El Conde y el hada – Volumen 8 – Relato corto 3: Predicción del amor, como desees

Traducido por Den

Editado por Meli


Me quiere, no me quiere, me quiere…, no me quiere…

El último pétalo revoloteó hasta el suelo junto con esas últimas palabras.  La chica exhaló un suspiro.

Por muchas veces que lo intentara, el resultado era el mismo.

Era como si la flor le dijera que era inútil que se hiciera ilusiones. Pero no podía rendirse, así que sacó otra flor de la cesta.

En ese momento, una caprichosa ráfaga de viento sopló y su sombrero se fue volando junto con la flor que tenía en la mano.

El sombrero cayó en la acera, a los pies de un hombre que se dirigía hacia ella. El hombre lo recogió y se acercó. Le dedicó una amable sonrisa mientras le entregaba el sombrero.

—¿Eres Sara, la chica de las flores?

—Sí, esa misma.

En lugar de agradecerle, Sara se limitó a escrutar la apariencia del joven que no encajaba en el bullicioso mercado público.

Su cabello rubio brillante asomaba por debajo del sombrero de copa negro. Vestía una levita elegante y lisa y usaba unos zapatos tan bien lustrados que la suciedad que los rodeaba parecía retroceder para no entrar en contacto con ellos. Además, tenía un hermoso rostro.

Lo observó asombrada, sin percatarse de lo irrespetuosa que estaba siendo.

—He oído que, si juegas a la predicción de la fortuna con una de tus flores, obtienes un buen resultado. ¿Es cierto? —Las elegantes palabras en inglés que pronunció con voz suave eran perfectas.

Casi nunca veía a un visitante de clase alta en el mercado durante el día. Las personas como él, venían cuando oscurecía para asistir a la ópera, en el Teatro Drury Lane [1], que ocupaba imponentemente el espacio de enfrente.

¿Ese hombre, que apareció cuando el sol aún no se había puesto, fue a comprarle flores?

—Es posible, hay mucha gente que lo afirma.

Desde quién sabe cuándo, se rumoreaba que tendrías éxito en el amor si jugabas a la predicción de la fortuna con una de sus flores. Por eso, muchas mujeres y hombres con problemas amorosos acudían a ella. Se alegraba de tener clientela, así que cuando le preguntaban si obtendrían un buen resultado, decidió no negarlo.

Pero era sorprendente que una persona como él, quisiera probar suerte.

—Si fuera usted, señor, ¿no sería inútil intentarlo? Creo que, si solo le mostrara su interés, la atraparía con facilidad.

—No lo creo. Por ejemplo, si fueras tú, ¿te enamorarías de mí con facilidad? —Sonrió como un pequeño bromista. Su sonrisa no era desalentadora como los demás hombres de clase alta, era muy cálida y amable.

—N-No… Cualesquiera que sean las circunstancias…

—¿Es porque tienes a alguien que te gusta? Mientras me mirabas, parecías estar convencida.

Se sintió avergonzada, así que se bajó el sombrero para ocultar su rostro.

—Pero eres una joven muy encantadora. Si tienes problemas amorosos, ¿no sabes que no puedes controlar los sentimientos de otra persona?

—Eh…, tiene razón. Espero que el resultado sea bueno.

Se sintió atraída hacia el apuesto hombre, que parecía meditar demasiado las cosas, al igual que ella. Por eso le entregó un manojo de margaritas.

—Si no acaba bien, volveré a comprarte más. Como dos almas que sufren con un amor no correspondido, siempre existe la opción de consolarnos mutuamente. Y, a partir de ahí, podría florecer un nuevo amor —Soltó una risita. Aceptó las flores y le dio una moneda de cobre.

Den
Por estas cosas, Lydia no acepta fácilmente tus sentimientos...

Al examinarlo una vez más, pensó que sin duda era un caballero que decía cosas caprichosas. Nunca había oído hablar de que un aristócrata intentara coquetear con una vendedora de flores.

—Señor, es bastante extraño. Si quiere que su amor sea correspondido, ¿no debería dejar de intentar quedar bien con cada chica que conoce?

—Ya veo. Es una buena idea. Ahora sí que has captado mi interés.

Se marchó con esas últimas palabras, como si su consejo no hubiera funcionado con él.

Qué hombre tan extraño, pensó Sara.

Estaba tan distraída que olvidó darle el cambio. Entró en pánico y se apresuró a seguirlo, sin embargo, quedó atrapada entre la multitud del mercado y lo perdió de vista.

Me preguntó quién demonios era.

—Ah, bueno, mientras ande por la ópera, seguro que me lo volveré a encontrar.

♦ ♦ ♦

—Edgar, ¿qué significa esto?

Lydia, que había estado esperando su regreso, irrumpió en el vestíbulo y le urgió al joven conde, el amo de la mansión, una respuesta.

—Ah, hola, Lydia. Tu rostro enfadado es encantador. Por cierto, ¿de qué estás hablando?

—De la ópera. Dije que no iba a ir. Y, aun así, la señora Harriett me ha dicho que necesito alistarme porque está en mi agenda. ¿Qué está pasando?

—Hmm, como la semana pasada dijiste que no irías, lo cambié para hoy.

Cuando digo que no iré, ¡me refiero a que no iré ni la semana pasada ni hoy!, quería gritarle, pero siempre guardaba silencio cuando se enfrentaba a una argucia de él.

Además, la razón por lo que él no se lo anunció, fue para poder obligarla a acompañarlo.

Mientras ardía de rabia, lo siguió hasta su habitación.

—Ya te he dicho que no me gusta ir a sitios fastuosos. Si quieres que te acompañe una mujer, deberías invitar a la hija de un aristócrata. Ninguna te rechazaría.

Edgar se dio la vuelta para mirarla.

—Entonces, ¿por qué no quieres ir?

—Porque… ¿no es en un idioma extranjero? No lo entendería de todos modos.

—No importa. Es La Cenerentola de Rossini. Aunque está en italiano, se trata de la historia de la Cenicienta. Sin duda la conoces. Es más, te haré de intérprete, así que seguro la disfrutarás.

—Pero…

La ópera era un lugar donde los nobles se reunían y se presentaban entre sí, era una carga demasiado pesada para los hombros de una chica de campo como ella.

Aun así, él solía llevarla a las reuniones de la clase alta y presentarla como la doctora de hadas privada de su condado. Sin embargo, Lydia sentía que la exhibía porque era extraña.

Edgar Ashenbert poseía el título de conde de Ibrazel. En el siglo XIX, era raro que alguien creyera que la propiedad del conde se situara en el mundo de las hadas. No obstante, al menos, las hadas que lo aceptaban como su nuevo señor, vivían en su residencia en Inglaterra.

Sin embargo, como él no podía ver a esas criaturas mágicas, Lydia, como su doctora de hadas, se encargaba de todo lo relacionado con ellas.

No había pasado mucho tiempo desde su contratación, pero Edgar ya la había presentado a varios aristócratas.

Los doctores de hadas eran especialistas que conocían todo sobre las hadas. Su trabajo consistía en resolver los problemas que surgían entre ellas y los humanos. Una vez, las hadas habitaron por toda Inglaterra, pero ahora estaban prácticamente extintas y la sociedad no entendía muy bien su trabajo,  viéndola como si fuera una rareza. En consecuencia, Lydia, poco a poco empezó a pensar que era inútil forzarse a aparecer frente al público, por eso le resultaba muy molesto asistir a la ópera.

—¿Vas a hacer que vaya solo? ¿Te parece bien que se rían de mí porque mi pareja me dejó plantado? Debo entrar por primera vez en la alta sociedad londinense sin ningún apoyo ni patrocinador. No paraba de darle vueltas a cómo un principiante como yo podría dejar una impresión indeleble en la alta sociedad. Pensé que, si te tenía a mi lado, podría ir con seguridad. Sin embargo, ¿me vas a abandonar?

Su nivel de persuasión mediante amenazas o lágrimas de cocodrilo no era del promedio. Además, ese hombre parecía un príncipe y podía convertir a cualquier mujer en su marioneta.

Era difícil imaginar que alguien franco y confiado, que siempre era el centro de atención, se acobardara ante la idea de ir solo a la ópera.

—Por favor, no digas que no irás.

Aunque era plenamente consciente de que era una manipulación, no pudo rechazarlo después de que le suplicara de esa manera.

—No podré actuar como una noble.

—Todo lo que te pido es que te sientes conmigo y sonrías —explicó y llamó a la sirvienta principal, que llegó enseguida, asumiendo que Lydia había dado su aprobación—. Harriett, ¿no había encargado un vestido verde lima, del mismo color que los ojos de Lydia? Sería problemático que fuera del mismo color de cierta noble que domina a las masas. Estaremos a salvo si nos decantamos por ese.

No puedo creer que debas considerar un detalle así. Lydia no sabía si debía asombrarse o escandalizarse por la rapidez con la que investigaba.

—Lydia, ¿te parece bien ese?

Ella solo podía ceder y asentir, siempre terminada siendo obligada a vestir elegantes vestidos y a acompañarlo a diferentes lugares bajo el pretexto de que formaba parte de su trabajo.

—Ahora que lo pienso, nunca me han tomado medidas, así que ¿cómo han podido hacerlos?

—La esposa del sastre era casi de tu misma estatura.

—Así que es de la misma estatura que yo…

—Pero les pedí que redujeran unos dieciocho centímetros del busto y de la cadera.

¿Cómo?

—¿P-Por qué sabes algo así?

—Se puede deducir de alguna manera u otra.

No se puede deducir de alguna manera u otra. Este mujeriego es increíble.

Se sintió mareada por la sorpresa… O tal vez por la vergüenza.

En ese momento, un joven de piel color avellana entró en la habitación. Era el leal sirviente de Edgar.

—Lord Edgar, se olvidó esto en el carruaje. —Colocó un pequeño ramo de margaritas sobre la mesa.

—Ah, sí. Encontré a una linda florista cuyo juego de las flores tiene una buena valoración en el Convent Garden [2].

—¿Era como decían los rumores? —preguntó Raven.

—Sí, incluso mejor que los rumores.

—¿Así que ya lo probaste? —cuestionó Lydia.

—No, me refería a la florista pelinegra y sensible. Era muy linda.

¿Así que te interesaba más esa parte del rumor?

—Pero, por desgracia, ya tiene a alguien que le gusta. —Le entregó el ramo a Lydia y sacó una margarita y agregó—. Bueno, yo te tengo a ti.

—Solo soy la doctora de hadas del conde, no tu juguete.

—Eres tan fría como siempre. Probemos el juego de las flores. Para comprobar si te enamorarás de mí o no.

Lydia giró la cabeza hacia otro lado, sin responder a su comentario. Entonces Edgar comenzó a arrancar los pétalos de la margarita uno tras otro. Mientras repetía «se enamorará, no se enamorará», Lydia no pudo evitar sentirse un poco interesada, a pesar de que el juego le parecía ridículo.

—Se enamorará… —Justo delante de Lydia, arrancó el último pétalo y le dedicó una sonrisa triunfante—. Parece que funcionará la magia del juego de las flores.

—Nunca lo hará…

Cuando se dio la vuelta para marcharse, algo reptó por su pie.

¡U-Una serpiente!

—¡Nooooooo! —gritó aterrada al darse cuenta de lo que era, y saltó hacia Edgar, que estaba a su lado—. ¡A-Aléjala! ¡Sácala de aquí!

Raven se apresuró a capturarla, pero las piernas de Lydia seguían temblando.

—¿Te dan miedo las serpientes?

—¿Por qué hay una serpiente en un lugar como este?

—Debe haberse perdido. Pero está bien, solo es una serpiente pequeña.

Estaba a punto de levantar la cabeza, sin embargo, al ver que Raven seguía allí de pie con el animal en la mano, se le escapó otro grito.

—¡Ah…! ¿Q-Qué haces? ¡Date prisa y sácala de aquí!

—Lord Edgar, ¿puedo sacarla? —Fue concienzudo y le preguntó con calma a su maestro.

—Hmm, bueno, me gustaría quedarnos así un poco más.

Lydia se percató de que estaba aferrada a Edgar. Pero como Raven seguía a su lado con la serpiente, no pudo moverse.

—¡Date prisa…!

Edgar le dio permiso y al final Raven tiró la serpiente por la ventana.

Tras suspirar aliviada, se apresuró a soltarse y a alejarse de Edgar. Sin embargo, él le pasó el brazo por la espalda, como si estuviera reacio a separarse de ella.

—¿Habría sido mejor que acortaran dos centímetros más?

—¿Qué?

—De tu cintura.

Lydia se preparó para darle una bofetada, pero él la soltó y esquivó con rapidez su ataque.

—Señorita Lydia, por favor, comencemos con los preparativos —pidió la sirvienta principal, que reapareció, tenía el vestido verde lima en las manos.

Lydia fulminó con la mirada a Edgar, que le sonreía, y se retiró de la habitación junto con la criada.

—Oye, Lydia, vi algo —susurró de repente el gato hada, Nico, a sus pies.

Su vanidoso compañero, que por lo general, caminaba sobre sus dos patas traseras y llevaba una corbata; caminaba a propósito a cuatro patas para no hacer sospechar a la sirvienta principal.

—¿Qué?

—Vi entrar a un hada.

—¿Es posible que esa hada sea la responsable de la travesura con la serpiente…?

—Tal vez.

Si era un hada que hacía bromas de ese nivel, podría ser un hobgoblin que vivía por esa zona. No se trataba de un hada malvada. Sin embargo, no podía perdonar que soltara a una serpiente.

—Nico, encuentra al hada y asegúrate de capturarla.

—No, no quiero. Es demasiado trabajo —se excusó como de costumbre—. Solo quería advertirte, ten cuidado.

Esas fueron las últimas palabras del gato hada caprichoso antes de desaparecer con un puf.

♦ ♦ ♦

Al final, Lydia no tuvo tiempo para pensar en el hada que liberó a la serpiente.

Después de terminar de alistarse, Edgar la llevó al Teatro Drury Lane. La acompañó hasta el palco y entonces se enteró de que había un asiento especial para la duquesa, lady Masefield.

¡También me ocultaste esto!, exclamó enfurecida en su cabeza. Era demasiado tarde para hacer algo al respecto.

Si se unieran a la elegante y educada duquesa en la ópera, llamarían la atención de los demás palcos, era la oportunidad perfecta para Edgar, que acaba de regresar a Inglaterra, para difundir su nombre entre la sociedad.

Es un hombre calculador, a más no poder.

Ante ese repentino encuentro, Lydia se puso muy nerviosa. Pero, de alguna manera, logró hacer la reverencia que había aprendido recientemente.

La duquesa la recibió con calidez y amabilidad, y eso la tranquilizó.

—Escuché que puedes ver hadas. —El tono de su voz demostraba que no dudaba de ello.

—Lydia, al parecer la duquesa vio a un hada en el pasado.

—En realidad, no estoy segura de ello. —Sonrió la dama—. Hace mucho tiempo, ocurrió algo inexplicable, así que pensé que podría haber sido un hada. Eso es todo.

Esa podría ser la razón por la que Edgar quería llevarla a toda costa. Debió pensar que sería la mejor manera de llamar la atención de la duquesa.

Era un hombre que aprovechaba cualquier oportunidad para hablarle con dulzura y para rematar, convencía a la gente para que siempre hicieran lo que él quería.

No obstante, para Lydia la historia sobre las hadas era algo curioso.

—Si no es irrespetuoso de mi parte, ¿qué sucedió? —le preguntó a la duquesa, habiendo vuelto a centrarse.

—Ocurrió antes de casarme. Cuando pasaba una temporada en mi casa de campo en Summerset, mi sirvienta me dijo que había muchas hadas habitando en esa zona. Si dejabas una taza de leche en el alféizar, la cantidad de leche disminuiría. Así que comencé a dejar un poco de leche en el alféizar todas las noches…

Al parecer la duquesa tenía dos pretendientes en aquella época. Uno de ellos, por supuesto, era el actual duque Masefield —aunque solo era el segundo hijo de un aristócrata en ese momento—. El otro hombre era un oficial que acababa de ingresar en la academia militar.

Dudaba a quién elegir. Pero un día sus ojos se toparon con una margarita en el jardín y decidió jugar a la predicción de la fortuna: citando los nombres de cada uno de ellos mientras arrancaba un pétalo tras otro. Y, sin importar cuántas veces lo intentó, siempre obtuvo el mismo resultado.

Se piensa que las margaritas tienen pétalos impares y, por eso, se utilizan a menudo en el juego de la predicción de la fortuna. Sin embargo, por alguna razón u otra, llegaba al mismo nombre en el último pétalo.

Por eso la duquesa tuvo la leve sensación de que algo estaba tratando de manipular los números de pétalos durante el juego.

—… En ese momento, me pareció ver moverse a una pequeña criatura verde en la sombra del pétalo de la margarita y creí haber oído un débil susurro, aunque podría haber sido el viento.

Definitivamente era un hada, pensó Lydia.

—Las hadas tienen la habilidad de manipular a las personas y mezclar los números y el orden. Creo que, quizás, había un brownie o un hada similar, como un hobgoblin, allí.

—¿Eso crees? Pero fue tan misterioso que me pregunto si el hada que decide el resultado del juego de las flores puede ver el futuro.

—No creo que conozca el futuro. Por lo general, esa clase de hadas lo hacen por aburrimiento y sin ninguna razón en particular.

Mientras explicaba, comenzó a preocuparse por si no estaba siendo considerada al decir que un hada aburrida solo le jugó una broma en la predicción de la fortuna que iba a decidir algo vital para la mujer.

Sin embargo, no podía decir nada irresponsable cuando se trataba de las hadas. Después de todo, era una doctora de hadas.

—Um, pero, aunque fuera una travesura, el hada no tenía mala intención. No pensaba que estuviera relacionado con su futuro. Además, como Su Excelencia siempre dejaba leche en el alféizar, puede que haya querido hacerle saber que existía. O eso creo.

La duquesa entrecerró los ojos contenta.

—Siento tu devoción por las hadas. Debes amar de verdad a esas almas pequeñas y libres de las especulaciones de los humanos.

Eran simples palabras, pero llenas de simpatía y compasión hacia ella y las hadas.

Estaba tan contenta que sentía que ya no era extraña. Pudo sonreír.

—Y entonces, Su Excelencia, tras probar el juego de las flores, ¿su corazón se decidió? —preguntó Edgar.

—Sí. Debo agradecérselo al hada.

—Uno de verdad debe intentar confiar en las hadas, ¿cierto, Lydia?

Edgar debió haber notado que estaba de buen humor, así que bromeó sobre que el juego de la predicción era famoso por acertar, haciendo referencia al que él había realizado hace poco.

Lydia se giró, pensando que su comentario estaba fuera de lugar, pero, a pesar de que adoptó esa actitud, él pudo ver con claridad que ya no estaba enfadada. Sonrió alegremente y miró hacia el escenario.

—Parece que está a punto de empezar.

—Uno de mis cantantes favoritos subirá hoy al escenario.

—¿En serio? ¿Con qué papel?

—Es uno de los cantantes del coro, aún no tiene el nivel para conseguir un papel importante.

—¿Es un joven prometedor a sus ojos?

—No estoy segura. Es que se parece un poco a mi marido cuando era joven.

—Entonces, sin duda es prometedor.

Los labios de la duquesa se curvaron, formando una jovial sonrisa. En ese momento, se subió el telón del escenario.

Lydia no entendía la letra de la canción, pero en cuanto empezó, centró su atención en el escenario.

El público estaba fascinado por el tenor [3] cálido y agradable del actor que interpretaba al príncipe de la historia. Los corazones de las damas palpitaban ante el encuentro destinado con Cenicienta.

Cuando el coro de los actores que hacían de los sirvientes comenzó a cantar, Lydia trató de averiguar cuál de ellos era el favorito de la duquesa. Entonces, notó algo pequeño y extraño corriendo por el escenario.

—¿Un hada…?

Cuando miró a través de los binoculares [4], confirmó que se trataba de un hada, tan pequeña que cabría en su mano. Era pelirroja, con la nariz aguileña y ropa verde. A juzgar por sus características, dedujo que era una pixie.

Era tan audaz que nadie en el teatro se había percatado de ella. Por supuesto, ningún ser humano corriente podría verla.

Mientras sus ojos la seguían, la criatura se acercó y trepó a uno de los hombres del coro. Para ser concretos, al más alto del grupo. Una vez llegó a la cabeza, comenzó a tirarle del pelo mientras él trataba de cantar con cuerpo y alma.

—Ah. —Se tapó rápidamente la boca; casi se le escapa un jadeo.

Observó cómo el hombre seguía cantando mientras era acosado por el hada y no podía entender qué le pasaba.

Los miembros del coro lo vieron con ojos amenazadores, lo que hizo que se apresurara a levantarse.

El hada le tiró vacías veces del pelo y, entonces, le mordió la oreja, algo que sin duda alteró su melodía. No fue a un nivel que Lydia pudiera captarlo, pero uno de los actores que se dio cuenta lo fulminó con la mirada.

Qué pena. No tiene la culpa, pero le gritarán más tarde.

Mientras sentía lástima por él, se preguntaba por qué el hada solo le gastaba bromas a él.

Quizás sea porque es más grande y alto que el resto.

Lo que más le preocupaba era que fuera el hombre del que hablaba la duquesa. Y como previó, cuando se bajó el telón, la duquesa suspiró.

—¿Era el tenor más alto?

El hombre del que Edgar hablaba, fue al que atacó el hada.

—Sí… Me preguntó qué sucedía. Siempre es muy trabajador y se asegura de poder actuar bien en los actos que le asignan.

La travesura de un hada, por lo general, no tenía malas intenciones… aunque algo era diferente.

—Cualquiera tiene un mal día —comentó Edgar.

—Sí, tiene razón —concordó la duquesa.

Mientras Lydia pensaba en si debía contar o no lo del hada, se oyó una voz desde detrás de la cortina.

—Adelante —dijo la duquesa. Entonces, apareció el hombre que acababa de actuar en el escenario.

Tenía el rostro cuadrado, ojos y nariz grandes, unos hombros anchos y cejas pobladas que le conferían un aspecto aterrador y feroz. No obstante, su voz era suave y tranquilizadora.

—Su Excelencia —Hizo una cortés reverencia—, muchas gracias por venir a ver nuestra interpretación hoy.

Los ojos de Lydia se fijaron en su oreja que estaba roja por la mordedura del hada.

—Fue una actuación maravillosa. Estoy segura de que la disfrutaré hasta el final.

—Ah… Sí, tómese su tiempo…

Sus hombros cayeron apenados, lo que demostraba que no había venido a decir eso. Incluso mientras la duquesa se lo presentaba a Edgar y a Lydia, sus respuestas eran vacías, y parecía ausente.

—Por otro lado, Hugh, ¿no tienes que prepararte para el segundo acto?

El hombre pelirrojo —igual que la pixie—, cuyo nombre era Hugh Hogarts, agachó la cabeza. Parecía abatido.

—En realidad, me quitaron de mi papel…

—Oh, cielos. No te desanimes, aún tienes una oportunidad.

—¿Había una rata en el escenario? —preguntó Edgar.

—Una rata… Ah, sí, probablemente. Pero no tenía ni idea de lo que pasaba.

—Las personas del público que se dieron cuenta de tu error ni siquiera valen la pena. Cuando esto sea elogiado por el periódico de mañana del Times, todos en el teatro lo olvidarán.

Eso debió aliviarlo un poco, ya que relajó las comisuras de sus labios. Sin embargo, Lydia no podía ignorarlo. Porque sabía que no fue una rata.

—Um, ¿recientemente has pisado algún macizo o plantado unos arbustos?

Hugh la miró desconcertado e incluso la duquesa le dirigió una mirada confundida.

—Lydia, ¿acaso estás diciendo que fue obra de un hada?

—B-Bueno…, vi a un hada… Pero no parecía una broma, más bien como si se estuviera vengando por algo.

—Si pisas un macizo, ¿te ataca un hada?

—Ah, no, Su Excelencia. Solo cuando pisas al hada que casualmente está durmiendo en ese tipo de lugares, o haces algo desafortunado.

—Ay, Dios. Ay, Dios —jadeó la duquesa mientras se fijaba en el cantante—. ¿Lo has hecho, Hugh?

Le había hablado de repente sobre hadas, por lo que no estaba segura de si podría responder. No obstante, aunque parecía asombrado, intentó hacerlo, ya que se lo preguntaba la duquesa.

—Ah, no, no recuerdo haber entrado a un lugar así… ¿Incluso arrancar una flor es malo? Ugh, una vez usé una margarita para el juego de la predicción de la fortuna.

—En ese caso, no está relacionado. Sería un caso diferente si hubieras pisoteado un macizo, pero solo porque arrancaras una flor, las hadas no se enfadarían contigo.

Aun así, aquí va de nuevo la predicción de la fortuna.

Lydia ladeó la cabeza, preguntándose si era una nueva moda de hoy en día. Incluso pensaba que Hugh no parecía del tipo que mencionaría el juego de la predicción de la fortuna con las flores.

—¿Qué intentabas predecir?

Edgar inmiscuyó en los asuntos del hombre por una curiosidad maliciosa. Tenía interés en saber de la mujer por la que ese joven cantante tenía sentimientos.

—Eh, yo… Nada, en serio…

—¿Es un amor no correspondido?

—Sí…

—¿Y el resultado?

—B-Bueno… Sin importar las veces que lo intentara, decía que me rechazaría.

—¿Te presento a una florista fiable?

—Ya la conozco. Sin embargo, siempre es la peor respuesta.

—Entonces, dejando de lado el juego, ¿no crees que todavía tienes una oportunidad?

—A menudo doy una primera impresión aterradora a las mujeres, así que ni siquiera puedo esperar tener una oportunidad…

—Ay, cielos, Hugh, no deberías pensar así. Tienes muchas cualidades maravillosas —lo animó la duquesa.

Si permanecía callado, Hugh sin duda era intimidante, pero luego de pasar tiempo con él, te dabas cuenta de que era simpático.

Sonrió ante sus palabras por compromiso.

—Pero es un problema no saber quién es. Sucedió en las oscuras calles de Londres durante la noche, por lo que no pudiste haber visto su rostro. Lo único que sé con certeza es que era una mujer joven —mencionó la duquesa.

—Ah, no sabía que Su Excelencia estaba en la escena del crimen.

—Rescató a una mujer a la que estaba molestando un borracho. Incluso fue herido en su lugar… Pasaba por allí en mi carruaje y una joven que lloraba nos detuvo. Me sorprendió mucho verlo inconsciente en la calle, pero la chica desapareció sin decirme su nombre.

—¿Y te enamoraste de ella? Así que fue amor a primera vista, a pesar de que no conocías su rostro ni su nombre.

—Recuerdo con vaguedad que atendió mis heridas. Usó la cinta que llevaba como gasa —explicó Hugh y metió la mano, que tenía una marca de aquella ocasión, en la chaqueta y sacó con cuidado una cinta roja.

—Qué señorita tan bondadosa. Me encantaría conocerla.

Por supuesto que te gustaría conocer a cualquier mujer. Esa es la clase de hombre que eres, Edgar.

—Era una chica con una voz muy encantadora —señaló la duquesa.

—¿Tienes alguna otra pista? Me veré obligado a ayudar en la búsqueda —ofreció Edgar.

—¡Es maravilloso! Hugh, esta es una oferta estupenda para ti. El conde tiene muchas conocidas.

La duquesa se alegró por la ayuda, sin tener en cuenta el trasfondo de porqué el conde tenía tantas conocidas, sino, nunca se atrevería a dejarlo buscar al interés amoroso de alguien de quien tenía grandes expectativas.

Si Edgar la encontrara, seguro se acercaría a ella.

Por otro lado, Hugh ya era consciente de que la apariencia de Edgar sin duda llamaría la atención de cualquier mujer. Además, había notado su aire de mujeriego, por lo que decidió mostrarse evasivo y responder con vaguedad.

La posibilidad de que fuera culpa de las hadas terminó allí y no se volvió a mencionar. Lydia ni siquiera pudo determinar si Hugh se había convertido en el blanco del hada por venganza o solo porque estaba de mal humor. Aun así, decidió que lo mejor era no agitar la situación.

♦ ♦ ♦

Para cuando terminó el espectáculo, Lydia se dejó llevar por la efervescencia de la ovación final y se olvidó del hada. Así, salió de la ópera mientras tarareaba al son de la música.

—Me alegro de que te haya gustado.

Al principio se sintió frustrada, pero decidió dejarlo estar. El canto, la música y la actuación de la ópera fueron maravillosas.

—Volvamos en otra ocasión —dijo Edgar entusiasmado.

A Lydia le molestó que respondiera con naturalidad que «sí» a su oferta.

Edgar sabe cómo entretener a las personas. Con su convincente agresividad, si olvidas que te está utilizando, no te disgustará su invitación.

Como era un hombre que estaba lejos de ser fiel a una mujer, Lydia estaba decidida a tener cuidado y guardar las distancias. Sin embargo, por esa forma de ser no podía negarse rotundamente y casi siempre se veía arrastrada a diferentes lugares.

Debía advertirse a sí misma, ya que sentía que Edgar se estaba ganando su cariño poco a poco.

—Pero no me gusta cuando es tan repentino como hoy.

—Tendré cuidado.

No puedo creer ni una palabra tuya, pensó.

En ese momento se dio cuenta de que el hada de antes, estaba en el techo de uno de los carruajes, frente al teatro.

Cuando hicieron contacto visual, la criatura abrió los ojos como platos, sorprendida, saltó del carruaje y salió corriendo.

—Esa hada… ¡es esa pixie!

—¿Eh?

Fue tras ella, decidida a atraparla, y se internó en las profundidades de un callejón. Al final, la perdió de vista.

Al parecer se encontraba en una de las callejuelas del mercado: había cajas y carretillas alineadas en el estrecho lugar. Sería casi imposible intentar buscar a un hada diminuta allí.

Cuando se había dado por vencida y estaba a punto de dar media vuelta, un joven salió de entre las cajas. A medida que se acercaba, estaba claro de que estaba enfadado.

—Me tiraste una piedra, eso dolió mucho…

Si estaba tumbado allí durmiendo, debía ser un borracho o un rufián. Tenía sangre en la frente, por lo que era verdad que fue golpeado por una piedra.

—No fui yo…

—¡Quién más aparte de ti podría haberlo hecho!

Esto es malo.

Lydia intentó retroceder, sin embargo, el hombre la agarró del brazo y la aventó con rudeza al suelo. La miró y sonrió.

—Tienes que pagar la factura del médico, señorita.

—Ese pequeño corte no convencerá a nadie —dijo Edgar, apareciendo detrás del hombre.

—¿Quién diablos eres tú? ¿También quieres una cicatriz? —Sacó un cuchillo.

No obstante, antes de que pudiera usarlo, Edgar levantó su bastón en un instante y lo golpeó. El hombre retrocedió a trompicones ante el repentino ataque del caballero.

Edgar no se detuvo ahí. Cogió al hombre y le retorció la muñeca, apoderándose del cuchillo. Luego, sonrió con picardía mientras lo apuntaba con el cuchillo.

—¿Cuánto quieres? Estaré encantado de aumentar tus heridas hasta llegar a esa cantidad.

En ocasiones así, aunque se tratara de una simple amenaza, los ojos de Edgar brillaban con frialdad como la muerte.

—Lydia, ¿estás herida? —preguntó, girándose como si nada y tirando el cuchillo a la cuneta.

—Estoy bien…

Eres el más peligroso aquí y de quien debería tener cuidado.

Aceptó su mano y se levantó.

Justo en ese momento, divisó a la pixie en las sombras de las cajas. El hada arrojó la piedra que sujetaba y corrió tras el hombre fugitivo.

—Más importante aún, ¿qué pasó? Saliste corriendo de repente.

—Es esa pixie. Ella fue quien le tiró la piedra al hombre para espantarme.

Ahora que lo pensaba, Nico dijo que la serpiente de antes apareció junto con un hada, lo que podía significar que la pixie era la responsable. Eso solo la confundía más al no entender por qué se convirtió en su objetivo.

—¿Una pixie?

—El hada que estaba molestando a Hugh. Me pregunto si podría estar relacionado con la florista —murmuró Lydia, pensativa—. Debe ser. Incluso Hugh dijo que jugó al juego con la margarita que compró a la misma florista. Lo que significa que esa chica que siempre acierta debe contar con la ayuda de un hada, la cual se encarga del «seguimiento».

—Por lo tanto, ¿el hada tramó toda esta situación al igual que el juego del que te enamorarías de mí?

—Es un enfoque bastante contundente.

De todos modos, la broma a Hugh no parecía que fuera para ayudar en su amor, más bien era para que nunca floreciera.

—Ay, no. ¿Eso significa que debería haberte protegido del peligro haciéndome daño? Así podrías haberte enamorado de mí. —Mientras Lydia estaba siendo seria, Edgar estaba siendo oportunista.

—¡Nunca me enamoraría de ti!

—De todos modos, ¿podrías sentarte ahí?

¿Por qué? Entonces notó que el zapato que Edgar había recogido era suyo. Se debió haber salido al tropezar.

Después de que se sentara en uno de los escalones de piedra del edificio, Edgar se arrodilló frente a ella.

—¿Te cortaste con una piedra? Hay sangre.

—Ah, no es nada.

Sin hacerle caso, le cogió el tobillo y ató un pañuelo alrededor del corte. Mientras le ponía el zapato, observó sus pestañas doradas y no pudo evitar que su corazón empezara a latir más rápido.

Si no se burlara de los demás y no fuera un libertino y mujeriego, le parecería atractivo de verdad. Sin embargo, él no era así.

—Es como una de las escenas de La Cenicienta. El momento en que encuentran a la dueña de la zapatilla, —dijo algo muy propio de él—. Tú eres la elegida, la princesa a la que he estado buscando…

—Por favor, deja de actuar de forma tan absurda…

—¿No vas a seguirme la corriente?

¿Esperas que te llame príncipe?

Esa clase de juego vergonzoso era imposible para ella.

Era extraño que la contemplara mientras estaba arrodillado ante ella y se riera de su reacción.

Era… como si fuera una princesa.

En este momento, se sentía como una chica especial bajo los efectos de la magia, por lo que a quien él miraba no era su yo habitual.

Además, sabía que sus dulces palabras no provenían de su corazón. Si sucumbía a ellas, era obvio que terminaría en un estado lamentable.

—No había ninguna zapatilla de cristal ni una carroza de calabaza en la ópera de La Cenicienta —señaló Lydia, logrando luchar de alguna manera contra el vértigo.

El príncipe de la ópera no buscaba a la chica de la que se enamoró con una zapatilla, sino con un brazalete a juego. Una promesa que afloró en escena: sin duda encontraría a Cenicienta, sin importar quién fuera o cómo fuera.

Era el amor verdadero y leal entre dos personas que no utilizaban el poder de la magia. Algo que logró el amor destinado de la historia de La Cenicienta.

—Es malo estar bajo la influencia de la magia. ¿No estás de acuerdo? No me gustaría que mi amado fuera engañado por un hada a la que le gusta hacer travesuras. —El tono de Lydia fue más alto de lo que esperaba porque no quería dejarse llevar por el ambiente que los rodeaba.

—Sí, yo tampoco puedo mirar a otro lado cuando un hada está impidiendo el amor de Hugh.

Soy una doctora de hadas. Mi trabajo es ayudar a los que están en problema por culpa de las hadas.

—¿Así que vas a ignorar lo nuestro ahora?

—Lo más importante es que tenemos que encontrar a esa hada y atraparla…

Pero las hadas eran rápidas, así que no sería fácil.

Cuando se trataba de hadas, la mente de Lydia tendía a centrarse únicamente en eso. De hecho, ya se había olvidado del dulce ambiente que había entre ellos y se había sumido en sus pensamientos.

Edgar decidió darse por vencido y se levantó. Entonces vio algo.

—Oye, ahí viene Nico.

Un gato gris caminaba sobre sus dos patas traseras a lo largo de la pared de ladrillos. Por lo general, cuando salía, fingía ser un gato normal. Sin embargo, ese felino alegre debía encontrarse bajo la influencia del alcohol, porque se detuvo en seco cuando los vio y se sentó en la pared, cruzando las patas.

—Tu gato sí que es diferente.

Aunque ya había visto muchas veces a Nico caminando a dos patas, seguía considerándolo solo una mascota que hacía travesuras.

—Oye, Lydia, ¿no hace una hermosa noche de luna?

A Edgar le debió sonar como el maullido de un gato, pero Lydia soltó un profundo suspiro al ver a Nico, que olvidaba actuar como un gato de vez en cuando.

Debió haber estado bebiendo con sus amigos hadas en algún pub. Le preocupaba que lo acabaran vendiendo a un circo si alguien se daba cuenta de que era un gato que podía hablar, y causaba una conmoción.

A Nico le encantaba beber. Solía cuidar su apariencia para lucir como un caballero, pero ahora mismo solo parecía un anciano mientras bostezaba y se enderezaba la corbata.

Aunque Lydia quería discutir algunos asuntos con él, cambió de opinión, ya que no podía perder el tiempo tratando con un borracho.

—Edgar, vámonos.

—¿Qué pasa con él? ¿No tienes que llevarlo a casa también?

—Se las arreglará solo.

—Oye, Lydia, acabo de recordar que esta mañana vi a alguien entrando en la mansión del conde. Sin duda era una pixie.

Lydia se detuvo en seco.

—¿Una pixie?

—Sip. Según lo que me contó el hobgoblin del pub, esa hada está enamorada de una florista. Cuando un hombre le compra una flor e intenta cortejarla, hace todo lo posible para emparejarlo con otra mujer.

Eso quiere decir que Edgar sí flirteó con ella.

Lydia lo fulminó con la mirada.

Si esa era la razón por la que se convirtió en su blanco, entonces todo era culpa de Edgar.

—Se pega a una margarita y al parecer hace todo tipo de cosas terribles. Estaba con la florista de allí antes, pero manipuló la flor de la chica y cambió su resultado arrancando los pétalos.

—¡Es esa! ¿Dónde la viste?

Lydia salió corriendo en la dirección a la que apuntó Nico. Edgar la siguió de inmediato.

—Lydia, ¿a dónde vas?

—A buscar a esa pixie. Esa hada manipula los resultados de los juegos de las flores de todos. El tuyo y el de Hugh.

—Si tan solo dedicaras la mitad del espíritu que tienes por el trabajo para mí…

No le estaba prestando atención, ya que tenía prisa.

—Ahí está.

Se detuvieron en el callejón que conducía a la calle principal.

Los visitantes de la ópera ya se habían retirado de la zona, por lo que el lugar estaba casi desierto, de modo que no les costó localizar a la chica que estaba sentada en la base de la columnata [5].

La florista tenía la cesta de margaritas a su lado. Parecía estar jugando al juego de las flores, porque había un montoncito de pétalos blancos esparcidos alrededor de sus pies. La pixie estaba sentada en su regazo. Obviamente, no veía a la criatura.

El hada arrancó por capricho un pétalo de la flor que tenía en su mano. Cuando la chica llegó al último de todos, suspiró.

—Esa es la chica del popular juego de las flores, ¿verdad?

—Sí. ¿Hay un hada en su flor?

—Sí. Tiene sentimientos por ella, así que manipula los resultados del juego de las flores. Pero lo que no sé es por qué alteraría el resultado del juego de Hugh para que fuera negativo.

—¿No será porque no desea que exista un amor mutuo entre ellos?

—¿Eh? Entonces, la chica de la que está enamorado es…

—Creo que es ella.

—¿E-En serio? Pero dijo que no le vio la cara. Y ¿por qué lo sabes?

—Llevaba la misma cinta roja que acabó en manos de Hugh. Vi que tenía el pelo recogido en dos coletas cuando su sombrero salió volando por el viento, pero una de las coletas no tenía una cinta. Por eso supe enseguida que ella era el interés amoroso de Hugh cuando nos enseñó la cinta en la ópera.

—¿Por qué no se lo dijiste a Hugh?

—Es mucho más divertido observar a los que están perdidos buscándose.

Este hombre es increíble…

—Solo bromeo.

—Sonó sincero para mí.

Edgar levantó los hombros en un modo sarcástico.

—No importa qué, asumí que Hugh ya sabía que era ella. Es cantante, ya sabes. Aunque no recordara su rostro, ¿no recordaría su voz? También dijo que por muchas veces que probara, el resultado del juego era que no lo amaba. Si dijo que sería rechazado, ¿no significa que ha estado jugando pensando en solo una persona?

—Entonces, ¿por qué no se presenta?

—Teme su reacción. Parece ser consciente de que no causa una buena impresión a las damas y como el juego no resultaba nunca a su favor, no tiene el valor para hacerlo.

—Ya veo… De todas formas, ya que parece tan preocupada mientras juega, eso debe significar que también está pensando en alguien.

—Podría ser Hugh, ¿sabes?

Sorprendida de oír algo que nunca hubiera imaginado, Lydia miró a Edgar.

Pero ahora que lo pensaba, no sería difícil enamorarse de alguien que no duda en salvar a una chica de un borracho, sin preocuparse por su propia seguridad.

—¿Así que existe la posibilidad de que ambos estén enamorados el uno del otro? Ah, pero ella no sabe quién demonios es Hugh.

—Es solo una especulación, pero dado que viene a comprarle flores a menudo, puede que ella ya haya descubierto que fue él quien la ayudó . ¿Recuerdas que tenía una herida en la mano por ese incidente? Envolvió la herida con su cinta, así que ya podría haberlo deducido.

—Si no se ha acercado a él, a pesar de haberse dado cuenta, debe ser porque también está asustada.

Si no sintiera nada por él, ¿no querría asegurarse de que fue él quien la salvó y le daría las gracias sin problemas?

—Parece ser que quiere que se dé cuenta de que es ella. Sin embargo, está demasiado asustada. Por eso, aunque se ata el pelo con la única cinta roja que le queda, lo esconde con el sombrero.

Si eso es verdad, entonces, si solo uno de ellos diera el primer paso, su amor podría llegar a cumplirse… ¡Ya veo! El hada se está interponiendo entre ambos y ninguno tiene suficiente confianza.

Así que, como una doctora de hadas, Lydia debe hacer algo al respecto.

—Sea lo que sea, tengo que evitar que esa hada cause más problemas.

Lydia dio un paso al frente y se acercó a la florista. La pixie desapareció en un instante, pero no le prestó atención y advirtió a la chica.

—Disculpa, no deberías creer en el resultado de ese juego. Un hada te está engañando.

—¿Un hada? —La chica la miró con recelo.

—Bueno… Siempre obtienes el mismo resultado sin importar las veces que lo repitas. ¿No te parece extraño?

—¿Quién eres…?

—Soy una doctora de hadas. He venido a decirte que una pixie te está siguiendo. Parece que se preocupa por ti, sin embargo, de quien quiera que te enamores, el hada se interpondrá entre ambos y os alejará.

—¿Una doctora de hadas?

—Es una especialista en hadas. Puede verlas y sabe cómo tratar con ellas —explicó Edgar desde detrás.

—Ah, el caballero de esta mañana… Ah sí, olvidé darle el cambio.

—No pasa nada, Sara. Gracias a tu juego de la predicción de la fortuna pude pasar un día maravilloso con ella.

La florista, que al parecer se llamaba Sara, miró a Lydia con curiosidad.

—Ah, ya veo. Es toda una belleza pero es tonta. Debe ser muy difícil para usted, señor, intentar decirle sus sentimientos.

—Oye, ¡no soy tonta! Solo vine a hablar contigo para ayudarte. Si se trata de una pixie, no pasa nada por intentar ahuyentarla. Lo único que tienes que hacer es entregarle algo que te pertenezca.

Sin embargo, la chica solo se levantó furiosa.

—¿Intentas tomarme el pelo?

—No, es la verdad.

—Aun así, no es asunto tuyo. Si hay un hada que me cuida, entonces, está tratando de decirme a través del juego que debería rendirme, ¿cierto? Si de todos modos tengo que renunciar, es mejor así.

—Espera, ¿no vas a averiguar sus sentimientos? ¿Te vas a rendir? —gritó Lydia, agarrando la cesta de flores de Sara para evitar que se fuera.

—Dije que no es de tu incumbencia. De todas formas, planeo dejar de vender flores y volver a mi casa en el campo.

—Ah, así que de verdad te das por vencida. En ese caso, ¿está bien si te invito a salir?

—Edgar, ¿qué estás diciendo en un momento como este?

—Señor, ¿no prefiere a la dama no sé qué de hadas?

—Sí, así es. Pero nunca ha correspondido a mis sentimientos. Si estás conmigo, es posible que se ponga celosa.

—¡Nunca me pondré celosa!

—Así que soy una pantalla [6] —murmuró Sara.

Edgar siguió adelante e hizo honor a su actitud coqueta.

—Sara, ¿no te gustaría vestirte de gala y asistir a la ópera para mostrarle el gran partido que dejó escapar?

Espera… ¿En qué está pensando este hombre?

—¿Vas a exhibirla delante del señor Hogarts? Eso solo empeorará las cosas.

—Ah, ¿ya estás celosa?

—¡No lo estoy!

—Hugh ya cree que no prosperará su amor, así que no debería ser un problema.

—Sabes que eso es por culpa del hada. ¿En qué ayuda que le hagas perder más la confianza?

Lo peor de todo es que es un hombre sin confianza. Si descubre que la chica a la que Edgar acompaña es su interés amoroso, eso lo devastará.

—Hugh no tiene confianza, pero eso no es por el hada o por mí.

Siempre tiene algún contraargumento.

—¿A la ópera? ¿Puedo ir? —preguntó Sara emocionada.

—Por supuesto —respondió Edgar, sonriéndole.

—En ese caso, no me importaría ir con usted.

—Pues está decidido.

¡Increíble! Esto ya no tiene nada que ver con detener las travesuras del hada. Este hombre es aún más peligroso que el hada.

Lo más probable era que Sara quisiera ver la actuación de Hugh una vez. Y Edgar aprovechó esa oportunidad.

Lydia sacudió la cabeza, indignada.

♦ ♦ ♦

Tarde por la noche, Sara estaba de pie junto a una farola, observando una sombra que salía de la puerta trasera de la ópera.

—Señorita, ¿le quedan flores?

Su corazón se aceleró ante la voz habitual. Se dio la vuelta.

—Sí. —Le tendió una margarita que aceptó un hombre cuyo rostro serio no pegaba para nada con la elegante flor blanca. No obstante, era lindo cuando sonreía, y su voz era dulce y amable.

Tras eso, siempre intercambiaban un «gracias» y un «buenas noches», pero esa noche Sara se atrevió a hacerle una pregunta.

—Esa flor, ¿es para su amante?

—No, no es nada de eso. Vivo solo, así que pensé en cuidar de una flor.

—Ah…, ya veo.

Tras eso, Sara no supo qué hacer. Ni siquiera él siguió hablando. Lamentó haberle preguntando algo así.

—Bueno, buenas noches… —Se giró para marcharse, pero entonces retrocedió—. No se quita el sombrero, ni siquiera de noche.

Fue muy repentino. Sara se preguntó por un momento si tenía la leve sospecha de que hubiera una cinta roja bajo ese sombrero. Pero era imposible. De ser así, simplemente se lo preguntaría.

No se había dado cuenta de que ella era la chica de ese entonces, así que no había nada de qué preocuparse. Además, él debía estar acompañado de damas elegantes todos los días.

—M-Mi cabello, no me lo he arreglado.

—Lo siento… Fue una pregunta extraña.

—No importa, no me molestó.

—Bueno… Buenas noches… —dijo nervioso y se alejó apresuradamente.

Sara respiró hondo.

No importaba, porque no lo vería más. Con el tiempo, se olvidaría de él.

Contempló el impresionante edificio y se repitió a sí misma que mientras pudiera verlo cantar en el escenario, sería la mejor felicidad que podría esperar.

♦ ♦ ♦

Es triste pensar que, aunque se aman, lo mantendrán guardado en sus corazones y se darán por vencidos, pensó Lydia.

No podía quedarse callada mientras observaba cómo Edgar arruinaba todo por capricho. Pero ¿qué haría que Hugh Hogarts le confesara sus sentimientos a Sara?

La especulación de Edgar era que Sara también sentía algo por él. Sin embargo, no tenía ninguna relación con Hugh como para contarle algo tan precipitado.

Al menos, si Hugh no creyera en el juego que manipulaba el hada y pudiera aumentar su confianza…

Después de darle muchas vueltas, Lydia decidió visitar a Hugh al día siguiente.

Lydia le comentó que había un hada en las flores de la florista que manipulaba el juego para que obtuviera malos resultados en el último pétalo.

Hugh la miró con recelo cuando le volvió a hablar de hadas. Pero al recordar que el otro día estaba con la duquesa, debió pensar que no podía decirle nada irrespetuoso, así que se esforzó en escuchar su historia.

Cuando trataba de dar consejos sobre las hadas, las personas la consideraban un bicho raro. No obstante, estaba acostumbrada a eso.

Pensaran lo que pensaran de ella, si era necesario, se lo diría igualmente.

Milady, ¿qué propone que haga?

—Creo que te precipitas al decidir que tu amor nunca prosperará. Si no confiaras en el juego de las flores…, no, si te preocupa tanto, por favor, inténtalo con una flor diferente. Si es una flor sin el hada, no obtendrás un mal resultado.

—¿Una flor diferente? ¿Así que sugiere que no use una flor de esa florista?

—Así es. Tengo una aquí mismo.

Lydia sacó la margarita que compró antes de una florista diferente, en ella no había ninguna pixie.

Hugh aceptó la flor en silencio y comenzó a recitar el «me ama, no me ama» mientras arrancaba un pétalo. Cuando dijo «me ama» con el último pétalo, Lydia soltó un profundo suspiro de alivio.

—¿Ves? No deberías decidir hacer algo por las travesuras de un hada.

Sin embargo, Hugh no cambió su expresión sombría.

—¿Sabía, milady, que la mayoría de las margaritas tienen un número impar de pétalos? Si empieza con «me ama», la mayoría de las veces termina con «me ama».

¿Qué?

Lydia estaba atónita. Se apresuró a contar con sus dedos.

En efecto, si los pétalos eran impares, el resultado final sería «no me ama» cuando se comenzara con «no me ama».

Si probaras tu fortuna para ver si te amaban o no, casi todos empezarían con «me ama».

—Por eso siempre empiezo con «no me ama»… No es culpa del hada que el resultado no esté a mi favor. Puede que me haya topado con una margarita de pétalos pares y haya sido egoísta al pensar que podría traerme suerte al igual que un trébol de cuatro hojas.

Lydia se dio cuenta de que Hugh estaba más bien aliviado de que el resultado del juego siempre fuera malo.

Luchar a diario por conseguir un papel como cantante no le daba tiempo para el amor. Además, era inimaginable que él, un hombre que causaba una primera impresión aterradora a las mujeres, fuera el primero en confesar sus sentimientos.

Los malos resultados del juego de las flores lo alejaban de la agonía de preocuparse por cómo iba a decirle sus sentimientos o si sería rechazado o no.

Se preguntaba si las travesuras del hada habían consolidado aún más sus sentimientos negativos. Aunque probablemente ya había usado una margarita de pétalos pares.

—A pesar de que por fin encontraste una margarita de pétalos pares, si ya se ha ido, no es afortunado…

—¿Se ha ido?

—Ah, nada… Quiero decir, por si acaso.

Cuando Lydia guardó silencio porque no había nada más que pudiera decir, Hugh se excusó, ya que estaba en medio de una práctica.

♦ ♦ ♦

—Señorita Carlton, ¿sucede algo?

La duquesa la llamó desde la ventana de su carruaje.

—Los vi a Hugh y a ti desde la calle principal.

Lydia abordó en el carruaje y le contó que el hada estaba enamorada del interés amoroso de Hugh y que se entrometía entre ellos.

Aun así, él sigue pensando que nunca prosperará su amor. Es tan negativo que obtiene a propósito malos resultados al usar margaritas de pétalos impares.

Suspiró con pesadez cuando confesó todo.

—Nuestras decisiones no provienen de un juego, un hada o las palabras de otra persona —Le sonrió con amabilidad—. Al final, solo uno mismo puede actuar sobre lo que decide.

—Entonces, ¿cree que será demasiado tarde cuando decida intentarlo y no darse por vencido?

La duquesa miró a la lejanía.

—¿Recuerdas que te conté que elegí a mi pretendiente con el juego de las flores? El resultado que obtenía por culpa de la travesura del hada siempre era el otro hombre, el soldado.

—Qué… ¿E-Es así? Entonces, ¿por qué se casó con el duque?

—Mientras jugaba, me di cuenta de que esperaba que fuera mi marido.

Los verdaderos sentimientos de una persona no podían cambiar según la fortuna o un hada…

¿Qué puedo hacer? ¿Eso significa que no puedo hacer nada más? No hay duda de que esa hada se está entrometiendo.

—Escuché que el deber de un doctor de hadas es ayudar a aquellos que estén en problemas con las hadas. En ese caso, señorita Carlton, no debería sentirse mal, aunque no pueda resolver una pelea de pareja. Solo necesita observarlos.

—¿Observarlos…?

La anciana soltó una risita.

—Hugh tiene otro papel que interpretar pasado mañana. ¿Me acompañarías?

Lydia no podía rechazar la invitación de una duquesa. Además, estaba claro que ese día Edgar llevaría a Sara a la ópera.

Como mínimo puedo vigilarlo y al hada, quienes se atreven a interferir en la relación de una pareja. De ese modo, el hada no entorpecerá la actuación de Hugh y Sara no se convertirá en una víctima de Edgar.

—Gracias, sería un honor —respondió Lydia, llena de determinación.

El día de la representación, Lydia le pidió a la duquesa que le entregara a Hugh una semilla de espino blanco. Eso actuaría como amuleto de la suerte y mantendría alejada al hada, siempre y cuando la llevara en el escenario hasta que terminara la función.

Al no tener que preocuparse por eso, Lydia se fijó en los palcos que había a cada lado del teatro. Aún no veía a Edgar, pero los asientos estaban casi llenos.

—Si es por el conde, no tienes que preocuparte.

—¿Perdón? —Se sobresaltó Lydia y miró a la dama.

Lydia consideró que era mejor ocultar la deshonrosa personalidad libertina de Edgar, así que no le había comentado que había invitado al interés amoroso secreto de Hugh. Aun así, parecía que la duquesa estaba al tanto de todo.

—Me pidió que hoy te invitara a la ópera.

—¿Edgar? P-Pero él…

—¿Viene con la chica de la que Hugh está enamorado? Dijo que, si lo consideras como un mujeriego frívolo, quiere que tengas una mejor opinión de él.

Pero es inamovible que es un frívolo libertino.

—Quiere que confíe en él, pero ¿cómo podría tener una buena opinión cuando coquetea con la mujer que le interesa al señor Hogarts? Cada vez que ve a una mujer atractiva, necesita vestirla de gala y acompañarla a donde sea —expresó Lydia con amargura.

—¿También te trajo por diversión? —cuestionó la duquesa.

—P-Puede que no sea linda, pero debe haberlo hecho porque estoy a su alcance.

—No sé nada al respecto. No obstante, creo que, si no estuvieras aquí, coquetearía con ella fuera o no el interés amoroso de Hugh.

En el palco en el que se posaron sus ojos había un joven de cabello rubio que le resultaba familiar.

Edgar llevaba un abrigo de noche gris impecable. Era fácil de distinguir, incluso en un lugar como ese lleno de gente. Sara, a su lado, usaba un vestido rojo que no ocultaba su naturaleza juvenil, sino que exhibía su gracia y encanto.

Era de esperar, Edgar siempre convertía a su acompañante en una grandiosa dama. Nadie en esa multitud podría imaginar que Sara era la florista del barrio bajo.

Al observarlos desde lejos, se dio cuenta de que la mirada de los presentes se centraba en Sara.

Lydia estaba impresionada consigo misma por haber sido capaz de estar junto a Edgar hasta ahora. Pero, al mismo tiempo, sentía envidia de Sara. Aunque no eran celos.

—Mira su peinado —señaló la duquesa.

Lydia se percató de que una cinta roja decoraba el brillante cabello negro de Sara. Ese era el único accesorio que tenía y, a pesar de que era un poco sencillo, llamaba la atención.

Era la cinta que no quería que viera Hugh, por lo que siempre la ocultaba bajo su sombrero, pero Edgar debió haberla convencido de usarla. Sin embargo, Lydia seguía creyendo que no lo hacía por el bien de Sara y Hugh.

Hugh podría notar su cinta roja, pero ¿sería más positivo respecto a ese amor? Estaba demasiado decidido a suprimir sus sentimientos.

—Señorita Carlton, esperemos y escuchemos la canción para los amantes destinados.

De ese modo, la ópera de La Cenerentola dio inicio.

Obligada a trabajar como sirvienta por sus dos hermanas mayores, Cenicienta conoce por casualidad a un príncipe y se enamora de él, creyendo que era un criado cualquiera.

Lydia recordó que cuando Sara y Hugh se conocieron, tampoco sabían nada el uno del otro. Esa historia le recordaba a la situación de ambos.

Al final, Hugh apareció en escena para su parte en el coro. El hada no le gastó ninguna broma, por lo que la presentación fluyó sin problemas. Él actuaba bien y cantaba con alegría.

Sara lo observó con atención. Él también debió notarlo, porque no dejaba de mirar al palco donde estaba sentada.

La escena cambió a la corte real y apareció la hermosa Cenicienta. Las dos hermanas no podían imaginar que se tratara de su hermana menor.

El príncipe falso impidió que Cenicienta se fuera. Pero, entonces, ella reveló que estaba enamorada del sirviente. En ese momento, el sirviente que apareció frente a todos era, por supuesto, el verdadero príncipe. Cenicienta se quitó uno de sus brazaletes, uno de un par concreto.

Por favor, mira a mi verdadero yo que posee el mismo brazalete. 

Si aun así dices que me amas, entonces, con gusto seré tuya.

Mientras oían la canción, Edgar le susurró algo a Sara al oído. Ella tocó su cinta roja.

Esa cinta era lo mismo que el brazalete de Cenicienta. Lo mismo que la zapatilla de cristal. Era el hilo del destino que los uniría a ambos, que no sabían nada el uno del otro. Un deseo silencioso que se cumpliría: encontrarse.

Al mismo tiempo que Lydia se dio cuenta, Sara y Hugh también.

La voz que cantaba y resonaba en el teatro era el aria [7] de la determinación del príncipe a encontrarla: «Prometo encontrarte».

Por un instante pareció que Sara y Hugh intercambiaron miradas.

Me pregunto si pudieron sentir los sentimientos del otro. Espero que así sea.

Pero Lydia también comenzó a darse cuenta de que esto era lo que Edgar estaba pensando.

Había conseguido trasladarlos a la historia de La Cenicienta. Simpatizando con el eco de la conmovedora canción, ambos se convirtieron en los protagonistas.

En ese momento, nació otra historia de amor.

Sin embargo, justo al final, Sara se levantó de repente y abandonó el palco. Edgar la siguió.

—¿Qué ocurre? Si no te quedas en el palco, el príncipe no podrá encontrarte.

Sara se giró y lo enfrentó con una mirada inquisitiva, pero volvió a ponerse en marcha.

—No importa. —Abandonó el teatro sin escuchar sus palabras.

Edgar la siguió y le cortó el paso cuando cruzó la calle principal.

—¿Te preocupa que no venga a verte? Pero creo que le dolerá que no estés allí.

—Señor, ni siquiera usted quiere ser lastimado ni estar preocupado por su respuesta, así que por eso solo puede ser superficial y ambiguo respecto a la señorita.

—¿Ambiguo…? Siempre le expreso mis verdaderos sentimientos.

—No puedo creer que vaya en serio cuando me halaga con el mismo tono burlón.

—No estamos hablando de mí ahora mismo. Esto se trata de ti.

—Solo digo que no es convincente.

—Sí que eres terca.

—¿Y bien? ¿Podría apartarse?

—No. Todos mis esfuerzos para que me considere un buen hombre se irán a la basura.

—No me importa.

—¡Edgar! —gritó Lydia en ese momento.

Salió a buscarlos después de que se marcharan porque estaba preocupada y entonces encontró a la pixie acercándose sigilosamente a ellos.

Decidió seguirla para que no hiciera nada horrible, pero vio al hada subir a un carruaje que estaba aparcado en la calle principal y desatar los arreos del caballo. En su dirección se hallaban Edgar y Sara.

Cuando la pixie espoleó con fuerza al caballo, Lydia los llamó, pero ya era demasiado tarde. El caballo asustado se descontroló.

—Edgar, ¡cuidado!

Lydia se precipitó a la calle sin pensarlo. Intentó correr hacia él, sin embargo, de repente el caballo que montaba la pixie cambió de rumbo y comenzó a dirigirse hacia ella.

Oh, no.

Todo ese tiempo, el hada había tratado de mantener a Edgar alejado de Sara al causarle problemas a Lydia. Incluso ahora debía estar pensando que, si Lydia estaba en apuros, Edgar no tendría tiempo para coquetear con Sara. Desde el principio, la pixie sabía que Lydia los seguiría.

Qué pixie tan estúpida. Esto no lastimará a Edgar en absoluto. Qué deprimente. Se supone que soy una doctora de hadas, pero soy tan tonta que ni siquiera pude acabar lo que empecé. Esto es mi culpa.

Muchas cosas se le pasaron por la cabeza en esa fracción de segundo. Estaba paralizada mientras observaba cómo el caballo se acercaba a ella en cámara lenta.

Entonces alguien la agarró por el hombro y la apartó hacia una farola, envolviéndola en sus brazos.

De inmediato se oyó el galope del caballo, e incluso cuando el sonido se desvaneció, Lydia no pudo comprender lo que le había sucedido.

—Ya estamos a salvo.

Al oír la voz cerca de su oído, por fin se dio cuenta de que Edgar la había salvado.

Estaba aferrada a su brazo y, aunque pensó que necesitaba soltarlo, él la abrazó por el hombro como si quisiera calmarla, así que se quedó en su sitio.

Por lo general, se ponía tensa cuando él se acercaba, pero por alguna razón, en ese momento, era tranquilizador.

Debía estar loca para considerar quedarse así un poco más de tiempo.

Necesitaba pensar que era porque sus piernas temblaban y no podía mantenerse en pie por sí misma.

—Todo este tiempo siempre estuve en peligro…

—Y gracias a que me llamaste para prevenirme, pude alcanzarte a tiempo.

—Eso… no estaba pensando…

Al notar que Sara se había acercado a ellos, Lydia levantó la cabeza, todavía en sus brazos.

—Retiro mis palabras, señor —comentó Sara, mirando a Edgar—. Puede parecer que esté bromeando, pero de verdad se preocupa por ella. Y ella también lo sabe.

No es nada de eso. Es solo una coincidencia.

Aunque su corazón palpitaba con fuerza mientras se sentía muy avergonzada, logró recuperar la fuerza en sus piernas y se alejó de Edgar.

—Entonces, ¿te parecen convincentes mis palabras de advertencia?

Sara ladeó la cabeza, preocupada.

—Envidio cómo pudo correr hacia ella de esa manera sin pensar —Sonrió—. Cuando el borracho me molestó y él me salvó, tenía tanto miedo que solo pude esconderme en las sombras y no hice nada mientras lo golpeaba sin cesar. Por eso pensé que no tenía derecho a desear que me buscara… Sin embargo, sería malicioso de mi parte seguir huyendo, aunque me buscara o no…

La ovación final ya debía haber finalizado, dado que había una multitud en la calle principal frente a la ópera.

Sara desató la cinta roja y se la entregó a Lydia.

—¿Puedes ocuparte del hada? Dijiste que todo lo que necesito hacer es entregarle una de mis posesiones, ¿cierto?

—¿Crees en las hadas?

Sara asintió suavemente.

—No la he visto, no obstante, siempre que estaba trabajando y me sentía desanimada, tenía la sensación de que algo estaba a mi lado. Cuando me lo mencionaste, lo llegué a creer y me sentí un poco feliz pero también me sorprendió … Si existe de verdad, se lo agradezco. Y quiero decirle que ahora ya estoy bien y deseo que vuelva a casa.

Cuando Lydia aceptó la cinta, Sara emprendió camino hacia la ópera como si estuviera decidida a reunirse con Hugh.

Justo entonces, una voz comenzó a cantar en algún lugar. Era la canción que acababan de escuchar en el teatro.

—Es el aria del príncipe: «Prometo encontrarte».

Era la voz de Hugh. Pero el aria, que estaba dirigida a Cenicienta, la cantaba para Sara, y fluía por el cielo nocturno. Con toda su fuerza, transmitía sus sentimientos a través de la multitud para llegar hasta su amor perdido. Como si estuviera siendo atraída, la joven corrió hacia ella.

—Fue un gran mensaje de amor. Odio admitirlo, pero nunca podría hacer lo mismo —Sonrió alegremente Edgar.

—Es un príncipe magnífico. —Lydia también sonrió mientras escuchaba el canto.

Pronto, el canto cesó, lo que implicaba que había encontrado a Sara.

Por ahora, sin duda no necesitaban palabras. Y tampoco dependerían del juego de las flores.

—Bueno, deberíamos ir a casa. Sería grosero de nuestra parte ir al cierre, ¿cierto?

—Sí —concordó Lydia.

—Por cierto, Lydia, ¿me consideras un hombre mejor?

—¿Cómo demonios ibas a impresionarme cuando te abandonó Sara? —Con ese tono sarcástico quizás quería olvidar la vergüenza de depender de él.

—En ese caso, ¿me consolarías?

Pero a Edgar nunca le importaban las réplicas de Lydia.

No pareces dolido en absoluto, pensó Lydia. No obstante, en realidad, le guardaba un poco de respeto.

Como doctora de hadas, Lydia podía entender a las hadas, pero como no se relacionaba con personas, era bastante inexperta en el amor.

Creía que con solo ahuyentar al hada e impedir que gastara bromas se resolvería todo. Sin embargo, algo así no haría mella en los sentimientos de una persona, por lo que le daba cierto mérito a Edgar, que estaba versado en ese campo.

Reconsideró la opinión que tenía respecto a su talento para coquetear con las mujeres. Resultaba útil para otras personas. Su frivolidad era solo una de sus pequeñas características.

—¿Cómo quieres que te consuele?

—Besémonos.

—Te golpearé.

Como de costumbre, jugaba con la reacción de Lydia. Pero, bueno, era lo que había.

—Ah, sí. Aún tengo trabajo que hacer —Recordó Lydia, deteniéndose con la cinta en la mano. Miró a su alrededor en busca del hada—. Pixie, estás aquí, ¿verdad? Tengo un regalo para ti de parte de Sara.

Una criaturita pelirroja apareció en un árbol cerca de la farola. Cuando se acercó a ella, no trató de huir. El hada ladeó la cabeza un poco triste y, tras aceptar la cinta roja de Sara, desapareció.

—¿Ya está?

—Sí, esa hada no volverá a causar más problemas con el juego de las flores.

—Entonces, tomémonos de la mano.

—¿Qué? ¿Qué dices?

—Para consolarme.

Creía que habíamos terminado con ese tema.

Sin hacer caso a Lydia, Edgar la agarró de la mano y se puso en marcha.

Bueno, vale, justo cuando comenzaba a ablandarme. Olvidé que es alguien que aprovecha cualquier oportunidad si me muestro indulgente.

♦ ♦ ♦

Al día siguiente, cuando Lydia fue a trabajar a la casa Ashenbert, Edgar entró de repente en su despacho.

—Lydia, vayamos a la carrera de barcos en el río Támesis —dijo tan entusiasta como siempre.

—Edgar, ¿cuántas veces tengo que decirte que estoy aquí para trabajar?

—Las personas necesitan descansos de vez en cuando, ¿sabes?

—¿Me dejarías trabajar por una vez…? —Se sintió abrumada por la melancolía. Pero eso no iba a detenerlo.

—En ese caso, ¿quieres probar el juego de las flores?

—¿Otra vez? No existen flores mágicas.

—Mucho mejor, podemos decidir de forma justa. —Sacó una margarita de un jarrón que había en la habitación.

—¿Me acompañarás durante todo el día de hoy? ¿O te haré caso a todo lo que me digas? ¿Cuál quieres? —preguntó Edgar, con una sonrisa traviesa y demasiado confiada.

Sorprendida, Lydia recordó que Hugh había dicho que la mayoría de las margaritas tenían un número impar de pétalos. ¿Edgar también lo sabía?

—Muy bien, pero lo haré yo.

—Adelante —accedió y le entregó la margarita.

Lydia, comenzó con cautela con «Hacer lo que yo diga…»

Sin embargo, el último pétalo era:

—¿Hacer lo que tú digas?

Den
Aclaro por si acaso. Las dos opciones que Lydia habrá usado en el juego deben haber sido: «Hacer lo que yo diga» o «Hacer lo que tú (Edgar) digas».

¿Qué? ¿Por qué es par?

—Edgar, ¡trucaste esta flor!

—No he hecho nada.

—¿No arrancaste un pétalo antes de dármela?

—¿Quieres volver a intentarlo?

Lydia salió de la habitación y eligió una margarita de un florero que había en la mesa del pasillo. Volvió a jugar y el resultado fue el mismo.

Desesperada, lo intentó una y otra vez con flores de diferentes habitaciones. Por alguna razón, todas eran de pétalos pares.

—Lydia, es inútil sin importar las veces que lo intentes. Tienes que hacer lo que te diga, como prometiste —Se rio, de pie frente a ella, impidiendo que huyera.

—Esto es extraño. No hay un hada, pero los pétalos son pares.

—Ah, ¿te refieres al rumor de que la mayoría de las margaritas tienen pétalos impares? La duquesa me dijo que Hugh te lo contó. También estaba al tanto de ese rumor, pero no deberías creerte todo. Cuando las contaron, había la misma cantidad de pares e impares.

¿Contaron?

—Dios mío, todas las margaritas en esta casa…

—Todas son pares, así que obtendrás el mismo resultado sin importar las veces que juegues.

Lo más probable era que obligara a los sirvientes a contarlas desde la mañana.

No puedo imaginar lo que piensa.

—Las margaritas son flores justas. Por eso el juego también es justo. Así que, Lydia, vámonos.

—¡Eres un tramposo! —gritó Lydia.

No cabía duda de que iba a desperdiciar otro día por culpa de Edgar.

Fin.


Den
Lydia, será mejor que vayas a la mansión sin las expectativas de poder trabajar :v Pero ya quisiera yo un trabajo así, en el que me pagaran aunque no hiciera nada XD

[1] El Drury Lane es el teatro más antiguo de los escenarios ingleses que aún sigue abierto y operativo. Se llama así por estar situado en Drury Lane, en Covent Garden, Londres.

[2] Covent Garden es un barrio de Londres, localizado en la parte oriental de la ciudad de Westminster y en la esquina sudoeste del municipio de Camden. El área está dominada por tiendas, artistas callejeros y diversos elementos de entretenimiento. Además, ahí también se halla la Royal Opera House (Teatro Drury Lane).

[3] El tenor es una voz media entre la de contratenor y la de barítono, es decir, ni muy aguda ni muy grave.

[4] Los binoculares de teatro o de ópera son dispositivos ópticos compactos de pequeño poder de aumento, normalmente utilizados por el público en espectáculos teatrales u operísticos para apreciar mejor los detalles de lo que sucede en el escenario.

[5] Una columnata es una larga secuencia de columnas.

[6] Cuando una persona actúa de pantalla tiene el objetivo de distraer la atención para encubrir u ocultar algo o a alguien.

[7] Un aria es una pieza musical creada para ser cantada por una voz solista sin coro, habitualmente con acompañamiento orquestal y como parte de una ópera o de una zarzuela.

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Un comentario en “El Conde y el hada – Volumen 8 – Relato corto 3: Predicción del amor, como desees

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