Mi prometido ama a mi hermana – Arco 6 – Capítulo 5

Traducido por Kavaalin

Editado por Sharon


Digamos que había una pintura y una joya. Entonces, la pintura sería colgada en el lugar más llamativo de la mansión y la joya estaría oculta en el cajón de un tocador. Estos dos artículos cuyo destino podría describirse como bastante contrastante, nos fueron entregados a nosotras dos por nuestro padre.

En términos de belleza, el objeto que yo había recibido no era inferior. Pero, había una diferencia olímpica en sus valores sentimentales. Una pintura dibujada por un aficionado y una rara joya sin igual. Si bien su rareza significaba que no podías ponerle precio, los sentimientos invertidos en ellas ciertamente no eran equitativos. Desde la perspectiva de un tercero, yo, quien había recibido la joya, podría haber parecido más afortunada. Pero ese no era el caso. Es por eso que había escondido la caja cuadrada que contenía esa gema en el cajón superior de mi cómoda. No era un objeto que yo hubiera deseado. No lo quería. Tal cosa.

♦ ♦ ♦

Mirando fijamente el collar que adornaba mi pecho, Silvia dijo:

—Qué bien por ti, hermana.

A ella, que hacía un puchero en una expresión de verdadera envidia, le devolví una sonrisa irónica. Simplemente no sabía qué decir.

—¿Estás insatisfecha con mi pintura? —dijo gentilmente nuestro padre de pie junto a Silvia, escuchando su voz mientras peinaba sus delgados cabellos con sus dedos.

Disfrutando de la sensación de deslizar sus dedos en estos suaves cabellos, repitió ese gesto muchas veces. Sin mostrar una reacción en especial ante eso, Silvia aceptó su gesto como algo natural. Una hija que se aproximaba a la edad mínima para contraer matrimonio tendía a odiar tener mucho contacto físico con su padre, pero eso no aplicaba para mi hermanita. Supongo que tenían una relación armoniosa como familiares. Los extraños seguramente lo percibirían como tal. Y en realidad, ese era el caso.

Pero, sólo yo no estaba incluida allí. Nunca había sido así de apegada a nuestro padre, y por lo que recordaba, él nunca me había acariciado el cabello, ni una sola vez. Desde hace mucho tiempo mi padre y yo nos habíamos mantenido distanciados.

—Aunque me esforcé mucho para pintarla por tu bien, ah…

Al mirar la expresión deprimida de nuestro padre, Silvia se puso nerviosa y negó con la cabeza.

—¡Ah, no, no es eso…! Lo siento, padre…

Sus apariencias, ya que solo la mitad superior del cuerpo de Silvia estaba levantada de la cama mientras se aferraba a nuestro padre, no los hacia ver como amantes, pero aun así daban la extraña sensación de que no te sorprendería si te dijeran que eran pareja. A pesar del hecho de que se suponía que debía estarse acercando a la segunda mitad de los cuarenta, la apariencia viril de nuestro siempre juvenil padre era famosa hasta el punto de ser el centro de los rumores, incluso en la sociedad aristócrata llena de individuos bien parecidos.

Al ver el estado de nerviosismo en el que estaba Silvia, nuestro padre la miró con afecto y se encogió de hombros con exageración.

—Jeje, bueno, no se puede evitar que digas eso. Porque es cierto que la piedra que le di a Ilya fue costosa.

Su mirada se dirigió en mi dirección cuando dijo mi nombre, pero nuestros ojos no se encontraron. Dado que Silvia me había mencionado, él se volteó de mala gana en mi dirección, pero esto no poseía ningún significado. El perfil de nuestro padre quien había devuelto su mirada hasta mi hermanita mostraba claramente cuán enormemente amaba a Silvia. Yo, quien me encontraba mirando esta escena desde la distancia, me vi forzada en el papel de una espectadora como si estuviera viendo al escenario desde los bastidores. No era un personaje de esta historia. No era un personaje secundario, ni tampoco una asistente. Sólo era una lectora. Albergaba este sentimiento mientras miraba como se abrazaban.

—Pero, hermana, tu collar es realmente hermoso. Es del mismo color que tus ojos.

Incluso si solo éramos una familia condal de tercer rango, nuestros terrenos poseían cierta grandeza, por lo que el cuarto de mi hermana pequeña no era en absoluto pequeño. Debido a que yo me encontraba a bastante distancia de la cama, no podíamos comunicarnos entre nosotras a menos que eleváramos nuestras voces.

Sin embargo, yo había recibido la educación de una dama. Me era imposible hacer algo tan indigno. Especialmente delante de nuestro padre. Pero por alguna razón, la encantadora y animada voz de mi hermana pequeña no sonaba como si fuera ruidosa. Me pregunto si el suave viento que venía de la ventana ligeramente abierta para refrescar el aire estaba transportando su voz. Llevándola desde el otro lado del dosel al que nunca me atreví a acercarme.

Podía ver la apariencia de mi mimada hermanita mientras apoyaba la parte superior de su cuerpo en el pecho de nuestro padre, quien se encontraba sentado en la cama.

—Es algo que le di a Ilya como un recuerdo por su debut en la alta sociedad, ¿sabes? —la reprendió amablemente nuestro padre cuando Silvia no dejó de repetir palabras de admiración.

No estábamos en un baile en este momento y, aunque era un poco risible usar un colgante tan magnífico con ropa sencilla, como Silvia había dicho que quería verlo, tuve que concederle su deseo. Cuando abrí la caja, ella me dijo que sólo mirarlo no era suficiente y no pude ignorar la expresión enfurruñada de mi linda hermanita mientras protestaba.

—Hermana, si no lo llevas puesto no tiene sentido.

El día que hice mi debut en la alta sociedad, ella estaba postrada en cama por lo que no pudo satisfacer su deseo de ver el collar. Probablemente fue por eso que había dicho:

—¿Debutar en la alta sociedad? ¡Entonces será mi turno este año!

Nuestro padre miró a Silvia, cuyas mejillas estaban sonrojadas por la felicidad, con una mirada mezclada con afecto y lástima. Silvia no parecía haberse dado cuenta, pero era incierto si sería capaz de hacer su debut. Como pasaba la mayor parte de sus días en cama, no había tenido tiempo de recibir la educación de una dama, y sobre todo no había podido ponerse al día con sus estudios. Sería extremadamente espantoso para una niña pura e ignorante como ella entrar en un mundo donde todos competían para superar a los demás.

A pesar de que aún era una adolescente, ya que cargaba con el nombre de nuestra casa condal, la negligencia difícilmente sería tolerada en caso de que organizáramos una fiesta. Además, esta niña se emocionaba tanto con sólo pensar en asistir a una fiesta que había una gran posibilidad de que le diera fiebre en el día del evento. El recuerdo de cómo se le había permitido ingresar a la academia, pero el día señalado tuvo que quedarse en cama todavía estaba fresco en mi memoria.

Al ver la reacción de nuestro padre, sentía que mis pensamientos estaban bien encaminados. Sin embargo, sería absurdo decirle esto a mi hermana pequeña y entristecerla. Porque entendía cuánto nuestro padre amaba y mimaba a Silvia.

Ciertamente, la joya que decoraba mi cuello era majestuosa y resplandeciente, pero no era adecuada para alguien tan sencilla como yo. Muchos padres compraban este tipo de cosas para sus amadas hijas para el día en que hacían su debut. Sobre todo, si era un aristócrata que valoraba su orgullo, sería natural que encargara productos de la más alta calidad para no avergonzar a su hija. Por supuesto, ese también era el caso de esta casa.

Pero yo sabía que este no había sido un regalo nacido del amor. La elaborada artesanía de oro demostraba que era un producto de alta calidad y la joya de color verde claro acomodada en el centro del colgante destacaba lo digno y merecedor de un aristócrata. Si su dueña no hubiera sido yo, este artículo hubiera sido suficiente para adornar a una dama noble. Entendía por qué Silvia lo envidiaba.

Ya que raramente se le permitía salir de su habitación, mi hermana pequeña admiraba a las princesas de los cuentos de hadas. Era inevitable que abrigara respeto, admiración y anhelo hacia las muchachas aristócratas. Por eso deseaba los objetos que usaría una señorita de una familia noble. Sin embargo, en definitiva, yo pensaba que eso se debía a  que ella no conocía acerca de las circunstancias que rodeaban estos regalos.

—Ordenemos una joya del mismo color que estos ojos —dijo mi padre un día repentinamente, después de haberme llamado a su estudio, sin siquiera explicarme de qué se trataba.

Tampoco me explicó por qué me había llamado después de que no habernos en un tiempo. Sólo le dijo esas palabras al comerciante que había estado en la habitación desde antes de que yo llegara. Él aceptó la orden respetuosamente y, como si estuviera realizando un truco de magia, sacó un papel del bolsillo de su pecho y dibujó rápidamente el boceto. Luego, con una expresión similar a como si estuviera relamiéndose los labios, preguntó:

—¿Sería esto satisfactorio?

Por un segundo, mi padre, quien seguramente había notado su reacción hizo una expresión de disgusto, pero eso fue todo. Puede ser que fuera algo común entre ellos. El comerciante explicó con gran elocuencia el gran valor que poseía el objeto, alzando la comisura de sus labios mientras decía que este collar era más que adecuado para una señorita. Mi padre nunca mostró ningún interés, simplemente asintió una vez y salió de la habitación después de decirle que le entregara la factura al mayordomo. No miró ni una sola vez en mi dirección y se fue sin concederme permiso para retirarme.

El comerciante miró a la olvidada yo con una cara preocupada. Me preguntó si tenía algún requisito o deseo para el collar con una especie de expresión compasiva. Comprendí que sentía simpatía por mí. Yo era una niña patética cuyo padre ni siquiera la miraba, solo le daba joyas. Seguramente era un comerciante que trataba con varias casas célebres. No sabía lo que pensaba, pero tal vez esta escena era una que nunca había visto. Probablemente nunca se había encontrado con un padre que comprara joyas sólo por obligación.

El collar se había ordenado sólo para que no deshonrara a nuestra casa condal de tercer rango cuando debutara. Para que no luciéramos como una familia que no podía permitirse comprar algunas piedras preciosas y para que los demás no nos miraran con desprecio.

—¡Pero, la pintura de padre es incluso más encantadora que el collar!

La voz de Silvia flotó hasta mis oídos mientras yo bajaba la mirada y el colgante entraba en mi línea de visión, quisiera o no. Más que sus palabras, fue su risa inocente lo que hizo que me deprimiera. Colocado junto a la cama, el retrato de Silvia pintado por nuestro padre estaba realmente bien hecho. Muchos colores habían sido colocados en el gran lienzo. Expresaba bien la belleza efímera de Silvia. Al mismo tiempo, te hacía sentir un afecto desbordante. Tenía el encanto de atraer el corazón de quien lo viera. Esa pintura te dejaba entender que había sido dibujada con mucho cuidado.

El pintor no era otro más que nuestro padre. El mismo año en que me había dado el collar, también había pintado ese cuadro.

—Oye, hermana. Tú también lo crees, ¿verdad?

Cuando me reintegraron bruscamente a la conversación e incliné la cabeza con asombro, y Silvia hizo un puchero.

—Por favor, escucha apropiadamente la conversación, —protestó mientras fingía enfadarse. —Además, ¿por qué viniste hoy?

No pude evitar sentirme avergonzada por esta pregunta después de todo el tiempo en que había estado aquí.

El contacto con Silvia quien se encontraba en mala condición física debía de mantenerse al mínimo. Esa había sido la promesa que le había hecho a nuestra madre hace mucho, mucho tiempo. Por lo tanto, mantenerme alejada de Silvia quien hasta hace unos días todavía se encontraba con mala salud y aún no se había recuperado del todo era algo natural para mí. Sin embargo, Silvia dijo con una expresión de tristeza:

—Incluso si no te quedas tan lejos, no te contagiarás con mi enfermedad, ¿sabes?

Parecía que no sabía nada sobre las órdenes de nuestra madre.

Entonces, para consolarla, mi padre no ocultó el reproche en sus ojos cuando los dirigió hacia mí. A pesar de que debería haberlo sabido todo, no parecía que tuviera la intención de cubrirme. Solo decir: “vuestra madre le ordenó que no se acercara” hubiera sido suficiente, pero no lo hizo. Como Silvia nunca se enojaba con nuestra madre, sería muy poco probable que protestara, pero en la única posibilidad de que lo hiciera, supongo que había decidido ocultar el hecho de que su esposa me había prohibido acercarme. Escuché la voz distante de nuestro padre mientras susurraba suavemente,

—Qué cruel hermana mayor.

Pensaba que era un comentario muy duro, pero entendía que no importaba lo que hiciera, sería inútil. Eso se debía a que esta casa giraba alrededor de Silvia. Tanto nuestro padre, el jefe de familia como su cónyuge, nuestra madre. Incluso los sirvientes habían aprendido a actuar así. Debido a que la salud de Silvia era mala, debido a que la condición física de Silvia era débil, debido a que Silvia era lamentable, debido a que Silvia estaba sola, debido a que Silvia era, Silvia era…

Me pregunto, ¿hasta cuándo sería que este hecho me colmaría de tristeza?

La única excepción era sólo yo. Sólo yo podría darme prioridad. Mientras todos y cada uno estaban ocupados preocupándose por Silvia, yo estaba sentada en mi escritorio, sosteniendo una pluma. Sólo a mí, la futura marquesa, se me permitía hacer eso. Incluso mis padres lo daban por sentado, ya que era el curso natural de los eventos. Durante la cena, mi madre sonreiría y me diría:

—Ya que estarás bien, incluso si te dejamos sola, puedo quedarme tranquila.

Mi padre me ignoraría silenciosamente. Cuando era pequeña, pensaba que esto era una prueba de que confiaban en mí. Pero ciertamente no era así. ¿Cuándo fue que entendí que simplemente estaba siendo descuidada? No era que me estuvieran elogiando por portarme bien, ni que me decían que estaría bien, incluso si estuviera por mi cuenta. “Ya que incluso si te dejamos sola, estarás bien, no tengo que preocuparme de ti” era lo que realmente quería decir.

No es como si me hubieran obligado a hacerlo. No es como que me dijeran que trabajara duro por mi cuenta. Sin embargo, dejar que sus intenciones se entrevieran era injusto. Así que le devolví una sonrisa gentil. Una armadura perfecta para no mostrar ninguna emoción. Pensaba que era la mejor reacción para enfrentar a esos nobles. Entonces, agarré mi pluma una vez más y me dirigí a mi escritorio.

Sabía que sólo esto podría protegerme. Sólo el conocimiento, la sabiduría y la educación me moldearían. Por eso tuve que trabajar mucho más duro. No importaba cuántas veces repitiera mi vida, sólo esto era siempre igual.

♦ ♦ ♦

Desde que se había decidido que sería la prometida del heredero del marqués y me habían presentado a Soleil, la mayor parte de mi tiempo lo pasaba estudiando por esa motivación. Al principio mis calificaciones no eran lo suficientemente buenas. Después de todo, mi memoria era normal y yo no era muy sociable. En la medida de lo posible me había dedicado a estudiar. Aislándome en los archivos de la mansión, desde la mañana hasta la tarde, sostenía mi pluma y escribía.

Dado que la casa del marqués tendría que interactuar con naciones extranjeras, pensaba que sería mejor aprender tantos idiomas como me fuera posible, y que también me sería necesario conocer la historia del mundo. Porque esperaba que esos detalles triviales pudieran ser ventajosos en la diplomacia. A veces estudiaba con un profesor, a veces sola. Estaba decidida a enfocar todos mis esfuerzos en no convertirme en una prometida que avergonzara a Soleil.

Varios libros eran apilados en el escritorio. Pensaba que se convertirían en mi fuerza. En esa habitación silenciosa, sólo el sonido del bolígrafo deslizándose sobre el papel hacía ruido. El té negro preparado para un descanso ya se ha enfriado, pero las sirvientas nunca volvieron. De vez en cuando, Al verificaba mi estado, pero no decía nada y simplemente se iba. Probablemente estaba preocupado por romper mi concentración.

Debido a que había estado sentada en la misma silla por quién sabe cuántas horas, me dolía la espalda. En el momento en que me estiré y respiré profundamente, el silencio fue interrumpido por una carcajada débil. Solo me encontraba yo en los archivo, así que, naturalmente, la risa no provenía de dentro de esta sala. Atraída por la voz aguda y peculiar de una joven que resonó una vez más, volví mis ojos hacia la ventana. Los rayos del sol que brillaba sobre la alfombra roja de los archivos eran deslumbrantes. Mis ojos escrutaron espontáneamente la escena detrás de ellos. Pude ver las figuras de Silvia y sus sirvientas. Caminaban sobre el césped como si dieran brincos. Las sirvientas se apresuraban tras la figura risueña que parecía estar a punto de comenzar a correr en cualquier momento. Era una escena tranquila de un tranquilo día común. Una escena ni especial ni inusual. Lo único diferente eran las personas que caminaban detrás de ellas, el amo de la casa, nuestro padre. Y un poco más atrás, mi madre.

Incliné la cabeza, preguntándome si hoy era un día especial y desde la altura observé las figuras de mis padres y mi hermanita mientras caminaban en nuestro amplio jardín, respaldados por la luz del sol. Desde los archivos ubicados en el segundo piso, podía verlos realmente bien. Verdaderamente pensaba que se veía divertido y pensé en mí misma, quien estaba acechando en las sombras para evitar la luz del sol. Mi vestido de color oscuro parecía un poco siniestro. El vestido de mi hermana pequeña ondeando en el viento era de un color claro, parecía como si capturara toda la luz del sol. Aunque debido a su fragilidad había muchas veces en las que no se le permitía salir de su habitación, un lugar luminoso le avenía muy bien.

Finalmente, mis aparentemente apegados padres y mi hermanita se detuvieron en un lugar y el almuerzo fue servido ante ellos. Las sirvientas bien organizadas ya habían traído una mesa de la mansión. Cuando mis dedos siguieron sus siluetas a través del vidrio de la ventana, sentí como si fuera capaz de tocar a esta familia feliz y armoniosa, pero era doloroso. Estos archivos eran el lugar al que pertenecía, era mi trabajo llenar mi cabeza de conocimiento. Nadie decía nada sobre esto y como mi madre estaba haciendo una inusual expresión de satisfacción, pensaba que estaba bien. Incluso ahora ese sentimiento permanecía inquebrantable. Pero hablando de interactuar con mis padres, eso sólo sucedía durante la cena. Ni siquiera recordaba haber tenido una sola conversación con mi padre.

Realmente quería escuchar qué pensaba sobre preguntas relacionadas con la administración del territorio, pero cuando le pedía al sirviente que le dijera que quería que me enseñara, mi solicitud era rechazada con una sola palabra, diciendo que estaba ocupado. Con un toque de sarcasmo, me era dicho que no tenía tiempo libre, ni siquiera unos pocos minutos de sobra para mí.

Esa persona miraba a Silvia con una sonrisa, de pie frente a un lienzo colocado en el jardín. Desde donde me encontraba, podía ver a mi padre dibujando y comprendía que mi hermanita era su modelo.

¿Era el papel de mi madre comprobarlo? Ella estaba parada a poca distancia, vigilándolos. A veces, la risa se mezclaba en su conversación y el eco de sus voces viajaba hasta el aquí. Estaba tan lejos de ellos y, sin embargo, era capaz de escucharlos, que extraño era.

Un día tranquilo. Un día animado pasado con la familia. Y yo lo miraba desde un lugar lejano. Por cierto, mi línea de visión cayó sobre los libros de idiomas extranjeros apilados sobre el escritorio. Tenía que abrirlos ahora mismo y aprender las palabras. De lo contrario, perdería ante las otras señoritas de mi generación. No creía que ahora fuera el momento para estar mirando las figuras de mis padres y mi hermanita.

Pero, pero…

Mis ojos se negaban a dejarlos. Para ponerle fin, retrocedí un paso. En ese instante, mi fuerza me abandonó. No podía soportar el peso de mi cuerpo. La mano derecha que había extendido rápidamente chocó contra la pila de libros.

Oh no.

Justo cuando pensaba eso, los libros se derrumbaron y al mismo tiempo se cayó la botella de tinta. El líquido azul se extendió sobre el escritorio, gotas cayendo de sus esquinas una tras otra, manchando sin piedad los libros en el suelo. Confundida por el repentino incidente, instintivamente, me acerqué para atrapar las gotas y detener el flujo de tinta. Desde la punta de mis dedos hasta mis muñecas, todo estaba teñido de azul oscuro y aunque no sabía lo que representaba, pensaba que la verdadera yo podría estar igual de sucia.

En mis repetitivas vidas, hacía todo lo posible para protegerme. Incluso cuando había caído tan bajo como para volverme prostituta, había mantenido mi vida sometiendo mi cuerpo. Para acumular tantos hoy como me fuera posible. Ese era mi objetivo y, esto y solo esto, se había convertido en mi vida. Cuando pensé en eso, me dieron unas irremediables ganas de llorar, pero cuando estuve a punto de hacerlo, cerré fuertemente mis ojos. Mis dientes apretados hicieron un sonido desagradable. Aun así, no quería aflojar mis labios. Porque parecía que si relajaba mi fuerza incluso aunque fuera sólo un poco, sollozaría. Seguí parpadeando una y otra vez, esperando que mis lágrimas se dispersaran. Con ambas manos teñidas de negro, me apreté el pecho sobre la ropa.

El día que había hecho mi debut social, quien me acompañó para dar los saludos de cortesía fue Soleil. Él había mirado el colgante que decoraba mi cuello y me había dicho que era una magnífica joya. Después de alabar mi atuendo, diciendo que me veía hermosa en un tono desprovisto de toda emoción, continuó con otro comentario:

—El amor que tu padre tiene por ti se puede ver a través de esta joya.

Él había tenido razón. Como no había otras piedras que se parecieran a la gran gema que era del mismo color que mis ojos, el color de las hojas muertas, esta poseía un alto precio por su rareza. No era incorrecto decir que era magnífica. Tampoco era incorrecto decir que el amor de mi padre podía verse a través de esta.

Se veía con claridad cuán especialmente no amada era.

Pero en ese momento, todo estaba bien. Porque después de todo, Soleil estaba aquí. Porque sostenía mi mano, apoyaba mi cuerpo cuando parecía que estaba a punto de caerme debido a mis zapatos nuevos a los que no estaba acostumbrada. Su fría y helada mirada incluso me parecía encantadora. El sólo pensamiento de que un día, este hombre se convertiría en mi esposo era suficiente para llenar mi corazón de satisfacción. Probablemente nadie más lo entendería. Entender mi añoranza por la gentileza de los demás porque mi madre no me abrazaba. Entender mi sentir de que una pintura ordinaria hecha por un aficionado, algo que no debería tener ningún valor, era más hermosa y preciosa que cualquier gema. Qué miserable había sido, vivir mientras me decía a mí misma que no era como si no fuera amada. Por eso amaba incondicionalmente al hombre que se convertiría en mi marido.

—Oye, ¿alguna vez has tratado de pensar por qué no eres amada?

En una de mis vidas, hubo una persona que me dijo esto en este mismo lugar. Cuando la luz del sol se posó en la túnica de tono negro, había notado que poseía un poco de azul. A pesar de que era una conversación perturbadora, esos ojos negros estaban completamente tranquilos.

—Así como no hay razón para amar a alguien, ¿nunca pensaste que podría no haber razón para no ser amada?

Incluso si creía que su cara de porcelana no parecía humana, también pensaba que esta se mantenía fija en una expresión afligida. Dicho esto, Cuervo no parecía estar actuando. Conocía esos ojos que parecían estar dudando de todo y de todos en el mundo. Yo me encontraba sentada en el escritorio, sosteniendo mi bolígrafo como de costumbre, pero no podía escribir una sola cosa en el cuaderno. Cuervo dirigió su mirada hasta mi mano y rió una vez más.

—¿Por qué?

La pregunta hizo eco en los archivos mientras las risas del exterior todavía se podían escuchar débilmente.

—¿Por qué Cuervo…?

Mi voz temblaba enormemente. Los latidos de mi corazón resonaban implacablemente dentro de mis oídos.

—Si no hay razón para amar, entonces lo que estás haciendo podría carecer de significado.

Más allá de mi borroso campo de visión, podía ver un pálido rostro sonriéndome torpemente. Que Cuervo tuviera una expresión tan humana, tan impropia de él, me había hecho reír. Al verme así, Cuervo me respondió mientras dirigía su mirada hacia la ventana:

—Incluso a mí me causa gracia.

Le dije que sabía que no tenía sentido, pero tal vez no escuchó mi susurro, porque no hubo respuesta…

—¿Por qué, aquí…?

Mis dedos estaban fríos. La yo y el Cuervo dentro de mi memoria ciertamente habían intercambiado esas palabras en los archivos. Pero, hasta ahora, no lo había recordado. No, en lugar de eso… ni siquiera tenía memoria de eso.

En el pasado, era una persona que nunca olvidaba nada. Por esa razón, pensaba que nunca podría abandonar mi amor. Pero a medida que mis vidas se acumulaban, mi memoria se comenzó a nublar. Había cosas que podía recordar y otras que ya no. En este caso seguramente se trataba de lo mismo.

Puede que hubiera algo, algo realmente importante, que había olvidado.

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