El renacimiento de una estrella de cine – Capítulo 37: Lo siento

Traducido por Shisai

Editado por Shiro


Aquella noche, dos personas ingresaron en secreto en el Hospital Universitario. Además de Rong Ai, Bai Lang fue llevado allí también.

Pero no viajó en el helicóptero de rescate. Lo hizo en un vehículo policial improvisado, escoltado personalmente por Qiu Qian.

Durante todo el trayecto, con Hong Hong al volante, Qiu Qian sostuvo a Qiu Xiaohai para impedir que se acercara a Bai Lang. Desde que se habían despedido de la familia Rong, no lo había mirado siquiera; ni una palabra salió de sus labios. Pero su respiración era áspera, sus movimientos, irritables: una furia contenida ardía en él, densa y sofocante.

Qiu Xiaohai, confundido, no entendía nada. Apenas se había separado de un A-Zan con los ojos enrojecidos por la enfermedad del bisabuelo, y ahora debía enfrentar la expresión aterradora de su padre. El niño quedó paralizado. Era incluso peor que cuando lo regañaba por escaparse de casa. Instintivamente, buscó refugio en Bai Lang, quiso correr hacia él; pero Qiu Qian lo apartó con brusquedad. Lo intentó varias veces, y cada vez fue rechazado. Al final, resignado, se encogió sobre el hombro de su padre, lleno de aflicción, lanzando miradas furtivas y apenadas hacia el otro.

La tensión dentro del coche era tan sofocante que, al fin, el pequeño, como un gatito acorralado, no pudo evitar llamar en voz baja:

—A-Bai…

Bai Lang apenas alcanzó a devolverle una mirada cargada de culpa cuando Qiu Qian, que hasta entonces no había despegado los ojos del frente, descargó su rabia con una patada brutal contra el asiento delantero.

El golpe fue un sordo estruendo, seguido por el chirrido de un plástico que se rompía. El vehículo entero se estremeció violentamente.

Por fortuna, el asiento atacado era el del copiloto, vacío y a la derecha de Hong Hong, sin interferir en la conducción. Pero bastó para helar la sangre de Qiu Xiaohai, que quedó en silencio absoluto, y para que Bai Lang se estremeciera visiblemente.

Qiu Qian advirtió ese temblor. Su mirada sombría se clavó en él, oscura como una tormenta. Bai Lang sostuvo sus ojos, desconcertado, hasta que el otro, lívido, apartó el rostro con violencia.

La tensión no se quebró hasta que el coche descendió al aparcamiento subterráneo del Hospital Universitario, donde Xiao Li aguardaba con un equipo preparado para garantizar la confidencialidad absoluta.

Apenas Bai Lang bajó del vehículo tras Qiu Qian, sintió su muñeca derecha atrapada en un agarre férreo. Se tensó de inmediato, pero antes de reaccionar ya estaba siendo arrastrado por pasos largos y enérgicos. Tropezó, y aquello oscureció aún más la expresión de Qiu Qian, quien, de pronto, se detuvo en seco, pisando fuerte el suelo con frustración; luego, sin una palabra, ralentizó su paso, forzándose a acompasarlo.

Fue entonces cuando Bai Lang comprendió. Esa furia contenida nacía del miedo: miedo a que un solo estallido suyo terminara dañando el corazón que creía frágil como cristal. Con una sonrisa amarga, probó a liberar su muñeca; se soltó sin esfuerzo, porque Qiu Qian nunca se había atrevido a apretar con fuerza.

Al ver cómo esa acción retorcía aún más el rostro de Qiu Qian, Bai Lang invirtió el gesto: tomó la mano que lo había sujetado y la apretó suavemente.

—No pasa nada.

Los músculos de la mandíbula de Qiu Qian se contrajeron, como si tragara a la fuerza un grito visceral. Entonces, descargó esa tensión en el único gesto que podía permitirse: entrelazó sus dedos con los de Bai Lang, aferrándose con desesperación, y con un movimiento rígido ordenó a Xiao Li que guiara el camino.

Ya fuera del coche, Qiu Qian no cargaba a Qiu Xiaohai. El niño, al ver que su padre sostenía la mano de A-Bai, corrió hacia el otro lado y aferró la otra.

Bai Lang sintió ese calor diminuto y bajó la mirada. Qiu Xiaohai, con un brillo de picardía, se llevó un dedo a los labios en un gesto de «shhh» mientras trotaba obediente, marcando el paso con los adultos.

Así, con ambas manos firmemente enlazadas, la preocupación que lo había atenazado desde la revelación comenzó a deshacerse poco a poco.

¿Cómo podría temer a alguien que lo cuidaba con tanta intensidad, aunque su rostro pareciera tan feroz?

♦ ♦ ♦

Lo que vino después fue el ingreso hospitalario y una sucesión de exámenes minuciosos.

Bai Lang se sintió incómodo al ver aparecer al doctor Fang Yingqi, su médico tratante, a una hora tan avanzada; estaba claro que lo habían convocado de urgencia. Cuando Fang Yingqi entró apresuradamente en la habitación y lo encontró recostado en la cama, con un semblante mucho más sano de lo esperado, una ligera perplejidad le cruzó el rostro.

Sin embargo, en cuanto su mirada se detuvo en Qiu Qian —lívido, firme al lado de la cama, con esa expresión propia del familiar que acaba de descubrir una verdad oculta y aún no sabe cómo digerirla—, Fang Yingqi carraspeó con discreción, enmudeciendo cualquier sorpresa. En un instante, recuperó su aplomo profesional. Invitó a Qiu Qian a salir a la sala contigua para una conversación privada y, tras confirmar que era su pareja y conviviente, empezó a detallar el estado de Bai Lang.

Los resultados de las pruebas iniciales iban apareciendo uno tras otro en la pantalla del ordenador. Fang Yingqi, hombre corpulento de unos cincuenta años y semblante afable, guiaba el ratón con calma mientras hablaba con voz serena:

—… Aunque el corazón y la sangre del señor Bai presentan los problemas mencionados, los síntomas son aún leves. Sumados a su dieta equilibrada, ejercicio constante y estilo de vida ordenado, todos sus indicadores se mantienen en un nivel excelente. Los resultados recién llegados… mm, salvo por cierto agotamiento, no muestran nada alarmante. Por ahora, lo que necesita es descanso. Más tarde le recetaré suplementos nutricionales.

Qiu Qian no dejó de fruncir el ceño. Con la voz cargada de inquietud, no pudo evitar preguntar:

—Con su condición, ¿de verdad no hay peligro en que pase el día saltando y recibiendo golpes?

El doctor Fang respondió con una leve sonrisa conciliadora:

—¿Se refiere a la serie policial que está filmando el señor Bai?

—¿También lo sabe usted? —replicó Qiu Qian, con un tono algo brusco.

—Por supuesto. El señor Bai es un paciente muy responsable. Consultó con nosotros antes de aceptar ese trabajo —contestó Fang Yingqi, no sin cierta defensa implícita hacia su paciente—. Mientras se tome el tiempo de calentar, descansar y no se exceda, el esfuerzo físico moderado es aceptable. Los riesgos no son tan graves como podría suponerse desde fuera.

El rostro de Qiu Qian se ensombreció de nuevo.

—Pero, ¿no sería más seguro que se quedara en casa, tranquilo?

Fang Yingqi cambió entonces a un tono firme:

—Señor Qiu, la salud mental del paciente es igual de crucial. Forzarlo a la quietud, mantenerlo encerrado y desanimado no solo no ayuda, sino que agrava el problema. Nutrición adecuada, ejercicio razonable y un estado emocional sano son pilares imprescindibles para el buen funcionamiento de su circulación.

El ceño de Qiu Qian se mantuvo tenso, sus emociones cruzando el rostro como nubes rápidas. Tras un largo silencio, se llevó una mano al rostro y, cediendo, cambió de tema: preguntó con detalle sobre los cuidados cotidianos, prolongando la consulta durante más de media hora. Antes de despedir a Fang Yingqi, aún le pidió su número personal.

El médico, comprendiendo la ansiedad, le entregó su tarjeta. Al tomarla, un recuerdo golpeó a Qiu Qian: no hacía mucho, Wang Yun también le había dado una idéntica.

La mano de Qiu Qian se detuvo en seco.

—¿Quién más conoce la condición de Bai Lang?

Fang Yingqi, concentrado en el archivo digital, respondió:

—El señor Bai siempre ha venido solo. Pero hace unas semanas, el joven maestro Rong le organizó una cita, así que él también debería saberlo…

Las facciones de Qiu Qian se tornaron oscuras, pero la frase que Fang Yingqi murmuró casi para sí mismo lo atravesó como un rayo helado:

—¿Eh… Wang Yun? ¿Cómo es posible? Es un colega nuevo… ¿Por qué tiene ya registros de acceso…?

La mano del doctor se detuvo sobre el ratón. Miró con mayor atención la pantalla y, al percibir el súbito cambio en el semblante de Qiu Qian, se apresuró a añadir:

—Tranquilícese. Las revisiones colegiadas de historiales son rutina en nuestro hospital. Y, por supuesto, todos estamos sujetos a la confidencialidad médica.

La mirada de Qiu Qian se volvió una tormenta oscura.

—Entonces, ¿es posible excluir a alguien de esas revisiones?

Una sombra de incomodidad pasó por el rostro de Fang Yingqi.

—Lo ideal es contar con múltiples opiniones, es el método más seguro y meticuloso…

Qiu Qian esbozó una sonrisa tensa.

—Los demás pueden revisarlo, pero excluyan a Wang Yun. ¿Es posible?

Aunque desconcertado, Fang Yingqi comprendió las aguas turbias que escondía esa petición. Asintió con calma.

—Claro. Siempre que el señor Bai también lo autorice.

♦ ♦ ♦

Con esas sospechas ardiendo bajo la piel, Qiu Qian regresó a la habitación.

Eran cerca de las once. La luz tenue bañaba la amplia habitación individual, donde la cama hospitalaria —tan grande como una doble— parecía una isla blanca. Bajo el edredón se adivinaban dos figuras: la más pequeña, naturalmente, Qiu Xiaohai; la más grande se movió apenas cuando escuchó abrirse la puerta.

Bai Lang se incorporó, y al verlo incluso tantear el edredón para levantarse, el corazón de Qiu Qian se encogió con un latido feroz. Avanzó en dos zancadas y, con la voz ronca y contenida, murmuró al borde de la cama:

—¿Qué estás planeando ahora?

La tenue luz de la lámpara de cabecera bastaba para delinear, en la penumbra, los rasgos suaves de Bai Lang.

A los ojos de Qiu Qian, sin embargo, aquella misma luz solo revelaba una fragilidad punzante.

La holgada bata de hospital acentuaba la delgadez de su cuello; en las muñecas, aún visibles bajo la tela, la cinta adhesiva de una extracción de sangre completaba la imagen perfecta de un convaleciente.

—Tenemos que hablar —susurró Bai Lang. Y, al advertir cómo se tensaba la expresión de Qiu Qian, añadió—: De lo contrario, no podré dormir en toda la noche.

Qiu Qian, consciente de que debía acostarse y levantarse temprano, no tuvo fuerzas para negarse. Con brusquedad contuvo el movimiento de Bai Lang, que intentaba incorporarse, y masculló entre dientes:

—Entonces quédate acostado. Podemos hablar así.

Pero Bai Lang le tomó la mano, se hizo a un lado en la cama y preguntó en voz baja:

—¿Subes?

La vacilación de Qiu Qian duró apenas un par de segundos. Se quitó los zapatos, se acomodó en la cama y, una vez allí, ya no pudo contenerse: lo atrajo a sus brazos con una fuerza imperiosa. Bai Lang, que parecía albergar el mismo anhelo, se aferró con idéntica intensidad. La confianza y dependencia de ese gesto hicieron que los brazos de Qiu Qian se cerraran con mayor ímpetu, apretándolo cada vez más.

—No pasa nada. No soy de cristal —susurró Bai Lang, devolviéndole la misma fuerza con que era estrechado.

Qiu Qian, sintiendo ese cuerpo cálido vibrar contra su pecho y el compás regular de su corazón, apoyó la mejilla en su coronilla, rozándola con suavidad. Las emociones, hasta entonces contenidas, comenzaron a desbordarse.

La ira de haber sido mantenido en la oscuridad, la sensación de traición, la angustia y el desasosiego, una lástima profunda y punzante… todo se mezclaba con el mismo remordimiento que lo había consumido cuando envenenaron a Qiu Xiaohai. Su voz, quebrada, se derramó en el silencio:

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Lo pensé —murmuró Bai Lang, aún con el rostro hundido en su pecho—, pero temía que te preocuparas demasiado. Justo como ahora.

Qiu Qian lo estrechó con una fuerza desesperada, como si quisiera fundirlo con su propia carne.

—¿Y qué pretendías? ¿Que un día te desplomaras frente a mí, como en la familia Rong, al borde de un final irreversible?

—Para entonces, solo serían horas. Sería rápido —murmuró Bai Lang, con la mirada baja, recordando las maniobras de reanimación en su vida pasada.

Qiu Qian aspiró con brusquedad, su cuerpo ardiendo de furia. Lo separó para mirarlo a los ojos, y en su mirada había tormenta, rabia y dolor.

—Eres despiadado. Resulta que… eres mucho más despiadado que yo.

A la luz tenue, Bai Lang vio los ojos enrojecidos de Qiu Qian y, de pronto, comprendió. Tal vez su renacer había sido para este momento: para entregarle, por fin, su corazón entero.

—Lo siento.

»Lo siento.

»Lo siento, lo siento…

Y antes de que Qiu Qian sellara sus labios con un beso feroz y posesivo, Bai Lang, sin saber por qué, solo deseaba repetir esas palabras.

♦ ♦ ♦

Tres días después, el Matutino Estelar y todos los tabloides de espectáculos abrían con el mismo titular:

«Total Entertainment rescinde unilateralmente el contrato de representación artística con Su Quan».

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Contenido protegido