Crié a un sirviente obsesivo – Capítulo 25: Las dificultades iniciales de convertirse en adulto (7)

Traducido por Melin Ithil

Editado por Lugiia


Al igual que cuando Dave miró sus talentos hace unos meses, una luz brillante que provenía de las manos del profesor Hutson comenzó a barrer el cuerpo de Raynard desde su brazo.

Temblando su cuerpo con una cara llena de disgusto, el niño le susurró a Yurina:

—A pesar de que es la segunda vez, no me acostumbro a esta sensación.

Cuando le había preguntado cómo se sentía, lo había descrito como si una pluma le hiciera cosquillas por todo el cuerpo.

Una vez que la luz se desvaneció, al haber terminado de recorrer todo su cuerpo, el profesor sostuvo la mano de Raynard con fuerza, con un rostro reluciente ante la codicia, tal y como había hecho Dave.

—He estado enseñando durante más de diez años y he conocido muchos estudiantes talentosos, ¡pero nunca antes había visto a nadie así!

—Entonces, ¿puede ingresar a la Academia sin tomar el examen?

El profesor asintió con fuerza a la pregunta de Dave.

—¡Por supuesto! ¡Está más que aprobado! Ni siquiera necesita pasar por una entrevista. ¿Por qué no va a la Academia de inmediato?

Incluso aunque dijo que no se sentiría así, el niño volvió a temblar como si se le pusiera la piel de gallina ante la probabilidad de que se lo llevaran en medio de un secuestro nocturno.

Tras el alboroto, para explicar el proceso de admisión y el académico, el profesor Hutson, el marqués Carthia, Dave y Raynard hablaron en el mejor salón de la mansión.

Yurina no pudo participar porque la conversación incluía información sobre la Academia. En cambio, esperó a que él regresara en el pequeño salón donde siempre estudiaban.

Realmente te vas.

Yurina miró los libros que Raynard había estudiado, sin tocar siquiera el té que Betsy le había traído hace un momento.

Los libros, que estaban manchados y desgastados por sus manos, mostraron el largo y arduo viaje de los últimos seis meses. En una hoja de ejercicios, apareció un recuerdo de ambos que había quedado guardado.

ESTOI DURMIÉNDOME

De repente, Yurina se echó a reír al ver el garabato escrito en la esquina del libro de ejercicios. Podía ver a Raynard acostado sobre la mesa, luchando para mantener abiertos sus párpados que estaban a punto de cerrarse mientras practicaba su escritura.

—Es «Estoy durmiéndome», no «Estoi durmiéndome», Ray.

Aunque en aquel momento se dio ese caso, ahora era comprensible que pudiera escribir la respuesta de forma correcta. Yurina, quien en estos momentos estaba avergonzada sin razón alguna ante aquel recuerdo, escribió «Tonto» al lado de su garabato y cerró el libro.

Siguiendo un capricho momentáneo, se sentó en el asiento de Raynard y tomó un sorbo de té frío, dándose cuenta que quizás era por eso que le dolía el estómago. Con su cuerpo frío, se recostó sobre la mesa.

Está silencioso.

La tranquila escena del salón era la misma a la que se enfrentaría una vez que él se fuera. Su ausencia, que no había asimilado hasta ahora, de repente comenzó a sentirse real.

Cerró sus ojos, viendo el recuerdo que él había germinado en ese lugar.

Vino a su mente un cálido día de verano, la cara de Raynard acurrucada a la sombra, una voz orgullosa diciendo que su cuerpo olía bien, la expresión en su rostro cuando juró protegerla, su mano tranquila sobre su brazo…

Hay más recuerdos de lo que pensaba.

Todos los recuerdos agradables que construyó después de reencarnar en este extraño mundo eran con él. Aunque eran recuerdos agradables, su estómago se sentía extraño, como si sus intestinos se estuvieran retorciendo de una manera extraña.

Yurina luchó por deshacerse de la imagen del rostro de Raynard y comenzó a pensar en otras cosas.

Entonces, se quedó dormida, sin saber cuánto tiempo había pasado.

De repente, cuando abrió los ojos debido a un cosquilleo en la frente, pudo ver a Raynard, acostado boca abajo sobre la mesa, observándola.

Él, quien había estado arreglando el cabello sobre la frente de la niña, sonrió de forma inconsciente cuando sus ojos se encontraron con los de ella.

—Está nevando mucho afuera, ¿quieres ir a ver la nieve?

♦ ♦ ♦

—Hace frío.

Raynard, quien había cerrado los ojos después de ser golpeado por la nieve blanca, de repente se rió con el sonido del viento.

Yurina, quien se había puesto tanta ropa como pudo usar en su cuerpo y estaba sentada en una silla en la esquina del jardín, asintió a su comentario.

Él se acercó con sus largas piernas y se  puso en cuclillas frente a ella.

—Tu nariz está roja —dijo Raynard.

—¿En serio? Eso suena como Rodolfo —respondió Yurina.

—¿Rodolfo?

—Es algo como un ciervo de nariz roja.

—¿En qué parte del mundo hay un ciervo de nariz roja?

La redondeada nariz de Raynard también estaba tan roja como la de Rodolfo, pero en lugar de decírselo, ella frotó suavemente su nariz, haciendo que se volviera más roja debido a los guantes que traía.

Aunque aquellos guantes peludos y cálidos eran efectivos para calentar sus manos, no lo era para otros lugares.

—Quédate quieta. —Él se quitó sus guantes y frotó sus palmas tan violentamente que hicieron un fuerte ruido. Como pensó que eso no era suficiente, sopló en ellas y las usó para envolver las mejillas de Yurina, que estaban tan rojas como su nariz.

Cuando su rostro, lo único que tenía expuesto, se calentó, todo su cuerpo se sintió cansado.

—¿Es cálido?

—Sí.

—Lo haré de nuevo.

—Está bien, tus manos se van a enfriar. Ponte los guantes.

—Sabes que no tengo frío. —Él se rió con picardía y se frotó las palmas de las manos de nuevo.

Ella miró sus mejillas rojas y se quitó los guantes.

Cuando Raynard se dio cuenta rápidamente de sus acciones, le puso de nuevo los guantes en sus manos.

—Úsalos, hace frío.

—Tú también debes tener frío, tu cara está roja.

—No hace tanto frío —dijo con orgullo y volvió a frotar las mejillas de la niña con sus cálidas palmas.

Ella frotó sus guantes alrededor del dorso de su mano en su mejilla.

¿Acaso él sabría que las yemas de sus dedos que alcanzaban a tocar el lóbulo de su oreja estaban frías, contrariamente a sus palabras de que «no hace tanto frío»?

—¿Entramos ahora? —preguntó ella, mirando la nariz roja de Raynard, y él negó con la cabeza.

—Quedémonos un poco más, ¿de acuerdo?

—Está bien, entonces.

Justo en ese momento, Betsy le puso un gran chal en el hombro, diciendo que su señorita se iba a resfriar.

Yurina palmeó el asiento a su lado, mirando al chico que soplaba su aliento en su palma. Él cepilló la nieve en la silla con sus propias manos y se sentó. En ese momento, ella puso un extremo del chal sobre su hombro.

Él se quejó de que no lo hiciera porque estaba bien, pero se quedó en silencio cuando Yurina apoyó su cabeza contra su hombro sin decir ni una sola palabra.

—Está nevando mucho, ¿no? —murmuró Yurina para sí misma mientras miraba el cielo; Raynard asintió ante sus palabras.

—Sí, y no parece querer detenerse.

—¿Hacemos un muñeco de nieve?

—No puedes hacer un muñeco de nieve cuando tus manos están frías —respondió él mientras intentaba levantarse de su asiento.

Ella lo agarró del brazo rápidamente y lo jaló para que volviera a sentarse.

—De acuerdo. Tal y como dijiste, mis manos están frías. En lugar de hacer un muñeco de nieve, solo quedémonos así.

—Sí.

Yurina apoyó de nuevo su cabeza contra su hombro y estiró su mano enguantada en el aire. Un copo de nieve blanco cayó sobre los guantes de piel roja y pronto se derritió.

De alguna manera, mientras la niña intentaba atrapar otro copo de nieve, Raynard rápidamente extendió la mano sin guantes. A diferencia de aquel que se derritió en la mano de Yurina, los copos de nieve que flotaban hacia las manos de Raynard conservaban su forma.

—¿Eso también es magia?

—Sí, es increíble, ¿verdad? —Se río y sopló los copos de nieve. Uno de ellos voló lentamente y aterrizó en la parte posterior de la nariz de la joven.

—Está frío.

Él se rió de nuevo mientras la veía frotarse la nariz con el ceño fruncido. Yurina lo miró, recogió nieve en su hombro y la frotó en su mejilla.

—¡Oye, está frío! ¡¿Cómo puedes hacer eso de repente?! —exclamó Raynard.

—Tú lo hiciste primero, ¿recuerdas?

—Está bien, está bien. Fue mi culpa. —Levantó sus manos en señal de rendición y la pelea de bolas de nieve terminó sin un comienzo adecuado.

Una vez más, los dos se apoyaron uno contra el otro y miraron los copos de nieve cada vez más gruesos.

—Tal y como dijiste, este invierno parece ser particularmente más frío. ¿Cómo lo supiste? —preguntó rompiendo el silencio

—Es un secreto. —Yurina sonrió, cubriéndose la boca con toda la palma de la mano, ya que no podía colocar solo su dedo índice sobre sus labios porque llevaba guantes.

—Todo es un secreto. —Mientras él se echaba a reír, cepilló la nieve blanca apilada frente a sus zapatos. Ella se preguntó si él estaba pensando algo referente a eso, ya que su expresión se volvió seria, pero justo cuando le iba a preguntar, él respiró hondo y volvió a abrir la boca—. ¿Sabes? Aunque hace mucho frío aquí, el orfanato donde vivía puede estar mucho más frío, ¿cierto? En realidad, no presté mucha atención en ese momento, pero tal y como dijiste, podría haber muerto al ser incapaz de soportar este invierno.

¿Todavía se recuerda de eso?, se preguntó Yurina.

Solo lo había dicho como un acto para atraerlo. Ella levantó la cabeza de su hombro y miró su perfil.

Hoy… No, había estado extrañamente tranquilo desde que habló con la gente de la Academia.

¿De qué hablaron?

Si ella hubiera sabido que esto pasaría, habría entrado a la reunión.

—Todo es gracias a ti, el que pueda mantenerme caliente incluso en este día frío. Puedo comer lo que quiera y puedo aprender magia que nunca he aprendido.

—No tienes que agradecerme. Te dije que era una inversión.

—Lo sé, pero sea cual sea la razón, fuiste tú quien me encontró y me trajo aquí.

Yurina no pudo responder de inmediato; un poco de culpa asomó su conciencia. Ella no era una gran mujer para ser elogiada por salvarlo.

Si no fuera por ella, habría disfrutado de una vida similar pero bajo la protección del marqués Defrom.

No, al igual que en la novela, capaz él habría disfrutado de una mejor vida en la mansión Defrom gracias a Lydia.

—Nunca se sabe, otra persona que reconociera tu talento podría haberte llevado…

Como, por ejemplo, el marqués Defrom.

Eran palabras que no podía decir y colgaban de sus labios. No podía revelarlo hasta el final de su vida; era un secreto para llevar a la tumba.

—Bueno, no creo que una persona así hubiera llegado hasta esa esquina de nuevo. —Volteó su cabeza y la enfrentó con una mirada llena de convicción—. Salvaste mi vida, Yurina.

Ella no sabía qué responder; no tenía idea de qué pasaba por su cabeza para decidir decirle eso ahora.

Así que Yurina simplemente parpadeó y lo miró a la cara.

Al no obtener respuesta, la miró por un momento y no pudo evitar sonreír un poco al sentirse deprimido.

—Te resfriarás si te quedas. Vamos a entrar —dijo Raynard con un tono bajo.

Ella miró fijamente su espalda mientras él caminaba con paso lento hacia la mansión y luego se apresuró a seguirlo.

—Yurina. —Antes de que subieran las escaleras, él se giró y la miró—. ¿Yo… no debería ir?

Ante esas breves palabras, ella sintió que su corazón se estaba hundiendo.

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