El Conde y el hada – Volumen 7 – Capítulo 3: Un mal presagio

Traducido por Den

Editado por Meli


La banshee se quedó dormida en el sofá luego de llorar por mucho tiempo. El merrow se marchó y el patio volvió a su estado original.

Edgar, apoyó su mejilla en la palma de la mano y observó en silencio el paisaje que había fuera de las ventanas. Parecía agitado porque el hada dijo que no era su maestro.

Lydia, preocupada por él, no abandonó la sala de reuniones de inmediato.

—Disculpe, ¿no sería mejor dejar que la banshee durmiera en la otra habitación?

Edgar asintió a la propuesta de Paul.

—Señorita Lydia, ella solo llora y duerme. No se enfermará por eso, ¿verdad?

—Estoy segura de que estará bien.

—Parece una chica no una hada.

—Puede ser porque era una humana. Además, olvidó que era una banshee, por eso ahora se asemeja más a una humana.

Paul esbozó una sonrisa.

—Parece una humana, pero es tan ligera como el aire.

Lydia observó cómo Paul salía de la habitación con el hada en brazos, y meditó sobre lo que podía hacer para ayudarla.

Sería genial que se rompiera el sello y reconociera a Edgar como el Conde Caballero Azul. El problema era que no sentía ningún poder proveniente de él.

Ella compensaba con su habilidad, la incapacidad de Edgar para ver a las hadas, pero él tenía que luchar contra Ulysses, quien heredó el poder del Conde Caballero Azul.

Lydia recogió una lágrima que se encontraba a sus pies y se sintió abrumada.

La banshee era el espíritu  de una joven humana fallecida, por lo que Edgar y Paul podían verla. Ahora bien, sus lágrimas de ámbar demostraban que ya no era humana.

—¿Qué debería hacer con el ámbar? —preguntó Raven, mientras recogía con cuidado la resina fosilizada.

—Hay tantas que tal vez podríamos convertirlas en un collar —bromeó Edgar con indiferencia.

—De ninguna manera… Son lágrimas de tristeza, traerán la desgracia.

—Lydia, antes mencionaste que las banshee lloran cuando predicen la muerte de algún familiar, ¿verdad?

—No es definitivo. Intenta quemar el ámbar y mira si arde. Si se puede quemar, entonces perderá su poder mágico y se convertirá en ámbar normal, lo que significa que no hay ninguna muerte próxima.

Edgar asintió a Raven, quien quemó el ámbar, el cual fue envuelto de inmediato por las llamas.

Lydia se tranquilizó un poco.

Como era de esperar, me equivocaba, reflexionó.

—Edgar, intentaré liberar el sello de la memoria de la banshee para que solo tengáis que preocuparos de protegeros de Ulysses y Príncipe.  —Se volvió hacia él, cuyos ojos nunca habían sido tan serios.

—Que pueda seguir siendo el Conde Caballero Azul dependerá de mi propia capacidad, así que si no rompo ese hechizo por mi cuenta, no tendrá sentido.

¿Eso significa que no me necesita? 

—Me contrataste como la especialista de la familia del conde, ¿mi habilidad no es para ayudarte?

—Entonces, ¿te importa mi destino? Aunque no cuente contigo en el futuro, seguirás teniendo casos de hadas que resolver. ¿Estás dispuesta a pasar tu vida conmigo?

—Estoy dispuesta a trabajar para la casa del conde y a seguir siendo compañeros en tu lucha, como lo he hecho hasta ahora…

—No funcionará.

—¿Por qué? ¿Quieres decir que si no me caso contigo, entonces ayudarte no tendrá sentido? Esa lógica es extraña.

—Si solo has sido contratada como la doctora de hadas de la casa del conde, entonces no puedo dejarte una carga tan pesada. Si mi futuro no es lo mismo que tu felicidad, entonces solo te estoy usando —declaró y se retiró.

—¿Qué quieres decir? No solo me explotaste sin compasión antes y jugaste conmigo, ¡¿sino que ahora también quieres apartarme?!

Raven observó a Lydia en silencio desde un costado. Parecía tener algo que decir, pero ella salió furiosa de la habitación.

♦ ♦ ♦

Paul dejó a la banshee en la cama. Cuando se disponía a marcharse, escuchó una débil voz desde atrás. Al volverse, vio que el hada se había levantado del lecho para tirar de su abrigo.

—Tómate un descanso. Debes estar cansada del viaje, sin mencionar que me acompañaste en el tren.

Lydia le había dicho que las hadas se cansaban con el hierro, así que antes de tomar el tren, le preguntó a la joven si podía. Pero ella dijo que no había ningún problema.

Al parecer el hierro era inocuo para las hadas. Simplemente no les gustaba ese tipo de material.

—Lo siento, estoy siendo maleducada… Esto no es un tren, pero me siento cansada.

Paul pensó que la banshee parecía tener mucho miedo de estar sola, por lo que se sentó en una silla y le hizo compañía.

—La doctora de hadas está aquí, así que ella te ayudará.

La chica asintió, sin embargo, parecía sumamente inquieta.

—Además, el conde Ashenbert es un hombre digno de confianza.

—¿Ese hombre y la señorita Gladys tienen una conexión sanguínea…?

Paul sabía que Edgar, a pesar de ser de alta cuna, no tenía ningún vínculo con la condesa Ashenbert y las hadas, ya que su verdadera identidad era la del primogénito y heredero del duque Sylvainford, una familia noble de sangre real, y de no haber sido por Príncipe, se habría convertido en una de las figuras más importantes de Inglaterra.

—A lo largo de los años, el mundo humano ha cambiado mucho. El ferrocarril es nuevo en Inglaterra y hay muchas más ciudades y fábricas que antes. Como consecuencia, cada vez más personas no creen en lo que sus ojos no pueden ver.

—El número de personas que puede ver hadas también ha disminuido considerablemente, ¿no es así? Estuve de cuclillas en el arcén durante varios días, por lo que la gente debería haberme visto, sin embargo, nadie lo hizo. Fue entonces cuando el señor Paul me llamó y me sentí muy feliz. De alguna manera, desprende un aroma tranquilizador.

—¿Un aroma? Eso debe ser el olor a óleo y barniz… Aunque a las chicas no parece gustarles.

—¡Eso no es cierto!

—¿Es así? Gracias… —Se rascó la cabeza—. Uh, también, quiero decirte esto: el poder del Conde Caballero Azul puede haberse debilitado y el conde es consciente de su falta de fuerza, pero sigue tratando de cumplir con su responsabilidad como tu señor. Por eso, unió fuerzas con una doctora de hadas y espera de todo corazón que las hadas puedan sentirse seguras viviendo en la tierra. Es una buena persona.

Pensó que convencer a la banshee de que Edgar era el Conde Caballero Azul sería lo mejor para ella.

—El señor Paul confía en ese hombre.

Así es, desde el fondo de su corazón, y quizás también lo glorificaba en exceso. Aunque tenía un lado frívolo, era liberal y valiente; eso es lo que Paul apreciaba.

—Ah~ Sí, y es mi amigo.

Vio por primera vez la sonrisa del hada, que se reía como una chica humana normal y corriente. No pudo evitar pensar que se veía muy linda.

—Oh, si estás aburrida, ¿qué tal si me dejas pintar tu rostro? En realidad, soy un pintor de hadas.

La joven aceptó con una alegre sonrisa.

Paul salió de la habitación diciendo que iba a buscar su cuaderno de bocetos.

No pensó que si se iba por unos minutos, la banshee desaparecería. Incluso se agachó para ver si se escondía debajo de la mesa, pero cuando miró hacia las ventanas, vio a una chica con una capa verde aparecer en el fondo del paisaje.

La nieve seguía cayendo mientras el hada, de largas piernas desnudas, caminaba sobre el camino cubierto de nieve. Su sombra desapareció en el bosque.

Las hadas no sentían frío, pero Paul seguía preocupado por ella, por lo que salió corriendo a seguirla.

El castillo abarcaba un amplio territorio, los jardines podados y los bosques se conectaban entre sí, y los senderos eran interminables, así que ¿dónde podía buscar?

Así que las hadas no dejan huellas, ni siquiera cuando caminan por la nieve, dijo para sí, al observar las huellas del carruaje.

¿A dónde fue la banshee? Paul se dirigió al camino que conducía al exterior.

Una vez más, no encontró rastro de ella. Se quedó de pie en ese lugar, nervioso.

—¡Oye! ¿Qué estás haciendo aquí?

Escuchó una voz a sus pies. Miró y vio que se trataba de Nico, el gato con el que  Lydia hablaba. Ver que podía entenderlo le hizo sentirse extraño.

—¿Has visto a la banshee? —le preguntó tras un instante de duda.

Nico acababa de despedirse del merrow, estaba de pie sobre sus dos patas traseras, sujetaba un pez, que debía haberle regalado el otro hada y que tenía la misma longitud que él.

—La banshee y yo nos acabamos de encontrar. Nos saludamos y, luego, se alejó a toda prisa.

—Gracias.

Paul estaba a punto de salir corriendo, pero Nico lo detuvo.

—Espera un momento, ¿ves las huellas de las hadas?

—¿Qué? ¿Las hadas tienen huellas?

—Oh, déjame ayudarte a seguirlas.

Nico le dio su pez a una mano que era invisible a los ojos de Paul.

—Envía este pescado a la cocina, a mi nombre.

Parecía que había otras hadas que él no podía ver. Solo vio el pez flotando en el aire como si nadara.

—Bueno, Paul, vamos.

Nico se puso en marcha y lo siguió obedientemente.

—No es como si te dijera que me devuelvas el favor, pero, oh, tengo algo que pedirte. —Se acarició los bigotes— ¿Podrías hacerme un retrato, por favor? Un caballero debe tener uno o dos decentes.

—Esa es una petición fácil, así que por supuesto, no hay problema.

Al escuchar que estaba de acuerdo, Nico entrecerró los ojos satisfecho.

Aunque caminaba sobre sus patas traseras, sorprendentemente, andaba rápido. Paul trotó para seguirle el ritmo al gato que tenía delante y que no dejaba ninguna pisada en la nieve.

Nico parecía rastrear con facilidad las huellas de la banshee, pero todavía no la habían visto.

Caminaron durante una hora, hasta que avistaron el puerto de la ciudad. Entonces, Nico se detuvo de repente.

—Las huellas llegan hasta aquí.

—¿En serio? ¿Cómo es posible?

—Podría haber ido en un carro o una carretilla.

—Voy a buscar alrededor.

La ciudad era muy pequeña: las casas de los residentes estaban cerca de la costa.

Vio poca gente en las calles, y algunos solo eran transeúntes.

No obstante, en ese instante, advirtió una capa verde entre la multitud, a punto de abordar un barco.

—¡La encontré…!

Corrió hacia esa dirección.

—¡Oye, espera un momento! ¿A dónde vas? —gritó el pintor de hadas.

La banshee se dio la vuelta. Pero junto a ella, había alguien que le insistía que subiera a bordo. Era una mujer de mediana edad y, a primera vista, ambas parecían madre e hija.

—¿Quién eres? Esta chica está conmigo… —dijo Paul tras alcanzarla.

Cuando estaba a punto de estirar el brazo para tirar del hada, la mujer sacó una pistola y la apuntó contra su pecho. Se quedó paralizado, muerto de miedo.

La banshee estaba pálida y su cuerpo temblaba de terror. Entonces, la mujer la agarró por el hombro y la regañó furiosa:

—¡¿No te dije que vinieras sin que te vieran?!

—¿Sabe quién es esta chica?

—¿Quieres decir si sé que es una banshee? —Se burló del nervioso Paul— Eres Paul Foreman, ¿verdad? Puedes venir si te preocupa la seguridad de esta niña.

El susodicho vaciló por un momento, pero la situación no le permitía rebelarse.

Además, la banshee lo miraba nerviosa, no pudo dejarla atrás y siguió hasta el barco. Buscó a Nico en silencio y no lo vio. No obstante, se consoló a sí mismo pensando que este, debió ser testigo del acontecimiento y había ido a informar al conde.

Además, si la mujer conocía su identidad, podría ser una de las secuaces de Ulysses. Él era el único que podía proteger a la hada en lugar del conde Ashenbert, así que decidió animarse.

♦ ♦ ♦

—Lord Edgar, ¿me llamó?

Ermine entró a su estudio, tan erguida como de costumbre, con sus ojos fijos en Edgar.

—¿Dónde has estado? Tompkins dijo que te buscó por todo el castillo pero no te encontró.

—Lo lamento mucho… Fui a ver el mar. —Tenía una expresión triste en sus ojos.

Edar le creyó, después de todo, Ermine había muerto en ese mar tras confesar su traición. Ella había perdido su humanidad donde pereció, en el fondo del mar y había renacido como una selkie.

—Está bien, solo estoy un poco preocupado por ti.

Ermine agachó la cabeza, consternada.

—Quizás fue imprudente traerte aquí. De hecho, iba a dejar que te quedaras en Londres, pero no sabía por dónde empezar.

—Lord Edgar, no diga eso. Vine aquí por decisión propia. Usted olvidó mis errores y yo decidí seguirlo para toda la vida —dijo sin vacilación.

Parecía honesta, pero Edgar recordó que en Londres, justo antes de partir hacia la isla de Man, Slade y él discutieron sobre el asalto al apartamento de Paul y de que muy poca gente conocía el verdadero orígen del pintor, por lo que Slade le había dicho: «Conde, ¿está seguro de que no hay nadie entre su gente que lo esté traicionando?»

Solo Lydia, Raven y él sabían que Paul era el hijo de O’Neill. Ermine podría haberse enterado que Edgar y Paul se conocieron en la residencia del duque. Pero eso era todo lo que debía conocer.

Lydia y Raven nunca lo traicionarían. No obstante, quien convirtió a Ermine en una selkie fue Ulysses y cabía la posibilidad que estuvieran en contacto.

Si este sabía que Paul solía trabajar en la mansión del duque Sylvainford, no le sería difícil adivinar que era el hijo de O’Neill.

El cabello de Ermine estaba manchado de nieve, así que Edgar se acercó a ella y se la quitó. Luego, le tocó la mejilla con la mano. Ermine tenía una mirada de desconcierto.

—Te ves bien con nieve.

La posible traición de Ermine demostraba porque su actitud era diferente a la habitual.

Edgar la veía como su compañera y familia, así que si su toque casual la hacía sentir mal, no podía dejar de pensar en la posibilidad de que la perspicaz Ermine podría haber notado que dudaba de ella en su corazón.

Inconscientemente, la había tratado como a la mayoría de las mujeres, por eso se sentía desconcertada.

—Como he estado demasiado tiempo afuera desde que me convertí en un hada, no solo ya no siento el frío sino que la temperatura de mi piel también se desvaneció con mi humanidad.

—Oh, entonces no puedes resfriarte —bromeó y cambió de tema—: ah, Paul trajo a la banshee aquí.

—Sí, el señor Tompkins me lo dijo. —Lo miró, parecía nerviosa.

—¿Ya la has conocido?

—No, aún no.

Edgar estuvo pensativo por un momento. Cuando terminó de sacudir la nieve de los hombros de Ermine, apartó la mano.

—Al parecer ha perdido la memoria y llora mucho. Si tienes tiempo para hablar con ella, deberías acompañarla para que se sienta más cómoda, ya que ambas sois hadas.

—Está bien.

—Solo te lo estoy diciendo.

Edgar le dio la espalda y se acercó a la ventana. Sintió la mirada preocupada de Ermine durante unos segundos, quien luego, con sus habituales movimientos rápidos, salió de la habitación.

Se volvió tras oír el portazo. Se apoyó en la ventana, apretando los puños.

En sus manos, tenía un ámbar de color miel, el cual, estaba en el hombro de Ermine. Había restos de tela encima de la piedra.

Ella y la banshee se habían encontrado. Solo así,  las lágrimas del hada podrían haber caído sobre el hombro de su sirvienta.

¿Por qué le ocultó la verdad?

Edgar tuvo un mal presentimiento en su corazón, y quiso confirmar con otra profunda duda.

Sacó la pantalla de cristal de la lámpara y colocó el ámbar en una cucharita de plata. Luego, la acercó al fuego.

No ardió.

La piedra permanecía intacta en el fuego. También emitía una tenue luz, como si repeliera las llamas.

Las lágrimas de las banshee predicen la muerte de alguien en la familia.

Actualmente, el único miembro de la familia Ashenbert era Edgar.

¿Está anunciando mi muerte? Como le he declarado la guerra a Príncipe, es normal que muera en cualquier momento. Si mi vida está llegando a su fin, ¿eso significa que al final no podré derrotarlo?, suspiró.

No reaccionó como cualquier persona corriente al enfrentarse a una muerte sin escapatoria.

Una vez más, su confianza fue traicionada por su propio camarada, así que la muerte era reconfortante.

En ese momento, llamaron a la puerta.

Escondió de inmediato el ámbar en su bolsillo.

—Edgar, ¿ahora es un buen momento para ti? —Era Lydia.

Cuando escucho su voz, relajó su tensión.

Solo ella era capaz de hacerle sentir que era alguien extraordinario.

Cuando estaba con ella, Edgar sentía que tenía una vida normal y maravillosa; podía olvidar temporalmente al enemigo, a pesar de que estaba casi envuelto en un torbellino de dudas y muerte.

Lydia abrió un poco la puerta, pero Edgar tiró de esta, haciendo que la ella casi se cayera. Si hubiera abierto la puerta un poco más, habría caído en sus brazos. Se arrepintió.

—Oye, Lydia, justamente quería verte. ¿Podríamos seguir conectados?

—No he venido porque quisiera verte… —intentó explicarse, enojada.

Cuando estaba enfadada, era muy linda, y verla de pie al lado de la puerta porque estaba reacia a entrar, hizo que Edgar quisiera atraerla hacia él.

—Me preocupa una cosa… Edgar, ¿me estás escuchando?

—Oh, te escucho.

—¿Por qué me tomas de la mano?

—Porque quiero tomarla.

Lydia, irritada y con un ligero rubor en su rostro, se veía cada vez más adorable.

—Sentémonos y hablemos.

—Aquí está bien.

Su recelo a estar a solas con él era peor que nunca, ¿significaba que ya no podía rechazarlo por completo?

Dijo que no quería usarla, pero se negaba a renunciar a ella.

Su atención se desvió hacia el anillo de piedra lunar que llevaba en el dedo.

Contenía magia de hadas y, además, era la prueba de que Lydia era su prometida.

Ella estaba desesperada por el bien de Edgar. Mientras él estuviera decidido a luchar con ella, podría protegerla completamente de las amenazas como Príncipe. Sin embargo, recordó el ámbar que no podía quemarse.

¿Se aproxima su muerte? Es probable. Pero como miembros de la casa Ashenbert también contaría la prometida. Y si la profecía de la banshee afectaba a Lydia por el anillo…

—¡Edgar, la banshee y el señor Paul han desaparecido! —apartó sus manos.

Durante la hora del té, Nico no apareció, así que Lydia le preguntó a Coblynau si sabía lo que estaba pasando y él le dijo que vio a la banshee salir del castillo y a Paul ir en su busca. Luego, Nico le ayudó a seguir las huellas.

Ya había transcurrido mucho tiempo desde que salieron, por lo que estaba preocupada de que hubieran tenido un accidente. Por eso, fue a ver a Edgar, quien le ordenó a Raven que los buscara.

El joven hizo lo encomendado y no volvió hasta la noche. Entonces, Lydia y Edgar escucharon el informe del sirviente en la sala de recepción.

Los pescadores le contaron a Raven que dos personas, que se parecían a la banshee y a Paul, siguieron a una mujer de mediana edad vestida de negro a un barco, y se dirigieron al otro lado de la ciudad.

Raven fue hasta allí y encontró al cochero de un carruaje que le dijo que había visto a tres personas similares en la estación, que marchaban hacia Londres.

—Buen trabajo, Raven.

—Pero no pude determinar si los tres estaban juntos o no —dijo, mirando a Lydia, probablemente se sentía apenado.

—Nico estará invisible. Además, es un gato voluble, así que no tomará la iniciativa de hacer un movimiento peligroso. Me preocupan más la banshee y el señor Paul.

—En resumen, la mujer debe haber sabido que era una banshee y tal vez también que era un miembro de la casa del Conde Caballero Azul.

—¿Podría ser de la gente de Ulysses…?

—Eso parece.

Edgar tenía una extraña mirada afligida en su rostro.

Por lo general, no se enfadaba ante el hecho de que secuestraran a alguien. También parecería que se estuviera divirtiendo, así que verlo de esa forma fue inesperado para Lydia y se preocupó por su inusual reacción.

—Raven, partiremos de regreso a Londres mañana por la mañana. Díselo a Tompkins y pídele que esté preparado. —indicó con su acostumbrada resolución.

—¿Dónde está Ermine?  —preguntó Lydia.

Le pareció extraño que no estuviera allí y pensó que Edgar podría estar enfadado con ella.

Ladeó la cabeza, era difícil imaginar a estos dos peleando.

Ermine no le contestaba a Edgar como ella hacía, y no solo era absolutamente leal a él, sino que sabía cómo calmarlo.

—Le dije que regresara a Londres y le pedí que enviara una carta urgente al líder de la Luna Escarlata, Slade.

Estaba confundida sobre la razón por la que Edgar la enviaría lejos en una situación tan caótica. Pensó en ello, pero no le dio muchas vueltas. Quizás porque no quería saber qué tipo de relación había entre Edgar y Ermine.

Raven se retiró mientras Lydia estaba aturdida. Cuando volvió en sí, se dio cuenta de que solo quedaban ellos dos.

No te vayas, Edgar hará un movimiento.

Se sentía alerta, mas él no hizo nada. Permaneció sentado en la silla mientras observaba fijamente la llama de la lámpara.

—¿Tienes planes para mañana? —susurró.

Oh. ¿Qué significa eso? 

—¿Quieres volver a Londres conmigo?

Normalmente, Edgar la traería de vuelta sin ninguna explicación.

—No puedo dejar a Nico solo. —Lydia sintió que su respuesta carecía de franqueza, así que agregó—: y quiero intentar ayudar a la banshee.

También quería ayudar a Edgar a convertirse en el verdadero Conde Caballero Azul, pero era algo que no podía decir.

—Lo entiendo. Ulysses también está relacionado con este asunto, así que podría ser peligroso. No obstante, te mantendré a salvo, por lo que no tienes que preocuparte.

Esa frase sonó como si Lydia solo los frenara.

Dado que Ulysses tenía como objetivo a la banshee, debía significar que estaba tramando algo, por lo que Edgar debía necesitar la ayuda de un doctor de hadas.

—No te daré ningún problema —respondió Lydia con tono enfadado—. Lo que dijiste me molesta, espero que puedas confiar en mí.

Edgar esbozó una sonrisa burlona y se levantó.

—Pero piénsalo, solo te estoy dando problemas. Sin darme cuenta, estoy dependiendo demasiado de ti —dijo él en un tono triste.

Lydia no pudo evitar mirarlo de forma inquisidora.

—Dame tus manos. —Se acercó a ella.

¿Qué ocurre?, se sorprendió cuando el anillo de piedra lunar fue removido de su dedo.

—Aunque haga esto, seguirás llevando el anillo, ¿verdad?

Aunque se sentía extraña al ver el anillo en su dedo, Lydia pensaba que no tenía ningún motivo para quitárselo, ya que la magia de Coblynau lo hacía invisible a los ojos de las personas normales.

Sin embargo, Edgar lo quitara la hizo sentir mal.

¿Esto significa que ya no quiere que sea su prometida? 

El comportamiento de Edgar era indescifrable, aparentaba tener la intención de perseguirla, pero mantenía deliberadamente la distancia.

Si no fuera a Londres, ¿habría hecho lo mismo?

Si no quieres que me enamore de ti, solo tienes que decirlo. 

Edgar la dejó sola en la habitación. Lydia sujetó el anillo de piedra lunar.

En ese momento, oyó a alguien golpeando las ventanas.

—¡Oye! Lydia, ven a ayudarme a abrir la ventana.

¿Cuánto tiempo llevo sentada aquí? 

Se dio la vuelta y vio a un caballo negro afuera. Se sorprendió y, al segundo, se acercó corriendo hacia él.

—¡Kelpie! ¿Cómo pudiste galopar hasta la isla de las merrow? Esto no es bueno para ti.

—Solo quería verte un poco.

Abrió la ventana y Kelpie adoptó su forma humana al entrar en la habitación.

—Escuché que el conde también ha venido. ¿Cómo te está tratando?

—Bueno… Es…

—¿Qué sucede? Dime.

Lydia sostuvo el anillo en su mano detrás de la espalda, y esbozó una sonrisa falsa.

—Nada. Han ocurrido algunos incidentes aquí y mañana vuelvo a Londres.

—Oh, Londres. Entonces ¿vas volver junto a ese tipo?

—Este es mi trabajo.

Kelpie se acercó a ella. Aunque no estaba usando la magia de sus ojos, la belleza mística de su mirada la hizo sentir mareada.

—Dijiste incidentes, no están relacionados con esos tipos que quieren matar al conde, ¿verdad?

Era más perspicaz de lo esperado.

—Lydia, deja los asuntos del conde. Ese chico llamado Ulysses puede ser duro, ¿vas a morir por el conde? Además, creo que no va en serio con vuestro compromiso.

Era cierto que Edgar siempre era egoísta: mientras que en un momento le ponía el anillo, al siguiente se lo quitaba.

Incluso el compromiso era algo a lo que recurrió para lograr sus propios objetivos.

Lydia agarró con fuerza el anillo que tenía en la palma de su mano y no pudo evitar fruncir el ceño de dolor.

Kelpie la atrajo de repente hacia él y la abrazó.

—T-Tú… ¿Qué estás haciendo…?

—Pareces estar bastante deprimida.

Den
Adoro cuando Kelpie aparece. Con solo verla a los ojos, es capaz de ver sus emociones y le brinda el consuelo (a su manera) que tanto necesita en los momentos oportunos. Amo su personaje (≧◡≦) ♡

Lydia nunca se abría a él, sin embargo, no pudo apartarlo.

Tal vez Kelpie podía apaciguar el alma humana con su magia, porque Lydia se sentía súbitamente muy a gusto.

¿Por qué estoy deprimida? 

Quería que Edgar no siguiera diciéndole dulces palabras como con Ermine, mas ahora se sentía decaída porque le había quitado el anillo de piedra lunar y eso, ciertamente, era muy extraño.

¿Ahora estoy frustrada? 

Edgar era un humano, no un hada, y había muchas ocasiones en las que eran incapaces de conocer los verdaderos pensamientos internos del otro y no podían transmitirlos.

—Por favor, suelta a la señorita Lydia.

Era la voz de Raven.

El corazón de Lydia dio un vuelco e intentó apartar a Kelpie, quien se limitó a abrazarla con más fuerza.

—Mocoso, ¿por qué debería escucharte?

—La señorita Lydia es la prometida de lord Edgar.

—Eso es una mera formalidad.

Raven dio un paso al frente, preparado para atacar a Kelpie. Este soltó a Lydia y retrocedió rápidamente.

—Te aconsejo que te detengas. No puedes controlar tu propia fuerza y reprimir el poder de tu interior. Si quieres jugar conmigo, tendrás que luchar hasta morir.

—¡Kelpie, detente!

Lydia se interpuso entre los dos para detenerlos.

—Deberías decirle a este chico que pare. Si el espíritu unido a él no quiere y se descontrola, definitivamente no se detendrá hasta que él muera.

¡¿Qué?! ¡¿Es eso cierto?! 

Lydia se puso nerviosa, por lo que en su lugar prefirió persuadir a Raven.

—Raven, cálmate. Le diré a Kelpie que se vaya.

—¿Qué es esto? ¿Por qué tengo que irme?

—¡No puedes quedarte aquí! Si no te vas, de todos modos te descubrirán las merrow.

Kelpie chasqueó la lengua para mostrar su renuencia, pero Lydia lo empujó hacia la ventana.

—Oye, mocoso, ve a decirle esto al conde: no pienses que te casarás con Lydia y perderé ante ti. Si sigue lastimándola, no tendré piedad con él.

Después de que Kelpie saltara por la ventana hacia la oscuridad, Lydia la cerró. A continuación, miró con timidez a Raven.

—Estoy muy tranquilo, no se preocupe.

Lydia suspiró aliviada, aunque estaba avergonzada de que la sorprendiera en los brazos de Kelpie. Lo estaría aún más si hubiera sido Edgar porque se habría enfadado.

—Señorita Lydia, por favor, no traicione a lord Edgar —dijo, como si estuviera decidido.

—¿Traicionar? Yo no…

—Es la prometida de lord Edgar, pero estaba abrazando a Kelpie, lo cual es un acto de traición.

Sus palabras la enfurecieron.

—¿Qué quieres decir? Nunca dije que me gustara Edgar, y también deberías saber que solo nos comprometimos porque no tuvimos elección.

—No importa qué clase de compromiso sea, sigue siendo un compromiso.

—Entonces, ¡¿Edgar no me traicionó durante todo el mes?! Si puedes decirme eso, sería mejor que se lo recordaras a ese mujeriego.

—Lord Edgar no hizo nada para traicionarla. No tiene ninguna otra mujer.

¿Cómo es posible? No, simplemente no es posible, Lydia lo negó, pero sabía que Raven no mentía.

Se marchó de Londres durante un mes y medio, y Edgar, sin temer ser descubierto, debe habérselo pasado bien, ya que no podía vivir mucho tiempo sin chicas a su alrededor.

—Lord Edgar la necesita.

—A quien realmente necesita no es a mí…

Porque Ermine volvió a su lado como una selkie y él no tenía ninguna razón para rechazarla.

Si Edgar dejó de jugar con las mujeres y decidió ser fiel en el amor, debería haber comenzado a centrarse en Ermine .

Sus emociones pudieron calmarse de alguna manera gracias a Kelpie, sin embargo, ahora Raven las había perturbado de nuevo. Se apresuró a huir de la habitación para evitar los ojos del joven moreno.

♦ ♦ ♦

Paul tuvo vendados los ojos con un trapo mientras que unos hombres se lo llevaban a la fuerza a una habitación.

¿En qué distrito de Londres se encontraba? Sentía como si hubiera estado sentado en un carruaje durante mucho tiempo, pero la zona era muy tranquila, por lo que no era una ciudad, sino un suburbio.

Las ventanas estaban sujetas con clavos, así que no podía salir a través de ellas. Y, por supuesto, la puerta no se movía.

—¿Oye, Paul, estás ahí?

Pudo oír la voz de Nico desde afuera. Paul se sorprendió y se apoyó contra la puerta para responder:

—¡Señor Nico! ¡¿Cómo llegó aquí?!

—Oh, me he vuelto invisible, así que no me han descubierto. Aunque algo está mal. Ulysses debe estar detrás de esto.

Paul coincidió en que la situación era terrible. Fueron atrapados por Ulysses y podrían ser asesinados.

—Paul, ¿me estás escuchando?

—Ah… sí. Solo estoy un poco sorprendido.

—Ahora no es el momento de estar asustado. Te ayudaré a abrir la puerta. Démonos prisa y escapemos de aquí.

—¿Tiene la llave?

—Vi a la mujer poniéndola en un cajón, así que fui y se la robé.

Ya veo. Las hadas pueden volverse invisibles y hacer todo con mucha facilidad, qué suerte tuvo de que apareciera Nico.

Después de oír que quitaba el cerrojo, giró el pomo de la puerta y esta se abrió.

Los pasillos de la casa estaban muy oscuros.

—Ven por aquí.

Paul siguió a Nico, que permanecía invisible, mediante el sonido de sus pasos.

—¿Puedo preguntar por qué estuvo dispuesto a seguirme hasta aquí? ¿No es el gato de la señorita Lydia?

—No soy un gato, soy más que eso. Lydia y yo estamos en igualdad de condiciones. También soy su compañero. Tengo la libertad de actuar a mi antojo. Además, si te vas, ¿quién va a dibujar mi retrato? Así que sí, estaría muy preocupado.

Aunque solo estaba pensando en el retrato, Paul consideró que estaba bien, ya que a Nico parecía gustarle sus habilidades artísticas.

—Ah, sí, señor Nico, ¿dónde está retenida la banshee?

—No lo sé, solo te seguí a ti. De todos modos, no es humana, por lo que no morirá si la dejan desatendida.

Paul pensó que el hada debía estar llorando y, por eso, no podía soportar dejarla.

—Pero… pero… es una persona asustadiza.

En ese momento, escuchó un débil llanto. ¡Era el llanto de la banshee!

Se volvió rápidamente y se dirigió hacia la fuente del sonido.

—Oye, pintor de hadas, ¿a dónde vas?

Encontró la habitación de donde provenía el llanto. Abrió suavemente la puerta, que no estaba cerrada con llave.

La banshee llevaba puesta la capucha de su capa y estaba acurrucada llorando, sentada en el suelo en medio de la habitación, con las manos en las rodillas.

—Banshee, ¿estás bien? ¿Te intimidaron?

La joven negó con la cabeza.

—No, estoy bien…

—Uff, qué bien. ¿Puedes levantarte?

—Bueno, me dijeron que no podré verte más, así que…

—Rápido, estamos huyendo.

El hada negó con la cabeza, parecía reacia a levantarse.

—Quiero quedarme aquí, me gustaría ver al verdadero Conde Caballero Azul.

—¿De qué estás hablando? El Conde Caballero Azul es el hombre que viste en la isla de Man.

—Pero ellos deberían ser capaces de permitirme ver a la persona que heredó la sangre del Conde Caballero Azul.

Paul buscó impotente a Nico.

El pelaje gris del gato hada apareció frente a ellos, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿Quién te dijo eso? ¿La mujer que te trajo aquí?

—No, mientras estaba en el castillo de la isla de Man, alguien me dio una carta. Decía que si quería ver al auténtico Conde Caballero Azul, debía engañarlos y salir de ahí para dirigirme al puerto. Cuando llegué, ella dijo que me llevaría a verlo.

Así que por eso la banshee salió corriendo de repente de la habitación, pero eso incorporaba un nuevo misterio.

—¿En el castillo? ¿Quién te dio la carta?

—Una sirvienta que tenía el pelo corto y negro y vestía ropa de hombre. Me la entregó y me dijo que la leyera de inmediato.

Esa mujer era la hermana del ayudante de cámara de Edgar, ¡¿cómo era posible?! Paul estaba entrando en pánico.

O, ¿tal vez Ermine simplemente transmitió la carta que le confiaron?

Independientemente de quién le dijera que hiciera eso, el destinatario era la esperanza y una chica importante para el clan, ¿cómo podría Ermine no discutirlo con el conde y mostrarle una carta sospechosa? Incluso aprovechó para entregarle la correspondencia cuando estaba sola y no tenía a nadie a su lado. Paul estaba muy preocupado por eso. Tenía la impresión de haber descubierto un secreto.

Nico no paraba de enrrollar sus bigotes de la preocupación.

—¿Y qué pasó con la carta…? ¿Todavía la tienes?

—Decía que la arrojara a la chimenea después de leerla… De todos modos, quiero ver si esa persona es realmente el Conde. Si la señorita Gladys ha muerto, entonces esa persona es mi nuevo maestro.

—No perdiste tu juicio de banshee, sigues sirviendo lealmente solo a la verdadera familia.

Al oír la voz que acababa de interrumpirlos, Paul se paralizó del miedo, pues un joven de cabello rubio pálido apareció en la puerta.

¡Era Ulysses!

A primera vista, parecía tener quince o dieciséis años, pero era el confidente de Príncipe y hábil manipulando el poder de las hadas.

Paul retrocedió, no obstante, de repente recordó que tenía que proteger a la banshee, así que se armó de coraje y se puso delante de ella.

Sin embargo, Ulysses ignoró por completo su acción y se acercó a ellos.

—Banshee, por fin puedo conocerte.

La susodicha se puso de pie tambaleándose. Miró fijamente al chico y se aproximó a Paul.

—Eres el Conde Caballero Azul…

—Has acertado. Deberías ser capaz de sentir quién es el verdadero descendiente del conde.

—Sí… percibo el mismo poder que en la señorita Gladys.

—Espera un momento, banshee. No es él, y no es un heredero legítimo de la familia del Conde.

Ulysses agarró de repente a Paul de la corbata, con ojos furiosos.

—¿Estás tratando de decir que soy un hijo bastardo del Conde? Mis antepasados no lo consideraron como una boda oficial, pero esta es solo una regla de la sociedad humana. ¡En el mundo de las hadas, cualquiera que tenga un parentesco de sangre está calificado para heredar todo!

Ulysses soltó a Paul y este cayó al suelo. La banshee corrió a su lado sorprendida. Para ella, el adolescente debería ser su maestro, al que solo ella podía reconocer, sin embargo, no podía creer que su amo tratase a Paul con tanta rudeza.

Miró a Ulysses y Paul alternativamente.

—Banshee, ese hombre es mi enemigo, y solo está siendo amable contigo para ganarse tu confianza.

La joven miró preocupada a Paul, quien se levantó e intentó explicarse.

—¡No, no puedes confiar en ese hombre! Por favor, créeme, ¡el hombre que viste en el castillo es el verdadero conde!

—¿Por qué ese tipo siempre tiene una multitud de admiradores? ¡Es asqueroso!

Ulysses sacó una pistola y apuntó a Paul en la cabeza…


Den
Me matas a Paul y ya verás, Ulysses ୧(๑•̀ ▃ •́๑)୨

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