—¿Qué sucede, princesa? —preguntó Serira, extrañada de que me aferrara a ella con tanta ansiedad.
Ni siquiera me apetecía responder, así que me acurruqué en su abrazo. Aunque mi pelo mojado me estaba empapando los hombros, lo más importante era que necesitaba consuelo. Daba igual de quién viniera, solo quería que alguien me dijera que iba a estar a salvo. Que esta paz nunca se acabaría. Seguí leyendo “La hija del Emperador – Capítulo 41”
