, la pequeña estatura de Simón era lo único que tenía en común con su hermana.

Sus ropas eran lo que delataba sus orígenes en Hinomoto. Usaba una hakama, pantalones tradicionales del país, como parte de su atuendo diario. Y claramente era quien enviaba a Yuuri sus haoris. Corrió hacia su hermana pequeña de inmediato, causando que ella se escondiera detrás de Ernest.

—Lamento terriblemente por molestar tu trabajo… Y, uhm, yo, traje visitantes conmigo… —Podía ver que Yuuri le tenía miedo, así que como un perro regañado, se alejó.

—Me disculpo, es que nunca vienes a visitarme. Entonces… —dijo, y su mirada se desvió hacia los dos jóvenes.

—Este es el conde Selden y él es el barón Weller. Necesitan tu ayuda —los presentó sin salir de su lugar.

—Soy el hermano mayor de Yuuri, Simón. Encantado de conocerlos. Conde Selden, escuché que ha estado cuidando de mi hermana pequeña, ¿sí? —Simón comenzó su presentación con la agradable cortesía que uno esperaría de un hombre de negocios.

Pero cuando tocó el tema de Ernest, sus palabras se volvieron afiladas y sus ojos se entrecerraron. Los miedos de Yuuri habían dado en el clavo: no había forma en que ellos dos pudieran llevarse bien.

—Para nada. En realidad, yo soy quien está en deuda. ¡Y por favor llámeme, Ernest, mi estimado hermano mayor!

—¡¿Qué?! ¡Temo decir que usted me lleva bastantes años, conde Selden!

—¡S-S-Simón! ¡Estos son nuestros invitados! Y nobles…

La Compañía Watoh ciertamente tenía bastante influencia entre la nobleza, pero al final del día, seguían siendo plebeyos. Ernest, por otro lado, era el jefe de una prestigiosa familia y un amigo cercano al rey Rodrick. Podría ser un hombre juguetón, particularmente con Yuuri, pero palabras tan inconsideradas en una sociedad educada no estaban permitidas. El hecho que el heredero de la familia Watoh hablara con tal desagrado desenfrenado sobre alguien, especialmente en su primer encuentro, dejó a Yuuri mortificada.

Y Ernest, sonriendo salvajemente con una sorprendente cantidad de compostura, era de poca ayuda.

—Señorita Yuuri, está bien. No estoy para nada molesto. El señor Simón sólo está preocupado por ti.

Dejándose provocar, Simón comenzó a temblar con las manos apretadas en puños.

—Por cierto, señor Simón, ¿esas ropas suyas son de Hinomoto?

—¡Sí, lo son! ¡Soy un descendiente de Hinomoto, así que son mis ropas! —El rostro de Simón estaba de color escarlata y a penas pudo contestar la pregunta, avergonzado por cómo le había engañado su oponente.

—Así que debe ser usted quien le envió todos esos haori. Le quedan muy bien. Especialmente ese de color azul brillante con las flores rojas.

La tensión en el rostro de Simón desapareció a la mención de la prenda.

—¿El que tiene camelias? Estoy de acuerdo. Lo elegí yo mismo cuando estaba en Hinomoto.

—Uhm, Simón, quizás deberíamos abordar el verdadero motivo de nuestra visita. El barón aquí tiene algo que le gustaría consultar… —Yuuri sospechaba que era la única oportunidad que tenía si quería guiar la discusión de regreso a la petición de Joel era cuando su hermano estaba de buen humor.

—¿Hm? Ah, sí, mis disculpas.

—El barón Weller tiene un funadansu en su posesión y ha pedido mi ayuda para encontrar su compartimiento secreto.

—¿Un funadansu?

—Sí, lo recibió de un diplomático xingkaes, pero fue creado en Hinomoto.

—Hay ciertos principios que guían las artesanías de Hinomoto. Si puedo verlo, podré averiguarlo fácilmente.

Simón era un ávido colector de trabajos de artesanía de Hinomoto.

Cuando comenzó las negociaciones con Xingka y Hinomoto, le tomó interés a las modas locales. Mientras su interés se profundizaba, comenzó a usar hakamas cada vez que estaba en el trabajo.

—¿En serio? ¡Se lo agradezco mucho, Señor Simón! —Joel estaba encantado de escuchar la confianza en el heredero Watoh.

Aun así, si su padre adoptivo no quería que la carta fuera encontrada, ¿quizás debería permanecer de ese modo?

Yuuri no podía evitar preguntarse por qué Joel estaba tan desesperado por encontrarla. Quizás tenía una idea de lo que estaba escrito en ella. Sin embargo, Yuuri dudaba que recuperar lo que los muertos querían que desapareciera fuera lo correcto.

Por otro lado, el comportamiento serio de Joel sugería que no estaba buscando la carta por mera curiosidad. Y no estaba segura que debiera meterse en los asuntos familiares de otras personas. Al final, Yuuri decidió no preguntarle.

Simón accedió darle una visita al barón Weller en tres días, y con eso, cerraron la conversación.

Estaban tan metidos en la discusión, que el sol ya había comenzado a descender cuando se dieron cuenta. Cuando los tres visitantes prepararon su retirada, Simón se apresuró a detener a Yuuri.

—Yuuri, ¿por qué no te quedas para cenar? Podemos comer afuera en alguna parte, no tenemos que ir a la mansión.

—N-No, no puedo… Ya tengo planes.

Estaba evitando quedarse sola con Simón a todo costo. Sabía que se preocupaba porque estuviera viviendo sola y deseaba que fuera a vivir con él. Yuuri sentía que debía ser una persona horrible por ser tan fría con alguien que sólo tenía buenas intenciones.

—¿Planes? ¡No será con nuestro estimado conde de aquí, ¿verdad?!

—¡No! Y de cualquier manera, no es tu problema. ¿Qué pasará si ella dice algo…?

Se sentía culpable, pero al final, le rechazó de todas formas.

—Que madre diga lo que quiera… ¡No me importa!

—¡Y yo odio verlos pelear!

—¡Pero no sucederá, lo prometo!

—Si sigues cubriéndome, ella te dará la misma mirada fría, Simón.

Él siempre usaba hakamas para no perder el toque con sus raíces con Hinomoto, y cada vez que visitaba el país, le traía a su hermana hermosas ropas. Aunque Yuuri apreciaba su amabilidad, no podía reciprocarla.

—Lo lamento, Simón —le dijo, dejando el cuarto antes de que pudiera objetar. Antes de subir al carruaje, Yuuri se inclinó hacia los dos hombres que la habían acompañado—. Lamento mucho que hayan tenido que ver eso.

—Te llevaré a casa —dijo Ernest, luciendo inusualmente preocupado.

El par se separó de Joel y viajaron el camino hacia la tienda de Yuuri en silencio. Sabía que el silencio del conde se debía a que estaba preocupado por ella. Pero lo que en verdad quería, era que él la confortara.

—¿Puedo contarte algo? —le preguntó mientras la acompañaba a la tienda.

—Asumí que no tenías gana de hablar, así que permanecí en silencio, pero por supuesto. Siempre quiero escuchar más sobre ti —le respondió Ernest, tomando su lugar habitual en el sillón.

Yuuri se sentó a su lado y comenzó a explicarle su relación con su hermano. Aunque no se parecía a ninguno de sus padres por su atavismo, Simón era la viva imagen de su madre. Ella bañó a su hermano con cuanto amor pudiera, mientras a Yuuri le daba su odio. Debido a la influencia de su madre, el joven Simón odió a Yuuri también. Parecía un resultado natural, con Yuuri viviendo con sus abuelos, y los niños raramente se veían.

Pero al crecer, él reconoció la crueldad en el corazón de su madre y su trato hacia Yuuri comenzó a cambiar. Ella, aun una niña entonces, estaba agradecida con la repentina amabilidad de su hermano.

Esta armonía no duró.

Un día, después de escuchar que Simón había ido a la casa de sus abuelos para visitar a Yuuri, su madre corrió hacia el lugar enfurecida. Habiendo casi olvidado a su hija, la mirada en su rostro cuando la vio estaba llena de odio e ira. A partir de ese día, Yuuri evitó a Simón.

—Podías ver a tu madre en los ojos de tu hermano, ¿verdad? ¿Algo como eso?

Yuuri se irguió. Ernest hablaba la verdad que ella intentaba evitar.

Cada vez que los hermanos se veían, su madre lanzaba un berrinche. Eso era cierto.

Pero la verdadera razón por la que Yuuri no quería pasar tiempo con él, era porque le recordaba a su madre. Sin importar cuán felices fueran pasando el tiempo juntos, eran los ojos azulados de su madre los que la observaban, enviándole escalofríos por la espalda. Al igual que la señora Watoh no podía obligarse a amarla, Yuuri no podía arreglárselas para separar a Simón de su madre. Debido a ello, nunca pudo amarlo.

—Si hay alguien más conmigo, no hay problema. Pero cuando estamos solos, nunca sé de qué hablar. No puedo relajarme a su lado. Estoy segura que es una mezcla de odio y celos.

Aunque ambos tenían los mismos padres, no se parecían en nada. Su madre le había dado a Simón todo su amor. Y por ello, Yuuri le odiaba y le envidiaba. Y se odiaba a sí misma por ello.

—Ya veo. Pero quizás también te preocupas por tu hermano.

—¿Por qué dices eso?

—Porque atesoras los regalos que te da. Ahora bien…

Ernest tiró de Yuuri más cerca y tomó su mano.

Incluso en el cuarto mal iluminado, los ojos adaptables de Yuuri podían ver la expresión en su rostro. Sabía que estaba planeando hacer algo inapropiado, pero no podía evadirlo con facilidad.

—Ahora, ¿cuál es la mejor manera de confortar a una dama angustiada? O mejor dicho, ¿qué me permitirás hacer? —dijo, levantando la mano hacia sus labios. Sin saber cómo detener el martilleo en su corazón, Yuuri se congeló. Él levantó su otra mano para acariciar su mejilla—. No tienes que retirarte.

Tiró ligeramente de su rostro hacia arriba, pero Yuuri retrocedió, dándole una advertencia final. El corazón de Ernest se hundió.

—¡Por favor, retírate!

Avergonzada por no ser capaz de resistirse, Yuuri se puso de pie y se alejó. Lo persiguió fuera de su tienda y luego se tiró sobre el sofá.

—“Deberías pensar que soy el único hombre seguro en el mundo” —repitió lo que le dijo antes ese día—. Esa fue una gran y asquerosa mentira.

Ese conde mentiroso había drenado lo último de las energías de Yuuri, dejándola completamente exhausta mentalmente para incluso pensar en su madre o hermano.

♦ ♦ ♦

Tres días más tarde, Ernest llevó a Yuuri a la mansión Weller.

Era un día increíblemente soleado. En el momento en que puso un pie afuera, el brillo de la luz del sol la dejó mareada. Si no fuera por el carruaje de Ernest, dudaba que hubiera salido de la casa.

—Realmente no puedes manejar el sol. ¿Estás segura que no vas a derretirte?

—Simplemente no me gusta el toque directo. Lamento decepcionarte, pero los días agradables no son lo mío. —Yuuri sabía que Ernest se reiría por la forma en que sus ojos estaban entrecerrados por la luz, así que miró hacia otro lado—. ¿Era realmente necesario que vinieras? ¿Cuántos días libres tienes?

—Esto concierne a un compañero mío, ¡por supuesto que debo venir! Puedo dejarles mis tareas a otras personas. Además, soy tu intermediario, ¡tengo que ver esto hasta el final!

—En otras palabras, no estás atendiendo tus otros deberes —dedujo Yuuri con facilidad, intentando evitar recordarle la manera tensa en la cual se habían separado hace tres días. Esa desesperación la estaba haciendo actuar con más frialdad hacia Ernest.

Se sentaron en el recibidor de la familia Weller, esperando tanto al dueño como a Simón. Intentando no encontrarse con la mirada de Ernest, Yuuri dejó que sus ojos vagaran por el cuarto y comenzó a estudiar las pinturas colgadas en las paredes. Se detuvo en la imagen de un hombre y una mujer que parecían ser pareja.

—¿Huh? Se parece a Joel.

El caballero en el cuadro estaba en sus cuarenta, pero su mirada y comportamiento se parecían a Joel.

—Es el anterior barón Weller. Mi anterior esposo.

Las palabras vinieron de una mujer, vestida con el atuendo negro esperado de una viuda en luto, junto con el collar de una gema fosilizada. Ella era la madre adoptiva de Joel, Isabella Weller. Las viudas en Hylant debían vestir de esa manera por un largo tiempo, así que incluso ahora, un año después de la muerte de su esposo, ella debía estar con ese color.

El retrato debe haber sido hecho hace muchos años. En él, el señor Weller todavía era rubio y hermoso, a diferencia de la anciana de cabello blanco y arrugada que estaba frente a ellos ahora.

—Saludos, señorita Isabella.

—Es bueno verlo, conde Selden. ¿Y esta es la bruja de la que tanto escuché?

—Soy Yuuri Watoh.

Como la esposa de un diplomático, Isabella había conocido bastantes personas que lucían como Yuuri mientras estuvo en Xingka, así que sólo sonrió y asintió ante la extraña apariencia de la chica.

—Aunque son nuestros invitados, soy quien está en su deuda. Espero que Joel no les haya causado demasiados problemas en mi nombre. Si es así, tienen mis disculpas.

—Para nada.

—Joel está trabajando muy duro, a pesar de que no estamos relacionados por la sangre, así que supongo que no debería molestarlo.

No estaban relacionados, lo que parecía toda la motivación que Joel necesitaba para trabajar duro en encontrar la carta para ella. Él sentía que, al hacerlo, podría pagarle su deuda.

—Señorita Isabella, si encuentra la carta, ¿va a leerla?

Isabella puso una sonrisa triste al escuchar la pregunta de Yuuri.

—Sí… ¿Piensas que soy una esposa terrible por intentar encontrar la carta que mi esposo intentó esconder con tanta dificultad?

¿Estaba mal? Ni Isabella ni Joel parecían estar haciéndolo por curiosidad. Yuuri continuó observándola sin responder.

—Entonces, ¿qué piensa del cuadro? Conde Selden, sé que conoció al barón.

—Él y Joel son muy parecidos, y sé, incluso ahora, que Joel intenta imitarlo —dijo Ernest, incapaz de negar las similitudes entre ambos. Tanto él como Yuuri, que acababa de conocer a Joel, podían ver cuánto se parecían.

—Mi esposo siempre dijo “Es más fácil amar a un niño que se parece a ti de alguna manera” y entonces trajo a Joel a casa. Mientras él crecía, se volvió cada vez más parecido a mi esposo en su juventud. No están relacionados por la sangre, así que me pregunté por qué era eso.

No era una pregunta de la cual quisiera respuesta. Era claro que Isabella sospechaba que Joel no era adoptado, sino el hijo ilegítimo del antiguo barón.

—Lo escondió todos estos años. Entonces, ¿por qué cambiar de idea antes de morir? —murmuró para sí.

En otras palabras, ¿qué propósito tenía divulgar los secretos de un hombre muerto para Isabella y Joel? Yuuri, que ya tenía sus reservaciones, estaba comenzando a sentirse cada vez más incómoda por todo el asunto. Se preguntó si quizás Isabella no estaría más feliz sin saberlo.

La anciana observó el retrato de ella con su esposo. Sus ojos estaban llenos de una mezcla de tristeza y afecto.

Un par de voces se acercaron al cuarto, e Isabella se puso un dedo en los labios, como si les implorara que mantuviera la conversación en secreto.

—Oh, madre, así que aquí estabas —dijo Joel al entrar al cuarto, acompañado de dos sirvientes que llevaban el funadansu, y Simón.

—Sí, estabas tardando demasiado, así que decidí conversar con los invitados.

—Lo lamento. Mover el funadansu probó ser más difícil de lo que esperaba.

La mayoría de ellos estaban construidos para ser movibles, pero este en especial era largo y requería más de una persona para llevarlo.

—Realmente lo siento y señor Simón, gracias por viajar todo el camino hasta aquí.

—Para nada. Estoy emocionado por ver algo tan raro —dijo Simón, presentándole a Joel un regalo. Él podría no ser uno de sus clientes todavía, pero un buen hombre de negocios nunca perdía la oportunidad de atraer personas. Poco tiempo después, Simón tocó el tema del extraño tesoro oriental.

Yuuri se sentó en silencio a un lado de Ernest, observando todo. Eventualmente, sus ojos se encontraron con los de Simón.

—Yuuri… Sobre el otro día, yo…

—Yo estaba equivocada. Yo…

—¡No hiciste nada malo! Yo… uh…

Los dos estaban tan avergonzados que no podían hablar. Aunque eran hermanos, la división entre ellos seguía siendo grande.

Yuuri sabía que su hermano estaba preocupado por ella al vivir sola. Sabía que no podía huir para siempre, pero no sabía cómo hacer para abrirse.

—Por favor, haz todo lo que puedas para ayudar a la familia Weller, Simón.

Varios pensamientos corrían por la mente de Yuuri, pero al final, eso fue todo lo que pudo pensar en decir.

Simón le respondió con una sonrisa, mostrando que estaba dispuesto a hacer como esperaba.

♦ ♦ ♦

El gabinete estaba sobre la mesa en el recibidor. Uno a uno, cada cajón fue removido e investigado. Todos observaron con completa atención mientras Simón trabajaba.

—El interior de este funadansu me hace pensar que fue construido para un barco.

—¿Qué lo diferencia de los demás? —le preguntó Joel.

—Está construido con más practicidad. Para abrirlo, uno necesita insertar las llaves adecuadas en el orden adecuado, por ejemplo. El diseño anti-robos es complejo, lo que significa…

Simón midió el ancho de las tablas y golpeó el funadansu, escuchando las diferencias en el sonido. Donde sea que estas se encuentren, es donde debía de encontrarse el mecanismo de activación.

—Aquí está.

Simón había encontrado su objetivo a un lado. La madera estaba perfectamente lisa, pero si la tirabas hacia arriba con la fuerza suficiente, revelaba un panel móvil. El compartimiento oculto que Joel había buscado por tanto tiempo apareció fácilmente ante el heredero Watoh.

—Aquí lo tienen —dijo Simón, poniendo una mano dentro del espacio oculto. En efecto, allí estaba la carta. Joel la tomó y la abrió.

El sobre estaba sin sellar y no había estampas, lo que significaba que el anterior barón nunca pretendió enviarla.

“Ah, mi querida Isabella,

¿Hay algo que pueda compararse a tu belleza? ¿Las flores en plena primavera? ¿La superficie brillante del océano en verano? ¿La luna de cosecha en otoño? ¿Pero qué hay en invierno, la actual estación?

No puedo encontrar nada en la miseria monótona y sin color del invierno que sea digno de comparación. Por eso no quiero nada más que tu belleza para iluminar mi corazón congelado, todos los días.

Por favor perdona a este hombre dañado, aunque mis pecados sean profundos.”

—¿Esto es… una carta de amor? La letra es definitivamente la de padre.

El sobre estaba lleno de papeles, había por lo menos diez páginas. Y cada una estaba llena de oraciones románticas desarrollando su amor por su aún no esposa en su juventud. Tanto Joel como Simón se sonrojaron al leer la florida prosa.

—¿E-Eso es lo que el anterior barón ocultaba? ¡Pffft! ¡Hahaha!

Incapaz de contenerse, Ernest rugió de risa.

—¡Señor Ernest, por favor! ¡Está siendo muy grosero!

—¡No puedo evitarlo! ¿Quién no querría arrojar esos…? ¡Haha!

A pesar del regaño de Yuuri, Ernest siguió riendo, agarrando sus costados. Joel tampoco pudo contener su risa. Simón bajó la cabeza, pero sus hombros temblaban.

—¿Madre? —Todos miraron a Isabella, quien intentaba mantener el rostro serio, pero se le escapaban las risas.

—Realmente lo siento, todos. No esperaba una sorpresa tan agradable. Sus cartas siempre fueron directas y para negocios. ¡Nunca esperé algo como esto!

Aunque habían estado juntos por décadas, sólo ahora veía este lado de su anterior esposo. Por más que las lágrimas se acumularon en las esquinas de sus ojos, la risa de Isabella continuó por varios minutos.

—En verdad me amaba, ¿verdad?

—En efecto. Desde antes de casarse hasta su muerte… De cualquier manera.

—Aun así, dudé de él y expuse el secreto que intentó mantener desesperadamente.

—Estoy seguro que perdonará que te rieras. Parece ser esa clase de hombre.

Al final, no aprendieron nada del verdadero linaje de Joel. Pero descubrir el secreto de la profundidad del amor inmortal de su esposo le dio fuerzas al corazón en pena de Isabella.

Joel sonrió, habiendo visto la reacción de su madre y el secreto de su padre adoptivo. Aun así, por un segundo, Yuuri notó una oscuridad pasar por su rostro. Estaba observando el retrato de sus padres adoptivos.

♦ ♦ ♦

Yuuri dejó la baronía. Como antes, Ernest insistió en acompañarla. Y en lugar de retirarse una vez ella entró, volvía a estar en su asiento habitual, bebiendo té. Había esperado por algo de tiempo para pensar en los eventos del día por su cuenta, por lo que esperaba que se fuera pronto.

—¿Por qué esa expresión, mi brujita?

—Sólo me preguntaba cuándo pensabas en irte.

Ernest sólo parpadeó e inclinó su cabeza ante su lindura. Entonces aplaudió con fuerza, como si acabara de acordarse de algo.

—Vamos a ver si puedo adivinar lo que estabas pensando.

—¿Cuál es el punto? ¡Acabo de decirte!

Lo único que Yuuri estaba pensando era en cuánto quería que Ernest se fuera. No había nada que adivinar. Algunas veces él no parecía comprender las palabras, así que Yuuri endureció su tono.

—Apuesto a que estabas preguntándote qué quemó Joel en esa tumba… ¿verdad? —supuso el conde con una sonrisa arrogante, como si lo supiera. Pretendió no escucharla cuando le pidió con claridad que se fuera a casa.

—N-No lo estoy —replicó Yuuri, sacudiendo su cabeza, insistiendo que no estaba especulando sobre los asuntos personales del barón.

—Está bien. No puede esperar que no nos preguntemos. Y confía en nosotros para no contar lo que sea que pensemos.

—¿Podría haber sido la verdadera carta revelando las circunstancias de su nacimiento?

—Lo más probable. El barón estuvo casado por treinta años, así que Joel debe haber nacido de una aventura. Aparentemente, él fue adoptado después de la muerte de su madre.

Su conjetura era, que como Isabella había sospechado, en efecto había una carta detallando las circunstancias del nacimiento de Joel. Y que él supo cómo acceder al compartimiento secreto desde el principio. El barón enfermo, sin notar que su esposa estaba cerca, le rogó a Joel que destruyera la carta.

Al principio, Isabella no sabía del cajón oculto, así que Joel pudo pretender que eran los desvaríos de un hombre al borde de la demencia. Pero cuando ella miró el funadansu y aprendió de él, tocó el mecanismo. Así que Joel quemó la verdadera carta antes de que su madre adoptiva pudiera leerla y la reemplazó con las cartas de amor que estaban entre las pertenencias de su padre.

Si Joel mismo abría el compartimiento para Isabella, ella sospecharía que había reemplazado los objetos dentro. Por eso necesitaba de un experto como Yuuri o Simón que lo encontrara, por lo menos frente a ella.

Esto era, por supuesto, especulaciones de Yuuri. Pero Ernest era un buen amigo de Joel y él también llegó a la misma conclusión.

—¿En verdad está bien dejar las cosas como están?

—Sí. Todo lo que importa es lo que Joel quiere.

El fallecido barón había amado a su esposa tiempo antes de casarse con ella y así fue hasta el final. Eso era todo lo que los demás necesitaban saber. Era el deseo tanto del barón como de su hijo.

—Realmente no entiendo por qué hizo eso. No dije nada porque no es mi lugar, pero ¿no tiene ella el derecho a saber? ¿Qué es lo correcto para hacer?

—Lo más importante es lo que sea que le de paz a los vivos.

—¿Aunque eso signifique ocultar la verdad?

Isabella quería saber la verdad. Con eso en mente, era difícil decir que Joel tenía el derecho a mentir.

—Buen punto.

—Yo…

Yuuri tenía cosas que le estaba ocultando a Ernest también. Algo terriblemente importante que no podía obligarse a decir. Algo que quería ocultar incluso después de muerta.

Decidió que si la mentira era para proteger a alguien, entonces estaba bien.

Se dio cuenta que estaba siendo imprudente, pero esperaba que Ernest pudiera perdonarla.

♦ ♦ ♦

El silencio prevaleció en el espacio entre ellos.

Siempre terminaba de esta manera cuando Ernest no hablaba. Yuuri comenzó a sentirse incómoda y le miró de reojo.

—¿Debería darte tu recompensa? —le sugirió de repente Ernest. Había sido el mensajero y quien se ofreció a compensar a Yuuri.

—Pero… Sólo te llevé con mi hermano. No usé ningún conocimiento especial que haya aprendido de mi abuela esta vez —dijo Yuuri, aunque sin estar convencida. Quería rechazarlo, pero Ernest tenía una forma de obtener la verdad de ella.

Se decía que los vampiros y sus descendientes eran criaturas devotas, pero eso no siempre significaba que fueran honestas.

—Pero trabajaste duro. Y mantuviste la confianza de mi amigo.

Yuuri permaneció congelada en su lugar, sin estar convencida de que no hubiera problemas.

—Está bien. Ven aquí. —Ernest le hizo una seña, tirando gentilmente de la inmóvil Yuuri hacia su regazo.

Ambos podían verse a los ojos. Su cabello rubio brillante, el estándar de la nobleza Hylantiana, y sus ojos azules que brillaban como joyas eran muy diferentes de los de Yuuri. Era por esa razón que odiaba verle a los ojos.

Sin embargo, Ernest amaba todo, incluyendo las partes de ella que eran diferentes, y aquellas que no eran humanas.

Por otro lado, Yuuri quería ocultarle esas partes sobrenaturales a él con desesperación. No quería que la viera diferente de como era en verdad.

—Es mejor si no es visible, ¿cierto?

Ernest deshizo su coleta hábilmente, se desabrochó el botón superior de su camisa y chaleco. Su pecho yacía abierto y expuesto.

La bruja evitó mirar las venas gruesas en su cuello y se concentró en su hombro. Decidiendo finalmente dónde hundiría sus dientes, ella le miró.

—Uhm, gracias por la comida, conde Selden.

—No, espera.

Ernest puso su dedo índice contra los labios de Yuuri, quien comenzó a sentirse ansiosa por esta acción repentina.

¿No había dicho que era tiempo de su recompensa? ¿Le había malentendido?

—Es Ernest. Llámame por mi nombre. Si voy a garantizar tu deseo, entonces quiero que cumplas uno mío.

Él acarició sus labios con su dedo. ¿No podía ver cuánto dolor le causaba al pasear lo que necesitaba justo frente a sus ojos, para luego sacárselo al siguiente instante?

Sin importar cuántas veces Yuuri tragara saliva, no era un reemplazo por la sangre que anhelaba. Había llamado su nombre incontables veces en su corazón, pero tenía poca práctica diciéndolo hacia afuera.

Con los ojos humedecidos, Yuuri abrió la boca y finalmente dijo esa palabra innombrable.

—Señor Ernest, por favor, deme su sangre.

Sus delgados labios se elevaron en una sonrisa. Su expresión arrogante, desbordando triunfo, la irritó. De alguna forma, él siempre parecía tener la mano victoriosa.

—Adelante, mi dulce y pequeña vampiro.

Planeando dónde morder, Yuuri presionó sus labios contra su hombro para finalmente mostrar sus colmillos y morder. Tan pronto como lo hizo, el dulce sabor de la sangre llenó su boca. Entre el aroma que llegó a su nariz y el sabor de su sangre en su lengua, no había otro substituto de lo que Ernest le daba.

Sus recuerdos de la primera mordida, cuando se intoxicó con su sangre, eran borrosos. Esta era la primera vez que mordía y bebía la sangre de un hombre que estaba comenzando a amar mientras mantenía el control de sus pensamientos.

Aunque se odiaba a sí misma por hacer algo tan horrible, continuó absorbiendo mientras las lágrimas bajaban por sus mejillas.

A través del proceso, Ernest movió su cuerpo varias veces y Yuuri se preguntó si era porque estaba herido o porque hacía cosquillas. De cualquier forma, estaba feliz. Él estaba soportando algo tan desagradable, o incluso doloroso, porque se preocupaba por ella.

Ni siquiera habían pasado cinco minutos cuando levantó su rostro, satisfecha, aunque la sangre continuó saliendo de la herida de Ernest. Su corazón podría estar feliz, pero su mente todavía tenía arrepentimiento.

—Déjame curar su herida. —Yuuri se levantó para alcanzar el botiquín de primeros auxilios que había preparado.

—Señorita Yuuri, ¿por qué está llorando? —le preguntó Ernest, tirando de Yuuri hacia él cuando intentó alejarse.

—Porque odio esto. No es normal. Además, no quiero… herirle, señor Ernest…

—¿Realmente es tan horrible beber un poco de mi sangre? —volvió a preguntar, limpiando sus lágrimas con su dedo. Acarició su mentón, y luego lo elevó para poder observarla.

—¡No me mire! —Yuuri no quería que la viera llorar. Pero en lugar de alejarse, se aferró a su pecho, enterrando su rostro en su camisa arrugada para agarrarla con fuerza.

—Pero, si te digo que estuvo bien, ¿eso sería suficiente?

Yuuri sacudió su cabeza vigorosamente. Estaba llena de felicidad mientras bebía, sin embargo al terminar, el arrepentimiento la inundó. Se había convertido en lo mismo que su madre temía: un monstruo horrible chupador de sangre.

—¿Señorita Yuuri?

Ernest le acarició el cabello. En lugar de retirarse de su toque, avergonzada por lo que era, ella se hundió en sus brazos, temblando.

—No me importa que te acomodes de esta forma conmigo. Sólo desearía que no te enojaras cuando yo lo intento.

Cuando Yuuri asintió, Ernest dejó escapar un suspiro y continuó acariciando su cabeza.


Sharon
Pobre Yuuri Q-Q Su madre le dejó un trauma demasiado grande. Espero que Ernest pueda curarla.

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