Al límite – Capítulo 157: Ay, Ay, Ay… El sonido del llanto

Traducido por Soyokaze

Editado por Tsunai


Han Dong estaba comiendo cuando, de pronto, se atragantó.

—¿Qué pasó? —preguntó Yu Ming.

Han Dong hizo un esfuerzo por tragar lo que tenía en la boca y, con tono nervioso, dijo:

—De repente tuve una premonición siniestra.

—¿Qué premonición?

Con una mirada cautelosa, Han Dong respondió:

—Siento que hay algo extraño en nuestro dormitorio. No deberíamos volver esta noche.

Los nervios tensos de Yu Ming se relajaron al instante y resopló con frialdad.

—Si no quieres dormir en el dormitorio, solo dilo.

—No es eso. De verdad siento que podría pasar algo allí.

Yu Ming pagó la cuenta y se puso de pie.

—Entonces regresaré primero. Termina de comer y luego vete a donde quieras.

—¡Espera! —cedió al final Han Dong—. ¿Cómo voy a dejarte solo en un lugar tan siniestro?

Dejó los palillos y salió tras él.

Yu Ming estaba a punto de meter la llave cuando oyó un ruido. Han Dong empujó la puerta: estaba abierta.

—Qué raro… juraría que la había cerrado —murmuró Yu Ming.

Han Dong aspiró hondo.

—También me pareció oír a alguien dentro. Parece que tenemos un ladrón.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Yu Ming.

—Está bien, estoy aquí contigo. Entremos y afrontémoslo; si no somos rivales, entonces huimos.

Y así, ambos entraron en silencio, con una actitud furtiva muy apropiada para la ocasión.

Muy pronto sus pasos se congelaron.

Ante sus ojos, dos figuras imponentes, como estatuas formidables, ocupaban todo el sofá; sobre la mesita frente a ellos estaban las “cosas sucias” que habían sido confiscadas.

Han Dong y Yu Ming se quedaron atónitos.

Sus manos, entrelazadas, los hacían parecer culpables aun con la conciencia tranquila.

Han Dong permaneció inmóvil unos segundos antes de apretar con fuerza la mano de Yu Ming.

¡Corre! ¡Si no corres, tu vida estará en peligro!, intentó advertirle tácitamente Han Dong.

Pero, de un momento a otro, la mano de Yu Ming ya no estaba: el espacio a su lado había quedado vacío. Después, Han Dong sintió una poderosa patada en el trasero que lo lanzó, sin control, hacia el sofá, cayendo pesadamente sobre el cojín. Yu Ming también fue arrastrado varios pasos hacia atrás y se estrelló con violencia contra el pecho de alguien; de inmediato le llovieron estrellas ante los ojos.

¿Quién habría pensado que todo eso lo había hecho una sola persona?

Wang Zhong Ding no pateaba a Han Dong desde que empezaron a salir —al menos no delante de otros—; sin embargo, esta vez no pudo contenerse y perdió los estribos.

¿Y el irritable Xia Hong Wei?

Cuando estaba a punto de actuar con su habitual actitud dominante, Yu Ming se lanzó de golpe contra su pecho. El impacto obligó a Xia Hong Wei a retroceder dos pasos y, contra todo pronóstico, lo primero que hizo no fue regañar a Yu Ming, sino envolverlo inconscientemente entre sus brazos.

Yu Ming estaba, evidentemente, conmocionado; aun así, no se apartó de aquel abrazo.

Extrañamente, en esa habitación, el hombre más temperamental actuaba con tranquilidad, mientras que el más sereno resultaba el más aterrador. A leguas se notaba lo furioso que estaba Wang Zhong Ding.

Han Dong ni siquiera tuvo tiempo de levantarse del sofá cuando Wang Zhong Ding ya lo había alzado con fuerza por el cinturón del pantalón y, junto con las “cosas sucias” de la mesita, lo arrastró bruscamente fuera de la habitación.

Lo único en lo que pensaba Yu Ming era en recuperar su ópalo, pero los brazos firmes de Xia Hong Wei, duros como el acero, le impedían moverse.

El aullido de Han Dong se fue apagando hasta desaparecer por completo.

Yu Ming pensó que recibiría el mismo trato, pero, tras esperar un buen rato, no pasó nada. Se atrevió entonces a alzar la cabeza y se topó con la mirada indulgente de Xia Hong Wei.

—¿Por qué no estás enfadado? —preguntó Yu Ming.

—¿Por qué debería estarlo? —replicó Xia Hong Wei con frialdad—. ¿Qué relación tengo contigo?

De pronto, Yu Ming sintió en el pecho una emoción indefinible, más difícil de soportar que cuando le arrebataron la gema.

—Da igual —respondió sin inmutarse.

Xia Hong Wei lo soltó. Yu Ming se dio la vuelta y se marchó.

—¿Acaso eres estúpido? —no pudo evitar soltar Xia Hong Wei.

Yu Ming fingió no oír.

—La otra persona tiene dueño. ¿Por qué te quedas descaradamente a su lado? ¿Crees que, a diferencia de mí, todo el mundo te mirará con buenos ojos?

—¡Solo te estoy complaciendo! —contraatacó Yu Ming, helado.

—¿Complaciéndome? —frunció el ceño Xia Hong Wei, sin entender.

Yu Ming se dio la vuelta y, con expresión imperturbable, dijo:

—Así es. ¿Acaso no te complace verme en desgracia? ¿No te agrada verme tan desafortunado? ¿No te estoy mostrando suficiente ahora?

Aquellas palabras no enfadaron a Xia Hong Wei; al contrario, lo hicieron reír.

—¿No dijiste que no te importaba? Entonces, ¿por qué recuerdas mis palabras con tanta claridad?

Yu Ming, al fin, no pudo soportarlo y perdió los estribos.

—¡Sí, me importa! ¡Me siento agraviado y no estoy dispuesto a aceptarlo! A tus ojos siempre soy una tarea inconclusa. Usaste tu dinero como arma para conseguir todos tus caprichos, ¡todo para poder someterme! Siempre te crees superior, mirándome con desprecio, ¡y yo siempre tengo que verte en tu pedestal cuando hablo contigo!

Yu Ming dio un portazo al terminar y Xia Hong Wei permaneció de pie junto a la puerta durante mucho rato.

Yu Ming tenía un gran talento para hacer que su verdugo tomara plena conciencia de sus malas acciones. Han Dong, en cambio, no. Desde que entró en la oficina de Wang Zhong Ding no había logrado pronunciar una frase completa: solo podía comunicarse a base de «ay, ay».

Wang Zhong Ding no solo sabía “trabajarlo” con precisión, sino que también propinaba patadas con puntería. Eligió, en especial, la parte más carnosa del trasero de Han Dong. Su control de la fuerza era demoledor y no dejaba marcas; aun así, el dolor bastaba para hacer llorar a un adulto.

—No es mi culpa, no es mi culpa… —se excusó Han Dong—. Fue solo porque tú tomaste esas fotos que yo… accidentalmente… terminé enviándole una a Kahn…

—Que se la enviaras por error es perdonable. Lo que no tiene pase es que no lo aclararas de inmediato y, en cambio, le sacarás provecho. ¿Cómo explicas eso?

—Soy de mente abierta y, simplemente, no me lo tomé en serio desde el principio, así que no había nada que explicar —añadió—. Ese juego ambiguo que crees que tuve con él no ocurrió. Soy alguien con principios firmes; ¿cómo iba a cometer voluntariamente errores así, sin el menor miramiento?

El semblante de Wang Zhong Ding se ensombreció.

—¿De verdad crees que no sé todas esas cosas indecorosas que hiciste antes de conocernos?

Han Dong, con la conciencia claramente culpable, aún quería aparentar que la justicia estaba de su lado.

—Sé claro y dime, ¿he hecho alguna vez cosas tan malas?

Wang Zhong Ding las enumeró una por una:

—Tuviste un total de setenta y tres novias: cincuenta y cuatro en Pekín, doce en tu ciudad natal y siete en línea. La relación más larga duró tres meses y la más corta, once horas, con una media de alrededor de un mes. El máximo de novias simultáneas fue seis: tres a distancia, dos en ciudades distintas y una en tu misma localidad…

Autor
No es raro que desconfíe; Han Dong era, en esencia, un perro desvergonzado

Han Dong se asustó.

¿Cuándo investigaste?, pensó, atónito.

La cara de culpabilidad que se le escapó a Han Dong enfureció todavía más a Wang Zhong Ding, que, acto seguido, prendió fuego a la falda de juncos.

—¡No lo hagas! —se alarmó Han Dong—. Son los amables sentimientos de mi ídolo. ¿Cómo puedes quemarla así, sin más?

—Esos “amables sentimientos” que me ocultaste —y que por lo tanto yo no habría permitido— no se llaman sentimientos amables: ¡se llaman motivos ocultos!

Wang Zhong Ding le azotó el trasero mientras hablaba.

Han Dong, como una perra desvergonzada y masoquista, se volvió aún más insolente: no solo se negó a pedir clemencia, sino que lo provocó:

—¡No hice nada malo, así que no voy a admitirlo! ¡A la mierda! ¡Si tienes agallas, golpéame hasta matarme!

El resultado era fácil de imaginar.

Wang Zhong Ding sacó del compartimento secreto de su armario más de una docena de “ropas especiales” reveladoras —capaces de provocar sangrado nasal a cualquiera— y se las lanzó a Han Dong a la cara.

—¿No te gusta ponerte este tipo de cosas y hacerte fotos? ¡Póntelas! Hoy te dejaré tomar todas las que quieras.

Han Dong se quedó boquiabierto al instante. «¿De dónde han salido estas cosas? No puede ser… Zhong Zhong, ¿cómo puedes tener tal gusto? Para que lo sepas, ¡yo ni siquiera me atreví a comprarlas del bochorno!», pensó, atónito.

Sin embargo, por fuera fingió sentirse humillado por esas prendas.

—Por favor, te lo ruego, ¡no me obligues a ponérmelas!

Autor
Para aquellos que todavía no lo han captado, ahora están entrando en el juego sexual de role playing.

¿Cómo iba a ceder Wang Zhong Ding? En su vida nunca había dado el brazo a torcer; ¿por qué no aprovechar la situación a su favor?

—¡Póntelas! —ordenó con fiereza—. ¡Ve cambiándote una por una!

Han Dong se fue cambiando con expresión renuente y, bajo la fuerte presión de Wang Zhong Ding, continuó adoptando poses y haciendo todo tipo de movimientos vergonzosos. Por fuera mostraba desgana, pero, en realidad, se movía y cambiaba de posición con bastante energía.

Los ojos de Wang Zhong Ding ardían; el fuego en su pecho estaba fuera de control.

Lo que vino después para Han Dong solo podía describirse como un “doble asesinato”. En el pasado, Wang Zhong Ding solía tomárselo con calma y cuidaba de su cuerpo para no incomodarlo. Hoy, sin embargo, los celos, sumados a los disfraces, lo estimularon a “castigarlo” sin contención.

Al final, el placer le hizo a Han Dong cosquillas en la nariz y aprovechó ese estado para soltar un par de lágrimas de cocodrilo.

De pronto, Wang Zhong Ding no pudo mantenerse firme.
Pensó en dejarlo pasar y permitir que Han Dong soportara las consecuencias, pero su corazón no resistía ser tan cruel. Además, no sabía cómo —ni qué— decir para persuadir a un adulto, y, de paso, nunca había intentado persuadir a nadie. Por eso, se limitó a quedarse rígido junto a la cama, sintiéndose muy incómodo.

Han Dong era tan adicto al dramatismo que no podía dejar de actuar. Sus hombros temblaban levemente y su respiración entrecortada hacía parecer que lo obligaban a resistir. Las lágrimas corrían sin control por el rabillo de sus ojos y se las secaba en silencio con la mano. Todo transcurría prácticamente sin ruido. Su aspecto era, realmente, lamentable.

error: Contenido protegido