Mi prometido ama a mi hermana – Arco 6 – Capítulo 17

Traducido por Kavaalin

Editado por Sharon


El sonido de algo destrozándose resonó. Sonaba como si algo hubiera sido desgarrado con tijeras. Intenté rápidamente buscar la fuente de ese sonido, pero las plumas negras llenaban todo mi campo de visión, sumergiéndome en la oscuridad, sin dejarme ver nada. Ya no sabía si mis ojos estaban cerrados o abiertos. Estaba a punto de levantar la voz, pero una gentil voz que parecía estar cantando o susurrando me detuvo.

—Esa niña es mi preciosa, muy preciosa princesa, Ilya.

O tal vez era una voz llena de solemnidad, como si me estuviera advirtiendo. No necesitaba confirmarlo para saber que era la voz de mi madre. En ese momento, estaba mirando su rostro reflejado en el espejo y ella me devolvía la mirada. Sin embargo, no podía recordar claramente su expresión. ¿Se estaba riendo? ¿Estaba triste? ¿O tenía la misma expresión llena de amor que de costumbre?

—Madre.

Esta vez, escuché una voz ansiosa como la de una niña. Una voz desgarradora y triste que te hacía querer extender inconscientemente tus manos para abrazarla. En medio de esta completa oscuridad, alguien extendía una pequeña mano. Como si buscara algo o le dijera adiós a alguien, se movía de izquierda a derecha. Estaba segura de que sólo era mi imaginación lo que hacía que pareciera que estaba luchando, pero el que me diera la sensación de estar ahogándose no era necesariamente falso. Recé para que alguien agarrara esa mano. Porque era lo único que podía hacer.

Por favor, que alguien tome la manito de esa miserable niña.

—No es veneno…

¿Qué? Justo ahora, ¿qué dijiste? No pude escucharlo. Un sonido hizo eco, como si un puño golpeara con fuerza sobre un escritorio. Me sobrevino la necesidad de poner mis manos en mis oídos para bloquear ese sonido, pero noté que provenía de mi interior. Coincidiendo con los ecos sistemáticos, mi cuerpo comenzó a temblar. Me di cuenta de que era el latir de mi corazón.

Si continúa así, mi corazón dejará de funcionar, pensé, sin embargo, sólo podía soportar inútilmente esas dolorosas convulsiones. Cuando abrí los labios para jadear por un poco de aire, escuché resonar el sonido al tragar saliva.

—Por lo que no morirá. Eso es lo que te preocupaba, ¿verdad?

Pude ver la espalda de mi madre mientras esta caminaba hacia el tocador. El ruido que hice al recuperar el aliento y jadear por la sorpresa fue absorbido por la alfombra. Reflejados en el espejo, estaban las siluetas de mi madre y mía mientras miraba su espalda. Recordé esa mirada temblorosa. Inquieta, solitaria, triste. Aunque era mi propio rostro, se sentía como estar mirando a una extraña.

Ya había visto esta escena. En ese momento, estaba mirando a mi madre a través del espejo. Parecía igual, pero a la vez no. Sin embargo, ciertamente se parecía. Esa era la sensación que tenía.

Por eso lo noté.

Tirando un poco del cajón, insertando los dedos en el estrecho espacio, sacó algo. Al observar la misma escena por segunda vez pude entender cuán importantes eran esos gestos triviales. Mi corazón que latía fuertemente desde hace un tiempo hizo un ruido aún más fuerte. Mi visión, que seguía sacudiéndose irregularmente, recuperó su calma, la sensación de mis pies pisando la alfombra regresó. Las respiraciones que exhalaba hacían temblar el aire, en verdad sentí que existía aquí y ahora.

Había regresado en el tiempo…

No tenía ninguna evidencia que me hiciera pensar eso, podría bien ser un sueño, pero entendía con certeza que no era así. Porque después de todo, había experimentado esta sensación incontables veces. Cada vez que volvía en el tiempo en un abrir y cerrar de ojos, mi cuerpo mantenía sus cinco sentidos. Puede que fuera exactamente la misma sensación que cuando se saca a un bebé del vientre de su madre. Aunque no debería recordar cómo se sentía eso, esa era la impresión que me daba. A pesar de la falta de viento, notaba como el aire tocaba mi piel. Mi visión borrosa se aclaró y como si mi rostro saliera del agua, mi audición regresó súbitamente.

—Desde que comenzó a asistir a la academia, esa niña se volvió vigorosa. Sí, mucho más vivaz que antes.

Era una frase que recordaba haber escuchado. Estaba justificado. Porque la había escuchado una vez antes. Su peinado, su atuendo e incluso su postura, no podía olvidarlas, estaban grabados en mi memoria. En el momento en que el sol poniente estaba a punto de terminar su deber, cercenó su cuello. Esa persona que se suponía que había perdido por toda la eternidad ahora estaba parada frente a mí, a una distancia lo suficientemente cercana para que mis manos la alcanzasen.

La yo anterior había estado demasiado metida en sus pensamientos y había pasado por alto el presagio de sus siniestras palabras. Después de haber perdido la cordura, mi madre me miraba distraídamente mientras su brazo derecho estaba algo rígido. Su hombro tembloroso era la prueba. Probablemente porque se estaba preparando para levantar por encima de su cabeza el algo que agarraba con firmeza en su mano derecha. Ahora lo entendía bien y por eso no podía darme el lujo de dudar ni por un segundo. Ese algo parecía estar flotando en el tranquilo y oscuro crepúsculo, parecía una luna blanca. Mientras temblaba, reflejaba la luz y desgarraba la noche.

—Madre.

En medio de la oscuridad, una joven voz llamaba a mi madre. No sabía si había sido una alucinación o eran palabras que yo misma había dicho.

—Pero eso no es bueno. Esa situación, esa niña rota. No debe ser así.

Esas palabras sonaron como una señal. Como si la parálisis de mi cuerpo se disipara, mi cuerpo petrificado se liberó. Casi arrojándome sobre ella, agarré el brazo derecho de mi madre. Siempre había sido delgado, pero no tenía flexibilidad, parecía casi como si estuviera agarrando un hueso. Antes de que me diera cuenta, se había vuelto tan delgada.

¿Fui yo o mi madre quien gimió? Cualquier fuera el caso, había logrado evitar que se cortara el cuello. Apuesto a que nunca se le había pasado por la mente que haría eso. Era inesperado lo fácil que pude retener su brazo.

A pesar de que había llevado a cabo una muerte tan grotesca… Pensar que podría haberlo evitado tan fácilmente.

—Madre… —la llamé instintivamente, pero no supe qué decir después de eso. Nos derrumbamos en la alfombra, nuestros cuerpos enredados mientras sostenía su delgado cuerpo en mis brazos. Un cuchillo cayó de su mano extendida y rodó por el suelo. Con mi brazo lo golpeé, tirándolo a un lugar distante que la mano de mi madre no podría alcanzar. Seguidamente me subí arriba de ella y la inmovilicé. Se resistió un poco, pero no hasta el punto de luchar violentamente y en poco tiempo supe que estaba agotada. Abrazando este cuerpo muy, muy fuertemente, un sollozo escapó de mi boca y me mordí los labios.

A pesar de que podría haberla detenido tan fácilmente, tan rápido, sin incidentes. En ese momento, mi madre había muerto.

—¿Por qué…? ¿Por qué tuviste…?

El aire no podía pasar bien por mi temblorosa garganta y terminé sollozando. Lloré como una niña pequeña. Incluso si no quisiera llorar así, no podría reprimirlo. “¿Por qué tuviste que morir?” Casi pregunté, a pesar de que la madre que estaba aquí ahora, estaba viva, respiraba.

—¿Eres tú quien pregunta eso? —me interrogó con una voz tan fría que no imaginarías que perteneciera a una persona que intentó suicidarse. Cuando mis manos se aflojaron inconscientemente, debajo de mí, mi madre retorció su cuerpo y repitió en un murmullo incoherente: —¿Eres tú… quien pregunta eso?

Nos miramos la una a la otra. Estábamos lo suficientemente cerca como para que nuestras mejillas se tocaran.

—Hiciste que Silvia saliera de esta casa.

—¿Qué…?

No pude preguntarle a qué demonios se refería. Las palabras se negaban a salir.

—La tentaste a hacerlo. Nunca olvidaré el día en que reuniste todas tus fuerzas en ese ferviente discurso, diciendo que era por el bien de Silvia. Incluso ese esposo mío fue conmovido. Aunque su corazón no puede conmoverse por nadie más, debido a tu incesante insistencia, permitió que Silvia asistiera a la escuela. Pero tú sabes… cómo manipularlo a voluntad… Cierto, tú lo incitaste, ¿verdad?

Mi madre no me dio ninguna respuesta a mi pregunta. Era obvio. Porque no había muerto. Eso era algo bueno. No, debería haber sido algo bueno, pero una inquietud que no podía quitarme de encima me bloqueaba la garganta.

En todas esas vidas mías que había repetido una y otra y otra vez, ni siquiera hubo una que hubiera salido como había planeado. Cuanto más deseaba algo, más me desviaba de mi camino, vagaba de un lado a otro, cayendo. Por lo tanto, las correcciones que quería hacer nunca se hicieron realidad. Sin embargo, ahora que había cumplido mi deseo de salvar a mi madre, había cambiado el pasado de acuerdo con mi deseo. Por primera vez, parecía que había logrado algo.

—Realmente lo hiciste bien, ¿no?

Si sólo tomabas esas palabras, es probable que las malinterpretaras como un elogio. Pero la emoción que exudaba en esos ojos verdes era culpa. ¿Otra vez había hecho algo mal?

—Mi esposo… ama a Silvia. No, él ama a su madre. A la princesa… Por lo que siempre obedece sus deseos.

Pero cuando parpadeó, una expresión intoxicada apareció en sus ojos. Al igual que mi padre amaba a la princesa extranjera, mi madre adoraba a su señora. Incluso si había abandonado su ciudad natal por el bien de esa persona, mi madre aún se consideraba a sí misma como la dama de compañía de la princesa.

—Silvia dijo que quería ir a la academia, madre. Por eso yo…

—No, no, no es verdad. Porque esa niña se había rendido. Se había rendido en alguna vez salir de esta mansión.

Una oscura sombra se proyectó en esos ojos verdes que me miraban. Una vez había escuchado que la amiga de mi madre elogiaba esos ojos que rezumaban luz por ser como hojas verdes tomando el sol de la mañana. No llamaban a mi madre “la flor de la alta sociedad”, pero incluso si estuviera al lado de la persona que tenía ese apodo, no pensarías que era inferior. No es que sobresaliera en algo. Pero era una persona especial. Y los ojos de esa persona se habían vuelto estáticos y oscuros, nublados y contaminados.

Yo, hasta hoy, sentía como si ya estuviera muerta.

Recordaba las palabras que mi hermanita había dicho en una de mis vidas. Las había murmurado con una mirada nublada, como si fuera a llorar en cualquier momento. Debido a su fragilidad, no se le permitía hacer nada, la única actividad que podía hacer en el mejor de los casos era dar una caminata diaria. Recordaba vívidamente su silueta sonriente cuando dijo que estaba viviendo como todos deseaban, pero que no podía hacer nada más que respirar.

—¿Lo sabías? Que Silvia pensaba así. Ella estaba viviendo, habiendo renunciado a todo… ¿La encerraste aunque lo sabías?

Cada vez que mis palabras dejaron mis labios, mi garganta se contrajo y empecé a sofocarme. Se sentía como si alguien me estuviera atacando, estrangulándome. Con la espalda aún apoyada en el suelo, mi madre inclinó el cuello con profunda curiosidad como si fuera una niña perdida y me miró con ojos inocentes.

—Bueno, ¿no es más seguro de ese modo? Esa es la única forma de proteger a esa niña, ¿no? —susurró como si me estuviera contando un secreto—. Hice una promesa. Que siempre protegería a esa niña. Le prometimos a su alteza cuidarla más que a nuestra hija.

Sin fuerzas para responder, seguí mirando a mi madre, quien parecía haber perdido la razón. Sin preocuparse por mi sentir, incluso estaba sonriendo mientras me decía:

—Porque esa niña es una genuina princesa.

—¿Y a pesar de eso, pones drogas en su té?

—Eso es lo único que puedo hacer para mantener a esa niña en la mansión.

—Entonces… ¿fue todo para evitar que Silvia saliera…?

¿Solo por una razón como esa, mi hermanita tuvo que beber tal cosa?

—Para empezar, Silvia nunca debió salir. Es verdad que su cuerpo es frágil, así que es una buena excusa.

—Madre, pero Silvia es… Silvia quiere estar sana… Ella dijo que envidiaba…

A las personas sanas. 

No pude terminar mi oración. Mi visión estaba borrosa, mi voz no salía. Mi hermanita vivía entre la vida y la muerte. Me preguntaba, ¿cuándo es que había sufrido una recaída de su enfermedad y perdido la vida? Sólo había ido a visitarla una vez cuando estaba al borde de la muerte y esa niña se había marchitado hasta el punto de tener unos brazos tan delgados que parecían ramas marchitas

—Estoy celosa de ti, hermana. Desearía haber sido más saludable. 

No había respondido y era probable que esa niña tampoco estuviera esperando nada de mí. Seguramente había sido un monólogo. Entonces, ¿por qué se había quedado grabado tan claramente en mi memoria?

—Pero amo a esa niña. La adoro enormemente.

—¿Enormemente?

—Sí. Esa niña siempre ha sido mi encantadora princesita. Es mi más preciosa hija en este mundo. Por eso, lo siento, Ilya.

Ah, espera. No quiero escuchar el resto. Estos labios míos que se habían secado por completo, dieron una seca exhalación. Ni siquiera podía decir si había dicho esas palabras o no, pero los delgados dedos de mi madre acariciaron suavemente mi mejilla. El calor que había añorado incesantemente en mi infancia estaba presente, aquí y ahora. Sin embargo, se sentía como si arrojaran trozos de arena a las profundidades de mi corazón. No dejaba de sentir un dolor sordo.

—N-No lo digas, madre. Por favor…

—Por eso, nunca he…

Rápidamente cubrí sus suaves labios con la palma de mis manos. Pero su voz apagada se resistía, tratando de decir algunas palabras. Por eso presioné su rostro con aún más fuerza. Todo en lo que había creído, se había esfumado.

—No lo digas, madre, no lo hagas. No lo digas, n-no lo digas…

Que no me amas, incluso si es mentira, no lo digas. No digas que no me amaste ni una sola vez. No quería saber que en este mundo, nadie me había amado. No, en verdad ya lo sabía desde hace mucho tiempo, pero aun así, quería fingir que no.

—Mi madre. Mía y de nadie más.

Así es. En realidad, ella debería haber sido mi madre y sólo mía. Hasta ese el día, hasta el momento en que Silvia nació en este mundo.

—Una vez está bien, está bien incluso si es una sola vez, así que miente. Dime que me amas.

Sentía el aliento de mi madre en mis palmas y escuchaba sus quejidos. También quería escuchar esas palabras, pero no podía moverme de ese lugar ni podía apartar mis manos. Mi único pensamiento era que tenía que bloquear sus palabras. Esa voz rechazándome era como una señal que anunciaba el fin del mundo.

—Madre, madre, ¿me amas…?

En esos ojos verdes que estaban abiertos de par en par, pude ver el rostro lloroso de una niña. Vi sus cabellos cenicientos y sus ojos del color mortecino de las hojas caídas. Era un rostro que parecía terriblemente familiar. Esa figura que seguía llorando era lamentable, triste y hacía que se me apretara el corazón.

—¡¡¡Madre!!!

Por eso, alguien, por favor, salve a esa niña.

Alguien por favor, sálvela de esa desesperación.

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