Bajo el roble – Capítulo 111

Traducido por Tsunai

Editado por YukiroSaori


La luz del rostro de Max se nubló. Su espina dorsal se enfrió como si estuviera sumergida en agua helada cuando escuchó que Riftan se enfrentó a mil trolls en batalla. Eran monstruos más pesados que un toro y tenían una capacidad de regeneración increíblemente rápida, hasta el punto de que incluso con la cabeza medio cortada podían curarse en un abrir y cerrar de ojos cuando se la volvían a unir al cuello.

Pensar que luchó contra un ejército de monstruos tan aterradores con solo doscientos hombres…

¿Cómo pudo ser tan malditamente imprudente?

Max sintió que se le encogía el corazón, las palabras de Selena estaban lejos de tranquilizarla. Abrió la boca y no pudo evitar tantear su lengua rígida.

—Q-Qué hay de los otros…

—No te preocupes. No hubo ni una sola baja entre los caballeros Remdragón.

Max dejó escapar un audible suspiro de alivio y Selena continuó en un tono más dubitativo.

—Pero… parece que algunos de ellos resultaron heridos.

—¿Quiénes? ¿Cuántos… cuán graves son sus heridas?

—No conozco los detalles. Solo he oído que algunos de los caballeros resultaron gravemente heridos tras la batalla y que tuvieron que detener su avance para recuperarse y recibir tratamiento médico.

Max apretó su rostro ensangrentado con manos temblorosas. Los rostros de los caballeros Remdragón pasaron vertiginosamente  por su mente. La magia divina o curativa podía reparar rápidamente una herida en cualquier parte del cuerpo, que detuvieran su avance solo podía significar que sus heridas estaban lejos de ser menores. Mientras su corazón se encogía, preocupada por saber cuáles de los caballeros Remdragón estaban heridos, Idcilla se acercó de repente a ellos con expresión inquieta.

—¿Has oído algo sobre Elba?

Selena negó con la cabeza.

—Aparte de que los caballeros reales de Livadon acamparon cerca del castillo de Etileno, no pude averiguar nada más.

Idcilla inclinó la cabeza, decepcionada y Selena se acercó para consolarla, poniéndole una mano en el hombro.

—Dentro de unos días, todas las unidades de la zona de guerra vendrán aquí a reponer sus suministros. Cuando eso ocurra, podremos obtener más información, así que no te preocupes demasiado.

Idcilla se animó un poco ante la perspectiva. Entonces Selena se marchó, ella solía recabar información y Max siempre cubría sus tareas en la otra tienda. Mirando fijamente la nada por un momento, reflexionó sobre las noticias que traía la sacerdotisa, luego aclaró rápidamente su cabeza y se concentró en sus tareas. Le ardían las mejillas y tenía la cara cubierta de sudor por estar cerca del fuego, pero las abrasadoras llamas la ayudaban a distraerse de sus terribles inquietudes. Max vació su cabeza y se concentró en cocer a fuego lento las hierbas en el caldero. Cuando la medicina se hubo enfriado, se la dio a los pacientes, les limpió las heridas y cambió sus vendas. Una vez hubo terminado, fue a ayudar con la preparación de la comida. Ni siquiera tuvo tiempo de recuperar el aliento.

Finalmente, cuando terminó su trabajo del día, Max se hundió en la pila de heno de la estrecha tienda. No podía ni mover un dedo. El calor del verano solo servía para pudrir toda la mugre que tenían encima, y el olor a sangre, sudor y caballos llenaba sus fosas nasales. Era incluso difícil respirar bien debido al hedor y la humedad, pero Max estaba demasiado agotada para armar un escándalo por ello. Se acurrucó como una col marchita, pensando en lo que le depararía el futuro.

¿Seguiría viviendo así hasta que acabara la guerra?

Su confianza y su fuerza de voluntad para mantenerse entera se derrumbaron ante el molesto zumbido de los mosquitos que revoloteaban alrededor de la oscura tienda. Las lágrimas caían de los ojos de Max: añoraba profundamente Riftan y echaba de menos el castillo de Calypse, pero fue ella quien decidió venir hasta allí. Como para recoger todos sus sentimientos en espiral, cerró los ojos con fuerza.

El día siguiente fue igual de agitado. Antes incluso de que saliera el sol, salió de la tienda para lavarse la cara en el arroyo cercano y se dirigió directamente a la improvisada enfermería. Había acampados un total de trescientos hombres heridos, y solo había cinco sacerdotes de alto rango capaces de utilizar la magia curativa divina. Debido a la escasez, los sacerdotes solo se centraron en tratar a los que se encontraban en estado crítico. Los demás debían recuperarse de forma natural con el tiempo y quedaban al cuidado de las sacerdotisas. Una vez confirmaron que uno de los heridos había muerto durante la noche, se dirigieron a la tienda de almacenamiento principal para preparar hierbas medicinales. El sacerdote que supervisaba las hierbas les entregó una tabla plana de madera del tamaño de la palma de la mano y les dio instrucciones.

—Por lo que vimos ayer, la mayoría de los pacientes sufren fracturas óseas. Como no pueden moverse bien, las sacerdotisas tendréis que ayudarles desde a comer hasta a lavarse. Debéis vigilar cuidadosamente su estado desde la mañana hasta la noche e informarme inmediatamente si alguno pierde el conocimiento o desarrolla fiebre.

Max escuchó atentamente mientras el sacerdote seguía hablando apresuradamente.

—Prestad especial atención a aquellos pacientes cuyas heridas aún sangran. Debéis comprobar si sus heridas tienen pus o gusanos, debéis preparar una medicina desintoxicante y dársela tres veces al día. Además, asegúraos de que sus manos y pies estén siempre limpios y cambiadles las vendas al menos una vez cada tres días. Las hierbas y la leña están disponibles aquí, en la tienda de almacenamiento principal, puedes coger todas las que necesites cada día.

Cuando el sacerdote terminó, los dividió en seis grupos, cada grupo formado por siete sacerdotisas. Cada grupo supervisaba a cuarenta pacientes. Afortunadamente, Max e Idcilla fueron asignados al mismo grupo.

—He oído que la mayoría de las sacerdotisas solo saben lo básico de la curación. Si tienen alguna pregunta, no duden en venir y preguntar enseguida. Estaré cerca de las puertas del norte.

Cuando los sacerdotes abandonaron la tienda, las sacerdotisas empezaron a repartirse las tareas. Por cada grupo, dos se turnarían para vigilar a los pacientes, mientras que las otras cinco prepararían la comida y buscarían agua. Max fue con otras dos sacerdotisas a sacar agua del pozo. La tarea parecía sencilla, pero proporcionar constantemente agua potable, hervir hierbas y limpiar no era tan fácil. Tenían que preparar medicinas para cuarenta hombres, darles el desayuno y otras dos comidas, lavarles las manos y los pies, limpiarles el pus de las heridas y vendarlas con tiritas y vendas nuevas. Después, aún tenían que cuidar de los caballos y preparar comida para los demás soldados de la fortaleza.

Cada día pasaba ante ellos en un instante, como si el tiempo avanzara deprisa. Poco a poco, Max se fue acostumbrando al duro trabajo. Aunque era mucho más duro de lo que había esperado, no le importaba y no se quejaba de ello. Le dolía tanto el corazón al ver a hombres que podían quedar lisiados para siempre por luchar contra monstruos, que sentía pena por no poder ayudarles más. Si pudiera, querría curar a todos y cada uno de ellos con su magia curativa. Sin embargo, eso era un sueño lejano, dada su limitada reserva de maná. Incluso aplicarla a solo tres o cuatro personas al día agotaba su energía hasta el punto de que no podía ocuparse del resto de sus tareas. Al final, Max decidió abstenerse de usar la magia en la medida de lo posible. En una situación en la que era responsable de docenas de hombres, no podía volcarlo todo en unos pocos.

Cuidaba meticulosamente las heridas de los pacientes que tenía asignados y calmaba sus dolores ofreciéndoles infusiones analgésicas cada hora. Era otro día ajetreado cuando Idcilla le hizo una seña en secreto.

—Señora.

Max estaba preparando un medicamento, pero dejó de hacerlo y miró. Idcilla tenía un dedo contra sus labios y la instó a salir en silencio. Miró un momento a su alrededor, confundida y luego siguió a la chica fuera de la tienda. Los sofocantes rayos del sol de verano le atravesaron los ojos. Max se detuvo un momento para restregarse el sudor de la frente y la nariz e Idcilla se impacientó y agitó la mano, instándola a darse prisa.

—Por aquí.

Idcilla se escabulló por el campamento y detuvo sus pasos cuando llegaron al muro de la fortaleza. Se escondió detrás de un arbusto y tiró bruscamente de su brazo para que se escondiera con ella.

—E-Espera… ¿qué está pasando? —preguntó Max en un susurro mientras se inclinaba a su lado.

—Mira allí.

Idcilla señaló con el dedo por encima de los arbustos y Max pronto se dio cuenta de por qué la chica la llamaba. Docenas de caballeros se alineaban fuera de las puertas abiertas de par en par.

—Esos son los caballeros de Whedon. Están aquí para conseguir comida.

Idcilla le susurró al oído.

Los ojos de Max se abrieron de par en par. Tal como ella había dicho, las capas de los caballeros llevaban el escudo de Whedon. Su corazón comenzó a acelerarse al pensar que Riftan estaba entre ellos.

—Creo que se irán inmediatamente, en cuanto terminen de conseguir su provisión de comida.

—¿Inmediatamente?

Max preguntó con incredulidad e Idcilla asintió en respuesta.

—Ahora es tu única oportunidad de reunir noticias y detalles sobre los caballeros Remdragon. ¿Qué quieres hacer?

Max se mordió el labio inferior. Aunque Riftan no estuviera entre ellos, al menos podría saber cómo les iba a él y a los caballeros. Se cubrió la cara con la capucha y salió de detrás del arbusto.

—Iré y fingiré que solo estoy ayudando… Me aseguraré de que nadie me vea. Entonces tal vez pueda escuchar… las conversaciones de los ca-caballeros.

—Yo también voy.

Max negó con la cabeza.

—Si vamos las dos, se darán cuenta. Debes volver a la tienda Idcilla… antes de que los demás se enteren. Si escucho algo sobre los caballeros reales de Livadon te lo haré saber.

Idcilla pensó por un momento, luego asintió y se dio vuelta para irse, sabiendo que las palabras de Max tenían sentido. Se dirigió directamente hacia donde estaban los caballeros de Whedon y, al acercarse a sus barracones, oyó la voz hospitalaria del archiduque.

—Debe haber sido difícil llegar hasta aquí. Por favor, entrad. Tomad un descanso mientras los soldados cargan la comida en los carromatos.

Condujo a los caballeros de Whedon a los barracones mientras Max se escondía detrás de un carromato, viendo pasar a los caballeros uno a uno. Max asomó la cabeza, intentando echar un buen vistazo. Justo cuando estaba a punto de acercarse a uno de ellos para preguntarle por la situación en el frente, alguien conocido que cruzaba las puertas le llamó la atención de repente. Los ojos de Max se abrieron de par en par.

¿Sir Karon…?

Era Elliot Karon, que partió antes que ellos y quedó atrapado en Louiebell, y estaba entrando por las puertas del castillo con los demás soldados. Max sintió ganas de llorar al ver la cara que no había visto en meses. Oyó que Riftan había acudido al rescate con éxito, pero no sabía si alguno de ellos estaba gravemente herido y se preguntaba si todos los demás estarían ilesos. Se sentía como una caldera de agua hirviendo, deseando actuar por impulso y precipitarse hacia él para pedirle cualquier detalle o información, pero si la atrapaban ahora, probablemente se vería obligada a regresar a Levan. Con gran autocontrol, Max se agazapó detrás del carro, con cuidado de no ser descubierta. Sin embargo, se quedó inmóvil cuando vio que detrás de Sir Karon estaba Ruth.

Lo observó con cariño, al ver la cara de su amigo, al que no veía desde hacía meses. Oh, ¡cómo se preocupaba por aquel tipo molesto y sarcástico! El pelo canoso de Ruth había crecido un poco más que la última vez que lo vio, estaba desordenado y le llegaba hasta la nuca, había adelgazado, haciendo que su rostro, ya de por sí delgado, pareciera aún más flaco. Abrió mucho la boca para bostezar, parecía agotado como siempre, luego, se bajó del caballo. Max sonrió. Incluso desde la distancia, podía oír sus habituales refunfuños.

Tras dejar instrucciones a los caballeros, Ruth se dirigió hacia el pequeño arroyo cercano. Max dudó un momento, pero rápidamente decidió seguirle. Se acercó al arroyo, se arremangó y se salpicó la cara con el agua. Una vez que se aseguró de que no había nadie cerca, se acercó a él en silencio y se puso en cuclillas a su lado. Ruth no la reconoció de inmediato, pues tenía la cara cubierta de sudor, suciedad y vestía ropas raídas de sacerdotisa. Para él, parecía una sacerdotisa más que venía a buscar agua. Le lanzó una mirada desinteresada y luego fue a lavarse las manos y los pies manchados.

Max frunció el ceño y alargó la mano para tocarle el brazo. Sólo entonces sus ojos azul grisáceo se volvieron para verla con claridad. Sonrió torpemente a Ruth, que parpadeó mirándola con expresión inexpresiva.

—Ha… ha pasado tiempo, Ruth. Pareces estar bien… Me siento aliviada.

Cómo alcanzado por un rayo, el mago se irguió de inmediato y abrió la boca como si fuera a gritar en cualquier momento. Max se abalanzó sobre él como un conejo, tapándole rápidamente la boca para impedírselo. La acción hizo que el delgado cuerpo de Ruth cayera hacia atrás, pareciendo un espantapájaros y luego cayó directamente al arroyo con un chapoteo, salpicando agua por toda su túnica.

Max le miró con ojos suplicantes y le rogó desesperadamente.

—P-Por favor… no c-causes alboroto. N-Nadie sabe… que estoy aquí.

La miró con total incredulidad, y luego, al ver su túnica de sacerdotisa, volvió a abrir la boca.

A Ruth le tembló la mandíbula abierta de par en par. Luego se agarró la cabeza como si se estuviera mareando y escupió un montón de sandeces antes de decir algo por fin.

—He oído que te alojabas en el monasterio… ¿acaso te convertiste voluntariamente en sacerdotisa? ¿Y Sir Calypse?

—Q-Qué… ¿Qué estás diciendo? ¡Por supuesto que no!

Volvió a argumentar Max con voz chillona, y luego miró a su alrededor, sorprendida por su repentino arrebato. Los soldados que bajaban de la colina miraban su camino con interés.

—Me puse esta ropa… para infiltrarme en la unidad de apoyo. Ahora, trabajo como sanador aquí.

—¿Trabajas como sanador aquí…?

Como un loro amaestrado, Ruth repitió sus palabras.

Como no parecía estar en sus cabales, pensó seriamente en darle unos cuantos golpes en la cabeza.

—No tengo tiempo para explicártelo todo. Tengo que volver, pero antes… quiero saber qué está pasando. ¿Cómo está… ¿Ri-Riftan? ¿Están todos… ilesos? He oído que algunos tienen heridas graves…

—¡E-Espera un segundo! ¿Cómo iba a responder a eso cuando acabas de salir de la nada y me has preguntado cosas que querías saber? Dame un momento para aclarar mis ideas.

Ruth replicó en tono frustrado y saltó fuera del agua. Entonces él la escrutó de pies a cabeza con los ojos entrecerrados mientras se escurría el agua de la túnica. Consciente de su ropa vieja y sucia, su pelo enmarañado y su cara cubierta de sudor y tierra, las mejillas de Max enrojecieron bajo su mirada escrutadora.

Dejó escapar un largo gemido y se cubrió la cara con las manos.

—Dios mío… ¿Sabe el archiduque Aren que mi señora está haciendo esto?

Max se bajó la capucha a la cara mientras empezaba a murmurar.

—Ya te lo he dicho… nadie más sabe que estoy aquí.

Solo entonces Ruth pareció comprender por fin la totalidad de la situación.

—¡Si Sir Calypse se entera de esto, enloquecerá!

Asustada, Max alargó la mano para taparle la boca de nuevo.

—Por favor… baja el tono —imploró.

Ruth miró al cielo como si toda su paciencia estuviera a prueba y murmuró como si estuviera pidiendo una oración.

—¿Por qué demonios me haces esto? Si tanto miedo tienes de que te pillen, ¡tú también deberías haberte escondido desesperadamente de mí! No tenías por qué involucrarme en esto.

Max entrecerró los ojos ante sus absurdas palabras. Las lágrimas de alegría que estaba a punto de derramar por él se habían secado por completo.

—No nos hemos visto en tanto tiempo… ¿y eso es lo que me dices? He estado tan preocupada…

Ruth resopló en respuesta, su tono goteaba sarcasmo grosero.

—¿Esperabas que bailara feliz después de encontrarte en esta situación?

Max solo pudo levantar la barbilla para mostrar el enfado de su rostro.

—Me aseguraré de evitar… ¡evitarte Ruth! Por favor, dime qué está pasando en la zona de guerra… Hice todo este camino para saber… Tengo tanto trabajo que hacer, que no tengo mucho tiempo para averiguarlo.

—¡Así no es como funciona! No sé qué clase de plan urdiste para hacerte pasar por sacerdotisa e infiltrarte en la unidad de apoyo, pero ahora que sé que la señora está haciendo esto, ¡no puedo fingir ignorancia! Me has puesto en una situación muy difícil.

—¿Hay algún problema?

Max se estremeció y se quedó inmóvil cuando una voz desconocida se dirigió a ellos. Era un soldado con su caballo, comprobando el alboroto que estaba causando Ruth. Ella sacudió la cabeza, luego miró la expresión conflictiva del mago: el estúpido parecía que iba a delatarla. Apretó los ojos y juntó las manos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Entonces oyó un pequeño chasquido de lengua, seguido de la voz de Ruth.

—Aquí no hay problemas.

La tensión desapareció de sus hombros y soltó un largo suspiro de alivio cuando Ruth salió del arroyo y la miró con odio.

—¿En qué tienda te alojas?

—La del extremo este.

—De acuerdo. Iré a buscarte más tarde.

—N-No, no puedes. Podría levantar sospechas…

—Entonces tendrás que inventarte una buena excusa.

Le lanzó una mirada molesta y luego suspiró resignado.

 —Tengo que asistir a una reunión importante, así que ahora no tengo tiempo, pero iré a buscarte dentro de una hora o dos.

Sin esperar respuesta, Ruth subió la cuesta y salió de nuevo a la carretera de grava. Max vigiló su espalda mientras se alejaba de ella y luego regresó a la tienda. Idcilla, que la esperaba ansiosa, corrió hacia ella en cuanto entró en la tienda y le preguntó qué había averiguado.

—Más tarde… Te lo contaré todo.

Era la hora de distribuir la medicina y la tienda estaba abarrotada de otras sacerdotisas. Idcilla asintió en silencio, dándose cuenta de que no era el momento adecuado. Max se arremangó y se puso a trabajar de inmediato; sin embargo, no dejaba de mirar hacia la entrada cada pocos minutos.

¿Ha dicho que vendrá a buscarme dentro de una hora o dos? ¿Intentará convencerme de que vuelva a Levan?

Se sintió descontenta y un poco traicionada por la reacción de Ruth al verla allí. ¿No era él quien le había enseñado a curar con la medicina y la magia? Sin embargo, se dio cuenta de que él no estaba a favor de que ella trabajara allí como sanadora. Max se mordió el labio y empezó a sentirse cada vez más agitada. Si así reaccionaba él, no quería ni imaginarse cómo respondería Riftan si se enteraba. Se recogió nerviosamente el pelo en la capucha y recogió las medicinas que tenía que dar a los pacientes.

Como había prometido, Ruth se presentó en la tienda justo cuando ella empezaba a cambiar los vendajes de los heridos. Sus ojos se abrieron de par en par al verle entrar despreocupadamente en la tienda. Las demás sacerdotisas que atendían a los enfermos también lo miraron con recelo. Sin embargo, él permaneció tranquilo bajo sus inquisitivas miradas.

—Vengo a examinar el estado de los pacientes. Ignoradme y seguid con vuestro trabajo.

Fiel a sus palabras, comenzó a zigzaguear entre las camas y echó un vistazo a los heridos. Max le echó un vistazo, no podía adivinar lo que intentaba hacer. No fue hasta que Ruth revisó a todos los pacientes que por fin se volvió hacia el soldado al que estaba atendiendo. Abrió la boca para hablar mientras estudiaba el largo corte en el pecho del soldado.

—Sus puntos están muy bien hechos. Los hilos podrán salir en dos días como máximo.

Ella asintió, preguntándose adónde quería llegar con aquella fachada, pero Ruth se limitó a seguir examinando su trabajo práctico y le hizo un gesto con la mano, indicándole que continuara. Max aplicó con rigidez el yeso de hierbas a la herida y la vendó. Mirándola, habló en un tono exagerado que la hizo estremecerse ante sus escasas dotes interpretativas.

—Tienes unas habilidades excelentes. Me gustaría pedir consejo a esta sacerdotisa sobre técnicas de curación. ¿Podría dedicarme un momento de su tiempo?

Parpadeó, incapaz de creer que hasta ese punto llegara la capacidad interpretativa de Ruth; pero, por suerte, la gente a su alrededor parecía habérselo creído, sobre todo cuando otra joven sacerdotisa cercana intervino de repente.

—La hermana Max es la más hábil de nosotras. Lo sabe todo sobre hierbas medicinales y puede coser cualquier herida en un abrir y cerrar de ojos. Sin duda podrá ayudarte.

El repentino cumplido la hizo sonrojar, no tenía ni idea de que fuera tan apreciada por sus habilidades. Ruth la miró extrañada y luego habló en un tono educado que no le sentó nada bien.

—Eso me tranquiliza. Entonces, por favor, deme un momento de su tiempo.

—De acuerdo…

Max se disculpó ante el soldado herido, que hacía muecas ante la nueva sensación de escozor provocada por las hierbas medicinales de la escayola. Ruth la sacó inmediatamente de la tienda y se dirigió directamente a una zona poco ocupada. Sus ojos se movieron nerviosos ante el aura que emanaba. El mago caminó en silencio y se abrió paso a través del denso bosque. Tras asegurarse de que no había nadie más, volvió a mirarla.

—La señora no deja de sorprenderme cada vez. Cuando te conocí, ni en mis sueños más salvajes habría pensado que serías tan intrépida.

Max hizo un mohín ante las palabras de Ruth, que sonaban más bien como si estuviera reprendiendo a un niño.

 —Después de recibir la noticia de que la guerra se prolongaría… No podía quedarme sentada y esperar más. Si estuviera más cerca de la batalla… Pensé que al menos podría saber más de lo que está pasando…

—¿Así que usaste esta ropa raída y te colaste?

Ruth bajó la mirada hacia su túnica, que estaba llena de agujeros en las costuras de tanto avivar brasas con leña. Max sintió que le ardían las orejas de vergüenza por presentar un lado tan desagradable de sí misma, pero se lo quitó de encima rápidamente, fingiendo que no le importaba.

—¿Qué tiene de malo mi ropa? Esta ropa… no es nada de lo que avergonzarse. ¡Esto representa que estoy trabajando duro!

—No tengo intención de criticarte —dijo Ruth, y luego dejó escapar un largo suspiro—. Eres una sanadora con mucho talento. Viniendo a un lugar de conflicto y ofreciendo tus servicios a los necesitados, mereces ser alabada.

Sintiendo un momentáneo alivio ante tan inesperadas y sinceras palabras, Max sonrió un poco, pero fue sofocado rápidamente al continuar en tono firme y reprobatorio.

—Pero no puedo alabarte por ocultar tu identidad y colarte en la unidad de apoyo. El Gran Templo debe estar buscándola frenéticamente ahora, señora.

—¡Ya me he ocupado de eso! Dejé una carta diciendo que me estoy quedando en casa de un a-amigo, así que no te preocupes.

A pesar de tranquilizarlo, las arrugas de la cara de Ruth no desaparecieron.

—El día que se descubra el disfraz de la señora, se desatará el caos. El archiduque Aren estará muy avergonzado, y el señor Calypse estará furioso.

—Ofreceré una disculpa formal… más tarde.

Max echó el cuello hacia atrás como una tortuga cuando Ruth hurgó en su plan. Sacudió la cabeza y respiró hondo.

—Ni siquiera el archiduque habría imaginado jamás que la señora haría algo tan imprudente.

Ella tragó en seco ante su amargo tono de voz.

—¿Estás… pensando en enviarme de vuelta a Levan?.

El mago guardó silencio y Max lo miró inquieta como un criminal que espera su sentencia. Ruth se rascó el pelo alborotado y dejó escapar un gemido largo y doloroso.

—Si así fuera, ya habría informado al archiduque.

Ella sonrió de manera inconsciente al sentirse aliviada, pero eso pareció avivar aún más la irritación de él.

—No sonrías. El día que Lord Calypse se entere de esto, me arrancará la cabellera.

—Él… No se enterará. Ruth, ni siquiera tú me reconociste. Además, está tan lejos… Ri-Riftan no lo sabrá…

—No es tan sencillo. Tenemos previsto trasladar la unidad de apoyo a Etileno la semana que viene.

Los ojos de Max se abrieron de par en par ante la noticia.

—La reconquista de Etileno… ¿fue un éxito?

—Así es. A partir de ahora la utilizaremos como base para preparar la batalla final. Así que necesitamos toda la mano de obra, equipamiento y tropas en el frente para la guerra total.

—P-Pero… Todavía hay muchos que no se han recuperado. Si se les obliga a desplazarse, sus condiciones empeorarán…

—Por eso otro mago y yo nos quedaremos aquí para ayudar a su recuperación. Por lo que vi, no había ninguno con heridas graves. Lo que haremos es tenerlos recuperados en los próximos tres o cuatro días, lo suficiente para que se trasladen al castillo de Etileno sin ninguna dificultad.

A Max le atormentaban emociones contradictorias. Su corazón se agitaba al pensar que pronto volvería a ver a Riftan, pero al mismo tiempo se sentía pesada al saber que los hombres a los que cuidaba con tanta dedicación iban a ser sometidos a otra batalla. Mientras se perdía en su dilema interior, Ruth añadió rápidamente.

—Sinceramente, quiero enviar a la señora de vuelta a Levan ahora mismo si es posible, pero no puedo garantizar que el viaje de vuelta sea seguro. Sería mejor dirigirse hacia donde se concentran las fuerzas aliadas —dijo, mientras le lanzaba una mirada molesta.

 —Por favor, mantente alejado de Lord Calypse. Me duele la cabeza solo de pensar en el infierno en el que incurriría con todos nosotros.

—No te preocupes… Solo veré su cara de lejos.

—Mientras estés fuera de un radio de 50 madion (aproximadamente 1 km) de él, puedes observarlo todo el tiempo que quieras.

—¡No podré v-ver si está tan lejos!

—No te acerques más que eso. Sus cinco sentidos son más agudos que los de cualquier animal salvaje.

Max pensó que estaba exagerando. Hizo todo el camino hasta aquí sin que el archiduque se diera cuenta, nadie sospechaba de ella aparte de ser atrapada por Quahel Leon. Se sentía muy segura de sus habilidades de sigilo.

—No te preocupes. Aunque me pillen… No te meteré en problemas, Ruth. Entonces, por favor, cuéntame cómo está la situación ahora mismo. He oído que algunos de los caballeros Remdragón resultaron heridos… ¿fueron heridos de gravedad?

—Sir Nirta se hirió el hombro luchando contra un hombre lagarto —explicó Ruth, y su oscuro rostro se ensombreció poco a poco al recordarlo—. La herida no es grave… pero como el hombre lagarto lanzó una maldición en su ataque, su herida no desaparecería con magia curativa. La magia de los monstruos es diferente a la de los humanos, así que es difícil romperla.

 

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