¡¿La Bruja devoradora de desgracia en realidad es un vampiro?! – Capítulo 3: La verdadera poción de amor de la bruja

Traducido por Sharon

Editado por Yusuke


El verano, la estación menos favorita de Yuuri, llegó una vez más. Era cálido y el sol tan brillante, que ella no podía soportar salir. Para el tiempo en que despertó, incluso abrir los ojos la mareaba.

Serían otros dos meses hasta que el verano alcanzara su cumbre.

Viviendo sola, Yuuri sabía que no había forma en que pudiera sobrevivir sin salir de su casa cada tanto, incluso aunque fuera demasiado caliente. La carne y otros productos se podrían mucho más rápido en estas condiciones, así que sus viajes para comprar comida se volverían cada vez más frecuentes.

Yuuri luchaba por balancear su parasol y su canasta de compras mientras hacía su camino hacia casa desde el bazar matutino. Estaba segura que no había comprado demasiado, pero después de caminar un tiempo, se dio cuenta cuán pesada estaba la bolsa en realidad. Era una falla de cálculo comprensible con este clima.

El camino a su casa era estrecho, por lo que estaba envuelto en las sombras de otros edificios. Se detuvo por un momento para limpiarse el sudor y reunir energías antes de comenzar de nuevo. Poco a poco, su tienda cubierta en hiedras entró en su visión.

Cuando finalmente alcanzó su destino, notó a un cierto hombre alto de pie con los brazos cruzados. Él la saludó.

—Buenos días, señorita Bruja Devoradora de Desgracia. Vine a hablarte una vez más.

Yuuri enfrentó la sonrisa perfecta de Ernest con un rostro inexpresivo.

Si va a venir, podría por lo menos haberme ofrecido llevarme a casa en su carruaje, suspiró Yuuri.

—Buenos días, conde… Oh, es cierto. No te gusta que te llame por tu título.

Ernest era un ayudante de la familia real con el título de conde. Aun así, era amable, y le faltaba la usual arrogancia e inalcanzabilidad que plagaban la nobleza. Por otro lado, parecía muy frívolo e irritante para su edad. Sus cabellos rubios brillante y ojos azul zafiro resaltaban sobre los rasgos negros de Yuuri.

Parecía brillar en la luz del sol, haciendo que la distancia entre ambos se sintiera más amplia. Se preguntó si él trataba a otras chicas de la misma manera que a ella. Su círculo social era tan terriblemente pequeño, que le fue difícil imaginar sus interacciones. Y lo que pensó era demasiado desagradable, así que se detuvo.

—No, no me gusta. Prometiste llamarme Ernest, ¿por qué no lo haces? —le imploró, sacándole juguetonamente la canasta de comida.

Yuuri usó su mano libre para sacar la llave alrededor de su cuello, la cual Ernest le dio el otro día y abrió la puerta.

—Este calor parece haber surgido de la nada. Por lo menos estás vestida apropiadamente. Luces bien hoy —comentó él al entrar.

Yuuri estaba usando un vestido ligero y su cabello estaba reunido con una tela hecha igual que su kimono de Hinomoto. Siempre usaba el haori que su hermano le envió en la casa, pero en este clima era innecesario. El listón era lo único que usaba de su país natal, y naturalmente, era un regalo de su hermano.

Debería haber estado complacida con el elogio, pero en su lugar bajó la cabeza para ocultar sus mejillas sonrojadas.

—Señor Ernest, ¿a qué vino hoy?

Las estanterías estaban llenas con raíces misteriosas, ranas preservadas en alcohol y pergaminos escritos en lenguaje extranjero, todos objetos esperables de la tienda de una bruja, pero Ernest nunca se acercaba con el propósito de comprarlos.

—¿Deberíamos tener algo de limonada? —sugirió el conde, tomando su asiento habitual en el sillón después de colocar la canasta de las compras en el mostrador. Cruzó las piernas y se puso cómodo como si estuviera en su casa.

—Es una tienda para clientes que pagan, ¿o lo has olvidado?

Traducción, no era una cafetería. Pero a pesar del ceño fruncido de Yuuri, él era inamovible y le regresó la mirada con una amplia sonrisa.

—Ahora, señorita Yuuri, ¿en verdad debería decirme algo así a mí de todas las personas?

—¿A qué se refiere?

Yuuri tenía un mal presentimiento. Su tono, su sonrisa traviesa… Estaba planeando algo.

—El otro día, mientras dormías, estoy bastante seguro que escuché.

—¡N-No dije nada! ¡No recuerdo nada! ¡Sólo cállate y te traeré la limonada!

Esperaba que por lo menos hubiera olvidado las palabras que se le escaparon cuando deliraba por la fiebre. Tomó su canasta con las compras y corrió hacia el interior de la casa. Guardó los productos que compró esa mañana en el mercado, y se puso a hacer la bebida. Ya tenía algo de jarabe de limón dentro, así que lo diluyó con agua.

Tenía su propia receta especial. Después de pelar la cáscara del limón, la bañaba en azúcar y lo dejaba en reposo. Todos tenían sus propios trucos, pero a Yuuri le preocupaba que Ernest se burlara de su paladar infantil. Lo pensó por unos momentos y le agregó una hoja de menta, esperando que le diera un giro masculino a la bebida.

Yuuri bajó los vasos en una bandeja y se lo llevó a Ernest. Había huído del cuarto para evitar hablar sobre lo sucedido, pero Ernest ya parecía haberse olvidado cuando aceptó su vaso sin preocuparse. En verdad no parecía que quería causarle dolor, pero su naturaleza traviesa y su tendencia a molestarla le volvían alguien difícil de leer. Se sentó a su lado, diciéndose que era porque no había otra parte donde hacerlo.

—Ahh, no hay nada como una limonada en un día cálido. Esto está delicioso, señorita Yuuri.

La bruja se preguntó cuánto había estado esperando por ella afuera, porque debía estar sediento para beber el vaso de un tirón.

—Tengo un favor que pedirte. Necesito tu ayuda… Específicamente, necesito tu opinión.

—¿Otra vez?

—Sí, otra vez. Me encuentro envuelto en otra situación incómoda. ¿Sabes por qué esto me sigue pasando? —le preguntó con una expresión seria.

—No. Tampoco estoy segura cuánto puedo ayudarte. Pero puedo escuchar lo que tienes que decir.

—Gracias. ¿La… recompensa de siempre, será suficiente?

Yuuri tragó suavemente, luego asintió una vez. Esperaba que él no pudiera ver sus mejillas tiñéndose de rojo en el cuarto mal iluminado.

—Mi buen amigo, un hombre llamado Leonard que es el hijo de un vizconde, recientemente rompió con su prometida. Para decirlo brevemente, me gustaría que mediaras en la disputa entre ellos. ¿Nos ayudarías?

—Dudo que pueda ser de mucha ayuda en un tema como ese. ¿En verdad piensas que soy la mejor persona para mediar una pelea amorosa?

La medicina del Este y el comercio eran los únicos dos temas en los que Yuuri tenía confianza completa en su conocimiento. A penas y tenía amigos, mucho menos la suficiente experiencia social para mediar una pelea.

—¿Sería probable que tengas una poción de amor a la venta?

—¡¿P-Poción de amor?! —Yuuri casi escupió su limonada.

Estaba en verdad sorprendida de que hubiera sugerido tal idea. Nunca habría esperado esa clase de tonterías de Ernest, y honestamente, la petición la irritó. Bebió el resto del vaso, esperando calmar sus nervios y lo dejó en la mesa.

—¡Las pociones mágicas son caras! Y los efectos no son permanentes. Sé de algunas que pueden alterar el estado de las personas por un tiempo, pero el amor forjado bajo pretensiones falsas sólo herirá a las dos personas en el largo plazo —dijo Yuuri, estableciendo su sabiduría convencional con ira a pesar de su falta de experiencia social.

—Muy bien. ¿Entonces qué te parece una poción que haga a las personas decir sus verdaderos sentimientos?

—¿Verdaderos sentimientos? Existen los sueros de la verdad. Alguien involucrado en la seguridad nacional como tú, ya lo sabe. ¿Pero por qué una pequeña tienda como la mía tendría algo tan potente?

Había poca diferencia en los fundamentos de la medicina oriental y hylantiana. Si la medicina tenía un efecto positivo en un área, entonces habría efectos secundarios. Y lo que era venenoso en un país lo era en todas partes, lo mismo se aplicaba a los remedios. Esos principios eran iguales en cualquier parte.

La mayor diferencia eran qué plantas, animales y minerales estaban disponibles en cada región.

—Bueno, esa es una respuesta decepcionante para una bruja.

—Para que lo sepas, eso no es algo en lo que una bruja como yo vaya a incursionar.

Ernest lucía decepcionado y Yuuri se sentía de la misma manera. Como no pudo cumplir su petición, no podía tomar la dulce recompensa.

—Esto no debería ser sorpresivo, pero no soy como las brujas que los cuentos de hada portratan. No puedo hacer milagros. Simplemente poseo un conocimiento medicinal y en hierbas diferente de las personas de tu país.

—No lo rechaces con tanta facilidad. Por lo menos reúnete una vez con Leonard, ¡dale la opinión de otra mujer! ¡Ahora, vamos a prepararnos! —Ernest saltó del sofá y le dio su mano.

—Espera, ¿quieres que vaya afuera ahora…?

La bruja encerrada debía reunir una gran cantidad de valor cada vez que dejaba la casa. Salir esa mañana ya había drenado su energía, pero el sol sólo subiría más alto a lo largo del día.

—Por eso vine aquí tan temprano como pude. No te preocupes, mi carruaje espera.

—¿P-Perdón?

Ernest llevó los vasos vacíos a la cocina y tomó el parasol de Yuuri. Desde esa vez que se enfermó, él perdió toda vacilación en entrar a los cuartos en donde vivía.

Tomó la pequeña mano de la bruja y la arrastró fuera bajo la cubierta de la sombrilla.

♦ ♦ ♦

Esta era la segunda vez que Yuuri visitaba la mansión del conde. Los sirvientes eran amables y la trataban con respeto. Junto con Ernest, le mostraron la recepción en el primer piso, el cual tenía una vista del jardín de flores. Era un día cálido y la intensa luz solar era templada por las cortinas elegantes que ondeaban ocasionalmente por el viento.

Ernest había alcanzado el título de conde a los veintisiete. Yuuri se dio cuenta que eso era lo único que sabía de él.

¿La nobleza corría en la familia? ¿Sus padres estaban vivos? ¿Ella podría conocerlos? ¿Qué pensarían de una pareja soltera visitando la casa del otro a cualquier hora del día? Sus preocupaciones aumentaron a tal proporción que no pudo mantenerlas para sí.

—Señor Ernest, ¿puedo hacer una pregunta?

—¿Qué sería?

—Bueno, uhm, ¿están tus padres…?

No pudo encontrar una palabra correcta para terminar la oración. ¿Muertos? ¿Vivos? ¿En la casa?

Si Ernest había alcanzado la posición de conde, era posible que ya hubieran fallecido, pero Yuuri no tenía idea sobre cómo abordar el tema.

—Nunca me has hecho preguntas personales —dijo Ernest con los ojos abiertos.

—Lo lamento mucho —dijo, arrepintiéndose al instante. Él sabía un montón sobre ella, pero eran temas que estaba dispuesta a compartirlo. No estaba segura si tenía el derecho de preguntar por su familia.

—Está bien, estoy feliz de que hayas preguntado. Mis padres están bien. Se retiraron a edad temprana y pasan sus días descansando. Tengo dos hermanas mayores, pero ambas están casadas en otras familias nobles. No hay nada especial que ocultar, es sólo que nunca surgió en la conversación.

—Así que es eso… —Yuuri dio un suspiro aliviado. Por lo menos ahora sabía que no estaba siendo grosera al no saludar a su familia luego de entrar a su casa.

—Mis padres y hermanas visitan cada tanto. La próxima vez que lo hagan los presentaré.

No tenía idea qué les diría si los conocía, así que sólo asintió esperando que no fuera a suceder pronto.

—Los veranos son fríos y los inviernos aún más en la casa familiar, te quedaría perfecto. La próxima vez que vaya a casa, te llevaré conmigo —exclamó como si ya estuviera decidido.

—¡No, gracias! No tengo razones para ir.

—¿En serio? —¿Acababa de imaginar la decepción en su voz?—. Ah, sí, tenemos algo de tiempo antes de encontrarnos con Leonard. ¿Qué deberíamos hacer? La biblioteca y el jardín de rosas son los únicos lugares de esta mansión dignos de admirar.

—¿Jardín de rosas?

Era tan famoso que incluso Yuuri había escuchado hablar de él. Ernest le había contado que era el tiempo perfecto del año para ver a las rosas floreciendo.

—Puedes verlo desde aquí.

Observó las grandes ventanas. Yuuri se acercó y separó gentilmente las cortinas. Como era un poco después del mediodía, la luz del sol era intensa, nublando su visión.

La vista del jardín de rosas, un mar de rosas rojas, doradas y blancas en plena floración, habría sido impresionante para cualquiera y Yuuri amaba las flores. Pero como era muy brillante, sus ojos no podían observarlo por completo.

—¿Qué piensas?

—Es un jardín encantador. —Sus palabras eran sólo por cortesía.

Momentos como estos la hacían dolorosamente consciente de lo mucho que ellos no podrían compartir. No podrían mirar las flores que Ernest tanto amaba. Y las cosas que ella encontraba hermosa eran tan oscuras que él no podría verlas.

Forzó una sonrisa y él agarró sus mejillas y las estiró para molestarla.

—Lo lamento, pero puedo ver a través de tus mentiras —dijo Ernest, aunque todo lo que Yuuri quería era que sonriera y lo dejara pasar. Él podía ser tan cruel. Pero podía ver la preocupación en su mirada.

—N-No estoy… —tartamudeó.

Sus dedos deberían estar pinchando y jalando de sus mejillas, sin embargo se deslizaron por los contornos de su rostro, elevando su mentón para que no tuviera más opción que mirar a Ernest directo a los ojos.

Yuuri sintió una sensación extraña, una que nunca había experimentado antes ya fuera con el alcohol o la sangre.

—¿Deberíamos visitar la biblioteca? —le preguntó, liberando su rostro y tomando en su lugar su mano.

El cuarto tenía diez veces las estanterías que la tienda de Yuuri tenía y era una vista impresionante. Estaba tan encantada, que permaneció allí leyendo vorazmente los tomos extraños hasta temprano en la noche.

♦ ♦ ♦

Yuuri había olvidado por completo la verdadera razón por su visita para el momento en que Ernest la dirigió a otro cuarto. Las sombras de edificios cercanos y árboles habían crecido hasta ser largas para el momento en que salió de la biblioteca.

—¿Podrías esperar aquí un momento?

Era una de las habitaciones de invitados de la mansión. Ernest la escoltó dentro, pero permaneció en el corredor.

—¿Por qué?

—Bueno, no pensé que quisieras a un hombre dentro mientras te estás cambiando —le explicó guiñándole el ojo.

—¿Disculpa…?

Yuuri no sabía para qué se estaba vistiendo. Pero a juzgar por su actitud juguetona, esto no lucía bien para ella.

—Vamos a encontrarnos con Leonard en una cena esta noche y el momento no podría ser mejor, ya que estás aquí conmigo. Pero necesitarás vestirte para la ocasión, ¡así que adelántate y cámbiate sin preocuparte! Entonces, si me disculpas —dijo rápidamente. Yuuri no pudo interrumpir de ninguna manera y la puerta se cerró a sus espaldas.

Permaneció de pie, confundida, hasta finalmente procesar sus palabras una vez que sus pisadas habían desaparecido por el corredor.

—¡E-Espera! —Controlándose, corrió hacia la puerta y la abrió de golpe. Pero donde Ernest estaba antes ahora había una mujer anciana.

—¿Sucede algo? Fui enviada para ayudarla con los preparativos para la cena, señorita. Mi nombre es Tarrah. Le hemos preparado un baño caliente, así que por favor sígame.

Tarrah estaba rodeada por otras cuatro mujeres, todas con el mismo uniforme estándar de la mansión Ernest. A pesar de su confusión, Yuuri fue dirigida al baño, desnudada y lavada. La esencia de las rosas llenó el baño, pero en su estado ansioso, no pudo disfrutarlo.

—¡Ah, espera un segundo por favor! Quiero hablar con el señor Ernest.

—Por favor, no se preocupe. Tendrá todo el tiempo del mundo para hablar con él una vez se haya cambiado. Ustedes dos deben ser muy cercanos, tehe~.

—¡No, no lo somos!

La mujer lo hizo sonar como si Yuuri estuviera tan enamorada de Ernest que no podía soportar separarse ni siquiera un segundo. La impensable insinuación hizo que ella sacudiera su cabeza con furia, sus mejillas rojas.

—No es nada de lo que avergonzarse. Ahora, por favor apresúrese.

Las cuatro sirvientas quitaron la humedad y la frotaron con cremas.

Sus manos eran tan hábiles, que Yuuri ni siquiera pudo pensar en cómo rechazarlas. Después de que su torso estuviera seco, la envolvieron en un corset.

—La señorita Yuuri es muy delgada, así que no necesitamos ajustarlo demasiado. El mayor problema será… —Los ojos de Tarrah estaban fijos en el pecho de Yuuri—. Vamos a rellenar esos un poco, ¿bien? Sólo un poco. No te muevas, querida, todas las jóvenes damas lo hacen en momentos como este —dijo mientras ponía algo en el corset de Yuuri, dando énfasis a la palabra “jóvenes damas”, para no lastimar los sentimientos de Yuuri—. Bien, vamos a armarlo.

Los ojos de la bruja se fijaron en el vestido azul brillante que las sirvientas llevaban. No tenía muchos accesorios ni era llamativo, simplemente estaba envuelto en una segunda capa de fábrica del mismo color. Era un vestido encantador, acentuado con un motivo floral.

—¿Le gusta, señorita?

Ella asintió en silencio. Ya fuera que le quedara o no era irrelevante, sabía que no podría dejar este cuarto si no estuviera en ese vestido.

A diferencia de las mujeres hylantianas, Yuuri era más baja y sus pies pequeños. Aun así, el vestido y los zapatos a juego le quedaban a la perfección.

—¡Nuestro maestro realmente tiene buen gusto! Supo tu tamaño y que te quedaría mejor con una sola mirada.

Dejando el diseño de lado, ¿cómo era que Ernest sabía su altura y tamaño de cadera exactos? Mientras más lo pensaba, peor era la conclusión que obtenía y se dio cuenta que era un agujero en el que prefería no meterse.

♦ ♦ ♦

La opaca luna creciente tomó el lugar del sol en el cielo.

La miriada de luz en la mansión del vizconde mantuvo a Ernest y a Yuuri de disfrutar de las estrellas. Otras parejas vestidas con elegancia descendían de sus carruajes, saludándose entre sí mientras se dirigían hacia la mansión.

—¿Sigues enojada? Debes aprender cuándo dejar ir el asunto.

—¡¿Por qué no me dijiste la verdad?!

—¡Si te lo hubiera dicho, habrías huído!

¿Por qué alguien soltero como Ernest tenía un vestido y collar disponible? Encima le quedaban perfectos a Yuuri. ¿Y por qué la llevó a esta fiesta elegante cuando no quería ser su compañera? Tenía estas preguntas y más para el conde, pero las mantuvo para sí. No deseaba nada más que volver a ser bruja y cliente.

Luciendo apuesto en su traje negro, con su cabello impecablemente estilizado, Ernest tomó la mano de Yuuri con un humor más encantado que antes.

—Realmente luces encantadora esta noche. Tan encantadora, que preferiría que ninguno de estos hombres te viera, pero supongo que no tengo otra opción.

—Gracias… por el vestido… —dijo ella, bajando su cabeza y con la voz a penas arriba de un susurro.

—No hay de qué. Ahora, ¿vas a decirme cuán encantador me veo?

—¡Nunca podría decir algo tan ridículo! —dijo enojada.

La apariencia y comportamiento de Ernest eran lo suficientemente refinados, y él lo sabía. Su confianza que rozaba la arrogancia la molestaba.

—¡Haha, te estás sonrojando!

—¡Sólo estoy haciendo esto por el trabajo! ¡No tires de tu suerte!

El vestido de Yuuri ocultaba sus pies, el cual usó para pisotear a Ernest.

—Bueno, conde Selden, había escuchado que podrías traer a una señorita de una tierra lejana para unirse a nosotros —interrumpió un noble.

—Haha, parece ser que su reputación la precede. Por favor, permíteme presentarlos. Esta es Yuuri, la hija del presidente de la Compañía Watoh. Señorita Yuuri, este es el vizconde Luniar.

Ese era el nombre familiar de Leonard. Lo más probable es que este fuera su padre.

—Oh, ¿la hija del presidente Watoh? Esa es la compañía que negocia con bienes orientales, ¿verdad?

—Sí. Es un placer conocerlo —dijo Yuuri con una reverencia formal.

—¿Dónde puedo encontrar a Leonard? —preguntó Ernest.

—Oh, está en el balcón con la señorita Riche. Te lo digo, esos dos siempre están discutiendo. Él es el que pidió romper el compromiso, incluso aunque le dije que era un arreglo realizado hace tanto tiempo que no podría realizarse con tanta facilidad. ¡Lo peor es que sé que no han dejado de amarse! —exclamó el hombre.

—Y-Ya veo. Esos dos son bastante fáci-

—¡En efecto! —dijo, interrumpiendo a Ernest—. Ese es el mayor problema. ¡Es claro como el día para cualquiera menos ellos! Si en verdad fueran una mala pareja, no insistiría tanto. ¡No puedo permitirles alejarse! ¡Y ya elegimos el día de la boda! Es sencillo para cualquiera cansarse de una relación tan larga, pero lo han llevado demasiado lejos. Honestamente, esos dos.

—Perdóneme, vizconde, pero iré a verlos —dijo Ernest, cortando lo que sería otro largo monólogo. Los ojos de Yuuri habían comenzado a nublarse, pero estaba agradecida de que por lo menos había obtenido más información sobre Leonard y su prometida.

La pareja estaba sola en el balcón. Bueno, no necesariamente. Había otros antes, que escaparon en cuanto comenzaron a discutir.

Cuando estaban por salir, Ernest tiró de Yuuri detrás de un pilar. Se paró detrás de ella, con su brazo rodeando su cintura para evitar que huyera. Yuuri se retorció, intentando liberarse.

—Quédate quieta —le susurró al oído. Su corazón comenzó a latir con fuerza cuando sintió su aliento.

—Señor Ernest, en verdad es horrible —le increpó, enojada por haber sido empujada a espiar una pelea entre amantes que no tenía nada que ver con ella, y con su sonrisa malvada y traviesa. Aun así, hizo lo que le pidió.

Aunque tenerlo tan cerca estaba haciéndole difícil la tarea de concentrarse, Yuuri luchó por escuchar al dúo.

—¡Lo hiciste también la última vez!

—¿Última vez? ¿Qué hice la última vez?

Parecía que Riche estaba enojada con Leonard. Y por como lucía, él había llevado a su furiosa prometida fuera para calmarla.

—¡¿Olvidaste cómo estuviste coqueteando con la hermana pequeña de tu colega?!

—¡Me pidió que bailara con ella y eso hice! Soy un noble, ¡no puedes esperar que no baile con nadie! ¡Debes aprender a soltarte, querida!

Por lo que Ernest había dicho, se suponía que la noche fue planeada para que esos dos se reconcílien. Pero eso no parecía probable para Yuuri.

—¡Y otra cosa! ¡Escuché lo que le dijiste! ¡”Eso luce impresionante en usted, señorita. Es del mismo color que sus brillantes ojos zafiro”!

—¡Estaba siendo educado, Riche, como lo habría hecho cualquier persona! Por favor, cálmate… —La voz de Leonard estaba subiendo de volumen, como para ponerse al mismo nivel que la de Riche.

—¿Educado? ¿Que me calme? ¡Leonard, ¿cuándo me diste un cumplido parecido?!

—¡¿A qué te refieres?! ¡Te daré un cumplido en este mismo instante! Tu vestido es… ah…

Antes de que pudiera terminar, la palma de Riche golpeó su mejilla. Ser elogiada sólo porque lo pidió era lo último que quería.

—¡Eres el peor! ¡Me voy!

Riche salió del balcón con lágrimas en los ojos. Leonard permaneció allí de pie, congelado, sin intentar correr tras ella.

El balcón se llenó de silencio.

Entonces, con un largo suspiro, Leonard golpeó la baranda con su puño.

—¡Maldición! ¿Por qué no pude decirle que lucía hermosa? Yo… Yo… ¡Maldición!

Después de golpear varias veces y gritar epítetos cada vez más vergonzosos, Leonard se fue corriendo.

La reconciliación que Ernest esperaba se desvaneció en la noche.

♦ ♦ ♦

El balcón quedó en silencio cuando Riche y Leonard se fueron. Incapaz de soportarlo, Yuuri sintió que debía decir algo.

—Uhm, ¿no crees que deberíamos dejarlos separarse?

Yuuri lo decía en serio. Luego de escuchar a Ernest y al vizconde, se dio cuenta que Leonard tenía buenas intenciones. Pero falló en ver su encanto.

—No estoy exactamente en desacuerdo. Quiero decir, no tengo problemas en decirle a una mujer hermosa que lo es, pero él no puede hacerlo para la mujer que más ama. Es vergonzoso de observar.

Podrían ser amigos, pero eran polos opuestos. Yuuri sospechaba que sus diferencias era lo que los hacía cercanos. Aunque ser amigo de alguien tan incapaz de ser genuino podía terminar en muchas discusiones.

—Si fueran por caminos separados, estoy segura que la señorita Riche podría encontrar a alguien mejor.

—Señorita Yuuri, ¿detecto algo de amargura? Ah, bueno, él siempre pareció más enamorado de ella que al revés… ¿Quizás es por eso que siempre está molesta?

Si Riche, que era una noble del mismo nivel que Leonard, quería terminar el matrimonio, podría conseguirlo con facilidad. Pero si no le amara, no se habría preocupado tanto porque Leonard no la elogió.

Por su parte, la razón por la que el futuro vizconde podía elogiar otras chicas y no a la mujer que amaba era, probablemente, porque se preocupaba demasiado. La amaba tanto que estaba más allá de lo que podía expresar con palabras. Aunque sus fallos terminaron hiriendo los sentimientos de ella y en malentendidos.

Todavía no parecía bien, pero por lo menos ahora Yuuri podía ver su problema.

—Entonces, ¿ahora podrás darme espacio para respirar?

Notando que él seguía sosteniéndola, Yuuri se liberó de un tirón.

—Lamento eso. ¿Tienes alguna sugerencia sobre cómo ayudarlos?

—Para nada. Ya intenté decirte que no manejo bien las relaciones entre humanos.

—Sí, pero pensé que podrías explicarme cómo se siente Leonard, considerando lo similares que son.

Leonard amaba a Riche, y no tenía problemas de gritarlo a los vientos, siempre y cuando estuviera solo. En efecto, era como Yuuri, que no podía decirle a Ernest cómo se sentía.

Sus defensas sólo bajaban cuando estaba borracha por su sangre.

—¿Qué hay del alcohol…?

—No, no funcionará. Él es sorprendentemente difícil de emborrachar. ¿Y quién quiere escuchar propuestas románticas de un borracho, de cualquier forma?

Yuuri había esperado que eso solucionara todo, pero las cosas no eran tan sencillas. Estaba esforzándose por pensar ideas cuando notó que alguien había caminado hacia el balcón desde las sombras. Era un caballero de mediana edad con cabello castaño oliva y una mujer le acompañaba. Probablemente era su esposa, que tenía cabello rubio y ojos gris azulado.

Cualquier persona normal no podría distinguir esos detalles en la oscuridad, pero como una vampira, Yuuri sí podía.

¡¿Por qué tienen que estar aquí de todos los lugares?!

Eran dos personas que Yuuri conocía muy bien. Después de todo, eran sus padres.

Su madre sólo actuaba desquiciada cuando Yuuri estaba cerca. El resto del tiempo actuaba perfectamente como la esposa de un comerciante, así que era natural que atendiera la fiesta realizada por uno de los socios comerciales de su esposo. Siempre y cuando su hija no estuviera cerca, era una esposa y madre perfecta.

Yuuri comenzó a sudar y se aferró a Ernest.

—¿Qué sucede? —preguntó, haciendo que Yuuri se preocupara de si su madre le escuchó. ¿Qué pasaría si oía su extraño nombre de Hinomoto? Tenía tanto miedo que no pudo responder.

—¿Son ellos?

El agarre de Ernest sobre Yuuri se fortaleció y la empujó contra la pared, bloqueando su vista por completo de la pareja.

—Lo lamento. Debería haber verificado para estar seguro que no atenderían —dijo en un susurro tan bajo que sólo ella pudo escuchar. Podía ver con claridad el miedo en sus ojos.

Nunca se había encontrado con la madre de Yuuri, pero conocía bien a su padre.

Ernest era lo suficientemente alto como para mantener a Yuuri y su distintivo cabello negro ocultos. Para cualquiera, parecerían una chica en un vestido azul y un joven rubio susurrándose palabras dulces entre sí.

Yuuri envolvió a Ernest, intentando desesperadamente calmarse. ¿Qué pensaría de ella, que sólo se abría con él en momentos como este?

—Cielos, ¡qué envidia ser tan jóvenes! —comentó la mujer, su voz creciendo más lejana por segundos. Ella se fue sin molestar a la joven pareja.

Cualquiera que fueran sus pensamientos, eran en efecto más tolerantes que si supiera de quién se trataba. Era la primera vez que Yuuri escuchaba a su madre hablar con tanta restricción.

Los padres de Yuuri volvieron al salón, dejando a la pareja en esa posición por varios minutos.

—Señorita Yuuri, lo lamento.

—Yo también. No debería haberme molestado tanto, no soy una niña.

Ellos se separaron lo suficiente para verse a los ojos, pero la confianza habitual de Ernest no estaba. A Yuuri no le gustó la mirada que había en su rostro.

—Por favor sonría, señor Ernest. No me gusta verte de ese modo.

Él forzó una sonrisa por su beneficio.

—¿Deberíamos irnos?

—Sí.

Siempre y cuando estuviera con Ernest, Yuuri podía reunir el coraje para sonreír de forma incómoda. El pensamiento calentó su corazón.

♦ ♦ ♦

Por insistencia del conde, ella pasó la noche en su mansión, ya que era demasiado tarde para mandarla a casa sola y él no tomaría un no por respuesta.

No podía sacarse el vestido por su cuenta, así que una vez más fue rodeada de sirvientas. Con el restrictivo vestido fuera, y las joyas y maquillaje retirados, Yuuri se sintió ligera. Al mismo momento, una oleada de cansancio la barrió.

—¿Estás lista para retirarte por la noche?

Yuuri sacudió su cabeza ante la pregunta de Tarrah. Se habían ido en el medio de la fiesta, así que todavía no era su horario de sueño normal. Aun así, había sucedido tanto que estaba exhausta.

—¿Podría ir a la biblioteca? —Estaba segura que si podía pedir prestado algún libro y leerlo en al cama, podría dormir. Tanto como odiaba sus características vampíricas, amaba su habilidad para leer con la menor cantidad de luz.

—Por supuesto. Le prepararé las ropas nocturnas en su cama, entonces.

De vuelta en el vestido de verano que tenía por la tarde, Yuuri hizo su camino a la biblioteca.

De acuerdo con Tarrah, su cuarto estaba en el segundo piso, mientras la biblioteca estaba en el primero. Había luz suficiente para encontrar un libro, aunque no lo necesitara.

Yuuri prefería ficción escapista sobre libros prácticos para leer en la noche. Después de agarrar varios, regresó al cuarto de invitados. En el camino, observó de reojo el paisaje a través de las cortinas de terciopelo. El jardín de la mansión demostraba ser especialmente atrayente bajo las estrellas.

—El jardín de rosas… Podré disfrutarlo ahora.

Bajó los libros por un momento y colgó la linterna que llevaba. Luego hizo su camino hacia la salida de la biblioteca.

Con su visión, no tuvo problemas en encontrar la forma de llegar. A diferencia de la mayoría de los humanos, no tenía nada que temer.

—Es encantador…

Bajo el cielo estrellado y las rosas que florecían más grandes que su mano, la escena se sentía como un sueño. Las rosas blancas, que sobresalían de las demás, parecían especialmente bellas. La hacía desear tener a alguien con quien compartir este escenario. Alguien como Ernest.

Pero con su abuela muerta, Yuuri sabía que nadie vería esta imagen como ella. Aunque Ernest supiera lo que era y la amara de todas maneras, nunca vería el mundo como ella. Aunque estuvieran lado a lado, verían algo diferente.

Cualquier humano normal encontraría difícil caminar con tan poca luz. No estarían sonriendo como tontos como lo hacía Yuuri.

—¡Señorita Yuuri!

—¡Señor Ernest! ¿Qué sucede?

Ernest corrió hacia ella desde la mansión. Por primera vez, lucía enojado.

—¡No me preguntes eso! ¡¿Por qué estás paseando tan tarde por los jardines sin una chaqueta?! ¡Estaba buscándote para poder desearle buenas noches!

La temperatura había bajado significativamente desde la tarde y la brisa era gentil. Por eso Yuuri estaba de mejor humor de lo normal. Pero, preocupado como siempre por la Bruja del Este, Ernest la envolvió con su abrigo.

—Sólo estoy en el jardín de tu mansión —dijo Yuuri con el rostro rojo, empinándose en la calidad de la chaqueta que Ernest había estado usando hasta hace unos momentos.

—¡No puede ser tan descuidada! ¿Qué estaba pensando?

—Sólo estaba disfrutando del jardín. Es muy lindo. Estoy siendo sincera esta vez… Es realmente encantador.

Yuuri parecía diferente de como fue durante la tarde, como si en verdad amara las flores. Ernest miró sus alrededores y elevó su mirada al cielo.

—Las estrellas están encantadoras esta noche.

—Es verdad. Y tú, señor Ernest… es demasiado amable.

Como esperaba, él no podía ver mucho con la luz de la linterna, pero estaba intentando mostrarle que, aunque sus mundos no fueran iguales, todavía tenían cosas que podían compartir.

Tomó un asiento a su lado, y por unos momentos, observaron el cielo en silencio.

—Aunque no hubiera estrellas, aunque seas la única que puedas disfrutar de esta escena, todavía estaría feliz con sólo saber que lo estás disfrutando —dijo Ernest, tirando de ella más cerca.

—¿Es cierto…? —No estaba segura si estaba siendo arrogante o planeando algo perverso, así que tomó sus palabras como un grano de sal.

—Estoy intentando hacerte entender que no tienes templar tu brillo para mí.

—Pero…

El corazón de Yuuri latía con fuerza en su pecho. Quería creer en él.

—No contengas tu amor por las flores o las estrellas. Te amo como eres. La Yuuri que puede ver la verdadera belleza de la noche.

Sharon
Eso que escuchan es mi corazón, enamorado de Ernest. Cómo me gusta esta pareja...

Su rostro estaba demasiado cerca, cubriendo todo su campo de visión. ¿Cómo podría disfrutar ver otra cosa ahora?

Quizás fuera sencillo para Ernest, que no parecía preocupado por lo que los demás pensaban de él. Pero a Yuuri le era imposible vivir de forma tan abierta y libre.

—Lo lamento, no puedo…

—¿Por qué no? Haz como quieras. Eso es lo que hago…

Yuuri puso su mano en su pecho, nerviosa. Le gustaba Ernest, y si pudiera, quería estar con él tanto como pudiera.

Aun así, a Ernest se preocupaba tanto por ella que le asustaba. Temía que si llevaba sus palabras en su interior, terminaría perdiéndose en el camino.

Intentó levantarse, poner algo de distancia entre ambos, y la mano de él perdió su agarre.

No iba a forzarla, pero la mirada en sus ojos dejaba claro que estaba decepcionado. Al final, sintió que ella era la equivocada. ¿Pero por qué? Él era quien estaba intentando hacer algo lascivo. ¿Entonces por qué ella estaba abrumada con un fuerte sentimiento de culpa? Ya fuera que le aceptara o le rechazara, no había duda en que despertaba algo intenso en su corazón.

—Señor Ernest, gracias por hoy. Por estar conmigo. Me hizo muy feliz. Por eso… —Quería mostrarle, aunque fuera un poco, quién era sin estar borracha por su sangre. Se inclinó hacia él, sus labios a centímetros de su mejilla—. Buenas noches.

Se dijo una y otra vez que un beso allí era una despedida normal y le dio una sonrisa tímida.

—¿Acabas de realizar alguna clase de hechizo para ser tu verdadero yo o algo así?

—¿Un hechizo?

Estaba implicando que Yuuri usó magia para ser honesta.

—Sí. Eso, o bebiste alguna poción para revelar tus verdaderos colores. Ah, bueno, supongo que debería despedirme también.

¿Alguna clase de poción? Repentinamente, Yuuri pensó en algo brillante y se deslizó del agarre de Ernest antes de que él pudiera hacer algo.

—¡No te preocupes por eso! ¡Creo que tengo una idea para la pareja!

—Podemos preocuparnos por ellos mañana…

—¡No puede esperar! ¡Parece ser que mis poderes de bruja serán útiles al final! ¡Sí, creo que una poción para liberar los verdaderos sentimientos como dijiste es lo que necesitamos!

Yuuri puso a Ernest a trabajar para arreglar otra reunión con Leonard y Riche.

♦ ♦ ♦

De acuerdo con Ernest, los padres de ambos estaban dispuestos a actuar para que la pareja volviera a estar junta. Su plan original había fallado por completo, después de todo.

Ernest le dio a su amigo una “Verdadera Poción de Amor” especial, la cual dijo que era la especialidad de Yuuri. Se suponía que la usara en la próxima fiesta.

Al parecer, el conde era aterradoramente convincente.

Él invitó a la pareja a una cena y el día siguiente a eso un enfurecido Leonard visitó la tienda de Yuuri con Ernest caminando detrás. Naturalmente, tenía una sonrisa traviesa, un gran contraste del ceño fruncido de Leonard.

Pero por primera vez, Yuuri era la entrometida y el conde el voluntarioso cómplice.

—¿Usted es la bruja? ¡Esa poción que me dio no funcionó! ¡En lugar de decirle lo que pensaba, terminé lastimándola de nuevo! —bramó Leonard, sin siquiera presentarse.

—Pero la poción está trabajando. Después de todo, acabas de compartir tus pensamientos conmigo —declaró Yuuri con una sorprendente cantidad de confianza.

Aunque Leonard era un extraño, Yuuri tenía un rol que jugar.

—¡Bruja seductora! ¡No me importa qué te digo! ¡Amo a Riche! ¡Siempre pensé que ella era hermosa desde el fondo de mi corazón! ¡Quiero decírselo! ¡Pero cuando su belleza aparece frente a mí, es como si una maldición contuviera las palabra en mis labios!

Estas palabras, las que Ernest y Yuuri querían que Leonard dijera, eran, probablemente, las que él quería decirle a Riche. El conde se interpuso para calmar a su amigo de su apasionado discurso.

—Ahí lo tiene, señorita Riche. Esos son los verdaderos sentimientos de Leonard. La poción de la bruja es tan potente como siempre, aunque tomó un tiempo en funcionar —dijo Ernest hacia la parte interna de la tienda.

La puerta se abrió ligeramente. Yuuri la abrió del todo, revelando a Riche.

—¿Q-Qué está haciendo Riche aquí…?

—Le pedí que viniera —dijo Yuuri, habiendo anticipado el enojo de Leonard.

La “Poción de Verdadero Amor” que Yuuri le dio en realidad era jarabe dulce. Al beberlo calentaba el cuerpo, pero no hacía que alguien dijera sus verdaderos sentimientos.

En otras palabras, era un placebo [1].

Yuuri tenía dos hipótesis: una, que él la bebería y, creyendo que era real, divulgaría sus pensamientos; en otras palabras, sería el efecto placebo. Este era el final que ella esperaba.

La otra posibilidad era que las cosas resultaran como lo hicieron, así que de cualquier forma, todo seguía el plan de Yuuri. Ernest también estaba involucrado, así que sonreía con ganas.

—Leonard… Realmente eres algo. —Riche estaba de pie frente a él, sonriendo, con sus ojos húmedos por las lágrimas.

—No, espera, yo…

Aunque ahora sabía cómo se sentía, todavía no podía decirlo. La aflicción de Leonard era en verdad seria, y le tomaría tiempo curarla, quizás toda la vida.

—Está bien. No es como si no supiera cómo te sientes. Sin embargo, no tenía confianza, y como no lo decías, comencé a sentirme insegura.

—Riche…

—Escucha. Te amo, ¿bien? Y supongo que si eres el tipo de hombre que fuera a susurrarme palabras dulces al oído, entonces no serías el hombre del que me enamoré. Aun así, ¿no es extraño?

La única persona a la que no le podía expresar su amor era quien más amaba. Pero finalmente pudo hacer que Riche supiera cuán especial era para él. Con eso, sus ansiedades desaparecieron.

El caso de estos amantes torpes había llegado a su final, por ahora. Aun sonrojado, Leonard se giró hacia Yuuri.

—Por cierto, ¿cuánto salió esa poción? Te lo debo, por ello y por gritar antes.

—Umm… Probablemente ya lo sabes, pero sólo era un tónico de vitaminas promedio, así que son cinco monedas de cobre.

Era el mismo precio que una taza de té en una cafetería popular.

—No, es el producto de una bruja, así que insisto en pagar el precio de mercado.

—En ese caso, como recompensa, yo…

Quien arregló la fachada fue el conde entrometido, así que no necesitaba que pagara. Justo cuando estaba por explicarse, Ernest intervino.

—Leonard, considéralo un regalo de bodas adelantado de mi parte. Después de todo, soy quien pidió su ayuda, así que yo pagaré.

La pareja insistió en hacer algo, pero Ernest los echó. En verdad era alguien extraño, actuando ansioso por darle la “recompensa” a Yuuri.

♦ ♦ ♦

La señal de “Tienda Cerrada” colgaba de la puerta. La Boticaria de la Bruja del Este había cerrado temporalmente. A pesar de ser mediodía, las cortinas rodeando el negocio estaban cerradas. Aunque alguien quisiera, ningún extraño podría observar.

—Muy bien, mi pequeña bruja, tiempo de tu recompensa.

—Señor Ernest, ¿no estabas jugando la parte de la bruja en tu pequeña farsa? Si es así, no necesito compensación.

Yuuri estaba enojada. Si todo el punto era que Leonard dijera sus sentimientos honestos, ¿no era innecesaria una bruja?

Los personajes necesarios eran Leonard, Riche, y quizás el conde entrometido, pero eso era todo.

Y comenzar una obra sin que el personal supiera que estaba actuando era parte del engaño. El orgullo de Yuuri como bruja fue herido. En cierta forma, ella fue quien realizó el plan para darle el placebo a Leonard, pero ese no era todo el asunto.

Lo más probable es que Ernest se hubiera acercado para que Yuuri hiciera justo lo que hizo, y de hecho le dio varias pistas para empujarla en la dirección correcta. Eso era lo que más la irritaba.

—Es probable que no se hayan usado tus habilidades como bruja, pero tomé tu tiempo, y por eso debo pagarte. Toma todo lo que quieras, si con eso me perdonas —dijo Ernest, poniéndose cómodo en el único asiento del cuarto. Envolvió su cintura con sus brazos, acercándola, y ella no mostró señal de resistencia.

—Entonces, por favor desabotona el collar.

—Adelante, hazlo. ¿O los vampiros no pueden abrir botones?

En verdad era un hombre cruel.

Yuuri levantó su corbata y la deshizo. Entonces intentó desabotonar su camisa, pero encontró que era mucho más difícil de hacer de lo que esperaba.

—¡Vamos, puedes hacerlo! ¿O no quieres mi sangre?

Ignoró sus preocupaciones y, después de una gran lucha, finalmente deshizo los cuatro botones superiores. Abrió su collar y expuso su cuello.

Era mucho más largo que el de una mujer. Su cuello y pecho estaban a la vista. Cuando levantó la mirada, se dio cuenta que Ernest le estaba sonriendo.

—¿No tienes miedo…?

Yuuri lo estaba. Temía que, algún día, Ernest la odiara por esto.

—Adelante. Es tu recompensa, así que bebe, mi dulce y pequeña vampiro.

—Muy bien… Gracias.

Como una descendiente de vampiros casados con humanos, Yuuri era diferente de vampiros purasangre. Sus ancestros tenían dientes más afilados, mientras que los suyos eran simplemente más filosos que los de un humano. No eran muy fuertes, pero podían sacar sangre. Ernest era un noble orgulloso, pero aun así sintió dolor.

Por ello, Yuuri no podía entender cómo podía aceptar esto con una sonrisa en el rostro y eso volvía todo el asunto más aterrador.

Sin embargo, quería desesperadamente la recompensa que le ofrecía. Aunque luego la odiara, no podía obligarse a detener.

Sus labios abiertos se mantuvieron sobre su cuello por un momento, vacilando, antes de morder. El cuerpo de Ernest se congeló en respuesta. Seguramente estaba adolorido. Pero la esencia de su recompensa ya estaba nublando sus sentidos, dejándola sin poder para luchar contra ello.

Era como morder una fruta. Maniobró su lengua para evitar que la sangre se escapara. El sabor de la sangre era más dulce que cualquier comida que hubiera mordido, más fino que cualquier té y, para Yuuri, mejor que cualquier alimento que el dinero pudiera comprar.

La respiración de Ernest se volvió temblorosa. Ella respiraba contra su piel, calentándola, su lengua pasando por la marca que los colmillos hicieron. Estaba avergonzada, preguntándose qué pensaba de ella. El hechizo que la sangre le puso se levantó de repente y levantó la mirada.

—No quieres desperdiciarla, ¿verdad? Adelante, bebe hasta que deje de sangrar.

La mano grande de Ernest comenzó a acariciar la cabeza de Yuuri. Lentamente, la dirigió hacia donde estaba antes.

Si él decía que estaba bien, entonces así debía ser. Yuuri se consoló a sí misma e intentó dejarse llevar para disfrutar el premio.

Así que se sentaron así, con él tirando de ella hasta que se sentara en su regazo y ella envolviendo sus brazos a su alrededor. Su mano no dejó de acariciar su cabeza, así que asumió que no había problemas.

Cuando la sangre se detuvo por fin, Yuuri enterró su cara en la camisa arrugada de Ernest. La euforia que sintió no podía explicarse como sentirse llena o satisfecha. Todo lo que quería era bañarse en el sentimiento por un tiempo más.

—¿Estás tan llena que estás cansada?

Si le decía, tendría que retirarse. Quería quedarse así, así que pretendió estar dormida.

—Ya veo. ¿Realmente estarás bien sin beber por otros dos meses? ¿Quizás deberías encontrar a alguien más?

Ella no necesitaba la sangre de nadie. Dudaba que pudiera soportarlo siquiera. ¿Por qué diría algo como eso? En otros dos meses, él podría olvidarla. Y dudaba que pudiera tener el coraje para pedirle su sangre sin un trabajo que lo justificara.

Yuuri estaba aterrada.

—No es algo por lo que debas preocuparte. Yo lo haré.

No puedo esperar dos meses. No quiero la sangre de nadie más que la tuya.

Palabras que sonaban diferente de su personalidad atravesaban su mente. Quizás estaba sufriendo de la misma maldición que el hombre que no podía ser honesto.

—Eres una bruja terrible. Quizás debería pedir un suero de la verdad. Si lo haces para mí, te daré tu recompensa. ¿Qué te parece?

—No.

—Estás rechazándome porque sabes a quién se lo haré beber, ¿verdad? Deberías saber que sólo quiero que seas honesta y abierta conmigo, ¿sí, mi pequeña Bruja Devoradora de Desgracia?

Eso es lo que llamaban a su abuela. El significado original era “deja que ella coma tu desgracia, para que sólo quede la buena fortuna”, pero la razón del nombre se perdió con el tiempo, dejando sólo el título.

Por eso lo odiaba. Por eso debería odiarlo.

Pero Ernest lo usaba apropiadamente.

—Si sigues comiendo la desgracia de la ciudad, voy a quedarme sin casos para que resuelvas. Así que necesito encontrar una manera de hacerte revelar tus verdaderos colores antes…

Así, antes de un mes, había regresado con una nueva tarea. Después de todo, era un conde extraño que buscaba los problemas del mundo y se los llevaba a su puerta, sólo para que pudiera darle su recompensa.


[1] Placebo: Sustancia que carece de acción curativa pero produce un efecto terapéutico si el enfermo la toma convencido de que es un medicamento realmente eficaz; tiene el mismo aspecto, gusto y forma que un medicamento verdadero pero está hecho de productos inertes y sin ningún principio activo.

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