El renacimiento de una estrella de cine – Capítulo 45: Abrazar la naturaleza con amor

Traducido por Shisai

Editado por Shiro


La trampa de Qiu Qian para Bai Li necesitaba tiempo para desplegarse por completo, como una red invisible que se tensaba con cada día que pasaba. Bai Lang sabía bien quién había provocado el incendio, pero este no le dio detalle alguno sobre lo que seguiría. Comprendía que si, él lo supiera, solo conseguiría preocuparlo. 

Aun así, en el corazón de Qiu Qian ardía una convicción firme: los tres miembros de la familia Bai debían ser desalojados de esos dos apartamentos. ¿Quién los obligó a meterse con Bai Lang, impulsados por la codicia de unos simples ladrillos?

Bai Lang, sin embargo, no tenía tiempo para distraerse con ese asunto. Entre las filmaciones de Calle caótica y las incontables apariciones en programas debido a su nominación al Golden Emperor, su agenda estaba repleta. Por supuesto, todos los programas recibieron instrucciones precisas y una lista de temas prohibidos: reglas tácitas que se aplicaban sin excepción.

Además, Bai Lang aceptó un nuevo trabajo, uno distinto a cualquier otro. La aerolínea líder del país, Rong Air, lo invitó a su conferencia de prensa para anunciar que sería su portavoz durante los próximos cinco años.

Normalmente, este tipo de contratos se renovaban de forma anual; un acuerdo de cinco años era algo insólito. Más aún, Rong Air jamás había organizado una conferencia de prensa solo para presentar a un portavoz. Con ello, la familia Rong hacía una declaración clara: apoyaban abiertamente a Bai Lang, el artista que había salido del armario sin retroceder.

En aquella conferencia, no solo apareció el reservado director ejecutivo Rong Ai, sino también Rong Siqi, quien por primera vez admitió públicamente su identidad como joven maestro de la familia Rong. La revelación desató un vendaval entre los periodistas. 

A Bai Lang, sin embargo, no le molestó. Le conmovía la obstinación de Rong Siqi, que, a pesar de haber querido mantener su linaje secreto por temor a que dañara su carrera musical, decidió acompañarlo ese día. La escena que más impactó a la prensa fue el abrazo entre Rong Siqi y Bai Lang, un gesto de camaradería y mutuo reconocimiento que llenó las portadas con titulares brillantes.

Y, entre el mar de flashes, Qiu Qian también estaba allí. Sentado entre los periodistas, con los brazos cruzados, se mezclaba en el anonimato sin necesidad de ostentación. Su sola presencia bastó para distraer a varios reporteros, que lamentaron no haber traído más cámaras, más ojos para registrar cada detalle.

Así, rodeado del apoyo de sus amigos, su pareja y su familia —incluido Qiu Xiaohai, que lo observaba desde casa con los ojos fijos en la pantalla—, Bai Lang atravesó esa tormenta mediática sin perder la calma. La calidez, la amistad y la lealtad de quienes lo rodeaban —Zhu Kuan, Que Qiming, incluso Sun Xibin, a quien apenas conocía— lo hicieron sentir que su vida después del renacimiento era, en verdad, luminosa y completa.

Pero, naturalmente, la tranquilidad nunca dura demasiado.

Cuando el revuelo empezaba a calmarse, Bai Lang recibió una nueva invitación para participar en un programa especial titulado «Abrazar la naturaleza con amor».

Y esta vez, la invitación también llevaba los nombres de Qiu Qian y del pequeño Qiu Xiaohai.

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La fórmula principal de Abrazar la naturaleza con amor era sencilla y efectiva: invitar a las familias de tres celebridades a realizar un viaje de mochileros y acampada por la naturaleza durante tres días y dos noches. 

Tras el proceso de edición, el programa se dedicaba a mostrar al público las interacciones cómicas entre los miembros, las discusiones entre parejas, así como la inexperiencia y torpeza de las celebridades al enfrentarse a situaciones al aire libre. Un concepto limpio, natural, saludable, pensado para toda la familia, y precisamente por eso, un éxito de audiencia.

Sin embargo, hasta entonces, el programa solo había recibido a familias heterosexuales, modelos de armonía tradicional y perfectamente presentables ante la opinión pública. Esta vez, al extender su invitación a Bai Lang, Qiu Qian y al pequeño Qiu Xiaohai, se apartaban por completo de su molde habitual.

Si Bai Lang aceptaba, reforzaría la percepción pública de que vivía en un «matrimonio gay» que los medios aún describían con morbo. Pero si rechazaba la propuesta, el público podría interpretarlo como una marcha atrás, un intento de esconder lo que él y Qiu Qian ya habían admitido abiertamente. 

Después de todo, si no temían mostrarse juntos, ¿por qué temer a un simple programa de entretenimiento?

Así, la invitación se volvió ambigua. ¿Era un gesto amistoso o una trampa disfrazada de cortesía? ¿Un intento torpe de congraciarse con Qiu Qian? Ni siquiera Fang Hua pudo estar segura. 

Bai Lang, desde el principio, se mostró reacio. Pero cuando Fang Hua investigó un poco más y descubrió que el coordinador del programa era un amigo cercano de Li Sha —la joven que había causado problemas previamente y estaba vinculada a Harmony Entertainment—, la decisión se volvió clara: la respuesta sería un no rotundo.

Sin embargo, Qiu Qian se enteró. Una noche, durante la cena, comentó con calma que aún había unas cuantas personas a las que debía «eliminar». Luego, con la misma serenidad, hizo algunas preguntas sobre el formato del campamento. Qiu Xiaohai, que los escuchaba con atención, se entusiasmó al instante y empezó a gritar que quería ir de campamento con A-Bai. 

—¡Campamento! ¡Campamento! —repitió con tanta insistencia que, al final, Bai Lang y Qiu Qian alzaron los brazos en señal de rendición, prometiéndole una y otra vez que pronto encontrarían un día para acampar los tres juntos.

Y, como Qiu Xiaohai logró salirse con la suya, la familia de Rong Zan tampoco pudo escapar. Así, el viaje se convirtió en una escapada conjunta de ambas familias. Encontraron un día entre semana —un respiro entre el trabajo, la escuela y las reuniones— y acordaron pasar dos días completos bajo el cielo abierto.

Habían elegido un día laborable para evitar la multitud, y sobre todo, para impedir que el viaje se convirtiera en un encuentro improvisado con los fanáticos. No querían perderse en un paraje remoto ni desafiar los rigores de la naturaleza; por eso eligieron eligieron un lugar accesible, con bonitas vistas y un entorno agradable junto al lago.

Ajustar las agendas de cuatro personas tan ocupadas fue una hazaña en sí misma. Finalmente, la fecha quedó fijada para tres semanas después.

Pero, como si el destino tuviera un sentido del humor peculiar, cuando llegaron al área de acampada junto al lago, se encontraron con el equipo de Abrazar la naturaleza con amor.

El coche de Qiu Qian y Rong Siyu —padre de Rong Zan y segundo hermano mayor de Rong Siqi— se detuvo ante una escena insólita: dos enormes autobuses y una docena de cámaras, grandes y pequeñas, cargadas por técnicos en plena instalación. 

Para evitar cualquier malentendido, Bai Lang se adelantó a hablar con el equipo de producción. Y, para su sorpresa, el jefe del grupo no era otro que Chen Dongli, el productor de Partners.

—Productor Chen —lo saludó con una sonrisa resignada—, cuánto tiempo sin verte. ¿También estás grabando hoy?

—¡¿Bai Lang?! ¡Ah, eres tú de verdad! ¿Qué haces aquí? —exclamó Chen Dongli, con el rostro iluminado por una mezcla de sorpresa y genuina alegría. 

A continuación, sus ojos se desplazaron rápidamente hacia el fondo, donde distinguió a Qiu Qian con una mochila al hombro, de pie junto a un niño pequeño que saltaba de emoción. Más allá, un segundo coche aguardaba; de él descendía una pareja desconocida y un niño de rasgos delicados, casi irreales. La escena hablaba por sí sola: Bai Lang estaba disfrutando de una verdadera excursión familiar. 

—¡Qué coincidencia, ja, ja, ja! —rio Chen Dongli, jovial—. Antes no aceptaste nuestra invitación al programa, fue una pena. No pensé que el destino nos cruzaría aquí otra vez. ¡Ja, ja, ja! ¡Realmente estamos predestinados!

No había ni rastro de molestia en su tono, solo una cordialidad espontánea. Bai Lang le devolvió la sonrisa con naturalidad: 

—Si no fuera por su invitación, los niños no habrían insistido tanto en ir de campamento. Quería mantenerlos alejados de las cámaras, pero parece que el destino pensaba distinto… 

Chen Dongli no lo dejó terminar. 

—Lo sé, lo sé. La mayoría rechaza la invitación precisamente por los niños, es completamente razonable. No te preocupes, hablaré con el equipo para que eviten grabarlos. Aunque, claro, no puedo garantizarlo al 100 %. Puede que aparezcan en el fondo de alguna toma.

—Si no es intencionado, no pasa —respondió Bai Lang, ajustándose la gorra de béisbol con una leve sonrisa—. Gracias, productor Chen, y perdón por las molestias. Pero dígame, ¿no se supone que su programa va a lugares más… complicados? ¿Por qué este campamento tan cómodo?

Chen Dongli soltó una carcajada resignada y se inclinó ligeramente hacia él, bajando la voz: 

—¿Por qué crees? Todo es por los invitados. Esta vez tenemos a la popular diosa Ruan Ying. Era profesora antes y no quiso que su hija durmiera en un sitio donde pudiera haber insectos o serpientes. Dijo que la niña no podría pegar ojo. 

»El equipo no tuvo más remedio que acceder. De todos modos, cambiar el escenario de vez en cuando mantiene el programa fresco. Esta vez, incluso dejamos el set sin despejar a propósito, queríamos captar algunas interacciones con otros campistas. Pero no pensábamos encontrarnos con ustedes.

Bai Lang arqueó las cejas, divertido y algo curioso. Asintió, y tras intercambiar algunas preguntas, supo que el equipo acamparía un poco más lejos para no molestarlos. Chen Dongli le señaló el lugar; el área junto al lago no era muy grande, así que, aunque quisieran, no podrían estar demasiado separados. 

Luego, el productor le ofreció un calendario de grabación, con el fin de que conociera los horarios de trabajo y evitar cualquier malentendido. Era un gesto considerado. 

Bai Lang, agradecido, sonrió con calidez.

—Si cocino algo rico, le enviaré una porción —prometió.

Los ojos de Chen Dongli se iluminaron al instante. Recordaba muy bien las habilidades culinarias de Bai Lang: en las grabaciones detrás de cámaras de Oro y jade, las tomas de la comida que él preparaba habían sido tan memorables como la película misma. 

—¡Entonces lo esperaré con ansias! —exclamó con entusiasmo, palmeándole el hombro.

Intercambiaron algunas palabras más, hasta que los murmullos alrededor comenzaron a crecer. Cada vez más campistas y miembros del equipo notaban que aquel joven de sonrisa tranquila no era otro que Bai Lang, el actor que tanto aparecía en sus pantallas. En cuestión de minutos, la curiosidad se volvió palpable.

Para evitar que la situación se descontrolara, Chen Dongli llamó al director, al planificador y a varios encargados de cámaras. Con tono firme, les explicó las peticiones de Bai Lang: nada de tomas no autorizadas, nada de acoso.

El equipo, sorprendido pero respetuoso, asintió de inmediato, asegurando que no habría ni una foto furtiva.

Aun así, cuando Qiu Qian alzó la voz y llamó a Bai Lang desde la distancia, los ojos de todos —sin poder evitarlo— siguieron su figura un instante más, como si la mera presencia de aquel hombre proyectara un magnetismo difícil de resistir.

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Para Qiu Qian, acampar no era asunto complicado. Montar una tienda, encender una fogata, cocinar bajo el cielo abierto… todo le resultaba tan natural como respirar.

En un abrir y cerrar de ojos, había levantado la tienda, dispuesto la estufa con unas piedras del lago y encendido el fuego con su encendedor. Incluso había traído un juego de mesitas y sillas plegables, elegidas especialmente para el viaje. En apenas unos minutos, el lugar se transformó en una pequeña y cómoda cocina al aire libre, un escenario perfecto para el gran chef Bai Lang. 

Durante todo el proceso, Bai Lang solo se dedicó a pasarle herramientas y observar. Antes de que transcurriera una hora, Qiu Qian ya descansaba sobre un taburete, satisfecho.

Los ojos de Rong Siyu, que había presenciado la escena de principio a fin, estaban llenos de envidia y admiración. Mientras él seguía peleándose con el manual de instrucciones de su propia carpa, Qiu Qian se limitaba a reírse desde un costado, dándole indicaciones burlonas al matrimonio que avanzaba con lentitud. Según él, el verdadero encanto del campamento estaba en hacerlo todo con las propias manos.

Más tarde, llevó a los dos niños al lago a pescar. Había crecido junto al mar, así que aquella actividad era casi su segunda naturaleza. Rong Siyu los siguió con curiosidad, mientras Lin Qing se quedaba a ayudar a Bai Lang en el campamento. Ella era una mujer de ciudad, acostumbrada a que alguien más se ocupara de las comidas; sin embargo, como única mujer del grupo, sintió la obligación de mostrarse dispuesta.

No tardó en quedar hipnotizada por el brillo del cuchillo en las manos de Bai Lang. Bajo su destreza, el rábano se convertía en finas rodajas que caían una tras otra, tan uniformes y translúcidas que parecía que reflejaban la luz. Ella no sabía que él había pasado incontables horas practicando; solo pensó que su técnica era impecable y deslumbrante. Movida por un impulso competitivo, se prometió aprender a cocinar al volver a casa, lo que más tarde traería días difíciles para el pobre estómago de Rong Siyu. 

En aquel momento, sin embargo, la felicidad era compartida y completa. A pesar de la tragedia culinaria que le esperaba al marido y al hijo de la familia Rong, las seis personas estaban de un humor excelente y disfrutaban del presente sin sombra futura.

El campamento era tan cómodo como práctico: contaba con agua corriente y hasta un baño con descarga, pero aún conservaba el aire agreste de la naturaleza. El lago se extendía al pie de la montaña, cuyo verdor ofrecía una vista que bastaba para despejar cualquier cansancio. Como no era temporada alta, el lugar permanecía silencioso y amplio, respirándose una calma casi idílica.

Por eso, cuando la voz de Qiu Xiaohai rompió el aire, todos en el campamento la escucharon con claridad:

—¡A-Bai~~! ¡Tenemos un pez! ¡Papá y yo hemos pescado un pez!

No solo Bai Lang, sino también el equipo de producción volvió la mirada.

Vieron al pequeño Qiu Xiaohai correr emocionado con un pez, saltando y saludando mientras se acercaba a Bai Lang. El actor lo esperó sonriendo, y el niño se lanzó a sus piernas, levantando triunfalmente su trofeo. 

—¡Papá y yo lo pescamos! ¡Es un pez! ¡El que más te gusta, A-Bai!

—¡Vaya! Pequeño Hai, eres increíble —dijo Bai Lang, revolviéndole el cabello con ternura.

Los ojos del niño se curvaron en una sonrisa luminosa. 

—Toma, A-Bai. ¡Papá y yo vamos a pescar peces aún más grandes! ¡Así podrás comer aún más!

—Gracias —respondió Bai Lang, recibiendo el pescado. Luego lo detuvo antes de que echara a correr de nuevo y le tendió una botella de agua—. Bebe un poco antes de irte.

—Oh. —Qiu Xiaohai tomó la botella y bebió unos sorbos obedientemente. Bai Lang no se la quitó, solo hizo un gesto con la mano para que la conservara. 

—Dásela a tu papá para que beba también.

El niño sostuvo la botella con ambas manos y, mientras corría hacia el lago, gritó con entusiasmo: 

—¡A-Bai dice que bebas agua!

Qiu Qian, que manejaba la caña con la elegancia de un experto, bebió a grandes tragos. Luego, sin la menor preocupación por su imagen de hombre de negocios, se colgó la botella al cuello y volvió a concentrarse en la pesca.

Poco después, la voz jubilosa de Qiu Xiaohai volvió a resonar: 

—¡Otro pez! —Corrió de vuelta a Bai Lang, le entregó el botín y, acto seguido, agarró unas brochetas de champiñones asados—. ¡A-Bai ha hecho brochetas de hongos!

La tercera vez que el pequeño gritó que había pescado un pez, todas las miradas del campamento se dirigieron al lago. ¿Acaso estaba repleto de peces? ¿O era el niño un pequeño prodigio? Los ojos siguieron a Qiu Xiaohai, que corría de un lado a otro, recogiendo ahora cuatro brochetas de pimientos verdes y regresando al agua con paso ligero.

—¡A-Bai ha hecho brochetas de pimiento verde! —proclamó triunfante.

Bai Lang lo escuchó desde la parrilla y le gritó entre risas: 

—¡Cómete bien las verduras! ¡Y no dejes que te pille dándoselas a escondidas a tu papá!

—Oh… —respondió el niño con voz alargada, claramente contrariado.

Los miembros del equipo, que lo observaban en silencio, vieron cómo Qiu Xiaohai separaba los pinchos y, tras asegurarse de que Bai Lang no lo miraba, se acercaba de puntillas al otro niño —aquel de rasgos delicados y aire tranquilo—. Juntaron las cabezas, cuchicheando entre risas, y todos pudieron imaginar que conspiraban para compartir las verduras prohibidas.

Un instante después, Bai Lang abandonó la parrilla con paso decidido, como un cazador que acaba de descubrir a su presa. 

Qiu Xiaohai soltó un chillido y, tomándose de la mano con su pequeño cómplice, echó a correr. Las risas se mezclaron con el sonido del viento y pronto la persecución se convirtió en un juego. Bai Lang los perseguía entre las tiendas, y, no mucho después, Qiu Qian dejó su caña para unirse a la refriega.

Los dos adultos rodearon a los niños, uno por delante y otro por detrás. Qiu Xiaohai se escondió torpemente detrás del pequeño de rostro exquisito, quien, hinchando el pecho, extendió los brazos con valentía, como si pudiera protegerlo. Por supuesto, al final ambos fueron atrapados y castigados con una lluvia de cosquillas. Sus carcajadas resonaron por todo el campamento, tan claras y alegres que parecían empaparlo todo de luz. 

Entonces, el hombre de aspecto académico que había permanecido inmóvil junto al lago durante todo ese tiempo soltó un grito triunfal: 

—¡Oh! ¡Yo también atrapé uno!

Entre aplausos y felicitaciones, todos se acercaron, incluso la mujer que había estado junto a la estufa. Era evidente que, tras ver a Qiu Qian pescar con tanto éxito, el académico se había empecinado en conseguir su propio trofeo.

Aquellas interacciones espontáneas, naturales y llenas de vida, atraían las miradas sin esfuerzo. Los camarógrafos al borde del set contenían la frustración: era una escena perfecta y no podían grabarla. 

A su alrededor, las grandes estrellas seguían discutiendo sobre cómo repartir las tareas antes de montar el campamento.

Ruan Ying, que observaba la escena con expresión gélida, frunció el ceño. 

—Qué ruidosos. ¿No saben que están molestando? —murmuró con evidente fastidio.

En ese momento, su hija —una niña de unos cinco años, vestida con un mono rosa— tiró suavemente de su ropa deportiva.

—Mamá, yo también quiero comer pescado.

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