El vampiro reencarnado solo quiere una siesta – Capítulo 82: Dorado

Traducido por Haku

Editado por Herijo


Llegamos a Rencia a la hora prevista: bien entrada la noche.

Habíamos venido a una velocidad considerable, así que me fue imposible dormir sobre Neguseo. A decir verdad, estaba bastante somnolienta; me encantaría poder descansar profundamente y encargarme de todo esto después, pero…

—Qué extraño…

El pueblo está demasiado silencioso…

Aunque era de noche y se trataba de una aldea pequeña, lo normal sería algo de quietud, pero esto era excesivo. No solo no se oía nada, sino que ni siquiera se percibía presencia humana alguna. El lugar estaba tan quieto que se podría definir como un silencio sepulcral. Incluso el dulce aroma de las flores no hacía más que acentuar la atmósfera inquietante.

—Renge, ¿qué es esto…?

—Lo siento… No tenía otra opción. Tenía que hacerlo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Kuzuha.

Kuzuha, que me acompañaba en brazos en su forma animal, parecía confundida, pero yo ya me hacía una idea de lo que ocurría. Tal como sospechaba, nos habíamos metido en un buen lío.

—¡Hyah…!

Sosteniendo a la pequeña zorra con fuerza, salté del lomo de Neguseo y aterricé suavemente sobre la tierra blanda.

—¡Neguseo, apártate! —ordené.

—Entendido.

Gracias a nuestra conexión, no necesitaba dar explicaciones detalladas. En momentos así, tener un contrato era increíblemente útil. Tal como se lo pedí, Neguseo se alejó del pueblo. Acto seguido, bajé a Kuzuha de mis brazos y ella recuperó rápidamente su forma humana.

Kuzuha erizó el pelaje de sus orejas y su cola, poniéndose en guardia. Por lo visto, con todo este movimiento había comprendido por fin que la situación era peligrosa.

—Lo siento —repitió Renge, mirándonos.

Sus ojos, de un color dorado como la miel, estaban completamente vacíos; su mirada, perdida. No había voluntad en ellos.

Esto era mucho más problemático de lo que había anticipado. Me sentí frustrada, pero me obligué a analizar la situación.

Probablemente está siendo controlada por alguien.

Ella misma había dicho que los Devoradores de Miel estaban siendo manipulados por unos ladrones. Si no solo ellos podían ser controlados, la escena que tenía delante cobraba sentido.

Lo que no entendía era por qué me habían hecho venir hasta aquí. Si el culpable podía controlar a los aldeanos a su antojo, atraer a gente de fuera era un riesgo innecesario. De hecho, cuando Akisame vino de inspección, ocultaron su presencia. No comprendo por qué revelarían su juego para traernos aquí.

—Arge, esa mujer…

—Sí, seguramente está siendo manipulada. Voy a curarla.

Mientras le respondía a Kuzuha, alcé una mano. No sabía si era una maldición o algún tipo de magia, pero estaba claro que Renge se encontraba bajo una influencia externa. Si lograba liberarla, quizás podría entender mejor lo que sucedía.

Concentré mi maná, preparándome para lanzar el hechizo. Sentir el flujo de poder recorriendo mi cuerpo era algo que había hecho incontables veces desde que reencarné; era un gesto al que ya estaba más que acostumbrada. Solo necesitaba pronunciar las palabras de activación. Tomé aire y…

—Yo que tú no haría eso…~

Un escalofrío me recorrió la espalda. Mi concentración se hizo añicos en un instante, forzándome a cancelar el hechizo. La voz que había susurrado en mi oído sonaba terriblemente apasionada, casi en éxtasis. Me giré hacia la dirección de la que provenía.

Y entonces, vi el color dorado.

—Buenas noches~

En la oscuridad de la noche, resplandecía un cabello dorado, recogido en dos coletas y adornado con un broche en forma de murciélago. Pertenecía a una chica que vestía un elegante vestido negro. Sus ojos eran rojos como la sangre fresca, una señal inequívoca de que era igual que yo. De su sonrisa torcida asomaban unos colmillos afilados, y su piel pálida delataba su naturaleza.

Era, sin duda, un vampiro.

Entornó sus ojos rojos, mirándome con una intensidad pegajosa, casi tangible. Era una mirada que nunca antes había sentido.

¿Quién es esta persona?

En el instante en que nuestras miradas se cruzaron, sentí un peligro visceral.

Un temblor me recorrió de pies a cabeza. El aire nocturno pareció helarse a mi alrededor. Físicamente, era una chica de mi misma edad, de una belleza sobrecogedora. Una perfecta vampiresa dorada, el opuesto a mi yo plateado.

Sin embargo, era evidente que su interior no tenía nada de adorable.

Aunque yo tampoco era precisamente una chica normal, ella se sentía como algo… diferente. Algo mucho más anómalo que yo. Ya fuera por mi instinto vampírico o por otra cosa, el peligro era tan palpable que mi cuerpo se tensó por completo.

Ajenos o no a mi tensión, la vampiresa dorada me habló con un tono terriblemente divertido.

—Si intentas romper esa maldición por la fuerza, la matarás. Es de ese tipo, ¿entiendes?

—¿Tú eres…?

—¡Sí, yo! ¿Quieres saber mi nombre? ¡Entonces escucha con atención, mi futura novia! ¡Porque lo repetirás cada día, susurrándomelo con amor!

Mientras decía esas cosas sin sentido, hizo girar su vestido y danzó en la noche. Se acercó a mí con pasos saltarines, rebosante de alegría, hasta quedar justo delante. Teníamos casi la misma altura. Sus ojos, del mismo color que los míos, me clavaron la mirada.

—Elsee. Ese es mi nombre.

Era un nombre que recordaba. Elsee. El nombre del vampiro que maldijo las aguas termales de Sakurazaka.

Así que fue ella quien creó toda esta situación. Y, por supuesto, quien obligó a Renge a traerme.

Me preguntaba qué querría de mí una criminal tan peligrosa como para tener una recompensa por su cabeza. Seguía llamándome “novia”, pero no entendía nada. Lo único que tenía claro era que era peligroso. Tanto, que sentía que cualquier movimiento en falso podría ser el último.

—¡Tú…!

A diferencia de mí, que estaba paralizada, había un zorro que sí podía moverse. Kuzuha sabía lo que Elsee había hecho y estaba claramente furiosa.

En un instante, creó dos clones, convirtiéndose en tres. Tres zorros, el triple de poder de combate. Rodearon a la figura dorada y la atacaron desde todas direcciones.

—Je… Qué intensa eres.

La boca de Elsee se curvó en una sonrisa justo antes de desvanecerse.

Vaporización.

Era la habilidad innata de los vampiros que yo tan bien conocía. Su figura se disolvió en niebla. Kuzuha y sus clones, al perder su objetivo, detuvieron el ataque y buscaron a su alrededor.

—¡¿Dónde…?!

—Aquí, aquí~

Una voz cantarina resonó en la oscuridad. Provenía de donde estaba Renge. La niebla volvió a tomar forma, y Elsee apareció a su lado, sobre el caballo, acariciando con sus dedos la mejilla de una Renge de mirada ausente.

Sus dedos se posaron en el cuello de Renge. Eran delgados, pero era obvio que poseían una fuerza letal. Sin duda, ella podría romperle el cuello antes de que Kuzuha o yo pudiéramos hacer nada.

—Kuzuha.

—Sí, lo entiendo.

Aunque sus palabras eran una invitación a conversar, la realidad era una simple amenaza. Renge no me importaba especialmente, pero no podía cargar con la responsabilidad de su muerte.

No teníamos más opción que obedecer.

Frente a nosotras, la vampiresa dorada sonrió, triunfante.

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