Traducido por Tsunai
Editado por YukiroSaori y YukiroSaori
Al enterarse de la herida de Hebaron, los ojos de Max se abrieron de golpe. Solo oír hablar de la maldición del monstruo ya era terrible de por sí.
—Entonces… ¿no hay forma de curar la herida?
—La magia divina podría funcionar.
Ruth respondió frunciendo el ceño mientras se rascaba el pelo revuelto.
—No te preocupes demasiado por ello. Los caballeros Remdragon ya habrán llegado a Etileno y el sumo sacerdote de allí se encargará de Sir Nirta.
—¿Y los demás? ¿Están bien? Riftan…
—Sir Calypse es tan robusto que estoy considerando tenerlo atado. Los demás están bien.
La cortó y contestó en tono seco, pero Max estaba ansiosa por conocer los detalles.
—C-Cuando me enteré de que tú y todos los demás estaban atrapados en Louiebell… me preocupé mucho. Cómo estaban todos allí, atrapados durante cuántos meses…
—Me gustaría explicártelo con más detalle, pero no hay mucho tiempo. —Ruth la giró hacia los barracones con una dura expresión—. Los caballeros partirán pronto con las tropas reunidas y todavía hay muchas cosas que discutir antes de que se vayan.
—Ca- Sir Caron… ¿se quedará aquí también?
—No, solo nos quedaremos un mago real de Whedon y yo.
Ruth se masajeó las sienes para calmar su creciente dolor de cabeza.
—Si Sir Caron se entera de esto, seguro que insistirá en llevarse a la señora de vuelta a Levan, cueste lo que cueste. Entonces, hasta que se vayan, intenta mantenerte fuera de su vista.
Max asintió con determinación.
—Lo entiendo. Hasta que las tropas de Whedon se vayan… no saldré de mi p-puesto.
De repente Ruth se giró para mirarla de manera penetrante.
—¿De verdad puedes vivir en tan malas condiciones?
—No es ningún problema. Todas las demás sacerdotisas pueden hacerlo… y yo también.
Ruth parecía complicado mientras él recorría con la mirada sus ropas desordenadas y harapientas.
—Pero, mi señora es…
Quiso seguir comentando, pero se calló. Volvió a estudiar su aspecto de la cabeza a los pies con una ligera complejidad en el rostro antes de volver a hablar.
—Supongo que sí, nadie se daría cuenta de que eres la hija de un duque con ese aspecto.
Max contempló las palabras de Ruth durante un momento, intentando averiguar si la estaba insultando o halagando, pero el mago se dio la vuelta para marcharse antes de que ella pudiera decir nada.
—Entonces, vendré a verte de nuevo después de que los caballeros se vayan. Hasta entonces, no salgas de tu tienda si es posible.
Le advirtió severamente mientras se alejaba entre los árboles, dejando a Max enfurruñada en su camino de regreso a su tienda.
♦♦♦
Los caballeros de Whedon se marcharon con un puñado de soldados y carros cargados de comida y provisiones. En cuanto se marcharon, Ruth se dispuso inmediatamente a atender a los heridos y un apuesto mago llamado Veyron también prestó su ayuda. Primero se dirigieron a los que tenían heridas graves y les aplicaron magia curativa y luego, administraron poción de mandrágora a los que se encontraban en mejor estado. Los sacerdotes también utilizaron su magia divina para curar las heridas de los soldados.
Al ver esto, Max se sintió increíblemente inepta. Se había partido el lomo trabajando, hirviendo hierbas, haciendo apositos, aplicando cataplasmas y exprimiendo el pus amarillo todos los días en un intento de curar a los hombres caídos. Sin embargo, en solo medio día después de que Ruth se incorporara, un tercio de los pacientes se había recuperado por completo. Ruth, el mago, no pudo evitar reírse a su costa, al ver el abatimiento que se reflejaba en su rostro.
—Soy uno de los diez mejores magos de Occidente. Es un insulto compararme con una cría que acaba de empezar a aprender magia —dijo en tono descarado—. Deja de hacerte la miserable con esas comparaciones sin sentido. La señora hizo lo que pudo. Si no fuera por ti y por las otras sacerdotisas, la mitad de ellos ya habrían muerto. Todos están estables y vivos gracias a ti.
A pesar de su intento de consolarla, Max no se sintió mejor. Deseaba que aunque no pudiera ser tan hábil como Ruth, al menos pudiera tener una reserva de maná más grande que no se agotara tan fácilmente. Mientras tanto, tuvo que ayudar a enterrar a seis soldados que parecían estar mejorando, pero que aparecieron muertos a la mañana siguiente. No podía hacer nada: cuando llegó hasta ellos, ya habían dejado de respirar durante la noche. Sin embargo, no pudo evitar sentirse culpable.
Si hubiera usado su magia el día anterior, quizá todos habrían sobrevivido.
Hirviendo de frustración por su propia incompetencia, Max enterró a un soldado de dieciocho años en un rincón apartado de la fortaleza en ruinas con una solemne pesadumbre en el corazón. Mientras removía la tierra sobre el cuerpo del muchacho, recordó las palabras de Medrick, que la vida de un sanador estará llena de frustraciones y sufrimientos.
—¿Hay… una manera de aumentar m-mana… en poco tiempo?
Sobre una gran olla de agua hirviendo, Max y Ruth machacaron raíces de mandrágora, hierbas y miel. El hombre, que acababa de cazar un puñado de lagartos morados, la miró cuando ella formuló la pregunta y ella añadió en un tono ligeramente más suave, intentando no revelar su desesperación.
—Si mi reserva de m-maná aumenta… podré ayudar más.
—Ya estás ayudando mucho.
Max frunció el ceño ante su seca respuesta.
—Por favor, escucha mis palabras con sinceridad. Si mejoro con la magia… también ayudará a reducir tu carga, Ruth.
—Señora.
Ruth respondió con una mirada aburrida mientras extraía la sustancia viscosa de la piel de los lagartos en un pequeño frasco de cristal.
—Ya estás mostrando un progreso asombroso. No te precipites demasiado. Se necesita tiempo para que una reserva de maná crezca y apresurarse solo forzará tu cuerpo.
Pero Max no iba a rendirse ahí. Le insistió tenazmente con sus preguntas.
—A-Aún… ¿Hay alguna técnica o entrenamiento especial… que utilicen los magos de la torre de los magos?
Justo cuando Ruth frunció el ceño y estaba a punto de sermonearla de nuevo, la sacerdotisa llamada Nora, con la que Max se había familiarizado, entró en la tienda y corrió hacia Max.
—Hermana Max, creo que la herida de Sir Lloyd se ha reabierto. ¿Podría echarle un vistazo?
Max dejó rápidamente a un lado el frasco que tenía en la mano y siguió a la sacerdotisa. La tienda que albergaba a los enfermos y heridos olía a pus y sangre, salados por el húmedo calor del verano. Incluso con la diligente limpieza diaria y el baño de los pacientes, el olor de los enfermos no desaparecía. Mientras caminaban hacia la esquina de la gran tienda, vio una gran mancha de sangre que se acumulaba en la espalda del soldado. Max se inclinó y examinó la herida y frunció el ceño ante lo que vio: los puntos se habían abierto debido a que el soldado se había forzado a mover el cuerpo. Miró al soldado con ojos de regaño.
—Te lo dije… no deberías moverte todavía.
—Pensé que estaría bien, ya que me he sentido mucho mejor.
Murmuró el hombre con cara apenada. Con un paño limpio, Max limpió cuidadosamente la sangre de la herida. Ruth, que la seguía, la miró por encima de los hombros y luego tomó asiento a su lado, apartándola suavemente.
—Por favor, pásame las pinzas. Sería mejor quitar el resto de los puntos y curarlo con magia que volver a coserlo.
—T-Tú ya has curado… a dieciséis personas con magia hoy.
—No te preocupes. Aún me queda suficiente maná. ¿Podrías traer más paños limpios y un pequeño par de pinzas?
Siguiendo sus instrucciones, la sacerdotisa fue inmediatamente y trajo paños, tijeras y pinzas. Ruth retiró meticulosamente los hilos ensangrentados cosidos en la herida y a continuación, lanzó hábilmente un hechizo curativo. La herida desapareció sin dejar rastro y el soldado, que llevaba semanas postrado en la cama boca abajo, se levantó de un salto y se agarró a las manos de Ruth.
—¡Muchas gracias, mago! Nunca olvidaré esta gracia.
Ruth se levantó de su asiento e hizo un gesto al soldado para que se fuera como si estuviera molesto. Aunque dijo que estaba bien, Max pudo ver lo cansado que estaba mientras lo seguía afuera. Ella sabía por experiencia lo pesado que era agotar la energía mágica de uno. Temiendo que se desplomara en cualquier momento, Max se acercó al mago.
—¿Es demasiado?
—Estoy bien. Solo un día de descanso y estaré totalmente recuperado.
Ruth se frotó la cara sudorosa con agua fría y Max le tendió una toalla limpia. Se limpió la cara y luego dejó escapar un largo suspiro.
—¿Cuántos hombres más que no podían moverse bien quedan?
—Veinte… no, quedan unos dieciocho.
—Entonces podemos prepararnos para partir mañana.
Mirando la tienda llena de hombres heridos, Max no pudo evitar tener una sensación de oscuridad y pesadez ante la perspectiva. Aunque la mayoría se habían recuperado, se habían debilitado debido al prolongado reposo en cama en condiciones deplorables. Le preocupaba enormemente que tuvieran que soportar otro difícil viaje tan pronto después de recuperarse.
—¿Cuánto tardaremos… en llegar a Etileno desde aquí?
—A caballo, sin descanso, alrededor de un día. Pero para mover a un gran número de personas como éste, llevará mucho más tiempo.
Max tragó saliva nerviosa. En unos tres días, podría ver a Riftan. Su corazón latía tan frenéticamente de anticipación, que no pudo evitar revelarlo en su rostro. Solo habían estado separados unos meses, pero a ella le parecían años.
—No será tan sencillo.
Al ver que el rubor se extendía por sus mejillas, Ruth la sacó sin contemplaciones de su ensoñación.
—Es muy probable que nos ataquen kobolds persistentes o Goblins guerreros por el camino. Los monstruos seguramente tendrán como objetivo nuestro suministro de comida y armas. Será como un viaje caminando sobre una delgada capa de hielo.
—P-Pero… los caballeros sagrados… y los caballeros del gran duque Aren… son todos altamente h-hábiles… así que, debería estar bien, ¿verdad?
—Incluso con ellos, es difícil de decir. Seguir la pista y proteger a un enorme grupo de personas y grandes cantidades de suministros… Dudo que podamos salir ilesos…
Ruth murmuró amargamente en voz baja, pero rápidamente cerró la boca al ver que el rostro de Max palidecía rápidamente. Suspiró y se rascó la nuca.
—Parece que te he preocupado con mis palabras. Lo que quería decir es que nunca está de más estar alerta. Ten siempre preparada tu magia defensiva y mantente lo más cerca posible de mí.
Con el rostro tenso, Max asintió con feroz determinación mezclada con miedo. Ruth pronto la dejó para atender a los otros soldados y ella se dedicó a preparar suministros de emergencia para distraer su acelerado corazón alimentado por el miedo.
Por fin llegó el día en que partirían hacia Etileno. Las sacerdotisas se levantaron al amanecer para empezar a empaquetar y ayudar a los pacientes a subir a los carromatos. Después de cargar todas las hierbas y artículos de primera necesidad, ayudaron a los soldados a desmontar los barracones. Max sudaba copiosamente mientras hacía varios viajes de ida y vuelta entre los barracones y los carromatos, transportando pesadas cargas en cada viaje. Tras tres o cuatro horas de duro trabajo, por fin estaban listos para partir y las sacerdotisas apenas consiguieron subir a los carruajes que les habían asignado. Ruth quería viajar en el mismo carruaje que ella, pero todas las sacerdotisas se oponían a su presencia en un carruaje de mujeres, así que no tuvo más remedio que viajar con los sacerdotes.
Como no se sentía a gusto dejando sola a Max, la regañó implacablemente.
—Ahora que la señora es una sacerdotisa, ningún caballero o soldado arriesgará su vida para protegerte. No debes cometer ninguna imprudencia. Si algo sale mal, ven a mí inmediatamente.
Después de verter un sinfín de promesas y garantías, Max consiguió por fin que cediera y la dejara en paz. Se sentó junto a Idcilla y en secreto buscó la daga escondida bajo su túnica. Aún no estaba segura de sí podría usarla o no, pero tenerla cerca la reconfortaba. Max solo podía esperar que no ocurriera nada que la obligará a usarla. Mirando por la ventana, vio que los caballeros estaban alineados a ambos lados de los carros y carretas. Después de que la retaguardia de la larga procesión atravesara las puertas de la ruinosa fortaleza de Servyn, empezaron a acelerar el paso. Una vez más, tuvo que agarrarse para no caer en el violento balanceo de la carreta. Era difícil quedarse quieta cuando todos estaban tan agotados.
—Lo siento… pero ¿puedo apoyarme un poco en ti? Me duele mucho la espalda…
Preguntó Idcilla con expresión de disculpa.
—Por supuesto. Puedes apoyarte en mí cómodamente.
La muchacha se inclinó más y apoyó la cabeza en el hombro de Max con gratitud. En los últimos días, Idcilla había adelgazado notablemente, pero era de esperar: lo único que comían eran las migajas de comida que dejaban caballeros, sacerdotes y soldados, mientras trabajaban como mulas de sol a sol. Mirando su propia figura, Max se dio cuenta de que sus brazos y piernas parecían un poco más musculosos por el duro trabajo, pero su cuerpo había adelgazado. Imaginaba en su mente hogazas de pasteles mantecosos, estofado de oca y tartas rellenas de carne de cordero o mermelada dulce.
Al final de esta guerra, quería volver a casa con Riftan y celebrar un banquete de un mes en el que comería de la mañana a la noche. Estaba segura de que ahora podría comerse un pollo entero ella sola. Max estaba completamente inmersa en el maravilloso sueño mientras ella se tambaleaba en el agresivo carro basculante. Contrariamente a sus expectativas, la expedición avanzó hacia Etileno sin ninguna dificultad. Consiguieron viajar medio día sin descanso. Cuando llegaron a una zona boscosa, hicieron un rápido descanso, comieron y volvieron a ponerse en marcha inmediatamente.
No se detuvieron a acampar en un descampado hasta que todos estaban casi sordos por el traqueteo de los carromatos. Después de que las sacerdotisas revisaran a los heridos junto con los sacerdotes, Max cenó y durmió sobre la hierba. Al día siguiente, incluso antes del amanecer, volvieron a ponerse en marcha. Fue al tercer día cuando la procesión se detuvo de repente. Max, que había estado dormitando mientras ella e Idcilla se apoyaban la una en la otra, se despertó con el violento traqueteo del carruaje. Se preguntó si tal vez habían llegado, pero al mirar por la ventana, su entorno era un campo vacío sin un solo árbol.
Con cara de confusión, Max asomó la cabeza por la ventanilla y a duras penas consiguió reprimir sus gritos. En el frente, soldados y caballeros luchaban contra monstruos rojos.
—¡Estamos siendo atacados por goblins guerreros! No salgáis hasta que termine la batalla.
Un caballero, que la vio, le gritó enfadado que volviera dentro. Ella se apresuró a meter la cabeza de nuevo en el carruaje. Todas las sacerdotisas se aferraron unas a otras, con los rostros llenos de miedo. Idcilla también se aferró a Max, que inconscientemente la abrazó por la espalda mientras sus ojos iban y venían inquietos. Se preguntaba si realmente estaba bien no hacer nada y quedarse quieta.
Estaba empezando a inquietarse cuando, de repente, el estruendoso golpeteo de los cascos de los caballos resonó a su alrededor antes de que todo quedara en un silencio sepulcral. Max esperaba noticias o un grito del exterior; cualquier cosa que les hiciera saber lo sucedido, pero el coche se sacudió y empezó a rodar de nuevo, como si no hubiera ocurrido ninguna batalla.
—¿Ha terminado el asalto?
—Parece que sí…
Antes de que Max pudiera intervenir, Idcilla abrió la ventanilla y preguntó al soldado que montaba a caballo junto a ellos.
—¿Qué ha pasado? ¿Ha terminado la batalla?
—Se acabó en un abrir y cerrar de ojos.
El soldado hinchó el pecho con orgullo.
—Gracias a los caballeros Remdragón, que montaban guardia cerca, consiguieron acabar con todos los monstruos sin recibir mucho daño. Con dos encarnaciones de Uigru acompañándonos aquí, no hay de qué preocuparse.
Todo el cuerpo de Max se puso rígido. Idcilla miró a Max, que se había puesto rígida de repente y luego se volvió hacia el soldado.
—¿Estás diciendo que lord Calypse de Whedon está aquí?
—Así es. Estaban explorando los alrededores de Etileno en previsión de nuestra llegada y vinieron en nuestra ayuda justo a tiempo.
Respondió el soldado en un tono como si estuviera un poco molesto, pero respondió a la pregunta.
—Podemos llegar al castillo de Etileno en unas dos horas. Los caballeros Remdragón y los caballeros Sagrados os protegerán, así que podéis estar tranquilas.
—¿Está lord Calypse cabalgando delante nuestra ahora?
Idcilla asomó la cabeza por la ventana para mirar al frente. Max necesitó toda su fuerza de voluntad para no seguir el ejemplo de Idcilla y asomar también la cabeza.
—Lord Calypse está al frente. Ahora deja de hacer preguntas y quédate dentro.
Haciendo un mohín al hombre enfadado, Idcilla volvió a meter la cabeza en el carruaje y se sentó. Max tiró impacientemente de la túnica de la muchacha y le susurró al oído.
—¿Le… le has visto?
Idcilla negó lentamente con la cabeza.
—No, está demasiado lejos.
Max se mordió los labios secos mientras se sentaba tensa en su asiento. Su cuerpo se sentía apuñalado por la tensión que se acumulaba dentro de ella sabiendo que Riftan estaba a solo unos pasos. Él nunca la perdonaría si descubría su desobediencia y que había llegado voluntariamente al meollo del conflicto. Quizás, esta vez si podría terminar por decepcionarlo.
Se metió las sudorosas manos en el bolsillo y cogió la moneda de cobre que le había dejado. Se le secó la garganta ante la temerosa expectativa de que Riftan abriera la puerta del carromato justo en ese momento para encontrarla. En el tenso silencio, el estómago de Max se retorció de náuseas mientras se removía rígidamente en su asiento. Sonó el fuerte sonido de un cuerno y el traqueteo del carro se redujo notablemente. Max estaba tan asustada que ni siquiera pudo mirar para ver qué ocurría fuera y encorvó los hombros. En su lugar, Idilla se asomó cautelosamente a la ventana. De repente, una exclamación ansiosa salió de sus labios.
—Vaya, nunca había visto un muro de piedra tan grande.
Incapaz de vencer su curiosidad, Max oculto con mayor profundidad la cara con la capucha y miró rápidamente hacia fuera: una gigantesca pared gris de roca se extendía hacia arriba como si estuvieran a punto de alcanzar los cielos. Se quedó con la boca abierta ante la increíble visión. Idcilla tenía razón, realmente era increíblemente alta y enorme. El enorme muro estaba construido con rocas grises y blancas apiladas para formar la entrada a Etileno y bajo él había unos sólidos cimientos que parecían haber sido tallados en piedra. Los ojos de Max siguieron el muro hasta la empinada cima, que parecía que iba a caer en cualquier momento.
—Parece que se va a derrumbar de repente.
—Ese muro de roca es el guardián de Etileno, ha sobrevivido a los brutales vientos del norte y a las invasiones enemigas. No tienes que preocuparte por nada.
Explicó orgullosa la sacerdotisa, Nora, que estaba sentada frente a ella, y Max la miró interrogante.
—¿Has estado en Etileno… antes?
—Este es mi pueblo natal. Viví aquí antes de trasladarme a Levan.
Nora miró por la ventana con expresión sombría.
—Me sorprendí mucho cuando oí la noticia de que había sido invadido por monstruos. Pensaba que éste era el lugar más seguro del mundo, al estar rodeado de altísimas rocas por todos lados; todo el mundo creía que era una fortaleza impenetrable.
—No hay lugar en el mundo que no sea impenetrable…
Idcilla murmuró siniestramente, y Nora no pudo evitar estar de acuerdo con su cinismo.
—Tal vez cayó debido a ese pensamiento descuidado.
Max no podía apartar los ojos del muro mientras se acercaban a las puertas. Como dijo Nora, la magnífica fortaleza enclavada entre muros montañosos hechos de piedras parecía realmente impenetrable. Le hizo preguntarse cómo demonios se las habían arreglado los caballeros y soldados para reclamar esta tierra a los monstruos. De repente, la familiar armadura gris oscura de los caballeros del Remdragón apareció a la vista, y Max salió rápidamente de su estupor y se arrastró hacia el interior.
Sir Gabel Laxion estaba inspeccionando todos los carros que pasaban por las puertas de la ciudad y ella no pudo evitar que el sudor frío le empapara la espalda. Cuando por fin llegó el turno de que las sacerdotisas entrarán, Max se agachó todo lo posible y se colocó la capucha sobre la cabeza tan profundamente que le cubrió toda la cara. Uno de los soldados abrió la puerta de los carruajes y echó un vistazo al interior. El cochero, por su parte, explicó su carga en tono cortés.
—Estas son sacerdotisas del gran templo que han venido a atender a los heridos.
Max ni siquiera se atrevía a mover un dedo por miedo a atraer la atención de algún soldado. Después de un sofocante momento, que sintió como horas de agonizante ansiedad, la tranquila voz de Gabel habló.
—Todo bien. Que pasen.
Cuando la puerta se cerró y el carro comenzó a moverse de nuevo, Max soltó inmediatamente la respiración que estaba conteniendo, los hombros de Idcilla se relajaron tanto como si ella misma hubiera estado conteniendo la tensión. Sin embargo, no era tranquilizador haber atravesado las puertas. Probablemente, los caballeros del Remdragón estaban deambulando por toda la ciudad en ruinas y, tras bajarse, las escoltarían hasta sus barracones. Sintiendo que pisaba una fina capa de hielo, Max se mordió el labio mientras su interminable agitación volvía a aumentar.
Incluso después de atravesar las puertas, el carro continuó moviéndose durante unos diez minutos más antes de detenerse finalmente.
—Hemos llegado. Pueden salir.
Un soldado abrió la puerta y Max titubeó, no abandonó el carro hasta ser la última.
En el exterior, una bandera triangular ondeaba al viento y docenas de barracones estaban por todas partes, con soldados corriendo muy ocupados entre ellos, llevando suministros y recados para los caballeros. Sus ojos se desorbitaron confundidos; el castillo de Etileno era varias docenas de veces más ajetreado que el de Servyn. Hombres con armaduras coronadas con emblemas desconocidos pululaban por todas partes. Oía palabrotas por todos los rincones, sonidos de metales chocando y gritos de ganado.
Max miraba permanentemente a su alrededor y su energía se consumía lentamente. Además, aún tenía un nudo en el estómago por la idea de que Riftan la descubriera, pero tampoco podía superar su deseo de verle. Miró a los caballeros que montaban a caballo uno por uno, esperando encontrarlo entre el mar de hombres, cuando de repente, alguien la agarró bruscamente del brazo y la apartó. Max apenas pudo contener un grito.
—¡R-Ruth! Me has asustado.
—Deja de mirar así. ¿Quieres que Lord Calypse te encuentre?
La empujó detrás de un barracón y la regañó.
—Lord Calypse está hablando con el gran duque. Debes ocultarte de su mirada cuando realicen una inspección.
—No tienes que estar tan tenso… No me atraparán. Ni siquiera Sir Laxion se fijó en mí. Riftan nunca pensaría que estoy aquí.
—Realmente no estoy de humor para una escapada en este momento
Murmuró Ruth molesto.
—¿No sabes que sus sentidos son muy particulares cuando se trata de la señora? Personalmente, prefiero no tenerlo todo patas arriba.
Él gimió y luego se alejó apresuradamente, haciéndole señas para que lo siguiera. Max no pudo evitar sentir pena por seguir lanzando miradas de un lado a otro. Volvió la vista atrás con la esperanza de verle, pero desistió a regañadientes y siguió a Ruth. Aunque no pudiera verle ahora, habría más oportunidades en el futuro ahora que estaban en el mismo lugar.
Como si tratara de esconder un árbol en un bosque, Ruth la empujó apresuradamente hacia el grupo de sacerdotisas y luego las condujo a un lugar alejado de los barracones de los caballeros.
—Las sacerdotisas se alojarán aquí.
El mago señaló un barracón grande y de aspecto limpio que había a un lado y casi irrumpieron en la tienda con entusiasmo. Comparado con las pequeñas viviendas del castillo de Servyn, este lugar era como un palacio. Había camas y tabiques instalados, incluso tenían un espacio personal dos veces mayor para moverse. Todas suspiraron aliviados al saber que ya no tendrían que dormir en una tienda húmeda.
—Los heridos serán llevados a los barracones de al lado. Si el estado de alguien empeora, por favor, informen a uno de nosotros inmediatamente.
Cuando empezaron a deshacer sus maletas, Ruth, con mirada solemne, continuó.
—En el futuro, después de cada batalla, grande o pequeña, empezarán a amontonarse docenas de heridos. Estén siempre preparadas para las emergencias, tengan siempre a mano suministros de socorro y agua caliente. El pozo está a unos 5 minutos. También hay un almacén detrás de los barracones donde puedes conseguir más hierbas. Así que en caso de emergencia, debes inmediatamente…
—Aquí estás.
Una gruesa voz de barítono le cortó bruscamente. Los hombros de Ruth se tensaron y Max sintió que su corazón se congelaba como si hubiera dejado de latir. Fue él quien primero se recuperó de la conmoción y lanzó a Max la mirada más intimidatoria que pudo reunir, luego se volvió hacia el hombre grande como si le impidiera entrar en la tienda.
—Lord C-Calypse, ¿qué ocurre?
Apretó la mandíbula con fuerza e hizo todo lo posible para que pareciera que estaba desempacando y organizando sus cosas, pero las habilidades de actuación de Ruth en situaciones normales eran realmente terribles.
—Te estaba buscando, es por la herida de Hebaron. ¿Por qué estás aquí en vez de venir directamente a mi cuartel general?
Ruth rió con demasiada torpeza ante las palabras escépticas de Riftan.
—Aquí… Estaba dando instrucciones a las sacerdotisas sobre sus deberes.
—¿Sacerdotisas?
—Son sacerdotisas del gran templo, vinieron aquí para atender a los heridos.
—Del gran templo…
Max tembló de miedo y anhelo ante aquella voz tranquilizadora que no había oído en meses. De no ser por los torpes modales de Ruth en ese preciso momento, habría cedido a su impulso y ya habría corrido hacia Riftan.
—¡De todos modos! Me preocupa cómo está Sir Nirta. Los sacerdotes se ocuparán de las cosas aquí, apresurémonos a ver a Sir Nirta. ¿Cómo está su condición? ¿No está mejorando?
De algún modo, la terrible actuación de Ruth consiguió distraer la atención de Riftan y tras unos momentos de silencio que le dejaron sin aliento, su atención volvió milagrosamente a Hebaron.
—El Sumo Sacerdote está haciendo todo lo que puede, pero aún no hay mejoría. Probablemente sea más rápido encontrar una cura por ti mismo.
—Cielos, parece que los caballeros Remdragon no pudieron mantenerse unidos ni por un segundo sin mí. Supongo que no se puede evitar. Bien, ahora, vamos a ver a Sir Nirta.
Ruth hablaba en un tono con demasiadas palabras sin sentido y exagerado, hasta el punto de que Max estaba segura de que Riftan se enteraría de todo, pero por suerte permitió que Ruth le llevará lejos de la tienda. Mantuvo los oídos bien abiertos, asegurándose de que ya no podía oír la voz de Riftan, antes de salir corriendo del barracón.
Cuando salió, Riftan ya estaba enterrado en un mar de gente. Incapaz de controlar su ímpetu, se tapó la cara con la capucha y lo persiguió como si la arrastrara una cuerda invisible. A lo lejos, pudo verle saltar por encima de Talon y cabalgar lentamente, junto al mago, hacia una zona donde se levantaban varios barracones grandes.
Max se agachó rápidamente detrás de un árbol y miró tras el grueso tronco. Solo lo vio durante un segundo. Y en ese segundo, aunque estaba tan lejos, Max sintió que el corazón se le encogía dolorosamente de añoranza. Después de unos meses sin verle, parecía mucho más digno de lo que ella recordaba, totalmente majestuoso e impresionantemente guapo. Aunque desde su punto de vista él ya no estaba, ella se quedó atónita durante un rato más.
