Traducido por Haku
Editado por Herijo
Una maldición se aferró a mi cuerpo. A pesar de mi resistencia, mis movimientos se vieron limitados. Si alguien como Felnote hubiera recibido un ataque así, no habría tenido oportunidad; no solo habría sido incapaz de mover un dedo, sino que incluso su conciencia habría sido arrebatada. Hasta yo sentí un cansancio tal que me costó incluso mover los labios.
—Dolor, dolor… vete.
Pero aquello terminó allí. No importaba cuánto se me aferrara; si lo borraba con magia de recuperación, no era para tanto. Ah, qué alivio.
—Arge… ¿estás bien?
—Sí, gracias a tí.
A decir verdad, todavía sentía el cuerpo algo pesado, pero no podía permitirme seguir siendo una carga. Felnote se había arriesgado para salvarme; no podía quedarme de brazos cruzados mientras ella corría peligro.
Saqué de mi inventario un reemplazo para mi ropa destrozada. Ahora que mi vestimenta oriental se había perdido, solo me quedaba aquel uniforme de sirvienta. Normalmente no me importaba mostrar algo de piel, pero preferí evitarlo frente a aquella mirada tan viscosa.
—Has vuelto rápido, Argento.
—Gracias a este lugar.
Aunque sentía un cansancio enorme al liberarme de las ataduras, en el momento en que puse un pie en aquel espacio persiguiendo a Felnote, me sentí mejor. Probablemente se debiera al círculo mágico carmesí que brillaba bajo mis pies. Era de suponer que estaba diseñado para fortalecer a los vampiros.
—No importa cuántas veces vengas, no podrás vencerme
—Es cierto. Tal como estoy ahora, probablemente no pueda.
Yo simplemente usaba mi poder tal cual era. En cambio, Elsee no solo lo usaba, sino que razonaba cómo emplearlo. Había un dicho que rezaba que “la suavidad vence a la fuerza”, y era exactamente eso. La persona frente a mí no era alguien a quien se le pudiera ganar arremetiendo a ciegas.
Y aunque lo entendiera, no era algo que pudiera solucionar de inmediato. Me faltaba experiencia de manera abrumadora. No creía que unos trucos improvisados tuvieran mucho efecto. Aun así… todavía me quedaba una carta bajo la manga.
—Felnote, ¿podrías retroceder?
—¡¿Eh?! ¡O-oye! ¡¿No es este el momento en el que propones que luchemos juntas?!
—Lo sé… pero es que ni siquiera yo sé qué va a pasar.
Me resistí a incluir a una conocida en un cálculo tan incierto. No había garantía de que lo que iba a intentar funcionara, aunque esperaba que sirviera de algo. Elsee, presintiendo que tramaba algo, preguntó:
—¿Acaso todavía tienes una carta sin jugar?
—No sé si será un acierto o un error.
Lo que saqué de mi inventario fue una espada larga. Me la había dado Oswald, el minotauro que conocí en un bosque a las afueras del Reino. Parecía ser un objeto místico, una reliquia que manifestaba su poder al establecer un vínculo con su dueño, pero su efecto era desconocido. La razón era simple: aún no había formalizado el pacto.
El sonido del metal al vibrar produjo una nota solemne.
—Arge, eso… ¡¿Por qué tienes esa reliquia?!
—No sé de qué es capaz… pero si no intento todo lo que se me ocurra, jamás podré derrotarla.
Felnote parecía muy sorprendida. Quizás conocía aquella espada. Me habría gustado preguntarle, pero el tiempo no lo permitía. Decidí completar el pacto rápido. No es que supiera cómo hacerlo, pero lo entendí instintivamente. Solo con sostenerla, el filo en mis manos me transmitió lo que deseaba.
—Te ofrezco mi energía mágica.
Pronuncié las palabras y canalicé mi poder hacia la hoja. El brillo en mi mano tembló de alegría y cobró calor, como si intentara fundirse conmigo.
¿Esto es un recuerdo?
Memorias que no me pertenecían fluyeron en mi cabeza. No eran nítidas, sino fragmentos inconexos. Alguien cubierto de sangre, alguien sonriendo en medio del caos. Y una ira tal que incluso las lágrimas se habrían evaporado. Dos hojas forjadas con esmero, como si lamieran la sangre derramada.
—Nenúfar de los sueños.
En el momento en que pronuncié el nombre que surgió de forma natural en mi mente, sentí que nos conectamos por completo. Ahora, aquella espada, el Nenúfar de los Sueños, me pertenecía. El contrato se había completado correctamente.
—Qué irónico —murmuré tras conocer la razón por la que fue forjada.
Quien la creó, lo hizo para borrar a seres como yo… existencias de realidad ambigua. Golpeó el metal imbuyendo cada martillazo con una maldición, templó el acero con el fuego de su ira y odió a lo sobrenatural. Rezó para poder matar a aquello que le arrebató a su amada, creando estas hojas como lágrimas de un corazón ardiente de odio.
Y de las dos espadas resultantes, una estaba ahora en mi mano. En la mano de un vampiro, precisamente uno de los seres que su creador deseaba aniquilar.
—Pero un arma es solo un arma.
Incluso si el herrero no lo pretendía, el hecho de que mi mano empuñara aquel filo era irreversible. Como si la propia espada me lo enseñara, comprendí su habilidad. Por suerte, con este poder podría hacer frente a Elsee. Porque aquel era el filo para sumir en un sueño eterno lo ilusorio, lo que no tenía forma, lo que no tenía fin.
—Aquí voy.
Mi cuerpo ya se había recuperado. Quizás por el círculo mágico, me sentí incluso más ligera de lo habitual. Di el primer paso con todas mis fuerzas y aceleré. Alcancé la velocidad máxima en un instante.
—Probablemente duela un poco.
Mi objetivo no era quitarle la vida. No apunté a un punto vital, sino al brazo, lo suficiente para incapacitarla. La velocidad extrema dejó atrás incluso al viento mientras el filo recorría el aire.
—¡Atomización…!
Al darse cuenta de que debía realizar una maniobra de evasión de emergencia, Elsee convirtió su cuerpo en niebla. Mientras veía su forma dispersarse en partículas de oro, descargué el tajo como si quisiera despejar aquella bruma dorada.
Un grito mudo escapó de sus labios y Elsee recuperó su forma física. El vestido negro que vestía se rasgó violentamente, exponiendo su piel blanca bajo la luz de la luna. No fue una venganza; simplemente el ataque resultó superficial porque ella se materializó justo en el momento del impacto. Tenía unos instintos agudos. Sorprendida, abrió de par en par sus ojos carmesí y murmuró atónita:
—¿Me cortaste… aun siendo niebla?
—Esta espada es el Nenúfar de los Sueños. Es una reliquia capaz de cortar aquello que no tiene forma.
Volví a empuñarla, comprobando cómo se adhería a mi mano. Era un filo capaz de cortar cualquier cosa intangible: fuego, viento, maldiciones, niebla e incluso la luz. Requiere magia para activarse, pero para alguien con mis reservas, no representaba un problema.
Un filo para envolver en un sueño eterno a lo inalcanzable. Como un nenúfar flotando en un letargo sin fin.
Aunque creo que morir no es lo mismo que dormir.
Eso último era solo mi opinión. Adopté de nuevo mi postura con aquella espada que, en cierto modo, encajaba conmigo.
—Deberías retirarte ahora. Esta es un arma contra la que nosotros, los vampiros, tenemos las de perder.
—Tch…
Cabello rubio sobre un vestido desgarrado y cabello plateado en traje de sirvienta. Por las apariencias, parecía que una empleada se había rebelado contra su señora. Mientras pensaba en aquella tontería, pasó un breve instante… y Elsee se movió. Relajó los hombros y soltó la tensión.
—Ciertamente, en este estado, no hay mucho que pueda hacer.
—¿Te rindes?
Sinceramente, me sorprendió. Pensé que sería alguien más persistente, pero aceptó retirarse con facilidad. Ante mi desconfianza, Elsee sonrió. No con una mueca malvada, sino de una forma extrañamente satisfecha.
—Solo lo pospondré. El sol está por salir, y cuando eso ocurra, mi tiempo se habrá acabado.
—Veté, por favor.
—¡¿Arge?! ¡¿Vas a dejar que escape?! —exclamó Felnote.
—Sí. Probablemente tenga rehenes como seguro.
—¿Los residentes de Rencia?
—¡Como se esperaba de mi prometida, lo entiendes bien! —rio Elsee—. Así es. Dije que no los usaría para obligarlas a rendirse, ¡pero nunca dije que no los usaría para asegurar mi retirada!
Haciendo ondear su vestido desgarrado, Elsee giró sobre sí misma. El brillo carmesí que esparció se rompió al instante, creando una niebla. Al disiparse, aparecieron las personas inconscientes: los habitantes de la aldea.
—Todavía no he deshecho la maldición. Si me ponen la mano encima, les irá mal.
—No serías tan amable de retirarla, ¿verdad?
—Lo haré. En honor a su valía… a esa actitud de resistirse a lo irracional.
—¿Esperas que creamos eso?
—Me fastidia, pero su resistencia fue maravillosa… Cada vez te deseo más, Argento. ¡La próxima vez volveremos a jugar!
Sin dejar lugar a dudas, su cuerpo cambió. Se transformó en un pequeño murciélago y batió sus alas hasta perderse en el cielo nocturno.
—Realmente huyó. ¿Seguro que está bien?
—Creo que nosotros también recibimos clemencia —respondí.
Si hubiera querido, podría haber hecho mucho más daño. El peligro había pasado. Al pensarlo, mis fuerzas se desvanecieron de golpe. Cuando estaba a punto de caer hacia atrás, una sensación suave me recibió.
—¡¿Arge, estás bien?!
—Felnote… lo siento, tengo un favor…
—¡Sí, sí! ¡¿Qué es?!
—Mi amiga… Kuzuha…
—Esa niña de orejas de zorro está con Zeno, está a salvo.
—Ya veo… qué bien… ah… gracias, almoha… Felnote…
—¡Espera un momento! ¡¿Cómo me acabas de llamar?!
Peligro. Como la sensación en mi nuca era tan mullida, casi la llamo “almohada”. Al apoyar mi espalda, algo de una masa increíble envolvió mi cabeza. Ah, esto era una almohada increíble…
—¡¿Arge?! ¡Oye, Arge!
—Mmm… zzz…
—¡No te duermas usando mi pecho como almohada! ¡Despierta! Uhm, pero Arge huele bien.
Oí sus protestas como si fueran gritos lejanos, pero mi agotamiento había llegado al límite. Como un nenúfar flotando en el agua, me dejé llevar por una somnolencia esponjosa. Solté el hilo de voluntad que sostenía mi conciencia y me hundí en mis sueños.
