Al límite – Capítulo 158:¿Quién puede resistirse a mí?

Traducido por Soyokaze

Editado por Tsunai


—Deja de fingir —dijo Wang Zhong Ding, inquieto.

¿Cómo iba a dejarlo así Han Dong?

Han Dong reprimió las lágrimas a la fuerza, pero volvieron a escaparse al instante, desbaratando por completo el ya inestable estado de Wang Zhong Ding.

—No lloraste cuando te pateé hace un rato, ¿por qué lloras ahora?

Han Dong seguía sin pronunciar palabra.

—¿Te molesta pasar vergüenza? ¿Me culpas por no “guardarte la cara”? —preguntó Wang Zhong Ding.

—No —respondió Han Dong, con un sollozo.

—¿Entonces qué pasa?

—De pronto recordé que, si mi segundo tío estuviera aquí, también me pegaría…

La mayor contribución de tu segundo tío no fue cuidarte, sino convertirse en tu escudo de por vida, pensó Wang Zhong Ding.

Aunque lo pensaba así, tomó un pañuelo y le secó las lágrimas sin decir nada.

Han Dong estuvo a punto de fruncir los labios ante tanta amabilidad. Cuanto más se las enjugaba, más lágrimas caían; tenía esa sensación dominante de “no voy a hablar, pero voy a inundar la casa”.

Al final, Wang Zhong Ding no pudo evitar consolarlo:

—Ya está bien. ¿No fueron solo un par de patadas? Recuerdo que cuando estabas rodando te dejaron la espalda morada a golpes y, aun así, no montaste semejante escándalo.

Han Dong sollozó:

—¿Có… cómo va a ser lo mismo? Hi… —respiró hondo y, con voz temblorosa, terminó—: Allí estaba actuando; aquí… aquí eres tú.

—¿Cómo no va a serlo? —replicó Wang Zhong Ding, limpiándole de nuevo las lágrimas.

Las lágrimas baratas de Han Dong siguieron rodándole por las mejillas y, entre sollozos, preguntó:

—Si te pateara los pies, ¿no se te pondría el corazón hecho un nudo?

Se notaba que Han Dong quería tocarle un punto débil a Wang Zhong Ding; aun así, ¡este quería hacerlo trizas!

Al final, Wang Zhong Ding intentó ponerse en sus zapatos y preguntó:

—¿Todavía te duele el trasero?

Han Dong empezó a imitar a Yu Ming: espalda rígida, expresión de “no estoy herido” y “soy fuerte”.

Aun así, Wang Zhong Ding levantó la colcha para mirar y descubrió que Han Dong no tenía nada: ni siquiera un pequeño moretón.

Han Dong también echó un vistazo a escondidas y, en ese momento, sintió un calambre de puro asombro.

¿Por qué no hay nada? ¡Debería estar, al menos, un poco rojo!, pensó boquiabierto.

Así que, patéticamente, eligió otro punto para dar lástima.

—Ya sabes que esas setenta y tres personas con las que salí eran todas mujeres. Ni en mis peores delirios pensé que un día acabaría acostándome con un hombre. No solo me estás jodiendo el trasero, ¡también me estás jodiendo el ego! Si ya me estás follando, ¿por qué tienes que hacerlo tan ferozmente? ¡Me duele el ano a horrores!

Y se echó a llorar como una Magdalena.

Wang Zhong Ding, al verlo, se sintió realmente arrepentido y volvió a enjuagarle las lágrimas.

Finalmente, le masajeó con las manos sin dar el siguiente paso.

Para exprimir al máximo la ternura de su amante, Han Dong siguió gimoteando sin parar, dándole la espalda.

Wang Zhong Ding al fin lo abrazó y le ordenó en voz suave:

—Dong Dong, voy a contar hasta tres, así que deja de llorar para entonces.

Han Dong oyó “Dong Dong” y se le derritió el corazón. ¿Cómo iba a parar ahora? Tal vez, si seguía, ¡la próxima vez incluso lo llamaría “bebé”!

Aun acostumbrado a esos defectos suyos, Wang Zhong Ding seguía sin poder soportarlos, así que le advirtió, franco:

—Si sigues llorando, te desenmascaro, ¿me creas o no?

Efectivamente, las lágrimas se esfumaron en un abrir y cerrar de ojos.

—¡Duerme! —ordenó Wang Zhong Ding una vez más.

Y aquel tonto, que hacía nada clamaba por su ego masculino, por sus nalgas doloridas y con el corazón en un puño, se durmió en menos de dos segundos; incluso, ya dormido, alcanzó a decir con gallardía:

—Hoy no he sufrido; de hecho, he salido ganando.

Wang Zhong Ding lo miró de reojo.

—¿Y cómo es que saliste ganando?

—Cometí tantos errores y, aun así, mi “castigo” fue inesperadamente muy placentero y después, encima, me mimaron. ¿Quién más tiene tanto talento? —sonrió, mostrando los dientes.

Antes, Wang Zhong Ding ya lo habría arrastrado y molido a palos.
Ahora, en cambio —quizá contagiado por la “tacañería” de Han Dong— no solo no perdió la cabeza ante sus “virtudes”, sino que sintió el impulso de tratarlo aún mejor.

♦♦♦

Durante los días siguientes, Wang Zhong Ding dejó “encerrado” a Han Dong en casa para garantizar su seguridad personal.

Tras el castigo, la posición de Han Dong no bajó, sino que subió: ahora tiene a su disposición ciertos aperitivos y frituras que antes no se le permitía comer.

Xixi dijo con rencor:

—Papá quiere hacerte daño.

Han Dong, muy colaborador, puso cara de sufrimiento, tragó con fuerza y le respondió con rudeza a Xixi:

—¡Lo sé, pero no puedo hacer nada!

Xixi frunció la boquita y le recordó:

—Puedes darle estas cosas preocupantes a tu enemigo.

—¿Enemigo? ¿Y dónde encuentro un enemigo? —replicó Han Dong, fingiendo estupidez.

—Te hice un gran agujero en la ropa interior —respondió Xixi, con una mirada que de pronto destiló hostilidad.

Han Dong, en vez de enfadarse, se echó a reír.

—¿De verdad? A tu padre le pareció extremadamente erótico. Gracias —contestó con picardía.

—Di “ratón” diez veces… —ordenó Xixi.

—Ratón, ratón, ratón, ratón…

Cuando terminó, Xixi preguntó:

—¿Qué es lo que más teme el gato?

—El ratón —respondió Han Dong, sin pensar.

—¡Caíste en mi trampa, te engañé! —dijo Xixi, exhibiendo un odio deliberadamente teatral.

Han Dong soltó una carcajada sonora, pellizcó las mejillas de Xixi y comentó:

—¿Cómo puedes ser tan listo?

La cara de Xixi se descompuso al instante. Poco después, volvió a hablar consigo mismo:

—Cierto alguien tiene un aspecto extraño: piernas largas, cuerpo corto, nalgas enormes, ojos hundidos y grandes rizos en la cabeza…

Han Dong no pudo evitar interrumpir:

—¿Hablas de mí o te estás burlando de ti mismo?

Xixi se quedó sin palabras.

Al ver que su ataque verbal no surtía efecto, pellizcó el brazo de Han Dong.

Han Dong le devolvió el pellizco.

Xixi, que obviamente no estaba herido, no tomó represalias; en cambio, corrió hacia Wang Zhong Ding y se quejó con expresión agraviada:

—¡Papá, el tío Cola de Cerdo me ha pellizcado, mira!

Wang Zhong Ding echó un vistazo casual y dijo:

—Él no es sensato; no te rebajes a su nivel.

—Ser un modelo a seguir es agotador; hay que descansar de vez en cuando.

El Emperador del Cine Xi parecía completamente abrumado.

Wang Zhong Ding dijo solemnemente:

—La ideología no puede descansar, porque el descanso representa corrupción.

El timbre sonó justo al terminar de hablar. Wang Zhong Ding vio la cara de Xia Hong Wei en la pantalla del videoportero y se le tensaron los nervios al instante.

No hacía falta preguntar por qué venía: Xia Hong Wei debía de estar buscando a Han Dong.

Originalmente, Xia Hong Wei estaba confiado cuando “encargó” a Yu Ming a Han Dong. Pero, en lugar de protegerlo “en su nombre”, Han Dong lo protegió por su propia voluntad.

¿Quién lo habría creído?

—No hay nada entre él y Yu Ming —explicó Wang Zhong Ding por Han Dong.

Xia Hong Wei dijo:

—Lo sé, pero aun así quiero verlo.

—Que a Yu Ming le guste no tiene nada que ver con él. Es inútil que lo busques. Tienes que encontrar el problema en ti mismo.

—Solo quiero verlo.

Los ojos de Xia Hong Wei ardían como antorchas, mientras el rostro de Wang Zhong Ding era duro como el acero.

Así, ambos empezaron a discutir en la puerta de entrada.

Al final, Xia Hong Wei cedió: bajó su arrogante cabeza y habló con sinceridad.

—He venido a pedirle consejo. ¿Puedes dejarme entrar?

Wang Zhong Ding se quedó atónito.

—¿Consejo?

Xia Hong Wei lo apartó con disgusto.

—Hazte a un lado.

Han Dong se asustó en cuanto vio a Xia Hong Wei.

—¿P-por qué estás aquí?

Inesperadamente, Xia Hong Wei contuvo el impulso de golpear a Han Dong y, con el rostro sombrío, avanzó hacia él.

—Habla aquí —ordenó Wang Zhong Ding, tajante.

Al ver que Xia Hong Wei estaba a punto de volverse hostil, Han Dong se apresuró a suavizar la situación.

—Está bien, está bien… Hablemos aquí. Salir es un lío; mejor vamos a otra habitación.

Sin embargo, Wang Zhong Ding no se movió.

—No es necesario. Di lo que tengas que decir aquí mismo.

Han Dong se sintió un poco apenado; sonrió torpemente a Wang Zhong Ding y preguntó:

—¿Es necesario ser tan estricto con él?

—¡Te estoy protegiendo!

—¿Eh…?

Desde aquella farsa, el “instinto anti-lobo” de Wang Zhong Ding se había vuelto muy agudo. Comprendió que eso de “hacer que el amor dure con confianza mutua y dándose libertad y espacio” era, para ellos dos, pura tontería. A Han Dong —esa “mercancía”— sólo había que azotarlo y atarlo; ¡la guardia no debía bajarse jamás!

Al final, llegaron a un acuerdo: la conversación tendría lugar en la sala de estar, a solas, Xia Hong Wei y Han Dong.

Wang Zhong Ding, mientras tanto, podaba el jardín frente a la sala. Su rostro parecía relajado, pero en realidad era el más preocupado de toda la casa.

Xixi aprovechó el descuido general para comerse la comida chatarra de Han Dong.

—¿De qué sirve ser un modelo a seguir? —se consoló mientras masticaba—. Los modelos a seguir también crean las condiciones para su propia corrupción. Mi padre es tonto; ¡yo no!

En principio, Xia Hong Wei quería pedirle a Han Dong consejo sobre cómo tratar a Yu Ming, y averiguar qué tenía Han Dong que lo atraía tanto, para aprender de la experiencia y corregir sus carencias.

Pero el tono cambió en cuanto abrió la boca.

—Entonces, ¿qué tienes de bueno?

—Para más detalles, consulta el Weibo de Zhong Zhong —respondió Han Dong con modestia.

Xia Hong Wei quedó atónito.

7
error: Contenido protegido