El vampiro reencarnado solo quiere una siesta – Capítulo 83: Propuesta de matrimonio a medianoche

Traducido por Haku

Editado por Herijo


—Está delicioso. ¿Por qué no lo prueban? —dijo Elsee, inclinando la cabeza.

Sin embargo, ni Kuzuha ni yo tocamos el té o los dulces que nos había ofrecido. No sabíamos qué podían contener. Aunque tenía resistencia a venenos y maldiciones, no podía evitar sentir desconfianza.

Kuzuha, por su parte, estaba aún menos dispuesta a disfrutar de un té. Pese a lo glotona que era normalmente, no les dedicó ni una mirada a los dulces; en su lugar, fulminaba a Elsee con la mirada. Estaba, como era de esperar, furiosa.

Claro, todavía está lo del asunto en Sakurazaka.

En aquel pueblo que visitamos hace un tiempo, Elsee había herido a los Hakuen, unos demonios con forma de mono gigante que vivían en las montañas. Secuestró a las hembras y a sus crías, e incluso detuvo el flujo de las aguas termales, el principal recurso turístico del lugar, con una maldición. Kuzuha se enfadó mucho al enterarse, así que era natural que su actitud fuera tan hostil.

A pesar de ser el blanco de nuestra desconfianza y enemistad, Elsee mantenía una expresión serena. Esbozó una sonrisa que dejaba a la vista sus largos colmillos y continuó hablando.

—No tiene que asustarse tanto, no les he puesto ni veneno ni maldiciones.

—¿Por qué no dices eso después de mirar a la persona que tienes a tu lado?

—¡Exacto! ¡No hay forma de que confiemos en ti!

—Esas criaturas son prescindibles. Ustedes, en cambio, son especiales. No haría una tontería así.

Ignorando nuestras respuestas, Elsee acarició el rostro de Renge, que seguía sentada a su lado.

Ahora mismo nos encontrábamos en la casa del jefe de la aldea. El salón, que el día anterior, cuando vinimos con Akisame, era un lugar sencillo y cálido, había sufrido una transformación radical.

Todo, desde los armarios hasta las alfombras y las cortinas, había sido reemplazado por objetos llamativos y ostentosos. Por fuera, la casa seguía siendo una simple cabaña de madera un poco grande, pero su interior parecía sacado de un castillo. La decoración era tan discordante que me dolían los ojos.

—Vine aquí por casualidad, a buscar un poco de miel. Sabía que habías estado en Sakurazaka y luego en Sakuranomiya, pero te perdí la pista cuando ese hombre lobo te secuestró, así que me has ahorrado el trabajo de buscarte.

—¿Me… estabas observando?

—Sí. Hice que uno de mis sirvientes te vigilara desde que te vi divirtiéndote en los jardines de Sakurazaka.

Parecía que llevaba bastante tiempo bajo su vigilancia, desde mucho antes de que yo supiera de su existencia.

Es cierto que en los jardines Kuzuha armó un buen alboroto, así que debimos de llamar mucho la atención.

Después, en Sakuranomiya, Kuro me llevó a rastras, así que era probable que me perdiera de vista entonces. Y ahora, me había encontrado de nuevo en Rencia.

Pero, ¿por qué vigilarme? No creo que fuera simple curiosidad por otra de su especie.

Sus coletas doradas se balancearon mientras volvía a llevarse la taza a los labios.

Su esbelta garganta se movió al tragar, un gesto elegante y de una belleza impecable. Si no supiera de lo que es capaz, sería fácil quedar cautivado por ella. Era así de hermosa; tanto, que me encontré observándola en silencio hasta que dejó la taza sobre la mesa con un pequeño suspiro.

—Para ser exacta… llevo buscándote desde que protegiste a aquel minotauro.

—¿Quieres decir que… los cazadores furtivos los enviaste tú?

Recordé el ataque al bosque en el que me había detenido un tiempo, poco después de dejar Arlesha. Ella respondió a mi pregunta con una calma imperturbable.

—Sí. Quería probar la carne de minotauro. Por desgracia, no pude conseguirla… pero encontré algo mucho mejor, así que no importa.

Entornó los ojos y su mirada se clavó en mí. Un desagradable escalofrío me recorrió la espalda y, por fin, lo comprendí. Cuando me miró antes, sentí que era una mirada que nunca antes me habían dirigido. Ni como Argento Vampear, ni en mi vida pasada como Kuon Ginji.

Era natural que no la entendiera. No era una mirada de afecto, ni de extrañeza, y mucho menos la mirada con la que se observa una herramienta inútil.

La forma en que ella me miraba era todo lo contrario a la de la familia Kuon. Era la mirada de quien observa algo que necesita, algo que deseaba obtener a toda costa. Sin siquiera intentar ocultar la obsesión en sus ojos, me miró con una intensidad que me resultó más incómoda que nunca y dijo:

—Ese color plateado… es tan hermoso. Es como si hubieras nacido para mí.

—¿Qué quieres decir?

—No temas. Solo tienes que convertirte en mi esposa.

—Me niego…

Seguía sin entender nada. Aunque me pidiera ser su esposa, para empezar, eramos del mismo sexo. Por dentro era un hombre, pero ella no tenía forma de saberlo, así que, en esencia, me estaba pidiendo matrimonio como mujer.

Si soy sincera, por un brevísimo instante pensé: “Quizás no estaría tan mal”. Por eso tardé en responder. Si su mirada era lo opuesto a la que me dirigía la familia Kuon, significaba que ella me deseaba. Si aceptaba, seguramente se encargaría de mí.

En cierto modo, era la meta de mi viaje: encontrar un lugar donde pudiera ser aceptada. A pesar de entenderlo, no podía aceptarlo.

Esto me da muy mala espina.

Por sus actos, su tono, su actitud y la personalidad que dejaba entrever, era evidente que era una persona peligrosa. No sabía qué me haría si aceptaba una invitación así. Apartando la extraña fascinación que sentí por un momento, la rechacé.

—Je. ¡Jaja, jajajajaja!

Esperaba que se enfadara al negarme tan claramente, pero su reacción fue la contraria. Elsee se echó a reír, y parecía estar divirtiéndose de verdad.

—Sí, eso es, así me gusta. Si no, sería… muy aburrido.

»Está bien, mi futura esposa. Reacciona, niégame, resístete, lucha… Yo lo aceptaré todo… y luego haré que te rindas.

Sus ojos rojos me atravesaron. Un escalofrío especialmente intenso me recorrió, y no fue solo por la pesadez de su mirada, sino porque una cantidad ingente de maná brotó de su cuerpo. Era una presencia tan densa que parecía distorsionar el paisaje. Sentí un peligro mucho mayor que si me hubiera atacado directamente. No solo yo, sino también Kuzuha, nos levantamos de la silla y nos apartamos de un salto.

—Jeje, puedes resistirte todo lo que quieras. No le haré nada a los rehenes. Pero si intentas escapar… entonces no puedo garantizar su seguridad.

En el instante en que terminó de hablar, las paredes a nuestro alrededor desaparecieron. No solo eso; la mesa, el armario y el resto del mobiliario se desvanecieron sin dejar rastro.

Conocía este fenómeno; de hecho, lo usaba constantemente. Es la habilidad de almacenamiento de los vampiros, la Caja de Sangre. Sin embargo, ni siquiera yo, con la habilidad al máximo nivel, podía almacenar tantos objetos a la vez y sin tocarlos.

—Esto… ¿cómo…?

—Así tendremos más espacio, ¿no crees?

No sé qué truco usó, pero lo hizo. Logró hacer con total naturalidad algo que ni yo, con todo el poder que obtuve al reencarnar, podía hacer. Y eso no era todo.

Elsee se apartó el cabello dorado con un gesto elegante. De entre los mechones brotó una gota carmesí, como un rubí. El olor que llegó a mi nariz me era muy familiar: sangre. Aquella gota cristalizada con forma de lágrima cayó al suelo y estalló. Los fragmentos rojos se elevaron en el aire, desafiando la gravedad, y se dispersaron como una niebla.

Jaula de Sangre.

El nombre no me sorprendió. Era una palabra que no conocía, pero nada más. Centré mi atención en lo que estaba por suceder, porque era obvio que algo iba a pasar.

La niebla roja se expandió, se condensó y empezó a tomar forma. Era un proceso similar al de mis Armas de Sangre. Pero lo que apareció no fue una espada, ni una lanza, ni un arco, ni mucho menos las cadenas que yo solía crear.

—¡¿Qué es eso…?! —exclamó Kuzuha.

—Qué mal gusto tienes —dije yo.

Lo que se materializó, rugiendo, fueron unas criaturas de formas irregulares. Una parecía un perro gigante de dos cabezas. Otra tenía alas de águila, cuerpo de serpiente y cabeza de león. Había una con silueta de lagarto bípedo y tentáculos de pulpo saliéndole de la espalda. Otra era tan asimétrica que era difícil de describir, con alas de diferente tamaño y patas de distinta longitud. Ninguna de las criaturas era igual a otra. Parecían horribles quimeras, como si alguien hubiera tomado partes de distintos juguetes y las hubiera unido al azar.

¿También tiene una habilidad para almacenar seres vivos?

Jaula de Sangre. Ese nombre no estaba en la lista de habilidades iniciales que me mostró la abuela antes de reencarnar. Quizás era una habilidad rara, como el Impulso de Sangre de Iris, o una que se desbloquea bajo ciertas condiciones.

—Aquello es…

Entre todas las criaturas, hubo una que me llamó la atención. La recordaba. Era un ser con un cuerpo parecido a un oso, como un Devorador de Miel, pero sus brazos eran los de un mono enorme de pelaje blanco. Lo conocía. Lo había visto una vez en Sakurazaka, en la montaña de las aguas termales. Kuzuha, que había visto lo mismo que yo, gritó, estupefacta:

—¡Los brazos de un Hakuen…! No puede ser, esos monstruos… ¡¿los has creado tú?!

—¡Jaja, correcto! ¡Son mis obras, mis adorables mascotas! Ahora, ¡juguemos un poco… y luego casémonos!

—Sigo sin entender nada. Y me niego de nuevo.

—No hace falta que lo entiendas. ¡Yo me encargaré de que lo hagas…!

Su voz, llena de un júbilo aterrador, resonó en la noche. A esa señal, los monstruos se movieron al unísono.

Otra vez me encontraba ante alguien que no atendía a razones, en una situación absurda. Y, sobre todo, me enfrentaba a la que era, sin lugar a dudas, la mayor amenaza que había encontrado desde que llegué a este mundo.

Con una sensación de profundo asco, di un paso al frente, preparándome para la batalla.

22

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Contenido protegido