Traducido por Sweet Fox
Editado por Herijo
Punto de vista de Eugene.
—Bienvenido, hermano.
Apenas entró en la mansión, una voz delicada, la misma de siempre, resonó en sus oídos. Sus pasos deteniéndose al ver a Hari, que había salido a recibirlo.
Era la primera vez que la veía cara a cara desde aquella noche, hacía ya cuatro días. Al día siguiente, Eugene se había marchado al amanecer y no había vuelto hasta ahora.
Sus ojos oscuros recorrieron lentamente la figura frente a él.
Hari lo trataba con la naturalidad de siempre, como si lo ocurrido entre ellos no hubiera sido más que un sueño. Parecía haber decidido actuar como si nada hubiera pasado.
¿De verdad cree que si actúa así, lo de aquella noche simplemente desaparecerá?
Eugene inclinó la cabeza, observando en silencio el rostro que tenía delante. A pesar de ser verano, Hari llevaba ropa que le cubría el cuello. Sin duda, bajo la tela se ocultaba la marca que su propia codicia le había impulsado a dejarle. Igual que la pequeña herida que aún se observaba en sus labios.
Ante el prolongado silencio, las manos pálidas de Hari se aferraron al dobladillo de su falda. Al notarlo, Eugene finalmente habló.
—Ya estoy en casa.
Le pareció admirable que, aun estando tan nerviosa, se hubiera plantado frente a él con esa expresión serena. Así que, por el momento, decidió seguirle la corriente.
—¿Has estado bien en mi ausencia?
Ante su pregunta casual, Hari titubeó un instante antes de responder.
—Sí, no ha ocurrido nada especial.
Su respuesta fluyó con una naturalidad que parecía ensayada una y otra vez.
—Erich vino de visita el fin de semana y ya regresó a la academia. Y yo acabo de volver de ver a su alteza, el príncipe.
—¿Él te pidió que fueras?
Pero la atención de Hari parecía estar en otra parte. Ni siquiera pareció darse cuenta de que Eugene había despedido con un gesto a los sirvientes que estaban cerca.
—Sí, pero no fue para nada importante, solo…
—Entiendo.
Dio un paso decidido y se acercó a ella. Hari no pareció percatarse de su presencia hasta que estuvo justo a su lado. Al instante siguiente, Eugene le tomó la barbilla y, sin dudarlo, besó los labios rojos que se ofrecían a su vista.
Ah…Por fin. Una oleada de plenitud le inundó el pecho. Verla no era suficiente; necesitaba el contacto de su piel, el sabor de sus labios. Solo entonces sentía que podía volver a respirar, que regresaba a la vida.
Sabía que si daba rienda suelta al deseo que había contenido por tanto tiempo, no habría vuelta atrás. Así que, con pesar, se conformó con eso por ahora y se apartó.
Observando el rostro de Hari, completamente petrificado, era evidente que no había imaginado que él volvería a hacer algo así. Y menos allí, en el vestíbulo principal, un espacio abierto, y no en la intimidad de la terraza de aquella noche.
—Te he echado de menos.
Ante su susurro, los ojos violetas que tenía delante comenzaron a agitarse lentamente. Ese temblor delicado era a la vez lastimero y encantador. Le producía un inmenso placer saber que él era la causa de su agitación.
—Ha sanado bastante bien. Debió dolerte.
Quizás Hari había pensado que si fingía ignorar lo sucedido, él también lo haría. Si esperaba eso, tendría que decepcionarla.
En realidad, la razón por la que Eugene la había dejado sola durante estos días se debía a un pensamiento egoísta y retorcido.
Deseaba que ella solo pensara en él, día y noche.
Que reviviera lo ocurrido una y otra vez, preguntándose qué significaban sus acciones, qué cara poner o cómo actuar cuando volvieran a encontrarse. Que la confusión y la duda sobre el futuro de su relación la consumieran.
Solo imaginar la mente de Hari ocupada por completo por una única persona le producía un regusto dulce en la boca.
—He venido a verte un momento antes de ir al palacio imperial. Tengo que volver a salir de inmediato.
Y ahora, al verla, comprobó con satisfacción que, tal como había deseado, durante todos estos días él había sido el único dueño de sus pensamientos.
Eugene tomó la mano de Hari, aún rígida, y la llevó a sus labios, depositando un beso cargado de afecto.
—Volveré pronto. Espérame.
Si por él fuera, desearía que el tiempo se detuviera en ese preciso instante, con ella entre sus brazos.
♦♦♦
—Creo que estuvo involucrado en esto, ¿no es así, duque? —preguntó Rowengreen, entornando los ojos, una vez estuvieron en el carruaje de camino al palacio.
—Desde hace un tiempo se ha estado reuniendo con su alteza con bastante frecuencia, ¿no es cierto? Al mismo tiempo, sus visitas a Velontia se hicieron más frecuentes. Poco después, canceló su compromiso y, acto seguido, se anunció el de la señorita Velontia con el príncipe.
Eugene no respondió, pero la expresión de su rostro fue toda la confirmación que Rowengreen necesitó. De hecho, más que una intervención, había sido una orquestación. No quería que Hari tuviera que preocuparse también por su prometida, Rosabella Velontia. Incluso hacía unas noches, ella había sacado el tema. Recordarlo le reafirmaba que su decisión había sido la correcta.
Además, no tenía intención de mantener a Hari en la sombra mientras él tenía una prometida oficial.
Pero Eugene no se molestó en explicarle nada de eso a Rowengreen.
—¿Es por la señorita Hari?
Finalmente, Rowengreen expresó la sospecha que llevaba tiempo rondándole. El hecho de que el duque, nada más regresar, hubiera ido a la mansión Ernst en lugar de al palacio; la forma en que, al salir, desprendía un aura extrañamente apacible… todo era muy sospechoso. Y sus dudas no se basaban únicamente en lo de hoy.
—¿Y si así fuera?
Sorprendentemente, Eugene no pareció tener intención de ocultarlo. Su réplica, aunque dicha en un tono indiferente, desmintió la cautela de la pregunta. Rowengreen se quedó boquiabierto.
—¡Por todos los cielos! Quiero decir, su actitud hacia la señorita siempre fue inusual, por supuesto, pero…
Una cosa era sospecharlo y otra muy distinta que el propio implicado lo confirmara.
Sin embargo, ignorando el balbuceo de su ayudante, Eugene abrió la puerta del carruaje en cuanto llegaron a su destino.
—No hay tiempo. Ya te escucharé luego, ahora sígueme.
—Pero si no es nada tan urgente…
—Hari está esperando.
Dejando atrás a un desconcertado Rowengreen, Eugene se adelantó hacia la sala de audiencias. En realidad, el informe de inspección no contenía nada de importancia, por lo que la reunión terminó rápidamente.
—¡Duque Ernst!
Al salir de su audiencia con el emperador, Eugene se topó con Dice.
Al verlo, el príncipe le comentó que Rosabella estaba furiosa por haber apresurado el anuncio de su compromiso y le preguntó qué podía hacer para calmarla. Seguramente, al ser Eugene su ex-prometido, pensaba que él sabría cómo apaciguarla.
Pero era imposible que Eugene, de entre todas las personas, supiera algo tan trivial.
Al parecer, la razón por la que había convocado a Hari al palacio hoy era para discutir este asunto insignificante. Preguntarle algo así a su antiguo prometido… no sabía si Dice era un ingenuo o si confiaba en él hasta ese punto. Quizás, como Eugene había contribuido a que su relación se concretara, ahora se apoyaba en él.
Fuera cual fuera el caso, para él era un problema irrelevante.
Eugene se despidió con frialdad y abandonó el palacio. Su interés se limitaba al proceso que los había llevado a comprometerse; lo que sucediera después no era de su incumbencia.
Dice pareció resentido por su reacción, pero ya no era un niño. Debía aprender a resolver los problemas con su prometida por sí mismo.
De vuelta a Ernst, esta vez sin la molesta carga de Rowengreen, sus ojos, engullidos por la oscuridad, se veían profundos.
En estos últimos cuatro días, él tampoco había estado tranquilo. Pero, por supuesto, no se arrepentía de lo que hizo aquella noche. Una sonrisa afilada, como un trozo de cristal roto, se dibujó en su rostro al recordar.
Sí. ¿Arrepentirse? Jamás.
Nunca se había sentido tan satisfecho. Por primera vez, había deseado algo con todo su ser y lo había tomado. Mientras lo hacía, sintió cómo el vacío de su pecho, ese que nada había podido llenar, se colmaba a una velocidad vertiginosa.
Aún pensaba que había sido un poco precipitado, pero no podía más. Si lo hubiera soportado un segundo más, estaba seguro de que habría muerto asfixiado.
Poco después, entró de nuevo en la mansión Ernst.
—¿En qué estás pensando?
Al encontrarse finalmente con ella, Hari le preguntó con una voz apenas audible.
Probablemente llevaba sentada allí desde que él se marchó, a oscuras, sin siquiera encender una luz. Aun así, el resplandor que entraba por la ventana impedía que la habitación estuviera en penumbra total.
Eugene se detuvo en el umbral, observando su rostro bañado por esa luz suave, y luego caminó hacia ella. Con calma, respondió a su pregunta.
—Pensaba en cómo desearía que todo tu ser estuviera lleno únicamente de mí.
Evidentemente, no era la respuesta que Hari esperaba. Pudo ver el impacto en su rostro.
—Hermano… tú estabas ebrio ese día, ¿verdad? —logró decir ella tras un silencio, su voz tensa y contenida.
—Lamento informarte que no recuerdo haber bebido tanto como para perder el juicio.
Así que eso era lo que pensaba. Que lo había hecho por el alcohol. No sabía si de verdad lo creía o si era lo que necesitaba creer.
—¿No eras tú él que quería actuar como si nada hubiera pasado?
Al escuchar de nuevo su voz ahogada, Eugene soltó una risa queda.
—¿Cómo podría? ¿Borrar lo de esa noche? —dijo—. Si lo que ocurrió es lo que más he deseado.
Aunque esa noche se repitiera mil veces, él haría exactamente lo mismo.
Había decidido no ocultar más sus sentimientos. Seguía queriendo darle a Hari las cosas más bellas y valiosas del mundo. El cliché era cierto: si ella se lo pidiera, le bajaría una estrella del cielo. Y quería ser quien la protegiera de cualquier herida.
—Tú misma me diste permiso. Dijiste que si había algo que quería, podía tomarlo. Y que podía hacer lo que fuera para conseguirlo.
Todo el mundo tiene al menos una cosa que jamás podría cederle a nadie. Desafortunadamente para él, esa cosa era la persona que tenía justo delante.
—Así que he decidido tomarte a ti.
Lo sabía. Fuera lo que fuera lo que ella imaginó al decirle que fuera codicioso, no era esto.
—Hari.
Aun así, Eugene no podía rendirse. Ahora, era imposible.
—Levanta la cabeza.
Hari lo miró por un instante con ojos temblorosos, incrédulos, y luego bajó la vista, como si quisiera huir de su mirada. Así que Eugene se arrodilló frente a la silla donde ella estaba sentada. Ahora sí, sus rostros estaban a la misma altura, sin escapatoria posible.
—No, basta.
En el momento en que sus miradas se encontraron, el rostro de Hari se descompuso. Se cubrió la cara con las manos para protegerse de su mirada, pero él se las apartó con suavidad.
Sin tiempo para reaccionar, Hari tuvo que mostrarle su rostro por completo.
En la oscuridad, sus ojos negros y nítidos la reflejaban solo a ella. La pequeña luz que brillaba en ellos parecía un fragmento de estrella rota. Aquella mirada, cargada de una devoción ciega, hizo que su visión se nublara.
Sintió el mismo presagio que la otra vez.
Si sigo mirándolo a los ojos, lo descubrirá todo.
—No… no me mires así. —El susurro de Hari sonó casi como una súplica. La avalancha de emociones la estaba desbordando.
—¿Cómo te estoy mirando? —preguntó él en voz baja, sin apartar la vista.
—Como si no hubiera nadie más en el mundo. Como si solo me vieras a mí…
La intensidad de su mirada la dejaba sin aliento. Cuando Eugene la miraba así, sentía la ilusión de que en el mundo solo existían ellos dos.
—Cuando me miras con esos ojos, me cuesta respirar.
El tiempo se detenía, y ella se sentía atada, incapaz de huir o apartar la vista. No podía hacer otra cosa que exponerse por completo ante él.
Y, como había previsto, a través de sus ojos, Eugene pudo entrever todo lo que ella había ocultado.
—Cada vez que nuestros ojos se encuentran tan de cerca, me confundo.
Ah… Ese frágil corazón, finalmente revelado, no podía ser más adorable.
—A veces pensaba que quizás era yo, que estaba malinterpretando todo a mi conveniencia. Pero no.
Incapaz de contenerse, Eugene extendió la mano para acariciar esa imagen temblorosa.
—Tú sientes lo mismo que yo, ¿verdad?
Su susurro, disperso en el aire nocturno, ardía con una euforia incontenible.
—No soy el único que siente esta agonía abrasadora cada vez que te veo. No soy el único al que le parece que va a morir solo de pensar en ti.
Ahora estaba seguro. No era un sentimiento unilateral. Ella, la mujer frente a él, también lo deseaba. Su mirada perdida, su aliento entrecortado escapando de sus labios, el temblor desesperado de sus manos… todo lo delataba.
—Entonces, dímelo.
La certeza de que él era la causa de todo aquello era casi extática.
—Dime que no me equivoco. Dime que tú sientes lo mismo. —le susurró con una exigencia voraz mientras le acariciaba el rostro.
Sus ojos, anegados en lágrimas a punto de derramarse, eran una visión desgarradora. Pero no pensaba retroceder.
—Yo… yo nunca pensé en algo así —confesó ella finalmente, con una voz apenas audible—. Iba a conformarme con ser tu hermana. No pensaba decirte nunca lo que sentía. Si después de saberlo ya no podías ni mirarme… no creo que pudiera soportarlo. Pero… ¿dices que sentimos lo mismo? ¿Que no soy la única?
Las palabras que se escaparon de sus labios temblorosos fueron terriblemente dulces y, a la vez, amargas.
Eugene había considerado que, incluso si sus sentimientos eran correspondidos, ella podría rechazarlo por miedo a romper la relación que tenían. Por supuesto, incluso en ese caso, dejarla ir no estaba entre sus opciones.
—Hari, cada día he querido suplicarte.
Y sabía que ella sería incapaz de abandonar a un hombre que le rogaba.
—Por favor, mírame. Por favor, quédate a mi lado.
Que lo llamaran cobarde o ruin, no le importaba. Estaba dispuesto a ser una mala persona, y mucho peor.
—Y por favor… —Si con eso conseguía que se quedara a su lado…—. Déjame amarte.
En ese instante, Hari contuvo el aliento. Aquel susurro anhelante que resonaba en sus oídos la dejó sin mundo.
—Siempre quise decirte eso.
La situación era completamente irreal. Antes de que él llegara, se estaba hundiendo en la confusión y la ansiedad. Ahora, su corazón estaba tan lleno de otras emociones que sentía que iba a estallar.
Él le había pedido que lo amara. A ella, y a nadie más.
—¿Te gusto? —preguntó Hari, sus labios temblorosos, al hombre que seguía arrodillado frente a ella.
—No puedes ser nadie más que tú —respondió Eugene sin un atisbo de duda, como si fuera la única verdad en el universo.
—¿Me amas?
El rostro de Eugene estaba bañado por la luz de la luna. En el silencio absoluto, solo su voz resonó, nítida y firme.
—Desde hace mucho tiempo, te amo más que a nadie en el mundo.
Eugene ocultó el rostro entre las manos que aún sostenía.La sinceridad de aquellas palabras, dichas en voz alta por primera vez, le anudó la garganta. Era una confesión absurdamente común. Pero, por más que lo intentaba, no encontraba otras palabras más elocuentes.
—Sí, te amo.
Ebrio de sus propias emociones, consumido por ese sentimiento incontenible, solo pudo repetir las mismas palabras una y otra vez.
—Te amo.
Con cada palabra, sentía que su amor por ella se hacía más profundo, como si la propia magia de la confesión lo intensificara.
—Hari.
Había pensado que era imposible desear o anhelar algo con más fuerza, pero qué estúpido había sido. Se dio cuenta, como un tonto, de que este sentimiento no tenía fin.
—Creo que he vivido todos estos años solo para poder decirte esto hoy.
No le importaba si sonaba como el delirio de un hombre enamorado. Sentía, con todo su ser, que había recorrido ese largo y solitario camino solo para llegar a este momento.
Un instante después, una mano cálida se liberó de las suyas y le acarició la mejilla. Guiado por ese calor, Eugene levantó la cabeza.
—¿Que me amas…? —susurró ella, como si estuviera saboreando las palabras, repitiendo para sí misma lo que él acababa de decir.
No era una pregunta, sino una afirmación maravillada. Aunque lo fuera, él podría repetírselo una y mil veces.
—¿Estoy soñando?
—No. —Eugene levantó su mano y cubrió la de ella, que aún descansaba en su mejilla—. Estoy a tu lado.
La calidez que fluía de su contacto lo llenaba por completo.
—No pienses en nada más.
Si pudiera seguir sosteniendo su mano, si pudiera seguir abrazándola por siempre, renunciaría a todo lo demás sin dudarlo.
—Aunque me odies, no te dejaré ir.
Estaba seguro de que si el mundo se acabara en este instante, moriría feliz. Incluso si cayera al infierno, ese lugar sería su paraíso.
Hari lo miró en silencio, sus ojos brillando suavemente. Su respiración entrecortada rompía la quietud. Su mano suave se deslizó por su frente, sus mejillas y, finalmente, rodeó su cuello, atrayéndolo hacia ella. Un aroma dulce y embriagador lo envolvió.
Eugene la rodeó con sus brazos, estrechándola contra él. Hundió el rostro en su cabello, y el aroma se hizo más intenso, mareándolo. El latido atronador de un corazón, o quizás de dos, resonaba en sus cuerpos unidos.
—Sí… no me sueltes.
Su voz delicada se esparció en sus oídos, tan irreal como un sueño. Quizás esto era un sueño. Si era así, esperaba no despertar jamás.
Mientras escuchaba el latido de su corazón, fue lo único que pensó.
—No me sueltes.
En la frontera entre la luz y la oscuridad, los dos permanecieron abrazados por un largo, largo tiempo.
Como si fueran los únicos seres en el mundo. En una noche en la que no se necesitaba nada más.
